Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos.


"Si dejas correr una gota puede que no signifique nada. Si la dejas correr diario puede que no le prestes atención, pero si ya ves un lago a tus pies no podrás hacer nada, y maldecirás el haber dejado libre esa gota. Así son las sombras, si haces una mala acción se oscurece un poco tu destino, justo como la gota que dejas correr. Y si hundes tu destino en el lago de las penumbras, yo me encargaré de que te arrepientas de ello por toda la eternidad"

Carmilûte Taipez

La luz se colaba por una ventana en el despacho de Byakuya Kuchiki. Una amplia estancia, de diez por diez metros, con un escritorio en el centro y tres sillas, dos de un lado y una del otro. En tres de las cuatro paredes había estantes llenos de libros, pergaminos, cajas y archiveros, a excepción de un pequeño espacio en un muro donde había una ventana que daba al soleado jardín. En la pared restante había una puerta de madera deslizable, estampada con el escudo de los Kuchiki en blanco y negro.

El noble, vestido con su usual ropa de capitán, estaba sentado detrás del escritorio, con la atención enfocada a un papel. Sin embargo, tenía el ceño fruncido, una característica que había adquirido hace diez años, desde que terminó la guerra, desde que ocurrieron varios eventos a lo largo de ese periodo de tiempo.

La puerta del despacho se abrió, hacia la izquierda y por ella ingresó Rukia. Se veía hermosa, con su pelo largo y su vestimenta de capitán.

— ¿Querías verme hermano? —preguntó la mujer, haciendo una pequeña reverencia.

— Sí —respondió Byakuya, indicándole a la mujer que se sentara—, seré breve. Sabes que desde hace diez años, desde que tu bastarda…

— Deja de llamar a Ichika así, hermano —replicó Rukia, con el ceño bastante fruncido.

Byakuya movió un poco su cabeza a la izquierda: — Fue, es y será una bastarda —dijo—. ¿Crees que no me di cuenta cuando ella llegó a tu vientre? ¿Crees que engañaste a la familia? ¿Crees que no supe los verdaderos motivos para tu matrimonio con el perro que tienes por esposo?

— ¡No llames tampoco así a Renji! —advirtió la capitana.

— Tu esposo es un simple perro salido del Rukongai —habló el noble, impasible—. Al igual que tú, una segadora tan cobarde al cambio.

— ¡Pero es tu teniente! —gritó la mujer, poniéndose de pie— ¡Cómo puedes decir eso de la persona más leal a ti en el Sexto Escuadrón! ¡Y de mí! ¡Hace diez años tenías otra opinión de Renji y mía!

— Hace diez años tú misma echaste a perder las cosas, Rukia —comentó Byakuya sin alterarse—. Tuviste la oportunidad de mejorar este mundo, pudiste haber contraído matrimonio con Kurosaki. Te habría dado más prestigio, habrías sido más feliz.

— Pero él es de otro mundo ahora —rebatió Rukia dolida, y volvió a sentarse—. Él tiene a Orihime y a Kazui.

— No creo que haya sido de importancia —dijo el noble, cruzando sus manos en la superficie de la mesa—. Según tengo entendido, los padres de Kurosaki eran de mundos diferentes. Uno, un noble con un clan en decadencia, ella una quincy obligada a restaurar su especie…

— ¡Pero tú conociste a Hisana! ¡Y ella era del Rukongai! ¡Otro mundo al que tú conoces! —exclamó la capitana, dándole un puñetazo a la mesa—. Y fuiste muy feliz con ella.

El noble enderezó un poco el rostro: — Tienes razón, Hisana y yo éramos muy felices juntos —dijo, aún tranquilo—. Pero la diferencia entre mi matrimonio y el tuyo es que yo si peleé por estar al lado de Hisana —tomó la primer hoja de una pila que tenía a su mano derecha—. Tú, en cambio, no hiciste el mínimo intento por estar al lado de Kurosaki después de la pelea con los quincys, te resignaste a que volviera al Mundo de los Vivos y te consolaste con el primer idiota que te mostró sentimientos.

