PIECES OF A LIFE

XXXV.

(Especial)


Porque Okita Sougo fue, a lo largo de los años, la razón de sus sonrisas.


Kagura todo lo que conoce y quiere es a su pequeña familia de cuatro. Mami es su heroína, papi su héroe y su hermanito Kamui es a quien más quiere de todos. Ella es feliz viviendo en su pequeño universo así que, cuando llegan los nuevos vecinos y mami quiere ir a saludarlos, Kagura se niega.

—Se ven simpáticos, Kagura —le dice mami—. Hay un niño como de su edad.

A Kagura el niño le da mala espina. Piensa que le va a robar a Kamui. A los niños les gusta jugar con otros niños después de todo.

—No quiero —se niega rotundamente—. Ve tú —singulariza la oración haciendo un puchero porque se niega a que Kamui sea robado por el nuevo vecino

—Kagura —su madre reprende y ella, avergonzada, asiente, pero camina siempre detrás de ella. No quiere ver a esos nuevos vecinos. No le interesan.

Incluso cuando los mandan a jugar al jardín a los tres, Kagura no suelta la mano de Kamui y Kamui no suelta la de ella para tranquilizarla. El otro niño parece un poco gruñón y bastante arisco, con una cara como de niñita frágil, más frágil que ella, que no queda con su expresión dura; a Kagura no le da buena espina.

—No quiero jugar con ustedes —deja bien en claro el tal Okita Sougo—. Sólo estemos aquí hasta que su mamá se vaya y se los lleve con ella.

Kagura asiente en su cabeza, pero no le da el consentimiento explícito. No le gusta la manera en la que habla. Kamui, por su parte, pone los ojos en blanco y sonríe.

—Seguro nunca te da diarrea porque eres tan agradable —dice su hermano y Kagura recuerda todas esas veces en las que su madre exclama que su padre tiene cara de estreñido cuando anda gruñón. Entonces se ríe muy fuerte por el chiste de su hermano y eso acrecienta el ceño del otro niño, quien se toma la burla muy a pecho.

[oOo]

Cumplir seis años es un gran acontecimiento, se repite Kagura, y espera pacientemente a que den las doce de la noche para que cumpla la edad de manera oficial. Se siente particularmente encantada porque cree que, de sopetón, va a dejar de ser la enana que el retonto de Okita siempre le dice que es. Pero el reloj cambia, el número del calendario también y Kagura no se estira, no se vuelve más grande ni más sofisticada ni más madura, así que refunfuña al darse cuenta de que todo lo que le han dicho sus compañeros de escuela es una gran mentira ponzoñosa.

En eso está, pateando el suelo de su habitación (demasiado grande y demasiado sola durante las noches para una niñita de su edad) cuando escucha que algo cae en el suelo de su balcón, un escalofrío violento le recorre la columna y se imagina lo peor. ¡Fantasmas! ¡Fantasmas como en la película que ha visto con Kamui hace dos noches!

A Kagura le cuesta bastante saber que hacer incluso cuando están golpeando las puertas de su balcón suavemente. Por lo que ella sabe los fantasmas pueden atravesar las paredes y los monstruos derribarlas, además de que, si la televisión no la ha educado mal, siempre la primera persona que se asoma a ver qué pasa cuando suena un ruido escalofriante es también la primera en morir. Y ella no quiere morir. Apenas está cumpliendo los seis.

Pero la voz de su vecino el molesto es quien la saca de su ensueño. Es él quien toca también.

—¿Qué haces, uh-uh? —pregunta enojada al abrirle porque le ha provocado un susto de muerte.

—Feliz cumpleaños, tarada —dice y levanta el paquete que trae en la mano—. Mi hermana lo hizo para ti, así que lo traje. Te lo iba a dar tarde o temprano.

Kagura abre la bolsa y encuentra un pastel que, en otro tiempo, fue muy bonito, pero ahora no lo es más por el zangoloteo que sufrió cuando el chico escaló por el mandarino. Prueba el betún con un dedo y los ojos se le ponen brillantes. ¡Está delicioso!

