La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.
Mañana en el lago.
«… no me he aburrido tanto en mi vida. Arnold, tienes que volver a casa.
Estoy terriblemente aburrida sin ti y no creo que pueda soportarlo mucho más. Por favor, vuelve, porque ya empiezo a repetirme y no hay nada más aburrido que eso.»
Pheobe Shortman a su hermano Arnold, durante la quinta temporada de Pheobe como debutante aunque Arnold, que estaba viajando por Dinamarca, nunca recibió la carta.
Pheobe se pasó el día entero en el jardín, estirada en una increíblemente cómoda tumbona que debían haber importado de Italia porque, por experiencia, sabía que ni a los ingleses ni a los franceses les preocupaba la comodidad de los muebles.
Y no es que se pasara muchas horas del día comprobando la construcción de las sillas y los sofás pero, como la habían dejado sola en el jardín de Romney Hall, no tenía otra cosa que hacer.
Nada. Sólo podía pensar en la tumbona tan cómoda que tenía debajo, bueno y quizá también en que sir Gerald era un grosero y un maleducado por haberla dejado sola todo el día después de que sus dos monstruos, cuya existencia, recordó, nunca mencionó en las cartas que le escribió durante un año, le habían puesto un ojo morado.
Era un día perfecto, con el cielo despejado y una ligera brisa, y Pheobe no tenía nada en qué pensar.
Jamás en su vida se había aburrido tanto.
No era de las que se sentaban a contemplar el cielo. Preferiría estar haciendo algo, pasear, inspeccionar un seto, cualquier cosa que no fuera estarse allí sentada observando el horizonte.
O, si tenía que quedarse allí todo el día, preferiría hacerlo acompañada. Seguro que las nubes serían más interesantes si no estuviera sola, si tuviera a alguien a quien poderle decir:
«Mira ésa, parece un conejo, ¿no crees?».
Pero no, la habían dejado completamente sola. Sir Gerald estaba en el invernadero, incluso lo veía desde donde estaba y, a pesar de que le apetecía mucho levantarse e irlo a buscar, aunque sólo fuera porque las plantas serían más entretenidas que las nubes, no iba a darle la satisfacción de perseguirlo.
No después de haberla rechazado de aquella manera tan brusca por la mañana. Madre mía, le había faltado tiempo para desaparecer de su lado. Había sido de lo más extraño. Creía que se llevaban bastante bien y, de repente, se había inventado no sé qué excusa de que tenía mucho que hacer y se había marchado de la habitación como si estuviera infectada.
¡Qué hombre tan odioso!
Abrió el libro que había cogido de la biblioteca y se lo colocó delante de la cara. Esta vez iba a leerlo aunque se muriera de aburrimiento.
Aunque, claro, eso mismo se había dicho las últimas cuatro veces que lo había abierto.
Y en ninguna de las cuatro ocasiones había conseguido leer más de una frase, o un párrafo si era muy disciplinada, antes de evadirse y que el texto se volviera borroso y, obviamente, había dejado de leer.
Y le estaba bien porque, como se sentía tan irritada con sir Gerald, al llegar a la biblioteca había escogido el primer libro que había encontrado.
¿La botánica de los helechos? ¿En qué demonios estaba pensando?
Y lo que era peor, si él la veía con ese libro, seguro que pensaría que lo había escogido para saber más de sus intereses.
Pheobe parpadeó, sorprendida, al ver que había llegado al final de la página. No recordaba ni una palabra de lo que acababa de leer y se preguntó si, sencillamente, la vista había pasado por encima de las palabras sin leerlas.
Aquello era ridículo. Dejó el libro, se levantó y dio unos pasos para comprobar el estado de la cadera. Cuando vio que el dolor no era tan intenso, de hecho sólo notó una ligera molestia, dibujó una sonrisa de satisfacción y empezó a caminar hacia los rosales que había al norte de la casa, deteniéndose de vez en cuando para oler las flores. Todavía estaban muy cerradas, porque la temporada de las rosas aún no había llegado, pero quería comprobar si olían y si…
—¿Qué demonios está haciendo?
Del susto, Pheobe estuvo a punto de caerse encima de un rosal.
—Sir Gerald —dijo, aunque era bastante obvio.
