PIECES OF A LIFE
XXXIII.
Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.
Okita está borracho, borracho como las últimas cinco noches. Se encuentra en una fiesta de un desconocido en un club, rodeado de un montón de desconocidos. No recuerda muy bien cómo ha llegado allí, sólo sabe que todavía duele. Duele mucho. Toma la botella de tequila con mucha fuerza, tanto que podría romperla. Le da tragos largos hasta que la garganta le quema tanto que no puede más, cambia la botella por un cigarro y comienza a fumar sin pensar en nada más.
El hábito exclusivo de Hijikata no es más suyo.
Ligeramente en el fondo de su mente, tras una barrera que ya no quiere romper jamás, sabe que está siendo un estúpido. Que esta no es la manera de superar una pérdida (ni la de Hyesung ni la de su hermana), pero es la única forma que conoce para hacer que duela menos, así que no le importa. Él sólo quiere dejarse llevar y perder la conciencia, sentirse eternamente aturdido al punto de no poder sentir nada otra vez. Ni amor ni odio. Nada.
Con dificultad, se abre paso entre la gente y sale a las afueras del club con la botella en una mano y el cigarrillo entre los labios. Debe ser una imagen patética la que está mostrando allí cuando apenas y puede sostenerse en pie sin tambalear. La música del establecimiento todavía retumba en sus oídos y comienza a provocarle un dolor de cabeza molesto y persistente, pero se queda allí porque el dolor físico le hace olvidarse del dolor emocional y eso es lo que busca. Sus ojos miran desenfocados la calle oscura y las parejas que salen del club. A dos cuadras está en motel muy barato, cómodo y discreto, él ha estado con anterioridad allí, pero a los borrachos esto es lo que menos les importa, se dice, pueden hacerlo hasta en el baño o en la trastienda.
Una ráfaga de aire le sacude los cabellos y le provoca un terrible escalofrío en la columna, segundos después, un auto se estaciona en frente. Esa mierda es ilegal, piensa, esperando ver cómo al pobre diablo le arrebatan el vehículo en cualquier momento. Sin embargo, el auto se le hace familiar y sus sospechas se confirman cuando ve salir a una muy enfadada Kagura del asiento del conductor. Deja la puerta del coche abierta y abre la de los asientos traseros. Supone que ella no está allí para bailar.
—Oi, China.
Ella ni siquiera le responde, camina hacia él con paso fuerte y con la mirada severa; le arrebata la botella de las manos y en un solo movimiento la lanza hasta el otro lado de la calle. Por unos segundos sólo el vidrio del cristal rompiéndose se escucha y ambos contienen la respiración. Esta noche ella va en serio. Esto no es un juego. Pero a eso él no le importa.
—Vámonos —exige, pero no espera su respuesta. Lo toma de la muñeca con un jalón y lo arrastra con ella hasta el coche—. Y deja de fumar.
Sougo escupe el cigarrillo, pero lo hace para hablar, no porque ella lo haya pedido.
—No voy a ir a ninguna parte —clava los pies en el suelo y a Kagura se le dificulta hacerlo avanzar, pero eso no le hace darse por vencida.
—Han pasado tres meses, Sádico. Tres malditos meses —increpa—. ¿Y qué mierda es lo que has estado haciendo con tu vida? ¡¿Es que te quieres morir?!
—Suéltame —le ordena con voz plana—. Ahora.
—No seas imbécil y vámonos a casa.
—Lárgate tú. Nunca te pedí venir hasta aquí.
Kagura suelta su muñeca, derrotada, pero no se marcha. Baja la mirada unos segundos y, cuando la vuelve a subir, los ojos azules chispean con un brillo de súplica y preocupación que casi hacen ceder a Okita y replantearse toda esa situación.
Casi.
—Vámonos, por favor. Han sido tres meses ya. Es hora de que lo dejes —él se da la vuelta, dándole la espalda. Va a regresar al club, pero es su voz aquello que lo detiene—. Mitsuba debe estar decepcionada de ti.
El nombre de su hermana muerta rompe una de las últimas ataduras de su mente y se da la vuelta, furioso, frustrado y con la mirada enloquecido.
—¿Tú qué sabes, perra? —a Kagura no le duele el apelativo despectivo, ha escuchado peores. Ella le ha dicho peores—. ¿Acaso eres una puta ouija humana?
—¡Porque es obvio! ¡Ella no pasó toda tu vida criándote para que terminaras así!
Okita se acerca a ella, más, mucho más; Kagura no retrocede ni un paso, ni siquiera cuando el torso de él está tan cerca del suyo que para mirarlo a la cara debe doblar el cuello tanto como puede.
—No hables de Mitsuba —escupe con desdén—. No la recuerdes.
—¿Y entonces qué? ¿Te dejo arruinar tu vida así como si nada, eh? ¿Eso es lo que quieres?
—Sólo deja de meterte en mis asuntos y lárgate.
