PIECES OF A LIFE

XXVIII.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Kagura vuelve a casa cansada y algo mareada por el alcohol que ha tomado. Se siente hecha mierda psicológica y físicamente.

Ha sido un duro día.

No han pasado ni tres horas desde que terminó a Hiashi luego de muchos días de convencerse de que no era lo correcto para ambos salir con él por eliminación y de asegurarse que no lo estaba dejando porque está esperando a alguien más. Ya está más allá de eso.

Tiene que estarlo.

Gintoki la deja afuera de su casa con los ojos lagañosos y el pijama puesto todavía. Ella le entrega el segundo casco y le agradece por haber acudido en su auxilio a las casi cuatro de la mañana. Gintoki bosteza y murmura medio dormido que le debe un gorda, como el sueldo de una quincena completa. Kagura pone los ojos en blanco. Aparte de comida barata cuando está en la Yorozuya no es como que le pague con regularidad. Su jefe arranca el scooter y se va, dejando una estela de humo que le hace pensar a Kagura que necesita un chequeo inmediato. Se alegra de que Gintoki no sea lo suficientemente caballeroso como para quererla ver entrar antes de que irse, porque, incluso en el velo de la oscuridad, ha alcanzado a ver una figura tirada en el jardín unas casas adelante. Podría ser un ladrón, por supuesto, pero Kagura va a verificar sin temor a nada porque confía plenamente en sus puños y está medio borracha. Ella cree que es Okita Sougo el que está allí tirado y, efectivamente, es a Okita Sougo a quien se encuentra.

Su amigo está tirado en el suelo, en posición de estrella, con las extremidades extendidas, y parece dormitar. Ella no siente ninguna consideración por él en ese momento, así que se acuclilla a su lado y le da unas cuantas bofetadas para despertarlo.

—¿Qué demonios…? —el joven arrastra las palabras. Incluso después de haber hablado y de mirarla a la cara, Kagura sigue abofeteándolo. Se detiene hasta que se cansa.

—¿Qué haces aquí afuera, como un indigente? —pregunta en medio de un bostezo—. ¿Dónde está el Gorila?

—Como si supiera —balbucea. Kagura se da cuenta de que está borracho, mucho más que ella—. ¿En la estación? ¿Está en la estación, China?

—Deberías saberlo tú.

Okita cierra los ojos otra vez, pero se sienta en posición mariposa.

—¿Por qué diablos estás tan borracho, uh-uh? Creí que lo estabas superando o no sé.

—No voy a superarlo —se apresura a responder—. Es lo que soy.

—No. Eres un sádico. Eso es lo que eres.

—Tú, China. Eres estúúúpida.

—Sí, y tú eres un bastardo malnacido, pero no voy diciéndolo por ahí a cada cinco minutos, .

Se crea un silencio que a Kagura le parece incómodo. Nunca le ha gustado Okita borracho.

—Hyesung me dejó —dice de repente y ella no sabe qué responder. También siente que se le para el corazón durante un segundo, como un pequeño y momentáneo infarto, después de eso no sabe qué sentir, qué decir ni qué hacer—. Ella me odia.

—Bueno, te haces odiar —dice ella cuando se convence a sí misma que sólo es una de esas peleas de novios que siempre se resuelven y ambos terminan regresando dos imanes.

—Dijo que le daba lástima —él sigue, no da señas de haberla escuchado—. Dijo que no quería volver a verme. Y, ¿sabes qué, China? Tiene razón, soy mierda y no la he vuelto a ver.

Kagura siente como le tiemblan las manos.

—¿Desde-desde hace cuánto?

—No sé. ¿Dos semanas?

La Yato se muerde la lengua antes de decir lo que tiene en mente, pero igual lo dice. Siempre ha sido estúpidamente empática y permisiva con su amigo de la infancia. No importa las circunstancias.

—¿Por qué no hablas con ella? Seguro pueden solucionar las…

—¡¿No entiendes que no quiere verme?! —espeta. El volumen de su voz hace sobresaltar a la chica, pero se inquieta más por el dolor que acompaña la voz de su amigo.

Está sufriendo.

Se le queda viendo como una tonta, tan quieta que parece querer fundirse con el paisaje. Él parece estar mirando mucho más allá de ella, de las casas y del vecindario. Tal vez más allá del mundo mismo.

Kagura no se da cuenta de inmediato. Es tan repentino y la toma por sorpresa, pero allí están, son lágrimas.

Okita está llorando.

Se siente más perdida todavía, con un torbellino de emociones y pensamientos en la cabeza. Lo siguiente lo hace casi por reflejo: lo abraza. Quiere darle consuelo.

Sougo se deja hacer cuando ella pasa una mano a su espalda y otra en su nuca, se deja hacer también, como un muñeco, cuando ella le abraza fuerte y le oculta la cara en el hueco de su cuello y le aprieta casi con violencia, probablemente dejando las marcas de sus dedos pequeños en la espalda de él.

Pero todo acaba demasiado rápido. Okita se deshace de su agarre con presteza y se levanta, se cubre los ojos con una mano y le dice antes de alejarse:

—Es tarde. Ve a tu casa.

Kagura se queda un minuto más allí, sentada sobre el pasto y sin entender lo que acaba de pasar.