La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.


Quedarse…

«…y verás por qué no podía aceptar su proposición. Era demasiado grosero y siempre estaba de un humor de perros. Me gustaría casarme con un hombre refinado y considerado que me tratara como a una reina. O, al menos, como a una princesa. Estarás de acuerdo conmigo que lo que pido no es descabellado.»

Pheobe Shortman a su mejor amiga, Helga Pataki, en una carta enviada por mensajero después que Pheobe recibiera su primera proposición de matrimonio.

Por la tarde, Pheobe estaba casi segura de que había cometido un error.

Y, en realidad, el único motivo por el que estaba «casi» segura era porque lo único que detestaba más que cometer errores era reconocerlo. De modo que se obligó a sí misma a morderse la lengua y hacer ver que quizás, al final, aquella desagradable situación saliera bien.

Cuando sir Gerald se había marchado con un escueto «disfrute del desayuno», la había dejado de piedra, incluso boquiabierta. Había cruzado Inglaterra, animada por su invitación a visitarlo, y él la había dejado sola en el salón cuando apenas había pasado media hora de su llegada.

No esperaba que se enamorara de ella a primera vista y cayera rendido a sus pies, profesándole eterna devoción, aunque sí que esperaba algo más que un «¿Quién es usted?» y un «disfrute del desayuno».

Aunque quizá sí que había esperado que se enamorara de ella a primera vista. Había construido un precioso sueño alrededor de la imagen de ese hombre, una imagen que ahora sabía que era falsa. Había dejado que su mente lo convirtiera en el hombre perfecto y era muy doloroso ver que no sólo no era perfecto sino que rozaba lo desastroso.

Y lo peor era que la única culpable era ella. En las cartas, sir Gerald jamás había mentido, aunque ella creía que debería haberle dicho que tenía hijos, sobre todo antes de proponerle matrimonio.

Sus sueños se habían quedado en eso, sueños. Ilusiones inventadas. Si no era lo que esperaba, la única culpable era ella porque esperaba algo que no existía.

Y debería haberse dado cuenta.

Además, tampoco parecía muy buen padre y quizás eso era lo peor que Pheobe podía pensar de alguien.

No, no era justo. En ese aspecto, no podía juzgarlo tan deprisa. Los niños no parecían maltratados o desnutridos pero, obviamente, sir Gerald no tenía ni idea de cómo manejarlos.

Por la mañana, lo había hecho todo mal y, a juzgar por el comportamiento de los niños, estaba claro que la relación con su padre era, como mucho, distante.

Por el amor de Dios, prácticamente le habían rogado que pasara el día con ellos. Un niño que recibiera la atención necesaria por parte de su padre, jamás se comportaría así. Pheobe y sus hermanos se habían pasado gran parte de su infancia intentando evitar a sus padres, porque así podían hacer travesuras.

Su padre era estupendo. A pesar de que Pheobe sólo tenía siete años cuando murió, lo recordaba muy bien; recordaba las historias que les explicaba antes de acostarse durante aquellas excursiones que hacían por las campiñas de Kent. A veces, iban todos los Shortman en fila y, otras, sólo era uno el que tenía la suerte de pasar un buen rato con su padre.

Estaba segura que si no le hubiera sugerido a sir Gerald que averiguara por qué los niños estaban gritando y tirando muebles al suelo, habría dejado que se las arreglaran solos.

O, mejor dicho, habría dejado que lo solucionara otra persona. Hacia el final de la conversación, había quedado más que claro que el único objetivo de sir Gerald en esta vida era evitar a sus hijos.

Y Pheobe no lo aprobaba en absoluto.

Aunque le dolían todos los huesos del cuerpo, se obligó a levantarse de la cama. Cada vez que se tendía, sentía una opresión muy extraña en los pulmones y notaba que estaba en la antesala no sólo de las lágrimas sino de aquellos sollozos que la sacudían de la cabeza a los pies. Si no se levantaba y hacía algo, no iba a poder contenerse.

Y, si empezaba a llorar, sería incapaz de recuperar la compostura.

Abrió la ventana, a pesar de que seguía estando nublado y llovía. No hacía viento, así que el agua no entraría en la habitación, y lo que realmente necesitaba en aquel momento era un poco de aire fresco. Seguro que el frío en la cara no la ayudaba a sentirse mejor, pero tampoco la haría sentirse peor.

