La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.
Perdonen mi ausencia. Mucho movimiento y pronto llegan las fiestas navideñas. Sin mas tardar disfruten de esta historia.
Te casaras…
«… jamás sabrás, querida Helga, la mala suerte que has tenido de tener sólo hermanas. Los chicos son mucho más divertidos.»
Pheobe Shortman a Helga Pataki después de un paseo a caballo por Hyde Park a medianoche con sus tres hermanos mayores.
—Sólo tienes dos opciones —dijo Anthony, sentándose en la silla de Gerald como si el despacho fuera suyo—. O te casas con él en una semana, o te casa con él en dos semanas.
Pheobe abrió la boca, horrorizada.
—¡Anthony!
—¿Esperabas que te sugiriera otra alternativa? —preguntó su hermano, suavemente—. Supongo que podríamos alargarlo hasta dentro de tres semanas, si la razón fuera suficientemente convincente.
Odiaba que su hermano hablara así, como si fuera razonable y sabio y ella no fuera más que una niña caprichosa. Le gustaba mucho más cuando despotricaba. Entonces, al menos, Pheobe podía hacer ver que estaba loco y que ella sólo era una pobre víctima inocente.
—No veo por qué ibas a oponerte —continuó él—. ¿No viniste aquí con la intención de casarte con él?
—¡No! Vine con la intención de descubrir si quería casarme con él.
—¿Y quieres?
—No lo sé —dijo ella—. Sólo han pasado dos días.
—Y, sin embargo —dijo Anthony, mirándose las uñas desinteresadamente—, es tiempo más que suficiente para arruinar tu reputación.
—¿Sabe alguien que me he marchado? —preguntó ella, enseguida—. Aparte de la familia, claro.
—Todavía no —admitió él—. Pero alguien se enterará. Siempre se acaba enterando alguien.
—Tenía que haber una acompañante —dijo Pheobe, huraña.
—¿Tenía? —preguntó Anthony, sin alterarse, como quien pregunta si tenía que haber cordero para cenar o si tenía que ir a la expedición de caza que habían organizado en su honor.
—Vendrá pronto.
—Hmmm. Qué mala suerte que haya llegado yo antes.
—Muy mala suerte —dijo Pheobe entre dientes.
—¿Qué has dicho? —preguntó él, aunque lo hizo con aquella horrible voz que significaba que lo había oído perfectamente.
—Anthony —dijo Pheobe, casi como un ruego, aunque ni ella misma tenía idea de qué le estaba rogando.
Anthony la miró, con aquella mirada negra tan profunda y violenta que sólo entonces Pheobe supo que debería haber dado las gracias cuando hacía ver que se miraba las uñas.
Dio un paso hacia atrás. Cualquiera que estuviera cerca de Anthony Shortman cuando estaba enfadado habría hecho lo mismo.
Sin embargo, cuando habló, lo hizo con una voz tranquila y relajada:
—Tú solita te has metido en este lío —dijo, muy despacio—. Así que tendrás que aceptar las consecuencias.
—¿Me obligarías a casarme con un hombre al que apenas conozco? —susurró ella.
—¿De verdad no le conoces? —respondió Anthony—. Porque en el comedor parecía que le conocías muy bien. Saltaste en su defensa a la primera oportunidad que tuviste.
Mientras hablaba, Anthony la iba dejando sin argumentos y aquello la sacaba de quicio.
—Eso no basta para aceptar una propuesta de matrimonio —insistió ella—. Al menos, todavía no.
Sin embargo, Anthony no se solía rendir con facilidad.
—Entonces, ¿cuándo? ¿Dentro de una semana? ¿Dos?
—¡Basta! —exclamó ella, con unas ganas horribles de taparse los oídos—. No puedo pensar.
—No, tú no piensas —la corrigió él—. Si te hubieras parado a pensar, a utilizar esa parte del cerebro reservada para el sentido común, nunca te habrías marchado de casa.
Pheobe se cruzó de brazos y apartó la mirada. Aquel argumento era irrefutable y le daba mucha rabia.
—¿Qué vas a hacer, Pheobe? —preguntó Anthony.
—No lo sé —susurró ella, odiando lo estúpida que parecía.
—Bueno —dijo Anthony, todavía con aquella horrorosa y tranquila voz—. Pues parece que estás en un buen aprieto, ¿no?
—¿Decirlo no es suficiente? —saltó Pheobe, con los puños cerrados a la altura de las costillas—. ¿Tienes que acabar cada frase con una pregunta?
