La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.
No quiero que piensen que he abandonado esta historia. Aun pienso en todos ustedes. ¡Felices fiestas!
Acoplándonos
«… no soporto que un hombre beba demasiado. Por eso estoy convencida que entenderás por qué no puedo aceptar la proposición de matrimonio de Lord Wescott.»
Pheobe Shortman a su hermano Benedict, después de rechazar su segunda proposición de matrimonio.
—¡No! —exclamó Sophie Shortman, la menuda y casi etérea mujer de Benedict—.
¡No puede ser!
—De verdad —dijo Pheobe, sonriendo, mientras se volvía a sentar en la silla y bebía un sorbo de limonada—. ¡Y estaban todos borrachos!
—Amigos —susurró Sophie, dándole a entender a Pheobe que lo que la había sacado de sus casillas la noche anterior era ese comportamiento de camaradería de los hombres.
Obviamente, sólo necesitaba a una mujer para poder desahogarse tranquilamente.
Sophie frunció el ceño.
—¿No me digas que otra vez estaban hablando de esa pobre Lucy?
Pheobe se sorprendió.
—¿Sabes quién es?
—Todo el mundo sabe quién es. Dios sabe que es imposible no verla si te cruzas con ella por la calle.
Pheobe intentó imaginárselo pero no pudo.
—Para serte sincera —susurró Sophie, a pesar de que no había nadie cerca de ellas—, lo siento mucho por ella. Toda esa atención y, además, tanto peso no debe ser bueno para la espalda.
Pheobe intentó no reír, pero no pudo evitarlo.
—¡Un día, Posy incluso se lo preguntó!
Pheobe abrió la boca, sorprendida. Posy era la hermanastra de Sophie que, antes de casarse con el jovial vicario del pueblo, que vivía a pocos kilómetros de Benedict y Sophie, había vivido varios años con ellos. También era la persona más simpática que Pheobe había conocido en su vida y si había alguien capaz de hacerse amiga de una moza de taberna con los pechos enormes, ésa era Posy.
—Está en la parroquia de Hugh —continuó Sophie. Hugh era el marido de Posy—. Así que seguro que se conocen.
—¿Y qué le dijo? —preguntó Pheobe.
—¿Posy?
—No, Lucy.
—Ah, no lo sé —dijo Sophie, haciendo una mueca—. Posy no quiso decírmelo. ¿Te lo puedes creer? Posy y yo jamás hemos tenido secretos. Me dijo que no podía traicionar la confianza de una feligresa.
A Pheobe le pareció un gesto muy noble.
—Aunque no me concierne, claro —dijo, con toda la seguridad de una mujer que se sabe querida—. Benedict jamás me engañaría.
—Claro que no —añadió Pheobe. La historia de amor de Benedict y Sophie era legendaria en la familia Shortman. De hecho, era una de las razones por las que Pheobe había rechazado tantas propuestas de matrimonio. Quería esa clase de amor, pasión y drama. Quería más que ese «Tengo tres casas, dieciséis caballos y cuarenta y dos perros de caza» que le había dicho uno de sus pretendientes.
—Sin embargo —continuó Sophie—, no creo que sea tan difícil cerrar la boca cuando la ve por la calle.
Pheobe estaba a punto de afirmarle, con vehemencia, lo muy de acuerdo que estaba con ella cuando vio que sir Gerald se acercaba hacia ella por el jardín.
—¿Es él? —preguntó Sophie, sonriendo.
Pheobe asintió.
—Es muy apuesto.
—Sí, supongo que sí —dijo Pheobe, muy despacio.
—¿Lo supones? —preguntó Sophie, impaciente—. No te hagas la tonta conmigo, Pheobe Shortman. Fui tu doncella y te conozco mejor de lo que nadie debería.
Pheobe se abstuvo de comentar que sólo había sido su doncella durante dos semanas, el tiempo necesario para que ella y Benedict aclararan sus sentimientos y decidieran casarse.
—De acuerdo —admitió—. Es muy apuesto, si te gustan los hombres rudos y rurales.
—Y a ti te gustan —apuntó divertida Sophie.
