Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos.


"Todo el mundo tiene un precio. Pero si haces muchas idioteces que afecten al entorno y sus habitantes, entonces más alta será la cantidad de monedas que pagaré por tu cabeza"

Lajos Salminem

En medio de la oscuridad una luz estaba surgiendo. Poco a poco, y siguiendo las intrincadas notas de la melodía del órgano [Fuga en sol menor BWV 578], iba creciendo en tamaño e intensidad. Y cuando obtuvo un tamaño de unos tres metros de diámetro, un punto oscuro emergió en el centro. Conforme la música se desarrollaba, el punto incrementaba en ancho, hasta llegar a los dos metros y medio de diámetro. Y del punto fue surgiendo una figura, paulatinamente, hasta rebasar por veinte centímetros la estatura de un hombre adulto.

Ya totalmente fuera, la figura cayó al piso. Se notaba que estaba cubierta por una capucha, la cual se descorrió, dejando ver a un cráneo. Pero a éste inmediatamente le surgieron un par de ojos. Luego, con repulsivos sonidos, le fueron apareciendo músculos, ligamentos y tendones a la calavera. Gradualmente se fue cubriendo de piel, hasta formar una cara masculina, y después le creció pelo, bigote y barba.

El hombre respiraba agitado, con ambas manos apoyadas al suelo. Todos sus recuerdos y memorias iban llegando poco a poco a su mente, hasta que el órgano dio su acorde final.

— Levántate, Ywach —ordenó una voz femenina al individuo, sumamente atractiva y muy suave, pero que a su vez le hacía temblar cada fibra de su ser.

— Nadie me ordena nada —dijo el hombre, con algo de desafío.

— ¿Qué acaso ya te olvidaste de mi? —preguntó la voz, sin alterarse— ¿Qué acaso ya te olvidaste del ser que te dio tus poderes? ¿Qué acaso ya olvidaste a quien prácticamente te dio la vida?

Ywach se incorporó y miró hacia todos lados: — ¿Dónde rayos estoy? —preguntó, sin dejar su tono de reto.

— Tú estabas muerto, Ywach —dijo la voz—. Yo te saqué de la Muerte Eterna, aquel espacio donde toda existencia, mortal o espiritual, desaparece.

— Nadie escapa de la muerte, nadie — habló el hombre.

La voz rió, con una fina risa que le paralizó los nervios al hombre: — Tú no conoces los límites de la maldad, ¿verdad? —comentó—. Hiciste muchas cosas, Ywach, pero jamás te acercaste ni por un instante a todo lo que mi ejército y yo hemos hecho en este mundo. Tú no tienes ni una pizca del poder que yo albergo, ni la más remota idea de lo que soy capaz de hacer con él.

— Yo maté al Rey Espíritu. Yo fui el Rey Espíritu —replicó Ywach.

— Y yo he conquistado el Mundo de los Vivos desde hace unos mil años —refutó la mujer—. Yo he hecho que los humanos se enemisten, de que se odien a puntos extremos de matarse sin motivo. Yo he ocasionado guerras, abierto brechas en las sociedades e hice un mundo idóneo para su perdición.

— Yo soy el ser más poderoso del mundo. Yo controlo los destinos de todos —dijo el hombre con mucho orgullo.

Un tremendo golpe se escuchó al lado izquierdo del individuo: — Sabes muy bien que tú me debes la vida —dijo la mujer, con enfado. Su tono hizo que, por primera vez, Ywach temiera por su existencia —. Sin mí, serías un humano más, y ni tú ni tus apetecibles quincys habrían tenido un lugar en la historia. Además, nadie puede controlar los destinos de otros, ni siquiera yo. Sin embargo —su voz dejó el modo de enojo, para recuperar su intrigante suavidad—, debo reconocerte que me hiciste un enorme favor.

— ¡Yo no le hago favores a nadie! —gritó Ywach, indignado.

La voz rió, y volvió a hacer que el hombre se sintiera incómodo: — Pues déjame corregirte. Tú provocaste que el hilo rojo se rompiera, al amenazar al sol negro y la luna blanca que los matarías en su felicidad, y al impedir que el eclipse acabara con todo lo que hecho —pausó un poco—. Por eso, voy a recompensarte en gran medida.

— ¿Y qué clase de retribución esperaría? —inquirió el hombre.

— Ya que te saqué de la muerte, ¿qué es lo que más desea tu sórdido corazón, Ywach? —preguntó la voz.

Las ansias se reflejaron en el rostro de Ywach, el cual sonrió marcadamente: — Quiero revancha —respondió—. Contra la Sociedad de Almas, contra el nuevo capitán comandante y contra el Rey Espíritu.

