La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.


Culparse a sí mismo.

«… te lo imploro, mamá, DEBES castigar a Daphne. NO ES JUSTO que yo sea la única que se vaya a la cama sin postre. Y durante una semana. Una semana es demasiado tiempo. Sobre todo, teniendo en cuenta que todo casi todo fue idea de Daphne.»

Pheobe a su madre, en una nota que a los diez años dejó encima de la mesilla de noche de Stella Shortman.


A Pheobe le sorprendió lo mucho que podían cambiar las cosas en un solo día.

Ahora, mientras sir Gerald la acompañaba por la casa y le enseñaba la galería de los retratos de familia, aunque eso sólo era una excusa para prolongar su tiempo juntos, Pheobe pensó…

«A lo mejor sí que sería un marido perfecto.»

No era la manera más poética de abordar un tema que debería estar lleno de amor y pasión, pero es que su cortejo tampoco estaba siendo convencional. Además, a falta de dos años para los treinta, Pheobe no podía permitirse seguir soñando con el príncipe azul.

Sin embargo, había algo…

A la luz de las velas, sir Gerald era más guapo, incluso tenía un aspecto más peligroso.

Ante la luz temblorosa, el rostro se le llenaba de unas sombras misteriosas que lo hacían parecer una escultura, parecida a las que había visto en el Museo Británico. Y mientras caminaba junto a él, y notaba cómo su enorme mano en el codo la guiaba, tuvo la sensación de que su presencia la envolvía.

Era extraño, y emocionante, y también un poco aterrador.

Pero muy gratificante. Había hecho una locura, se había escapado de Londres en mitad de la noche, con la esperanza de que un hombre que no conocía la hiciera feliz. Al menos, era un alivio pensar que, a lo mejor, todo aquello no había sido un error, que quizás había apostado por su futuro y había ganado.

Nada hubiera sido peor que tener que volver a Londres, admitir que había fracasado y tener que explicarle a toda la familia lo que había hecho.

No quería tener que admitir que se había equivocado, ni para sus adentros ni para los demás.

Pero, sobre todo, para sus adentros.

Sir Gerald había demostrado ser un buen acompañante de cena, aunque no era lo hablador que a ella le hubiera gustado.

Sin embargo, estaba claro que era justo, algo que para Pheobe era básico en cualquier posible marido. Había aceptado, incluso admirado, la técnica del pez en la cama de Amanda.

Muchos de los hombres que Pheobe conocía en Londres se habrían horrorizado de que a una señorita de tan buena cuna como ella se le ocurrieran esas cosas.

Y a lo mejor, sólo a lo mejor, aquello podría funcionar. Cuando lo pensaba de forma lógica, casarse con sir Gerald parecía una idea descabellada, pero no era como si fuera un completo desconocido porque habían mantenido correspondencia durante más de un año.

—Mi abuelo —dijo Gerald, señalando un retrato bastante grande.

—Era muy apuesto —comentó Pheobe, aunque apenas le veía la cara debido a la tenue iluminación. Se detuvo ante el retrato de la derecha—. ¿Es su padre?

Gerald asintió una vez, muy seco, y tensó los labios.

—¿Y usted dónde está? —preguntó al notar que no quería hablar de su padre.

—Aquí.

Pheobe lo siguió hasta que llegaron frente a un cuadro en el que se veía a un joven

Gerald, debía de tener unos doce años, al lado de otro chico que sólo podía ser su hermano.

Su hermano mayor.

—¿Qué le pasó? —preguntó Pheobe, porque estaba claro que había muerto. Si estuviera vivo, Gerald no habría heredado las tierras ni el título de barón.

—Waterloo —fue toda la respuesta de Gerald.

De manera impulsiva, Pheobe le cogió la mano.

—Lo siento.

Por un momento, pensó que se iba a quedar callado pero luego dijo:

—Nadie lo sintió más que yo.

—¿Cómo se llamaba?

—Jamie.

—Usted debía de ser muy joven —dijo Pheobe, retrocediendo hasta 1815 y haciendo los cálculos.

—Tenía veintiún años. Mi padre murió dos semanas después.

Pheobe se quedó pensativa. A los veintiún años, se suponía que tenía que estar casada.

