PIECES OF A LIFE

XXIV.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


La vida comienza a pasar, cree Okita cuando se da cuenta de que, si quiere ver a Kagura, debe decirlo por anticipado y, prácticamente, conseguir una cita con ella. No es como si él no estuviera ocupado con la universidad, su vida social, su trabajo y su novia, es sólo que ha terminado un semestre, ha comenzado otro y ha visto más a su hermano que ella en los últimos tres meses.

No es que Kamui no le agrade, por supuesto, fueron compañeros de aula toda la primaria y, aunque luego el chico comenzó a elegir escuelas diferentes a él para asistir, seguían siendo amigos. Incluso cuando el Yato tuvo esa fase de rebelde pandillero en la que se juntaba con chicos mucho mayores que él y, para sorpresa de todos, era el líder, los tres, Kagura incluida, eran un trío muy unido y despiadado. Aunque, claro, Okita Sougo siempre tuvo preferencia por la fémina, esa chica salvaje que le pegaba cuando primero podía y le contestaba con groserías propias de un hombre de los bajos barrios de la ciudad. Pudiera ser porque a Okita no le interesaba juntarse con viejos como a Kamui o que el chico estuviera intentando hacer vida aparte de su hermana, a quien quería tanto, pero el trío se convirtió en un dúo cuando Kamui dejó en claro que quería salir de la sumatoria. Desde entonces, como a los dieciséis años, su relación sólo ha empeorado.

Aunque, en ese tiempo, a todas luces todavía se llevaban bien, podían salir juntos y pasar un buen rato entre los dos, a Okita se le fue haciendo patente con el tiempo que al vecino no le gustaba del todo que se pasara el día molestando a su hermana; achacó esto en un primer momento a su instinto sobreprotector para con ella, ese del que se dio cuenta que existía desde que los vio por primera vez en la entrada de su casa, hacía quince años, pero ahora no parece simplemente que quiera alejarlo como a cualquier macho que osa pulular alrededor de su hermana, algo que siempre hace. Ahora parece personal, visceral.

La gota que derramó el vaso, cómo no, fue ese penoso incidente de la graduación de ella y, aunque Okita entiende hasta cierto punto que fue un mierda con Kagura por faltar sin avisarle, la chica ya lo tiene superado, por ende, Kamui no tiene por qué retener el odio por ella, sin embargo, así es y se lo recuerda a Okita cada vez que lo ve en la mañana sacando la basura o se lo topa por la calle. Es bastante obvio que ahora sólo lo tolera sabrá Dios por qué.

Es con esa animadversión entre los dos que se lo encuentra en el súpermercado haciendo las compras. Kamui, evidentemente, haciendo las compras para su casa y él, Okita Sougo, las de su novia Hyesung. Su vecino le mira, con los ojos de un azul intenso, chispeante; serían casi fascinantes si no estuvieran llenos de un resentimiento frío y duro.

Kamui no está sonriendo y, por primera vez en su vida, Okita recula ante él. No es miedo lo que siente, sino una mezcla de culpabilidad y ansiedad lo que se apodera de su cuerpo con unos ramalazos intensos que le paralizan durante un par de segundos. No es sino el toque delicado de Hyesung y su voz suave, como miles de campanillas, que lo sacan de su ensimismamiento. Emprenden la marcha con él empujando el carrito, asiente sólo para reconocerlo y decide olvidar esos segundos de debilidad que ha experimentado.

Tres días después se desata el infierno.

Kagura y él están sentados en la acera afuera de la casa ella, con suéteres ligeros a causa del final del invierno, con calcetines y las sandalias para andar por casa puestas. Charlan por primera vez como personas civilizadas, sin golpes, aunque hay unos insultos no tan civilizados salpicados cada tantas frases. Es la primera vez que se siente tan maduro al lado de Kagura, hablando de lo que piensa hacer en el futuro y con quién lo pasará, de un montón de mierdas profundas que nunca había tratado con tal calma al lado de la chica. Kagura está todo el rato callada, apenas hablando de sí misma porque es una buena escucha, pero cuenta sobre aspiraciones profesionales sólo lo suficiente para que Okita sepa que la universidad sí le preocupa. El tema pasa a la familia y Okita recuerda a Mitsuba, allá lejos en el campo, en lo mucho que la extraña y en lo bueno que sería que Kondo continuara en la policía, porque ya le ha salvado de unas cuantas y espera que le salve de tantas más en el futuro.

—¿Y tú qué, China? ¿Piensas casarte?

Ella se lo piensa un rato.

—No lo creo, uh-uh. Pero tal vez me gustaría tener un hijo.

—¿Aspiras a ser madre soltera? Vaya, esa sí no me la esperaba —quiere hacer una pulla con la información, pero decide que no es el momento.

Ella se encoge de hombros, él prosigue.

