La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.
Saludos a Sandra Strickland por tomarse su tiempo en leer esta adaptación, espero que le guste mucho.
Sin más les dejo aquí el capitulo dos de esta bella historia.
Ahogándome en sus ojos.
Mayo, 1824
En algún punto entre Londres y Gloucestershire
En mitad de la noche
Querida señorita Phoebe Shortman:
Muchas gracias por su amable nota después de la pérdida de mi mujer. Ha sido muy considerada al escribirle a un caballero al que ni siquiera conoce.
Como muestra de mi agradecimiento, le ofrezco esta flor prensada. Sólo es una cariofilácea silvestre roja (Silene dioica), pero ilumina los campos de Gloucestershire y, de hecho, este año parece que ha llegado con antelación.
Era la flor preferida de Chloe.
Sinceramente,
Sir Gerald Johanssen
Pheobe Shortman aplanó aquella carta tan culta en su regazo. Apenas había luz para leer, a pesar del brillo de la luna llena que entraba por la ventana del carruaje, pero no importaba. Se la sabía de memoria y la delicada flor que, de hecho era más rosa que roja, estaba cuidadosamente colocada entre dos hojas de un libro que había cogido de la biblioteca de su hermano.
No le había sorprendido en absoluto la respuesta de sir Gerald. Así lo dictaban los buenos modales, aunque incluso su madre, la máxima institución en lo relativo a los buenos modales, decía que Pheobe se tomaba su correspondencia demasiado en serio.
Era habitual que las damas de la clase social de Pheobe se pasaran varias horas a la semana escribiendo cartas, pero Pheobe ya hacía mucho que había adquirido el hábito de hacerlo, pero cada día. Le encantaba escribir notas, sobre todo a gente a la que hacía mucho que no veía (siempre le había gustado imaginarse su sorpresa cuando abrieran el sobre), así que acudía al papel y a la pluma con motivo de cualquier ocasión, ya fueran nacimientos, muertes o cualquier otra fecha señalada que requiriera una felicitación o una condolencia.
No sabía por qué seguía enviando cartas, sólo sabía que se pasaba mucho tiempo escribiendo cartas a cualquiera de sus hermanos que no estuvieran en Londres en ese momento y, una vez en el escritorio, no le importaba escribirle una pequeña nota a algún pariente lejano.
Y a pesar de que todo el mundo le enviaba una pequeña nota en respuesta, porque era una Shortman, claro, y nadie quería ofender a una Shortman, nunca nadie le había enviado un regalo, aunque fuera algo tan sencillo como una flor prensada.
Pheobe cerró los ojos y recordó los delicados pétalos rosa. Era difícil imaginarse a un hombre cortando y cuidando una flor tan delicada. Sus cuatro hermanos eran hombres altos y fuertes, de hombros anchos y manos grandes y, seguramente, la habrían destrozado en un abrir y cerrar de ojos.
La respuesta de sir Gerald la había dejado muy intrigada, sobre todo por el uso del latín, e inmediatamente le había contestado.
Querido sir Gerald:
Muchísimas gracias por la preciosa flor prensada. Cuando asomó sus bellos pétalos por el sobre fue una sorpresa encantadora. Y también un perfecto recuerdo para mi querida Chloe.
Sin embargo, no pude evitar fijarme en su habilidad con la nomenclatura en latín de la flor. ¿Es botánico?
Afectuosamente,
Señorita Pheobe Shortman
Lo de acabar la carta con una pregunta no había sido casualidad. Ahora el pobre tendría que contestarle.
Y no la decepcionó. Al cabo de diez días, Pheobe recibió su respuesta.
Querida señorita Pheobe Shortman:
En realidad, sí. Soy botánico. Estudié en Cambridge, aunque en la actualidad no estoy en contacto con la universidad ni con ningún grupo de científicos. Realizo mis propios experimentos aquí, en Romney Hall, en mi propio invernadero.
¿A usted también le interesa la ciencia?
Afectuosamente,
Sir Gerald Johanssen
Había algo emocionante en las cartas; quizás era descubrir que alguien que no la conocía parecía más que dispuesto a mantener un diálogo escrito con ella. Fuera lo que fuera, Pheobe le respondió de inmediato.