Todas las chicas de su condición tenían que estar casadas a esa edad. Podía parecer una muestra de madurez pero, visto ahora, veintiún años parecían muy pocos y cualquier persona era demasiado joven e inexperta para heredar una responsabilidad que no debía ser para él.

—Chloe era su prometida —dijo.

Pheobe contuvo la respiración y lo miró, soltándole la mano.

—No lo sabía —dijo.

Gerald se encogió de hombros.

—No importa. ¿Quiere ver su retrato?

—Sí —respondió Pheobe, que de verdad quería verla.

Eran primas lejanas y ya hacía muchos años desde la última vez que se habían visto.

Pheobe recordaba el pelo oscuro y los ojos claros, azules quizá, pero nada más. Tenían más o menos la misma edad y, por eso, en las reuniones familiares las ponían juntas, pero Pheobe no recordaba que jamás hubieran tenido mucho en común. Ya desde pequeñas, a la misma edad que debían tener ahora Oliver y Amanda, las diferencias entre ellas eran más que evidentes.

Pheobe era una niña bulliciosa, que trepaba a los árboles y se deslizaba por las barandillas, siempre iba detrás de sus hermanos mayores pidiéndoles por favor que la dejaran participar en lo que fuera que estuvieran haciendo.

En cambio, Chloe era una niña muy tranquila, casi contemplativa. Pheobe recordaba cogerla de la mano e intentar convencerla para ir a jugar fuera. Pero Chloe siempre prefería quedarse sentada leyendo.

Sin embargo, Pheobe se fijaba en las páginas y nunca la vio pasar de la página treinta y dos.

Le pareció curioso recordar eso, pero supuso que le había impactado tanto que se le quedó grabado. ¿Cómo era posible que alguien prefiriera quedarse en casa con un libro, con el sol que hacía, y que luego no leyera? Recordaba que se había pasado el día cuchicheando con su hermana Francesca, intentando averiguar qué debía hacer Chloe con el libro.

—¿La recuerda? —le preguntó Gerald.

—Sólo un poco —respondió Pheobe que, sin saber por qué, no quiso compartir esos recuerdos con él. Además, era la verdad. Aquello era todo lo que recordaba de Chloe; una semana de abril hacía unos veinte años y cómo hablaba con Francesca mientras Chloe miraba el libro.

Pheobe permitió que Gerald la guiara hasta el retrato de Chloe. La habían pintado sentada, con la falda roja colocada a su alrededor con delicadeza. En el regazo tenía a la pequeña Amanda y Oliver estaba a su lado, de pie, con una de esas posturas que obligaban a poner a los niños pequeños, serios y rígidos, como si fueran adultos en miniatura.

—Era preciosa —dijo Pheobe.

Gerald se limitó a contemplar la imagen de su difunta esposa y entonces, casi como si necesitara mucha fuerza para hacerlo, se giró y se alejó.

¿La había querido? ¿Todavía la quería?

Chloe debía ser la mujer de su hermano; todo indicaba que se había casado con Gerald por error.

Pero eso no significaba que no la quisiera. Quizás había estado enamorado de ella en secreto mientras había estado prometida con su hermano. O a lo mejor se había enamorado después de la boda.

Pheobe clavó la mirada en su perfil mientras Gerald miraba fijamente un cuadro. Había visto que se había emocionado al ver el retrato de Chloe. No estaba segura de lo que había sentido por ella, pero, sin duda, todavía quedaba algo de ese sentimiento. En realidad, se recordó, sólo había pasado un año. Puede que ése fuera el periodo oficial de luto, pero no era demasiado para superar la muerte de un ser querido.

Y entonces, él se giró. La miró a los ojos y Pheobe se dio cuenta de que se había quedado embobada mirando sus facciones. Abrió la boca, sorprendida, y quiso apartar la vista; era como si debiera sonrojarse y tartamudear porque la había descubierto, pero no pudo. Se quedó allí de pie, paralizada y notando cómo la invadía un intenso calor de la cabeza a los pies.

Estaba a tres metros de ella, pero era como si se estuvieran tocando.

—¿Pheobe? —susurró él, o al menos es lo que le pareció a ella. Aunque lo supo porque vio cómo vocalizaba su nombre, no porque lo escuchara.