Estaba muy enfadado.
—Se supone que debería estar sentada.
—Estaba sentada.
—Sí, pues todavía debería estarlo.
Pheobe decidió ir con la verdad por delante.
—Me aburría.
Sir Gerald lanzó una mirada a la tumbona.
—¿No ha cogido un libro de la biblioteca?
Ella encogió los hombros.
—Ya lo he terminado.
Gerald arqueó la ceja, incrédulo.
Ella lo miró y también arqueó la ceja.
—Mire, necesita descansar —dijo él, muy serio.
—Estoy perfectamente —contestó ella, colocándose la mano encima de la cadera—.
Apenas me duele.
Gerald la miró unos segundos, bastante irritado, como si quisiera decir algo pero no supiera el qué. Debió de salir del invernadero corriendo, porque le costaba respirar, llevaba los brazos, las uñas y la camisa llenos de tierra. Iba hecho un andrajoso, al menos en comparación con los caballeros de Londres a los que ella estaba acostumbrada, pero había algo atractivo en él, algo primitivo y elemental.
—Si tengo que preocuparme por usted, no puedo trabajar —gruñó.
—Entonces no trabaje —respondió ella, para quien la solución era sencilla.
—Estoy en medio de un experimento —dijo él, muy seco; tanto, que a Pheobe le pareció estar hablando con un niño huraño.
—En ese caso, le acompañaré —dijo ella, pasando por su lado y dirigiéndose hacia el invernadero. ¿Cómo pretendía que decidieran si se adaptaban bien si apenas pasaban tiempo juntos?
Gerald alargó el brazo para detenerla, pero luego recordó que iba sucio y lo apartó.
—Señorita Shortman —dijo—. No puede…
—¿No podría ayudarle en algo? —lo interrumpió ella.
—No —dijo él, con tanta brusquedad que Pheobe decidió no insistir.
—Sir Gerald —preguntó ella, que estaba a punto de perder la paciencia—, ¿puedo hacerle una pregunta?
Sorprendido por el repentino cambio de tema, asintió con un movimiento rápido y seco, como les gustaba hacer a los hombres cuando estaban enfadados y querían hacer ver que controlaban la situación.
—¿Es el mismo hombre con el que paseé ayer por la noche?
Gerald la miró como si estuviera loca.
—¿Perdón?
—El hombre con quien pasé una bonita velada ayer por la noche —dijo ella, conteniendo la necesidad de cruzar los brazos mientras hablaba—. El mismo con quien cené y luego di un paseo por la casa y el invernadero; el hombre que habló conmigo y que, por sorprendente que parezca, disfrutó de mi compañía.
Gerald se limitó a mirarla durante varios segundos, y luego dijo:
—Disfruto de su compañía.
—Entonces —preguntó ella—, ¿por qué me ha dejado sola en el jardín tres horas?
—No han sido tres horas.
—No se trata de eso sino de…
—Han sido cuarenta y cinco minutos —dijo él.
—Lo que sea.
—No, lo que es.
—Está bien —dijo ella porque, seguramente, Gerald tenía razón, y eso la dejaba en una situación un tanto extraña y «Está bien» le pareció lo único que podía decir sin hacer más el ridículo.
—Señorita Shortman —dijo él, con la voz cortada al acordarse de que la noche anterior la había llamado simplemente Pheobe.
Y la había besado.
—Como podrá imaginarse —continuó—, lo sucedido esta mañana con mis hijos me ha dejado de bastante mal humor y pensé que no sería muy buena compañía para usted.
—Entiendo —respondió Pheobe, sorprendida por el tono desdeñoso que le había salido.
—Bien.
Sin embargo, Pheobe estaba segura de entender. Que estaba enfadado, claro. Bueno, estaba enfadado por lo de los niños, de acuerdo, pero allí había otra cosa.
—Entonces, lo dejaré trabajar —dijo, haciendo un gesto con la mano hacia el invernadero como si se estuviera despidiendo de él.
Gerald le lanzó una mirada muy sospechosa.
—¿Y qué va a hacer usted?
—Bueno, creo que escribiré unas cartas y luego daré un paseo.
—No dará ningún paseo —gruñó él.