Querido sir Gerald:
Cielo santo, no. No estoy en absoluto relacionada con la ciencia, aunque las matemáticas se me dan bastante bien. Me interesan más las humanidades; se habrá dado cuenta que me encanta mantener contacto por correspondencia.
Su amiga,
Pheobe Shortman
Había dudado un poco a la hora de cerrar la carta con aquella firma informal, pero al final decidió lanzarse. Estaba claro que sir Gerald estaba disfrutando de la correspondencia tanto como ella porque, si no, no habría terminado la nota con una pregunta, ¿verdad?
Su respuesta llegó a las dos semanas.
Mi querida señorita Pheobe Shortman:
Sí que se ha convertido en una amistad, ¿no cree? Le confieso que, aquí en el campo, estoy un poco solo y, si uno no puede tener una cara sonriente enfrente cuando baja a desayunar, al menos le queda una amistosa carta, ¿no está de acuerdo?
Le envío otra flor, un geranium pratense.
Saludos cordiales,
Gerald Johanssen
Pheobe recordaba perfectamente ese día. Estaba en la silla que se hallaba junto a la ventana de su habitación y se había quedado mirando la flor prensada una eternidad. ¿Estaba intentando cortejarla? ¿Por carta?
Y entonces, un día, recibió una carta un poco distinta a las demás.
Mi querida señorita Pheobe Shortman:
Ya llevamos un tiempo manteniendo correspondencia y, aunque no nos hemos presentado formalmente, siento que la conozco. Y espero que usted sienta lo mismo.
Ruego disculpe mi atrevimiento, pero le escribo para invitarla a visitarme, aquí en Romney Hall. Espero que, después de un tiempo prudencial, podamos adaptarnos bien el uno al otro y acepte ser mi esposa.
Por supuesto, cuando llegue tendrá una dama de compañía. Empezaré a arreglarlo todo para que la tía de mi difunta mujer se instale en Romney Hall una temporada.
Espero que considere mi proposición.
Suyo, como siempre,
Gerald Johanssen
Cuando acabó de leerla, la guardó en un cajón de inmediato, sin entender lo que le pedía. ¿Pretendía casarse con alguien a quien ni siquiera conocía?
No, bueno, eso no era del todo cierto. Se conocían. Se habían dicho más cosas por carta en un año de lo que muchos matrimonios conversaban a lo largo de su vida en común.
Pero, aún así, no se habían visto nunca.
Pheobe pensó en todas las propuestas de matrimonio que había rechazado a lo largo de los años. ¿Cuántas habían sido? Como mínimo, seis. Y ahora ni siquiera recordaba por qué lo había hecho. En realidad, por nada, sólo que no eran…
Perfectos.
¿Era mucho pedir?
Meneó la cabeza, porque sabía que parecía una niña tonta y mimada. No, no necesitaba a alguien perfecto. Sólo necesitaba a alguien perfecto para ella.
Sabía lo que pensaban de ella las señoras de la alta sociedad. Decían que era demasiado exigente, que era peor que ser estúpida. Acabaría siendo una solterona… no, eso ya no lo decían. Decían que ya lo era, y era cierto. Era imposible llegar a los veintiocho años sin escuchar esos comentarios a sus espaldas.
O en su propia cara.
Sin embargo, la verdad era que a Pheobe no le molestaba en absoluto su situación. O, al menos, no le había molestado hasta ahora.
Jamás se le había ocurrido que sería una solterona toda la vida y, además, le encantaba su vida. Tenía la familia más maravillosa que podía imaginar; eran ocho hermanos, colocándola a ella en el medio, con cuatro hermanos mayores y tres hermanos pequeños. Su madre era un encanto y ya había dejado de insistir en lo del matrimonio. Pheobe seguía disfrutando de un lugar prominente en la sociedad; todo el mundo adoraba y respetaba a los Shortman, incluso a veces los temían, y ella tenía una personalidad tan alegre e indomable que, solterona o no, todo el mundo quería tenerla como compañía.
Pero, últimamente…
Suspiró, sintiéndose de repente mucho más vieja. Últimamente no había estado tan alegre. Últimamente había empezado a pensar que quizás esas señoras de la alta sociedad tenían razón y que nunca encontraría marido. A lo mejor sí que había sido demasiado quisquillosa, demasiado decidida a seguir el ejemplo de sus hermanos mayores, que habían encontrado un profundo y apasionado amor junto a sus maridos y mujeres (aunque no todo había sido un camino de rosas desde el principio para ellos).
