La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.


Dispara a la diana.

«… ¿y cómo sabías que Lorenzo y tú estabais hechos el uno para el otro? Porque te juro que no he conocido a ningún hombre que me haya hecho pensar eso, y ya son tres largas temporadas como casadera.»

Pheobe Shortman a su hermana la duquesa de Hastings, después de rechazar la tercera propuesta de matrimonio.

Pheobe apenas tuvo tiempo de respirar antes que la boca de Gerald invadiera la suya. Y tuvo suerte de haberlo hecho porque no parecía que tuviera ninguna intención de soltarla hasta, no sé, el próximo milenio.

Sin embargo, entonces, y de manera bastante brusca, se separó de ella y le tomó la cara entre sus enormes manos. Y la miró.

Sencillamente, la miró.

—¿Qué? —preguntó ella, a quien incomodaba bastante aquel escrutinio. Sabía que la consideraban atractiva, pero no era una de aquellas bellezas increíbles, y él la estaba mirando como si quisiera memorizar cada facción.

—Quería mirarte —le susurró él. Le acarició la mejilla y luego le pasó el pulgar por la línea de la mandíbula—. Siempre te estás moviendo y nunca consigo mirarte.

Pheobe notó cómo le temblaban las piernas y se le abría la boca, pero no podía hacer nada para moverse; al parecer, sólo podía mirar a Gerald a los ojos.

—Eres tan preciosa —le dijo—. ¿Sabes qué pensé el primer día que te vi?

Pheobe agitó la cabeza, deseando escuchar la respuesta.

—Pensé que podría ahogarme en tus ojos. Pensé —dijo, acercándose más y respirando casi encima de ella—, que podría ahogarme en ti.

Pheobe notó cómo se desplazaba hacia él.

Gerald le tocó los labios y le hizo cosquillas con el dedo. Aquel movimiento lanzó latigazos de placer por todo su cuerpo hasta el centro más sensitivo, hasta lugares prohibidos incluso para ella.

Y entonces comprendió que, hasta ese momento, nunca había entendido el poder del deseo. No tenía ni idea.

—Bésame —susurró.

Gerald sonrió.

—Siempre me estás dando órdenes.

—Bésame.

—¿Estás segura? —le dijo, sonriendo—. Porque si lo hago, puede que no sea capaz de…

Pheobe le cogió la cabeza y lo atrajo hacia ella.

Gerald se rió contra sus labios y la rodeó con los brazos con fuerza. Pheobe abrió la boca, dándole la bienvenida, gimiendo de placer cuando Gerald le introdujo la lengua en la boca y exploró su calidez. Jugueteó y lamió, encendiendo lentamente un fuego en su interior, mientras la apretaba cada vez más contra su cuerpo hasta que su calor atravesó las capas de tela del vestido y la envolvió en un huracán de deseo.

Bajó las manos hasta las nalgas, se las apretó y masajeó y la subió hasta que…

Ella jadeó.

Tenía veintiocho años, los suficientes para haber escuchado comentarios indiscretos. Sabía lo que significaba aquel miembro duro. Aunque nunca se hubiera imaginado que estuviera tan caliente, tan potente.

Se echó hacia atrás, casi instintivamente, pero él no la soltó, la atrajo más hacia él y la frotó contra él.

—Quiero estar dentro de ti —le gimió a la oreja.

A Pheobe se le doblaron las piernas.

Pero no importó, claro; Gerald la agarró con más fuerza, la tendió en el sofá y se colocó encima de ella, presionándola contra los cojines de color crema. Pesaba mucho, pero era un peso delicioso, y Pheobe echó la cabeza hacia atrás cuando los labios de Gerald abandonaron su boca y viajaron por la garganta hacia abajo.

—Gerald —gimió, como si su nombre fuera lo único que pudiera pronunciar.

—Sí —dijo él, muy excitado—. Sí.

Parecía que las palabras le salían deformadas, y Pheobe no tenía ni idea de qué estaba hablando, pero fuera lo que fuera a lo que estaba diciendo que sí, ella también lo quería. Lo quería todo. Todo lo que él quisiera, todo lo que fuera posible.

Y lo que fuera imposible, también. Ya no entendía de razones, sólo de sensaciones. Sólo obedecía al deseo y a la necesidad y a aquella increíble sensación de ahora.