Rukia dio la media vuelta, con los ojos anegados en lágrimas. Ese argumento fue muy cierto, y se le había clavado muy profundo en el corazón. Hubo silencio, el cual sólo era roto por la entrecortada respiración de Rukia, quien trataba de controlarse.

— Puedes retirarte —habló Byakuya, sin mostrar arrepentimiento de sus palabras. Rukia caminó un poco, hacia la salida—. Espera, hay algo que debes saber.

— ¿Sí? —inquirió la mujer, endureciendo su semblante.

— Dile a tu esposo que busque casa. Los tres quedan expulsados de la Mansión Kuchiki a partir de ahora —declaró Byakuya—. Eso es todo.

Rukia se dirigió a la salida, con la mandíbula apretada. Deslizó la puerta con algo de brusquedad, la pasó y la cerró con la misma fuerza. A los pocos segundos de que la capitana del Treceavo Escuadrón partió, la puerta nuevamente se abrió, y por ella ingresó un hombre, vestido con una yukata negra, un hakama verde bandera y un haori azul marino, hechos con tela de calidad. Era de la misma altura que Byakuya e igual de esbelto. Su pelo lo llevaba poco más arriba de los hombros, liso pero con las puntas ligeramente onduladas. La empuñadura de una zampakuto se asomaba entre el haori, aunque el hombre trató de taparla. Podría decirse que era una copia del líder de la casa Kuchiki, aunque tenía diferencias notables: el rostro de este hombre era un poco más alargado, sus ojos algo más abiertos, no poseía el adorno del pelo tan característico de los Kuchiki y tenía un monóculo, sujeto por una cadena a un bolsillo del pecho, cubriendo su ojo derecho.

— Parece que cada día le afecta más las pláticas —dijo el hombre del monóculo, e hizo una leve reverencia. Tenía la voz suave, pero de un tono grave semejante a un barítono—, hermano.

Byakuya también se inclinó un poco: — Buenos días, Zoshuwai —saludó—. Ella ha estado tomando decisiones erróneas desde hace diez años —tomó su respectivo asiento—. Decisiones que han hecho que baje su lugar entre los Kuchiki. Decisiones que merecen el destierro de esta casa y familia.

— ¿Pero eso no nos afectaría a nosotros? —preguntó Zoshuwai, y ocupó la silla en la que había estado Rukia— ¿No afectaría la promesa que le hiciste a Hisana? ¿De que su hermana estaría a salvo mientras sea una Kuchiki?

El líder de la familia soltó un suspiro: — Rompí esa promesa los días en que la nombraron teniente y capitana —respondió.

El otro soltó una pequeña risa: — Querrás decir los días que soborné a Yamamoto y a Kyoraku por parte tuya para que la aceptaran —dijo—. No pasó las pruebas, pero cerca de sesenta mil millones de yenes le dieron su lugar importante a la pequeña Rukia.

— Fue un error haberla sugerido —comentó Byakuya, moviendo un poco la cabeza—. Debí hacerle caso en su momento a Yamamoto y a Kyoraku de no meterla en puestos superiores. Y ahora —respiró—, parece que el destino me está echando en cara mis errores. Pero yo le enseñaré al destino que puedo corregir mis acciones.

Zoshuwai enarcó la ceja derecha: — ¿Y qué quieres que haga, hermano? —preguntó.

Byakuya se concentró en sus papeles: — Elimina a la bastarda —respondió—. Pero no lo hagas tú, Rukia se daría cuenta. Busca a alguien, alguien ajeno al Seireitei, alguien ajeno al Rukongai, e incluso alguien ajeno a este mundo. Y si puedes, sólo si es posible, también a su esposo. Además —miró a su hermano a los ojos—, si ella se mete a defenderlos… que pague las consecuencias, ¿cuento contigo?

El hombre del monóculo sonrió: — Dime, ¿cuándo me ha molestado mancharme las manos en nombre de nuestra familia? —cuestionó con tono divertido. El líder de los Kuchiki esbozó un pequeño deje de sonrisa, dando a entender que estaba de acuerdo.