— Si regreso a tus soldados de la Muerte Eterna y te facilito un ejército de monstruos y criaturas que pulverizan a los segadores sin esfuerzo alguno, además de la entrada a la Sociedad de Almas y la llave a la dimensión del Rey Espíritu, ¿considerarías eso como una buena recompensa? —ofreció la mujer.

Yhwach sonrió, demostrando sus claras intenciones: — Sí, acepto.

Hubo un silencio sepulcral, sólo roto por la respiración del individuo. Y entonces algo grande se movió en las penumbras y se acercó a la luz donde estaba Ywach. Era una mano muy pálida como la cera, de cerca de cinco metros de ancho y con dedos de más de dos metros y medio de largo y anchos como un hombre adulto, rematados con puntiagudas y filosas uñas de más de setenta centímetros de largo.

— Entonces ven conmigo. Tenemos algunas cosas por hacer —habló la voz, de manera imperativa.

Y Ywach subió a la mano, con la plenitud de haber hecho el mejor trato con el peor de los males que hay en el mundo.


Orihime Kurosaki se encontraba en la cocina de su casa, sentada en la mesa y con las manos cubriéndole el rostro. Era la cuarta vez que Ichigo perdía el control por un paciente muerto, y era bastante seguro que tendrían que hacer un gasto en reparar nuevamente la clínica.

El ama de casa se destapó el rostro una vez que su esposo cesó con su desplante. Tenía los ojos rojos y húmedos, producto de la frustración por no poder ayudar. Aunque, debía reconocer que era muy incapaz de hacer volver a Ichigo a un estado de calma, jamás lo había logrado. Y, lamentablemente, había tres ejemplos importantes de su incompetencia en ese aspecto: su rescate a Hueco Mundo, los diecisiete meses que Ichigo pasó frustrado y en el momento de la batalla contra Ywach.

Unos pasos apurados, provenientes de la planta alta, le pusieron en alerta. A Orihime no le gustaba mostrar tristeza frente a su hijo, ya que él siempre la había visto como una mujer alegre, así que se limpió las lágrimas lo mejor que pudo, justo a tiempo antes de que su hijo entrara a la cocina, acompañado de Ichika.

— Mamá —dijo Kazui. Orihime pudo notar el leve enrojecimiento en los ojos de su hijo—. Le propuse a Ichika que mañana fuéramos a la playa, ¿no crees que es una buena idea? —preguntó, con una sonrisa.

Orihime se quedó pensativa. Pasar un rato agradable en la playa no sonaba tan mal.

— Por supuesto —respondió ella, sonriendo también—. Más al rato le digo a tu padre, ya verás como también está de acuerdo.

Kazui se acercó a su madre y la abrazó: — Gracias mamá —dijo aún sonriente, y se soltó. Luego miró a la niña pelirroja—. Vamos Ichika, hay que seguir jugando —y salió de la cocina seguida de ella.

La mujer sonrió mientras los niños se dirigían hacia arriba. Bueno, por lo menos mañana sería un día agradable, para olvidar un poco la situación en la que estaban envueltos.

Sin embargo, todo su optimismo se vio cortado de golpe cuando el acre olor de un cigarrillo quemándose le llegó hasta la cocina.


Ya en la habitación del chico, Kazui e Ichika retomaron su carrera. Y aunque hicieron el esfuerzo, la computadora les ganó los primeros cinco lugares. A él no parecía importarle, pero ella estaba algo indignada, ya que no le era comprensible como un ser virtual podía ganarle a ella en ese jueguito.

Sin embargo, no pudo seguir argumentando razones en contra del juego, ya que su celular comenzó a sonar.

— ¿Diga? —respondió Ichika—…Hola mamá —sonrió—…¿cómo estás? ¿Y papá?... ¿Por qué te oyes así?... —su sonrisa se borró poco a poco— Bien… No, yo me encuentro bien. Estoy aquí con Kazui…Sí, de acuerdo… No, no quiero irme mañana… Es que Kazui le propuso a sus papás ir a la playa… Bien, los espero…Buenas noches a ti también, mamá —y colgó, para luego respirar profundamente.

Kazui observó los gestos de la chica: — ¿Por qué estás triste? —cuestionó— ¿Pasó algo con tus papás?

Ella no lo pudo reprimir más y comenzó a sollozar, para luego caer en la cama y taparse la cara en un intento de contener el llanto.