No se trataba de ayer ni de mañana. Se trataba del ahora y lo quería todo.

Sintió su mano en el tobillo, seca y callosa, y notó que subía hasta el límite de las medias. No se detuvo, no hizo nada para pedirle permiso de manera implícita, aunque ella se lo dio de todos modos: separó las piernas hasta que él se colocó más cómodo entre sus muslos, dándole más espacio para acariciarla y para juguetear en su piel.

Gerald avanzó más y más, deteniéndose de vez en cuando para apretar aquí y allá, y Pheobe creía que aquella espera la iba a matar. Estaba en llamas por él, se sentía mojada y extraña y tan fuera de sí que, en cualquier momento, iba a disolverse en una piscina de vacío.

O se evaporaría completamente. O sólo explotaría.

Y entonces, justo cuando estaba convencida de que nada podía ser más extraño, nada podía tensarla más de lo que ya estaba, la tocó.

La tocó.

La tocó donde nadie la había tocado en su vida, donde ni siquiera ella se había atrevido a tocarse. La tocó de manera tan íntima y tan tierna que Pheobe tuvo que morderse el labio para evitar gritar su nombre.

Y, mientras su dedo se introducía lentamente en ella, Pheobe supo que, a partir de entonces, ya no se pertenecía a sí misma.

Ahora era de Gerald.

Dentro de un tiempo volvería a ser ella, volvería a tenerlo todo bajo control, en plenos poderes y facultades, pero ahora era suya. En ese momento, en ese segundo, vivía por él, por todo lo que podía hacerle sentir, por cada suspiro de deseo, cada gemido de placer.

—Oh, Gerald —jadeó, casi en un ruego, una promesa, una pregunta. Era todo lo que tenía que decir para asegurarse de que no se detuviera. No tenía ni idea de a dónde la llevaría aquello, ni siquiera si sería la misma persona después, pero estaba segura que tenía que llegar a algún sitio. Era imposible que se quedara en ese estado para siempre. Estaba tan tensa que iba a romperse.

Casi había llegado. Tenía que llegar.

Necesitaba algo. Necesitaba alivio y sabía que sólo podía dárselo Gerald.

Se arqueó contra él con una fuerza que jamás hubiera imaginado que poseyera; de hecho, los levantó a los del sofá con su necesidad. Le agarró los hombros, apretando con todas sus fuerzas, y luego le rodeó la cintura en un intento de atraerlo más hacia ella.

—Pheobe —gimió él, subiendo la otra mano por la pierna y levantándole la falda hasta que la agarró por la espalda—. ¿Tienes idea de qué…?

Y entonces, Pheobe no tenía ni idea de qué le había hecho, aunque seguro que Gerald tampoco lo sabía, pero se le tensó el cuerpo entero. No podía hablar, no podía moverse mientras, con la boca abierta en un apagado grito de sorpresa, placer y mil cosas más, intentaba respirar. Y luego, cuando creía que no iba a poder sobrevivir ni un segundo más, empezó a sacudirse y se dejó caer debajo de él, respirando de manera entrecortada, tan agotada que no hubiera podido mover ni el dedo meñique de la mano.

—Oh, Dios mío —dijo, al final, porque la blasfemia era lo único que le venía a la cabeza—. Oh, Dios mío.

Gerald la agarró con más fuerza por la cintura.

—Oh, Dios mío.

Gerald la soltó y subió las manos para acariciarle el pelo. Lo hizo con delicadeza a pesar de que su cuerpo estaba tenso y rígido.

Pheobe se quedó ahí, preguntándose si alguna vez podría volver a moverse, respirando contra su pecho mientras notaba cómo el respiraba contra su sien. Al final, Gerald se levantó, diciendo algo como que pesaba mucho, y Pheobe sólo notó aire y, cuando ladeó la cabeza, vio que Gerald se arrodillaba a su lado y le bajaba la falda.

Fue un gesto de lo más tierno y caballeroso, teniendo en cuenta lo que acababa de pasar.

Lo miró a la cara, sabiendo que ella debería estar dibujando una sonrisa muy tonta.

—Oh, Gerald —suspiró.

—¿Hay algún servicio, por aquí cerca? —preguntó él, a bocajarro.

Pheobe parpadeó, dándose cuenta por primera vez de que Gerald parecía un poco tenso.