Y entonces, la magia desapareció. Quizá fue el susurro o el sonido del viento, pero

Pheobe pudo moverse, pensar y, al final, se giró hacia el retrato de Chloe y fijó su mirada en el sereno rostro de su difunta prima.

—Los niños deben echarla de menos —dijo, porque necesitaba decir algo, cualquier cosa con tal de recuperar la conversación, y la compostura.

Gerald siguió callado unos segundos. Y entonces, al final, respondió:

—Sí, hace mucho que la echan de menos.

A Pheobe le pareció una manera muy extraña de decirlo.

—Sé cómo se sienten —dijo—. Cuando mi padre murió, yo también era bastante joven.

Gerald la miró.

—No lo sabía.

Ella encogió los hombros.

—No es algo de lo que suela hablar. Fue hace mucho tiempo.

Gerald se acercó a ella, con paso lento y metódico.

—¿Y tardó mucho en superarlo?

—No sé si alguna vez se llega a superar —dijo—. Del todo, me refiero. Pero no, no pienso en él cada día, si es eso lo que quiere saber.

Se apartó del retrato de Chloe; lo había estado mirando demasiado rato y empezaba a sentirse como una intrusa.

—Creo que fue más difícil para mis hermanos mayores —dijo—. Anthony, que es el mayor y ya era un hombre cuando sucedió, lo pasó especialmente mal. Se llevaban muy bien.

Y mi madre también, por supuesto. —Lo miró—. Mis padres se querían mucho.

—¿Cómo reaccionó ella?

—Bueno, al principio lloró mucho —dijo Pheobe—. Estoy segura que no quería que nos diéramos cuenta. Siempre lloraba por la noche en su habitación, cuando creía que estábamos todos dormidos. Pero lo echaba mucho de menos y quedarse sola con siete hijos no debió de ser fácil.

—Creía que eran ocho hermanos.

—Hyacinth todavía no había nacido. Creo que, cuando mi padre murió, mi madre estaba embarazada de ocho meses.

—Madre mía —susurró Gerald o, al menos, eso creyó escuchar Pheobe.

«Madre mía» era la expresión perfecta. No tenía ni idea de cómo se las pudo arreglar su madre.

—Fue muy repentino —le explicó Pheobe—. Le picó una abeja. Una abeja. ¿Se lo imagina? Le picó una abeja y entonces… Bueno, no hay motivo para aburrirle con los detalles. Muy bien —dijo, de repente, un poco seca—, ya podemos marcharnos. Además, ya está demasiado oscuro para ver bien los cuadros.

Era mentira, claro. Bueno, era casi de noche, pero Pheobe no lo había dicho por eso.

Siempre le resultaba extraño hablar de la muerte de su padre y hacerlo en esa sala llena de retratos de muertos le incomodaba un poco.

—Me gustaría ver el invernadero —dijo.

—¿Ahora?

Visto así, sí que parecía una petición un tanto extraña.

—Entonces, mañana —dijo—. Con la luz del día.

Gerald dibujó una pequeña sonrisa.

—Podemos ir ahora.

—Pero no podremos ver nada.

—No podremos verlo todo —la corrigió Gerald—. Pero hay luna llena y cogeremos una lámpara.

Pheobe miró por la ventana, indecisa.

—Hace frío.

—Puede ir a ponerse el abrigo. —Gerald se acercó a ella con un brillo especial en los ojos—. No tendrá miedo, ¿verdad?

—¡Claro que no! —respondió ella que, aunque sabía que le estaba tomando el pelo, le siguió el juego de todos modos.

Él arqueó la ceja en un gesto de lo más provocador.

—Tiene que saber que soy la mujer más valiente que jamás ha conocido y conocerá.

—Estoy seguro —dijo él.

—No sea condescendiente conmigo.

Gerald se limitó a sonreír.

—Muy bien —dijo ella, riendo—. Usted primero.

—¡Hace mucho calor! —exclamó Pheobe cuando Gerald cerró la puerta del invernadero.

—Normalmente hace todavía más —le dijo él—. El sol calienta el aire a través del cristal pero, aunque esta mañana ha sido una excepción, los últimos días ha estado muy tapado.

A menudo, cuando no podía dormir, Gerald solía coger una lámpara y bajar al invernadero de noche. O cuando, antes de enviudar, quería mantenerse ocupado y olvidarse de la idea de ir a la habitación de Chloe.