— Muy bien, date prisa —dijo Byakuya—. He estado aguantando muchas cosas estos diez años. No pienso esperar más —el otro hizo una pequeña reverencia y se encaminó a la salida.

Y mientras Zoshuwai abandonaba el estudio, el otro noble enfocaba su atención en los papeles que tenía sobre su escritorio.


Al otro lado de Karakura, justo a la orilla del río había dos personas, enfundadas en uniformes de combate negros, no mayores de trece años. Una era una niña de brillante pelo rojo y ojos violetas, el otro un niño de reluciente pelo naranja y ojos marrones de aire amable. Los dos cruzaban pequeñas y afiladas espadas, aunque los dos mostraban certeros movimientos con ellas.

Luego de algunos segundos, los dos niños pararon su combate. Ambos estabas agitados, pues ya llevaban cerca de media hora practicando sin parar, y fueron a sentarse a la refrescante sombra de un sauce que estaba a pocos metros de donde estaban entrenando.

— Vas mejorando poco a poco, Kazui —comentó la niña—. Aunque todavía te hace falta más determinación a la hora de atacar.

— Lo siento Ichika —se disculpó el niño—. Pero es que a veces me pongo a pensar en todo lo que me ha dicho mamá, de no hacer daño a nadie… —pero se vio interrumpido, ya que Ichika le dio un coscorrón, lo cual le sacó algunas lágrimas— ¿Por qué hiciste eso? —preguntó dolido, sobándose la cabeza.

— No tienes que disculparte por todo lo que haces —lo regañó la niña—. Ningún segador ofrece perdón por sus acciones, si combatimos Huecos no tienes porqué disculparte cada vez que los cortes.

Hubo unos segundos de silencio, en los cuales Kazui asumía las palabras de Ichika. Y sin pensarlo, el chico recargó su cabeza en los muslos de la chica, provocando en ella un fuerte sonrojo.

— ¡Pero qué haces! —exclamó Ichika, apartando al niño de manera brusca.

Kazui se rascó un poco la cabeza: — Mi papá siempre deja que mi mamá le acaricie el pelo cuando está muy tenso —comentó.

— ¡Eso es distinto! ¡Son tus padres! ¡Están casados! — gritó la niña.

— Pero no pasa nada si lo intentamos —reprochó el niño—. No estamos casados, ni somos mayores, pero siempre he querido sentir que alguien que no sea mamá o papá me acaricie el pelo. Así que, ¿qué dices? —preguntó sonriente.

E Ichika aceptó la oferta de Kazui. Él volvió a reclinar su cabeza en los muslos de ella, y la chica le acarició el pelo de forma suave, provocando que el pequeño cerrara sus ojos y esbozara una sonrisa, clara señal de que estaba relajado. Y ella simplemente sonrió, ya que había encontrado una forma de hacerlo sentir bien sin necesidad de gritarle o pegarle.

Y pese a este inocente contacto, algo comenzó a formarse. Algo que definiría para siempre los destinos de todos los mortales y espíritus.


En el interior de un local, el cual estaba completamente tapizado de alfombra color guinda y sin ninguna ventana, había cuatro mujeres sentadas en una mesa. Una de ellas era una anciana, con un rostro tan decrépito que parecía un cráneo forrado en piel, con los ojos muy hundidos y abiertos, el pelo largo y canoso hasta la cintura, y un kimono mitad blanco y mitad negro. Las otras tres eran más jóvenes, una de ellas tenía aspecto vaquero con camisa a cuadros y jeans, otra tenía una imagen victoriana con un vestido guinda y la última portaba una estampa oriental con un kimono pardo de bordes negros.

La más vieja de todas movía sus cadavéricas manos sobre una bola de cristal que yacía encima de la mesa. Negaba continuamente y maldecía en voz baja.

— ¿Y qué ve en la bola, Madame Ridasaki? —preguntó la mujer del vestido victoriano.

La anciana señaló la bola de cristal: — Mira, Mibértola, mira —respondió.

Mibértola y las otras dos observaron con detenimiento. La bola proyectaba a una jovencita pelirroja acariciando el pelo naranja de un niño de su misma edad.

