De un atardecer naranja a una noche estrellada

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Ese día, Lance se levantó con una premonición. Una premonición que le indicaba que algo importante, al menos importante para él, iba a pasar.

El día pasó rápidamente. Gran parte de la mañana estuvo de compras con su mamá, ayudándola a llevar grandes bolsas llenas de frutas tropicales y comestibles; al mediodía le tocó lavar los platos; y, gran parte de la calurosa tarde, estuvo en el negocio, ayudando a su abuela con los clientes, con el aburrido trabajo de acomodar y reacomodar objetos en estantes.

Tenía varios amigos cuyo contacto había mantenido desde que era chico, pero la mayoría ya contaba con algún trabajo serio, o se habían ido a probar una mejor vida en La Habana o en alguna ciudad con más y mejores oportunidades. Lance era consciente de que su suerte era única, y siempre daba gracias por eso, por tener un padre viviendo en Estados Unidos y poder estudiar allá el resto del año. Asique, como sus amigos en la isla latina estaban ocupados la mayor parte del tiempo, él se había acostumbrado a pasar, casi todo el resto de su estadía en Cuba, ayudando a la familia de su mamá. Además de disfrutar las playas y el mar, claro está.

Fue por eso que, en cuanto su abuela lo echó del negocio, pasó rápidamente por su casa y, entre las cosas que había traído del continente, sacó un par de latas de cerveza, y enfiló para la playa. El alcohol no era barato en la isla y, sabiendo que esas latas eran lo último de su reserva, las metió en la mochila, dispuesto a defenderlas con la vida.

En la primera bajada a la playa, había varias personas esperando la puesta del sol. Pensando en cierta sirena y con ganas de sentirse como el único humano en la tierra, comenzó a caminar a orilla del mar. El suave vaivén de un oleaje calmo lamía sus pies, que se hundían en arena húmeda y escurridiza. Caminó y caminó, hasta que se encontró a tal distancia, que las personas más cercanas eran apenas un punto lejano en la playa.

Contento se dejó caer, sin importarle el contacto directo con la arena. Miró al horizonte, donde un atardecer dorado estaba por comenzar, y sacó una lata de la mochila. La dejó en el suelo a un costado, sin abrir, esperando el momento justo.

Respiró hondo y profundamente. Una calma brisa, a ratos cálida y a veces fría, y muy salada revoloteaba en su pelo y, lamiéndose los labios luego de un rato, sintió la sal en su boca.

Cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, se encontró con los azules de la sirena.

Esa vez, no se sobresaltó, y simplemente le sonrió.

-"Me pregunto cómo haces eso, cómo sabes que estoy acá arriba"- y se acercó aún más a la orilla.

Azul, ese simplemente bellísimo ser, rió sin mover los labios más que para sonreír. Y Lance simplemente sabía que ella estaba feliz de verlo y que podía de alguna manera sentirlo; y la sirena, a su vez, sabía que él también quería verla y que apreciaba esos encuentros como oro entre sus recuerdos.

Porque, a esa altura, era todo tan transparente entre los dos que, si bien sus encuentros podían ser contados con los dedos de las manos, su conexión iba mucho más allá de un terrenal entendimiento. Porque los dos, tanto humano como ser mítico, lo sentían.

"Ya sabes cómo"

Y era cierto, tan cierto como que, en ese preciso momento, ella salió aún más a la superficie, y Lance se sintió envuelto en su aire frío y tormentoso. Estaban muy cerca.

Fue ahí, en ese instante, que Lance la besó. Un beso húmedo, los labios de ella fríos y salados contra los de él. La sirena sabía al océano, y su pelo se enredaba y alborotaba como mil y una corrientes marinas. Lance, más que fijarse en cualquier otra cosa, encontró sus ojos. Ojos azules tan intensos como la misma frialdad de las aguas más profundas, aunque cálidos como costas tropicales. Y él se sintió perdido, por un momento, en el juego de emociones que ella despertaba en su interior.