Para su completa mortificación, Pheobe se sonrojó.
—Puede —murmuró.
—Además —añadió Sophie—, ha traído flores.
—Es botánico —dijo Pheobe.
—Bueno, eso no le quita mérito al gesto.
—No, sólo lo facilita.
—Pheobe —la regañó Sophie—. Deja de hacer eso.
—¿El qué?
—Intentar descuartizarlo antes de darle una oportunidad.
—No estoy haciendo eso —protestó Pheobe, aunque sabía perfectamente que estaba mintiendo. Odiaba que su familia estuviera intentando arruinarle la vida, aunque lo hicieran con la mejor intención, y se sentía huraña y poco cooperativa.
—Pues a mí me parece que las flores son muy bonitas —dijo Sophie, muy decidida—. No me importa si tiene ochocientas variedades en casa. El hecho es que ha pensado en traerlas.
Pheobe asintió, odiándose. Quería sentirse mejor, quería estar contenta y optimista, pero no podía.
—Benedict nunca me explicó los detalles —continuó Sophie, ignorando la angustia de Pheobe—. Ya conoces a los hombres. Nunca te dicen lo que quieres saber.
—¿Qué quieres saber?
Sophie miró a sir Gerald, para calcular el tiempo que todavía tenían para hablar.
—Está bien, para empezar, ¿es verdad que no lo conocías cuando te escapaste?
—En persona, no —admitió Pheobe. Cuando lo explicaba, parecía una estupidez. ¿Quién iba a pensar que una Shortman se escaparía con un hombre al que no conocía?
—Bueno —dijo Sophie, con una voz muy práctica—. Si, al final, todo sale bien será una historia maravillosa.
Pheobe tragó saliva, un poco incómoda. Todavía era demasiado temprano para saber si, al final, todo saldría bien. Sospechaba, bueno estaba segura, que acabaría casada con sir Gerald, pero ¿quién sabía qué clase de matrimonio iban a tener? No lo quería, al menos, no de momento, y él tampoco la quería y, aunque al principio creía que no pasaba nada, ahora que estaba en Wiltshire, intentando no darse cuenta de cómo Benedict miraba a Sophie, se preguntaba si habría cometido un error monumental.
Además ¿quería casarse con un hombre que, básicamente, lo que quería era una madre para sus hijos?
Si no podía tener amor, ¿no era mejor estar sola?
Por desgracia, la única manera de responder a esas preguntas era casándose con sir Gerald y ver cómo les iba. Y, si no salía bien…
Estaría atrapada.
El camino más fácil para terminar un matrimonio era la muerte y, honestamente, era una opción que Pheobe jamás se había planteado.
—Señorita Shortman.
Gerald estaba frente a ella, ofreciéndole un ramo de orquídeas blancas.
—Le he traído esto.
Pheobe sonrió, animada por el cosquilleo que sintió ante su presencia.
—Gracias —dijo, aceptando las flores y oliéndolas—. Son preciosas.
—¿Dónde las ha conseguido? —preguntó Sophie—. Son exquisitas.
—Las cultivo yo mismo —respondió él—. Tengo un invernadero.
—Sí, es verdad —dijo Sophie—. Pheobe me ha comentado que es botánico. Yo intento cuidar el jardín, aunque debo admitir que, la mitad del tiempo, no tengo ni la menor idea de lo que hago. Estoy segura que los jardineros me consideran su cruz.
Pheobe se aclaró la garganta, consciente de que no había hecho las obligadas presentaciones.
—Sir Gerald —dijo, haciendo un gesto hacia su cuñada—, le presento a Sophie, la mujer de Benedict.
Gerald la tomó de la mano e hizo una reverencia, diciendo:
—Señora Shortman.
—Es un placer conocerlo —dijo Sophie, con su mejor sonrisa—. Por favor, llámeme por mi nombre de pila. He oído que con Pheobe lo hace y, además, parece que prácticamente es un miembro más de la familia.
Pheobe se sonrojó.
