La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.


Saber que es verdad.

«… y, como debes imaginarte, a todos se les quedó un humor de perros.

¿Qué culpa tengo de estar por encima de ellos? Ninguna. Supongo que la misma que ellos de haber nacido hombres y, por tanto, no tener ni gota de sentido común ni buenos modales innatos.»

Pheobe Shortman a Helga Pataki después de vencer a seis hombres (entre ellos, tres de sus hermanos) en un campo de tiro.

Al día siguiente, Pheobe fue a comer a Romney Hall con Anthony, Benedict y Sophie.

Arnold y Gregory decidieron que, como sus otros dos hermanos parecían tener la situación bajo control, ellos volvían a Londres; Arnold con su recién estrenada mujer y Gregory a lo que fuera que los chicos jóvenes hacían para pasar el día a día.

Pheobe se quedó más tranquila viéndolos marcharse; los quería, pero, sinceramente, no había mujer en el mundo que pudiera soportarlos a los cuatro a la vez.

Cuando bajó del carruaje, rebosaba optimismo; el día anterior había salido mucho mejor de lo que jamás había imaginado. Incluso si Gerald no la hubiera llevado al despacho de Sophie para demostrarle que «se adaptarían muy bien» (recordaría siempre esas palabras), el día habría sido un éxito de todas formas. Gerald había sabido manejar con maestría la fuerza de los cuatro hombres Shortman, dejando a Pheobe complacida y muy orgullosa.

Era irónico que, hasta ese momento, no se le hubiera ocurrido que no podría casarse con un hombre que no pudiera enfrentarse a cada uno de sus hermanos y salir airoso.

Y Gerald se había enfrentado a los cuatro a la vez. Impresionante.

Sin embargo, seguía teniendo sus reservas respecto al matrimonio. ¿Cómo iba a no tenerlas? Había nacido un respeto mutuo y una especie de afecto entre Gerald y ella, sí, pero no estaban enamorados y Pheobe no tenía modo de saber si algún día lo estarían.

A pesar de todo, estaba convencida de que estaba haciendo lo correcto. Tampoco había podido elegir, claro; se casaba con Gerald o arruinaba su vida y se quedaba sola para siempre.

Y, con todo, sabía que sería un buen marido. Era honesto y honorable y, aunque parecía un poco reservado, al menos tenía sentido del humor, algo que para Pheobe era esencial en un futuro marido.

Y cuando la besaba…

Bueno, resultaba bastante obvio que sabía perfectamente cómo hacer que le temblaran las rodillas.

Y el resto del cuerpo, también.

Sin embargo, Pheobe era una mujer pragmática. Siempre lo había sido y sabía que la pasión no bastaba para sostener un matrimonio.

Aunque tampoco vendría mal, pensó, con una pícara sonrisa.

Gerald miró, por decimoquinta vez en quince minutos, el reloj que había en la repisa de la chimenea. Los Shortman tenían que llegar a las doce y media, y ya eran y treinta y cinco.

Y, aunque el retraso no era preocupante, teniendo en cuenta los caminos rurales por donde tenían que venir, mantener a Oliver y a Amanda tranquilos en el salón con él era muy difícil.

—Odio esta chaqueta —dijo Oliver, estirándose de las mangas.

—Te va pequeña —le dijo Amanda.

—Ya lo sé —respondió él, con desdén—. Si no me fuera pequeña, no me quejaría.

Gerald pensó que él también podría quejarse de algo, aunque no vio motivos para dar su opinión.

—Además —continuó Oliver—, a ti el vestido también te va pequeño. Te veo los tobillos.

—Se supone que tienes que vérmelos —dijo Amanda, frunciendo el ceño mientras se miraba las piernas.

—Sí, pero no tanto.

Volvió a mirar, esta vez con una expresión de alarma en la cara.

—Tienes ocho años —dijo Gerald, algo cansado—. El vestido es perfecto —o, al menos, eso esperaba porque no tenía ni idea de todas esas cosas.