A lo mejor era mejor casarse por respeto mutuo y compañía que quedarse soltera para siempre.
Pero era complicado encontrar a alguien con quien hablar de estos sentimientos. Su madre se había pasado tantos años insistiéndole en que se casara que ahora, por mucho que Pheobe la adorara, sería muy difícil volver con el rabo entre las piernas y confesarle que debería haberle hecho caso. Sus hermanos no la hubieran podido ayudar en nada. Anthony, el mayor, seguramente habría asumido la tarea de encontrarle un marido decente a su hermana y luego lo habría intimidado el resto de su vida. Benedict era un soñador y, además, ya casi nunca venía a Londres porque prefería la tranquilidad del campo. Y en cuanto a Arnold… bueno, Arnold era otra historia totalmente distinta que necesitaría su propio párrafo.
Supuso que podría hablar con Daphne pero, cada vez que iba a verla, su hermana mayor estaba condenadamente feliz y perdidamente enamorada de su marido y de su vida como madre de cuatro hijos. ¿Cómo podría alguien como ella darle consejos a alguien en la situación de Pheobe? Y Francesca, en Escocia, parecía que estaba en la otra punta del mundo.
Además, Pheobe no quería molestarla con sus tonterías. Francesca había enviudado a los veintitrés años, por el amor de Dios. Los temores y las preocupaciones de Pheobe palidecían comparados con los de su hermana pequeña.
Y quizá por todo esto la correspondencia con sir Gerald se había convertido en un placer vergonzoso. Los Shortman eran una familia muy numerosa, ruidosa y bulliciosa. Era casi imposible guardar secretos, sobre todo sin que sus hermanas se enteraran. La peor era Hyacinth, la pequeña, que si su Majestad la reina la hubiera contratado como espía, seguramente habría ganado la guerra contra Napoleón en la mitad de tiempo.
En cierto modo, sir Gerald era sólo suyo. Lo único que jamás se había visto obligada a compartir con nadie. Guardaba las cartas envueltas y atadas con una cinta color violeta en el fondo del cajón del medio de su escritorio, debajo de todos los papeles que utilizaba para escribir cartas.
Sir Gerald era su secreto. Sólo suyo.
Y, como nunca lo había visto, se lo había imaginado como había querido y basándose en sus cartas. Si alguna vez existía un hombre perfecto, seguro que sería el Gerald Johanssen de su imaginación.
¿Y ahora quería que se conocieran? ¿En persona? ¿Se había vuelto loco? ¿Y arruinar lo que se suponía que tenía que ser el cortejo perfecto?
Aunque sus ojos habían sido testigo de lo que parecía imposible. Helga Pataki, su mejor amiga desde hacía más de diez años, se había casado… nada más y nada menos que con Arnold. ¡Su propio hermano!
Pheobe no hubiera podido sorprenderse más si, aquel día, la luna hubiera caído del cielo y hubiera ido a parar al jardín de su casa.
Se alegraba mucho por Helga, de verdad. Y por Arnold. Seguramente, eran las dos personas que más quería en el mundo, y le encantaba que hubieran encontrado la felicidad.
Nadie se la merecía más que ellos.
Pero eso no significaba que su matrimonio no hubiera dejado un enorme vacío en la vida de Pheobe.
Suponía que, cuando se imaginaba su vida como solterona e intentaba convencerse de que realmente era lo que quería, Helga siempre estaba a su lado, también solterona. Estar soltera a los veintiocho años era aceptable, incluso atrevido, siempre que Helga estuviera soltera a los veintiocho años. No es que no quisiera que su amiga encontrara marido pero, la verdad, parecía algo poco probable. Pheobe sabía que Helga era maravillosa, amable, lista y divertida, pero los hombres casaderos parecían no darse cuenta. En todos esos años desde que se presentó en sociedad, once en total, Helga no había recibido ni una proposición de matrimonio. Ni siquiera había despertado el más mínimo interés en nadie.
En cierto modo, Pheobe contaba con que Helga seguiría donde estaba y siendo quien era: antes que nada, su amiga. Su compañera de soltería.
