La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado A Sir Phillip, Con Amor. Es el 5° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y A Sir Phillip, Con amor de Julia Quinn.
Disculpen la espera, mucho trabajo.
Sin más, les dejo estos cuatro capítulos.
Matrimonio
«… estoy de acuerdo en que el rostro del señor Wilson tiene ciertas semejanzas con el de un anfibio, pero me gustaría que aprendieras a ser un poco más cauta con tus palabras. Aunque jamás lo consideraría un candidato aceptable para el matrimonio, no es un sapo, y que mi hermana pequeña lo llame así, en su presencia, me deja en mal lugar.»
Pheobe Shortman a su hermana Hyacinth, después de rechazar su cuarta propuesta de matrimonio.
Cuatro días después, estaban casados. Gerald no tenía ni idea de cómo Anthony
Shortman lo había conseguido, pero había obtenido una licencia especial que les permitió casarse sin amonestaciones y en lunes que, según Pheobe, no era peor que un martes o un miércoles, aunque no era un sábado, que era lo adecuado.
Había acudido toda la familia de Pheobe, excepto su hermana viuda que vivía en Escocia y que no habría podido llegar a tiempo. Normalmente, la ceremonia se habría celebrado en Kent, en la residencia de verano de los Shortman o, al menos, en Londres, en la iglesia de St. Jamie en Hanover Square, donde acudían cada domingo, pero era imposible celebrar una boda en esos lugares en tan pocos días y, además, tampoco era una boda como las demás.
Benedict y Sophie ofrecieron su casa para la recepción, pero Pheobe pensó que los niños estarían más cómodos en Romney Hall, así que celebraron la ceremonia en la iglesia parroquial del final del camino y, después, hicieron una pequeña e íntima recepción junto al invernadero de Gerald.
Más tarde, justo cuando el sol empezaba a ponerse, Pheobe subió a la que a partir de ahora sería su nueva habitación con su madre, que intentaba mantenerse ocupada haciendo ver que ordenaba el ajuar que tan rápidamente le habían traído a Pheobe. Por supuesto, la doncella de Pheobe, que había venido de Londres con la familia Shortman, se había encargado de todo por la mañana, pero Pheobe no le hizo ningún comentario. Al parecer, Stella Shortman necesitaba estar haciendo algo mientras hablaba.
Y Pheobe, de entre todas las personas del mundo, la entendía perfectamente.
—Debería quejarme por no poder disfrutar de mi debido momento de gloria como madre de la novia —le dijo Stella a su hija, mientras doblaba el velo de encaje y lo dejaba encima de la cómoda— pero, en realidad, estoy muy feliz por verte vestida de novia.
Pheobe le sonrió.
—Seguro que casi habías perdido la esperanza, ¿verdad?
—Un poco. —Sin embargo, ladeó la cabeza y añadió—: Bueno, en realidad no. Siempre pensé que, al final, acabarías sorprendiéndonos. Lo haces muy a menudo.
Pheobe pensó en los años que habían pasado desde su primera temporada como debutante y en todas las proposiciones que había rechazado. Pensó en todas las bodas a las que habían acudido, con Stella viendo cómo otra de sus amigas casaba a sus hijas con otro caballero fabuloso.
Otro caballero que, por supuesto, no se casaría con Pheobe, la famosa hija soltera de Lady Shortman.
—Si te he decepcionado, lo siento —susurró Pheobe.
Stella la miró con sensatez.
—Mis hijos nunca me decepcionan —le dijo, con suavidad—. Sólo… me dejan maravillada. Creo que me gusta más así.
Pheobe se inclinó hacia delante para abrazar a su madre. Y, al hacerlo se sintió muy extraña y no supo por qué, ya que en su familia jamás se habían reprimido tales muestras de cariño en la privacidad del hogar. Quizás era porque estaba peligrosamente cerca de echarse a llorar; quizás era porque sabía que su madre también lo estaba. Pero se volvió a sentir como una niña desgarbada, con los codos pelados y con la boca abierta cuando debería estar cerrada.
Y necesitaba a su madre.
—Bueno, no pasa nada —dijo Stella, con esa voz que usaba cuando sus hijos eran pequeños y se habían hecho daño en una rodilla o se habían dado un golpe—. Ya está —dijo, sonrojándose ligeramente—. Ya está.
—¿Mamá? —susurró Pheobe. Estaba muy rara, como si hubiera comido pescado en mal estado.
—Esto me mata —dijo Stella, entre dientes.
—¿Mamá? —Seguro que no lo había escuchado bien.
Stella respiró hondo.
—Tenemos que hablar. —Se echó hacia atrás, miró a su hija a los ojos, y dijo—:
¿Tenemos que hablar?