—¿Un servicio? —repitió ella.

Él asintió.

Pheobe señaló la puerta que daba al pasillo.

—Saliendo a la derecha —dijo.

Era difícil imaginar que tuviera que aliviarse solo después de un encuentro tan intenso, pero ¿quién era ella para intentar entender cómo funcionaba el cuerpo masculino?

Gerald se acercó a la puerta, puso la mano en el pomo y se giró.

—¿Ahora me crees? —le preguntó, arqueando una ceja de la manera más arrogante posible.

Pheobe abrió la boca, confundida.

—¿Sobre qué?

Gerald sonrió. Despacio. Y sólo dijo:

—Nos adaptaremos muy bien.

Gerald no sabía el tiempo que Pheobe necesitaría para recuperar la compostura y arreglarse el pelo y la ropa. Cuando la había dejado en el sofá de Sophie Shortman, su aspecto reflejaba la pasión que había experimentado. Jamás había entendido las complejidades del aseo femenino, y estaba seguro que nunca lo haría, pero sabía que, al menos, tendría que arreglarse el pelo.

Él, en cambio, no necesitó ni un minuto en el baño para aliviarse; la verdad es que el encuentro con Pheobe lo había excitado mucho.

¡Santo Dios, era magnífica!

Hacía tanto desde la última vez que había estado con una mujer que sabía que, cuando encontrara una con la que quisiera acostarse, su cuerpo reaccionaría con fuerza. Durante más años de los que le hubieran gustado, había tenido que satisfacer sus apetitos sexuales a solas en su habitación, por lo que un cuerpo femenino era como una bendición.

Y Dios sabía que se lo había imaginado muchas veces.

Sin embargo, esto había sido distinto, totalmente diferente a lo que se había imaginado.

Lo había vuelto loco. Pheobe lo había vuelto loco. Con los sonidos que emitía, la esencia de su piel, cómo sus cuerpos parecían adaptarse a la perfección. A pesar de que había tenido que terminar solo, había sentido una intensidad mayor a lo que había imaginado.

Hasta ahora, creía que cualquier cuerpo femenino serviría, pero hoy se había dado cuenta que había una razón por la que siempre había rechazado los servicios de las prostitutas y las mozas que se le ofrecían. Había una razón por la que nunca había buscado a una viuda discreta.

Necesitaba más.

Necesitaba a Pheobe.

Quería hundirse en ella y no volver a subir a la superficie.

Quería hacerla suya, poseerla y, luego, tumbarse y dejar que lo torturara hasta hacerlo gritar.

Había tenido fantasías antes. Claro, como todos los hombres. Pero ahora su fantasía tenía cara y mucho se temía que, si no aprendía a controlar sus pensamientos, iría todo el día por ahí con una erección constante.

Tenían que casarse. Y rápido.

Gruñó y se lavó las manos. Pheobe no tenía ni idea de que lo había dejado en aquel estado. Ni idea. Lo había mirado, sonriente, demasiado arrebatada por su propia pasión para darse cuenta de que él estaba a punto de estallar.

Abrió la puerta y caminó deprisa de vuelta al jardín. Pronto, tendría tiempo de sobra para estallar y, cuando lo hiciera, Pheobe estaría con él.

Aquella idea le dibujó una sonrisa y estuvo a punto de enviarlo otra vez al servicio.

—Ah, aquí está —dijo Benedict Shortman mientras Gerald se acercaba al grupo.

Gerald vio que Benedict tenía una pistola en la mano y se detuvo en seco porque no sabía si tenía que preocuparse por algo. Era imposible que supiera lo que acababa de suceder en el despacho de su mujer, ¿verdad?

Tragó saliva y pensó muy deprisa. No, era imposible. Además, estaba sonriendo.

Aunque claro, seguro que disfrutaría mucho acabando con el responsable de arruinar la reputación de su hermana.

—Eh… Buenos días —dijo Gerald, mirando a los demás para intentar evaluar la situación.

Benedict le devolvió el comentario con un gesto de cabeza y dijo:

—¿Dispara?

—Por supuesto —respondió Gerald.

—Perfecto —dijo, moviendo la cabeza hacia una diana—. Únase a nosotros.

Gerald vio la diana y se quedó más tranquilo al saber que no tendría que hacer ese papel.