Desde la ventana, podía ver el invernadero de sir Gerald. Supuso que debía estar allí, ya que no lo había vuelto a escuchar pegar gritos por la casa. El calor de dentro había empañado el cristal y sólo veía una espesa cortina verde; debían ser sus queridas plantas. ¿Qué clase de hombre prefería las plantas a las personas? Lo que quedaba claro es que no era amante de las buenas conversaciones.

Sintió que, de repente, le pesaban los hombros. Ella se había pasado la mitad de su vida buscando buenas conversaciones.

Además, si era un ermitaño, ¿por qué había contestado a sus cartas? Se había esforzado tanto como ella en mantener la correspondencia. Sin mencionar la proposición de matrimonio, claro. Si no quería compañía, no debería haberla invitado.

Respiró aquel aire tan puro unas cuantas veces y se obligó a erguir la espalda. No sabía qué se suponía que tenía que hacer en todo el día. Había dormido la siesta y el misterio pronto había vencido al cansancio. Sin embargo, nadie había ido a informarla de la hora del almuerzo o de cualquier otra actividad que pudiera afectarle, como invitada.

Si se quedaba en aquella habitación sosa y con corrientes de aire, se volvería loca. O, como mínimo, se echaría a llorar hasta perder la conciencia, que era algo que no soportaba en los demás y le horrorizaba imaginar que pudiera acabar así.

No había ningún motivo que le impidiera explorar la casa, ¿verdad? Y, con suerte, a lo mejor encontraba algo de comer por el camino. Por la mañana, se había comido las cuatro magdalenas que habían traído con el té, con toda la mantequilla y mermelada posibles, sin parecer una glotona pero, aún así, seguía estando hambrienta. A estas alturas, sabía que sería capaz de golpear a cualquiera a cambio de un sándwich de jamón.

Se cambió y se puso un vestido de muselina color melocotón que era muy bonito y femenino, y nada recargado. Y, lo más importante, era fácil de quitar y poner, algo a favor cuando una se había escapado de casa sin una doncella.

Se miró en el espejo y vio que estaba presentable, aunque no fuera la viva imagen de la belleza deslumbrante, y abrió la puerta de la habitación.

Y allí se encontró con los gemelos Johanssen, que parecía que llevaban horas en el suelo, esperándola.

—Buenos días —dijo Pheobe, mientras los niños se levantaban—. Sois muy amables al venir a darme la bienvenida.

—No hemos venido a darle la bienvenida —respondió Amanda, quejándose cuando

Oliver le clavó un codazo en las costillas.

—¿Ah, no? —preguntó Pheobe, fingiendo estar sorprendida—. Entonces, habéis venido a acompañarme hasta el comedor, ¿verdad? La verdad es que tengo un poco de hambre.

—No —dijo Oliver, cruzándose de brazos.

—¿Ni siquiera eso? —preguntó Pheobe—. Dejad que lo adivine. Habéis venido para que vaya a vuestra habitación y me enseñéis vuestros juguetes.

—No —respondieron los dos, al unísono.

—Entonces, será que queréis enseñarme la casa. Es bastante grande y quizá me pierda.

—No.

—¿No? No querréis que me pierda, ¿verdad?

—No —dijo Amanda—. Quiero decir, ¡sí!

Pheobe hizo ver que no la entendía.

—¿Quieres que me pierda?

Amanda asintió. Oliver se limitó a tensar los brazos y mirarla en silencio.

—Hmmm. Todo esto es muy interesante, pero no explica vuestra presencia junto a mi puerta, ¿no creéis? Seguro que, si me acompañáis, no me perderé.

Los niños abrieron la boca, sorprendidos.

—Conocéis la casa, ¿verdad?

—Claro —dijo Oliver.

Y Amanda añadió:

—No somos bebés.

—No, ya lo veo —dijo Pheobe, asintiendo—. Los bebés no tendrían permiso para esperarme solos junto a la puerta de mi habitación. Estarían demasiado ocupados con los pañales, los biberones y todas esas cosas.

Ellos no dijeron nada.

—¿Vuestro padre sabe que estáis aquí?

—Está ocupado.

—Muy ocupado.

—Es un hombre muy ocupado.

—Demasiado ocupado para usted.

Pheobe los miró y escuchó sus veloces intervenciones, desviviéndose por demostrar lo ocupado que estaba sir Gerald.

—¿Estáis intentando decirme que vuestro padre está ocupado? —les preguntó.

Los niños la miraron, desconcertados por la tranquilidad que demostraba, y entonces asintieron.