El chico se alarmó, se sentó a su lado derecho y colocó su mano izquierda en su hombro: — No estés triste —dijo muy suave—. Ya verás que todo se va a mejorar, aquí y en tu mundo.

Y lo único que pudo hacer Ichika fue abrazarse a él y descargar sin ningún miramiento la tristeza que la carcomía en esos momentos.


En el techo de la casa Kurosaki había dos figuras sentadas, observando una lámpara de papel que emitía una leve luz azul. Una de ellas correspondía a Kyuke Kageakumu, delgado y con su largo pelo verde que le tapaba el rostro. El otro era un hombre flaco, de piel azul, pelo negro largo hasta la media espalda y con un fleco que le cubría los ojos, además de unos pequeños cuernos que le sobresalían de su cabeza y vestía un kimono de un fúnebre color púrpura.

La lámpara estaba proyectando la escena de Kazui e Ichika, y ambos individuos la observaban bastante complacidos.

— ¿Oíste eso, Horaga? —cuestionó Kyuke con burla—, creen que todo va a estar bien.

El hombre de piel azul sonrió, mostrando sus puntiagudos dientes: — Claro que sí —respondió con una voz pausada y ronca—. Siempre me ha encantado la inocencia de los niños.

— Bueno, al menos debemos admitir que tienen razón —comentó el vampiro.

— ¿Por qué lo dices? —cuestionó Horaga, sin dejar de sonreír.

— Porque todo va a estar bien —contestó el hombre de pelo verde—. El hilo negro ya se formó, ahora sólo falta que lo saquen de su envoltorio y entonces, todos los que nos unimos a las sombras podremos gozar de todos los mundos mortales y espirituales.

— Me encanta esa idea —dijo el aoandaon—. Poder vivir sin que los segadores te persigan, revivir las pesadillas, atormentar a la gente y devorar sus mutilados cuerpos. Eso sí que suena a un mundo perfecto.

Y ambos seres soltaron una risa, dado que el futuro solamente parecía ser benéfico para ellos. Después de reírse un rato, guardaron silencio y siguieron contemplando los vanos intentos de Kazui por detener el fuerte llanto de Ichika.


El día llegó a la ciudad de Karakura. Con el rosáceo despunte del alba, sus habitantes comenzaban a despertar y prepararse para la rutina de un buen día de vacaciones. Algunos madrugadores ya habían salido a correr, mientras que otros armaban los planes de las actividades a realizar por hoy.

A la orilla del río, un senkaimon se abría, y por él salían cinco mariposas infernales. Después emergieron los cinco soldados legionarios que los hermanos Kuchiki habían contratado. Todos ellos examinaron con cuidado el panorama.

— ¿Esto es Japón? —cuestionó Mauricio de forma despectiva, y se colocó un adorno de plumas oscuras y curveadas en el lado izquierdo de su cabellera—. Pues no le veo que sea un primer mundo. Hasta parece León, Guanajuato, con su pinche malecón feo.

— Mira cabrón, no estamos aquí de vacaciones —replicó Miranda—. La misión aquí es capturar a Ichika Abarai y llevarla con vida a Byakuya Kuchiki.

— Suena fácil, ¿no teniente Martínez? —preguntó el hombre alto.

— Por supuesto que suena fácil Enrique —contestó la mujer—. Pero ya saben cómo se ponen las cosas…

Pero el repentino ruido de otro seikaimon surgiendo la interrumpió. Los cuatro hombres se pusieron en alerta máxima, preparados para cortar a quien fuera que surgiera de las puertas.

— Rápido, escondámonos —sugirió la teniente—. Es mejor no matar a nadie por ahora —y los cinco desaparecieron con shumpo.

Una vez que el seikaimon se abrió de nuevo, dos mariposas infernales emergieron de él. Y luego Renji y Rukia Abarai, los dos con expresión muy triste y vistiendo sus uniformes de segador.

— Todo va a estar bien, Rukia —habló Renji en tono conciliador—. Podremos conseguir un techo y hacer todo de nuevo. Tengo unos ahorros que nos serán útiles.

— No sé, Renji —dijo Rukia, en voz my baja y sin ánimo—. Byakuya nos expulsó, ya no podré usar el apellido Kuchiki, ya no tendré distinciones en el Gotei, ya no seré importante en el Seireitei.

El pelirrojo le pasó su brazo derecho sobre los hombros: — No seas tan pesimista —aconsejó—. Hemos salido de peores situaciones. Las guerras con Aizen y los quincys nos dejaron grandes estragos, pero nos recuperamos. Y no creo que se fijen en tu apellido, hemos hecho cosas importantes, tú sola pudiste lograr importantes hazañas —respiró—. No creo que un simple nombre te quite todos tus éxitos —y la estrechó contra sí un poco, pero ella se separó muy rápido.