Pheobe no sabía si su madre le estaba preguntando si conocía los detalles del encuentro íntimo entre un hombre y una mujer o si los había experimentado… íntimamente.
—Eh… No he… bueno… Si te refieres a… Bueno, que todavía soy…
—Excelente —dijo Stella, mucho más tranquila—. Pero ¿sabes… bueno… sabes lo que pasa…?
—Sí —contestó Pheobe rápidamente para ahorrarles a las dos un mal rato—. Creo que no necesito que me expliques nada.
—Excelente —repitió Stella, todavía más tranquila—. Debo reconocer que esta parte de la maternidad es la que menos me gusta. Ni siquiera recuerdo qué le dije a Daphne, sólo sé que me pasé todo el rato sonrojándome y tartamudeando y, sinceramente, no sé si después de nuestra conversación acabó mejor informada de lo que estaba antes de tenerla. —Con cara de decepción, añadió—: Seguramente, no.
—Bueno, parece que se ha adaptado perfectamente a la vida de casada —dijo Pheobe.
—Sí, es verdad —dijo Stella, muy contenta—. Cuatro hijos y un marido que se desvive por ella. No se puede desear más.
—¿Qué le dijiste a Francesca? —preguntó Pheobe.
—¿Cómo?
—A Francesca —repitió Pheobe, refiriéndose a su hermana pequeña, que se había casado hacía seis años y que, trágicamente, había enviudado a los dos años de casada—. ¿Qué le dijiste cuando se casó? Me has hablado de Daphne, pero no de Francesca.
Stella se puso un poco triste, como siempre que pensaba en su tercera hija, que se había quedado viuda tan joven.
—Ya conoces a Francesca. Supongo que ella me hubiera podido decir un par de cosas.
Pheobe contuvo la respiración.
—No me refiero a eso, claro —añadió Stella enseguida—. Francesca era tan inocente como… bueno, tan inocente como tú, supongo.
Pheobe notó que se sonrojaba y dio gracias a Dios por el día nublado, que hacía que la habitación estuviera prácticamente a oscuras. Por eso y por el hecho de que su madre estuviera ocupada mirando un dobladillo descosido del vestido. Técnicamente, era virgen y, si la hubiera tenido que inspeccionar un médico, habría superado la prueba, pero ya no se sentía tan inocente.
—Pero ya conoces a Francesca —continuó Stella, encogiéndose de hombros y apartando la vista del vestido cuando vio que no había nada que hacer—. Siempre ha sido muy astuta y despierta. Supongo que sobornó a alguna de las doncellas para que se lo explicara ya hacía tiempo.
Pheobe asintió. No quería decirle a su madre que Francesca y ella se habían gastado los ahorros para sobornar a una doncella. Pero había valido la pena. La explicación de Annie Mavel había sido muy detallada y, como Francesca le había dicho más tarde, absolutamente correcta.
Stella sonrió, se levantó y acarició la mejilla de su hija, justo al lado del ojo. Todavía no estaba curado del todo, pero del morado había pasado al azul verdoso y, después, a un desagradable tono amarillento, aunque era mucho más discreto que antes.
—¿Estás segura de que serás feliz? —le preguntó.
Pheobe sonrió, resignada.
—Ya es un poco tarde para hacerme esa pregunta, ¿no te parece?
—Puede que sea tarde para echarte atrás, pero nunca es tarde para hacerte esa pregunta.
—Creo que seré feliz —dijo Pheobe y, para sus adentros, añadió: «Eso espero».
—Parece un buen hombre.
—Es un buen hombre.
—Y honorable.
—Lo es.
Stella asintió.
—Creo que serás feliz. Puede que tardes un poco en darte cuenta, y quizá tengas dudas al principio, pero lo serás. Pero recuerda… —Se detuvo y se mordió el labio inferior.
—¿Qué, mamá?
—Recuerda —dijo, lentamente, como si estuviera escogiendo las palabras con mucho cuidado—, que requiere su tiempo. Eso es todo.
Pheobe quería gritar: «¿Qué requiere su tiempo?».
Sin embargo, su madre ya se había levantado y se estaba arreglando el vestido.
—Supongo que tendré que ir a echar a la familia, o no se marcharán en toda la noche.
—Mientras se daba la vuelta, Stella jugueteó con un lazo del vestido y se acercó la otra mano a la cara, y Pheobe intentó no darse cuenta de que se estaba secando una lágrima.
—Eres muy impaciente —dijo Stella, mirando la puerta—. Siempre lo has sido.
—Ya lo sé —dijo Pheobe, que no sabía si su madre le estaba riñendo y, si así era, por qué había escogido ese momento para hacerlo.
—Es algo que siempre me ha gustado de ti —dijo Stella—. Siempre me ha gustado todo de ti, claro pero, por alguna razón, tu impaciencia siempre me ha parecido encantadora.