—Pero eso no explica vuestra presencia aquí —dijo Pheobe, divertida—. Porque no creo que vuestro padre os haya enviado en su lugar. —Esperó a que agitaran la cabeza, y luego añadió—: A menos que… ¡ya sé! —exclamó, muy emocionada, sonriendo para sus adentros por su actitud. Tenía nueve sobrinos. Sabía perfectamente cómo hablar a los niños—. Habéis venido a decirme que tenéis poderes mágicos y podéis predecir el tiempo.

—No —dijeron los dos, aunque Pheobe escuchó una risita.

—¿No? Pues es una lástima porque esta llovizna constante es terrible, ¿no os parece?

—No —respondió Amanda, con energía—. A nuestro padre le gusta la lluvia, y a nosotros también.

—¿Le gusta la lluvia? —preguntó Pheobe, sorprendida—. ¡Qué extraño!

—Para nada —intervino Oliver, a la defensiva—. Nuestro padre no es extraño. Es perfecto. Y no hable mal de él.

—No lo he hecho —respondió Pheobe, que no entendía muy bien qué estaba pasando.

Al principio, había pensado que los niños estaban delante de su puerta para asustarla.

Seguramente, habrían escuchado que su padre quería casarse con ella y no querían ni oír hablar de tener una madrastra, sobre todo después de las historias de la colección de pobres institutrices que habían llegado y se habían marchado asustadas que le había explicado la sirvienta.

Sin embargo, si no querían una madrastra, ¿no intentarían hacerle creer que su padre no era perfecto? Si querían que se fuera, ¿por qué no intentaban convencerla de que sir Gerald era un candidato horrible para el matrimonio?

—Os aseguro que no tengo nada en contra de ninguno de vosotros —les dijo—. De hecho, apenas conozco a vuestro padre.

—Si hace que nuestro padre se ponga triste, la… la…

Pheobe observó cómo el pobre chico se sonrojaba de la frustración mientras buscaba las palabras adecuadas y el valor para decirlas. Lenta y cuidadosamente, Pheobe se agachó a su lado hasta que sus caras estuvieron a la misma altura. Entonces, dijo:

—Oliver, te prometo que no he venido a entristecer a tu padre. —El niño no dijo nada, así que Pheobe miró a su hermana—. ¿Amanda?

—Tiene que marcharse —dijo la niña, con los brazos cruzados con tanta fuerza que tenía la cara colorada—. No queremos que esté aquí.

—Pues lo siento pero no me voy a mover de aquí en, al menos, una semana —les dijo

Pheobe, con una voz firme. Los niños necesitaban comprensión, y mucho amor, pero también necesitaban un poco de disciplina y saber quién tenía la sartén por el mango.

Y entonces, como surgido de la nada, Oliver se abalanzó sobre ella y la empujó con todas sus fuerzas.

Y como ella estaba agachada, y tenía todo el peso apoyado en los dedos de los pies, perdió el equilibrio, aterrizó sobre el trasero de la forma menos elegante posible y rodó hacia atrás de tal manera que los gemelos tuvieron una vista privilegiada de su enagua.

—Veamos —dijo, mientras se levantaba y se cruzaba de brazos, mirando a los niños desde arriba. Los gemelos habían retrocedido un poco y la estaban mirando con una mezcla de regocijo y pavor, como si no se acabaran de creer que uno de ellos se hubiera atrevido a empujarla—. Eso no ha estado bien.

—¿Va a pegarnos? —preguntó Oliver. El tono de voz era desafiante, aunque también había un poco de miedo, como si alguien les hubiera pegado antes.

—Claro que no —respondió Pheobe, de inmediato—. No soy partidaria de pegar a los niños. No soy partidaria de pegar a nadie. —«Excepto a los que pegan a los niños», añadió para sus adentros.

Los niños se quedaron un poco más tranquilos al escuchar aquello.

—Sin embargo, debo recordarte que tú me has golpeado primero —dijo.

—La he empujado —la corrigió Oliver.

Pheobe soltó un gemido. Debería haber previsto aquella respuesta.

—Si no quieres que la gente te golpee, deberías predicar con el ejemplo.

—La Regla de Oro —saltó Amanda.

—Exacto —dijo Pheobe, con una amplia sonrisa. Dudaba que aquella pequeña lección cambiara el rumbo de sus vidas, pero era agradable pensar que les había dicho algo que los había hecho reflexionar.

—Entonces —dijo Amanda, un poco pensativa—, ¿no significa eso que debería irse a su casa?