—No he traído mi revólver —dijo.

—Claro que no —respondió Benedict—. ¿Para qué iba a traerlo? Aquí somos todos amigos —arqueó las cejas—. ¿Verdad?

—Espero que sí.

Benedict sonrió, aunque no era una de esas sonrisas que transmiten seguridad por el bienestar propio.

—No se preocupe por el revólver —dijo—. Le dejaremos uno.

Gerald asintió. Si así era como iba a tener que demostrar su hombría a los hermanos de Pheobe, así sería. Podía disparar igual de bien que el mejor de ellos. La puntería había sido una de esas cosas en las que su padre más había insistido. Se había pasado horas y horas en los alrededores de Romney Hall, con el brazo estirado hasta que le dolían todos los músculos, conteniendo la respiración mientras apuntaba a lo que su padre hubiera decidido como objetivo. Cada vez que apretaba el gatillo, rezaba para que la bala tocara el centro.

Si tocaba el objetivo, su padre no le pegaría. Era así de sencillo… y de desesperante.

Se acercó a una mesa donde había varios revólveres y saludó a Anthony, Arnold y

Gregory. Sophie estaba sentada a unos veinte metros, leyendo un libro.

—Empecemos —dijo Anthony—, antes de que vuelva Pheobe. —Miró a Gerald—. Por cierto, ¿dónde está?

—Se ha quedado leyendo la carta de su madre —mintió Gerald.

—Ya, bueno, no tardará demasiado —dijo Anthony, frunciendo el ceño—. Será mejor que nos demos prisa.

—A lo mejor quiere responderle —dijo Arnold, al tiempo que cogía un revólver y lo miraba—. Eso nos daría unos minutos más. Ya conocéis a Pheobe. Siempre está escribiendo cartas.

—Es verdad —respondió Anthony—. Estamos aquí por culpa de eso, ¿recuerdas?

Gerald lo miró con una inescrutable sonrisa. Aquella mañana estaba demasiado contento como para responder a cualquier provocación de Anthony Shortman.

Gregory cogió su revólver.

—Incluso si responde, volverá muy pronto. Es increíblemente rápida.

—¿Escribiendo? —preguntó Gerald.

—En todo —respondió Gregory, sonriente—. Venga, empecemos.

—¿Por qué tienen tantas ganas de empezar sin Pheobe? —preguntó Gerald.

—Eh… por nada —dijo Benedict, en el mismo momento que Anthony respondía—.

¿Quién ha dicho eso?

Lo habían dicho todos, pero Gerald no se molestó en recordárselo.

—La edad antes que la belleza, vejestorio —dijo Arnold, dándole unos golpecitos a

Anthony en la espalda.

—Muy amable —dijo Anthony, acercándose a una línea blanca que alguien había dibujado en el suelo con tiza en polvo. Alargó el brazo, apuntó y disparó.

—Bien hecho —dijo Gerald, cuando el lacayo acercó la diana. La bala no había dado en el centro pero se había quedado a menos de tres centímetros.

—Gracias —bajó la pistola—. ¿Cuántos años tiene?

Gerald parpadeó, porque aquella pregunta lo había sorprendido un poco.

—Treinta.

Anthony hizo un gesto con la cabeza hacia Arnold.

—Entonces, va después de Arnold. Siempre lo hacemos por edades. Es la única manera de seguir un orden.

—Claro —dijo Gerald, mientras Benedict y Arnold disparaban. Ambos lo hicieron bien, aunque ninguno dio en el centro, pero se quedaron lo suficientemente cerca como para demostrar que podrían matar a un hombre, si quisieran.

Aunque, afortunadamente, esa mañana no parecía su propósito.

Gerald escogió un revólver, lo sopesó en la mano y se acercó a la línea blanca. Hacía poco que había conseguido dejar de pensar en su padre cada vez que apuntaba con un revólver. Le había costado años pero, al final, se había dado cuenta que le gustaba disparar, que no tenía por qué hacerlo como obligación sino como diversión. Y entonces, la voz de su padre que a menudo oía en su cabeza, siempre gritando, había desaparecido.

Levantó el arma, tensó los músculos y disparó.

Entrecerró los ojos para ver mejor la diana. Parecía que se había quedado muy cerca del centro. El lacayo la acercó. A un centímetro y medio. El mejor disparo de todos, hasta ahora.