—¡Oh! —exclamó Sophie, avergonzada—. No lo decía por ti, Pheobe. Jamás asumiría que… Oh, cielos. Quería decir que lo decía porque los hombres… —Bajó la cabeza al tiempo que notaba la cara colorada como un tomate—. Bueno —susurró—, he oído que ayer bebieron mucho vino.
Gerald se aclaró la garganta.
—Un detalle que prefiero no recordar.
—El hecho de que lo recuerde ya es mucho —dijo Pheobe, con dulzura.
Gerald la miró, dejando claro que no lo había engañado con ese tono inocente.
—Es muy amable.
—¿Le duele la cabeza? —preguntó ella.
Él hizo una mueca.
—Mucho.
Ella debería haberse preocupado. Debería haber sido amable con él, sobre todo después de que se hubiera tomado la molestia de traerle aquellas orquídeas tan especiales. Sin embargo, no pudo evitar pensar que tenía lo que se merecía y dijo, tranquilamente, pero lo dijo:
—Me alegro.
—¡Pheobe! —la riñó Sophie.
—¿Cómo está Benedict? —le preguntó Pheobe, dulcemente. Sophie suspiró.
—Lleva toda la mañana tirado por ahí, y Gregory ni siquiera se ha levantado de la cama.
—En comparación con ellos, parece que he salido bastante bien parado —dijo Gerald.
—A excepción de Arnold —dijo Pheobe—. Jamás se resiente de los efectos del alcohol. Y Anthony bebió menos que los demás, por supuesto.
—Un hombre con suerte.
—¿Le apetece beber algo, sir Gerald? —preguntó Sophie, arreglándose el sombreropara que le hiciera sombra en los ojos—. Sin alcohol, claro, teniendo en cuenta las circunstancias. Sería un placer invitarlo a un vaso de limonada.
—Lo aceptaré encantado. Gracias. —Vio cómo se levantaba y se alejaba hacia la casa y se sentó en su silla, delante de Pheobe.
—Me alegra mucho verla esta mañana —dijo, aclarándose la garganta. Nunca había sido un hombre muy hablador y, obviamente, ese día no era una excepción, a pesar de las extraordinarias circunstancias que los habían llevado a esa situación.
—A mí también —dijo ella.
Gerald cambió de postura. La silla era demasiado pequeña para él, como casi todas.
—Debo disculparme por mi comportamiento de anoche —dijo, con rigidez.
Ella lo miró, perdiéndose unos segundos en aquellos ojos negros, antes de bajar la vista hacia el césped. Parecía sincero, seguramente lo era. No lo conocía muy bien; al menos, no lo suficiente como para casarse aunque eso ahora había quedado en un segundo plano, pero no parecía de los que piden perdón a la ligera. Sin embargo, todavía no estaba preparada para caer a sus pies agradecida, de modo que, cuando le contestó, lo hizo en un tono moderado.
—Tengo hermanos —dijo—. Ya estoy acostumbrada.
—Puede que usted lo esté, pero yo no. Y le aseguro que no tengo por costumbre beber en exceso.
Pheobe asintió, aceptando sus disculpas.
—He estado pensando —dijo él.
—Yo también.
Gerald se aclaró la garganta y se tocó el nudo de la corbata como si, de repente, le apretara.
—Tendremos que casarnos, claro.
No le dijo nada que ella no supiera, pero había algo terrible en su voz. Quizá fue la ausencia de emoción, como si fuera un problema más que tuviera que resolver. O quizá fue la manera tan resuelta de decirlo, como si ella no tuviera otra opción, y aunque, en realidad, era así, no le gustaba que se lo recordaran.
Fuera lo que fuera, la hizo sentirse extraña, e incómoda, como si necesitara saltar y salir de su cuerpo.
Se había pasado su vida de adulta tomando sus propias decisiones y se consideraba la mujer más afortunada del mundo porque su familia se lo había permitido. Quizá por eso ahora le parecía insoportable que la obligaran a ir por un camino antes de estar preparada para ello.
O quizás era insoportable porque había sido ella la que lo había empezado todo. Estaba furiosa consigo misma y, por eso, estaba de lo más insolente con todo el mundo.
