Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos


"Recuerda, con una simple acción tuya puedes mover destinos enteros. Así que no te enojes ni te entristezcas cuando aquellos que les destruiste su futuro quieran borraste del mapa"

Madame Shisen Ridasaki

Los diez años después de la guerra habían sido casi una maravilla para Renji Abarai. Todo era paz en la Sociedad de Almas, misiones sin importancia. Además, logró casarse con la mujer que siempre amó y ambos tuvieron una hija, quien estaba a un paso de poder convertirse en segadora.

¿Qué más podría pedirle al destino?

Ah, sí, sólo una cosa, un insignificante detalle que le había robado la paz y el sueño por más de diez años.

Que él y su hija fueran aceptados y queridos por los Kuchiki.

Ya que, desde que entabló una relación con Rukia, los miembros de esa familia comenzaron a ponerle trabas para impedir que se integrara por completo a la familia, resaltando con énfasis su origen, e incluso argumentaron que Ichigo Kurosaki era un mejor partido que él, lo que provocó una fuerte depresión en ambos, y que ocasionó una ligera caída en su desempeño segador. Aún así, lograron celebrar una boda, en la cual sólo ellos y el sacerdote estuvieron presentes pues nadie más hizo acto de presencia, ni siquiera los amigos de Renji, y eso entristeció bastante a Rukia, pues esperaba de su hermano adoptivo la bendición. Y las cosas se pusieron peor con el nacimiento de Ichika, pues ningún Kuchiki le había demostrado algún apoyo o palabra de afecto a la niña, e incluso una vez dejaron que se perdiera en los jardines, dejándola que pasara la noche a la intemperie con la consecuencia de que pescó una fuerte gripa a la mañana siguiente.

Al andar por los pasillos de la Mansión Kuchiki a la hora del crepúsculo, Renji se preguntaba el día en que todo esto se calmara, pero no pudo seguir hilando ideas pues se topó con Rukia. Ella estaba recargada contra la pared, con los ojos fuertemente apretados.

— ¿Todo en orden? —preguntó el pelirrojo, colocando suavemente su mano izquierda en el hombro derecho de la mujer.

Rukia respiró profundamente: — Byakuya nos ha expulsado de la familia —respondió, abriendo los ojos y mirando a su esposo—. Ya no podemos seguir viviendo aquí, tenemos que conseguir una casa, ¿dónde está Ichika? —cuestionó

— Ella está en Karakura, con Ichigo —contestó Renji—, ¿quieres que vaya por ella? —sugirió.

La capitana negó con la cabeza: — Ella está mucho mejor allá —comentó—. Creo que sería una buena idea que…

— ¿Todavía siguen aquí? —preguntó una suave y grave voz masculina, cuyo tono no le agradó a ambos.

Renji y Rukia se dieron la vuelta, para ver a Zoshuwai Kuchiki mirándolos fijamente y con cierta burla. Capitana y teniente quedaron algo asombrados por el parecido que el hombre del monóculo guardaba con Byakuya, ya que, en su existencia, jamás se habían percatado de su presencia.

— Oh, es cierto no me he presentado, que mala educación la mía —habló el hombre—. Soy Zoshuwai Kuchiki —se inclinó un poco—, hermano de Byakuya y su mano derecha.

— Byakuya nunca necesito una mano derecha —comentó Rukia—. Él siempre ha llevado al clan solo.

—La nobleza siempre necesita de toda la ayuda posible —dijo el individuo pelinegro, ajustando un poco su monóculo—. Y yo le vengo a mi hermano como anillo al dedo. Sobre todo en aquellos asuntos donde se requiera ensuciarse las manos.

— Pero él jamás se rebajaría a ese nivel —intervino Renji, entendiendo las palabras del hombre, mientras que éste soltó una pequeña risa—. Los Kuchiki siempre han obrado bien, y tienen a gente importante como Rukia Kuchiki, capita…

Zoshuwai levantó la mano izquierda: — Ella no es Rukia Kuchiki —interrumpió en voz alta. Su timbre grave le hacía sonar igual de autoritario que Byakuya—. Ella es ahora Rukia Abarai, alguien ajeno a esta familia y cuyo sino está atado al tuyo. Pero —acentuó un poco más su sonrisa—, ¿no es eso lo que querías, mi rogón y arrastrado amigo? ¿Tener a Rukia a tu lado, sin pensar que ella había obtenido un simple premio de consolación en lugar de su verdadero amor? Sé de todos los asuntos que tuviste que pasar con mi hermano, algunos francamente humillantes si quieres mi opinión.

Renji apretó sus puños y dio dos pasos hacia el hombre, pero fue detenido por Rukia. Estaba harto de recibir insultos, de escuchar blasfemias contra su hija, de ver a su mujer triste, y, sobretodo, de sentirse siempre disminuido e infeliz desde hace diez años.