Y lo peor, lo que le hacía sentir culpable, era que jamás se había planteado cómo se sentiría Helga si era ella la que se casaba primero, una posibilidad a la que, sinceramente, siempre había dado más credibilidad.
Pero ahora Helga tenía a Arnold y Pheobe sabía que hacían una pareja perfecta. Y ella estaba sola. Sola en medio de un Londres a rebosar. Sola en medio de una familia numerosa y muy cariñosa.
Se hacía difícil imaginar un lugar más solitario.
De repente, la atrevida proposición de sir Gerald, escondida debajo del paquete, en el fondo del cajón y encerrado en una caja con cerradura que había comprado para evitar la tentación de leerla seis veces al día, parecía… bueno, un poco más intrigante.
Y lo fue más durante el día, cuando Pheobe estaba cada vez más inquieta y menos satisfecha con el tipo de vida que, tenía que admitirlo, ella misma había escogido.
Así pues, un día, después de ir a visitar a Helga y de que el mayordomo le dijera que no era un buen momento para que el señor y la señora Shortman recibieran visitas (en un tono que hasta Pheobe supo qué quería decir), tomó una decisión. Había llegado el momento de coger las riendas de su vida, de decidir su destino en lugar de ir a un baile tras otro con la esperanza de que el hombre perfecto se materializara ante ella, aunque supiera que en
Londres, después de una década, no había nadie nuevo y que ya había conocido a todos los hombres casaderos de la ciudad.
Se dijo que eso no quería decir que tuviera que casarse con sir Gerald; sólo estaba investigando lo que parecía una extraordinaria posibilidad. Si no se adaptaban bien, no se casarían. De hecho, ella no le había prometido nada.
Pero si Pheobe se caracterizaba por algo era por la rapidez con la que actuaba cuando tomaba una decisión. «No», se dijo en una impresionante muestra de honradez, al menos para ella. Había dos cosas que la caracterizaban: le gustaba actuar deprisa y era muy tenaz. Una vez, Helga la describió como un perro cuando encuentra un hueso, que no lo suelta por nada.
Y era verdad.
Cuando Pheobe se proponía algo, ni siquiera la fuerza de toda la familia Shortman podía detenerla. Y los Shortman suponían una fuerza asombrosa, todos juntos. Posiblemente, había sido una suerte que sus objetivos y los de su familia nunca hubieran chocado, al menos, no en nada importante.
Sabía que nunca aceptarían que se marchara a casa de un desconocido. Seguramente,
Anthony habría querido que sir Gerald viajara a Londres y conociera a la familia en pleno, y a Pheobe no se le ocurría peor escenario para espantar a un posible pretendiente. Los hombres que la habían cortejado alguna vez, al menos estaban familiarizados con el ritmo de vida londinense y sabían dónde se metían; pero el pobre sir Gerald que, como él mismo había admitido en sus cartas, no había pisado Londres desde sus días de estudiante y nunca había participado en la temporada social, se sentiría atrapado.
Así que la única opción que le quedaba era viajar a Gloucestershire y, después de darle muchas vueltas durante varios días, decidió que lo mejor sería hacerlo en secreto. Si su familia se enteraba de sus planes, podrían prohibírselo. Pheobe era una dura contrincante y, seguramente, acabaría saliéndose con la suya, pero sólo después de una larga batalla. Además, si al final la dejaban ir, aunque fuera después de una prolongada discusión, insistiría en que la acompañaran dos miembros de la familia, como mínimo.
Pheobe se estremeció. Seguramente serían su madre y Hyacinth.
Dios Santo, con esas dos alrededor era imposible enamorarse o establecer una relación amigable pero duradera, algo que Pheobe estaba deseando hacer.
Decidió que huiría durante la fiesta de su hermana Daphne. Sería uno de los grandes acontecimientos de la temporada; acudirían cientos de invitados y habría la cantidad de ruido y confusión necesaria para que su ausencia pasara desapercibida durante unas seis horas, o quizá más. Su madre siempre insistía en que, cuando la fiesta era en casa de alguien de la familia, tenían que llegar puntuales, o con un poco de antelación, así que seguramente llegarían a casa de Daphne antes de las ocho. Si se escapaba temprano y el baile se alargaba hasta altas horas de la madrugada, no se darían cuenta de que se había ido hasta casi el amanecer y, para entonces, ella ya podría estar a medio camino de Gloucestershire.