Y no es porque siempre quisieras más, sino porque siempre lo querías todo.
Pheobe no estaba tan convencida que fuera algo bueno.
—Lo querías todo para todos, y querías saberlo y aprenderlo todo y…
Por un segundo, Pheobe pensó que su madre había terminado pero entonces, Stella se giró y continuó:
—Nunca te has conformado con la segunda opción, y eso es muy bueno, Pheobe. Me alegro de que rechazaras todas esas propuestas de matrimonio en Londres. Ninguno de esos hombres te hubiera hecho feliz. No hubieras sido desgraciada, pero tampoco feliz.
Pheobe abrió los ojos, sorprendida.
—Pero no dejes que la impaciencia te defina —le dijo Stella, con dulzura—. Porque eres mucho más que eso. Eres mucho más que eso y a veces tengo la sensación de que lo olvidas. —Sonrió; la sonrisa afable de una madre que se despide de su hija—. Dale tiempo, Pheobe. Sé paciente. No presiones demasiado.
Pheobe abrió la boca pero no pudo articular palabra.
—Ten paciencia —dijo Stella—. Y no presiones.
—No… —Quería decir «No lo haré», pero no pudo continuar porque lo único que podía hacer era mirar a su madre y, en ese mismo instante se dio cuenta de lo que significaba estar casada. Había pensado tanto en Gerald que no se había parado a pensar en su familia.
Ya no volvería a casa. Siempre los tendría, por supuesto, pero ya no viviría con ellos.
Y hasta entonces no se había dado cuenta de las muchas ocasiones que se había sentado con su madre simplemente a hablar. O lo preciosos que eran esos momentos. Stella siempre parecía saber lo que sus hijos necesitaban, y eso tenía mucho mérito, teniendo en cuenta que eran ocho hermanos, y muy distintos entre sí, cada uno con sus esperanzas y sus sueños.
Incluso la carta de Stella, la que le había enviado a Anthony para que se la diera cuando llegara a Romney Hall, había sido exactamente lo que Pheobe necesitaba leer en ese momento.
Le podría haber reñido, la podría haber acusado de muchas cosas, y habría estado en todo su derecho de hacerlo, incluso más.
Sin embargo, le había escrito: «Espero que estés bien. Recuerda, por favor, que eres mi hija y que siempre lo serás. Te quiero».
Pheobe, al leerla, se había puesto a gritar. Gracias a Dios, se había olvidado de leerla hasta por la noche, cuando pudo hacerlo tranquilamente en la intimidad de la habitación en casa de Benedict.
Stella Shortman nunca había querido nada, pero su mejor baza eran su sabiduría y su amor y, mientras la veía alejarse hacia la puerta, Pheobe descubrió que era más que su madre, era todo lo que ella aspiraba a ser.
Y no pudo creerse que hubiera tardado tanto en darse cuenta.
—Supongo que sir Gerald y tú querréis un poco de intimidad —dijo Stella, con la mano en la puerta.
Pheobe asintió, aunque su madre no pudo verlo.
—Os echaré de menos a todos.
—Claro que lo harás —dijo Stella, en un tono un poco más brusco, que era la única manera que tenía para recuperar la compostura—. Y nosotros a ti. Pero no estás tan lejos. Y vivirás muy cerca de Benedict y de Sophie. Y de Posy. Y supongo que ahora que tengo dos nietos más a quien malcriar vendré de visita más a menudo.
Pheobe se secó las lágrimas. Su familia había aceptado a los hijos de Gerald inmediatamente y sin ninguna condición. No esperaba menos, por supuesto, pero le había hecho más ilusión de lo que imaginaba. Los gemelos ya habían hecho buenas migas con sus nuevos primos y Stella había insistido en que la llamaran abuela. Ellos habían aceptado enseguida, sobre todo después de que sacara una bolsa de caramelos que, según ella, no sabía cómo había ido a parar a su maleta en Londres.
Pheobe ya se había despedido de su familia así que, cuando su madre se marchó, sintió que ya era lady Johanssen. La señorita Shortman habría regresado a Londres con su familia pero lady Johanssen, esposa de un terrateniente de Gloucestershire y barón, se quedaba en Romney Hall. Se sentía extraña y distinta y se enfadó consigo misma por eso. Cualquiera diría que, a los veintiocho años, el matrimonio no supondría un cambio tan grande. Después de todo, ya no era una niña joven e inocente.
Aún así, tenía todo el derecho del mundo a sentir que su vida había cambiado para siempre. Estaba casada y era la señora de la casa. Y, además, de la noche a la mañana, había pasado a ser madre de dos niños. Ninguno de sus hermanos había tenido que hacer frente a la responsabilidad de la paternidad tan deprisa.
