PIECES OF A LIFE

XXXVII.


Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.


Es diciembre y la Navidad se aproxima lenta y ruidosa como un gigante recorriendo un pasillo muy largo; hace frío pero no lo suficiente como para cubrirse de capas y capas de gruesos ropajes que le impidan a los vientos del final del otoño penetrar siquiera un segundo a través de la tela. Para salir, Okita se ha bañado y perfumado, vistiéndose con un abrigo semi nuevo de color gris sobre su playera de manga larga y se calza sus botas negras. El señor del clima ha dicho que nevará ese día y, si bien a él toda esa gente de los reportes meteorológicos le parecen unos charlatanes, coge una bufanda roja del perchero de la entrada antes de abandonar la casa.

Nada más salir, el frío le golpea con una ventisca en la cara y el muchacho desea volver a su habitación para acurrucarse bajo sus mantas como lo ha hecho en las últimas horas, pero hoy es un día importante y lo descarta sin siquiera sopesarlo. Hoy, por fin, hará lo que tiene que hacer: va a salir con Kagura y a decirle todo.

Le ha costado mucho que ella acceda. Ha pagado con mensajes leídos, llamadas rechazadas y dos palizas de Kamui en los últimos dos meses, pero ha recibido todo con agrado porque el tiempo se acaba y, al final de cuentas, ha obtenido la oportunidad que ha estado suplicando. La última. No puede ser un estúpido y anhelar una más. No debe permitírselo. Los ojos vacilantes de Kagura cuando apareció en su habitación se lo gritaron en aquel momento, se hizo más evidente cuando se arrodilló ante ella y rogó mirándola al rostro que le diera una tarde de su vida. Sólo una más. Ella le había mirado con fingida dureza, pero pudo ver en sus expresiones cansadas que estaba harta de cargar con ese odio delirante por tantos meses. E incluso si sus ojos no la hubieran delatado antes un millón de veces, todo su cuerpo lo hizo a la par: su boca aguantando las palabras que de verdad quería decir, sus manos que temblaban por tocarle y sus pies que mucho resistieron para no emprender la marcha y acortar la distancia entre los dos. Por eso mismo, por cada gesto y la ilusión derramada en sus ojos azules, el chico no puede seguir lastimándola y añorar devolver las cosas a como eran antaño.

Con pasos largos, Okita recorre los pocos metros que separan su casa de los Yato y siente la ansiedad recorrerlo cuando está frente a su casa, todavía sin atravesar el jardín. Aprecia el cuadro como si lo estuviera viendo por vez primera: el césped helado, la casa roja, el mandarino desnudo y el balcón del segundo piso cerrado, como debe ser. Que Kagura lo hubiera tenido abierto aquel día no fue sino un golpe de suerte para él. Se apremia a sí mismo para llegar antes de parecer que está llegando a propósito tarde. No necesita dejar más malas impresiones como último recuerdo. Golpea la puerta blanca de madera tres veces con golpes firmes de sus nudillos derechos. Aquel hábito de entrar a la casa como si fuera la suya propia se ha esfumado.

Es Kamui quien lo recibe, cómo no, pero ya no hay hostilidad en su mirada, sino el consentimiento tácito de aprobarlo. El Yato ya está al tanto de sus planes. Pero, incluso así, no puede ocultar los ojos lastimeros con los que se dirige a él. Sougo sólo le sonríe de medio lado, incómodo, y espera que llame a Kagura, pensando que quizá el chico no siente compasión por él, sino por su hermana.

Kagura se aparece sin necesidad de ser llamada, con los cabellos naranjas sueltos y desarreglados, y con un descolorido abrigo rojo a medio abotonar. Calza zapatos deportivos desgastados y ningún accesorio. Sougo no sabe si se ha vestido así a propósito o de verdad no le importa adonde pueda llevarla con esas fachas.

—Vámonos —dice con voz plana y una cara de póker que no le sale. Puede escuchar todavía el rencor en su voz, pero hay mucho más que eso en ella.

Okita espera hasta que Kagura llegue con él a la puerta, sin entrar un solo centímetro a la casa. Kamui le despide poniendo su mano en el hombro de él y dándole un suave apretón. Sougo asiente, convencido de que ahora tienen que ser así las cosas.

—Adiós —se despide Sougo, inclinando la cabeza. Es una despedida y una disculpa.

—Adiós —responde Kamui y la puerta se cierra tras él.

—¿Qué es lo que quieres? —inquiere Kagura nada más salir de su jardín, ocupada abotonándose el abrigo. Sus manos parecen torpes.

—Vamos a pasar la tarde juntos, ya te lo dije.

