PIECES OF A LIFE
XXXVIII.
Epílogo
Ella hizo un montón de cosas por él. Era hora de que él hiciera algo por ella.
—Vaya mierda de clima para tener el día libre —masculla Okita bajo una lluvia torrencial que lo ha cogido desprevenido. Se cubre como puede con la chaqueta negra, de cuero, y se resguarda bajo el tejado de un local de comida china.
Es el primer día libre que tiene desde que lo han transferido a la policía metropolitana y lo está gastando como un estúpido en la calle, mojado hasta los calzones. Si hubiera sido más inteligente habría pasado desde el inicio del día por el coche al taller y no al supermercado para comprar chucherías varias. No conoce a nadie en la ciudad aparte de unos contactos en la policía, así que prefiere refugiarse en el cuchitril que es su nuevo y minúsculo departamento comiendo helado y viendo películas pirateadas como toda una damisela con el corazón roto. Ya irá después a un buen lugar para hacer vida social. A un campo de tiro, a un casino, al villar, a un club o a un bar. Mientras no exceda las tres copas todo estará bien. Es un detective de los rudos ahora, recién transferido al departamento de homicidios con honores y todo. Honores que Okita se pasa por el trasero, por supuesto. No pueden importarle menos.
"El sueldo es lo que deberían subirme al nivel del colesterol de Hijikata", piensa sacando unos billetes de la cartera para comprar alguna cosa de la tienda para comer mientras pasa la lluvia y, si tienen paraguas de casualidad, un paraguas también.
Los paraguas le parecen bastante maricas, él prefiere mojarse, total, ya está calado hasta los huesos, pero si acaba enfermo con este clima será malo, más porque está viviendo solo en una ciudad donde nadie se apiadará de él y es muy pronto para darse de baja temporal por enfermedad.
Entra y el olor de los fideos, el pollo agridulce y los rollos primavera le inundan las fosas nasales. La verdad es que la comida china desde hace mucho tiempo que dejó de ser de su completo agrado, pero fue su mala suerte lo que lo hizo acabar más cerca de allí que de una pizzería.
—Un día malo, ¿eh? —saluda el encargado, un hombre mayor que de chino no tiene nada, al ver el ceño fruncido de Okita.
—Uno de mierda —responde.
—Estás tan mojado que parece que estás orinando.
—Si lo que quiere es que no le inunde el suelo sólo páseme el trapeador.
—No, qué va. Si esto ya está como el Titanic —señala el suelo lleno de lodo y agua a su alrededor—. Sólo falta que nos hundamos. Lástima que no se puede.
A Okita todavía no le agrada la comida china, pero el tipo le parece lo suficientemente agradable como para no darse mejor la media vuelta y buscar esa pizzería prometida.
—¿Y qué vas a ordenar?
—La verdad es que no soy fan. Lo que sea está bien para mí.
—¿Unos tallarines calientes te parecen bien?
—Todo me parece bien.
—Entonces te sirvo unos tallarines, un refresco y una toalla —anota el viejo.
—Me gusta lo de la toalla.
Sougo se aleja del mostrador y busca una mesa vacía en el pequeño local. No es cómodo y tampoco parece que tengan la comida más sabrosa del barrio, pero está bastante lleno en ese momento. Debe ser por la lluvia. Minutos después una muchacha como de unos quince años se le acerca y le entrega una toalla rosa y que huele bastante a humedad, pero Okita no se queja y se seca el cabello tanto como puede y la entrepierna tanto como no le ven para acusarlo de indecencia pública.
Pasa bastante tiempo antes de que le entreguen su orden y, cuando lo hacen, la lluvia ya ha cesado hasta convertirse en una inofensiva llovizna; en el local sólo quedan otras tres personas aparte de él. Una joven mujer que llegó no mucho después que él está detrás y una pareja de universitarios a un lado.
Okita sorbe los fideos averiguando en ese preciso momento que está tan hambriento que los pasa como agua a pesar de que le queman la lengua como brasas. La pareja se marcha cuando él ya sólo está reposando la comida, entonces el hombre del mostrador deja su puesto y se sienta frente a la mujer detrás de Okita, llevando dos tazones de fideos, arroz y una bandeja de rollitos primavera con él. "Pobre diablo", piensa "no sabe que hay un poli aquí y quiere acosar a una mujer más joven".