Anthony sonrió, aunque no parecía divertido.
—Y yo que pensaba que agradecerías que te preguntara tu opinión.
—Estás siendo condescendiente y lo sabes.
Anthony se inclinó hacia delante con la mirada encendida.
—¿Tienes alguna idea del esfuerzo que estoy haciendo por no alterarme?
A Pheobe le pareció mejor no ponerlo a prueba.
—Te escapaste en mitad de la noche —dijo, al tiempo que se levantaba—. Y no dijiste nada, ni siquiera dejaste una nota…
—¡Dejé una nota! —gritó ella.
Anthony la miró incrédulo y cargado de paciencia.
—¡La dejé! —insistió ella—. La dejé en la mesa de la entrada. Al lado del jarrón chino.
—¿Y esa misteriosa nota decía que…?
—Decía que no os preocuparais, que estaba bien y que me pondría en contacto con vosotros en un mes.
—Ah, qué bien —se burló Anthony—. Eso me hubiera dejado mucho más tranquilo.
—No sé cómo no la visteis —dijo Pheobe, en voz baja—. Seguramente, se traspapeló entre las invitaciones.
—Por lo que sabíamos —continuó Anthony, acercándose a su hermana—, te habían secuestrado.
Pheobe palideció. Jamás se le había ocurrido que su familia pudiera llegar a pensar algo así. Jamás se había imaginado que su nota se extraviaría.
—¿Sabes qué hizo mamá, después de casi morirse de preocupación? —le preguntó Anthony, muy serio.
Pheobe negó con la cabeza, aunque le daba miedo saber la respuesta.
—Fue al banco —continuó Anthony—. ¿Sabes a qué?
—¿No podrías decírmelo tú? —preguntó, asustada. Odiaba las preguntas.
Anthony, caminando hacia ella casi llevado por la ira, dijo:
—¡Fue para asegurarse de que los fondos estaban en orden por si necesitaba sacarlos para pagar un rescate por ti!
Pheobe se echó hacia atrás, asustada por la ira en la voz de su hermano. Quería decir: «Dejé una nota», pero sabía que sería un error. Se había equivocado, había sido una estúpida, y no quería agravar su estupidez intentando excusarla.
—Al final, Helga fue la que se imaginó lo que habías hecho —dijo Anthony—. Le pedimos que registrara tu habitación porque, posiblemente, ha pasado allí más horas que cualquiera de nosotros.
Pheobe asintió. Helga había sido su mejor amiga, y todavía lo era, a pesar de haberse casado con Arnold. Habían pasado interminables horas en su habitación charlando de todo y de nada en concreto. Las cartas de Gerald eran lo único que le había escondido en toda su vida.
—¿Dónde la encontró? —preguntó Pheobe. No es que importara mucho, pero no pudo evitar sentir curiosidad.
—Se te había caído detrás de la mesa. —Anthony se cruzó de brazos—. Junto con una flor.
Parecía lo más adecuado.
—Es botánico —susurró.
—¿Qué?
—Botánico —repitió Pheobe, aunque esta vez más alto—. Sir Gerald. Estudió en
Cambridge. Si su hermano no hubiera muerto en Waterloo, habría sido profesor universitario.
Anthony asintió, digiriendo aquella información, y el hecho de que ella lo supiera.
—Si me dices que es un hombre cruel, que te pegará, que te insultará y no te respetará, no te obligaré a casarte con él. Pero antes de que me respondas, quiero que me escuches bien.
Eres una Shortman. No me importa con quién te cases o el nombre que adoptes cuando estés delante de un sacerdote y digas tus votos en voz alta. Siempre serás una Shortman y los Shortman nos comportamos de manera honrosa y honesta, no porque sea lo que se espera de nosotros, sino porque es lo que somos.
Pheobe asintió y tragó saliva, en un intento de contener las lágrimas que le llenaban los ojos.
—Así que te lo preguntaré una sola vez —dijo Anthony—. ¿Existe alguna razón por la que no puedas casarte con sir Gerald Johanssen?
—No —susurró ella. Ni siquiera lo dudó. No estaba preparada para eso, no estaba preparada para el matrimonio, pero no iba a mancillar la verdad dudando sobre la respuesta.
—Ya me lo imaginaba.