—No —responde, resuelta—. Han dejado de ser tus asuntos desde que amanecí en el maldito hospital esperando a que te dieran el alta porque estabas tan borracho que pudiste haber muerto. Han dejado de ser tus asuntos desde que chocaste el auto de Kondo la semana pasada y han dejado de ser tus asuntos desde que todavía hay gente lo suficientemente tonta como yo para preocuparse por ti.
—¿Estás preocupada, China? —ella no responde por temor a que sea una pregunta con trampa o traiga un lado peor del que le está mostrando ahora mismo—. ¿En serio estás preocupada? ¿Segura que es esa mierda?
Como un loco, Okita se echa a reír con una carcajada estridente y perturbadora que le provoca escalofríos a la chica.
—¿Qué es tan gracioso?
Él sigue riendo, pero se las arregla para responderle.
—Tus intenciones, China.
—Has enloqueci…
Sougo corta las palabras de Kagura porque la toma de la barbilla en un gesto lleno de violencia y la besa en los labios, tomándola por sorpresa y robándole el poco aliento que le queda. Introduce su lengua en la boca de ella que apenas y puede entender lo que está pasando, y la inclina aún más tomándola del cabello, jalándolo; la otra mano que estuvo en su barbilla al inicio, ahora sostiene una de las muñecas de ella, quien intenta apartarse de él a como dé lugar.
Aún sin romper el agresivo beso, camina hasta hacerla retroceder y hacerla golpear contra el auto. Kagura casi cae debido a la puerta todavía abierta, pero Sougo se encarga de que no pueda siquiera respirar adecuadamente. Y, cuando él se cansa, le muerde el labio inferior con saña antes de dejarla libre con un último jalón de cabello. Kagura saborea la sangre metálica en su boca y se limpia con el dorso de la mano, lastimándose más por la herida.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo, estúpido?!
—Tus sueños realidad, China —escupe las palabras con un sarcasmo que Kagura siente hasta en la sangre—. ¿No era esto lo que llevas esperando todo este tiempo? ¡Cuán alegre debes haber estado cuando lloré como un perro por la malnacida de Hyesung!
—¿De-de qué hablas? —pero Okita nota el tartamudeo de la chica y sus ojos que dejan entrever una especie de temor al ser descubierta.
—No soy tan estúpido. Esos ojos de cachorro hambriento que me pones ¿crees que no los he notado? ¿Cuánto tiempo es, eh, China? ¿Desde hace cuánto tiempo que te arrastras? ¿Hace cuánto que me amas? —la manera en que dice las últimas dos palabras hace que suenen igual a un insulto cargado de desprecio; la Yato comienza a temblar—. Así que vamos a resolver esta mierda ahora. Entonces podrán largarse tú y tu maldita preocupación lejos de mí —dice. Kagura parece todavía paralizada por el furor en las palabras del muchacho, tanto que, cuando Okita la vuelve a empujar y cae en el asiento trasero del auto tras golpearse un poco la cabeza, no dice nada. No lo hace hasta que las manos de Sougo intentan bajar el cierre de sus pantalones, consiguiéndolo; entonces es cuando ella reacciona. Se retuerce un poco y lo patea con toda su fuerza en el estómago. Okita sale disparado por el impacto y, en el suelo, se dobla sosteniéndose el estómago, esforzándose por respirar.
Kagura sale del auto, lágrimas de pura ira se derraman desde las comisuras de sus ojos.
—¡Eres el peor bastardo que he conocido! —habla a gritos. Algunas personas que salen del club se quedan a observar la escena—. ¡Sí! ¡Me descubriste! ¡Estoy enamorada de ti! —confiesa. Las lágrimas siguen derramándose—. ¡¿Y sabes por qué nunca te lo dije?! ¡Exactamente por esto! ¡Porque sé como eres y no soy tan estúpida como para saber que sales con una mientras ya te estás acostando con la otra! ¿Crees que quería ser tratada de esta manera? ¿Crees que no sé que no me ves igual que yo te veo? Por eso decidí no decírtelo, porque preferí seguir con una amistad de años —la voz de Kagura comienza a quebrarse, suena desesperada—… ¡Años! —grita, casi enloquecida—. Preferí ser tu amiga porque pensé que pasaría pronto, ¿por qué no habría de pasar siendo como eres? Pero no pasó y vine aquí, preocupada por ti porque puedes acabar muerto en algún callejón de la ciudad, pero me sales con esto —ahora ríe, pero las lágrimas siguen cayendo de sus ojos. No se detienen. Sougo apenas y está poniéndose de pie—. ¿Y sabes qué? Jamás te pedí nada. Jamás pensé en pedirte que me correspondieras sólo por ser idiota y estar a tu lado. ¡Jamás esperé nada de ti! Pero esta es la última. Estoy harta. Esta es la última vez que estoy aquí para ti. Si te quieres morir, adelante, muérete. No me importa más.
Kagura se limpia las lágrimas con el brazo y se da la vuelta. Cierra las puertas del coche con tanta furia que el auto tiembla. Arranca pisando el acelerador hasta el fondo y los neumáticos quedan marcados en el asfalto. Y, después de que se va, sólo queda el eco de la música del club en los oídos de Okita Sougo.