— No le hagas caso Renji. Sólo quiere provocarte —dijo Rukia, sujetándolo más fuerte, pues el enojo del pelirrojo le estaba dando ánimo a su— mejor vámonos de aquí —y se encaminaron hacia el otro lado del pasillo, dándole la espalda al pelinegro.

— Por cierto —habló Zoshuwai, y la pareja se volvió a dar la media vuelta—, ¿qué se siente ser la primera ama de casa que al mismo tiempo se desempeña como capitana del Gotei 13? —preguntó, aún con su sonrisa.

Eso fue la gota que colmó el vaso para Rukia. Sin mediar palabra ni meditar acciones desenfundó rápidamente su zampakuto, dispuesta a herir con ella a ese hombre todo lo que le fuera posible.

Pero el sonido de acero chocando con acero se escuchó milésimas de segundo más tarde, y entonces Rukia notó que el hombre había bloqueado su ataque con una espada, presumiblemente una zampakuto. Y entonces, la capitana notó que la empuñadura de Sode no Shirayuki comenzó a congelarse, y ese frío le traspasaba poco a poco la piel de los dedos.

— Sabes Rukia —habló Zoshuwai muy suave—, no dudo que seas buena con la espada pero —le imprimió más fuerza al cruce de armas, provocando que el hielo avanzara hasta los huesos de los dedos— tú sólo matarías por honor, por defensa. Yo no concibo la idea de que mates a placer, por proteger la integridad de un clan, y sobre todo —acercó más su rostro al de ella, mientras que sus dedos comenzaron a amoratarse— por ver a Byakuya dormir tranquilo. Es por eso —se aproximó más. Rukia podía sentir su aliento chocando con su respiración, y ahora los brazos empezaron a entumírsele— que jamás lograrás atravesarme con tu zampakuto —y deshizo la traba de espadas de manera violenta.

La capitana retrocedió algunos pasos, trastabillando, pero fue rápidamente alcanzada por Renji. La mujer, un poco asustada por el momento, se miró las manos, las cuales habían regresado a la normalidad.

— Tienen quince minutos para abandonar la Mansión Kuchiki —declaró Zoshuwai, enfundando su arma—. Pasado ese lapso estamos en nuestro derecho de matarlos por allanamiento de morada.

— ¿Lo dices tú o lo dice Byakuya? —inquirió Renji con tono duro.

— Lo digo yo —respondió una voz masculina, menos grave y más conocida. Renji y Rukia volvieron a darse la media vuelta. Allí estaba Byakuya Kuchiki, con su porte elegante y el ceño bastante fruncido, por encima de una mirada que lo único que podía transmitir era desprecio.

— Hermano, ¿por qué haces todo esto? —cuestionó Rukia—. Ichika no tiene la culpa de nada. Ella sólo…

— Escolta al matrimonio Abarai a la salida, Zoshuwai —interrumpió Byakuya, imprimiendo autoridad en cada palabra—. Su hora de visita terminó.

— Entendido hermano —dijo el hombre del monóculo, haciendo una pequeña reverencia.

— Pero, capitán, es su… —intervino Renji.

— Y si intentan hacerte algo —continuó el líder de los Kuchiki, con la vista dirigida a su hermano—, tienes toda mi autorización en el uso de fuerza mortal. Es todo, puedes llevártelos.

— Ya escucharon a Byakuya, jóvenes —habló Zoshuwai, haciendo ademanes de que avanzaran—. No queremos hacerlo enfadar más de la cuenta ¿o sí? —y volvió a sonreír. A la pareja no le quedó otra opción que hacerle caso.

Finalmente Rukia y Renji comenzaron a avanzar por el pasillo, con Zoshuwai detrás. Y mientras iban andando hacia la salida, Rukia dio un último vistazo a su hermano adoptivo, antes de que éste diera media vuelta y caminara en dirección contraria. Y vio algo que la hizo sentirse peor que la plática que sostuvo con él esa mañana.

La ira y la decepción se reflejaban muy claramente en los ojos de Byakuya, y habían borrado totalmente el orgullo y respeto que una vez había visto en las orbes del hombre más admirable de la Sociedad de Almas.


En un consultorio del Hospital de Karakura se encontraban tres personas sentadas en un escritorio. Una mujer de mediana edad, menuda y de un brillante pelo fucsia acompañaba a un niño pelinegro de unos ocho años, bastante bajito y flaco, mientras que del otro lado del mueble un hombre delgado y de pelo azul oscuro, vestido con una pulcra bata blanca, escribía a mano en un papel.

— Muchas gracias, doctor Ishida —dijo la mujer, mientras inclinaba levemente su cabeza—. Nadie había podido curarle este dolor de estómago a Souta, parece que está noche dormirá tranquilo.