El momento de euforia de Pheobe desapareció tan deprisa como había llegado mientras intentaba imaginar qué lógica aplicaría Amanda para explicar que Pheobe debía volver a

Londres.

—Nosotros estamos en nuestra casa —dijo Amanda, excesivamente altanera para ser una niña de ocho años. O quizás aquella altanería sólo se demostraba a los ocho años—. Así que usted debería estar en la suya.

—Esto no funciona así —respondió Pheobe, un poco seca.

—Sí —dijo Amanda asintiendo—. Trata a los demás como quieres que te traten a ti. Nosotros no hemos ido a su casa, así que usted no debería haber venido a la nuestra.

—Eres muy lista, ¿lo sabías? —dijo Pheobe.

Amanda estaba a punto de asentir, pero el cumplido de Pheobe era demasiado sospechoso para aceptarlo.

Pheobe se agachó, para ponerse a su altura. Y entonces, con una voz seria y un tanto desafiante, les dijo:

—Pero yo también.

Los niños la miraron con los ojos como platos y la boca abierta porque, obviamente, la persona que tenían delante era totalmente distinta a los adultos que habían conocido hasta ahora.

—¿Entendido? —les preguntó, levantándose y alisando las arrugas de la falda con las manos. Los niños no dijeron nada, así que ella respondió por ellos—. Muy bien. Y ahora, ¿queréis indicarme dónde está el comedor? Estoy hambrienta.

—Tenemos deberes —dijo Oliver.

—¿De verdad? —preguntó Pheobe, arqueando las cejas—. ¡Qué gracioso! Pues ya podéis daros prisa. Supongo que, después de tanto rato esperándome aquí fuera, debéis ir un poco retrasados.

—¿Cómo sabe que…? —La pregunta de Amanda quedó en el aire porque su hermano le clavó un codazo en el costado.

—Tengo siete hermanos —dijo Pheobe, porque aunque Oliver no le había dejado terminar la pregunta, creía que Amanda se merecía una respuesta—. Y ya me conozco casi todas estas batallitas.

Sin embargo, mientras los niños se alejaban por el pasillo, Pheobe se quedó preocupada, mordiéndose el labio inferior. Tenía la sensación de que no debería haber terminado aquella conversación con un desafío. Prácticamente, los había retado a sorprenderla.

Y, aunque estaba segura de que no lo conseguirían porque, después de todo, era una Shortman y tenía más fuerza de la que esos dos renacuajos podían imaginarse, estaba segura de que lo intentarían con todas sus fuerzas.

Tembló. Anguilas en la cama, pelo teñido con tinta, mermelada en las sillas. Ya lo había sufrido todo, aunque no deseaba volver a pasar por aquello, y menos si los artífices eran un par de gemelos veinte años más jóvenes que ella.

Suspiró y se preguntó dónde se había metido. Sería mejor que fuera a buscar a sir Gerald y decidieran si se adaptaban bien el uno al otro o no. Porque, si de verdad se iba a marchar en una o dos semanas y no iba a volver a ver a los Johanssen nunca más, no estaba segura de querer pasar por los ratones, las arañas y la sal en el bote del azúcar.

Su estómago se quejó. No supo si fue por la mención de la sal o del azúcar pero necesitaba comer algo. Y cuanto antes mejor, para no darles a tiempo a los gemelos a encontrar una manera de envenenarle la comida.


Gerald sabía que se había equivocado. Pero es que aquella mujer había aparecido sin avisar dos veces en una sola mañana. Si le hubiera avisado que venía, se podría haber preparado y habría pensado unas cuantas cosas poéticas para decirle. ¿De verdad creía que había escrito todas esas cartas sin pararse a pensar cada palabra? Jamás le había enviado el primer borrador, a pesar de que siempre usaba su mejor papel, con la esperanza de hacerlo bien a la primera.

¡Demonios! Si le hubiera avisado, habría podido preparar algo romántico. Como un ramo de flores, y Dios sabía que si había algo que se le daba bien eran las flores.

Sin embargo, se había presentado en la casa salida de la nada y él lo había echado todo a perder.

Además, el hecho que la señorita Pheobe Shortman no fuera como esperaba tampoco había ayudado demasiado.

Por el amor de Dios, era una solterona de veintiocho años. Se suponía que no debía ser atractiva. Incluso tenía que ser fea y, en cambio…

Bueno, no estaba seguro de cómo describirla. No era exactamente guapa pero, aún así, era despampanante, con ese pelo grueso y los ojos de ese color oscuro. Era de aquellas mujeres a quienes sus expresiones embellecían. Sus ojos desprendían inteligencia y la manera que tenía de ladear la cabeza demostraba curiosidad. Sus facciones eran únicas, casi exóticas, con esa cara en forma de corazón y la amplia sonrisa.