Ella se tensa de inmediato; sus manos abandonan los botones de su abrigo y se vuelven puños a sus costados.

—No entiendo adónde quieres llegar con esto.

—Hay algo que necesito decirte.

—Dímelo aquí.

Okita suspira suavemente. Sabía que no sería tan fácil, no importa lo amable que sea Kagura. No podría serlo. No debería serlo.

—Te lo diré más tarde.

La chica abre la boca y la cierra, como un pez, pero se guarda las palabras y camina detrás de él con las manos metidas en las bolsas del abrigo. Ha decidido no pelear más y Okita aprecia el gesto.

Kagura es muy amable.

Siempre lo ha sido.

Abre la puerta del copiloto del auto de Hijikata y espera a que Kagura suba. Ella arquea una ceja y él comprende que debe estar confundida. Después de todo, lo último que sabe es que chocó con el coche de Kondo y que le juraron no volver a prestarle un vehículo en la vida. Es sólo que Hijikata, al igual que Kamui, sabe y entiende, por eso le ha hecho este último favor. Siempre le ha tenido un rencor estúpido al hombre, pero Okita le está tremendamente agradecido por todo lo que ha estado haciendo por él los últimos meses. Le cuesta reconocerlo abiertamente, pero Hijikata es quien lo está manteniendo a flote ahora mismo.

El sedán arranca con un sonido suave y se ponen en marcha. Hay un festival en el lado oeste de la ciudad y sabe lo mucho que le gustan estas cosas a Kagura, a él mismo siempre le han parecido divertidas.

Desembarcan en el estacionamiento medio lleno, quizás menos, por estar todavía la luz del sol sobre ellos. Kagura baja luego de desabrocharse el cinturón de seguridad y se queda parada mirando hacia la entrada del festival.

—No traigo dinero.

—No es necesario.

—Yo no vengo a los festivales sólo a mirar. Lo sabes.

"Lo sé".

—Tengo dinero suficiente. No esperaba que gastaras ni un centavo.

—¿Es dinero de Toushi?

—No.

La chica se pone en marcha tras el breve intercambio de palabras. Incluso desde el estacionamiento pueden percibir los olores de la pólvora de los fuegos artificiales de los niños y el de la comida de los puestos. Es un mundo diferente cuando ponen un pie adentro, lleno de colores alegres y de risas, tan diferente de ellos mismos. A Okita le da la impresión de que todo el mundo se está divirtiendo.

—¿Qué quieres hacer primero?

—Nada —responde ella en automático—. No sé por qué tuve que venir a un festival contigo. No sé qué hago aquí con un bastardo como tú, porque no importan las porquerías que digas, no creo que cambie de parecer sobre ti.

Kagura está siendo dura con él a propósito porque espera lastimarlo. Okita lo entiende y, más que herirse por sus palabras, se hiere porque en otros tiempos ya estarían compitiendo por quién tiene la mejor puntería con las pistolas de corchos en el puesto de Hazegawa.

—Ya estamos aquí. Veamos un poco.

—Sólo di lo que tengas que decir ahora.

—Por favor —suplica. No quiere que el último recuerdo que Kagura tenga de él sea aquella noche gritándole cosas horribles, burlándose de sus sentimientos. Necesita que ella entienda que, aunque haya sido un canalla con ella, es una persona importante para él. Siempre lo fue y siempre lo será. No quiere que viva con el estigma de haber tirado dieciséis años de su vida en alguien que no la aprecia y que sólo la ha usado. Esa jamás fue su intención. Ni a los cinco años, ni a los diez y mucho menos a sus veinte—. Sólo un rato.

—No —responde firme nuevamente, pero se arrepiente segundos después—. Ya no importa. Hagamos lo que quieras.

Al principio caminan por el festival un rato, sólo observando por aquí y por allá sin decidirse a nada. La chica parece todo el tiempo incómoda a su lado pero a medida de que el espíritu del festival se le contagia, una sonrisa aparece a sus labios y la tensión en su cuerpo va desapareciendo. Se anima a atrapar pececillos, a jugar al tiro al blanco en cinco puestos diferentes, pescar globos; a comer banderillas y batidos, manzanas acarameladas. Entran a la función de un mago y arruinan su acto de magia. La cartera de Sougo agoniza a la hora de la pirotecnia, pero Kagura casi parece haber olvidado que le odia, porque sonríe con todas sus fuerzas. Sabe que no es por él, que es por el festival, porque, si ella se atreviera a echar una segunda mirada, su ceño se frunciría nuevamente y la alegría abandonaría los rasgos infantiles de su cara.