— Pero es que estamos hablando de Byakuya —comentó la mujer, con notoria testarudez—. Mi hermano adoptivo, el esposo de Hisana, el hombre que me cuidó y apoyó en casi toda mi trayectoria segadora —pausó un poco—. Le debo mucho, mucho. Y duele el que ya no me reconozca, que ya no me quiera y que ya no esté orgulloso de mi —apretó su rostro para evitar derramar lágrimas.

Renji suspiró. Desde que fue adoptada por los Kuchiki, Rukia había desarrollado un gran fanatismo por Byakuya, y hasta la fecha tenía a ese tipo en gran estima. Era algo semejante a la obsesión de Orihime por Ichigo.

— Mejor vámonos con Ichigo —sugirió el pelirrojo—, nos ha de estar esperando para ir a la playa —y le tendió la mano derecha. Rukia la estrechó y comenzaron a caminar.

Ocultos en un árbol cercano, los cinco legionarios observaron como la pareja, unos metros más adelante, se esfumaba de la escena con shumpo.

— Vaya, vaya, vaya —dijo Martínez, una vez que bajaron del árbol—. Una pareja que parece no ser muy feliz y además —pausó un poco, colocando su índice derecho en el mentón— resultó ser la mujer que fue la hermana adoptiva del sujeto que nos contrató para capturar a la niña. Ustedes —miró a los hombres—, ¿creen que podamos resolver sus problemas? —cuestionó, sonriendo de manera maliciosa.

— Matemos al esposo —propuso Andrés—. La culpa siempre la tiene el hombre.

— Yo digo que a la vieja esa —secundó Enrique—. Se ve que la infeliz es ella.

— Pues yo digo que a los dos —opinó Mauricio—. Siempre he querido matar a los protagonistas de un drama.

— Concuerdo con Mauricio —apoyó Jesús—. Además, ¿no siempre dicen hasta que la muerte los separe?

— Tú siempre estás de acuerdo con este puto —habló Miranda, logrando arrancar algunas risas de los presentes—, pero tiene razón. Hay que aniquilar a los dos, pero hay algo que debo decir.

Los cuatro hombres se miraros entre sí: — ¿Y ese algo es? —preguntó Jesús.

— A mí déjenme a la mujer —respondió la teniente, afilando la vista de su único ojo—. Yo haré que dé su último aliento al acero de mi zampakuto.

— Pero antes hay que ver dónde está la playa —comentó Andrés—. El pana ese dijo que iban a ir allá. Probablemente allí esté la niña.

Miranda sonrió: — Mis modernos amigos —habló—. Cuando yo vivía había una manera de encontrar el mar, y esa era siguiendo los cauces de agua. Así que —señaló el río— hay que ver donde desemboca, y tendremos tiempo de armar un buen desmadre

Y sin decir más, los hombres asintieron y los cinco legionarios desaparecieron con shumpo.


Ichigo, a diferencia del entusiasmo que mostraban Ichika y Kazui en ese instante, se encontraba con aire apagado en la cocina. Miraba sin emoción alguna su taza de café, y le daba algunas vueltas con la cucharilla, mientras que su hijo, con la boca llena de huevo y arroz, le contaba algunas cosas a Ichika acerca de lo que vería en la playa. Ella, por lo concentrada que estaba en la plática, no había tocado su desayuno. Hasta que el sonido del timbre lo sacó de sus cavilaciones.

— Yo abro —dijo el hombre de pelo naranja, levantándose cual resorte de la silla y dirigiéndose a la puerta.

Una vez allí, Ichigo pudo notar a Renji y a Rukia en el exterior, con su vestimenta segadora. Sin esperar mucho abrió la puerta.

— Enana, que sorpresa —saludó Ichigo sonriendo, pero al ver el semblante de la pareja su gesto se borró un poco—. ¿Les ocurre algo? —inquirió.

— Te lo cuento adentro —respondió Rukia—. ¿Aquí están los gigais verdad? —cuestionó.

— Eh… si claro. Pasen, por favor —indicó el hombre de pelo naranja, apartándose para permitirles la entrada a los dos.

Los tres se dirigieron en silencio a la cocina. Y cuando llegaron, fueron recibidos de manera muy amable por Orihime y de forma efusiva por Kazui.

— ¡Mamá! —exclamó Ichika cuando vio a Rukia y fue corriendo a abrazarla.