Sin embargo, estaba dispuesta a asumir su nuevo papel. Tenía que estarlo. Irguió la espalda y, mientras se cepillaba el pelo, se miró decidida en el espejo. Era una Shortman, aunque ya no fuera su apellido legal, y era capaz de todo. Y como no era una mujer que se conformaba con una vida infeliz, sencillamente haría lo posible para que la suya no lo fuera.
Llamaron a la puerta y, cuando Pheobe se giró, vio que Gerald había entrado. Cerró la puerta, aunque se quedó donde estaba, seguramente para ofrecerle un poco más de tiempo para prepararse.
—¿No prefieres que lo haga tu doncella? —preguntó él, refiriéndose al cepillado de pelo.
—Le dije que se tomara la noche libre —dijo Pheobe y se encogió de hombros—. Me parecía raro tenerla aquí, casi como una intrusión.
Gerald se aclaró la garganta y se tocó la corbata, un movimiento al que Pheobe se había acostumbrado. Normalmente, no llevaba ropa formal cuando estaba en casa y, cuando lo hacía, siempre estaba tocándose el cuello de la camisa o las mangas, seguramente deseando poder volver a ponerse la ropa de trabajo.
Era extraño tener un marido con una vocación de verdad. Pheobe nunca se imaginó que se casaría con un hombre así. No es que Gerald tuviera un negocio, pero el trabajo en el invernadero era mucho más de lo que hacían los chicos de su edad que vivían en Londres.
Y le gustaba. Le gustaba que tuviera una profesión, le gustaba que cultivara su mente y que dedicara su intelecto a otra cosa que no fueran los caballos y los juegos.
Le gustaba.
Y aquello era un descanso. Si no le gustara, habría sido una lástima.
—¿Necesitas un poco más de tiempo? —le preguntó él.
Pheobe negó con la cabeza. Estaba preparada.
Gerald soltó el aire que había estado conteniendo y a Pheobe le pareció escuchar que decía «Gracias a Dios». Después, estaba en sus brazos, Gerald la estaba besando y Pheobe no pudo recordar en lo que estaba pensando.
Gerald supuso que debía dedicar un poco más de energía mental a su boda pero es que, en realidad, no podía concentrarse en los acontecimientos del día cuando los de la noche estaban cada vez más cerca. Cada vez que miraba a Pheobe, cada vez que olía su perfume, que parecía estar por todas partes, resaltando por encima del de las demás mujeres Shortman, sentía cómo se le tensaba el cuerpo entero y temblaba recordando lo que había sentido al tenerla en sus brazos.
«Pronto —se dijo, obligándose a relajar los músculos y dando gracias a Dios por poder lograrlo—. Pronto.»
Y ese pronto se convirtió en ahora, y estaban solos, y no podía creerse lo preciosa que estaba con el pelo suelto, cayéndole como una delicada cascada oscura por la espalda. Nunca lo había visto así y jamás había imaginado que lo tuviera tan largo porque siempre lo llevaba recogido en un moño bajo.
—Siempre me he preguntado por qué las mujeres se recogen el pelo —susurró, después del séptimo beso.
—Porque es lo que se espera de nosotras —dijo Pheobe, bastante sorprendida por el comentario.
—No es por eso —dijo él. Le acarició el pelo, cogió un mechón con los dedos, se lo acercó a la cara y lo olió—. Es para proteger a los hombres.
Pheobe lo miró, sorprendida y confusa.
—Querrás decir para protegernos de los hombres.
Gerald negó con la cabeza, lentamente.
—Si algún hombre te viera así, tendría que matarlo.
—Gerald. —Debía sonar a reprimenda, y Gerald lo sabía, pero Pheobe se había sonrojado y parecía muy complacida por el comentario.
—Nadie que te viera así podría resistirse a ti —le dijo, acariciando un sedoso mechón de pelo—. Estoy seguro.
—Muchos hombres me han encontrado totalmente resistible —dijo ella, mirándolo con una sonrisa—. Muchos, de verdad.
—Pues están ciegos —dijo él—. Además, demuestra que tengo razón. Esto —sostuvo el mechón de pelo entre sus caras, se lo acercó a los labios y lo saboreó—, lleva muchos años recogido en un moño.
—Desde que tenía dieciséis años —dijo ella.
Gerald la atrajo hacia él, despacio aunque con fuerza.
—Me alegro. Nunca hubieras sido mía si te lo hubieras dejado suelto. Alguien se habría quedado contigo antes.
—Sólo es pelo —susurró ella, con voz temblorosa.
—Tienes razón —asintió él—. Seguro que sí porque dudo que en cualquier otra persona me pareciera tan terriblemente seductor. Debes de ser tú —le susurró, soltándole el pelo—. Sólo tú.