«Pheobe», pensó, y ese nombre resonó en su cabeza como respuesta a todas sus plegarias. Pheobe sabría esas cosas. Sabría si el vestido de una niña era demasiado corto, o cuándo debería empezar a recogerse el pelo, incluso si un niño debía ir a Eton o a Harrow.

Pheobe lo sabría todo.

Gracias a Dios.

—Llegan tarde —dijo Oliver.

—No llegan tarde —respondió Gerald, automáticamente.

—Sí que llegan tarde —dijo Oliver—. Sé leer las agujas del reloj, ¿sabes?

No, no lo sabía, y aquello lo deprimió un poco más. Era como con lo de nadar. De hecho, daba igual.

«Pheobe», se recordó. Por muchos fallos que tuviera como padre, iba a compensarlos todos casándose con la madre perfecta para ellos. Por primera vez desde que nacieron, estaba haciendo lo mejor para ellos, y la sensación de alivio era casi dolorosa.

Pheobe.

Estaba impaciente porque llegara.

Diablos, estaba impaciente por casarse con ella. ¿Cómo se conseguía una licencia especial? Es algo que jamás pensó que tendría que saber, pero lo último que quería era esperar semanas a que se leyeran las amonestaciones.

¿No se suponía que las bodas se celebraban los sábados por la mañana? ¿Podrían arreglarlo todo para este sábado? Sólo faltaban dos días, pero si pudieran conseguir la licencia especial…

Gerald cogió a Oliver por el cuello de la chaqueta cuando el niño intentaba escaparse.

—No —dijo, muy serio—. Esperarás a la señorita Shortman aquí y lo harás en silencio, sin romper nada y con una sonrisa.

Cuando escuchó el nombre de Pheobe, Oliver hizo un intento por calmarse aunque la sonrisa, que ofreció obediente después de las palabras de su padre, fue un mero movimiento de labios que dejó a Gerald con la sensación de que acababa de salir de una reunión con la mismísima Medusa.

—Eso no ha sido una sonrisa —dijo Amanda.

—Claro que sí.

—No. Ni siquiera has movido la comisura de los labios…

Gerald suspiró e intentó bloquear cualquier sonido que llegara a sus oídos. Le preguntaría por la licencia especial a Anthony Shortman. A lo mejor, el vizconde sabía cómo se hacía.

Parecía que faltaba una eternidad para el sábado. Dejaría a los niños con Pheobe durante el día y…

Sonrió. Por la noche, sería toda para él.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Amanda.

—No estoy sonriendo —dijo Gerald que, ¡madre mía!, empezó a sonrojarse.

—Sí que sonríes —insistió la niña—. Y ahora tienes las mejillas coloradas.

—No digas tonterías —dijo Gerald.

—No digo tonterías —insistió—. Oliver, mira a padre. ¿A que tiene las mejillas coloradas?

—Una palabra más sobre mis mejillas —amenazó Gerald—, y voy a…

Demonios, había estado a punto de decir «azotaros con el látigo», pero los tres sabían que era incapaz de hacerlo.

—… a hacer algo —dijo, dejando la amenaza en nada.

Sin embargo, y por sorprendente que parezca, funcionó y se quedaron quietos y en silencio un momento. Entonces, Amanda empezó a balancear las piernas, que no le llegaban al suelo, y golpeó un escabel.

Gerald miró el reloj.

—¡Uy! —dijo Amanda, bajó del sofá y se acercó al escabel para ponerlo de pie—.

¡Oliver! —gritó.

Gerald apartó la vista del minutero del reloj que, inexplicablemente, todavía no había llegado al ocho. Amanda estaba en el suelo, mirando a su hermano.

—Me ha empujado —dijo Amanda.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—No es…

—Oliver —intervino Gerald—. Alguien la ha empujado y estoy bastante seguro de que no he sido yo.

Oliver se mordió el labio inferior porque no se había dado cuenta de que su culpabilidad sería más que obvia.

—A lo mejor se ha caído sola —dijo.