—Mañana volveré a venir con Gin y Shinpachi —promete en voz alta, con los ojos fijos en el cielo nocturno y las explosiones de colores que lo acompañan.

—Es una buena idea.

Como si se tratara de un hechizo, la voz de Okita la regresa a la realidad y la euforia la abandona con la rapidez de un auto fórmula uno. Las personas a su alrededor siguen riendo y charlando, maravilladas todavía con los fuegos artificiales que explotan una y otra vez sin parar.

—Dímelo ahora —exige alzando la voz por encima del ruido, todo lo enojada que puede tras estar tan contenta sólo segundos antes.

Okita observa su celular antes de responderle. Pasa de la medianoche, tan sólo unos minutos, pero ya es otro día. Él sólo le pidió una tarde y ha acabado extendiéndose más de la cuenta.

—Vamos a otro lugar.

—Deja de alargar esto. Sé lo que tratas de hacer. Quieres que te perdone comprándome cosas, pero ni siquiera has pedido perdón en todos estos meses. Entonces ¿qué es lo que buscas? ¿Que lo olvide de repente? —dice con la voz cargada de veneno—. Fuiste el que dijo que ya quería terminar con todo. No entiendo qué diablos hacemos aquí montando este teatro de los mejores amigos.

—Es largo. Por favor. Es lo último. Lo prometo.

—Voy a irme a casa si sólo estás jugando.

Regresan al auto en el silencio sepulcral que es el corazón herido de Kagura. Es más que obvio que una tarde en el festival no iban a lograr el perdón de la chica, pero tampoco es lo que Okita busca de todos modos. Enciende la calefacción del coche y sabe que el tiempo le viene pisando los talones.

No es lo que planeó, aunque realmente nunca pensó un lugar en el cuál hacerlo, pero detiene el auto frente a una pequeña plaza e invita a Kagura a salir y acompañarlo hasta la máquina expendedora. Deposita unas cuantas monedas, de las últimas que todavía quedan en su cartera, y saca dos bebidas calientes. El frío en la intemperie es más arrasador a esa hora de la noche y lejos del festival, vaho sale de su boca. "Es lo último", repite Sougo en su cabeza. "Es lo que debes hacer".

Kagura toma entre sus manos el chocolate caliente, pero no agradece ni comienza a beberlo. Tiene la nariz roja por el frío y se calienta las manos con la lata. Aun así no se queja ni emite sonido alguno. Está esperando a que él diga algo, lo que sea. Que termine con lo que ha comenzado horas antes.

Con el corazón en un puño, Okita busca las palabras adecuadas para comenzar. Está a punto de emitir un discurso que lleva ensayando en su cabeza desde hace más de dos meses. La ansiedad y la fatiga que viene sintiendo desde tiempo antes se apoderan lentamente de su cuerpo, las náuseas comienzan a reptar por su garganta y él sabe lo que significa. Pronto se pondrá peor y no necesita que Kagura lo vea así. Se supone que está allí para hacerlo bien, no para hacerlo peor.

—Fuiste mi amiga por dieciséis años —elige las palabras con cuidado, incluyendo el tiempo pasado del verbo—. Desde los cinco hasta los veintiuno. Gracias —Kagura parece sorprendida por la manera en que comienza su discurso, pero no dice nada. Lo mira cautelosa, con la guardia alta por cualquier cosa que pueda dañarla más de lo que ya está—. Sé que has hecho muchas cosas por mí y que yo apenas te he regresado un poco más que nada. Perdón por eso. Sé que traerte al festival y pagar por ti no es ni la centésima parte de lo que has venido haciendo por mí a lo largo de los años, pero tampoco intentaba pagarte de esa manera. La verdad es que no puedo pagarte, China —se le escapa el apodo y se siente estúpido por su desliz de lengua. No puede ser familiar con ella ahora—. No importa lo que haga, nunca será suficiente por quedarte conmigo tanto tiempo. Sé que, más que fácil como otras personas pueden decir, eres demasiado amable con alguien como yo porque esa es tu naturaleza —"sé que todavía a pesar de todo me amas y tienes esperanza de que todo vuelva a ser como antes", piensa, sin embargo se lo guarda porque eso es un golpe bajo y algo que no necesita expresar.

—¿Qué estás intentado decir? —cuestiona Kagura con un ligero temblor en la voz. Sougo sabe que ella ya lo intuye. Ella es quien mejor lo conoce.

—Déjame decirlo todo —pide—. Tengo que decirlo todo para no dejarme ninguna cosa. Por favor.

Ella aprieta la lata caliente entre sus manos sin llegar a reventarla, pero está a punto, mientras asiente.