Sin embargo, nunca le había pedido a nadie que le acompañara en la oscuridad; incluso de día, casi siempre estaba allí solo. Ahora lo veía todo a través de los ojos de Pheobe, la magia de las sombras que la luz grisácea de la luna formaba entre las hojas. Pasear por el invernadero de noche no era tan distinto a pasear por el bosque, con la única excepción del helecho y de las especies importadas.

Pero ahora, cuando la noche engañaba a los ojos, era como si estuvieran en una especie de jungla secreta y escondida llena de magia y de misterio.

—¿Qué es esto? —preguntó Pheobe, observando de cerca ocho macetas pequeñas que había encima de la mesa de trabajo.

Gerald se acercó a ella, complacido como un niño porque se mostrara sinceramente curiosa. La mayoría hacían ver que les interesaba o ni siquiera eso, sencillamente no se molestaban en hacer ver nada y salían corriendo en cuanto podían.

—Es un experimento en el que estoy trabajando —le dijo—. Con guisantes.

—¿De los que comemos?

—Sí. Estoy intentando cultivar una especie que crezca más grande en la vaina.

Pheobe se fijó en las macetas. Todavía no se veía nada; apenas hacía una semana que

Gerald los había plantado.

—Qué curioso —dijo ella—. No sabía que se podía hacer.

—No sé si se puede hacer —admitió Gerald—. Llevo un año intentándolo.

—¿Y no ha conseguido nada? Debe ser muy frustrante.

—Bueno, algo he conseguido —admitió él—. Aunque no todo lo que me gustaría.

—Un año intenté criar rosas —dijo Pheobe—. Pero se me murieron todas.

—Criar rosas es más complicado de lo que la gente cree —respondió él.

Ella dibujó una media sonrisa.

—He visto que usted tiene muchas.

—Tengo jardinero.

—¿Un botánico con jardinero?

No era la primera vez que le hacían esa pregunta.

—Es igual que la modista que tiene costurera.

Pheobe se quedó pensativa y luego siguió avanzando por el invernadero, se detuvo al lado de unas plantas y le riñó por quedarse atrás y no iluminarle el camino.

—Esta noche está un poco mandona —dijo Gerald.

Pheobe se giró, vio que estaba riendo, bueno sonriendo, y le dedicó una amplia sonrisa.

—Prefiero decir que lo tengo todo bajo control.

—Una mujer controladora, ¿eh?

—Me extraña que no lo adivinara por las cartas.

—¿Por qué cree que la invité? —respondió él.

—¿Quiere a alguien que controle su vida? —le preguntó ella, hablando con la cabeza ladeada sobre el hombro mientras se alejaba de él flirteando.

Gerald quería a alguien que controlara a sus hijos, pero ahora no le pareció el mejor momento para decirlo. Y menos cuando lo estaba mirando de aquella manera…

Como si quisiera que la besara.

Cuando se dio cuenta, ya había dado un par de pasos hacia ella.

—¿Y esto qué es? —preguntó Pheobe, señalando algo.

—Una planta.

—Ya sé que es una planta —rió ella—. Si no lo… —Pero, cuando levantó la cabeza, vio cómo brillaban los ojos de Gerald y se calló.

—¿Puedo besarla? —preguntó él.

Supuso que si le hubiera dicho que no, se habría detenido, aunque tampoco le dio la oportunidad porque, antes de que Pheobe pudiera responder, él se colocó casi pegado a ella.

—¿Puedo? —repitió, tan cerca de ella que le susurró las palabras a sus labios.

Ella asintió con un movimiento breve pero seguro y Gerald la besó con suavidad, como se supone que un hombre debe besar a una mujer con la que quizá vaya a casarse.

Sin embargo, Pheobe lo rodeó con los brazos y le acarició el cuello y Gerald no pudo evitar querer más.

Mucho más.

La besó con más pasión, ignorando el gemido de sorpresa de Pheobe cuando le abrió los labios con la lengua. Pero ni siquiera eso era lo que quería. Quería sentirla, sentir su calidez, su vitalidad, sentirla a lo largo de su cuerpo, a su alrededor, quería contaminarse de ella.