Aunque no es que hubiera podido contemplar demasiado aquella sonrisa. El famoso encanto de sir Gerald ya se había encargado de eso.

Hundió las manos en un montón de tierra húmeda y metió un puñado en un tiesto de arcilla; no lo apretó demasiado para permitir que las raíces crecieran de forma óptima. ¿Qué demonios iba a hacer ahora? Había depositado todas sus esperanzas en la imagen que él se había hecho de Pheobe Shortman a partir de las cartas que le había escrito durante un año. No tenía tiempo, ni ganas, de cortejar a una posible madre para sus hijos, así que la idea de hacerlo a través de las cartas le había parecido una idea perfecta, a parte de algo mucho más sencillo.

Estaba seguro de que una mujer soltera, que se acercaba a la treintena, estaría agradecida de recibir una proposición de matrimonio. Obviamente, no esperaba que aceptara sin conocerlo, y él tampoco estaba dispuesto a comprometerse sin conocerla. Pero sí que esperaba encontrarse con una mujer un poco más desesperada por casarse.

Y, en cambio, había llegado toda joven, bonita, inteligente y segura de sí misma; por todos los santos, ¿por qué iba a querer una mujer así casarse con alguien a quien no conocía?

Es más, ¿por qué iba a ligarse a una vida rural en el rincón más perdido de Gloucestershire?

Gerald no tenía ni idea de moda, pero incluso él se había dado cuenta que sus vestidos eran de buena tela y, seguramente, el último grito en Londres. Seguro que esperaba viajes a Londres, una vida social activa, amigos…

Algo que no iba a encontrar en Romney Hall.

Por lo tanto, parecía inútil esforzarse en conocerla. No iba a quedarse; esperar lo contrario sería una estupidez.

Gruñó y maldijo en voz alta. Ahora tendría que cortejar a otra mujer. No, peor. Ahora tendría que buscar a otra mujer a quien cortejar, que iba a ser algo tan o más difícil que cortejarla. Las mujeres de aquella zona ni siquiera se fijaban en él. Todas las mujeres solteras tenían referencias de los gemelos y ninguna estaba dispuesta a hacerse cargo de esa responsabilidad.

Había depositado todas sus esperanzas en la señorita Shortman y, al parecer, iba a tener que ir descartando la idea.

Dejó el tiesto en una estantería con demasiada fuerza e hizo una mueca cuando el fuerte ruido resonó por todo el invernadero.

Suspiró fuerte y hundió las manos en un cubo con agua sucia y se las lavó. Por la mañana había sido muy maleducado. Estaba bastante enfadado con ella por haberse presentado de aquella manera y porque le hubiera hecho perder el tiempo; bueno, aunque todavía no lo había hecho, sabía que se lo haría perder porque, al parecer, no tenía la menor intención de coger su maleta esa misma noche y volver por donde había venido.

Sin embargo, eso no justificaba su comportamiento. Ella no tenía la culpa de que él no supiera manejar a sus hijos y de que esa impotencia siempre lo pusiera de mal humor.

Se secó las manos con una toalla que siempre tenía junto a la puerta, salió fuera, bajo la lluvia, y se dirigió hacia la casa. Seguramente, era hora de tomar un tentempié y no le haría ningún daño sentarse con ella a la mesa y mantener una conversación educada.

Además, ella había venido. Después de todos sus esfuerzos con las cartas, parecía estúpido no sentarse a ver si se llevaban lo suficientemente bien como para casarse. Sólo un idiota la dejaría hacer las maletas, o marcharse, sin comprobar si era una candidata que considerar.

Era poco probable que se quedara, aunque no imposible, se recordó. Así que valía la pena intentarlo.

Caminó bajó la fina lluvia y se limpió los pies en el felpudo que el ama de llaves siempre le dejaba delante de la entrada lateral. Iba hecho un desastre, como siempre que volvía de trabajar en el invernadero, y los sirvientes ya se habían acostumbrado a verlo con esas fachas, pero supuso que tendría que adecentarse un poco antes de ver a la señorita Shortman e invitarla a comer con él. Era de Londres y seguro que rechazaría sentarse a la mesa con un hombre que no iba hecho un primor.

