PIECES OF A LIFE

XXXIV.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Kagura suena su nariz ruidosamente sin importar que sean las tantas de la madrugada, que su padre esté en casa o que Kamui la escuche y le provoque a decir "te lo dije". Pasan de las cuatro de la mañana y apenas ha llegado a su hogar; se ha gastado el tanque de la gasolina en dar vueltas por la ciudad con el auto, esperando despejarse y olvidar lo que acaba de suceder. Todo ha servido de absolutamente nada porque la escena se repite una y otra y otra vez en su cabeza, con incluso más violencia de la que vivió y eso la desespera porque no entiendo lo que siente.

Está harta. Está harta de Okita Sougo.

"¿Desde hace cuánto tiempo que te arrastras?", sus palabras hacen eco en su mente y le cavan un agujero profundo en el pecho. Kagura se hunde un poco más en la conmiseración propia; el estómago le burbujea con la furia y la ansiedad, y no sabe si golpear algo, lo que sea, hasta hacerlo trizas o simplemente echarse a llorar por llevar tantos años siendo tan tonta.

Al menos creyó que, si bien Okita no la quería como algo más, tendría consideración por sus muchos años de amistad. Al parecer estuvo equivocada todo el tiempo. Ella a él le vale menos que un cacahuate y eso duele. Duele mucho.

Deja el baño y corre hasta su habitación. Allí adentro se encierra y se desliza contra la puerta hasta acabar sentada en el suelo como un pedazo de humano, tal vez menos. Quiere echarse a llorar otra vez (¿cuántas veces ha llorado en los últimos meses? ¿Es justo?), pero se da cuenta de que ya sólo le queda ese dolor punzante en el pecho y la desgracia de ser ella, mas no queda ni una sola lágrima que pueda derramar más. Está seca.

Rememora como un cántico silencioso cada una de las palabras que le ha dicho a Sougo, la manera tan abrupta y ruda en que se confesó y se arrepiente de haberlo hecho (también se arrepiente de no haberlo golpeado más). Sus sentimientos no merecían haber sido lanzados como una maldita bomba, no importa el final que obtuvieran. Ella los había estado cuidando por años y atesorándolos como para sacarlos de la peor manera. Pero el muchacho no le dejó otra opción y lo hecho hecho está, no puede cambiar lo que pasó justo como no puede cambiarlo a él. No si él no quiere. No si él no se importa ni siquiera a sí mismo.

Kagura nunca fue tonta, ella supo de antemano, sin ni siquiera probarlo, que todas esas novelas de adolescentes de tipos rudos que se vuelven blandos como panquecitos por amor son puras falacias. Okita no iba a cambiar porque ella le quiere y, lo peor de todo, es que no iba a cambiar porque él ni siquiera la ama de vuelta.

Qué gran porquería. Cuántas mentiras hechas historias y papel.

Pero se jura esa noche que esta es la última vez que se deja desmoronar por ese bastardo. Es la última vez que es su tonta y es la última vez que trata de mantener la promesa que hizo con Mitsuba hace muchos años, cuando ni siquiera se planteó lo difícil que sería honrar sus palabras. Porque no importa cuánto le quiera o lo haya prometido, necesita ponerle fin a esos sentimientos.

Esa noche Kagura le dice adiós a todas las veces que el chico la hizo sonreír, cada uno de los momentos en que la hizo feliz sin proponérselo.

Porque, a pesar de todo, Okita Sougo fue, a lo largo de los años, la razón de sus sonrisas.