Y a Pheobe le pareció que lo dijo como si se preocupara por ella.
—Sir Gerald —respondió ella—. Le aseguro que me encuentro perfectamente. Estoy segura de que estoy mejor de lo que aparento.
—Será mejor que esté mejor de lo que aparenta —dijo él, entre dientes.
Pheobe frunció el ceño. Sólo era un ojo morado y, por lo tanto, sólo tendría ese aspecto durante un tiempo pero no había necesidad de recordarle que estaba horrible.
—No se preocupe, me mantendré lejos de sus asuntos que, en definitiva, es lo que importa, ¿verdad? —le dijo Pheobe.
A Gerald le empezó a temblar la vena que le cruzaba la frente. Pheobe se alegró mucho.
—Venga, váyase —le dijo. Sin embargo, cuando vio que él no se movía, se giró y siguió caminando hacia otro lado del jardín.
—Deténgase ahora mismo —le ordenó sir Gerald, colocándose a su lado de una sola zancada—. No dará ningún paseo.
Pheobe estuvo a punto de preguntarle si iba a atarla a la tumbona pero, al final, se mordió la lengua por miedo que a Gerald le gustará la idea y la llevara a cabo.
—Sir Gerald —dijo—, no veo cómo va a… ¡Oh!
Refunfuñando sobre las estúpidas mujeres, aunque con otro adjetivo que a Pheobe le pareció menos delicado, sir Gerald la cogió en brazos, la llevó hasta la tumbona y la dejó caer encima del cojín sin demasiados miramientos.
—Y no se mueva de ahí —le mandó.
Pheobe intentó responderle después de aquella inconcebible demostración de arrogancia.
—No puede…
—¡Por el amor de Dios! Agotaría hasta la paciencia de un santo.
Ella lo miró.
—¿Qué necesitaría para no moverse de aquí en todo el día? —le preguntó él, un poco impaciente.
—No se me ocurre nada —respondió ella con sinceridad.
—Está bien —dijo él, con la barbilla hacia fuera, en un gesto de tozudez furiosa—.
Recorra todo el condado. Nade hasta Francia, si quiere.
—¿Desde Gloucestershire? —preguntó ella, levantando la comisura de los labios.
—Si hay alguien en este mundo capaz de imaginar cómo hacerlo —dijo él—, ésa es usted. Buenos días, señorita Shortman.
Y se marchó, dejando a Pheobe en el mismo sitio de donde se había levantado hacía diez minutos. Allí sentada y todavía sorprendida por la repentina desaparición de Gerald, olvidó que su intención era levantarse e ir a dar un paseo.
Si Gerald todavía no estaba seguro de haber metido la pata por la mañana, la breve nota de Pheobe informándole que aquella noche cenaría en su habitación acabó de dejárselo claro.
Teniendo en cuenta que durante toda la tarde se había quejado de la falta de compañía, la decisión de cenar sola en su habitación era un ataque claro y directo.
Gerald cenó solo, en silencio, como había hecho durante meses. En realidad, durante años porque, mientras Cloé vivía, tampoco solía bajar a cenar con él. Se diría que ya se habría acostumbrado a la situación, pero estaba nervioso e incómodo porque era consciente de que los sirvientes sabían que Pheobe había rechazado su compañía.
Gruñó algo mientras masticaba la carne. Sabía que se suponía que uno debía ignorar a los sirvientes y hacer su vida normal como si no existieran o, si existían, como si fueran otra especie completamente distinta. Y mientras a él no le interesaba para nada la vida que llevaban fuera de Romney Hall, a ellos parecía que sí les interesaba la suya y odiaba ser la comidilla de la casa.
Y seguro que esa noche lo era; seguro que mientras cenaban todos en la cocina, sólo hablarían de él.
Se metió un pedazo de pan en la boca. Ojalá tuvieran que comerse el pez que Pheobe metió en la cama de Amanda.
Se comió la ensalada, el pollo y el pudín, aunque con la sopa y la carne había tenido más que suficiente. Pero siempre existía la posibilidad de que Pheobe cambiara de idea y bajara a cenar con él. No parecía muy probable, vista su tozudez, pero si lo hacía, quería estar presente.