Tomó el camino más corto, por la cocina. Saludó con la cabeza a una sirvienta que estaba lavando zanahorias en un cubo de agua. Las escaleras de servicio estaban al otro lado de la cocina y…

—¡Señorita Shortman! —exclamó, sorprendido. Estaba en la mesa de la cocina, comiéndose un sándwich de jamón cocido, sentada cómodamente en el taburete, como si estuviera en su casa—. ¿Qué hace aquí?

—Sir Gerald —dijo ella, saludándolo con la cabeza.

—No tiene que comer en la cocina —dijo él, mirándola con mala cara porque, sencillamente, estaba donde menos se lo esperaba.

Por eso y porque realmente tenía la intención de asearse y cambiarse de ropa para comer, básicamente para ella, y lo había descubierto hecho un desastre.

—Ya lo sé —respondió ella, ladeando la cabeza y parpadeando esos increíbles ojos—. Pero quería comer algo y tener compañía, y éste me ha parecido el mejor lugar para encontrar ambas cosas.

¿Sería un insulto? No estaba seguro pero como ella lo estaba mirando de aquella manera tan inocente, decidió ignorar el comentario y decir:

—Iba a cambiarme y a ponerme ropa limpia y luego tenía la intención de invitarla a que me acompañara a comer.

—No me importaría trasladarme al comedor y acabarme el sándwich allí, si gusta acompañarme —dijo Pheobe—. Seguro que a la señora Smith no le importará prepararle otro.

Está delicioso. —Miró a la cocinera—. ¿Verdad, señora Smith?

—No me importa en absoluto, señorita Shortman —dijo la cocinera, dejando a sir

Gerald boquiabierto. Era el tono de voz más amable que jamás le había escuchado a la cocinera.

Pheobe se levantó del taburete y cogió su plato.

—¿Me acompaña? —le dijo a Gerald—. No es necesario que se cambie de ropa.

Incluso antes de darse cuenta de que no había accedido a hacer lo que ella había dicho,

Gerald se vio sentado en la pequeña mesa redonda, la que solía usar en detrimento de la grande y alargada, que resultaba demasiado solitaria para él. Una sirvienta había traído el servicio de té de la señorita Shortman y, después de preguntarle a sir Gerald si él también quería, la propia señorita Shortman, con manos expertas, le preparó una taza.

Aquello era bastante incómodo. Lo había manejado como había querido para salirse con la suya y, de alguna manera, el hecho de que él hubiera querido invitarla a comer parecía haber caído en saco roto. Sin embargo, le gustaba creer que, al menos nominalmente, seguía al frente de su propia casa.

—Antes he conocido a sus hijos —dijo la señorita Shortman, acercándose la taza de té a la boca.

—Sí, yo estaba delante —respondió él, aliviado de que fuera ella la que hubiera empezado la conversación. Ahora ya no tendría que hacerlo él.

—No —lo corrigió ella—. Después de eso.

Él la miró, intrigado.

—Me estaban esperando —le explicó—. Frente a la puerta de mi habitación.

Sir Gerald empezó a temerse lo peor. ¿Esperándola con qué? ¿Con un saco de ranas vivas? ¿Con un saco de ranas muertas? Los niños no habían sido muy amables con las institutrices y suponía que no debían estar muy contentos con aquella invitada femenina que, obviamente, había venido en el papel de posible madrastra.

Se aclaró la garganta.

—Veo que ha sobrevivido al encuentro.

—Uy, sí —dijo ella—. Hemos llegado a una especie de trato.

—¿Una especie de trato? —preguntó él, mirándola con cautela.

Ella le quitó importancia a la pregunta mientras masticaba otro bocado de comida.

—No tiene que preocuparse por mí.

—¿Tengo que preocuparme por mis hijos?

Levantó la cabeza y lo miró con una sonrisa inescrutable.

—Por supuesto que no.

—Perfecto. —Bajó la mirada, vio el sándwich en el plato y le dio un buen bocado.

Cuando lo hubo tragado, la miró a los ojos y le dijo—. Debo disculparme por mi comportamiento de esta mañana. No he sido nada cortés.

Ella asintió con majestuosidad.

—Y yo debo disculparme por llegar sin avisar. He sido muy desconsiderada.

Él asintió.

—Sí pero usted ya se ha disculpado esta mañana, y yo no.

Ella sonrió, una sonrisa auténtica, y Gerald notó que el corazón le daba un vuelco. ¡Dios santo!, cuando sonreía se le transformaba la cara. En todo el año que se habían estado escribiendo cartas, jamás hubiera imaginado que lo dejaría sin respiración.