Pheobe se quedó allí de pie, casi deprimida, sin saber qué hacer ni qué decir. Se giró porque, aunque quería que Anthony supiera que estaba llorando, no quería que viera las lágrimas.
—Me casaré con él —dijo, entre sollozos—. Pero es que… hubiera querido…
Anthony guardó silencio un segundo, respetando la angustia de su hermana, pero cuando ella no añadió nada, dijo:
—¿Qué hubieras querido, Pheobe?
—Esperaba estar enamorada —dijo, tan bajo que apenas se escuchó.
—Ya —dijo, soberbio como siempre—. Pues deberías haberlo pensado antes de fugarte, ¿no crees?
En ese momento, Pheobe lo odió con todas sus fuerzas.
—Tú estás enamorado. Deberías entenderlo.
—Yo —dijo, en un tono que dejaba claro que no le hacía ninguna gracia haberse convertido en el tema de conversación—, me casé con mi mujer porque la mayor cotilla del país nos descubrió en una situación comprometida.
Pheobe suspiró; se sentía una estúpida. Hacía tantos años que Anthony se había casado, que se le habían olvidado las penosas circunstancias.
—Cuando me casé, no quería a mi mujer —dijo y después, con una voz más suave y nostálgica, añadió—. O, si la quería, todavía no lo sabía.
Pheobe asintió.
—Tuviste suerte —dijo, deseando saber si ella tendría la misma suerte con Gerald.
Y entonces, Anthony la sorprendió, porque no la regañó ni la reprendió. Sólo dijo:
—Ya lo sé.
—Estaba perdida —susurró ella—. Cuando Helga y Arnold se casaron… —se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos—. Soy una mala persona. Debo de ser muy mala y superficial porque, cuando se casaron, sólo podía pensar en mí.
Anthony suspiró y se arrodilló a su lado.
—No eres una mala persona, Pheobe. Y lo sabes.
Ella lo miró, preguntándose desde cuándo ese hombre, su hermano mayor, era tan sabio.
Si le hubiera gritado una palabra más, si le hubiera dicho algo más en aquel tono burlón, la habría destrozado. La habría destrozado o la habría dejado de piedra pero, en cualquier caso, entre ellos se habría roto algo.
Y, sin embargo, allí estaba, el arrogante y orgulloso caballero de la alta sociedad que había asumido a la perfección el papel que la vida le tenía reservado, arrodillado a su lado, tomándola de la mano y hablándole con una delicadeza que le rompía el corazón.
—Me alegré por ellos —dijo ella—. Me alegro por ellos.
—Ya lo sé.
—Sólo debería haber sentido felicidad.
—Si así hubiera sido, no serías humana.
—Helga se convirtió en mi hermana —dijo—. Debería haberme alegrado.
—¿No habías dicho que te alegrabas?
Ella asintió.
—Y me alegro. Mucho. De corazón. No lo digo por decir.
Anthony sonrió con benevolencia y esperó a que su hermana continuara.
—Es que, de repente, me sentí muy sola, y muy vieja. —Lo miró, preguntándose si la entendería—. Jamás pensé que me quedaría atrás.
Anthony chasqueó la lengua.
—Pheobe Shortman, no creo que nadie nunca cometa el grave error de dejarte atrás.
Pheobe sonrió, maravillada de que, entre todas las personas, fuera su hermano el que le hubiera dicho lo que necesitaba escuchar.
—Supongo que jamás pensé que sería una solterona para siempre —dijo—. O, al menos, que si lo era, Helga también lo sería. Sé que no es nada bonito, y no creo que lo pensara demasiado pero…
—Pero es lo que sentías —dijo Anthony, acabando la frase por ella—. Creo que
Helga tampoco creía que se casaría. Y Arnold tampoco. El amor puede llegar sin hacer ruido, ¿sabes?
Asintió, preguntándose si a ella le pasaría lo mismo. Seguramente no. Ella era de las que necesitaría que le diera un buen porrazo en la cabeza.
—Me alegro de que se hayan casado —dijo.
—Ya lo sé. Yo también.
—Con sir Gerald —dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia la puerta, aunque los hombres estaban al otro lado del pasillo, girando dos veces a la derecha—, nos escribimos durante un año. Y entonces mencionó lo del matrimonio. Y lo hizo de la manera más sensible.
No me pidió que me casara con él, sólo me invitó a visitarlo para ver si nos adaptábamos bien.