Y, si no a medio camino, sí lo suficientemente lejos de Londres para que les costara seguirle el rastro.
Al final, todo resultó mucho más fácil de lo que había imaginado. Toda la familia estaba entretenida por un anuncio que Arnold dijo que tenía que hacer, así que sólo tuvo que excusarse para ir al tocador, salir por la puerta de atrás, caminar la corta distancia que la separaba de su casa, porque había dejado las maletas escondidas en el jardín, y desde allí sólo tuvo que caminar hasta la esquina, donde había pedido que la esperara un carruaje.
¡Madre mía!, si hubiera sabido que salir al mundo sola sería tan fácil, lo habría hecho hacía años.
Y ahora estaba camino de Gloucestershire y suponía, o esperaba, no sabía muy bien cómo definir esa sensación, camino de su destino, con un par de mudas y un montón de cartas que un hombre que no conocía le había escrito.
Un hombre que esperaba poder amar.
¡Era tan emocionante!
No, era aterrador.
Reflexionó un poco y llegó a la conclusión de que, posiblemente, era lo más estúpido que había hecho en su vida, y tenía que admitir que había hecho unas cuantas estupideces.
Aunque también podía ser su única oportunidad para ser feliz.
Sonrió. Estaba empezando a dejar volar la imaginación, y aquello era muy mala señal.
Tenía que enfocar aquella aventura con el sentido práctico y pragmático con el que siempre tomaba las decisiones. Todavía estaba a tiempo de dar marcha atrás. Porque, en realidad, ¿qué sabía de ese hombre? Durante un año, le había dicho bastantes cosas…
Tenía treinta años, dos más que ella.
Había estudiado botánica en Cambridge.
Había estado casado con Chloe ocho años, lo que significaba que se había casado con veintidós años.
Tenía el pelo oscuro.
Tenía todos los dientes.
Era barón.
Vivía en Romney Hall, una casa de piedra construida en el siglo XVIII y que estaba cerca de Tetbury, en Gloucestershire.
Le gustaba leer tratados científicos y poesía, aunque no le gustaban las novelas y mucho menos las obras de filosofía.
Le gustaba la lluvia.
Su color preferido era el verde.
Nunca había salido de Inglaterra.
No le gustaba el pescado.
Pheobe soltó una risita nerviosa. ¿No le gustaba el pescado? ¿Eso era todo lo que sabía de él?
—Una base sólida para el matrimonio, sin duda —se dijo, en voz baja, intentando pasar por alto el pánico reflejado en su voz.
¿Y qué sabía él de ella? ¿Qué le habría llevado a proponerle matrimonio a una perfecta desconocida?
Intentó recordar qué había revelado en sus numerosas cartas.
Tenía veintiocho años.
Tenía el pelo oscuro y todos los dientes.
Tenía los ojos oscuros.
Venía de una encantadora familia numerosa.
Su hermano era vizconde.
Su padre había muerto cuando ella era una niña, incomprensiblemente a causa de una sencilla picadura de abeja.
Tenía tendencia a hablar demasiado. (Dios Santo, ¿de verdad lo había incluido en alguna carta?)
Le gustaba la poesía y los tratados científicos, pero detestando los libros de filosofía.
Había estado en Escocia, pero nada más.
Su color preferido era el azul.
No le gustaba la carne de ovino y odiaba la morcilla.
Soltó otra risita nerviosa. Visto así, y dejando de lado el sarcasmo, parecía todo un partido.
Miró por la ventana, como si eso pudiera indicarle a qué altura del viaje entre Londres y Tetbury estaban.
Siempre veía las mismas colinas de cumbres redondeadas y cubiertas de hierba y, en realidad, podría estar en Gales y ni se enteraría.
Con el ceño fruncido, miró el papel que tenía en el regazo y dobló la carta de sir Gerald.
La colocó junto a las demás, en el paquete atado con cinta azul que llevaba en la maleta, y luego empezó a juguetear con los dedos encima de los muslos. Estaba nerviosa.
Tenía motivos para estarlo.
Se había marchado de casa y había abandonado todo lo que conocía.