Cuando quedó claro que era más un deseo que una realidad, pensó en subir a su habitación pero, incluso en el campo, no era apropiado y, además, dudaba que quisiera verlo.
Bueno, eso no era del todo cierto. En el fondo, creía que sí que quería verlo, pero lo quería ver arrepentido. Y aunque no pronunciara «lo siento», seguro que en su aspecto se reflejaba que se presentaba ante ella con el rabo entre las piernas.
Aunque eso no sería lo peor del mundo, porque ya había decidido arrodillarse ante ella y rogarle que se casara con él siempre que ella aceptara hacer de madre a los gemelos. Y eso a pesar de haberlo estropeado todo por la tarde y, para ser sinceros, también por la mañana.
Sin embargo, querer cortejar a una mujer y saber hacerlo eran dos cosas bien distintas.
Su hermano era el que tenía encanto y don de gentes; siempre sabía qué decir y qué hacer en cada situación. Jaime jamás se hubiera dado cuenta que los sirvientes lo miraban de reojo como si, a los diez minutos, fueran a despellejarlo vivo y, en realidad, jamás había tenido necesidad de hacerlo porque todo lo que habían dicho de él había sido: «El señor
Jaime es un granuja». Y eso siempre acompañado de una sonrisa, claro.
En cambio, Gerald era mucho más callado, más reflexivo y mucho menos dotado para el papel de padre y señor de las tierras. Siempre había planeado marcharse de Romney Hall y no mirar atrás, al menos mientras su padre estuviera vivo. Jaime era quien tenía que casarse con Cloé y juntos tendrían media docena de hijos perfectos. Gerald sería el tío brusco y excéntrico que vivía en Cambridge y se pasaba el día metido en el invernadero haciendo experimentos que nadie más entendía, o por los que nadie se preocupaba, en verdad.
Las cosas tenían que ir así, pero todo cambió en aquel campo de batalla de Bélgica.
Inglaterra ganó la guerra, pero para Gerald fue poco consuelo cuando su padre lo hizo volver a Gloucestershire para convertirlo en el perfecto heredero.
Para convertirlo en Jaime, que siempre había sido su hijo predilecto.
Y un día su padre murió. Allí, delante de él. En medio de una acalorada disputa, seguramente exagerada por el hecho que su hijo ya era demasiado grande para ponerlo de rodillas y golpearlo con una vara, su corazón dijo basta.
Y él se convirtió en sir Gerald, con todos los derechos y las obligaciones de un barón.
Quería a sus hijos, los quería más que a su vida, así que suponía que se alegraba de cómo habían salido las cosas, pero seguía sintiendo que había fracasado. Romney Hall iba sobre ruedas; había introducido varias técnicas agrícolas nuevas que había aprendido en la universidad y era la primera vez que las tierras daban beneficios desde… bueno, no sabía desde cuándo. Mientras su padre estuvo vivo, las tierras no habían dado ninguna renta.
Pero las tierras eran sólo tierras. Y sus hijos eran seres humanos, de carne y hueso, y cada día estaba más seguro de que los estaba decepcionando. Cada nuevo amanecer parecía traer problemas nuevos, cosa que le aterraba porque no imaginaba qué podía ser peor que pegarle el pelo a la señorita Lockhart y ponerle el ojo morado a Pheobe, y no sabía qué hacer.
Cuando intentaba hablar con ellos, siempre parecía que decía las palabras inapropiadas. O hacía el gesto inapropiado. O no hacía nada porque le daba miedo perder los estribos.
Excepto una vez. La cena de la noche anterior con Pheobe y Amanda. Por primera vez desde que recordaba, había sabido tratar a su hija como un padre. La presencia de Pheobe lo había calmado, le había proporcionado una claridad de pensamiento que normalmente no tenía cuando se enfrentaba a sus hijos. Fue capaz de ver el lado divertido de la situación en vez de su propia frustración.
Por eso, con más motivo todavía, necesitaba que Pheobe se quedara y se casara con él. Y por eso mismo decidió que no subiría a verla para intentar arreglar las cosas.
No le importaba presentarse ante ella con el rabo entre las piernas. Si fuera necesario, se presentaría con la cabeza entre las piernas.