—Gracias —susurró ella, sonrojándose ligeramente—. Es muy cortés.

Gerald se aclaró la garganta y se movió, incómodo, en su asiento. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué le incomodaban más las sonrisas de la señorita Shortman que sus muecas?

—De nada —dijo él, tosiendo de nuevo para disimular la aspereza de su voz—. Ahora que hemos dejado esto claro, quizá podríamos hablar del motivo que la ha traído aquí.

Pheobe dejó el sándwich en el plato y lo miró, visiblemente sorprendida. Estaba claro que no esperaba que fuera tan directo.

—Dijo que estaba interesado en el matrimonio —dijo ella.

—¿Y usted? —respondió él.

—Estoy aquí —se limitó a decir ella.

Gerald la miró detenidamente, clavando los ojos en los de ella hasta que Pheobe se movió, incómoda.

—No es como me la esperaba, señorita Shortman.

—Dadas las circunstancias, no me parecería inapropiado que me llamara por mi nombre de pila —dijo ella—. Y usted tampoco es como me lo esperaba.

Sir Gerald se apoyó en el respaldo de la silla y la miró, con una pequeña sonrisa.

—¿Y qué esperaba?

—¿Y qué esperaba usted? —respondió ella.

Él le lanzó una mirada que le hizo saber que se había dado cuenta que no le había respondido y después, muy directo, le dijo:

—No esperaba que fuera tan bonita.

Pheobe se sorprendió tanto que incluso notó que se había echado ligeramente hacia atrás.

Esa mañana, no tenía su mejor aspecto y, aunque lo hubiera tenido… bueno, las mujeres Shortman solían ser atractivas, llenas de vida y agradables. Sus hermanas y ella eran muy populares y todas habían recibido más de una proposición de matrimonio, pero a los hombres parecían gustarles porque se enamoraban, no porque cayeran rendidos a sus pies por su belleza.

—Yo… eh… —Notó que se estaba sonrojando, algo que la mortificaba y que, encima, le hacía sonrojarse más—. Gracias.

Él asintió.

—No sé por qué se sorprende por mi aspecto —dijo ella, muy enfadada consigo misma por reaccionar de aquella manera ante aquel halago. Dios santo, cualquiera diría que era el primero que le dedicaban. Pero es que él estaba allí sentado, mirándola. Mirándola, observándola y…

Ella se estremeció.

Y allí no había corrientes de aire. ¿Podía alguien estremecerse si tenía demasiado… calor?

—Usted misma dijo que estaba soltera —dijo él—. Debe haber algún motivo por el que no se haya casado.

—No es porque no haya recibido proposiciones. —Pheobe se sintió casi obligada a dejarlo claro.

—Obviamente —dijo él, ladeando la cabeza hacia ella, a modo de halago—. Pero no puedo evitar preguntarme por qué una mujer como usted tiene la necesidad de recurrir a… bueno… a mí.

Ella lo miró; lo miró de verdad por primera vez desde que había llegado. Era bastante atractivo, a pesar de la rudeza y el aspecto un poco descuidado. El pelo oscuro estaba pidiendo a gritos un buen corte y estaba ligeramente bronceado, casi un milagro teniendo en cuenta lo poco que veían el sol por estas tierras. Era muy alto y fuerte, y se sentaba de un modo despreocupado y atlético, con las piernas separadas de una manera que en Londres hubiera sido totalmente inaceptable.

Además, su mirada le dejó muy claro que no le importaba que sus modales no fueran refinados. Sin embargo, no era la misma actitud desafiante habitual entre los jóvenes de

Londres. Había conocido a muchos de ésos, los típicos que querían llamar la atención desafiando las convenciones y que luego lo iban publicitando para que todos vieran lo atrevidos y escandalosos que eran.

Sin embargo, sir Gerald era distinto. Pheobe se habría jugado su dinero a que a él nunca se le habría ocurrido pensar que aquella forma de sentarse no era la adecuada en situaciones formales, como tampoco se le habría ocurrido asegurarse que los demás supieran que no le importaba.

Pheobe se preguntó si aquello demostraba que era un hombre tremendamente seguro de sí mismo y, si lo era, ¿por qué tenía la necesidad de recurrir a ella? Porque, por lo que había visto esa mañana, dejando a un lado los malos modales, no consideraba que pudiera tener problemas para encontrar esposa.