— ¿Qué acaso se volvió pedófila, pinche ruca? —preguntó la fémina del sombrero

— Malinterpretas todo, Gerlstina —respondió la anciana, dirigiéndose a la mujer del sombrero—. Tienes que notar algo entre esos dos, hay algo muy evidente.

La mujer del kimono se acercó más a la bola: — Hay algo negro que entrelaza sus puños —comentó.

— Eso es Kihuoteoncho —habló Madame Ridasaki—. Esa cosa negra es algo feo, algo malo, algo inmundo salido de la unión de estas horribles criaturas.

Las tres mujeres miraron a la vieja con una ceja enarcada, mientras que ésta se dedicó de nuevo a mover sus manos sobre la bola de cristal, maldiciendo a los dos niños que proyectaba el artefacto.

La anciana miró a sus clientes, luego de varios minutos contemplando la bola: — Tráiganme a los jóvenes —dijo—. Hay que sacarle los ojos al niño y el corazón a la niña. Así, la suerte de la Reina y sus monstruos se verá reducida a polvo.

— ¿Y no podemos nosotras? —preguntó la mujer de aspecto vaquero—. Si podemos matar a los huercos estos, será como pisar cucarachas.

Madame Ridasaki negó enérgicamente: — Por supuesto que no, Mikobas. Hay que hacerlo con esto—y se inclinó debajo de la mesa para buscar algo. A los pocos segundos se incorporó, con una caja mediana de metal, de treinta por treinta centímetros de superficie y diez de profundidad, de color plateado.

La mujer mayor abrió la caja, y las tres mujeres vieron qué tenía adentro, y se decepcionaron un poco, ya que había unas pinzas con dientes y unos ganchos sumamente puntiagudos. Habrían causado miedo, de no ser porque estaban cubiertos con herrumbre.

— ¿Unas pinzas y ganchos sumamente oxidados? —preguntó Gerlstina, enarcando la ceja derecha—. No la chingue, pinche ruca.

— No son artilugios cualesquiera —reclamó enojada Madame Ridasaki—. Estos los forjó la propia Amaterasu, emperatriz de los kamis, antes de ser asesinada por Yamamoto. Sirven para cambiar el destino de los mundos. Aunque —dio un suspiro muy grande—, ya tenemos poco tiempo.

— ¿Por qué dice que tenemos muy poco tiempo? —preguntó Mibértola.

— Por esto —respondió Madame Ridasaki con voz entrecortada, y cerró el puño en el aire, para luego bajarla y sollozar de forma amarga.

Las tres mujeres observaron con atención el puño de la anciana, e inmediatamente de echaron para atrás, respirando de forma agitada.

Pues Madame Ridasaki había capturado algo. Y lo sostenía firmemente en su mano mientras se deshacía en un desconsolado llanto.

Un hilo negro y grueso.

Un hilo negro creado a partir del despecho y la resignación de los destinos.

Un hilo negro al cual todos temen.

Ya que ese hilo negro ataría a todos los mundos mortales y espirituales en las sombras, un lugar de dónde nadie puede salir y en dónde nadie puede vivir con alegría y paz.


El día era tranquilo en la Clínica Kurosaki, algo bueno y malo a la vez. Bueno porque eso indicaba que la situación estaba tranquila, en orden y en paz. Mala, porque para el encargado era otro día más de ocio.

Ichigo Kurosaki se encontraba sentado a la puerta de la clínica, con un cigarrillo encendido y cara de desinteresado. La vida en estos diez años se había vuelto aburrida, se había vuelto un hombre apático y de vez en cuando llegaba a enfadarse con la gente a su alrededor sin motivo alguno. Si bien pensó que llevar de nuevo una existencia normal, como un humano que se dedica a salvar vidas, fue lo mejor, ahora se estaba dando cuenta de lo contrario. Para alguien que luchó contra omnipotentes enemigos y poderosos espíritus, este camino era un simple y llano escape, lejos de las emociones que ofrecían los acontecimientos de antaño. Muchas veces dudó de su decisión, e incluso llegó a arrepentirse más de una vez el haber elegido dicho camino, cuando se encontró solo y sin su esposa e hijo que escucharan sus protestas.