—Sé que he hecho muchas cosas que no pueden ser perdonadas. Como todas aquellas veces que te planté, principalmente aquella en tu graduación, o aquella noche en el club.

A ambos les recorre un escalofrío por la remembranza de aquella madrugada. Okita sólo pone una sonrisa amarga, Kagura aparta la mirada. Es algo que le gustaría enterrar, pero hay muchas cosas qué decir sobre esa ocasión. Después de todo ha sido el punto de inflexión en su relación.

—Tienes que entender que yo no sabía de tus sentimientos. Nunca los dijiste y me diste tus razones, lo sé. Pero, porque yo no los sabía, es que fui un idiota contigo y estuve hablando sobre Hyesung y otras todo el tiempo. No me estoy justificando, por supuesto. Debí darme cuenta. Siempre he dicho que eres quien mejor me conoce, pero yo no he sido lo mismo para ti. Soy una falla tras otra. Así que, cuando me di cuenta, traté de no seguirlo haciendo. Lo supe cuando Kamui me dio aquella paliza, ¿la recuerdas? En ese momento pensé que no la merecía, pero resulta que terminé debiéndole. Así que después de eso no quise acudir a ti cuando terminé con ella. No quería lastimarte más porque me importabas. Me importas. Eres demasiado amable y podrías haber terminado llorando a mi lado mientras te lastimabas más a ti misma. Eres demasiado amable —repite. Kagura le mira nuevamente a los ojos, sin saber qué decir y buscando una prueba de que sus palabras son verdaderas, de que no la está engañando una vez más. Pero esta es la primera vez que Okita está siendo tan honesto con una persona que a lo único que teme es que ella no le crea ahora. Se lo merece. Se merece tanto desprecio por parte de ella, pero aún así no lo quiere y es un imbécil por ello.

—Te lo dije esa noche —dice Kagura con la voz bajita, lastimada—. Que yo no estaba esperando nada de ti. Nunca lo he esperado.

Los temblores comienzan a sacudir el cuerpo de Okita. Es la abstinencia. Es tan difícil dejar el alcohol cuando te entregaste a él de lleno.

—Quiero pedirte perdón por esa noche —se lo pide por primera vez, pero no la deja hablar, ni para negárselo ni para concedérselo—. Fui la peor basura del mundo. Todavía no entiendo cómo es que estás aquí parada frente a mí después de lo que te hice aquella noche —la voz se le quiebra al final y tiene el deseo de llorar. Se siente tan fácil hacerlo en los últimos meses que ni siquiera le cuesta esfuerzo alguno. Pero no quiere derramar lágrimas que parezcan de cocodrilo porque no pretende conmoverla.

Kagura es tan buena, tan amable que sabe que de seguro lo perdonará tarde o temprano y él no quiere eso. Las cosas serán más fáciles para ambos si ella puede odiarle todavía y para siempre. Pero sabe que eso es difícil. Sus ojos cuando se arrodilló frente a ella y también ahora se lo demuestran.

Es mejor apresurarse más. Todavía más.

—Para mí siempre has sido mi mejor amiga —dice, atropellando las palabras—. Nunca te he visto de la manera en que tú lo has hecho y no creo que pueda. Sin embargo, gracias por sentir lo que sentiste por mí —"lo que sientes por mí"—. No creo que me lo haya merecido, ni antes ni ahora.

—Lo sé —confirma ella con la voz amarga. Está siendo rechazada a pesar de que no lo ha pedido. Está siendo rechazada de una vez por todas y duele—. Yo estaba bien con ser tu amiga. ¿Es muy ridículo, no?

—No. No —la ansiedad comienza a apoderarse de todo el cuerpo de Okita. No quiere perder los estribos frente a ella porque no es un problema que le toque ya—. ¿Sabes? He estado pensando en lo que puedo hacer por ti. Has llorado por mi culpa no sé cuántas veces, te he lastimado no sé cuántas veces y he torcido tus planes y el rumbo de tu vida por mí no sé cuántas veces. No las puedo ni contar ni aunque me pusiera en ello. Son tantas cosas. ¿Por qué debiste hacer tanto por mí? Por Dios, soy un tonto —se lamenta—. Pensé en lo que me dijiste aquella vez, sobre Mitsuba, sobre lo que pensaría de mí ahora y tienes razón. Has tenido la razón sobre mí todo el tiempo. Necesito cambiar, necesito dejarlo. Pero es difícil. Es difícil dejar de ser un alcohólico cuando has tocado fondo. Y por eso mismo es que sé que rogar por tu perdón no es lo que debo hacer cuando no estoy seguro de que no vaya a lastimarte otra vez. Es difícil, ¿sabes? —repite—. Es difícil cuando ya te has convertido en algo como esto. No puedo reparar un jarrón roto sin que queden grietas. No puedo reparar un jarrón roto cuando no tengo el equilibrio suficiente para no dejarlo caer otra vez. ¿Entiendes?