Iba hacia la otra punta del país y nadie lo sabía.
Nadie.
Ni siquiera sir Gerald.
Con las prisas por marcharse de Londres, se había olvidado de decírselo. Bueno, no es que se olvidara, es que… simplemente, lo había dejando para más tarde hasta que fue demasiado tarde.
Si se lo decía, tenía que cumplir su palabra. Y así, en cambio, todavía podía echarse atrás en cualquier momento. Intentaba convencerse de que lo había hecho porque le gustaba tener varias opciones, pero, en realidad, era porque estaba aterrada y tenía miedo de no tener el valor suficiente.
Además, la propuesta de conocerse había surgido de él. Se alegraría de verla.
¿No?
Gerald se levantó de la cama y abrió las cortinas de su habitación, descubriendo otro día soleado y perfecto.
Genial.
Fue hasta el vestidor para buscar algo que ponerse, pues ya hacía mucho tiempo que había despedido a los sirvientes que se encargaban de hacerlo. No sabría explicar por qué pero, desde la muerte de Chloe, no había querido que nadie entrara en la habitación a abrirle las cortinas y decidir qué ropa debía ponerse.
Incluso había despedido a Miles Carter que, después de la muerte de Chloe, había hecho lo imposible por convertirse en su amigo. Pero, en cierto modo, el joven secretario sólo conseguía que se sintiera peor y, por lo tanto, lo había echado, junto con el sueldo de seis meses y una excelente carta de recomendación.
Durante los años que estuvo casado con Chloe, siempre necesitó a alguien con quien hablar, porque ella estaba casi siempre encerrada en su habitación. Pero, ahora que estaba muerta, lo único que quería era su propia compañía.
Y, seguramente, debió de dejarlo claro en alguna de las muchas cartas que le había escrito a la misteriosa Pheobe Shortman, porque le había enviado no una propuesta de matrimonio, pero sí de una relación que pudiera llegar a desembocar en boda hacía un mes y el silencio que había recibido por respuesta resultó contundente, más teniendo en cuenta que, normalmente, respondía a sus cartas con una prontitud encantadora.
Frunció el ceño. En realidad, la misteriosa Pheobe Shortman no lo era tanto. Por las cartas, parecía una persona bastante abierta y sincera y demostraba una predisposición optimista ante la vida que, pensándolo bien, era todo lo que él buscaba en una posible esposa.
Se puso una camisa de trabajo; tenía la intención de pasarse el día en el invernadero con tierra hasta los codos. Le había decepcionado un poco el hecho de que la señorita Shortman hubiera decidido que era una especie de lunático con el que no quería tener nada que ver. A él le había parecido la solución perfecta a todos sus problemas. Necesitaba desesperadamente una madre para Amanda y Oliver, pero como eran tan rebeldes, le resultaba difícil imaginar que una mujer accediera a casarse con él voluntariamente y quedar, de esa forma, atada a esos dos demonios de por vida o, al menos, hasta que alcanzaran la mayoría de edad.
Sin embargo, la señorita Shortman tenía veintiocho años; una solterona en toda regla.
Y se había estado escribiendo con un completo desconocido durante un año. Seguro que debía estar muy desesperada. ¿No agradecería la posibilidad de encontrar marido? Él le ofrecía un hogar, una fortuna considerable y, encima, sólo tenía treinta años. ¿Qué más podría desear una mujer?
Mientras se ponía los roídos pantalones de lana, balbuceó unas palabras, enfadado.
Obviamente, esta mujer quería algo más porque, si no, habría tenido la amabilidad de responderle y declinar su invitación.
«¡PUM!»
Gerald miró al techo e hizo una mueca. Romney Hall era una casa antigua y sólida, así que si podía escuchar esos golpes en el techo, es que a los niños se les había caído, o habían tirado, algo realmente voluminoso.
«¡PUM!»
Se estremeció. El segundo golpe había sonado incluso peor que el primero. Pero, en cualquier caso, la niñera estaba con ellos y los sabía manejar mejor que él. Si pudiera ponerse las botas en menos de un minuto, podría estar fuera de la casa antes de que siguieran con los destrozos y, así, podría hacer ver que allí no había pasado nada.