— Ichigo, ya te dije que dejes eso —le reclamó una voz femenina a sus espaldas.

El hombre volteó a ver de quien se trata. Orihime, quien traía puesto un delantal blanco y un vestido de un suave color rosa, se acercó lentamente.

— No puedo Orihime —dijo Ichigo—. Esto es lo que me reconforta ahora —y le dio la última calada al cigarro, para arrojarlo al piso y pisarlo.

— Pero Kazui podría verte —habló Orihime a modo de queja.

— No creo. Está en el río, entrenando con Ichika —murmuró el hombre de pelo naranja—. No creí que desarrollara sus habilidades así de rápido —agregó, con cierta nostalgia.

— Es un niño muy listo —comentó la mujer—. Pronto será capaz de proteger Karakura, junto a Ichika.

— Tú no sabes lo que se siente ser segador Orihime —replicó Ichigo, con cierta dureza—. Es algo peligroso, los Huecos son terribles, tener que guiar a las almas, entrenar —pausó un poco—. Pero también está el querer proteger a tus seres queridos, querer ganar poder para ser más fuerte, demostrar tu valía y tener a alguien que luche de tu lado y no te permita caer en el campo de batalla.

Orihime observó a su marido, y sintió una punzada de tristeza. Parecía que Ichigo no se había olvidado de ser segador, no había olvidado la emoción de las batallas, la sensación de poder, la incertidumbre del enemigo, y a su compañera de batallas con la cual hacía buena dupla.

— Voy a la tienda —habló en voz baja la mujer.

— Sí, aquí te espero —dijo el hombre de pelo naranja, mientras ella caminaba hacia la calle, a paso lento.

Y cuando Orihime se perdió de la vista, Ichigo sacó otro cigarrillo de la bolsa del pantalón y lo encendió. Sabía que fumar demasiados acarreaba problemas a largo plazo, pero esa porquería era lo único que calmaba su mente en esos momentos.

Ichigo miró al cielo. La vida de hace diez años le había sonreído al darle una parte de lo que él deseaba, pero él pensaba que también se reía de ella al quitarle algo por lo cual desistió hace diez años, creyendo que no lo necesitaba, pero que ahora casi se estaba volviendo un menester.

El poder ser un segador de nuevo y estar junto a Rukia en alguna batalla que se esmeraría en ganar.


Un joven bajito y esmirriado, que seguramente no pasaba de los doce años, caminaba por los pasillos del Doceavo Escuadrón, con aire cansado, ya que había estado ordenando varios archivos gracias a que el capitán Kurotsuchi había encontrado una cita errónea en su informe acerca del ex capitán comandante Yamamoto. Y todavía no había terminado, pues le faltaban cerca de cincuenta salas de archivos, y apenas llevaba doce.

— Buenas tardes —saluda una voz masculina a sus espaldas.

El muchacho se dio la vuelta, sobresaltado. Detrás de él había un hombre alto, pelinegro y de ropa elegante. Por sus vestimentas, el joven dedujo que era un noble. Por su mirada, tapada parcialmente con un monóculo en el ojo derecho, intuyó que planeaba algo.

— Buenas noches, joven —saludó el hombre—. Soy Zoshuwai Kuchiki, y busco a alguien que me dé un poco de información.

— Buenas noches señor Kuchiki. Soy Shinzo Kuroyuki —se presentó el joven, inclinándose un poco—. Pues yo no sería el más indicado, puede pedirle ayuda al capitán Kurotsuchi.

Zoshuwai metió la mano en su hakama y sacó una bolsita marrón: — Estos son ciento cincuenta mil yenes, joven Kuroyuki —dijo—. El capitán Kurotsuchi hace todo por amor a la ciencia, pero —sacudió la bolsa— Kyoraku financia todos los experimentos importantes de este Escuadrón. Pero también sé que Kurotsuchi les paga poco más de diez mil yenes al mes y no le interesan mucho las cosas del pasado —pausó un poco—. Así que estoy interesado en financiar tus propios estudios, ¿qué me dices?