—No —dice ella. Las lágrimas comienzan a formarse en los ojos de Kagura—. No es eso. No es así…

—Sí. Es así. Lo sabes. Sabes que voy a acabar lastimándote otra vez. Sabes que te he hecho daño suficiente. Sabes que no debes perdonarme. Por dios, casi intenté violarte —se le corta la voz en la última frase, avergonzado de toda su existencia, de tener los huevos de estar parado frente a ella ahí, ahora—. Por eso lo pensé. No puedo pagarte todas. No puedo pagarte siquiera una importante y ni siquiera puedo asegurarte que no volveré a arruinarlo todo otra vez. Y no mereces esto. Sabes que no lo mereces.

—Yo decidiré qué es lo que merezco —las manos de Kagura toman su rostro suavemente y le limpian las lágrimas. Sougo ni siquiera se dio cuenta cuándo comenzó a llorar. Pero no puede estar allí sintiendo las manos cálidas de quien siempre considerará su mejor amiga porque no se lo merece. Sabe que va a lastimarla tarde o temprano y ya no quiere quebrarla más. No la quiere como ella lo quiere a él. No importa si ahora comienza a estar bien. Al final de cuentas va a terminar hiriéndola y jugar a que la ama como una mujer es lo peor que podría hacer.

—No —se aparta con brusquedad. Ha apretado tanto su café caliente que se le derrama entre los dedos y el líquido le quema—. No. Vine a pedirte perdón, pero no a que me perdones.

—¿Qué es lo que querías entonces? —los ojos azules de ella están vidriosos, preparados para llorar—. Suenas como si me estuvieras terminando, uh-uhm. No me puedes terminar, ¿sabes? No estamos saliendo —ríe tontamente, desesperada—. Se supone que estoy enojada contigo tanto que podría matarte, sí? Se supone que debes arrodillarte y suplicar mi perdón. ¡¿Qué es toda esta mierda que estás diciendo entonces?! —grita al final.

La está destrozando. Okita sabe que la está destrozando una vez más. No lo quería . Era más fácil si ella lo odiaba.

No debió ir al festival con ella. No debió intentar nada con ella nuevamente. Pero tenía qué decirlo. No podía marcharse de su vida haciéndola sentir como si fuera peor que el polvo, como si no le importara y nunca lo hubiera hecho.

—Me voy, Kagura. Voy a mudarme. Necesito ayuda. Es difícil —las palabras comienzan a fluir como una cascada de su boca sin orden ni concierto. Son un grito desesperado de ayuda, de perdón y de necesidad por entendimiento—. Regresaré a mi ciudad natal con Hijikata. Tengo una casa allí, lo sabes. La casa donde nació Mitsuba y donde nací yo. La ciudad donde se conoció con el amor de su vida. Voy a volver y recibiré ayuda allí. Voy a ir a terapia, lo juro por Dios. Voy a intentarlo de una vez por todas y dejar de ser el excremento que soy ahora mismo. Voy a comenzar de cero allá, lejos, en un lugar donde no pueda lastimarte. Cambiaré de universidad, de carrera y de forma de vida. Iré a donde no tengas que soportar mis estupideces de borracho o alcohólico en abstinencia. Donde no tengas que verme salir con otras chicas, donde no pueda hacerte algo tan irremediable que acabe destruyendo tu vida también. ¿Lo entiendes? Voy a salir de tu vida porque es la única forma en la que puedo pagarte aunque sea una.

—¡No! —chilla ella—. Te estás largando porque no quieres solucionar nada y eres un cobarde. Tienes miedo. Pero yo no voy a salir lastimada. Soy demasiado inteligente ahora. Con todo lo que ha pasado…

—¡Eres demasiado amable, Kagura! ¡Sabes que vas a acabar exactamente como he dicho! Y tal vez sí estoy siendo un cobarde y todo lo que quieras, pero no me importa. Voy a marcharme. Voy a marcharme porque es lo que debo hacer. Es la única cosa que puedo hacer por ti: salir de tu vida.

—Eres un bastardo —dice Kagura con voz queda, llorando en silencio—. Siempre lo has sido.

Las palabras de Kagura lo lastiman como un millón de aguijones, pero no dice nada para defenderse. No tiene nada para decir ya.

No hay vuelta atrás.

La decisión está hecha.