—Pensé que si te lo traía ahora podrías comer más, es que ¿por qué debemos compartir los pasteles de cumpleaños si se supone que son nuestros?

Ya con la boca llena de pastel, Kagura asiente y sigue tomando montones del postre con las manos.

—¿No vas a comer?

Él le mira como si estuviera loca.

—Es tuyo —responde al final. Kagura comienza a sospechar.

—¿Tiene algo, cierto, uh-uhm?

—No.

—Claro que sí.

—Que no.

—Pruébamelo.

Okita pone los ojos en blanco y toma un pedazo de pastel que todavía no está manoseado y se lo come de una, saboreando la cocina de su hermana.

—¿Lo vesh? —dice con la boca llena. Kagura lo observa un rato más y, al ver que no se está retorciendo ni muriendo repentinamente, se come el resto del pastel con una sonrisa.

Cumplir seis años definitivamente es una cosa buena.

[oOo]

Kagura siente la mirada de Okita sobre ella todo el rato mientras come el espagueti rojo que Mitsuba les ha preparado y ha tenido el detalle de subírselos hasta el cuarto del chico para que puedan seguir jugando Calabozos y Dragones sin levantarse siquiera para ir al baño.

¿Qué pasha? ¿Te edamorashte de bí o albo? —inquiere con la boca repleta de pasta cuando ya se molesta de su constante escrutinio.

—Comes como cerda. Eso es lo que pasa —asegura él con voz indiferente, pero, con todo y el insulto, toma su servilleta y le limpia la cara.

Ella abre los ojos como platos, desconcertada por el repentino acto de amabilidad, pero sigue comiendo, un poco más contenta que antes. Okita le limpia las mejillas y la boca una y otra y otra vez mientras ella se come tres platos de comida.

[oOo]

—Esta boda apesta —dice Okita metiendo las manos en las bolsas del pantalón de su traje—. La comida apesta también.

—Tú cara apesta —lanza Kagura una pulla, pero está más concentrada en intentar limpiar la mancha de salsa que tiene en el vestido blanco que en insultarlo, aunque sabe que es en vano. Ese maldito color rojo no va a salir hasta que no bañe con cloro la prenda. Se resigna a ser humillada en la boda más elegante a la que ha asistido, del hermano mayor de la niña más popular de la secundaria y la que ella odia más.

Kagura ni siquiera sabe por qué está allí. A Mine no le agrada. En general, ella no le agrada a ninguna chica que le guste Okita Sougo.

—Quiero irme —dice. Los novios todavía ni han bailado su primera canción juntos, es una descortesía y lo sabe, pero también le humilla tener un vestido que parece la bandera de Japón.

—Sí, yo también —apoya Okita, pero no se mueve de su lugar por unos instantes en los que parece sopesar algo—. ¿Sabes qué? Vámonos —la toma de la muñeca y la pega a su espalda tanto que ella le pisa los talones a cada paso. La está cubriendo para que nadie vea el batidero que ha hecho con su ropa aunque esté manchando la espalda y el trasero de su camisa blanca y pantalón negro respectivamente en el proceso.

—Pero prometiste bailar con Mine —le recuerda Kagura porque no quiere que le hagan más bullying y se metan más con ella. Está cansada de pelear y ser llevada a detención cada vez, no es porque los insultos la afecten en realidad, son los gritos del director y la subdirectora quienes le quitan las energías cada vez que la reportan.

—Que se joda —sigue caminando ante la mirada atenta de todos los invitados que los miran raro al ir caminando tan cerca de ella—. Le dije que vendría si tú venías y si te vas entonces no tengo por qué estar aquí. Además, esa mancha hace parecer que te han apuñalado por ser tan torpe, te ves ridícula. Vamos a que te cambies y mejor busquemos alguien a quien apuñalar de verdad —bromea.

La Yato se siente idiotamente conmovida por sus palabras.

[oOo]

—Toma —le dice Okita de sorpresa. La ventana de su balcón estaba abierta, como siempre y Kagura no se dio cuenta cuándo es que su vecino se escabulló hasta estar a su lado. A veces es tan silencioso como un maldito ninja, se dice.