Uryu terminó de escribir y arrancó la receta para entregársela a la mujer: — Sólo recuerde seguir al pie de la letra el tratamiento —comentó—. Así ya no tendrá recaídas, y espero que así sea, ¿verdad?

— Sí doctor, lo intentaré —respondió Souta, sonriéndole al médico. Éste le devolvió el gesto.

— Bueno, nos retiramos doctor —habló la mujer, levantándose de su asiento—. Que pase buenas noches. Dale las gracias al doctor, hijo —indicó.

— Gracias —obedeció el niño, mientras su madre abría la puerta y le indicaba que pasara.

Y cuando la mujer y su hijo salieron, Uryu se permitió levantarse de su asiento y estirar los brazos. Miró la hora en su reloj de pulsera, las ocho y cuarto. Una buena hora para salir del trabajo y encaminarse a su casa.

Pero, ¿qué haría en su hogar? La misma rutina desde hace diez años, prepararse algo de cenar, consultar dudas en sus vademécum y libros de especialidades e ir a dormir. Una serie de actividades que desde hace diez años venía realizando sólo para calmar a su amargada alma.

Salió del consultorio hacia la sala de espera, un modesto cuarto con sofás de tela, y un escritorio ocupado por una joven de pelo naranja, peinado con tirabuzones al frente, y ojos negros.

— Natsuki, ¿hay más pacientes en espera? —preguntó Uryu.

— No doctor, ya cumplió con la agenda del día —respondió la chica, pasando la vista entre un montón de hojas bien apiladas.

— Muy bien, entonces ya puedes irte —dijo el médico—. Nos vemos mañana —y abrió la puerta del consultorio.

— Hasta mañana doctor, que descanse —habló Natsuki, ordenando las cosas.

Pero al darse la media vuelta vio a alguien sentado en su sillón, y que, inexplicablemente, le heló la sangre.

Quien lo acompañaba era un hombre enfundado en un smoking negro con una corbata verde esmeralda, de piel pálida, delgado y rostro visiblemente demacrado, de pelo negro, corto y algo erizado, y unos ojos amarillos tan llamativos y penetrantes que le perturbaban la mente.

— Buenas noches, doctor Ishida —habló el sujeto. Su voz era suave y masculina, pero que lograba erizarle a Uryu los vellos de la nuca—. Permítame presentarme —se levantó, y el médico pudo notar que fácilmente medía alrededor de un metro y ochenta centímetros—, Rotunslav Desmodov, vampiro y voivoda del Ejército Oscuro —llevó su mano derecha al pecho y se inclinó un poco.

Uryu no lograba articular ideas ¿Un vampiro? ¿Ejército Oscuro? Eso si era bastante disparatado, además de terriblemente ilógico.

Desmodov sonrió: — Oh, no es necesario que se asombre, doctor —dijo. El quincy abrió un poco sus ojos, por la sorpresa—. Puedo leer la mente de los vivos y los Huecos, y últimamente soy capaz de internarme en los pensamientos de los espíritus. Pero voy a ir directo al grano —juntó sus manos—. Su Alteza lo ha invitado a un banquete para celebrar una ocasión especial.

— ¿Su Alteza? —repitió Uryu de manera interrogativa—. Ywach murió hace diez años. No creo que haya reencarnado en este tiempo.

El vampiro acentuó su sonrisa, permitiendo apreciar sus enormes caninos: — Oh, no, no. Ywach en realidad no es Su Alteza. Él fue un simple humano que nació a partir de los hechizos de Su Majestad —refutó, separando sus manos—. Pero esa es otra historia, Su Alteza quiere que vayas al banquete, eres un destacado invitado para ella y todos los asistentes.

— ¿Y a qué se debe su insistencia en que asista? —inquirió Uryu, tratando de lucir en paz, pese a que su corazón indicaba lo contrario.

El pelinegro relajó su sonrisa: — Ya que usted va a ser el plato principal —respondió, dando un par de pasos hacia él. El médico se quedó paralizado—. La carne de los quincys es la más deliciosa de todas las proteínas en este mundo. Y es bien sabido por mi gente que los Ishida tienen la carne más fina de todos —acercó su rostro—, ¿por qué crees que tu familia fue declinando rápidamente, eh? De todos modos, puedo ver en ti que eres bastante infeliz desde hace diez años, que no tienes las agallas necesarias para un suicidio, pero no te preocupes —olfateó un poco. Uryu pudo percibir algo inmundo en su aire, y que casi le provoca arcadas—. Ten la seguridad que harás feliz al ser más poderoso que ha habitado la Tierra.

Y los ojos de Rotunslav Desmodov brillaron, ocasionando que la mente de Uryu se hundiera para siempre en las sombras.