—¿Y qué hace aquí una señorita tan distinguida como tú otra vez? —pregunta el viejo.
—Dishtinguida mi trashero —dice la fémina con la boca llena con mucha familiaridad. No es acoso sexual lo que se está llevando acabo allí, deduce con rapidez. De cualquier manera él tiene que marcharse.
Se pone la chaqueta y coloca la toalla en el respaldo.
—¿Te vas, muchacho? —pregunta el viejo al verlo levantarse.
—Ya estoy lleno. Ahora necesito algo menos saludable —dice.
—Estas cosas no son saludables —ríe el hombre.
Tras el pequeño intercambio de palabras, la mujer se voltea a mirarlo todavía con los mofletes inflados por la comida.
Oh.
Repentinamente, Sougo no sabe si saludar o pasar de largo.
Quiere pasar de largo aunque no tiene por qué.
—¿Sougo? —dice ella con la sorpresa deformando sus rasgos de mujer madura.
—Hey, Kagura. Qué sorpresa.
El viejo los mira con ojos sospechosos.
—¿Se conocen usted y esta rata mojada, señorita?
No le agrada que el viejo le haya dicho rata mojada, pero se lo guarda.
—Sí —dice ella, dudando de su respuesta—. Sí —afirma otra vez, medio ida por un segundo—. Nos conocemos desde niños.
El hombre pasa la mirada de la cara estupefacta de Kagura a la de Sougo, que tiene un expresión similar; entonces se pone de pie y se marcha a limpiar las mesas del fondo sin decir ni una sola palabra.
—¿Vives por aquí? —pregunta ella con presteza—. ¿Trabajas ahora acá, en la capital?
A Okita le parece que retrocede en el tiempo cuando escucha su voz dirigirse a él, unos diez años atrás cuando todavía no sucedía todo aquello que él había provocado.
—Soy recién transferido. Es mi primer fin de semana por estos lugares.
—Ah —balbucea ella sin saber qué más agregar—. Yo trabajo aquí los fines de semana porque tengo un programa de radio, pero todavía vivo en nuestra… en mi ciudad. Sigo con la Yorozuya.
"Lo sé", piensa él.
—Es bueno saberlo —dice en cambio—. Que te vaya bien, quiero decir.
—¿Por qué no te sientas? —él lo hace por pura educación. Kagura prosigue—. ¿Cómo has estado tú? —sigue cuestionando mientras come su comida con alegría. Su apetito no se ha marchado desde que dejaron de verse. Lo que sí cambió fue su forma de hablar, dejó atrás el timbre de niña pequeña que le caracterizaba. Su cuerpo también ha cambiado, por supuesto, aunque Kagura siempre fue una chica guapa luego de atravesar la pubertad, pero ahora tiene el porte de una dama. Lástima por sus modales frente a la mesa.
—Me va bien. Estaba trabajando bajo en mando de Hijikata en la brigada antisecuestros pero acabo de ser transferido a homicidios en la capital. Es un ascenso, supongo.
—Trabajar lejos de Hijikata siempre será un ascenso para ti.
Okita sonríe de medio lado, jugando con una servilleta, sorprendido de que ella pueda bromear todavía por las mismas cosas de hace años, como si nunca hubiera pasado nada malo entre los dos.
—Oí mucho de ti por Kondo —ella abandona el tono dicharachero y deja los palillos a un lado en la mesa. Le mira directo a los ojos con seriedad—. Antes de que él también se fuera.
Sougo sabe lo que viene.
—¿Por qué nunca llamaste? —indaga de golpe—. No volviste tampoco. Ni estabas cuando fui de visita. Francamente todo lo que me digas me van a parecer excusas.
A Sougo le urge largarse de ahí.
—Estaba muy ocupado cambiando. Todavía no he cambiado de cualquier manera —miente.
Kagura aprieta los puños, pero Okita se alegra de ver que ya sólo hay molestia en su mirada y en su tono de voz, no más despecho ni otra clase de sentimientos mezclados. No más. Está aliviado.
