PIECES OF A LIFE
XXI.
Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.
—¡…bes que serás la única a la que le vaya mal! —es el inicio de la conversación que Sougo escucha cuando va en busca de Kagura a su casa. No tiene idea de lo que están hablando, pero parece grave por el tono severo que Kamui está utilizando.
—¡Ya no volveré a ser tan tonta! ¡Ya lo superé!
Lo demás no lo alcanza a entender porque ambos hermanos bajan el volumen a su discusión, sólo son balbuceos sin sentido y no entiende más que unos adverbios sueltos que no le sirven para comenzar a sospechar de nada.
Tampoco es como que le importe. Los hermanos Yato suelen pelear muy a menudo y muchas veces por cosas sin sentido, aun así son tan unidos como si tuvieran el cuerpo cosido.
Toca a la puerta tres veces en lugar de usar el timbre. Se pregunta desde cuándo se ha vuelto tan cauteloso como para llamar como la gente decente. Antes de toda aquella discusión sólo giraba el picaporte y la sala le daba la bienvenida a menos de que no estuviera ningún miembro de la familia Yato adentro.
Es Kagura quien le abre la puerta. Está aseada y casual, Sougo supone que iba a salir.
—¿Qué pasa, Sádico?
—Lo compré.
—¿Qué cosa?
—Lo que más querías.
—No seas enigmático y dime qué es lo que… —se le abren los ojos, dándose cuenta—. ¡¿Lo compraste?!
Él asiente.
Ha comprado el videojuego que China lleva meses esperando. Meses.
—¡Vamos a…! —se detiene de repente, enmudecida.
—¿Quieres jugar? —pregunta al ver que ella no continuará su oración. Parece indecisa.
—Iba a salir con alguien. Ya sabes. Tengo vida social aparte de ti.
—Entonces no habrá juego para ti. Y acabo de comprarlo. Todavía no lo he probado siquiera. Huele a nuevo.
Kagura se ve deseosa y contrariada, hace ademán de arañarlo como un gato, pero no lo toca y cierra las manos en puños, luego sigue haciendo gestos graciosos para mostrar su indecisión.
—No es como que no lo puedas jugar después —dice Kamui repentinamente, apareciendo al lado de Kagura.
—Pero…
—Puedes jugarlo después —repite, sonriéndole a su hermana y luego a Okita con esas sonrisas que le dan mala espina a cualquiera—. ¿O no?
—Pero-pero… quiero jugarlo —tartamudea, viendo a su hermano con ojos de cachorro—. No es lo que crees. En serio sólo quiero jugar, uh-uh.
Kamui suspira y deja su sonrisa, se pone serio, pero hay algo en sus ojos aparte del desinterés que finge; luego pone una mano en la cabeza de la chica y le sacude los cabellos, despeinándola.
—Ya estás grandecita. Sabes lo que haces.
Por alguna razón, las palabras de Kamui sonaron más como una advertencia que como un permiso. Kagura se quedó en silencio hasta que su hermano se marchó en el auto de su padre.
—¿Discutieron?
—No es tan así —responde, incómoda—. Sólo está preocupado.
—¿Por qué?
—Neh, nada —cambia el tema—. Deja hago una llamada y llego a tu casa lista para patearte el trasero, uh-uh.