Gerald lo miró a los ojos con la esperanza de que la expresión seria que sabía que su cara reflejaba bastara para rechazar la sugerencia.

—Está bien —admitió Oliver—. La he empujado. Lo siento.

Gerald parpadeó, sorprendido. A lo mejor, eso de la paternidad empezaba a dársele bien.

No recordaba la última vez que había escuchado una disculpa voluntaria.

—Ahora puedes empujarme tú a mí —le dijo a Amanda.

—No, no, no —dijo Gerald. Mala idea. Muy, muy mala idea.

—Vale —dijo Amanda, muy contenta.

—No, Amanda —dijo Gerald, levantándose—. No…

Sin embargo, ya había empujado a su hermano con sus pequeñas manos.

Oliver cayó hacia atrás soltando una carcajada.

—¡Ahora me toca a mí! —exclamó el niño.

—¡No vas a empujar a tu hermana! —gruñó Gerald, saltando por encima de una otomana.

—Pero ¡me ha empujado! —gritó Oliver.

—Porque se lo has pedido tú, pequeño diablillo. —Gerald alargó el brazo para coger a Oliver por la manga antes que se le escapara, pero el pequeño era escurridizo como una anguila.

—¡Empújame! —gritó Amanda—. ¡Empújame!

—¡No la empujes! —exclamó Gerald. Se le empezaron a acumular en la cabeza imágenes del salón patas arriba y con las lámpara rotas.

Madre mía, y los Shortman aparecerían en cualquier momento.

Cogió a Oliver justo cuando el niño había cogido a Amanda y los tres rodaron por el suelo, llevándose con ellos un par de cojines del sofá. Gerald dio gracias a Dios. Al menos, los cojines no se rompían.

«Crash.»

—¿Qué demonios…?

—Creo que ha sido el reloj —dijo Oliver.

Gerald nunca sabría lo que habían hecho para tirar el reloj de la repisa de la chimenea.

—Estáis castigados en vuestro cuarto hasta que cumpláis sesenta y ocho años —les dijo, entre dientes.

—Ha sido Oliver —dijo Amanda, de inmediato.

—Me importa un… muy poco quién haya sido —gruñó Gerald—. Sabéis que la señorita Shortman llegará en cualquier…

—Ejem.

Gerald se giró hacia la puerta lentamente, horrorizado, aunque no sorprendido, y vio a Anthony Shortman de pie y, detrás de él, a Benedict, Sophie y Pheobe.

—Milord —dijo Gerald, con la voz un poco ahogada. Debería haber sido un poco más educado; el vizconde no tenía la culpa de que a sus hijos les faltara poco para ser unos auténticos monstruos, pero es que en esos momentos no hubiera podido poner buena cara.

—¿Interrumpimos? —preguntó, suavemente, Anthony.

—En absoluto —respondió Gerald—. Como verán, sólo estábamos… eh… cambiando de sitio los muebles.

—Y lo hacen muy bien, por cierto —dijo Sophie, sonriente.

Gerald le sonrió, agradecido. Parecía la clase de mujer que siempre decía algo para hacer que los demás se sintieran más cómodos y, en ese mismo momento, Gerald hubiera sido capaz de besarla.

Se levantó, colocó bien la otomana, que estaba en el suelo, cogió a los niños por los brazos y los puso de pie. Oliver llevaba el nudo de la corbata totalmente deshecho y el clip que Amanda llevaba en el pelo le había caído hasta la oreja.

—Les presento a mis hijos —dijo Gerald, con toda la dignidad que pudo—. Oliver y

Amanda Johanssen.

Los niños saludaron entre dientes, visiblemente incómodos por que su padre los exhibiera delante de un grupo de adultos o, quizás, y por increíble que parezca, estaban avergonzados por su comportamiento.

—Muy bien —dijo Gerald, después de los saludos obligatorios—. Ahora podéis marcharos.

Los niños lo miraron con cara de angustia.

—¿Qué pasa?

—¿Podemos quedarnos? —preguntó Amanda, con un hilo de voz.