El lacayo se alejó con la diana y fue el turno de Gregory que se quedó a la misma distancia que Gerald.

—Hacemos cinco rondas —le dijo Anthony a Gerald—. Cuenta el mejor disparo de cada uno y, si hay un empate, cada uno tiene un disparo más.

—Ya —dijo Gerald—. ¿Por algún motivo en especial?

—No —respondió Anthony, cogiendo su revólver—. Siempre lo hemos hecho así.

Arnold miró a Gerald muy serio.

—Nos tomamos los juegos muy a pecho.

—Ya lo veo.

—¿Practica esgrima?

—No mucho —dijo Gerald.

Arnold sonrió.

—Excelente.

—Silencio —gruñó Anthony, mirándolos fijamente—. Estoy intentando apuntar.

—En un momento de crisis, esa necesidad de silencio no te servirá para nada —apuntó Arnold.

—Cállate —dijo Anthony.

—Si nos atacaran —continuó Arnold, gesticulando con una mano mientras hablaba—, habría mucho ruido y, sinceramente, me preocupa que no puedas…

—¡Arnold! —exclamó Anthony.

—Ignórame —le dijo Arnold.

—Voy a matarlo —anunció Anthony—. ¿Os molesta si le mato?

Nadie se movió, aunque Sophie levantó la cabeza y dijo algo sobre la sangre y que no quería tener que limpiarlo todo después.

—Es un fertilizante excelente —dijo Gerald, puesto que aquel era un tema que él dominaba.

—Ah. —Sophie asintió y volvió a su libro—. Entonces, mátalo.

—¿Qué tal el libro, querida? —le preguntó Benedict.

—Es muy bueno.

—¿Queréis hacer el favor de callaros todos? —gritó Anthony. Luego, ligeramente sonrojado, se giró hacia su cuñada y dijo—: Sophie, tú no, por supuesto.

—Me alegra ser la excepción —dijo ella, sonriendo.

—No intentes amenazar a mi mujer —le dijo Benedict, suavemente, a su hermano.

Anthony se giró hacia su hermano y lo atravesó con la mirada.

—Debería mataros y descuartizaros a todos —dijo.

—Menos a Sophie —le recordó Arnold.

Anthony lo miró con cara de pocos amigos.

—¿Te das cuenta de que el revólver está cargado?

—Por suerte para mí, el fratricidio no está permitido.

Anthony cerró la boca y se giró hacia la diana.

—Segunda vuelta —dijo, apuntando.

—¡Esperaaaaad!

Los cuatro hermanos bajaron la cabeza, se giraron y soltaron un gruñido cuando vieron a Pheobe bajar la colina.

—¿Estáis disparando? —preguntó, cuando llegó junto a ellos.

Nadie dijo nada. Aunque no era necesario. Era más que obvio.

—¿Sin mí?

—No estamos disparando —dijo Gregory—. Sólo estamos por aquí, con unos revólveres.

—Cerca de una diana —añadió Arnold.

—Claro que estamos disparando —dijo Anthony. Hizo un gesto hacia la derecha—Sophie está sola. Deberías ir a hacerle compañía.

Pheobe puso los brazos en jarras.

—Sophie está leyendo un libro.

—Y es muy bueno —dijo Sophie, levantando los ojos del libro sólo un instante.

—Tú también deberías leer un libro, Pheobe —sugirió Benedict—. Alimentan el alma.

—No necesito alimentar nada —respondió—. Dame un revólver.

—No te voy a dar ningún revólver —dijo Benedict—. Ya no tengo más.

—Pues podemos compartir uno —gruñó Pheobe—. ¿Has probado alguna vez a compartir algo? Alimenta el alma.

Benedict hizo una mueca que no era demasiado apropiada para un hombre de su edad.

—Creo —comentó Arnold—, que lo que Benedict intenta decir es que su alma está alimentada para el resto de su vida.

—Sí, seguro —dijo Sophie, sin levantar la vista del libro.

—Tome —dijo Gerald, de forma magnánima, ofreciéndole su revólver a Pheobe—. Use el mío.

Los cuatro Shortman gruñeron, pero Gerald decidió que le gustaba hacerlos rabiar.

—Gracias —dijo Pheobe, sonriendo—. Como he oído que Anthony gritaba «Segunda vuelta», debo suponer que todo el mundo ha disparado una vez, ¿no es así?