Una bolsa de plástico golpea a Kagura en la cabeza y está segura de que le va a dejar un chichón.

—¿Qué diablos es y cuándo llegaste, uh-uhm?

—¿No puedes verlo por ti misma? ¿Te has quedado ciega aparte de estúpida? Es un recuerdo o, como dicen los raritos, un souvenir.

—Yo no te pedí nada. Yo quería ir que es diferente, .

—Lo sé. Pero soy tan buena persona que te traje unos llaveros y dulces típicos para que dejes de sumirte en la auto compasión por no haber conseguido el permiso.

A la chica se le ponen los ojos brillantes. Es tan fácil convencerla con chucherías. Lo sabe.

—No te voy a dar las gracias —dice ya con la boca llena de dulces.

—Mejor. Se me podrían atorar tus gracias en el cerebro y provocar que me explote.

—Muy gracioso, tarado.

—De nada —sonríe de medio lado con sorna y de repente parece recordar algo—. También tomé unas buenas fotos... Con un poco de Photoshop podemos hacer parecer que fuimos juntos.

—Como si eso fuera a engañar a alguien —ridiculiza, pero ella sonríe también.

[oOo]

—Vamos. Al festival. Ahora.

—¿Ah? —balbucea Kagura medio dormida. Como siempre, Okita se ha colado en su habitación por el balcón.

Son las nueve de la noche y ella está terriblemente cansada, por eso está durmiendo desde tan temprano. No tiene ganas de moverse y se lo hace saber.

—Vete tú solo. A mí déjame en paz.

Okita le arrebata las sábanas de un jalón.

—Deja de hacerte la anciana en lecho de muerte y vámonos. Tengo la cartera de Hijikata —incluso sin verlo, la chica sabe que su amigo está sonriendo—. Todo lo que queramos está a nuestro alcance.

—¿De dónde se supone que la sacaste? No creo que Toushi te la haya dado por voluntad propia.

—Que eso no te importe. Si nos atrapan sólo di que no sabías nada y asunto arreglado. Me sacrificaré por esta única vez por los dos y hasta alimentaré tu pozo sin fondo. Ahora levántate y larguémonos al festival.

[oOo]

Kagura gatea hasta toparse contra la pared y quedar al lado de Sougo. Han comprado una botella de vodka entre los dos para que Kagura tenga su iniciación en el mundo del alcoholismo, como ha dicho ella, en un lugar seguro, como ha dicho él cuando sugirió que, ese fin de semana, no iría con su hermana y su cuñado a una de esas excursiones que hacen cada mes para tener la casa sólo para ambos. No han invitado ni siquiera a Kamui.

La Yato se ha sentido graciosa y un poco más habladora de lo normal, pero ahora mismo tiene mucho frío. Se acurruca contra Okita, quien parece estar muy concentrado mirando el techo.

—¿Qué haces?

—Tengo frío.

Sougo se queda en silencio, pero varios segundos después pasa su brazo por el hombro de ella y, con su mano, provoca fricción para aumentar su temperatura. Ella se pega más a él, con su oreja escuchando los latidos de su corazón directamente, y hace un sonido de agrado desde el fondo de su garganta. Se siente bien de estar así con él; se siente tranquila y feliz.

—Mañana vas a tener una resaca muy jodida —lo siente hablar contra su coronilla y un cosquilleo estúpido y placentero le llena el estómago.

Supone que son mariposas y no hace nada por negarlo en ese momento. Está ebria y tan feliz que no le ve el caso.

[oOo]

Kagura poda el césped del matrimonio Hijikata-Okita porque Mitsuba le ha sobornado con galletas y limonada. Asimismo, la mujer siempre le ha caído bien. ¿Cómo negarse? Eso y que Sougo se ha lastimado las extremidades del lado derecho porque se ha caído, por primera vez en su vida como el simio que Kagura asegura que es, escalando el mandarino para llegar a su balcón.

—¿Desde hace cuánto que Sou sube a tu balcón?