La cabeza de Ichigo funcionaba a mil por hora. Sobre la cama de examen, tenía a un chico de no más de diecisiete años de pelo verde oscuro y delgado. El joven tenía una horrible herida circular en su garganta, de más de siete centímetros de ancho, por la cual la sangre y el aire salían lentamente, arrebatándole poco a poco la vida.

— Oiga doctor —habló el chico. Su voz sonaba algo jadeante.

— Silencio, no hables —le recriminó el hombre de pelo naranja, mientras rebuscaba cosas en un estante.

— ¿Cree en el destino? —preguntó el adolescente.

Ichigo se quedó quieto por un instante: — No —respondió, sacando un paquete de gasas

— Yo sí —opinó el joven, y tosió un poco —. Pienso que hay uno, el cual mide nuestras acciones. E incluso creo en la vida después de la muerte.

— Tienes mucha imaginación, chico —dijo Ichigo, aunque sabía que esas palabras eran una absoluta verdad.

— Tal vez, pero aún así, si existe la vida en el otro lado —comentó el chico, y sonrió brevemente—, me gustaría ver si mi novia está por allá.

— ¿Tu novia? —repitió el hombre dubitativamente, mientras sacaba unas suturas, pero éstas caían al piso.

— Si, con ella —afirmó el chico, mientras Ichigo sacaba unos frascos de una alacena—. Hace poco más de un mes ella murió de cáncer. Eso me partió, pero siento que con ella estaba destinado a estar a su lado para siempre. Como… —empezó a jadear—… la leyenda… del…hilo rojo…

Ichigo se quedó un poco paralizado por esa frase, ya que con esas simples palabras rememoró cientos de recuerdos en los cuales sentía que estaba cumpliendo su destino, en los cuales no se sentía hueco, y donde era considerablemente más feliz que en el presente..

— Sólo espero… —continuó el joven, respirando con gran dificultad— que me perdone… —jadeó de forma espantosa—… por —su voz se apretó—…habernos… reunido… tan pronto.

El muchacho respiró de forma agónica, y se quedó muy quieto, con los ojos fijos en el techo. Ichigo inmediatamente soltó los frascos y le tomó la muñeca derecha. No había pulso. Fue hacia el cuello, y sintió dos pulsaciones pero eso fue todo para él. La herida estaba en un lugar delicado, y no se pudo atender a tiempo.

Respirando profundamente, el hombre de pelo naranja se dejó caer al piso, abatido. Era la cuarta persona que moría en su clínica, un número demasiado alto para él. La respiración se le aceleró, se levantó repentinamente y comenzó a tirar al piso los paquetes de gasas, las suturas y los frascos, y golpeó el cuerpo del joven, pateó los estantes hasta dañarlos y le dio un fuerte puñetazo a la puerta. Y mientras hacía todo eso, gritaba maldiciones contra su vida, contra su profesión y contra el destino que lo puso en ese lugar.

En el techo de la casa Kurosaki, Kyuke Kageakumu se retorcía mientras contenía la risa, producto de una cruel y fría alegría. Segundo después de calmarse, sacó una libretita y sonriendo, anotó lo siguiente:

Kyuke 4 – Ichigo 0


Los jardines de los Kuchiki siempre se habían distinguido por ser los mejores en toda la Sociedad de Almas, cuidados por los más minuciosos jardineros. Los pastos estaban en un verdor óptimo, los árboles de cerezo siempre atendidos de manera cuidadosa, los macizos de flores y los arbustos siempre estaban muy bien recortados y abonados. Además, los estanques de peces koi estaban impecables gracias a los empleados, a excepción del tercero más grande el cual era atendido personalmente por Byakya. Y con la llegada de la noche, adquirían una sublime belleza.

Pero había algo que esos jardines poseían y por lo cual otras familias nobles matarían por tenerlo.

Byakuya y Zoshuwai estaban frente a unas simples puertas de madera pintadas en rojo. Mientras que el líder de los Kuchiki tenía la mirada clavada en ellas, el hombre del monóculo tenía en sus brazos un conejo grande y blanco de ojos rojos.

— Espero que no tarden —comentó Byakuya—. He oído que los latinoamericanos son algo impuntuales

— Oh, no te preocupes —dijo Zoshuwai, acariciando al conejo—. Éstos están muertos, y su capitán nunca ha tolerado los retrasos.

— ¿Y la comunicación no será problema? —inquirió el líder de la familia.

— La teniente habla cerca de treinta idiomas y veinticinco lenguas nativas del continente americano —contestó su hermano—. Así que es muy probable que hable japonés.

Byakuya asintió, y reparó su atención en el conejo: — ¿De dónde sacaste ese animal? —inquirió.

Zoshuwai levantó el conejo por el cuello: — Es de Rukia —respondió—. No tuvo oportunidad de llevárselo, y lo encontré en este jardín.