—Sí —respondió Gerald. Miró a los hermanos de Pheobe y vio que todos parecían deprimidos—. ¿Qué ocurre?

Anthony se limitó a menear la cabeza.

Gerald miró a Benedict.

—Es sobrenatural —susurró éste.

Gerald miró a Pheobe con un interés renovado. A él no le parecía sobrenatural para nada.

—Yo me rindo —dijo Gregory—. Todavía no he desayunado.

—Tendrás que pedir que te lo preparen —dijo Arnold—. Me lo he comido todo.

Gregory suspiró.

—Es una suerte que, aún siendo el pequeño, no me haya muerto de hambre.

Arnold se encogió de hombros.

—Si quieres comer, tienes que ser más rápido.

Anthony los miró, molesto.

—¿Acaso crecisteis en un orfanato? —les preguntó.

Gerald tuvo que morderse el labio para no reírse.

—¿Disparamos? —preguntó Pheobe.

—Tú, seguro —dijo Gregory, apoyándose en un árbol—. Yo me voy a desayunar.

Sin embargo, se quedó para ver cómo su hermana estiraba el brazo y, sin que pareciera que había apuntado, disparaba.

Cuando el lacayo acercó la diana, Gerald parpadeó, sorprendido.

En el centro.

—¿Dónde ha aprendido? —le preguntó, intentado no mirarla boquiabierto.

Ella se encogió de hombros.

—No sabría decirlo. Siempre lo he hecho.

—Sobrenatural —susurró Arnold—. Está claro.

—Pues a mí me parece espléndido —dijo Gerald.

Pheobe la miró con un brillo especial en los ojos.

—¿De veras?

—Claro. Si algún día tengo que defender mi casa, ya sé a quién pondré en primera fila.

Ella sonrió.

—¿Dónde está la siguiente diana?

Gregory levantó las manos, dándose por vencido.

—Me marcho. Voy a desayunar algo.

—Trae algo para mí —dijo Arnold.

—¿Cómo no? —dijo Gregory, entre dientes.

Pheobe miró a Anthony.

—¿Te toca a ti?

Él cogió el revólver de sus manos y lo dejó en la mesa para que lo volvieran a cargar.

—Como si importara.

—Todos tenemos que hacer cinco vueltas —dijo ella, oficiosamente—. El que se inventó las reglas fuiste tú.

—Lo sé —respondió él, apenado. Levantó el arma y disparó pero, cuando acercaron la diana, quedó claro que no había puesto mucho empeño porque se había quedado a un palmo del centro.

—¡Ni siquiera te has esforzado! —se quejó Pheobe.

Anthony se giró hacia Benedict.

—Odio disparar con ella.

—Te toca —le dijo Pheobe a Benedict.

Disparó, igual que Arnold, con un poco más de empeño que Anthony, aunque también se quedaron lejos del centro.

Gerald se acercó a la línea blanca y sólo se detuvo cuando Pheobe le dijo:

—Ni se atreva a hacer lo mismo.

—Ni en sueños —susurró él.

—Bien. No me gusta jugar con quien no tiene espíritu competitivo —dijo, girándose hacia sus hermanos.

—De eso se trata —dijo Benedict.

—Siempre hacen lo mismo —le dijo Pheobe a Gerald—. Disparan hasta que me doy por vencida y, entonces, empiezan a divertirse.

—Silencio —dijo Gerald—. Estoy apuntando.

—Oh. —Pheobe cerró la boca al instante, observando cómo Gerald se concentraba en la diana.

Disparó y, cuando acercaron la diana, dibujó una pequeña sonrisa de satisfacción.

—¡Perfecto! —exclamó Pheobe, aplaudiendo—. ¡Gerald, ha sido maravilloso!

Anthony dijo algo entre dientes que, posiblemente, no debería haber dicho en presencia de su hermana y luego, dirigiéndose a Gerald, dijo:

—Se va a casar con ella, ¿verdad? Porque, sinceramente, si nos la quita de encima y le deja disparar con usted para que no nos venga a molestar a nosotros, doblaré la dote.

A esas alturas, Gerald estaba seguro de querer casarse con Pheobe a cambio de nada, pero se limitó a sonreír y dijo:

—De acuerdo.