Le tomó la cara entre las manos y se la ladeó un poco para poder besarla mejor. Sabía cómo sabían sus labios, ya la había besado; de hecho, lo había hecho hacía pocos minutos. Sin embargo, a pesar de eso, le sorprendió por su dulzura, por la calidez de su respiración y por cómo, con un simple beso, era capaz de excitarlo tanto.
Aunque nunca sería sólo un simple beso. Con ella, no.
Gerald localizó los cierres del vestido con los dedos, una hilera de botones forrados de tela que le recorrían toda la columna vertebral.
—Date la vuelta —dijo. No tenía tanta experiencia como para desabotonarlos sin mirar.
Además, le gustaba, le encantaba el hecho de desabotonarle el vestido lentamente, revelando cada vez una porción más de piel.
Era suya, pensó, deslizándole un dedo por la espalda, antes de desabotonar el antepenúltimo botón. Suya para la eternidad. Era difícil imaginar cómo había podido tener tanta suerte, pero decidió no cuestionársela, sólo disfrutarla.
Otro botón. Éste reveló un trozo de piel de la parte baja de la espalda.
La tocó y ella se estremeció.
Gerald se dispuso a desabotonar el último botón. No era necesario, porque el vestido ya estaba suficientemente abierto para poder quitárselo por los hombros pero necesitaba hacerlo bien, necesitaba desnudarla en condiciones, necesitaba saborear el momento.
Además, el último botón reveló el inicio de las nalgas.
Quería besarla. Quería besarla justo ahí. Justo encima de las nalgas mientras ella estaba de espaldas, estremeciéndose no de frío, sino de excitación.
Se acercó a ella, la besó en la nuca mientras la sujetaba con ambas manos por los hombros. Había algunas cosas que la inocente Pheobe no podía entender.
Pero ahora era suya. Era su mujer. Y estaba poseída por el fuego, la pasión y la energía.
Tuvo que recordarse que no era Cloe, delicada e incapaz de expresar cualquier otra emoción que no fuera pena.
No era Cloe. Le parecía necesario recordárselo, y no sólo ahora sino constantemente, todo el día, cada vez que la miraba. No era Cloe y él no necesitaba ir con extremo cuidado con ella, no tenía que estar temeroso de sus propias palabras, de sus propias expresiones faciales, de cualquier cosa que pudiera provocar que ella se encerrara en sí misma, en su propia desesperación.
Era Pheobe. Pheobe. La fuerte y magnífica Pheobe.
Incapaz de detenerse, se arrodilló y, mientras la agarraba con fuerza por las caderas, ella soltó un pequeño grito de sorpresa e intentó girarse.
Y Gerald la besó. Justo allí, en la base de la columna, en aquel punto que tanto lo había tentado, la besó. Y entonces, no sabía muy bien por qué, ya que su experiencia con las mujeres era bastante limitada, aunque obviamente lo compensaba con la imaginación, la recorrió con la lengua, desde el cuello hasta el inicio de las nalgas, disfrutando del sabor salado de su piel, deteniéndose aunque sin separarse cuando Pheobe gimió y apoyó las manos en la pared porque las piernas apenas la sostenían.
—Gerald —suspiró.
Él se levantó y le dio la vuelta, acercándose a ella hasta que sus narices estuvieron a pocos milímetros.
—Era allí —dijo él, impotente, como si esas dos palabras lo explicaran todo. Y, en realidad, era la verdad; era la única explicación. Era allí, esa parcela de piel rosada que estaba esperando un beso.
Ella estaba allí, y Gerald tenía que poseerla.
La volvió a besar en la boca mientras le deslizaba el vestido hacia el suelo. Se había casado vestida de azul, una versión más pálida del color que hacía que sus ojos parecieran más profundos e intensos que nunca, como un cielo encapotado justo antes de la tormenta.
Era un vestido celestial; había oído que su hermana Daphne lo había dicho por la mañana. Sin embargo, todavía era más celestial quitárselo.
No llevaba camisola y sabía que estaba completamente desnuda para él porque la oyó contener el aliento cuando sus pechos rozaron el suave lino de su camisa. Sin embargo, en lugar de mirarla, le recorrió los laterales de los pechos con las manos, acariciándola con los nudillos. Y entonces, sin dejar de besarla, giró las palmas y sostuvo el maravilloso peso de los pechos en las manos.
—Gerald —gimió ella, pronunciando la palabra dentro de su boca como una bendición.
Él movió las manos hasta que le cubrió los pechos por completo, rozando los pezones con los dedos. Y mientras los apretaba, con delicadeza, apenas podía creerse que aquello estuviera pasando.
Y entonces ya no pudo esperar más. Tenía que verla, tenía que ver cada centímetro de su cuerpo y mirarla a la cara mientras lo hacía. Se separó de ella, interrumpiendo el beso con la promesa susurrada de que volvería.