—Haré lo que esté en mi mano para hacerla feliz —dijo él, un poco brusco—. Y los niños necesitan una madre.
Pheobe sonrió. Le habría gustado que se casaran por algo más que los niños.
—Estoy seguro de que será una gran ayuda —dijo él.
—Una gran ayuda —repitió ella, odiando el sonido de esas palabras.
—¿No está de acuerdo?
Pheobe asintió, básicamente porque tenía miedo de que, si abría la boca, empezaría a gritar.
—Perfecto —dijo él—. Entonces está todo arreglado.
«Está todo arreglado.» Aquella sería, para el resto de su vida, su gran proposición de matrimonio. Y lo peor de todo era que no tenía derecho a quejarse. Era ella la que se había escapado de casa sin darle a Gerald tiempo suficiente para encontrar una acompañante. Era ella la que había decidido ir en busca de su destino. Era ella la que había actuado sin pensar y ahora lo único que tenía eran esas palabras.
«Está todo arreglado.»
Tragó saliva.
—Perfecto.
Gerald la miró, extrañado.
—¿No está contenta?
—Claro —dijo, muy seca.
—Pues no lo parece.
—Estoy contenta —repitió ella.
Gerald dijo algo entre dientes.
—¿Qué ha dicho? —preguntó ella.
—Nada.
—Ha dicho algo.
La miró con impaciencia.
—Si hubiera querido que lo escuchara, lo habría dicho en voz alta.
Pheobe contuvo el aliento.
—En tal caso, no debería haber dicho nada.
—Hay algunas cosas —dijo Gerald—, que es imposible guardarse dentro.
—¿Qué ha dicho? —insistió ella.
Gerald se pasó la mano por el pelo.
—Pheobe…
—¿Me ha insultado?
—¿De verdad quiere saberlo?
—Puesto que parece que vamos a casarnos —dijo ella—, sí.
—No recuerdo las palabras exactas —respondió—. Pero creo haber combinado las palabras «mujeres» y «poco sentido común» en la misma frase.
No debería haberlo dicho. Sabía que no debería haberlo dicho; era de mala educación en cualquier circunstancia y, en la actual, mucho más. Sin embargo, lo había pinchado una y otra vez hasta que lo había hecho explotar. Era como si le hubiera clavado una aguja debajo de la piel y luego, para divertirse, la hubiera empezado a mover.
Además, ¿por qué estaba de tan mal humor, esta mañana? Él sólo había puesto las cartas sobre la mesa. Tendrían que casarse y, sinceramente, debería alegrarse de que, ya que se había metido en una situación tan comprometida, al menos fuera con un hombre que estuviera dispuesto a hacer lo correcto y aceptara casarse con ella.
No esperaba que le diera las gracias. Demonios, él tenía la culpa igual que ella; la había invitado a visitarlo. Pero ¿esperar una sonrisa y buen humor era pedir demasiado?
—Me alegro de que hayamos mantenido esta conversación —dijo, de repente, Pheobe—. Ha estado muy bien.
Gerald la miró, sospechando algo malo enseguida.
—¿Cómo?
—Ha sido muy beneficiosa —dijo—. Una siempre debería conocer a su futuro marido antes de casarse y…
Gerald gruñó. Aquello no iba a terminar bien.
—Y —añadió Pheobe, muy seca, interrumpiéndole el gruñido—, ha quedado muy claro su sentimiento hacia las mujeres.
Gerald solía huir de los conflictos pero es que aquello ya era demasiado.
—Si no recuerdo mal —respondió—, nunca le he expresado mi sentimiento hacia las mujeres.
—Lo suponía —dijo ella—. Y la frase con las palabras «mujeres» y «poco sentido común» sólo me lo ha confirmado.
—¿De veras? —preguntó él arrastrando las palabras—. Bueno, pues ahora pienso otra cosa.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Qué quiere decir?
—Que he cambiado de opinión. Acabo de decidir que no tengo ningún problema con el género femenino. De hecho, a la única que encuentro insoportable es a usted.
Pheobe se echó hacia atrás, ofendida.