Lo que no quería era empeorar todavía más las cosas.
Al día siguiente, Pheobe se levantó muy temprano, aunque era normal porque, la noche anterior, se había acostado a las ocho y media. Se arrepintió de su exilio voluntario en el mismo momento en que envió la nota a sir Gerald diciéndole que cenaría en su habitación.
Se había enfadado mucho con él y, por la noche, dejó que la ira se apoderara de su mente.
La verdad era que detestaba comer sola, detestaba estar sentada mirando el plato y pensando cuántos bocados le faltaban para acabarse las patatas. Incluso sir Gerald en su día más obstinado e incomunicativo hubiera sido mejor que nada.
Además, todavía no estaba segura de que se adaptaran bien, y comer en habitaciones separadas no contribuía a poder conocer un poco más su personalidad y su carácter.
Podía ser un oso, y de lo más gruñón, pero cuando sonreía… De repente, Pheobe entendió a lo que se referían todas esas chicas cuando quedaban extasiadas por la sonrisa de su hermano Arnold, que a ella le parecía de lo más normal porque, bueno, era Arnold.
Sin embargo, cuando sir Gerald sonreía, se transformaba. Los ojos oscuros adquirían un brillo diabólico, llenos de humor y picardía, como si supiera algo que ella no sabía. Pero aquello no era lo que hacía que el corazón le diera un vuelco. Pheobe era una Shortman y ya había visto muchos brillos diabólicos y se enorgullecía de ser bastante inmune a sus efectos.
Cuando sir Gerald la miraba y le sonreía, lo hacía con un aire de timidez, como si no estuviera acostumbrado a sonreír a una mujer. Y ella se quedaba con la sensación de que aquel era un hombre que, si las piezas del puzzle encajaban, podría llegar a apreciarla algún día.
Aunque no la quisiera, la valoraría y no se la tomaría a la ligera.
Y por ese motivo Pheobe todavía no estaba lista para hacer las maletas y marcharse, a pesar del lamentable comportamiento de sir Gerald el día anterior.
Escuchó que su estómago reclamaba comida y bajó al comedor, donde le informaron que sir Gerald ya había desayunado. Pheobe intentó no desanimarse. No significaba que estuviera intentando evitarla; era muy posible que hubiera dado por sentado que no le gustaba madrugar y hubiera decidido no esperarla.
Sin embargo, cuando echó un vistazo al invernadero y lo vio vacío, se dio por vencida y fue en busca de otra compañía.
Oliver y Amanda le debían una tarde, ¿no? Pheobe subió las escaleras muy decidida.
Bien podían cambiarlo por una mañana.
—¿Os apetece ir a nadar?
Oliver la miró como si se hubiera vuelto loca.
—A mí sí —dijo Pheobe, asintiendo—. ¿A vosotros no?
—No —respondió el niño.
—A mí sí —dijo Amanda, sacándole la lengua a su hermano cuando éste le lanzó una mirada furiosa—. Me encanta nadar, y a Oliver también. Pero está demasiado enfadado con usted para admitirlo.
—No creo que deban ir —dijo la niñera, una mujer de aspecto severo y de edad indeterminada.
—Bobadas —dijo Pheobe que, en ese mismo momento, decidió que aquella mujer no le caía nada bien—. Hace muy buen día y un poco de ejercicio no les vendrá mal.
—De todos modos… —dijo la niñera, con una voz irritada que demostraba lo poco que le gustaba que ignoraran su autoridad.
—Yo misma les daré clase —continuó Pheobe, utilizando el mismo tono de voz que utilizaba su madre cuando quería dejar claro que no quería discutir—. Ahora mismo no tienen institutriz, ¿verdad?
—No, no tienen —dijo la niñera—. Estos pequeños monstruos le pusieron cola en…
—Me da igual por qué se marchó —la interrumpió Pheobe, que no quería saber qué le habían hecho a la última institutriz—. Estoy segura que a usted se le ha hecho muy pesado asumir los dos papeles durante estas semanas.
—Meses —gruñó la niñera.
—Todavía peor —dijo Pheobe—. Creo que se merece una mañana libre, ¿no le parece?