Hizo una cosa bien.
—Sé qué estuviste haciendo —continúa ella—. Sé que estuviste internado por rehabilitación y que acabaste yendo un poco tarde a la universidad de la policía. Sé que te convertiste en detective y estoy segura de que todavía lo eres. Te reformaste. Lo hiciste —acusa sin malicia.
—Tengo treinta ahora, Kagura. El próximo año tendré treinta y uno. Van a ser diez años de eso. No puedes pretender que recuerde todo —se excusa él con más mentiras, intentando utilizar un tono jocoso.
Ella sonríe de medio lado, bufando. No le cree ni una palabra. Sabe que son puras excusas.
—A mí me parece que todavía estás huyendo. Francamente me parece estúpido. Lo has dicho tú mismo: han pasado diez años.
"Estoy huyendo", admite en sus pensamientos. "Estoy huyendo porque todavía tengo recaídas. Estoy huyendo porque temo que seas todavía tan estúpidamente amable como para dejarte enredar con mis problemas. Estoy huyendo porque esto es lo único que pude hacer por ti hace diez años y es todo lo que puedo hacer todavía ahora. Porque eras mi mejor amiga, todavía lo eres, y ahora soy un poli de los duros. Los polis de homicidios nunca acaban bien, ¿sabes? Suelen acabar muertos en una cuneta de la carretera. Es demasiado peligroso. Por eso Hijikata nunca aceptó ningún puesto peligroso mientras Mitsuba estaba viva. Él también lo sabe".
—Ha sido un placer —se despide con la voz extrañamente apretada. En su cabeza le ha dicho todo lo que quiere decirle, pero en la realidad no puede hacerlo—. Estoy en medio de un caso —miente por tercera vez—. Ha sido un placer, en serio. Pero la próxima vez que nos crucemos creo que es mejor pasar de largo. No es necesario demostrar que nos conocemos. Yo haré eso.
Okita le extiende la mano, un gesto que ella no responde, pero él la mantiene en posición mientras pasan los segundos y la mira directo a los pozos azules que son sus ojos. Puede apostar que ésta será la última vez que lo haga en la vida.
Kagura nunca toma su mano y él deja de esperar que lo haga, se marcha de una vez por todas del lugar, maldiciendo su suerte y sacando definitivamente a la comida china de las cosas que le gustan comer.
Lo ha terminado, cree. Todo lo que queda ahora entre los dos son pedazos de una vida que tuvieron juntos una vez hace mucho tiempo.
Y, mientras se aleja, Sougo casi puede escuchar a Kagura gritándole lo imbécil e injusto que es, terminándolo todo por su cuenta una vez más.
Pero eso es solo su imaginación.
FIN
Yo casi nunca acabo fics (mucho menos actualizo regularmente, para el caso, así que este es todo un logro en ambos aspectos). Siempre tengo muchas cosas qué decir al inicio, cuando comienzo a escribir, para explicar el final. Pero creo que ahora que he llegado al final no tengo nada para decir, excepto agradecer por todo el amor y la atención que recibió esta historia, independientemente de lo que significa el capítulo final y el epílogo para ustedes. No puedo mencionarlos a uno por uno aunque me gustaría, muchos reviews me aparecen sin nombre y no quiero mencionar a unos dejando de lado a otros, así que perdón por eso.
Es un final en el que trabajé desde la primera etapa y que visualicé desde el momento en que publiqué el capítulo 1, no es que me lo haya sacado de la manga. No. Escribí un fanfic porque quería escribir ESTE final tras La Escena del capítulo 33, la escena por la que el fanfic en su totalidad fue creado.
Aunque yo creo que todo el tema importante ha sido zanjado, puede no ser así, por lo tanto aclararé en un post de Facebook (dado a que es ilegal por esta web crear un capítulo sólo de notas de autor) toda duda que puedan tener sobre el fanfic, así que déjenla en la caja de comentarios o directamente en face; ahora que he acabado puedo revelar cualquier cosa. Anímense a preguntar.
Un abrazo a todos por llegar tan lejos conmigo en estos… como 17 días. Ha sido un placer.
¡Hasta luego y que la fuerza de las papas fritas los acompañe siempre!
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