Shinzo fruncía los labios intermitentemente. Ese dinero era más de los que ganaba en quince meses de trabajo en el Doceavo Escuadrón. Sin pensarlo, extendió la mano derecha, aceptando el pago.

Zoshuwai sonrió discretamente: — Que bueno que aceptaras. Y te tengo otro incentivo más —sacó otra bolsa—. Un millón de yenes hará que la investigación comience de inmediato, ¿no es así?

El joven segador aceptó sin rechistar el dinero: — ¿Y de qué clase de información va a ser la investigación, señor Kuchiki? —preguntó.

— Una de carácter histórico —respondió el hombre del monóculo—. Quiero saber de asesinos del Rukongai que aún existan, que los segadores hayan tenido miedo de ellos y nadie los haya podido parar.

— Por supuesto, sólo sígame —pidió Shinzo, y comenzó a caminar, con Zoshuwai detrás de él.

Anduvieron por un buen rato entre los pasillos, topándose con los compañeros del Escuadrón de Kuroyuki de vez en cuando. Hasta que, después de diez minutos se toparon con un pasillo que tenía una puerta al fondo. En ésta se leía Salón de Archivo 365. Ambos hombres se encaminaron hacia ella.

Shinzo abrió la puerta y encendió la luz, para luego ingresar, seguido del noble. Era una sala, de no más de tres por tres metros de superficie con dos de altura, llena hasta el tope de cajas, archiveros y carpetas. El joven inmediatamente se dirigió a un estante a su derecha y tomó una carpeta.

— Estaba revisando estos archivos esta mañana —habló Shinzo, hojeando rápidamente la carpeta, hasta detenerse en un papel—. Y este es el asesino más famoso de todos —y le acercó los documentos a Zoshuwai.

— ¿Zankokage Kenboryoku? —leyó interrogante el hombre del monóculo.

— Un hombre maniaco, cruel y con una espantosa sed de sangre —dijo el joven—. Tenemos registrado que él pudo vencer al capitán Zaraki dos veces sin llevarse un solo corte. Asoló el Rukongai cuando la fallecida capitana Retsu Unohana no quiso darle la dirección del Onceavo Escuadrón hace quinientos años.

— ¿Y dónde puedo conseguir a este hombre? —inquirió Zoshuwai, muy interesado.

— Lo expulsaron de la Sociedad de Almas —respondió Shinzo—. Lo enviaron a que formara una legión de segadores al Mictlán.

— ¿Mictlán? —repitió dubitativo Kuchiki.

— Sí, a ese lugar —reafirmó Kuroyuki—. El lugar a donde van las almas de muchos latinoamericanos. Por aquí tengo los teléfonos de los contactos militares ―y comenzó a rebuscar en otra carpeta a su mano derecha.

Zoshuwai sonrió, ya que hasta el momento no había encontrado persona en la Sociedad de Almas que se resistiera a una bolsa bien rellena de yenes provenientes de las arcas de los Kuchiki.


Un hombre moreno, delgado y pelinegro, se encontraba sentado en un cuarto que daba toda la imagen de una oficina. El lugar medía seis por seis metros, de paredes verde bandera. Del lado izquierdo había un enorme librero que cubría la pared. En el centro había unos sillones de cuero y una mesita. Del lado derecho se encontraba un largo escritorio de dos metros, y detrás de él, en una silla, el individuo. A espaldas de él había seis fotografías, tres hombres y tres mujeres, todos ellos de aspecto brutal y feroz, a excepción de la foto del sujeto que estaba sentado, pues él sólo lucía una tímida sonrisa.

El hombre, vestido como todo un capitán segador, estaba escribiendo algo, cuando el teléfono de su escritorio sonó, sobresaltándolo. A los tres timbrazos, tomó el auricular.