Cuando bajó la cabeza para mirarla, contuvo la respiración. Todavía no había anochecido y los últimos rayos de sol se filtraban por las cortinas, bañando la piel de Pheobe con un color rojo dorado. Los pechos eran más grandes de lo que se había imaginado, redondos y turgentes, y aquello era todo lo que pudo hacer para no llevársela a la cama en ese mismo instante. Sólo podía regocijarse para siempre en esos pechos, quererlos y adorarlos hasta que…
Por Dios, ¿a quién estaba intentando engañar? Hasta que su propia necesidad fue demasiado intensa y reclamó poseerla, penetrarla, devorarla.
Con dedos temblorosos, empezó a desabrocharse la camisa, mirándola como lo observaba quitarse la camisa y entonces se olvidó, se giró y…
Ella gritó.
Gerald se quedó inmóvil.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella, en un susurro.
Gerald no supo por qué se había sorprendido tanto porque sabía que tendría que explicárselo. Era su mujer e iba a verlo desnudo cada día durante el resto de su vida y, si alguien tenía que saber la auténtica naturaleza de sus cicatrices, era ella.
Él podía ignorarlas, porque como estaban en la espalda no se las veía, pero Pheobe no tendría esa suerte.
—Me pegaron —dijo, sin girarse. Seguramente, debería haberlo hecho y ahorrarle a Pheobe la visión, pero tendría que empezar a acostumbrarse.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó ella, en voz baja y furiosa, y esa rabia llegó al corazón de Gerald.
—Mi padre. —Recordaba perfectamente el día. Tenía doce años, había vuelto de la escuela y su padre le había obligado a acompañarlo de caza. Gerald era un buen jinete, pero no lo bastante para el salto que su padre acababa de dar. A pesar de todo, lo intentó, sabiendo que si no lo hacía lo tacharía de cobarde.
Obviamente, se cayó del caballo. De hecho, el caballo lo tiró. Milagrosamente, no se hizo daño, pero su padre enfureció. La visión de la hombría británica de Martin Johanssen era bastante estrecha y, por supuesto, no incluía caídas de caballo. Sus hijos tenían que ser perfectos jinetes, tiradores, campeones de esgrima y boxeadores, y ser siempre los mejores.
Y que Dios se apiadara de ellos si no lo eran.
Jamie había hecho el salto, claro. Jamie siempre era mejor que él. Y también era dos años mayor, siete años más grande, siete años más fuerte. Había intentado interceder para evitar el castigo pero, entonces, Martin también la había emprendido con él, por meterse donde no lo llamaban. Gerald tenía que aprender a ser un hombre y Martin no toleraría que nadie interfiriera, ni siquiera Jamie.
Gerald no sabía en qué había sido distinto el castigo de ese día; normalmente, su padre usaba un cinturón que, encima de la camisa, no dejaba señales. Pero aquel día estaban cerca de los establos y la fusta del caballo le quedaba más a mano, y su padre lo golpeó con rabia, incluso más de lo habitual.
Cuando la fusta rompió la camisa de Gerald, Martin no se detuvo.
Fue la única vez que las palizas de su padre le dejaron señal.
Aunque era una señal con la que tendría que convivir el resto de su vida.
Miró a Pheobe, que lo estaba mirando con unos ojos extrañamente intensos.
—Lo siento —dijo él, aunque no era verdad. No tenía que pedir perdón por nada, excepto por haber compartido con ella el horror de su niñez.
—Yo no lo siento —gruñó ella, entrecerrando los ojos.
Gerald abrió los ojos, sorprendido.
—Estoy furiosa.
Y, entonces, Gerald no pudo evitarlo. Se rió. Echó la cabeza hacia atrás y se rió. Era absolutamente perfecta, allí desnuda y furiosa, dispuesta a ir hasta el mismísimo infierno para enfrentarse a su padre.
Pheobe se quedó un poco aturdida porque Gerald decidiera echarse a reír justo en aquel momento pero, luego, ella también lo hizo, como si hubiera reconocido la importancia del momento.
Gerald la tomó de la mano y, desesperado porque lo tocara, se la acercó al corazón, presionándola hasta que estuvo totalmente plana en su pecho, encima de la suave mata de pelo.
—¡Qué fuerte estás! —susurró ella, acariciándole la piel—. No tenía ni idea que trabajar en el invernadero fuera tan duro.
Se sintió como un adolescente, totalmente complacido por ese halago. Y el recuerdo de su padre desapareció.
—También trabajo la tierra —dijo, un poco tonto, incapaz de decir un simple «gracias».
—¿Con los peones? —preguntó ella.
Gerald la miró divertido.
—Pheobe Shortman…
—Johanssen —lo corrigió ella.