La rodeó con los brazos, colocando una mano en la parte alta de la espalda mientras la otra, más atrevida, bajaba hasta las nalgas. La apretó contra él con fuerza; no le importaba que notara la prueba evidente de su deseo. Hacía mucho tiempo, mucho, y era tan suave y dulce.

La deseaba.

La deseaba entera pero incluso su mente obnubilada por el deseo sabía que aquella noche sería imposible, así que se concentró en obtener lo mejor que pudiera: su contacto, la sensación de tenerla en los brazos, sentir su calor por todo el cuerpo.

Además, Pheobe estaba participando activamente. Aunque con algunas dudas al principio, como si no estuviera segura de lo que estaba haciendo, después se dejó llevar y respondió con ardor, emitiendo unos sonidos de lo más seductores.

Aquello lo estaba volviendo loco. Esa mujer lo estaba volviendo loco.

—Pheobe, Pheobe —susurró, con la voz teñida por la necesidad que tenía de ella.

Entrelazó los dedos en su pelo e hizo que un mechón oscuro se soltara y cayera sobre el escote formando un seductor tirabuzón. Gerald bajó los labios por el cuello de Pheobe, saboreando su piel, y sin acabárselo de creer cuando ella se arqueó hacia atrás para dejarle más espacio. Y justo en ese momento, justo cuando había empezado a descender, doblando las rodillas para ir bajando por el escote, ella se separó.

—Lo siento —dijo Pheobe, cubriéndose instintivamente el escote con las manos, aunque todo seguía en su sitio.

—Yo no —dijo Gerald.

Ante aquella muestra de sinceridad, Pheobe abrió los ojos, sorprendida. A Gerald no le importó lo más mínimo. Nunca había sido muy delicado con las palabras y, posiblemente, era mejor que ella lo supiera ahora, antes de comprometerse a algo permanente.

Pero entonces, ella lo sorprendió a él.

—Era una manera de hablar —dijo.

—¿Perdón?

—He dicho que lo sentía pero, en realidad, no era verdad. Era una manera de hablar.

Su voz sonaba muy calmada y casi aleccionadora, algo sorprendente en una mujer a la que acababan de besar de aquella manera tan arrebatadora.

—Decimos cosas así constantemente —continuó—, para llenar los silencios.

Gerald se estaba empezando a dar cuenta de que Pheobe no era una mujer de silencios.

—Es como cuando…

La volvió a besar.

—¡Sir Gerald!

—A veces —dijo él, con una sonrisa de satisfacción—, el silencio es bueno.

Pheobe abrió la boca.

—¿Me está diciendo que hablo mucho?

Él encogió los hombros y no dijo nada, porque tomarle el pelo era muy divertido.

—Pues debe saber que aquí he estado mucho más callada que en mi casa.

—Cuesta creerlo.

—¡Sir Gerald!

—Shhh —dijo él, tomándola de la mano. Ella se soltó y él la volvió a coger, aunque esta vez con más fuerza—. Necesitamos un poco de ruido.

Al día siguiente, Pheobe se despertó como si todavía estuviera soñando. Ese beso fue una sorpresa, no se lo esperaba.

Como tampoco se esperaba que le gustara tanto.

El estómago se le quejó de hambre y decidió que lo mejor sería bajar a desayunar. No tenía ni idea de si sir Gerald estaría allí. ¿Era de los que se levantaba temprano o le gustaba quedarse en la cama hasta mediodía? Era irónico que no conociera esos hábitos del que podría llegar a ser su marido.

Y si la estaba esperando frente a un plato de huevos escalfados, ¿qué le diría? ¿Qué se le decía a un hombre que, tan sólo hacía unas horas, le había relamido la oreja?

Poco importaba que fuera una lengua maravillosa. Seguía siendo un escándalo.

¿Qué pasaría si aparecía ante él y sólo podía decirle «buenos días»? Seguro que le parecería muy divertido, después de haberle dicho lo parlanchina que era la noche anterior.

Aquella situación casi le hizo reír. Ella, que era capaz de mantener una conversación sobre nada en particular, y encima era lo que solía hacer, no sabía qué iba a decir la próxima vez que viera a sir Gerald.

Aunque claro, la había besado. Y eso lo cambiaba todo.