—No —dijo Gerald. Había invitado a los Shortman a comer y a enseñarles el invernadero, y si quería sacar algo bueno de aquella negociación, necesitaba que los niños desaparecieran.

—¿Por favor? —suplicó Amanda.

Gerald evitó mirar a sus invitados, porque sabía que estaban siendo testigos de su falta de control sobre sus hijos.

—La niñera Edwards os está esperando en el pasillo —les dijo.

—No nos gusta la niñera Edwards —dijo Oliver. Amanda asintió.

—Claro que os gusta —dijo Gerald, impaciente—. Es vuestra niñera desde hace meses.

—Pero no nos gusta.

Gerald miró a los Shortman.

—Disculpen —dijo, con la voz apagada—. Lamento la interrupción.

—No se preocupe —dijo Sophie, que le lanzó una mirada maternal, haciéndose cargo de la situación.

Gerald se llevó a los niños a un rincón del salón, se cruzó de brazos y los miró.

—Niños —dijo, muy serio—. Le he pedido a la señorita Shortman que sea mi esposa.

A los gemelos se les iluminaron los ojos.

—Perfecto —gruñó—. Veo que estáis de acuerdo conmigo en que es una excelente idea.

—¿Y será…?

—No me interrumpáis —los cortó Gerald, demasiado impaciente para responder a sus preguntas—. Quiero que me escuchéis. Todavía necesito la aprobación de su familia y, por ese motivo, tengo que atenderlos e invitarlos a comer, y no puedo hacerlo si tengo que estar por vosotros. —Al menos, era casi la verdad. Los niños no tenían por qué saber que Anthony prácticamente los había obligado a casarse y que no hacía falta ninguna aprobación.

Sin embargo, el labio inferior de Amanda, empezó a temblar e incluso Oliver parecía triste.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gerald, ya un poco cansado.

—¿Te avergüenzas de nosotros? —preguntó Amanda.

Gerald suspiró, odiándose mucho. Dios Santo, ¿cómo habían llegado hasta eso?

—No me…

—¿Puedo ayudar en algo?

Gerald miró a Pheobe como si fuera su salvadora. La observó en silencio cómo se arrodillaba frente a los niños y les decía algo aunque, como lo hizo en voz baja, Gerald no pudo escucharla, sólo percibió el suave tono de su voz.

Los gemelos protestaron, pero ella los interrumpió, gesticulando mientras hablaba. Al final, y para sorpresa de Gerald, los niños se despidieron y salieron al pasillo. No parecían especialmente felices, pero se marcharon de todas formas.

—Gracias a Dios que me caso con usted —dijo Gerald, casi en un suspiro.

—Ya puede jurarlo —susurró Pheobe que, cuando pasó por su lado, sonrió para sus adentros mientras volvía con su familia.

Gerald la siguió y enseguida se disculpó ante Anthony, Benedict y Sophie por el comportamiento de sus hijos.

—Desde la muerte de su madre, están más rebeldes que nunca —explicó, intentando disculparlos.

—No hay nada más difícil para un hijo que la muerte del padre o de la madre —dijo Anthony—. Por favor, no tiene ninguna necesidad de excusar su comportamiento.

Gerald le agradeció esas palabras con un movimiento de cabeza.

—Acompáñenme —dijo—. Pasemos al comedor.

Sin embargo, mientras guiaba al grupo hacia el comedor, no podía olvidar las caras de Oliver y de Amanda. Se habían marchado muy tristes.

Desde la muerte de Cloe, había visto a los niños obstinados, insufribles, incluso en plena pataleta, pero no los había visto tristes.

Y eso le preocupaba.

Después de comer y de dar un paseo por el invernadero, el quinteto se dividió en dos grupos. Benedict había traído un bloc de dibujo, así que él y Sophie se quedaron cerca de la casa, charlando animadamente mientras él dibujaba Romney Hall. Anthony, Pheobe y Gerald decidieron ir a dar un paseo por los alrededores, pero Anthony, muy discreto, dejó que Pheobe y Gerald se quedaran un poco rezagados y les dio la oportunidad de hablar con un poco más de privacidad.