Cuando la escuchó, Gerald rió de satisfacción.
—Johanssen —repitió—. No me digas que has tenido fantasías secretas con los peones.
—Claro que no —dijo ella—. Aunque…
Gerald no iba a dejar pasar la oportunidad de que esa palabra se perdiera en el aire.
—¿Aunque? —le preguntó.
Ella estaba un poco avergonzada.
—Bueno, es que parecen tan… elementales… bajo el sol, trabajando.
Él sonrió. Muy despacio, como un hombre que está a punto de regodearse en su sueño hecho realidad.
—Oh, Pheobe —dijo, besándole el cuello y bajando más y más—. No tienes ni idea de comportamientos elementales. Ni idea.
Y entonces hizo lo que había soñado durante días; bueno una de las cosas que había soñado durante días: le cubrió el pezón con la boca, le recorrió la suave aureola con la lengua hasta que, al final, cerró los labios y succionó aquel punto de placer.
—¡Gerald! —exclamó Pheobe, dejándose caer.
Gerald la levantó en brazos y la llevó a la cama, que ya estaba preparada para los recién casados. La dejó encima de las sábanas, disfrutando de aquella visión antes de proceder a quitarle las medias, que era lo único que llevaba. Pheobe, instintivamente, se cubrió el sexo con las manos, y Gerald le permitió la modestia, sabiendo que pronto le tocaría a él.
Colocó los dedos debajo de una de las medias, acariciándola a través de la fina seda antes de hacerla resbalar por la pierna. Pheobe gimió cuando notó sus dedos en las rodillas y Gerald no pudo evitar mirarla y preguntarle:
—¿Tienes cosquillas?
Ella asintió.
—Y más.
Y más. Le encantaba. Le encantaba que sintiera más, que quisiera más.
Con la otra media no se entretuvo tanto y luego se quedó de pie junto a ella, desabrochándose los pantalones. Se detuvo un momento y la miró, esperando que, con los ojos, le dijera que estaba preparada.
Y luego, con una velocidad y una agilidad que jamás hubiera creído que tuviera, se desnudó y se tendió junto a ella. Al principio, Pheobe se tensó pero luego, mientras Gerald la acariciaba y la tranquilizaba besándole las sienes y los labios, se fue relajando.
—No tienes por qué tener miedo —le dijo él.
—No tengo miedo —respondió ella.
Gerald levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—¿No?
—Estoy nerviosa, pero no tengo miedo.
Gerald meneó la cabeza, maravillado.
—Eres magnífica.
—Ya se lo digo a todo el mundo —dijo ella, encogiéndose de hombros— pero, por lo visto, eres el único que me cree.
Gerald se rió, meneando la cabeza, casi sin acabarse de creer que estuviera allí, en su noche de bodas, riéndose. Ya le había hecho reír dos veces esa noche y empezaba a darse cuenta del regalo que era Pheobe. Un regalo increíble e inestimable con el que había sido bendecido.
Las relaciones sexuales siempre habían girado alrededor de la necesidad, de su cuerpo, su lujuria y lo que fuera que lo convirtiera en hombre. Nunca había girado alrededor de esa alegría, esa maravilla por descubrir el cuerpo de la otra persona.
Le tomó la cara entre las manos y la besó, esta vez con todo el sentimiento y la pasión que llevaba dentro. La besó en la boca, luego en la mejilla, luego en el cuello. Después, fue bajando y explorando su cuerpo, desde los hombros, pasando por la barriga, hasta la cadera.
Sólo evitó un lugar, el lugar que más le hubiera gustado explorar, aunque decidió que ya lo haría más tarde, cuando estuviera preparada.
Cuando él estuviera preparado. Cloe nunca había dejado que la besara allí; no, eso no era justo. En realidad, él nunca se lo había pedido. Es que, como ella se quedaba allí, debajo de él, como si estuviera cumpliendo con una obligación, sin apenas pestañear, pues le parecía mal hacerlo. Y había estado con otras mujeres antes de casarse, pero habían sido de las que ya tenían experiencia, y nunca había querido llegar a ese grado de intimidad con ellas.
«Después», se prometió, mientras se detenía ligeramente a acariciar los rizos.
«Pronto.» Sí, muy pronto.
La agarró por las pantorrillas, se las levantó y le separó las piernas para poder colocarse en medio. Estaba muy excitado, con una erección total; tan excitado que tenía miedo de hacer el ridículo así que, mientras la tocaba con la punta de la verga, respiró hondo varias veces, intentando tranquilizarse para poder durar lo suficiente para que ella, al menos, pudiera disfrutarlo.
—Oh, Pheobe —dijo aunque, en realidad, fue más un gruñido. La quería más que cualquier otra cosa, más que a la vida, y no tenía ni idea de si iba a poder aguantar mucho.