—No me interesa casarme —admite—. Pero a veces uno está demasiado estúpido y vuelve a considerar las cosas. No quiero sonar como un cursi de mierda, pero si esas porquerías que siento por Hyesung se mantienen en mi estómago, podría llegar a cometer tal acto de suicidio. Es la primera vez en mi vida que lo pienso, China. Creo que ella es la buena. Como… la correcta.

Lo último que ve con la cabeza todavía en las nubes es a Kagura con rostro serio, porque después su cabeza está contra el pavimento y la espalda le duele como si se la hubieran roto.

—¡Kamui! —escucha gritar a Kagura—. ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

—Levántate —el chico hace caso omiso de la pregunta de su hermana, su voz es engañosamente suave y certeramente venenosa—. Hace mucho que no hacemos esto y ahora mismo me muero de ganas por romperte un par de huesos.

Okita se levanta con algo de esfuerzo y escupe sangre y saliva. Parece que se ha reventado el labio cuando calló de frente contra el pavimento.

—¿Por qué el ataque sorpresa, hermanito? —no entiende por qué, pero si es con los puños con que Kamui quiere terminar toda esa mierda que viene arrastrando a lo largo de los años, bienvenido sea, incluso si empieza con la desventaja de su espalda lastimada—. Si tanto querías que te pateara el trasero no debiste ser un cobarde y atacar primero por la espalda.

A Kamui esto le enfurece más, alza los puños y le propina un derechazo que le duele como el infierno, pero se las arregla para no emitir ni una sola queja de dolor. Eso va en serio. Al inicio se rehusó a creerlo, pero el dolor le ha hecho seguro: Kamui le quiere romper unos cuantos huesos y no sabe siquiera la razón.

Los siguientes segundos son un suplicio para Okita, aunque logra darle un puñetazo en los riñones y otro en las sienes, más una patada en el costado, el otro alcanza a patearle el estómago y darle un cabezazo antes de tirarlo al suelo con toda violencia. Kamui siempre fue muy superior a él, siempre lo ha sido y siempre lo será, la potencia de su pegada y su forma de pelear siempre ha sido mejor que la de Okita y todos esos años trabando amistad con hombres de los bajos mundos sólo acrecentaron más su superioridad. Okita sabía esto desde el momento en que vio su cara furiosa pidiéndole una pelea y ni así se echó para atrás. Al final de cuentas, de maduro todavía no tiene nada, piensa.

Kagura es quien salva el día, taclea a su hermano por un costado, quien apenas trastabillea. No importa qué tan monstruosa sea la fuerza de la chica, nadie puede contra Kamui.

—¡Te pregunté qué demonios haces!

—Sólo cállate y déjame patearlo un poco más —pide Kamui con la voz ahogada en rencor. Okita se pregunta si está borracho. No encuentra otra explicación. El Yato siempre ha sido violento, pero esta violencia venía de la nada.

—¡Lárgate, Kamui! —exige Kagura en un grito que se escucha por toda la colonia.

Pero Kamui no se larga del lugar y, en vez de eso, hace ademán de patearle. Sougo se prepara para la próxima oleada de dolor, sin embargo, lo único que se escucha es el impacto de una fuerte bofetada.

Kagura ha abofeteado a su hermano.

Kagura nunca abofetea. Kagura golpea. Siempre ha dicho que eso es de niñas débiles y de mujeres dramáticas de telenovela. Pero esta vez lo ha hecho. Lo ha hecho tan fuerte y tan duro que, más que dolor, debe significar algo.

El rostro de Kamui está contraído por el dolor y coloreado por el impacto, sin embargo, no pudo dolerle más que uno de uno de sus mejores golpes, razona Okita. Es la humillación lo que está hiriendo al chico de cabello bermellón y no el dolor de la maldita bofetada. De repente, Sougo siente lástima por él. Se le revuelve el estómago de sólo pensar en Kagura haciéndole lo mismo. Supone que debe ser peor para Kamui, siendo su hermano y casi todo lo que le queda, porque ese remedo de padre que siempre está ausente no cuenta. Okita nunca lo ha contado.

—Dije que te largaras. Ahora —es el ultimátum de Kagura. Kamui parece reaccionar a su voz. Parece ido y comienza a alejarse del lugar con pasos pesados. No vuelve a su casa, sino que camina en dirección al auto y saca las llaves, sin embargo, cuando abre la puerta del coche parece recuperado y lanza también sus últimas palabras antes de marcharse.

—Tú eres la estúpida.

Okita no entiende una mierda, pero se levanta del suelo, todavía recuperando el aliento.

—Lo siento —dice Kagura con voz queda, sin mirarlo a los ojos, tapándose la cara con las manos—. Lo siento —y, por primera vez en más de diez años, se echa a llorar frente a Okita Sougo.