Un ruido profundo indicaba que las puertas estaban por abrirse. Una vez abiertas, cinco perros de piel negra y desnuda pasaron por ellas. Y detrás de los perros, cinco sombras venían en camino. Iban a buen paso, por lo que no tardó mucho cuando las cinco siluetas salieron. Una vez afuera las personas, los perros se internaron por las puertas, y éstas se cerraron con un ruido seco y sordo.

Eran cuatro hombre y una mujer, todos ellos de aspecto joven y vestidos con el habitual uniforme de segador, además de que la dama tenía el distintivo de teniente amarrado a su brazo izquierdo. Uno de ellos era un chico moreno altísimo, flaco, de pelo negro y algo largo, y con los ojos verdes y brillantes detrás de unas gruesas gafas. Otro era un joven más bajo, de piel más clara, más fornido que el anterior, de pelo marrón y corto, y ojos desiguales en color. El siguiente era un varón moreno algo más alto, esbelto, de pelo negro, corto y erizado. El último de los hombres era un individuo de estatura más baja que los otros tres, delgado y de pelo negro, liso y largo hasta la cintura. Y finalmente la mujer era la más pequeña de todos, de complexión bastante delgada, con un pelo color caoba, ralo, hasta los hombros y doblado en las puntas hacia arriba, un parche en el ojo izquierdo y el rostro lleno de cicatrices.

— Buenas tardes, señores Kuchiki —habló la mujer con un japonés bastante fluido, después de salir del seikaimon—. Somos los elementos que el capitán García dispuso. Mi nombre —hizo una pequeña reverencia—, Miranda Martínez León, teniente de la Legión de Apoyo del Mictlán. Él —señaló al hombre pelinegro —Jesús Fernández Báez, tercer oficial. Él —apuntó al hombre de pelo largo—, Mauricio Hernández Ramírez, cuarto oficial. Él —indicó hacia el hombre alto—, Enrique Soto Monte, quinto oficial. Y él —señaló al hombre de pelo castaño—, Andrés Gutiérrez Guzmán, sexto oficial. Y nosotros ponemos nuestras espadas a su servicio.

Byakuya miró con ojo analítico a los cuatro hombres y a la mujer. A su punto de vista, no parecían más avanzados que los segadores del Seireitei. Tal vez la mujer lucía como una copia de Kempachi Zaraki, pero no percibía en ella algo en especial.

— ¿Esperas que una teniente y cuatro oficiales de una legión de salvajes logren hacerle daño a una capitana del Gotei 13? —preguntó el hombre a su hermano.

Éste iba a hablar pero mejor sonrió. Byuakuya frunció el ceño, pero percibió que algo había entrado al ojo derecho. Además, sin poder predecirlo, un frío y afilado acero tocaba su cuello, justo por encima de su manzana de Adán.

— Yo creo que sí, señor Kuchiki —susurró la voz de la teniente a su oído—. Hemos aniquilado enemigos más formidables que ustedes, con todo respeto.

Por el rabillo del ojo, Byakuya pudo notar que Miranda sonreía de forma maliciosa mientras amenazaba su cuello. Luego miró la cosa que se había limpiado, y era sangre. Dirigió su vista al frente, y observó que Zoshuwai sostenía el decapitado y convulsionante cuerpo del conejo.

La teniente retiró su espada del cuello del noble lentamente y la sacudió para limpiar la sangre: — ¿Y ahora que opina, señor Kuchiki? —cuestionó.

Zoshuwai dejó caer al piso el conejo: — Muy impresionante —respondió—. No sentí cuando se movió ni cuando mató al animal, ¿qué opinas, hermano? —inquirió.

— El poder congelante de Rukia Abarai alcanza el cero absoluto —comentó Byakuya—. Todo aquel que entre en un radio de diez metros muere congelado.

Miranda hizo un gesto de displicencia con la mano derecha: — Todos nosotros pasamos más de un año en unas frías cumbres que alcanzaban los menos tres mil grados centígrados —opinó—. No creo que estar en el cero absoluto por unos minutos nos llegue a matar.

— El bankai de Renji Abarai es una gigantesca serpiente que usa presión espiritual —habló Zoshuwai, limpiándose la sangre del monóculo—. Puede actuar como una pitón, incluso tirar cañonazos de Kidoh, o algo por el estilo.

— Nos hemos medido contra Lajos Salminem —dijo la teniente—. He podido parar algunos hachazos de él, no creo que tampoco sea problema rebanarle la garganta.

— Ichigo Kurosaki estará con ellos —intervino Byakuya—. Tiene un poder de Hueco que equivale al de los Vasto Lores.

Miranda se golpeó el pecho con la mano derecha abierta: — Nosotros matamos Vasto Lores desde que somos novatos, señores —habló—. No somos segadores cualesquiera caballeros, traemos la más cruel y organizada de las escuelas que pueda haber en los mundos espirituales.