—¿Es que nadie la ha llamado insoportable antes? —le costaba creerlo.
—Nadie que no fuera de mi familia —respondió ella.
—Pues debe vivir en una sociedad muy educada. —Gerald volvió a cambiar de posición. ¿Es que nadie hacía sillas para hombres corpulentos?—. Eso o es que le tienen tanto miedo que se acomodan a sus caprichos.
Pheobe se sonrojó y Gerald no supo si era porque había dado en el clavo y le daba vergüenza o si estaba tan enfadada que no podía ni hablar.
Seguramente, por ambas cosas.
—Lo siento —dijo Pheobe, entre dientes.
Gerald la miró, sorprendido.
—¿Cómo dice? —No podía ser cierto.
—He dicho que lo siento —repitió ella, dejando claro que no iba a repetirlo una tercera vez, así que sería mejor que prestara atención.
—Oh —dijo él, que estaba demasiado sorprendido como para decir cualquier otra cosa—. Gracias.
—De nada. —El tono no era muy amable, pero parecía estar haciendo un esfuerzo por controlarse.
Por un segundo, Gerald no dijo nada. Pero luego no pudo evitar preguntar:
—¿Por qué?
Ella lo miró, irritada por el hecho de que no hubiera dado por terminada la conversación.
—¿Tenía que preguntarlo?
—Bueno, sí.
—Lo siento —gruñó Pheobe—, porque estoy de mal humor y he sido muy maleducada con usted. Y si me pregunta cuán maleducada he sido, le juro que me levantaré, me marcharé y no me volverá a ver en la vida porque, se lo advierto, esta disculpa ya es muy difícil por sí misma para que encima tenga que darle más explicaciones.
Gerald decidió que aquello bastaría.
—Gracias —dijo, con suavidad.
No dijo nada en un minuto que fue, seguramente, el minuto más largo de su vida, pero entonces decidió atreverse y decirlo.
—Si le sirve de algo —le dijo—, ya había decidido que nos adaptaríamos bien antes de que llegaran sus hermanos. Ya había decidido pedirle que se casara conmigo. Como Dios manda, con un anillo y lo que sea que se supone que tenga que hacer. No sé. Ha pasado mucho tiempo desde que le propuse matrimonio a mi difunta mujer y, en cualquier caso, aquello no se produjo en las mejores circunstancias.
Pheobe lo miró, sorprendida… y quizá también un poco agradecida.
—Siento mucho que la llegada de sus hermanos haya acelerado algo para lo que todavía no estaba preparada —dijo—, pero no lamento que haya sucedido.
—¿No? —susurró ella—. ¿De verdad?
—Le daré todo lo que pueda necesitar —dijo—, dentro de los límites de lo razonable, claro. Pero no puedo… —Levantó la cabeza y vio que Anthony y Arnold venían hacia ellos, seguidos de un camarero con una bandeja llena de comida—. No puedo hablar por sus hermanos. Me imagino que estarán dispuestos a esperar el tiempo que usted necesite. Sin embargo, y para serle sincero, si fuera mi hermana ya la habría arrastrado a la iglesia ayer por la noche.
Pheobe miró a sus hermanos; todavía tardarían medio minuto en llegar. Abrió la boca y luego la cerró porque, obviamente, se lo había pensado dos veces antes de hablar. No obstante, después de varios segundos, durante los cuales Gerald casi pudo ver cómo giraba la maquinaria dentro de su cabeza, Pheobe le preguntó:
—¿Por qué decidió que nos adaptaríamos bien?
—¿Perdón? —Sólo era una maniobra dilatoria, claro. No se esperaba una pregunta tan directa.
Aunque sólo Dios sabía por qué no. Al fin y al cabo, era Pheobe.
—¿Por qué decidió que nos adaptaríamos bien? —repitió ella, muy decidida.
Aunque, claro, así es cómo Pheobe hacía las preguntas, con decisión. Cuando podía ir directa al grano y llegar al fondo de una cuestión, nunca se andaba con rodeos.
—Eh… Yo… —Gerald tosió para aclararse la garganta.
—No lo sabe —dijo Pheobe, decepcionada.