Alargó el brazo para coger las botas. Sí, una idea excelente. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Acabó de vestirse a una velocidad impresionante y salió al pasillo, dando grandes zancadas hacia las escaleras.
—¡Sir Gerald! ¡Sir Gerald!
Demonios. Ahora lo perseguía el mayordomo.
Gerald hizo como si no lo hubiera oído.
—¡Sir Gerald!
—¡Maldita sea! —dijo, entre dientes. A menos que quisiera someterse a la tortura de los empleados acercándosele demasiado, en vista de su aparente pérdida de audición, era imposible ignorarlo—. ¿Qué pasa, Gunning? —preguntó, girándose muy despacio.
—Sir Gerald —dijo Gunning, aclarándose la garganta—. Tenemos una visita.
—¿Una visita? —repitió Gerald—. ¿Era ése el origen de los, eh…?
—¿Ruidos? —sugirió servilmente Gunning.
—Sí.
—No —El mayordomo volvió a aclararse la garganta—. Creo que han sido sus hijos, señor.
—Ya —murmuró Gerald—. ¡Ingenuo de mí!
—Me parece que no han roto nada, señor.
—Bueno, eso es tranquilizador y un cambio, para variar.
—Sí, señor, pero la visita lo está esperando.
Gerald gruñó. ¿Quién demonios había venido de visita a esas horas de la mañana?
Aunque, claro, tampoco es que estuvieran acostumbrados a recibir visitas a horas más decentes del día.
Gunning intentó sonreír, pero quedó claro que estaba muy desentrenado.
—Solíamos tener visitas, ¿recuerda?
Aquel era el problema de los mayordomos que llevaban trabajando en una casa desde antes que el dueño hubiera nacido. Solían recurrir al sarcasmo con frecuencia.
—¿De quién se trata?
—No estoy seguro, señor.
—¿No estás seguro? —preguntó Gerald, incrédulo.
—No le he pedido que se identificara.
—¿Y no se supone que eso es lo que hacen los mayordomos?
—¿Pedir identificación, señor?
—Sí —respondió Gerald, enfadado, preguntándose si Gunning estaba intentando comprobar lo rojo de ira que podía ponerse antes de darle un ataque y caerse al suelo.
—He pensado que era mejor que lo hiciera usted, señor.
—Has pensado que era mejor que lo hiciera yo —dijo, después de comprobar que las preguntas eran inútiles.
—Sí, señor. Al fin y al cabo, la señora ha venido a verle a usted.
—Como todas las visitas, y eso nunca te ha impedido pedirles que se identificaran.
—Bueno, en realidad, señor…
—Estoy seguro… —intentó interrumpirle Gerald.
—No tenemos visitas, señor —terminó Gunning, ganando la batalla oratoria.
Gerald abrió la boca para responder que sí que tenían visitas, que había una en la puerta en ese mismo instante pero ¿para qué seguir discutiendo?
—Muy bien —dijo, al final, muy irritado—. Bajaré a recibirla.
Gunning sonrió.
—Excelente, señor.
Gerald se quedó mirando a su mayordomo.
—Gunning, ¿te encuentras bien?
—Perfectamente, señor. ¿Por qué lo pregunta?
A Gerald no le pareció de buena educación decirle que aquella sonrisa le hacía parecer un caballo, así que se limitó a decir:
—Por nada. —Y bajó las escaleras.
¿Una visita? ¿Quién podría ser? Hacía casi un año que no venía nadie, desde que los vecinos habían acabado con las visitas de rigor para darle el pésame. Se dijo que no podía culparlos por alejarse de Romney Hall; la última vez que habían recibido a alguien, Amanda y Oliver habían untado las sillas con mermelada de fresa.
Lady Winslet se había puesto hecha una furia, algo que Gerald consideró que no debía ser bueno para una señora de su edad.
Cuando llegó al recibidor, frunció el ceño. Debía de ser una mujer. Gunning había dicho «la señora», ¿verdad?
¿Quién diablos…?
Se quedó allí inmóvil; de hecho, casi tropezó.
Porque la mujer que estaba en la puerta era joven, bastante bonita y, cuando lo miró, vio que tenía los ojos oscuros más preciosos que había visto en su vida.
Podría ahogarse en esos ojos.
Y Gerald no era de los que usaban el verbo «ahogar» a la ligera, como alguien podría creer.