Me dije que estaba loco, que ni siquiera podía planteármelo. ¿Quién se casaría con alguien a quien no conocía? —Se rió, nerviosa—. Y entonces Helga y Arnold anunciaron su compromiso. Fue como si mi mundo se derrumbara. Y entonces fue cuando empecé a planteármelo. Cada vez que miraba el escritorio, el cajón donde guardaba todas las cartas, era como si las viera cavando un agujero en la madera para salir a la luz.
Anthony no dijo nada, sólo le apretó la mano, como si la entendiera perfectamente.
—Tenía que hacer algo —dijo—. No podía quedarme viendo pasar la vida por delante de mí como si nada.
Anthony chasqueó la lengua.
—Pheobe —dijo—, si estuviera en tu lugar, eso sería lo último por lo que me preocuparía.
—Anth…
—No, déjame terminar —dijo él—. Eres una persona muy especial, Pheobe. La vida no pasa por delante de ti como sin nada. Confía en mí. Te he visto crecer y he tenido que ser tu padre en ocasiones en las que me hubiera gustado ser sólo tu hermano.
Pheobe abrió la boca mientras tenía el corazón en la garganta. Tenía razón. Le había hecho de padre. Era un papel que ninguno de los dos quería para Anthony, pero lo había hecho durante años, y sin quejarse.
Y ahora fue ella la que le apretó la mano, y no porque lo quisiera, sino porque en ese momento se dio cuenta de cuánto lo quería.
—Haces que la vida sea especial, Pheobe —dijo Anthony—. Siempre has tomado tus propias decisiones, siempre lo has tenido todo bajo control. Puede que a ti no te lo pareciera, pero es así.
Ella cerró los ojos un instante y meneó la cabeza mientras decía:
—Bueno, cuando vine aquí, intentaba tomar mi propia decisión. Parecía un buen plan.
—Y, a lo mejor —dijo Anthony, muy despacio—, descubres que, al final, sí que lo es.
Sir Gerald parece un hombre honorable.
Pheobe no pudo evitar poner cara de enfadada.
—¿Has podido deducir todo eso mientras le rodeabas el cuello con las manos?
Anthony le lanzó una mirada de superioridad.
—Te sorprendería lo que un hombre puede deducir de otro mientras se pelean.
—¿A eso llamas pelear? ¡Erais cuatro contra uno!
Anthony se encogió de hombros.
—No he dicho que fuera una pelea justa.
—Eres incorregible.
—Un adjetivo interesante, teniendo en cuenta tus actividades más recientes.
Pheobe se sonrojó.
—Muy bien —dijo Anthony, en un tono decidido que anunciaba un cambio de tema—. Esto es lo que vamos a hacer.
Y Pheobe supo que, dijera lo que dijera, eso es lo que ella tendría que hacer. Estaba muy decidido.
—Ahora mismo subirás a hacer las maletas —dijo Anthony—, y nos instalaremos en "Mi Casa" durante una semana.
Pheobe asintió. "Mi Casa" era el extraño nombre de la casa de Benedict, en Wiltshire, no muy lejos de Romney Hall. Vivía allí con su mujer, Sophie, y sus tres hijos. No era demasiado grande, pero habría espacio de sobras para unos cuantos Shortman más.
—Tu sir Gerald puede ir a visitarte cada día —continuó, y Pheobe entendió perfectamente el significado de esa frase: Tu sir Gerald irá a visitarte cada día.
Volvió a asentir.
—Si, al final de la semana, determino que es suficientemente bueno para casarse contigo, lo harás. Inmediatamente.
—¿Estás seguro de que puedes juzgar el carácter de un hombre en una semana?
—No se necesita más —dijo Anthony—. Y si no estoy seguro, pues nos esperaremos otra semana.
—A lo mejor sir Gerald no quiere casarse conmigo —dijo Pheobe, que se sintió en la obligación de decirlo.
Anthony la miró fijamente.
—No tiene esa opción.
Pheobe tragó saliva.
Anthony arqueó una ceja, muy arrogante.
—¿Entendido?
Ella asintió. El plan de su hermano parecía razonable, de hecho era más razonable que el que habrían propuesto muchos hermanos mayores, y si al final todo salía mal, si decidía que no podía casarse con sir Gerald Johanssen, entonces tenía una semana para ver cómo salía de aquel embrollo. En una semana, podían pasar muchas cosas.
Mira todo lo que había pasado en la última.