—Bueno, no me importaría ir al pueblo…
—Entonces, está decidido. —Pheobe bajó la cabeza, miró a los niños y se permitió un momento de autocomplacencia. La estaban mirando maravillados—. Venga, váyase —le dijo a la niñera, casi empujándola para que saliera—. Diviértase.
Cuando la niñera, todavía un poco enfadada, hubo salido, Pheobe cerró la puerta y se giró hacia los niños.
—Es muy lista —dijo Amanda, boquiabierta.
Oliver no pudo decir nada, sólo asintió al comentario de su hermana.
—Odio a la niñera Edwards —dijo Amanda.
—No digas eso —le recriminó Pheobe, aunque a ella tampoco le había caído demasiado bien.
—La odiamos —dijo Oliver—. Es horrible.
Amanda asintió.
—Ojalá volviera la niñera Millsby, pero tuvo que marcharse a cuidar de su madre. Está enferma —explicó la niña.
—Su madre —añadió Oliver—. No la niñera Millsby.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí la señorita Edwards? —preguntó Pheobe.
—Cinco meses —respondió Amanda, muy triste—. Cinco largos meses.
—Bueno, estoy segura que no debe ser tan mala —dijo Pheobe, que quiso continuar pero que no pudo porque Oliver la interrumpió.
—¡Sí que lo es!
Pheobe no estaba dispuesta a despreciar a otro adulto, y mucho menos a uno que tenía autoridad sobre los niños, así que decidió cerrar el tema.
—Bueno, eso ahora no importa porque esta mañana estáis conmigo.
Amanda se le acercó y, tímidamente, le cogió la mano.
—Usted me cae bien —dijo.
—Y tú a mí también —respondió Pheobe que, sorprendida, notó cómo se le humedecían los ojos.
Oliver no dijo nada y Pheobe no se lo tomó mal. A algunas personas les costaba más cogerle cariño a los demás que a otras. Además, estos niños tenían todo el derecho del mundo a ser precavidos. Su madre los había dejado. Porque había muerto, claro, pero aún así se habían quedado sin madre demasiado temprano; sólo sabían que la querían y que ya no estaba con ellos.
Pheobe recordó los meses posteriores a la muerte de su padre. Se abrazaba a su madre a cada momento diciéndose que si se mantenía cerca de ella, o mejor, agarrada a ella, no se marcharía.
¿A quién le extrañaba que a los niños les costara adaptarse a la nueva niñera?
Seguramente, la niñera Millsby los había cuidado desde pequeños y perderla al poco tiempo de la muerte de Cloé debió ser el doble de difícil.
—Siento mucho lo del ojo —dijo Amanda.
Pheobe le apretó un poco la mano.
—No es tanto como parece.
—Pues parece horrible —admitió Oliver, demostrando por primera vez un atisbo de remordimiento en la cara.
—Es verdad —dijo Pheobe—, pero me está empezando a gustar. Creo que parezco un soldado que vuelve de la guerra… ¡y ha ganado!
—No parece que haya ganado —dijo Oliver, puro reflejo del escepticismo.
—No digas bobadas. Claro que sí. Cualquiera que vuelve a casa después de una guerra ya ha ganado.
—¿Eso significa que el tío Jaime perdió? —preguntó Amanda.
—¿El hermano de vuestro padre?
Amanda asintió.
—Murió antes de que naciéramos.
Pheobe se preguntó si sabrían que, en un principio, su madre tenía que casarse con su tío.
Seguramente no.
—Vuestro tío fue un héroe —dijo, muy respetuosa.
—Pero nuestro padre no —dijo Oliver.
—Tu padre no pudo ir a la guerra porque tenía demasiadas responsabilidades aquí —le explicó Pheobe—. Pero hace una mañana demasiado bonita para una conversación tan seria, ¿no creéis? Deberíamos estar ahí fuera pasándonoslo en grande.
Los niños enseguida se contagiaron de su entusiasmo y, en un abrir y cerrar de ojos, se habían puesto los trajes de baño e iban corriendo por el jardín hacia el lago.
—¡Tenemos que repasar la aritmética! —les gritó Pheobe mientras los niños se alejaban.
Y, para su mayor sorpresa, lo hicieron. ¿Quién hubiera dicho que los números podían ser tan divertidos?