—Claro que lo sé —protestó él. A ningún hombre le gustaba que le dijeran que no sabía por qué hacía las cosas.
—No lo sabe. Si lo supiera, no estaría ahí sentado sin decir nada.
—¡Por el amor de Dios, mujer! ¿Es que no tiene ni un poco de compasión? Un hombre necesita un tiempo para formular una respuesta.
—Ah —dijo la siempre genial voz de Arnold Shortman—. Aquí está la pareja feliz.
Gerald jamás había estado tan contento de ver a otro ser humano en toda su vida.
—Buenos días —les dijo a los dos Shortman, increíblemente feliz de escapar del interrogatorio de Pheobe.
—¿Tiene hambre? —le preguntó Arnold, sentándose a su lado—. Me he tomado la libertad de pedir que nos sirvieran el desayuno al aire libre.
Gerald miró al lacayo y se preguntó si debería ofrecerle su ayuda. Daba la sensación de que el pobre hombre caería redondo en cualquier momento por el peso de la bandeja.
—¿Cómo estás esta mañana? —le preguntó Anthony a su hermana mientras se sentaba en el banco, a su lado.
—Bien —respondió ella.
—¿Tienes hambre?
—No.
—¿Estás contenta?
—No por ti.
Anthony miró a Gerald.
—Normalmente es más habladora.
Gerald se preguntó si Pheobe sería capaz de pegarle a su hermano. Era lo que se merecía.
El lacayo dejó caer la bandeja en la mesa haciendo más ruido de lo normal y, aunque se disculpó, Anthony le dijo que no pasaba nada, que ni el mismísimo Hércules sería capaz de transportar toda la comida que Arnold podía engullir.
Los hermanos Shortman se sirvieron ellos mismos y luego Anthony se giró hacia
Pheobe y Gerald y dijo:
—Los dos parecéis muy en sintonía.
Pheobe lo miró sin esconder la hostilidad que sentía hacia él.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo te has dado cuenta?
—Lo he visto enseguida —dijo, encogiéndose de hombros. Miró a Gerald—. Ha sido por la pelea. Las mejores parejas siempre discuten.
—Me alegra saberlo —murmuró Gerald.
—Mi mujer y yo solemos tener conversaciones similares aunque siempre acaba dándome la razón —dijo Anthony, tranquilamente.
Pheobe lo atravesó con la mirada.
—Por supuesto, la versión de mi mujer es totalmente distinta —añadió, encogiendo los hombros otra vez—. Le dejo creer que soy yo el que le da la razón a ella. —Miró a Gerald y sonrió—. Así es más fácil.
Gerald miró a Pheobe. Por lo visto, estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse.
—¿Cuándo ha llegado? —le preguntó Anthony.
—Hace unos minutos —respondió Gerald.
—Sí —dijo Pheobe—. Y me ha propuesto matrimonio. Supongo que te alegrará saberlo.
Gerald, sorprendido por el repentino anuncio, empezó a toser.
—¿Disculpe?
Pheobe se giró hacia Anthony y dijo:
—Ha dicho: «Tendremos que casarnos».
—Bueno, y tiene razón —respondió Anthony, mirándola fijamente—. Tenéis que casaros. Y debo felicitarlo por coger el toro por los cuernos. Creía que tú, más que nadie, eras partidaria de ser directo y de decir las cosas a la cara.
—¿Alguien quiere un bollo? —preguntó Arnold—. ¿No? Mejor, más para mí.
Anthony miró a Gerald y dijo:
—Está un poco alterada porque odia que le den órdenes. En unos días, estará bien.
—Estoy bien —gruñó Pheobe.
—Sí, claro —murmuró Anthony—. Tienes toda la pinta de estar bien.
—¿No tienes que estar en otra parte? —le preguntó Pheobe entre dientes.
—Una pregunta muy interesante —respondió su hermano—. Cualquiera diría que debería estar en Londres, con mi mujer y mis hijos. De hecho, si tuviera que estar en otra parte, supongo que sería con ellos en casa. Sin embargo, por extraño que suene, estoy aquí. En Wiltshire. Donde, cuando hace tres días me desperté en mi espléndida cama de Londres, jamás pensé que estaría. —Forzó una sonrisa—. ¿Alguna otra pregunta?