—¿Volvemos al comedor? —preguntó Anthony—. Supongo que debes tener hambre y, si tardamos un poco más, seguro que Arnold le dejará la despensa vacía a nuestro anfitrión.
Pheobe asintió.
—Eso si no lo han matado.
Anthony hizo una pausa.
—Así me ahorraría los gastos de una boda.
—¡Anthony!
—Es una broma, Pheobe —dijo, meneando la cabeza—. Venga, vamos a ver si tu sir Gerald todavía sigue en el mundo de los vivos.
—Y entonces —iba diciendo Benedict cuando Anthony y Pheobe entraron en el comedor—, llegó la moza de la taberna y tenía unas…
—¡Benedict! —exclamó Pheobe.
Benedict miró a su hermana con la culpabilidad escrita en la cara, se colocó las manos delante del pecho, para demostrar el tamaño de lo que estaba diciendo, y añadió:
—Perdón.
—Estás casado —le riñó Pheobe.
—Sí, pero no ciego —dijo Arnold, con una sonrisa.
—¡Y tú también! —le acusó ella.
—Sí, pero no ciego —repitió él.
—Pheobe —dijo Gregory con lo que, según Pheobe, era la mayor muestra de condescendencia que jamás había oído—, hay cosas imposibles de no ver. Sobre todo — añadió—, si eres hombre.
—Es verdad —admitió Anthony—. Lo vi con mis propios ojos.
Pheobe los miró horrorizada, intentando encontrar en la cara de alguno de ellos un poco de cordura. Sus ojos se detuvieron en Gerald que, a juzgar por su aspecto, sin mencionar el principio de embriaguez, había establecido un vínculo de por vida con sus hermanos durante el breve espacio de tiempo que ella había estado en el despacho hablando con Anthony.
—¿Sir Gerald? —preguntó, esperando a que dijera algo aceptable.
Sin embargo, Gerald sólo pudo sonreír.
—Sé de quien están hablando —dijo—. He estado en esa taberna varias veces. Lucy es famosa en toda la provincia.
—Incluso yo he oído hablar de ella —dijo Benedict, asintiendo—. Sólo estoy a una hora a caballo. Menos, si voy al galope.
Gregory se acercó a Gerald, con aquellos ojos azules brillantes, y le preguntó:
—¿Y usted, alguna vez… ?
—¡Gregory! —gritó Pheobe. Aquello era demasiado. Sus hermanos no deberían hablar de esas cosas delante de ella pero, además, lo último que quería saber era si sir Gerald se había acostado con una moza de taberna con unos pechos del tamaño de una sopera.
Sin embargo, Gerald meneó la cabeza.
—Está casada —dijo—. Y yo también lo estaba.
Anthony se giró hacia Pheobe y le susurró:
—Será un buen marido.
—Me alegra saber que este comentario te sirve para aprobar a un posible marido para tu adorada hermana —dijo ella.
—Créeme —insistió Anthony—. He visto a Lucy. Y este hombre tiene un gran poder de autocontrol.
Pheobe colocó los brazos en jarras y se giró hacia su hermano.
—¿Sentiste tentaciones?
—¡Claro que no! Kate me cortaría el cuello.
—No estoy hablando de lo que Kate te haría si descubriera que la habías engañado, aunque dudo que empezara por el cuello…
Anthony hizo una mueca. Sabía que su hermana tenía razón.
—Sólo quiero saber si sentiste tentaciones.
—No —admitió él, meneando la cabeza—. Pero no se lo digas a nadie. Antes me consideraban un vividor. No quisiera que la gente creyera que estoy totalmente domesticado.
—Debería darte vergüenza.
Anthony sonrió.
—Y, sin embargo, mi mujer sigue estando loca por mí, que es lo que realmente importa, ¿no te parece?
Pheobe supuso que tenía razón. Suspiró.
—¿Qué vamos a hacer con estos? —dijo, refiriéndose al cuarteto de hombres sentados a la mesa que estaba, literalmente, cubierta de platos vacíos. Gerald, Benedict y Gregory estaban apoyados en los respaldos de las sillas, saciados. Arnold seguía comiendo.
Anthony se encogió de hombros.
—No sé qué quieres hacer tú, pero yo voy a unirme a ellos.
Pheobe se quedó en la puerta, observando cómo se sentaba y se servía una copa de vino.
Por suerte, habían dejado de hablar de Lucy y sus pechos y ahora hablaban de boxeo. O, al menos, eso le había parecido. Gerald le estaba demostrando un movimiento de manos a Gregory.
