Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en el Reto Especial de Aniversario «Almas gemelas» del foro Hogwarts a través de los años.


VII

Una oportunidad para demostrar

con Marietta Edgecombe y Hermione Granger.

Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.

Hermann Hesse.


—Pero… ¡pero, jefe…! —tartamudeó Marietta Edgecombe incrédula y acercándose inconsciente al escritorio donde él mantenía una expresión de frialdad en el rostro— ¡No puede hacerme esto! ¡Sólo son unas simples pústulas! No significa que hubiese desvelado las estrategias de las Flechas a nuestros rivales, ¡yo nunca…!

—Usted lleva escrito en el rostro «chivata», señorita Edgecombe. ¿Qué prueba tenemos que realmente ha hecho lo que asegura? —preguntó escuetamente— Se lo pediré una última vez: lárguese. No necesitamos su presencia en este lugar.

Marietta se quedó en silencio, sintiendo cómo la rabia se estaba apoderando de su cuerpo y asegurándose que definitivamente no era justo. Por culpa de Hermione Granger su vida era completamente caótica, desgraciada y miserable; no importaba en cuántos lugares fuera a conseguir un empleo ya que, si alguien veía esas pústulas que Granger le dejó, era inmediatamente despedida sin escuchar lo que Marietta tenía que decir.

A pesar que las letras desaparecían cada vez más y las pudiera ocultar fácilmente con maquillaje, jamás se irían de su rostro permanentemente. Ella estaba condenada a que siempre le recordaran su error. ¿Qué pretendía Granger hechizando el pergamino? ¿Arruinar el futuro a quién delatara al Ejército de Dumbledore? Ella ni siquiera quiso entrar en el ED sin embargo su amiga Cho la convenció, asegurándole que aprendería cosas nuevas.

—¿No me dará una oportunidad para demostrar que no soy así, cierto? —preguntó con un hilo, deseando que la respuesta cambiara por una vez. Sólo una vez.

Marietta no podía seguir dependiendo de Cho y del sueldo que se ganaba como sanadora.

—No.

Marietta bajó la mirada mientras hacía puño sus manos; por esta escena la frase más recurrente que le oían decir a Marietta Edgecombe constaba de cuatro palabras, cuatro palabras que definían a la perfección los sentimientos que Marietta le tenía a Granger. Ella asintió pesadamente y se encaminó hacia la salida, con el ánimo por los suelos y considerando de nuevo la opción de rendirse y depender de Cho.

Nadie contrataría a una chivata como ella.

Nadie quería tener en el negocio a una chivata que se equivocó al creer que Granger era mejor persona, que confió que Granger haría lo correcto y le quitaría esas pústulas.

Pero no. Eso no pasó ni pasaría.

Al terminar de guardar sus cosas, se apareció en el departamento que compartía con Cho; colocó el bolso en el suelo y comenzó a llorar: por la rabia, impotencia y vergüenza que le daba tener que verse al espejo, tener que soportar los susurros indiscretos que la seguían constantemente, por no poder ayudar con los gastos del lugar y… bueno, la lista era realmente larga. Marietta aceptó hacía años que su apariencia no volvería a ser las misma, se adaptó a la idea que no volverían a confiar en ella con la misma facilidad no obstante eso no significaba que dejara de doler.

—Te odio, Hermione Granger —repitió Marietta esa frase escupiendo el nombre de la bruja que le arruinó cualquier oportunidad que pudo haber tenido.