— Hola hija —dijo Rukia de manera suave y correspondiendo el abrazo—, ¿cómo has estado? ¿Te has portado bien? —preguntó.

— Sí mamá —respondió la niña—. He estado entrenando con Kazui, además él me ha enseñado a jugar videojuegos. Tiene uno de carreras que es buenísimo.

— Eso es bueno hija —dijo Renji, y también se acercó para darle un abrazo—. Aunque no debes jugarlos diario, podrías terminar como los de la Doceava División, igual de loca como ellos —esto arrancó algunas risas en los presentes, incluso Ichika sonrió.

— Kazui, ¿por qué no vas a tu cuarto a arreglar tus cosas? —sugirió Orihime, quien también había notado los decaídos semblantes de Renji y Rukia, y quería saber a qué se debía.

— Sí, mamá —afirmó el niño, asintiendo con la cabeza—. Vamos Ichika.

— Sí, vamos —respondió la niña.

Los niños salieron de la cocina, dejando a los adultos solos y con expresión de tristeza.

— Ahora sí, antes de que vayan por sus gigais, ¿qué fue lo que les pasó? —preguntó Ichigo, preso de la curiosidad.

Con un suspiro, la capitana comenzó a contar lo ocurrido. Y a medida que Rukia y Renji les explicaban su situación, el ambiente fue tornándose melancólico. Parecía que había algo en ambos mundos que se esforzaba en hacerlos sentir desgraciados. Y esta vez, ni las zampakutos ni los kidohs los podían defender de ese ente que poco a poco les robaba la felicidad en ambos mundos.


El viaje a la playa no duró mucho, poco más de veinte minutos en los cuales Renji e Ichigo discutieron por ver quién iba a conducir la furgoneta y resultó ganador el hombre de pelo naranja dada la inexperiencia del pelirrojo con los vehículos. Llegaron al estacionamiento y, al momento de dejar el auto en su sitio, se bajaron. Los seis vestían ropas ligeras, playeras y pantalones cortos, de vivos colores, además Rukia y Orihime traían amplios sombreros para protegerlas del sol.

— Por aquí Ichika —habló Kazui, y salió corriendo con rumbo a la playa.

— ¡Espérame! —gritó la pelirroja, yendo detrás de él.

Los cuatro adultos sonrieron un poco mientras bajaban las hieleras y las sombrillas. Por lo menos sus hijos eran ajenos a la situación sentimental que vivían.

Cuando Ichika finalmente alcanzó a Kazui, éste estaba muy quieto en donde el terreno era arenoso, ya que miraba el panorama con una amplia sonrisa. La niña se le emparejó y vio fascinada lo que tenía ante sus ojos. El océano se extendía por todo el horizonte, y le parecía infinito. La arena, caliente y suave, también ocupaba una buena parte del entorno, pero era diminuta su área en comparación con el mar. Y sobre la arena, varias familias habían extendido toallas y puesto sombrillas, también había algunos botes en el agua y gente nadando y chapoteando entre las suaves olas.

Ambos niños no esperaron a sus padres y pronto comenzaron a buscar un lugar dónde instalarse en la arena, y encontraron un sitio despejado a pocos metros.

— ¡Por aquí, papá! —gritó Kazui, haciendo señales con la mano derecha. Ichigo lo notó y se encaminó al lugar, seguido de Orihime.

Renji y Rukia se detuvieron a observar la playa. Él estaba abrazándola por detrás y tenía recargada la cabeza en el hombro derecho de ella.

— ¿Te acuerdas cuando vinimos la primera vez? —preguntó la pelinegra.

— Si, fue cuando el loco de Kurotsuchi casi arruina ese día —respondió el pelirrojo—. Casi pasa a ser una tragedia a no ser por…

Mientras Renji, Rukia se perdían en los recuerdos, Orihime e Ichigo extendían una toalla en el lugar que les había indicado su hijo y colocaban una sombrilla. El niño ya se encontraba rumbo al agua, seguido de la niña pelirroja. El hombre de pelo naranja se sentó, sacó un cigarrillo de su bolsillo y un encendedor. Orihime vio con desaprobación esa acción de su esposo, y frunció un poco el ceño al ver que lo encendía y le daba la primera calada.

— Ve con los niños, por favor Ichigo —pidió la mujer de pelo naranja.

— Si no hay problema —respondió el aludido, levantándose sin apagar su cigarrillo y yendo tras los niños.