—¿Qué les ha dicho a los niños? —preguntó Gerald, enseguida.

—No lo sé —respondió Pheobe, con sinceridad—. Sólo he intentado actuar como mi madre. —Se encogió de hombros—. Parece que ha funcionado.

Gerald se quedó pensativo.

—Debe ser agradable poder tener unos padres a quien imitar.

Pheobe lo miró con curiosidad.

—¿Usted no los tuvo?

Gerald negó con la cabeza.

—No.

Pheobe esperó a que dijera algo más, incluso le dio tiempo, pero él no dijo nada. Al final, decidió insistir y preguntó:

—¿Quién era, su madre o su padre?

—¿Qué quiere decir?

—¿Cuál de los dos era tan complicado?

Gerald la miró durante un buen rato con aquellos ojos oscuros inescrutables mientras juntaba las cejas. Entonces dijo:

—Mi madre murió de parto.

Pheobe asintió.

—Entiendo.

—Lo dudo —dijo él, con una voz muy severa—, aunque le agradezco que lo intente.

Siguieron caminando, muy despacio para evitar que Anthony los escuchara, aunque durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada. Al final, cuando giraron hacia la parte trasera de la casa, Pheobe le preguntó lo que llevaba toda la mañana queriendo saber:

—¿Por qué me llevó al despacho de Sophie ayer?

Gerald resopló y tropezó.

—Creo que resulta bastante obvio —dijo, sonrojándose.

—Bueno, sí —dijo Pheobe y, cuando se dio cuenta de lo que había preguntado, también se sonrojó—. Pero seguro que no pensaba que fuera a suceder… lo que sucedió.

—Uno no debe perder nunca la esperanza —susurró él.

—¡No lo dice en serio!

—Por supuesto que sí. Sin embargo —añadió, mirándola como si no se acabara de creer que estuvieran teniendo esa conversación—, para serle sincero, no, nunca se me pasó por la cabeza que las cosas se me escaparían de las manos de esa manera. —La miró de reojo y añadió—. Aunque no me arrepiento.

Pheobe notó que se le encendían las mejillas.

—Todavía no me ha respondido.

—¿Ah, no?

—No. —Sabía que estaba insistiendo hasta un punto indecoroso pero, dadas las circunstancias, le pareció importante hacerlo—. ¿Por qué me llevó allí?

Se la quedó mirando durante diez segundos, como si quisiera asegurarse de que no le estaba tomando el pelo, después miró a Anthony, vio que estaba lo suficientemente lejos para no oírlos, y dijo:

—Bueno, si quiere saberlo, sí, la llevé allí para besarla. No dejaba de parlotear del matrimonio y de hacerme preguntas ridículas. —Apoyó las manos en las caderas y se encogió de hombros—. Me pareció una buena manera para demostrarle, de una vez por todas, que nos adaptaríamos bien.

Pheobe ignoró lo de «parlotear».

—Pero la pasión no es suficiente para sostener un matrimonio —insistió ella.

—Pero es un buen comienzo —respondió él—. ¿Podemos cambiar de tema?

—No. Lo que intento decir…

Gerald se rió y puso los ojos en blanco.

—Siempre intenta decir algo.

—Es lo que me hace tan encantadora —dijo ella, de mala manera.

Gerald la miró con un gesto de paciencia exagerada.

—Pheobe. Nos adaptamos bien y disfrutaremos de un matrimonio perfectamente placentero y agradable. Ya no sé qué más decir o hacer para demostrárselo.

—Pero no me quiere —dijo, con suavidad.

Aquello fue la gota que colmó el vaso, así que Gerald se detuvo y la miró fijamente un buen rato.

—¿Por qué tiene que decir esas cosas? —le preguntó.

Ella se encogió de hombros, impotente.

—Porque es importante.

Gerald volvió a mirarla sin decir nada.