— ¿Diga? —respondió el hombre—… Sí, aquí es la Legión de Apoyo del Mictlán… No, el capitán Zankokage Kenboryoku murió hace trescientos años… Yo, el capitán Bernardo García López, estoy a cargo… ¿con quién tengo el gusto? —tamborileó un poco los dedos de la mano derecha—. Zoshuwai Kuchiki, entonces… Sí, señor Kuchiki, tengo cien años al frente de la Legión… No, en absoluto, las misiones se han reducido… No, no le veo problema… Por supuesto, hemos matado familias enteras, así somos… Muy bien, deme los detalles por favor —tomó una hoja de papel y un bolígrafo, para comenzar a escribir muy rápido—. Sí…ajá…sí. Muy bien, señor Kuchiki, enviaré a mis soldados en menos de una hora… Sí, no hay problema en enviar cinco, podría enviarle a la Legión, hemos estado muy aburridos sin cortar a nadie —rió un poco—. Por supuesto, en un rato más se los mando… Que tenga buen día… Nos vemos —y colgó.

Bernardo se puso de pie, sacó su teléfono celular y comenzó a mandar mensajes. A los pocos minutos de haber usado el aparato, cuatro hombres ingresaron a la oficina, vestidos con el uniforme de los segadores de almas. Uno era un joven muy alto, de cerca de dos metros y diez centímetros, muy flaco, moreno, de ojos verdes, tapados por unas gruesas gafas, de pelo negro, lacio y un poco desordenado. Otro era más bajo, de cerca de un metro y setenta y cinco centímetros, con más músculos que el anterior individuo, de piel más clara, de ojos desiguales pues uno era marrón sepia y el otro azul eléctrico, de pelo castaño muy oscuro y muy corto. El tercero medía un metro y ochenta centímetros de altura, esbelto, de piel morena y de pelo negro, corto y erizado. El último era el más bajo, de cerca de un metro y setenta centímetros de estatura, delgado, y de pelo negro liso y largo hasta la cintura.

— Buenas tardes capitán —saludó el segador de pelo largo—. ¿Nos requiere para algo? —cuestionó.

Bernardo asintió: — Mauricio —se dirigió al sujeto de pelo largo—, Jesús —ahora le dio un vistazo al hombre de pelo negro y corto —, Enrique —observó al tipo de gran estatura— y Andrés —miró al hombre de ojos dispares—. Los he mandado llamar porque alguien de la Sociedad de Almas de Asia del Este, el señor Zoshuwai Kuchiki, quiere que le hagamos un pequeño favor.

— ¿Y qué clase de favor, capitán? —preguntó Jesús.

El capitán sonrió: — Tenemos que asesinar a alguien de ese lugar —contestó—. Una niña que no le agrada para nada a su hermano, quien es el líder de esa familia.

— ¿No habría problema? —inquirió Andrés—. Es decir, si vamos allá, ¿no se nos dejaría ir encima los segadores de ese lugar?

— El señor Kuchiki nos garantiza seguridad —respondió García—. Aunque, pensándolo bien, no creo que la necesitemos del todo. Si pudimos con los quincys y los Vasto Lores en México, nuestras espadas son enemigos formidables ante ellos —pausó un poco—. Sobre todo, después de diez años sin acción, ¿no creen que esto sea interesante? ¿Aniquilar una niña que no debería existir? ¿Combatir a los segadores originales? ¿Probar que nosotros también merecemos un reconocimiento por parte de ellos?

Los cuatro hombres comenzaron a murmurar, y la impaciencia se notó de inmediato. Diez años habían pasado desde su última gran misión, diez años la habían pasado en el aburrimiento, diez años sin poder matar a alguien importante, sólo conformándose con delincuentes de ese lugar.

— Díganme, ¿qué tanto les interesaría esta misión? —preguntó Bernardo. Los cuatro hombres se miraban y comentaban cosas entre sí, al parecer entusiasmados.

— Pero, ¿matar a una niña? —cuestionó el segador de gran estatura— ¿No sería un poco… simple, capitán?