Kazui e Ichika ya habían llegado al rompiente de las olas. La niña sintió el contraste de temperaturas de la arena, al pasar de una zona caliente a una fresca bañada por el agua del mar. Esto era una sensación agradable, y más lo fue cuando una suave ola mojó sus pies. El agua estaba muy fresca, incluso se inclinó y, con ayuda de sus manos, recogió un poco del líquido y le dio un sorbo. Pero el intenso sabor hizo que la escupiera de inmediato.

— Esa agua no se toma Ichika —dijo Kazui muy sonriente.

— Bueno, pues te invito un vaso —habló Ichika, agachándose y echándole agua marina en el rostro. Kazui se cubrió, pero él la salpicó otro poco y entonces ella intentó darle un buen zape.

Y mientras Kazui e Ichika se perseguían, Ichigo llegó y observó la escena. Esto le trajo algunos recuerdos, como cuando jugaba con su padre o el día en que vino Rukia y sus amigos de la Sociedad de Almas a la playa. Cuando aún sentía algo de felicidad en su vida y podía pasarla bien a la orilla del mar.

Pero al mirar a su hijo y a la niña, el hombre de pelo naranja notó algo oscuro en el horizonte que se movía rápidamente sobre las aguas, y dejó caer el cigarrillo. Instintivamente, un mal presentimiento se apoderó de él mientras esa cosa se dirigía directo hacia ellos.

— ¡Salgan del agua! —gritó el hombre. Los infantes, pensando que había un ser marino peligroso, no dudaron en retirarse. Los tres se alejaron lo más posible de la orilla, justo hasta donde se habían instalado.

E Ichigo no era el único que había percibido el objeto que se acercaba a una tremenda velocidad. Toda la gente que había en el lugar señalaba, con gran asombro, el punto en el horizonte donde estaba aquella cosa, y pensaron que, al dirigirse a la playa, debía reducir su marcha.

Pero la masa no disminuía su velocidad, y en un lapso de minutos alcanzó el agua poco profunda. Y a unos doscientos metros de distancia, se pudo notar que era un barco gigantesco de madera negra, con las velas rojo sangre desplegadas. Iba arrollando a las naves y personas que se cruzaban en su camino, haciéndolas pedazos y ahogando a la gente, y no parecía aminorar la velocidad ni siquiera cuando llegó a la costa.

El barco se estampó contra la playa, destrozando a mucha gente, y salió catapultado unos cien metros antes de estrellarse en el estacionamiento, aplastando la gran parte de los automóviles y provocándose un enorme agujero en la parte frontal del casco.

El caos se desató. La gente comenzó a correr despavorida y en todas direcciones. Y de la embarcación volcada, una figura saltó hacia tierra. Era alta, de cerca de dos metros de estatura, y vestida como una gabardina azul marino del siglo XVII y sombrero de ala ancha adornado de plumas. Pero lo más intrigante era su cabeza, la cual tenía la forma de un ave fragata.

— ¡Devuelvan el barco al mar! ¡Suban a todos los japoneses que puedan! —gritó el capitán Buche Gordo— ¡Y traigan a los idiotas que rompieron el hilo rojo y sus vástagos que llevan el hilo negro! —y desenvainó su espada para usarla contra un desafortunado hombre que corría en círculos.

Después de dar la orden, cientos de seres con forma de aves marinas salieron de la embarcación. Había de todos los tamaños, complexiones y especies, además de que todos vestían a la usanza del siglo XVII, con camisas holgadas y pantalón largo, y traían una espada. E inmediatamente comenzaron a arremeter contra la gente, hiriéndolos en las piernas. Otros volaban sobre la multitud, levantando a hombres, mujeres y niños con sus palmeados pies para llevarlos doscientos metros mar adentro y arrojarlos al agua. Y unos cuantos, los más grandes y corpulentos, comenzaron a empujar la enorme nave hacia el océano.

Además de los entes ornitológicos, otras figuras también saltaron del barco. Tres mujeres, una de vestido victoriano color guinda; otra de camisa a cuadros blancos y negros, jeans azules y sombrero; y la última con un kimono color pardo. Las tres iban armadas, la del vestido desenfundó una cimitarra, la de sombrero unos revólveres y la del kimono preparó una katana. Las tres comenzaron a atacar, dirigiéndose al pecho de la gente, y ésta, una vez tocadas por las armas, empezaban a toser y expulsar sangre con manchas verdes por la nariz y la boca hasta desfallecer.

Y con un gran estruendo, otro ser salió del barco. Éste era muy alto, con cerca de cuatro metros de estatura, y fornido. Su cabeza ovalada semejaba a la de los dragones, sólo que de color negro y con dos cuernos por encima de los ojos, e incluso tenía alas de piel. Vestía una toga negra grande y holgada, y tenía en su espalda una tremenda hacha de dos metros y medio. Pero este monstruo no atacó a la gente, sino que comenzó a ayudar a llevar el barco al agua, lo cual hacía sin ningún esfuerzo.

