PIECES OF A LIFE

XXVI.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Kagura no vuelve a ver a Sougo desde el día de la paliza de Kamui. Parece que su vecino se ha escurrido, desapareciéndose de su vida. Si bien ya no se ven tanto como cuando ambos estaban en la misma escuela, esta vez su amigo no se ha aparecido frente a ella en tres semanas consecutivas y siempre que le llama o le envía un mensaje por alguna red social, está ocupado y no tiene tiempo para ella.

No lo entiende. Siempre ha sido un estúpido, lo sabe de sobra, haciendo lo que él quiere y cuando él lo quiere, pero nunca ha hecho una cosa similar y el silencio comienza a matarla. La duda de si la odia por causa de su hermano la asalta.

No. No puede ser. Okita Sougo ha aprendido a diferenciar a Kamui de ella desde hace mucho tiempo.

O eso espera.

—Mierda —musita. Escondiendo la cabeza entre las almohadas—. Mierda —repite. Esta vez su voz se ahoga contra la tela suave y le entran ganas de destrozarlo todo—. Mierda —dice por tercera vez.

Su vida es una mierda, es su pensamiento inmediato. Su hermano apenas y quiere mirarla, su mejor amigo está desaparecido y sin ganas de querer verla pronto. ¿Qué le queda entonces? Toma su celular y ve su registro de llamadas. A "Sádico" las ha hecho todas, no ha recibido ninguna de él. Ni siquiera borracho le ha marcado.

Kagura quiere odiarlo.

Busca a su amiga Kirie entre sus contactos, nunca ha sido tan buena con la memorización como para aprenderse un número de teléfono; va a marcarle, piensa hacerlo.

Kirie es una chica de confianza, ceñuda, bajita y de cabello púrpura oscuro, recién teñido de ese estrambótico color. Siempre se apoya en Kagura y la ayuda en las clases y materias, sin embargo, Kagura nunca ha podido sincerarse con ella. Con ella ni con nadie. Ni con sus amigos que vienen y van ni con la Yorozuya. Apenas y con Kamui, pero de nada le ha valido. Pero esta noche tiene ganas de soltarlo todo, de dejarlo fluir. No encuentra a nadie mejor que a ella. Pero sus dedos la traicionan y termina perdiendo la dignidad por quinta vez en la semana y llama a Sougo.

Al escuchar el primer timbre, no, desde que su apodo apareció en la pantalla de su celular, indicación de que ella le estaba marcando, supo que debía colgarle. Si él quería verla, la vería y le hablaría cuando quisiera. Pero, incluso sabiendo eso, deja sonar el timbre una, dos, tres veces y, para su sorpresa, le responde.

—¿Sádico?

China —dice con la voz apretada, cansada, exasperada, reconociéndola.

—¿Estás ocupado? —tantea, maldiciéndose por el temblor en la voz y por sentirse una cobarde.

Estoy ocupado —confirma. El tono duro de su voz no cambia.

—¿Pues dón…?

Te regreso la llamada más tarde —cuelga.

Lo maldice, lo maldice una, dos, tres y cien veces por sus palabras finales.

Se siente como de quince otra vez mientras mira la pantalla de su celular, sin haber aprendido nada a lo largo de los años.

Tan estúpida.

Kagura no llama a Kirie ni a nadie más. Se siente cansada, drenada emocionalmente. Acaba quedándose dormida en un instante con el vestido con el que ha asistido al cumpleaños de la hermana pequeña de Hiashi esa misma tarde. Pero no importa porque Okita Sougo no le regresa la llamada esa noche.