Y entonces le clavó un puñetazo en la cara.
—Lo siento —dijo, golpeando a Gregory en la espalda. Sin embargo, Pheobe vio que tenía la comisura de los labios levemente inclinada; estaba sonriendo—. No te dolerá mucho.
A mí, la barbilla ya casi no me duele.
Gregory gruñó algo así como que no le dolía, pero se acarició la barbilla.
—¿Sir Gerald? —dijo Pheobe, en voz alta—. ¿Puedo hablar con usted un segundo?
—Claro —respondió él, y se levantó inmediatamente aunque, en realidad, todos los hombres deberían haberse levantado, ya que ella seguía de pie en la puerta.
Gerald se le acercó.
—¿Sucede algo?
—Estaba preocupada por si lo habían matado —dijo ella, entre dientes.
—Oh —dijo él, con aquella amplia sonrisa que se le quedaba a cualquier hombre después de haberse tomado tres vasos de vino—. No lo han hecho.
—Ya lo veo —dijo ella—. ¿Qué ha pasado?
Gerald miró hacia la mesa. Anthony se estaba acabando lo que Arnold había dejado intacto en la mesa (seguramente, porque no lo había visto), y Benedict estaba echando la silla hacia atrás, intentando mantener el equilibrio sobre dos patas. Gregory estaba tarareando una melodía, con los ojos cerrados y una estúpida sonrisa, seguramente pensando en Lucy, o en determinadas partes desproporcionadamente grandes de la anatomía de Lucy.
Gerald se giró hacia ella y se encogió de hombros.
Y Pheobe, agotando casi toda su paciencia, añadió:
—¿Desde cuándo son todos tan buenos amigos?
—Oh —asintió él—. Eso es muy gracioso. De hecho, les pedí que me rompieran las piernas.
Pheobe lo miró. Por muchos años que viviera, jamás entendería a los hombres. Tenía cuatro hermanos y se suponía que debería ser capaz de entenderlos mejor que otras mujeres y quizás había tardado veintiocho años en descubrir que los hombres, sencillamente, eran bichos raros.
Gerald volvió a encogerse de hombros.
—Por lo visto, sirvió para romper el hielo.
—Ya lo veo.
Pheobe lo miró, Gerald la miró y, de reojo, Pheobe vio que Anthony los estaba mirando.
De repente, Gerald recuperó la sobriedad.
—Tendremos que casarnos —dijo.
—Lo sé.
—Si no lo hago, me romperán las piernas.
—No se detendrían ahí —refunfuñó ella—, pero aunque así fuera, a una dama le gusta pensar que la han escogido por otra razón que no sea la salud osteopática del futuro novio.
Gerald la miró, sorprendido.
—No soy estúpida —murmuró ella—. He estudiado latín.
—Sí, claro —respondió él, muy despacio, como hacen los hombres cuando no saben qué decir y quieren llenar un espacio.
—O, al menos —insistió ella, buscando algo que pudiera interpretarse como un halago—, quizá por alguna otra razón que ésa.
—Sí, claro —repitió él, asintiendo, aunque no dijo nada más.
Pheobe lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Cuánto vino ha bebido?
—Sólo tres. —Hizo una pausa, se lo pensó, y añadió—: Quizá cuatro.
—¿Vasos o botellas?
Gerald no estaba seguro de conocer la respuesta.
Pheobe miró hacia la mesa. Había cuatro de botellas de vino en la mesa y tres estaban vacías.
—No los he dejado solos tanto rato —dijo.
Él se encogió de hombros.
—Tenía que elegir: beber con ellos o dejarles que me rompieran las piernas. La decisión era bastante sencilla.
—¡Anthony! —exclamó Pheobe.
Ya había tenido suficiente de sir Gerald. Había tenido suficiente de todos y de todo. De hombres, de matrimonio, de piernas rotas y botellas de vino vacías. Pero, sobre todo, ya había tenido suficiente de ella misma, de haber perdido tanto el control sobre la situación, de sentirse tan impotente ante los giros de la vida.
—Quiero irme —dijo.
Anthony asintió y gruñó, masticando el último pedazo de pollo que Arnold había dejado.
—Anthony, ahora.
Y su hermano debió notar algo en su voz, seguramente la manera como había vocalizado las palabras, porque se levantó y dijo:
—Por supuesto.
Pheobe jamás se había alegrado tanto de ver el interior de un carruaje.