Ichigo observó que Rukia y Renji ya habían adoptado su forma segadora, listos para el combate. Así que él también hizo lo mismo, con el viejo símbolo que alguna vez le dio el capitán Ukitake.

— ¡Ichika, llévate a Kazui y salgan lo más pronto de aquí! —ordenó Rukia, y comenzó a defenderse de un ente con cabeza de albatros.

— Pero mamá, yo quiero quedarme a ayudar —replicó la niña, quien también había salido de su gigai. Kazui había adoptado su forma segadora también.

— ¡Sólo vete! —gritó Rukia, rechazando al albatros, el cual atacaba con una inusual ferocidad.

La niña tomó a Kazui de la mano y se alejó algunos metros, pero chocó contra alguien. Al enfocar mejor su atención pudo ver a una mujer mediana y delgada, con el pelo color caoba, un parche en su ojo izquierdo y el rostro lleno de cicatrices. Vestía a la usanza segadora y pudo notar un distintivo de teniente en su brazo izquierdo.

— Yo que tú le haría caso a tu mamá —dijo la mujer, mirando seriamente a los niños con su único ojo.

Rukia dirigió su vista hacia su hija, y pudo sentir cinco presiones espirituales diferentes, pero un ser con cabeza de págalo la atacó, así que mejor volcó su atención en su oponente.

— ¿Vienes a ayudarnos? —cuestionó Ichika con un poco de esperanza.

El serio rostro de Miranda pronto adoptó una sonrisa: — La verdad, no —respondió, y desenvainó su zampakuto—. He venido por ti para destrozarte la garganta, niña —y levantó su arma, haciendo el amago de una cuchillada.

La capitana observó este acto y no perdió tiempo y, con el uso del shumpo, se aproximó hacia la teniente. Pero un intenso dolor en su nariz la mandó al suelo. Se tocó la parte afectada y notó que sangraba copiosamente, y miró a su rival.

Miranda tenía su puño derecho ensangrentado y estaba sonriendo de forma maliciosa. Luego Rukia se levantó de la arena, pero la mujer del parche se le fue encima y, con la espada empuñada a una sola mano, le hizo un largo corte en la mejilla. La capitana intentó atacarla con una estocada, pero Miranda la esquivó con presteza y le dio una patada en los muslos, provocándole una caída en la arena. Y unos segundos después, Rukia pudo sentir otra fuerte patada, pero esta vez en su sien derecha, la cual la hizo volar unos metros. Se incorporó lo más rápido que pudo y vio a su oponente, quien lucía en perfectas condiciones.

— El señor Kuchiki me contó que serías una digna rival —dijo Miranda, mirándose las uñas—. No pensé que te rompería la cara con pocos movimientos.

A Rukia se le fue un poco la respiración: — ¿Señor Kuchiki? —repitió dubitativa.

— Byakuya Kuchiki —reafirmó la legionaria—, el hombre que nos contrató para desaparecer a Ichika Abarai.

La capitana se quedó absorta ante tal argumento, y Miranda aprovechó eso para darle una cuchillada y mandarla a volar unos cuatro metros.


Para Ichigo la situación era abrumadora, ya que tenía mucho tiempo que no había adoptado su forma guerrera. Al liberarse de su cuerpo y empuñar a Zangetsu, esperaba contar con su gigantesca espada. Y lo único que pudo aferrar fue una katana de tamaño normal, que, para sorpresa de él, temblaba incontrolablemente.

— ¿Sorprendido? —preguntó una voz masculina a sus espaldas.

El hombre de pelo naranja se dio la media vuelta y vio a un segador joven, de pelo marrón y ojos de diferente color

— ¿Quién eres? —preguntó Ichigo.

— Me llamó Andrés, y soy un segador legionario —respondió el joven.

— Eso no existe —refutó el segador sustituto.

Andrés sonrió: — Bueno, entonces te demostraré que lo inexistente también puede matarte —y desenvainó su zampakuto para tomarla sólo con su mano derecha.

Sin esperar más, el legionario saltó y le propinó un corte vertical a Ichigo. Éste lo intentó bloquearlo, pero como no tenía experiencia en manejar una espada de tamaño normal, se llevó un corte en la ceja izquierda, el cual lo hizo destantear y fue aprovechado por Andrés para propinarle un fuerte puñetazo en la mandíbula.