Byakuya miró a Zoshuwai. Éste asintió con una pequeña sonrisa, mientras que el noble con un ligero cabeceo. No había necesidad de palabras para saber que, una vez más, ambos hombres estarían limpiando el nombre de su familia en poco tiempo.

— Dales habitaciones, hermano, y ofréceles comida y agua —indicó Byakuya—. Y cuando vayan al Mundo de los Vivos, la prioridad es traer ante mí a la bastarda con vida. Después, pueden aniquilarla como se les plazca. Buenas noches —se inclinó levemente y se dio la media vuelta, tomando dirección hacia la casa.

— ¿Les agrada la carne de conejo? —cuestionó Zoshuwai, levantando el inerte cuerpo del conejo.

Miranda les traducía a su idioma las palabras dichas por ambos Kuchiki a los cuatro hombres. El varón del monóculo observaba sus gestos, y notó que estaban más que complacidos por la tarea que iban a desempeñar y por el alojo y alimento que iban a tener.

— Por supuesto, señor Kuchiki —respondió Miranda—. De dónde venimos, es una carne muy popular.

Con una sonrisa de satisfacción, Zoshuwai se dio la media vuelta y echó a andar hacia la mansión, con los cinco legionarios detrás de él.


Kazui e Ichika estaban en la habitación de éste, jugando con un videojuego de carreras, cuando escucharon el desorden que estaba ocasionando el padre del chico, y tuvieron que pausar su carrera.

— Tu papá se enoja muy fácil, ¿no crees? —comentó Ichika, sin pretender alguna burla.

Kazui dirigió su mirada al piso: — Estos últimos días han muerto cuatro personas en la clínica de papá —dijo—. Él se está frustrando muy fácil, dice que es un bueno para nada, y explota ante el más mínimo error —sollozó—. Y mamá lo único que puede hacer es escuchar, ya que si intenta apoyarlo, papá da unos gritos de miedo que hacen llorar mucho a mamá —y dio tres sollozos seguidos.

— Oye tranquilo —lo consoló la niña, poniendo la mano derecha en su hombro izquierdo—. Tú al menos no tienes nadie más en tu casa que los vea a ustedes.

— ¿A qué te refieres? —cuestionó el niño, sorbiendo los mocos.

Ichika también mandó la vista al piso, con los ojos cerrados: — Tú no tienes que soportar insultos de gente extraña —respondió—. Tú no tienes que aguantar comentarios hirientes acerca de ti y de tus padres —soltó un sollozo—. Tú al menos no sientes el odio de un tío. Tú al menos —soltó otro sollozo— no sientes que eres un inútil, un estorbo en las casa.

Presos de la tristeza, los chicos guardaron silencio, pero éste era roto por los pequeños sollozos de ambos. Tuvieron que transcurrir varios minutos para que los dos se tranquilizaran un poco.

— Oye, ¿y si mañana vamos a la playa? —sugirió Kazui, limpiándose las lágrimas.

— ¿A la playa? —cuestionó Ichika, alzando la ceja derecha.

— Sí, a la orilla del mar —reafirmó el chico—. Es un lugar muy bonito, allí todos van a divertir y no están tristes. Una vez mis papás y tus papás fueron, ¿te han contado eso? —inquirió. La chica negó con la cabeza—. Entonces vamos a decirle a mi mamá que vayamos mañana, yo no tengo que ir al colegio, y estoy seguro que tus papás no se negarán. Así que, ¿qué dices? —cuestionó.

Ichika se limpió las lágrimas. Ese niño siempre tenía buenas soluciones para hacerla sentir mejor, y era un detalle que le agradaba mucho.

— Sí, vamos — respondió la niña. El chico le dedicó una amplia sonrisa, y ella no tuvo de otra que devolvérsela.

Y esperaron varios minutos más hasta que Ichigo dejó de romper las cosas de la clínica para poder bajar con Orihime. Ellos dos estaban pasando por momentos difíciles en sus familias, pero cuando Kazui e Ichika se reunían esto pasaba a segundo plano, y eso les permitía llevar las situaciones con más tranquilidad, y sin olvidar en ayudarse mutuamente para ser poderosos segadores.

Además, ¿qué tan malo sería pasar un día a la orilla del mar?


El molesto sonido del viento y el ondear de una enorme tela era lo único que podían apreciar las hermanas Mikoba, ya que se encontraban viajando en las espaldas de Lajos Salminem, junto con una enorme hacha de doble filo, la cual medía cerca de dos metros y medio de ancho en su cabeza y tres metros de mango. Cruzaban el oscuro cielo, salpicado de estrellas, a una velocidad de vértigo, pese al tamaño y peso del monstruo.