Finalmente, el beso terminó, y cuando ella, con esos ojos brillantes y grandiosos, formó en su rostro una sonrisa tan llena de vida y felicidad, él no pudo hacer otra cosa más que besarla de nuevo. Sin siquiera cuestionar cómo alguien tan maravilloso como ese ser, había decidido ser parte de su vida; él, quien solo consideraba que tenía algo de simpleza, honestidad y un poco de alegre carácter.

Porque Lance nunca se había sentido así. Nunca se había sentido tan querido y respetado como cuando estaba con ella, y, si bien sonaba increíble, nunca había conocido el verdadero sentimiento detrás de la palabra amor antes de ese momento.

El sol se puso al horizonte, y el firmamento se tiñó de naranja, dorado y celeste; mientras que el mar centellaba y reflejaba el cielo como escamas a la luz. Reinaba un silencio absoluto, calmo, y Lance solo podía escuchar su propia respiración, y sentir sus manos sobre la piel húmeda de ella.

No había nada que decir, mucho menos algo distrayente en lo que pensar.

Sentían y pensaban lo mismo. Una mezcla entre pasión, añoranza, la necesidad de proteger, de no dejar ir, alegría, alegría, mucha alegría.

Y una pregunta, una duda tan humana pero que los dos compartían, aunque de distinto modo, ¿y ahora qué?

Porque Azul sabía que él quería demasiado como para dejar ir todo e irse con ella; y Lance sabía que lo que realmente importaba era su decisión, ya que ella lo respetaba demasiado como para llevarlo consigo sin su consentimiento.

Porque detrás de cada mito de sirenas hay algo de verdad. Ella pertenecía al frio de las profundidades y quería compartir ese mundo maravilloso con él, ese extraño humano con el que se sentía tan conectada que no quería dejarlo ir. Pero el amor de una sirena era un arma de doble filo, y eso ambos lo sabían.

Lance dejó las ojotas, la mochila y la lata sin tomar sobre la arena, y se sentó en el agua, al lado de ella. Azul lo rodeó con su larga y majestuosa cola, en un abrazo, y apoyó su cabeza siempre húmeda sobre su hombro.

Juntos, se quedaron en silencio por un largo rato, viendo el atardecer. Cada tanto ella miraba los ojos de él, porque si bien en la sirena se reflejaba el océano, en las iris de Lance se veía la calidez del sol. La piel del humano era cálida, y todo en él, su sonrisa amistosa, protectora, todo, la atraía. Porque era lo contrario a ella, y juntos se sentían completos.

Cuando no hubo más sol sobre el ocaso, una pizca de tristeza los envolvió, si bien Azul sabía que venía de Lance. La miró a los ojos.

-"No puedo irme con vos"

Y ella, que lo entendía mucho más de lo que él pensaba, le sonrió con toda la calidez que su frío y distanciado ser le permitía.

"Ya se"

Lance suspiró, porque si bien no podía, lo que más quería era acompañarla y estar siempre con ella. La sirena puso sus mojados brazos alrededor de él, con cariño y torpeza, porque no estaba acostumbrada a mostrar tal afecto.

-"Pero realmente quiero ir a donde sea que vayas"

Ella se rió cuando vio que el otro hizo cara de puchero.

"No tenés que venir conmigo ahora" lo tranquilizó "en el mar el tiempo es algo muy curioso"

Con más seriedad agregó.

"Además, todavía tenés grandes cosas para hacer en el mundo de la superficie"

Él la miró con duda en el rostro.

-"No creo que mi futuro sea muy grandioso"- continuó mirando al horizonte- "con suerte me recibo"

Ella sonrió misteriosa, como sabiendo un secreto.

Lentamente, el cielo se tiñó de estrellas.

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Voy a admitir que es lo último que tengo escrito... este es mi final, aunque tengo ganas de escribir un epílogo, jeje

Diganme que les pareció! Me encanta escuchar sus comentarios :)