Cruzó la habitación pero, antes de abrir la puerta, se aseguró de que ésta estuviera bien cerrada. Era muy poco probable que Oliver y Amanda volvieran a intentar el mismo truco, pero nunca se sabe. La verdad, no le apetecía nada otro baño de harina. O de algo peor.

Después de lo del pescado, seguramente los niños tenían en mente algo líquido. Líquido y apestoso.

Canturreando en voz baja, salió de su habitación y giró a la derecha, hacia las escaleras.

Prometía ser un gran día; por la mañana, cuando se había asomado por la ventana, había visto que los rayos de sol se filtraban entre las nubes y…

—¡Ah!

Gritó casi de manera involuntaria mientras caía. Había tropezado con algo colocado en medio del pasillo. Ni siquiera pudo intentar recuperar el equilibrio porque, como era habitual en ella, iba caminando muy deprisa y cuando cayó, lo hizo con fuerza.

No tuvo tiempo ni para amortiguar el golpe con las manos.

Se le llenaron de lágrimas los ojos. Dios Santo, se notaba la barbilla ardiendo. O, como mínimo, un lado de la barbilla. Antes de caer, había conseguido echar la cabeza a un lado.

Entre quejidos, gimió algo incoherente; el tipo de ruido que uno hace cuando el cuerpo le duele tanto que no puede guardárselo dentro. Y esperó a que el dolor fuera desapareciendo, como cuando te golpeas en un dedo del pie, que el dolor es muy intenso al principio pero que, poco a poco, va desapareciendo.

Sin embargo, la sensación de ardor persistía. La sentía en la barbilla, en un lado de la cabeza, en la rodilla y en la cadera.

Parecía que le hubieran dado una paliza.

Lentamente, y con mucho esfuerzo, se colocó a cuatro patas y luego se sentó. Consiguió apoyar la espalda en la pared y se acercó una mano a la mejilla mientras respiraba de manera breve y rápida por la nariz para controlar el dolor.

—¡Pheobe!

Gerald. Ni siquiera se molestó en levantar la cabeza porque no quería moverse de aquella posición.

—Por Dios, Pheobe —dijo él, subiendo de tres en tres el último tramo de escaleras y corriendo a su lado—. ¿Qué ha pasado?

—Me he caído. —No quería lloriquear, pero habló con la voz casi rota.

Con una ternura que parecía impropia en un hombre de su tamaño, le cogió la mano y se la separó de la mejilla.

Y, a continuación, dijo unas palabras que Pheobe no estaba acostumbrada a escuchar.

—Tendrá que ponerse un trozo de carne en el ojo.

Ella levantó la cabeza y lo miró con los ojos humedecidos.

—¿Me ha salido un moretón?

Él asintió, muy serio.

—Puede que acabe con un ojo morado, aunque todavía es pronto para saberlo.

Pheobe intentó sonreír, intentó poner una cara divertida, pero no pudo.

—¿Le duele mucho? —preguntó Gerald con dulzura.

Ella asintió, sin saber por qué el tono de su voz hacía que quisiera llorar todavía más. Se acordó de cuando, de pequeña, se cayó de un árbol. Se había torcido un tobillo pero había conseguido no llorar en todo el camino de vuelta a casa.

Bastó una mirada de su madre para que las lágrimas empezaran a resbalarle por las mejillas.

Gerald le toco la mejilla con cuidado, arrugando el ceño cuando ella hizo una mueca de dolor.

—Me pondré bien —le aseguró. Y lo haría. En varios días.

—¿Qué ha pasado?

Sabía perfectamente qué había pasado. Alguien había puesto una especie de cuerda en medio del pasillo para que tropezara y cayera, y no había que ser muy inteligente para saber quién era ese alguien.

Pero Pheobe no quería meter a los niños en problemas. Al menos, no en los que seguro se meterían cuando sir Gerald los encontrara. Seguro que no pensaban que se iba a hacer tanto daño.

Sin embargo, Gerald ya había visto el fino cordel, atado a las patas de dos mesas que, con el tropezón de Pheobe, habían ido a parar al medio del pasillo.

Pheobe lo vio agacharse junto al cordel y acariciarlo con los dedos. Luego Gerald la miró, aunque no para preguntarle nada sino con la certeza de lo que había sucedido.