—¿Nunca se le ha ocurrido que no tiene por qué expresar en voz alta todos y cada uno de los pensamientos que le vengan a la cabeza?

—Sí —dijo ella, acumulando cientos de arrepentimientos en esas dos letras—.

Continuamente. —Apartó la mirada porque le incomodaba mucho la sensación extraña y de vacío que tenía en la garganta—. Pero parece que no puedo evitarlo.

Gerald meneó la cabeza, perplejo, cosa que no sorprendió a Pheobe. La mitad del tiempo ella misma se quedaba perpleja con sus propios comentarios. ¿Por qué había insistido en el tema? ¿Por qué no podía ser sutil, discreta? Una vez, su madre le dijo que cazaría más moscas con miel que con un mazo, pero Pheobe jamás aprendió a cerrar la boca.

Prácticamente le había preguntado si la quería, y su silencio fue tan tajante como lo habría sido un «no». Se le encogió el corazón. No se le había ocurrido que la contradiría, pero la decepción que sintió le demostró que una pequeña parte de ella esperaba que cayera a sus pies y le confesara que la quería, que la adoraba y que estaba seguro que, sin ella, moriría.

Aunque sabía que era una tontería, y no sabía por qué había pensado en eso, porque ella tampoco lo quería.

Pero podría. Tenía la sensación de que, con el tiempo, podría llegar a querer a ese hombre. Y a lo mejor quería que él dijera lo mismo.

—¿Quería a Cloe? —preguntó, pronunciando aquellas palabras antes de pensárselo dos veces. Hizo una mueca. Ya estaba, otra vez haciendo preguntas demasiado personales.

Fue un milagro que Gerald no levantara los brazos hacia el cielo y saliera gritando en dirección contraria.

Durante un buen rato, se quedó callado. Se quedaron ahí, mirándose e intentando ignorar a Anthony, que estaba muy interesando observando un árbol a unos cuarenta metros.

Al final, en voz baja, Gerald le dijo:

—No.

Pheobe no sintió euforia ni pena. De hecho, no sintió nada, y aquello le sorprendió. Sin embargo, suspiró con fuerza, soltando de golpe el aire que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. Y se alegró de saberlo.

Odiaba no saber las cosas. En cualquier circunstancia.

Así que no debería haberla sorprendido cuando, de su boca, salió la siguiente pregunta:

—¿Por qué se casó con ella?

Los ojos de Gerald se volvieron inexpresivos y, al final, se encogió de hombros y dijo:

—No lo sé. Supongo que era lo que tenía que hacer.

Pheobe asintió. Todo tenía sentido. Era lógico que sir Gerald actuara de aquella manera.

Siempre hacía lo que tenía que hacer, lo más honorable, siempre se disculpaba por sus infracciones, siempre cargaba con los problemas ajenos…

Siempre honraba las promesas de su hermano.

Y, entonces, le hizo otra pregunta.

—¿Y sentía…? —susurró, casi desesperada—. ¿Y sentía pasión por ella? —Sabía que no debería habérselo preguntado pero, después de aquella tarde, tenía que saberlo. La respuesta no importaba o, al menos, eso es lo que ella se dijo.

Pero tenía que saberlo.

—No. —Gerald se giró, empezó a caminar a grandes zancadas, obligando a Pheobe a ponerse en marcha tras él. Sin embargo, justo cuando ya casi lo había alcanzado, Gerald se detuvo en seco y Pheobe tuvo que agarrarse a su brazo para no caer.

—Yo también quiero preguntarle algo —dijo él, de repente.

—Claro —susurró ella, sorprendida por el cambio de actitud. Pero era justo. Ella casi lo había sometido a un interrogatorio.

—¿Por qué se marchó de Londres? —le preguntó.

Pheobe parpadeó, sorprendida. No se esperaba una pregunta con una respuesta tan fácil.

—Para conocerlo, por supuesto.

—Tonterías.

Pheobe abrió la boca ante el tono desdeñoso que había empleado.

—Eso es por qué vino —dijo él—, no por qué se fue.