—No mucho. Sólo lo hace a veces —Kagura se guarda los datos exactos para no incriminar al susodicho. No es de amigos hacerlo y tampoco quiere que Mitsuba piense cosas raras.

Pero Mitsuba nota la mentira e intuye la verdadera respuesta, mas no hace constancia de ninguna de las dos.

—Qué romántico.

La chica pone los ojos en blanco sin que la mujer la vea.

—No tiene nada de romántico.

—Claro que sí. Me gustaría que Toushiro hubiera hecho algo así conmigo cuando éramos novios.

—No es por ofender, Mitsu, pero lees demasiadas novelas rosas.

La otra ríe quedo, con esa risilla suave que muchas veces ha hecho a Kagura querer ser toda una dama como ella.

—Tal vez. Pero me gusta mucho lo bien que se llevan. Sou siempre fue un niño gruñón y mimado; me alegra que aquí te tenga para que no esté siempre tan amargado.

—Pues no creo que se le hayan quitado esas mañas. Sólo pasa que se le ha añadido una más: se ha convertido en un sádico, .

—Tal vez —concede Mitsuba todavía sonriendo—. Pero espero que ustedes dos sigan tan juntos como ahora cuando yo no esté.

—No hables como si te fueras a morir, Mitsu —reprende Kagura suavemente, consternada por las palabras pesarosas de su vecina—. Tú vas a vivir como mil años.

—Pero, aunque no viva mil años vas a estar con Sou, ¿verdad, Kagura?

Ella hace un gesto de mano para intentar disminuir la gravedad de las palabras de Mitsuba y asiente con un «lo que tú quieras», echando a andar la podadora nuevamente.

[oOo]

—Creí que después de la madriza que te diste no volverías a subir por el balcón —dice Kagura genuinamente sorprendida cuando ve a Sougo aterrizar a su lado, en el balcón.

—Una caída no va a detenerme para venir a molestarte, no soy tan marica.

—Anda ya —Kagura sonríe.

[oOo]

—Tienes una novia. Ve con ella.

—Esta no es una película que haya estado esperando con ella. No seas idiota.

—Pero igual, uh-uhm. Ya iré yo después.

—No seas idiota y dramática.

—Puedo ser todo lo idiota y dramática que quiera porque estoy cansada de que tus novias me odien, .

—Por eso mismo estás siendo idiota y dramática —remarca él—. Mientras sepan que respiras te van a odiar y yo no soy perro de nadie para que me lo prohiban, así que vamos a ir sí o sí los dos. Hoy. Ahora.

[oOo]

—Sádico.

—¿Qué?

—Eres un idiota.

Él pone los ojos en blanco.

—Tú eres más idiota, China. ¿A quién se le ocurre robarse la motoneta de su jefe y llevarme hasta el otro extremo de la ciudad sin crédito en el celular y sin dinero para más gasolina?

—Es lógico que si te saco a pasear tú debes pagar la gasolina, Sádico.

—Ya.

Ambos se echan a reír y siguen caminando.

[oOo]

Están mirando las estrellas desde el balcón de Kagura. Okita parece más maduro en ese momento, como si de repente fuera sabio y el conocimiento del mundo le estuviera siendo entregado por el manto nocturno.

—No quiero ser un ridículo —dice él con voz queda, todavía sin bajar la mirada—. Pero creo que eres la persona que mejor me entiende, China. Hyesung es Hyuesung y es mi novia, pero tú eres China.

Ella aprieta los labios un poco dolida porque mencione a su novia, pero se anima a bromear como siempre.

—¿Ahora vas a decir "nunca cambies, por favor"?

—Sí, lo voy a decir —concede todavía sin alzar la voz, pero reúne su mirada rojiza con la azul de ella. A Kagura le provoca escalofríos la intensidad con la que le mira—. En serio, nunca dejes de ser tan… así como eres. Me gusta cuando somos los dos siendo unos idiotas, ¿sabes?

Kagura entiende que lo dice en serio y se queda callada, tontamente feliz por saber que, aunque sea de manera diferente, ella también es importante para él.