—No lo vi —dijo ella, a pesar de que resultaba algo obvio.

Gerald no apartó la vista de ella, pero con los dedos fue tensando el cordel hasta que lo rompió.

Pheobe contuvo la respiración. Aquella acción encerraba algo aterrador. Gerald no parecía haberse dado cuenta de que lo había roto, como si no fuera consciente de su fuerza.

O de la fuerza de su rabia.

—Sir Gerald —susurró ella, pero él no la oyó.

—¡Oliver! —gritó—. ¡Amanda!

—Seguro que no querían hacerme daño —dijo Pheobe, sin saber por qué los estaba defendiendo. Le habían hecho daño, sí, pero tenía la sensación de que su castigo sería mucho menos doloroso que cualquiera que pudiera infligirles su padre.

—Me da igual lo que quisieran —dijo Gerald, muy enfadado—. Mire lo cerca que está de las escaleras. ¿Y si se hubiera caído?

Pheobe miró hacia las escaleras. Estaban cerca, pero no lo suficiente para haber rodado por ellas.

—No creo que…

—Deben responder por esto —dijo Gerald, con la voz baja y temblorosa.

—Me pondré bien —dijo Pheobe.

Parecía que el dolor intenso estaba empezando a desaparecer aunque todavía le dolía lo suficiente para que, cuando sir Gerald la cogió en brazos, gritara de dolor.

Y aquello lo puso todavía más furioso.

—La voy a meter en la cama —dijo, con voz tosca y decidida.

Pheobe no se opuso.

Apareció una doncella que, al ver la cara de Pheobe, se asustó mucho.

—Traiga algo para el ojo —le mandó sir Gerald—. Un trozo de carne. Lo que sea.

La doncella asintió y salió corriendo mientras Gerald llevaba a Pheobe a su habitación.

—¿Le duele algo más?

—La cadera —reconoció Pheobe mientras Gerald la dejaba encima del colchón—. Y el codo.

Él asintió, muy serio.

—¿Cree que se ha roto algo?

—¡No! —respondió ella, en seguida—. No, no…

—En cualquier caso, tengo que asegurarme —dijo él, ignorando las protestas de Pheobe mientras le examinaba el brazo.

—Sir Gerald, no creo que…

—Mis hijos han estado a punto de matarla —dijo él, muy severo—. Creo que puede ahorrarse el «sir».

Pheobe tragó saliva mientras lo observaba caminar hacia la puerta con zancadas grandes y poderosas.

—Vaya a buscar a los gemelos, inmediatamente —dijo, seguramente a algún sirviente que había esperando en el pasillo.

Pheobe estaba convencida que habían escuchado su grito, pero no podía echarles la culpa por intentar retrasar al máximo el día del juicio final a manos de su padre.

—Gerald —dijo, intentando convencerlo, con la voz, para que volviera a la habitación—. Déjemelos a mí. La lesionada soy yo y…

—Son mis hijos —dijo él—, y los castigaré yo. Dios sabe que ya hace mucho que debería haberlo hecho.

Pheobe lo miró horrorizada. La ira casi lo hacía temblar y, aunque a ella le hubiera encantado darles personalmente una buena zurra en el culo, creía que Gerald no estaba en condiciones de ser justo con sus hijos en ese momento.

—Le han hecho daño —dijo Gerald, en voz baja—. Y eso es inaceptable.

—Me pondré bien —repitió ella—. Dentro de unos días, ni siquiera…

—No se trata de eso —respondió él, cada vez más alterado—. Si hubiera… —Se detuvo y lo volvió a intentar—. Si no hubiera sido por… —Se detuvo, porque no podía encontrar las palabras adecuadas. Se apoyó en la pared y echó la cabeza hacia atrás, con la mirada perdida en el techo buscando… no lo sabía. Pheobe supuso que buscando respuestas. Como si se pudieran encontrar así, levantando la vista.

Gerald se giró y la miró, muy serio, y Pheobe vio algo que no se esperaba.

Y fue entonces cuando entendió que todo aquello, la rabia en la voz y el cuerpo tembloroso, no iba dirigido hacia sus hijos. Bueno, al menos, no todo.

Aquella mirada sombría era autoinculpadora.

No culpaba a sus hijos.

Se culpaba a sí mismo.