A Pheobe nunca se le había ocurrido que hubiera una diferencia, pero la había. Él no tenía nada que ver con el motivo de su fuga de Londres. Él sólo había supuesto un destino, una excusa para marcharse sin tener la sensación de marcharse.

Le había dado un objetivo, que era mucho más fácil de justificar que el motivo real de la fuga.

—¿Tenía un amante? —le preguntó Gerald, en voz baja.

—¡No! —exclamó ella, lo suficientemente alto como para que Anthony se girara, obligándola a sonreír y saludarle, dándole a entender que no había pasado nada— Nada, sólo una abeja —dijo.

Anthony abrió los ojos y empezó a caminar hacia ellos.

—¡Ya se ha ido! —gritó Pheobe, para detenerlo—. ¡No ha pasado nada! —Se giró hacia Gerald y dijo—: Las abejas le dan mucho miedo. —Sonrió—. Se me olvidó. Debería haber dicho que era un ratón.

Gerald miró a Anthony con curiosidad. A Pheobe no le sorprendió; era difícil imaginar que un hombre hecho y derecho como Anthony pudiera tenerle miedo a las abejas pero, teniendo en cuenta que su padre había muerto por la picadura de una, era comprensible.

—No me ha respondido.

Maldición. Pensaba que se habría olvidado.

—¿Cómo ha podido preguntarme eso? —dijo.

Gerald se encogió de hombros.

—¿Cómo podía no hacerlo? Se marchó de casa sin ni siquiera molestarse en decirle a su familia adónde iba…}

—Dejé una nota —interrumpió ella.

—Sí, claro, la nota.

Pheobe abrió la boca.

—¿No me cree?

Él asintió.

—Sí, sí que la creo. Es demasiado organizada y oficiosa para marcharse sin antes asegurarse que ha atado todos los cabos.

—No es culpa mía que se traspapelara entre las invitaciones de mi madre —susurró.

—Pero no estábamos hablando de la nota —dijo Gerald, cruzándose de brazos.

¿Cruzándose de brazos? Pheobe apretó los dientes. La hizo sentirse como una niña pequeña, y no podía hacer o decir nada porque tenía la sensación de que cualquier cosa que Gerald fuera a decirle respecto a su reciente comportamiento sería verdad.

Por mucho que le doliera reconocerlo.

—Lo importante —continuó él—, es que se marchó de Londres como una criminal, en mitad de la noche. Sólo se me ocurre que lo hizo porque quizá sucediera algo que hubiera… eh… mancillado su reputación. —Ante la expresión malhumorada de ella, añadió—: No me parece una conclusión tan descabellada.

Y tenía razón, por supuesto. No sobre su reputación, que seguía pura y limpia como la nieve. Aunque era extraño y, de hecho, a ella le sorprendía mucho que no se lo hubiera preguntado antes.

—Si tenía un amante —dijo él, lentamente—, mis intenciones con usted serán las mismas.

—No es nada de eso —dijo Pheobe, enseguida, básicamente para que dejara de hablar de ese tema—. Es que… —Se le apagó la voz y suspiró—. Es que…

Y entonces, se lo explicó todo. Le explicó lo de las propuestas de matrimonio que le habían hecho, que Helga no había recibido ni una y cómo solían hacer planes para envejecer juntas, como dos solteronas. Y luego le explicó lo culpable que se había sentido cuando Helga y Arnold se casaron y ella no podía dejar de pensar en lo sola que estaba.

Le explicó todo eso y más. Le explicó qué le pasaba por la cabeza y por el corazón, y le dijo cosas que jamás le había dicho a nadie. Y, de repente, se le ocurrió que, para ser una mujer que apenas podía estar con la boca cerrada, tenía muchas cosas que jamás había compartido con nadie.

Y, al final, cuando terminó —en realidad, no se dio cuenta que había terminado, sólo se quedó sin energía y calló—, Gerald alargó el brazo y la tomó de la mano.

—No pasa nada —dijo.

Y Pheobe supo que era verdad. Era verdad.