— ¿Cuánto falta para llegar, illo? —preguntó Mibértola, alzando la voz por encima del fuerte

— Todavía dos días —bramó el dragón.

— ¡Dos días! —gritó Gerlstina—. Pero si tenemos que llegar a Japón a la voz de ya, méndigo.

— Voy tan rápido como puedo, cabrona —replicó Lajos a voz de cuello—. Doscientos cincuenta nudos es la mayor velocidad que puedo alcanzar.

Mibértola rodó los ojos mientras la mujer de aspecto vaquero comenzaba a insultar al dragón, y viceversa. Sin embargo, para sus adentros esperaba llegar lo más pronto posible, ya que presentía que el fin se estaba aproximando.

Kihuoteoncho bajó su cabeza, para darle un descanso a sus ojos del implacable viento, y abrió los ojos. Dos kilómetros debajo de ellos, el Océano Pacífico se extendía por toda su amplitud, tranquilo y oscuro gracias a la noche. Pero una gran estela llamó su atención, así que con la vista la siguió y notó el objeto que la producía. Algo que brillaba en la inmensidad del mar, y que tenía el mismo curso que ellos.

— ¡Che, tenés que bajar! ¡Mirá quien está debajo de nosotros! —gritó la mujer del kimono.

Lajos enfocó su vista hacia abajo y sonrió. Repentinamente, cerró sus alas y se dejó caer en picado, tomando a las tres féminas totalmente descuidadas.

— ¡Vas y chingas a tu madre! —exclamó Gerlstina, presa de la sorpresa y sujetando su sombrero.

El dragón descendió rápidamente, con las tres mujeres agarradas a veinte uñas a su espalda, y, a unos veinte metros del agua, abrió sus alas abruptamente. Alternado aleteos y planeos, siguió la estela, hasta que, a doscientos metros de distancia, pudo ver el objeto que la producía.

Una gigantesca fragata de madera negra, de cerca de trescientos metros de eslora, surcaba las aguas a una impresionante velocidad de quinientos nudos, rebotando estruendosamente en el océano. En varios puntos del barco había antorchas y lámparas de aceite, dándole a toda la estructura un débil resplandor naranja. Sus velas, de color rojo sangre, estaban desplegadas y ondeaban violentamente. Sin embargo, un poder que no era el eólico impulsaba la nave.

Lajos aleteó lo más que pudo para emparejarse con la embarcación, y, a medida que se acercaba, los cuatro pudieron escuchar toda clase de cantos, gruñidos y trinos, semejantes a los que emiten las aves marinas cuando anidan en los acantilados costeros. Las mujeres y el dragón notaron, gracias a la tenue luz, cientos de figuras que volaban alrededor de la nave, todas ellas con cabezas de ave, y de distintos tamaños y complexiones.

— Buenas noches señor Salminem —saludó una voz infantil al lado izquierdo de Lajos. Éste volteó y observó a un pequeño ser, de no más de cincuenta centímetros de altura, y que tenía la cara de un mérgulo atlántico y la vestimenta de un marino del siglo XVII, volando apaciblemente al lado de la nave—, ¿qué lo trae por los rumbos del Duquesa Isabela? —cuestionó.

— Quiero… ver… a tu… capitán —respondió Lajos, de manera jadeante por el esfuerzo de volar a tal velocidad.

— Por supuesto, sígame —habló el mérgulo, aleteando rápidamente, mientras que el dragón lo seguía.

Ambas criaturas tomaron dirección hacia el barco. El pequeño y ornitológico ser se dejaba llevar por la fuerza del viento proveniente de la embarcación, así que el dragón decidió imitarlo y notó que eso era más llevadero que dar aletazos. Dieron un pequeño sobrevuelo por detrás de la popa y el lado de estribor, además de que los seres con cabeza de pájaro los saludaban bastante entusiasmados.

El mérgulo y Lajos y compañía aterrizaron en la cubierta, la cual medía cerca de cincuenta metros de manga, y estaba armada con cerca de sesenta cañones, treinta a babor y treinta a estribor. Las hermanas Mikoba se bajaron de la espalda del jadeante monstruo, observando los cañones y plantando firmemente los pies, pues los constantes y fuertes vaivenes del Duquesa Isabela los podían hacer perder el equilibrio. Pero no pudieron seguir contemplando el armamento, ya que el ser emplumado comenzó a andar hacia la proa, con rápidos pasitos. Los demás lo siguieron, hasta que el mérgulo detuvo sus pasos.

En la proa, había una figura contemplando el horizonte, y pese a las subidas y bajadas del barco, ésta se mantenía firme. Medía cerca de dos metros de altura y vestía una gabardina del siglo XVII azul oscuro, complementada con botas negras y un sombreo de ala muy ancha, decorado con un nutrido penacho de plumas negras y blancas. De su flanco izquierdo podía apreciarse que, debajo de la gabardina, la punta de una espada sobresalía.