Pheobe no dijo nada.
Anthony le dio un sobre.
—Ha llegado esto para ti.
Pheobe miró el sobre y Gerald vio que había reconocido la letra enseguida.
—Es de mamá —le dijo Anthony, aunque estaba claro que ella ya lo sabía.
—¿Quiere leerla? —le preguntó Gerald.
Pheobe negó con la cabeza.
—Ahora no.
Y él supo que quería decir: «Delante de mis hermanos, no».
Y entonces, de repente, Gerald supo exactamente qué tenía que hacer.
—Lord Shortman —le dijo a Anthony, poniéndose en pie—. ¿Me permite hablar a solas con su hermana un momento?
—Acaba de hablar a solas con ella —dijo Arnold, entre dos bocados de bacon.
Gerald lo ignoró.
—¿Milord?
—Por supuesto —dijo Anthony—. Si ella está de acuerdo.
Gerald cogió a Pheobe de la mano y la puso en pie.
—Está de acuerdo —dijo él.
—Mmm —intervino Arnold—. Sí, parece que está muy de acuerdo.
En ese instante, Gerald decidió que todos los Shortman necesitaban bozales.
—Venga conmigo —le dijo a Pheobe, antes de que ella empezara a discutir.
Y lo haría, seguro, porque era Pheobe y, si veía la posibilidad de una discusión, era incapaz de sonreír y hacer caso.
—¿Adónde vamos? —dijo ella, cuando estaban lejos de su familia y él la estaba arrastrando por el jardín, sin darse cuenta de que prácticamente tenía que correr para seguirle el paso.
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
Gerald se detuvo en seco y Pheobe chocó contra él. Fue bastante agradable, la verdad.
Pudo notar toda su silueta, desde los pechos hasta los muslos, aunque ella recuperó la compostura enseguida y se separó antes de que él pudiera saborear el momento
.
—Es la primera vez que estoy en esta casa —dijo, explicándoselo como si fuera una niña pequeña—. Tendría que ser adivino para saber adónde voy.
—Ah —dijo ella—. Entonces, siga adelante.
Se dirigió hacia la casa y entró por una puerta lateral.
—¿Adónde lleva esta puerta? —le preguntó.
—Adentro —respondió ella.
Gerald la miró con sarcasmo.
—Es el despacho de Sophie, y da al pasillo —explicó Pheobe.
—¿Y Sophie está en su despacho?
—Lo dudo. ¿No había ido a buscarle un vaso de limonada?
—Bien. —Abrió la puerta, dando las gracias de que no estuviera cerrada, y se asomó.
No había nadie, pero la puerta que daba al pasillo estaba abierta, así que cruzó la habitación y la cerró. Cuando se giró, vio que Pheobe seguía en la otra puerta, observándolo con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Cierra la puerta —le ordenó.
Pheobe arqueó las cejas.
—¿Perdón?
—Que cierres la puerta. —No solía usar ese tono de voz pero, después de un año de incertidumbres, de sentirse perdido en las corrientes de su vida, por fin lo tenía todo bajo control.
Y sabía perfectamente lo que quería.
—Pheobe, cierra la puerta —le dijo, en voz baja, caminando despacio hacia ella.
Pheobe abrió los ojos como platos.
—¿Gerald? —dijo, en un suspiro—. Yo…
—No digas nada —dijo él—. Sólo cierra la puerta.
Sin embargo, estaba allí inmóvil, mirándolo como si no lo conociera. Que, en realidad, era verdad. Demonios, ni siquiera él estaba seguro de conocerse, en ese mismo momento.
—Gerald, ¿qué…?
Él llegó hasta la puerta y la cerró, con llave.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
—Estabas preocupada por si no nos adaptábamos bien —le dijo él.
Ella abrió la boca.
Gerald se le acercó.
—Creo que ha llegado la hora que te demuestre que no tienes por qué preocuparte.