— Miren, una simple niña no creo que les cause problema —comentó el capitán, y se levantó de su escritorio—. Aunque, por otro lado, esta niña es un caso especial —levantó el índice de su mano izquierda—. Su madre es Rukia Kuchiki, actual capitana del Treceavo Escuadrón, una mujer con un poder congelante de temer; y su padre es Renji Abarai, teniente del Sexto Escuadrón —pausó un poco, relajando los dedos—. Así que, la niña, cuyo nombre es Ichika Abarai, sólo es de nivel aprendiz. Algo así como un chaneque con una espada, el problema será en separarla de sus padres. Aunque —sonrió de manera maliciosa—, el señor Kuchiki fue muy claro en eliminar a la gente que interfiera, y le confirmé que somos muy buenos en eso, así que, ¿qué dicen?

Los cuatro hombres sonrieron entre sí: — Aceptamos capitán —habló el segador de pelo negro y corto.

— Ah, y otra cosa —habló Bernardo—. El señor Kuchiki también nos pagará extra si le traemos la cabeza de un niño. Pero no cualquier niño —y levantó de nuevo su índice izquierdo—, sino a Kazui Kurosaki. Su padre, Ichigo Kurosaki, el legendario segador que salvó la Sociedad de Almas de Asia del Este; y su madre es Orihime Inoue, una humana con poderes de curación muy buenos. Lo malo que hay que enfrentarse a Kurosaki, lo bueno es que está un poco oxidado —pausó un poco—. Así que no creo que les de tantos problemas como cuando eliminaron al lugarteniente de Ziña.

— No creo que Ichigo Kurosaki ni Rukia Kuchiki sean problema —comentó el hombre de pelo castaño y ojos dispares—. Además, si se trata de sus hijos, no podrán concentrarse con nosotros en la lucha.

Bernardo sonrió. En ese punto tenían razón. Él mismo había hecho daño a varias personas, y sabía de antemano que los padres siempre ponen las manos al fuego por los hijos. Así que, en teoría, sería fácil la eliminación de ambos infantes.

— Bueno —habló el capitán—. Tienen media hora para reunirse con el señor Kuchiki. Así que andando, y llévense a la teniente. Ha estado de muy mal humor estos días, le hará bien derramar algo de sangre.

Los cuatro hombres salieron apresuradamente de la oficina, en busca de la teniente. Mientras que García volvió a tomar asiento en su silla.

— Diez años en las que las cosas salen mal —murmuró Bernardo—. Diez años en los cuales los monstruos del Mundo de los Vivos son infelices. Diez años en los cuales la Legión del Mictlán no reporta nada de éxitos. Diez años que no hemos vivido un combate de importancia. Diez años en los que estuvimos a punto de matarnos entre sí sólo por aburrimiento. Diez años en los cuales nos rebajamos a ser asesinos a sueldo —se relajó en su silla—. No cabe duda que algo pasó. Pero, ¿qué habrá pasado para poner el mundo tan mal?

Y mientras el capitán cavilaba argumentos, un gran trueno se escuchó, ocasionando que se cortara la energía eléctrica y el cielo comenzara a llorar.


Notas del autor

*Hola. Pues aquí les traigo el segundo capítulo de esta historia, el cual rondaba por mi mente desde que acabé el primero. Si bien mencioné que ya está completa, le iré añadiendo capítulos de vez en cuando, puede que no la actualice por mucho tiempo, pero no pienso dejarla así de inconclusa. Yo no soy Kubo, yo si termino bien lo que empiezo.

*Un punto importante aquí sería señalar el temperamento de Byakuya. Muchas historias lo han descrito como alguien neutral a lo acontecido en la conclusión del manga, aunque hay que recordar que la historia nos ha demostrado que los líderes feudales de Japón echaban mano de terribles cosas si los linajes no se entablaban con las personas que designaban los líderes. Si bien el final no nos muestra si está a favor o en contra de la familia de Rukia, aquí yo reflejo el lado oscuro de la moneda.

*Aquí aparecen más OC's. La gran mayoría aparecen en las historias que les mencioné en las notas anteriores, a excepción de dos: Madame Ridasaki y Zohuwai Kuchiki. Con los otros puedes encontrar información algo más detallada en las mencionadas historias.

*Recuerden que sus opiniones, observaciones y críticas son bienvenidas.

Gracias por leer.