— Los dejo con el capitán —comentó el mérgulo, y echó a volar fuera del barco.

Los cuatro avanzaron un poco más, hasta estar cerca de un metro de distancia de la estática figura.

— Buenas noches… capitán Buche Gordo —saludó Lajos, respirando entrecortadamente.

— Buenas noches Filiberto —habló Gerlstina.

— Buenas noches, capitán Domínguez —dijo Mibértola.

— Buenas noches capitán —saludó Kihuoteoncho.

La figura se dio la media vuelta, y entonces se notó su rostro. Tenía la misma forma que un ave fragata, sólo que el pico era uniformemente liso y el plumaje negro profundo. Además, extendió sus brazos, los cuales medían poco más de cuatro metros cada uno, y en la punta de ellos no había dedos, sino plumas que se extendían y doblaban como si fueran falanges.

— Muy buenas noches, amigos —respondió el capitán Filiberto, estrechando la mano de cada uno. Su voz era algo aguda y fuerte, además que tener un tono semejante a un gorgorito—, ¿qué asuntos les atrae hasta el Duquesa Isabela?

— Pues pasábamos por arriba —respondió Gerlstina.

— Y vimos el barco —secundó Mibértola

— Y bajamos a saludar —intervino Kihuoteoncho.

— Más que nada, íbamos a Japón… de cacería —habló Lajos.

Filiberto miró a Salminem — Así que, ¿ya saben que tienen ir a ese miserable y desgraciado país? —preguntó, imprimiéndole odio a las últimas palabras.

— Por supuesto. Estos diez años… han sido una total mierda —respondió el dragón—. Los vampiros… se están haciendo poderosos. Las otras criaturas y monstruos están siendo asesinadas o aliándose a ellos. Además —pausó un poco—, hay rumores que dicen que nadie podrá hacerles frente, y nos atarán a los mortales y a los espíritus en la oscuridad.

— ¿Madame Ridasaki les comentó eso verdad? —inquirió Domínguez. Los cuatro asintieron levemente—. Yo también la vi hace cuatro días, a esa mujer no se le escapa ningún pasado, ningún presente y ningún futuro.

— Así es pero, ¿tú por qué vas a Japón? —cuestionó Mibértola.

El capitán Buche Gordo volvió a colocarse en la proa de la nave: — Por lo mismo que ustedes —respondió, con la vista nuevamente volcada al horizonte—. Hace diez años le robaron su paz al mar, ya no es un lugar tranquilo, siento su odio, siento su miedo a que las sombras invadan sus profundidades, y yo también presiento que mi hora ha llegado. Y como siempre —comenzó a respirar de manera agitada. Esto ocasiono que, poco a poco, una bolsa de piel roja se inflara debajo del pico hasta alcanzar el tamaño de un bulto de cemento—, los malditos japoneses tienen la culpa.

— Si tanto odias a los japoneses como dicen las leyendas, ¿por qué te diriges hecho la madre a Japón? —inquirió Gerlstina, alzándose de hombros.

Filiberto se dio la vuelta bruscamente, haciendo que su buche se desinflara: — Porque yo no quiero a esos mugrosos mocosos —respondió con la voz oprimida—. Yo lo que busco son a sus progenitores, a esos imbéciles que se les ocurrió romper el hilo rojo destinado a acabar con el martillo, aquellos que destruyeron el eclipse que acabaría con las sombras hace diez años —se acercó rápidamente a la mujer de aspecto vaquero y acercó mucho su rostro al de ella. La fémina pudo notar la ira en los grandes ojos marrones del capitán—. Yo sé que nuestro tiempo está contado, todos vamos a perder ante las sombras, pero —se dirigió a uno de los cañones de estribor y desenvainó su espada—, ¡yo no me iré de este mundo sin haberme dado el gusto de volarle la cabeza a uno de ellos! —gritó, y restregó su arma contra la abertura de la mecha de la pieza de artillería, provocando chispas.

El cañón disparó, combinando su tronido con el ruido que hacía la pesada embarcación cruzando las aguas y los cantos y trinos de la tripulación que seguía volando alrededor.


Notas del autor:

*Hola. He aquí un nuevo capítulo de esta historia. Van a ir apareciendo poco a poco, y recuerden que van enlazadas a las historias de aventuras que estoy describiendo.

*Quiero agradecer a las personas que me motivaron nuevamente a seguir escribiendo después de haber colgado un mensaje en una de mis historias.

*Aquí aparece otro OC que es un eje vertebral en mi imaginario: el capitán Filiberto Buche Gordo Domínguez. Tendrán más detalles de él en otra historia.

*Como siempre, se agradece profundamente su opinión.

Gracias por leer