—¿Gerald? —dijo ella, un poco asustada.
Él se levantó para mirarla.
—Eres muy grande —susurró.
Gerald sonrió.
—¿Sabes que eso es, exactamente, lo que un hombre quiere oír?
—Estoy segura —dijo ella, mordiéndose el labio inferior—. Pero no me parece algo de lo que se pueda alardear mientras se monta a caballo, se juega a cartas o se compite en cualquier otra cosa sin más ni más.
Gerald no sabía si Pheobe estaba temblando de risa o de miedo.
—Pheobe —consiguió decir—. Te aseguro que…
—¿Me va a doler mucho? —preguntó ella.
—No lo sé —dijo él, con sinceridad—. Nunca he estado en tu lugar. Supongo que un poco. Aunque espero que no demasiado.
Ella asintió, agradeciendo su franqueza.
—Es que… —Y se calló.
—Dímelo —dijo él.
Durante varios segundos, Pheobe sólo pudo parpadear y, al final, dijo:
—Es que me dejo llevar, como el otro día, pero luego te veo, o te siento, y no me imagino cómo va a funcionar, y me da la sensación que me voy a desgarrar y la pierdo. La magia —explicó—. Pierdo la magia.
Y justo en ese momento, Gerald lo decidió. Al diablo. ¿Por qué debería esperar? ¿Por qué debería hacerla esperar? Se agachó y le dio un beso rápido en los labios.
—Espera aquí —dijo—. No te muevas.
Antes de que pudiera hacerle alguna pregunta y era Pheobe, así que haría preguntas, Gerald se deslizó hacia abajo, le separó las piernas, tal como se la había imaginado tantas y tantas noches en vela, y la besó.
Ella gritó.
—Bien —dijo él, aunque sus palabras se perdieron en el centro de la sexualidad de Pheobe. La tenía bien sujeta con las manos; no tenía otra opción porque se estaba retorciendo como un animal salvaje. Gerald la lamió y la besó, saboreó cada centímetro, cada cresta de placer. Fue voraz y la devoró mientras pensaba que aquello era, sencillamente, lo mejor que había hecho en su vida y, por Dios, daba gracias al cielo de ser un hombre casado y poder hacerlo siempre que quisiera.
Había oído hablar de ello a otros hombres, por supuesto, pero jamás había imaginado que pudiera gustarle tanto. Estaba a punto de estallar y ella ni siquiera lo había tocado.
Aunque tampoco le hubiera gustado que lo hiciera en ese momento, porque estaba agarrando las sábanas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y, si llegaba a tocarlo, le hubiera hecho daño.
Debería haberla dejado terminar, debería haberla besado hasta que estallara en su boca pero, en ese punto, se impusieron sus propias necesidades y no tuvo otra opción. Era su noche de bodas y cuando se derramara, lo haría dentro de ella, no en las sábanas; además, si no la notaba alrededor de su cuerpo enseguida, estaba bastante convencido que acabaría en llamas.
Así que se levantó e, ignorando el grito de Pheobe cuando apartó la boca, se colocó encima de ella, acercándole la verga una vez más y utilizó los dedos para abrirla un poco más mientras la penetraba.
Estaba húmeda, muy húmeda, una mezcla de él y de ella, y no se parecía en nada a cualquier otra cosa que Gerald hubiera podido sentir antes. Se deslizó en su interior, notando el camino abierto y tenso al mismo tiempo.
Pheobe dijo su nombre entre gemidos, y Gerald el de ella y entonces, incapaz de ir despacio, se hundió en ella, atravesando la última barrera hasta que llegó al final. Y quizá debería haberse parado, quizá debería haberle preguntado si estaba bien, si le había hecho daño, pero no pudo. Hacía tanto tiempo, y la necesitaba tanto que, cuando su cuerpo empezó a moverse, no pudo hacer nada para detenerse.
Impuso un ritmo rápido y urgente, pero a ella debió de gustarle, porque se movía rápida y urgente debajo de él, sus caderas salían en su busca con mucha fuerza mientras le clavaba los dedos en la espalda.
Y, cuando gimió otra vez, no dijo su nombre, dijo:
—¡Más!
Así que Gerald colocó las manos debajo de ella, agarrándola por las nalgas y levantándola para permitirle un mejor acceso y el cambio de posición debió de hacer algo en la forma en que la estaba rozando, o quizás Pheobe había llegado al clímax, pero se arqueó debajo de él, tensó todo su cuerpo y gritó cuando notó que sus músculos se cerraban alrededor de Gerald.
Él no pudo aguantar más. Con un último empujón, se dejó caer, sacudiéndose y temblando mientras estallaba dentro de ella, haciéndola finalmente suya.