—Estoy aquí —dijo ella, recordando que le había hecho una pregunta—, porque, después de rechazar varias proposiciones de matrimonio —sabía que alguien que fuera mejor persona habría sido más modesta y no habría recalcado tanto la palabra «varias», pero no pudo evitarlo—, he descubierto que todavía quiero casarme. Y, a juzgar por sus cartas, usted parecía un buen candidato. Me pareció insensato no conocerle y descubrir si los presentimientos eran ciertos.

Él asintió.

—Una mujer muy práctica.

—¿Y qué me dice de usted? —respondió ella—. Usted fue el primero en sacar el tema del matrimonio. ¿Por qué no ha buscado esposa entre las mujeres de por aquí?

Por un segundo, Gerald se la quedó mirando, parpadeando, como si no pudiera creerse que no lo hubiera adivinado. Al final, dijo:

—Ya ha conocido a mis hijos.

Pheobe estuvo a punto de atragantarse con el bocado de sándwich que acababa de meterse en la boca.

—¿Cómo dice?

—Mis hijos —repitió él—. Ya los ha conocido. Dos veces, creo. Usted misma me lo ha dicho.

—Sí, pero ¿qué…? —De repente, lo entendió todo y abrió los ojos como platos—. Oh, no. No me diga que han espantado a todas las posibles candidatas.

Él la miró, muy serio.

—Casi todas las mujeres de esta zona ni siquiera se atreven a poner un pie en mis tierras.

Ella se rió.

—No son tan malos.

—Necesitan una madre —dijo sir Gerald, directamente.

Pheobe arqueó las cejas.

—Estoy segura que debe haber una forma más romántica de convencerme para ser su esposa.

Gerald suspiró con fuerza y se rascó la cabeza, despeinándose todavía más.

—Señorita Shortman —dijo, pero enseguida se corrigió—. Pheobe. Voy a ser sincero con usted porque, en realidad, no tengo las energías ni la paciencia para buscar palabras románticas o historias audaces. Necesito una esposa. Mis hijos necesitan una madre. La invité a visitarme para ver si usted estaría interesada en asumir esa responsabilidad y comprobar si nos adaptábamos bien.

—¿Cuál de las dos? —preguntó ella, en un susurro.

Él apretó los puños, arrugando el mantel. ¿Qué les pasaba a las mujeres? ¿Es que hablaban en una especie de código que sólo ellas conocían?

—¿Cuál de las dos… qué? —preguntó, en un tono impaciente.

—¿Cuál de las dos responsabilidades quiere que asuma? —aclaró ella, con voz suave—.

¿La de esposa o la de madre?

—Ambas —respondió él—. Creí que era obvio.

—Pero ¿cuál de las dos es más importante para usted?

Gerald se la quedó mirando un buen rato, consciente de que era una pregunta importante, seguramente una mala respuesta podría poner fin a aquel extraño cortejo. Al final, se encogió de hombros y dijo:

—Lo siento, pero no sé cómo separarlas.

Ella asintió, muy seria.

—Claro —dijo—. Supongo que tiene razón.

Gerald soltó el aire que, de forma inconsciente, había estado conteniendo. No sabía cómo, sólo Dios debía saberlo, había respondido bien. O, al menos, no había respondido mal.

Pheobe se movió, inquieta, e hizo un gesto hacia el sándwich a medias que Gerald tenía en el plato.

—¿Quiere que continuemos con el refrigerio? —sugirió—. Se ha pasado la mañana en el invernadero. Seguro que debe tener hambre.

Gerald asintió y se comió un bocado, con una repentina sensación de agradecimiento hacia la vida. Todavía no estaba seguro de que la señorita Shortman aceptara convertirse en

Lady Johanssen, pero si lo hacía…

Bueno, él no pondría ningún impedimento.

De todos modos, cortejarla no iba a ser tan sencillo como se había imaginado. Estaba claro que él la necesitaba más que ella a él. Gerald suponía que se encontraría con una solterona desesperada y, obviamente, no había sido el caso, a pesar de la edad de la señorita Shortman. Sospechaba que era una mujer con varias opciones en la vida y que él sólo era una más.

Sin embargo, debió de haber algo que la hiciera abandonar su vida en Londres y venir hasta Gloucestershire. Si su vida en la ciudad era tan perfecta, ¿por qué la había abandonado?

No obstante, mientras la observaba al otro lado de la mesa y veía cómo una simple sonrisa le transformaba la cara, pensó que no le importaba demasiado por qué lo había hecho.

Sólo tenía que asegurarse de que se quedara.