Orihime llamaba a gritos a su hijo, pero en medio del caos provocado por la tripulación del Duquesa Isabela y los berridos de la gente asustada era imposible que Kazui le respondiera.

— Mire, señora, yo que usted no gritaba. Mejor ya de a su hijo por muerto —habló una voz masculina

Orihime se dio la media vuelta ante tales palabras, y vio a un segador algo más alto que Ichigo, de pelo corto y negro.

— Por favor, ayúdame a encontrar a mi hijo —pidió la mujer, aferrándose al pecho del uniforme del hombre con ambas manos.

Jesús sonrió y la apartó bruscamente: — ¿Para qué? —preguntó burlón—. Si usted es la culpable de que se perdiera el mocoso ese. Aunque —adquirió una pose pensativa—, yo también lo estoy buscando.

La esperanza se reflejó en el rostro de Orihime: — ¿En serio? —inquirió.

— Sí —afirmó el segador—. Pero si yo lo encuentro primero, le cortaré la cabeza —y desapareció con shumpo.

El pánico invadió a la mujer. Y corrió lo más rápido que pudo, abriéndose paso entre la gente. Pero algo enorme hizo que parara su carrera.

Un ser con cabeza de pelícano aterrizó frente a ella. Era más alto que Orihime, y tenía empuñado en su mano derecha una delgada espada.

— Buenas tardes señora —saludó el ser—. Creo que me va a tener que acompañar.

La mujer de pelo naranja comenzó a correr, pero el pelícano levantó vuelo y, con ayuda de su largo pico, capturó a Orihime. Ella, al verse atrapada, intentó zafarse, pero el ser la reafirmó más con su pico y cambió su vuelo en dirección al océano.


Renji se estaba enfrentado a un ser con cabeza de alcatraz, el cual era bastante bueno con la espada, y esto hacía que se frustrara un poco. El ente por su parte, parecía disfrutar el encuentro, incluso abría y cerraba el pico rápidamente como si se estuviera riendo silenciosamente de él.

Pero antes de que el pelirrojo pudiera regresarle el ataque al ave, una tremenda cuchillada lo mando al piso. Alzó la vista y notó que un segador de gran estatura, delgado y con unas gruesas gafas había rechazado al ser, haciéndolo huir hacia la gente. Renji iba a darle las gracias, pero otra cuchillada lo hizo retroceder unos cuatro metros.

— Parece que no eres tan fuerte, amigo —habló el segador alto, con su zampakuto empuñada a una mano—. Ese simple ser te estaba pateando el trasero, y ni siquiera eres capaz de aguantar uno de mis ataques.

— Ya lo veremos —refutó el teniente— ¡Aúlla Zabimaru!

Pero no pasó nada. Incluso Renji pudo sentir a su zampakuto vibrar, y percibía algo que, en todos sus años como guerrero, había experimentado: podía sentir que Zabimaru tenía miedo y se rehusaba a pelear.

Enrique sólo negó, moviendo la cabeza, y sonrió: — Se nota que no sabes pelear contra los monstruos, ¿verdad? —y sostuvo su zampakuto en alto, con ambas manos, para que el pelirrojo la apreciara.

Renji notó que la espada de su rival temblaba de igual modo que la suya. Esto se le hizo bastante raro, pero no pudo razonar más, ya que alguien le había dado un golpe en la espalda.

Al darse la media vuelta pudo apreciar al ser con cabeza de fragata, gabardina y sombrero. Lo miraba con una expresión intimidante, que lo único que podía transmitir era ira y odio hacia el pelirrojo.

El capitán Buche Gordo lo atacó con un revés. Renji bloqueó el ataque, pero éste fue tan fuerte que provocó que Zabimaru saliera volando de sus manos, y el pelirrojo la siguiera con la vista. Luego el ser lo tomó por el pecho y lo acercó a su rostro.

— Tú —dijo Filiberto, con absoluto odio—. Vienes conmigo —y lo arrojó unos diez metros hacia el rompiente de las olas, en donde varios miembros de la tripulación comenzaron a herirlo con sus espadas y lo arrojaron al mar.

— ¡Qué tengas un bonito funeral, amigo! —gritó el segador alto, y desapareció con shumpo antes de que el capitán Filiberto lo atacara.


Ichika aprovechó la situación e intentó salir de ahí. Vio como aquella segadora la había dado un puñetazo a su madre e inmediatamente la atacaba con una ferocidad igual o mayor a la del capitán Zaraki, pero que peleaba mucho más sucio que cualquier segador conocido por ella. Tomando de la mano a Kazui, intentó desaparecer con shumpo, pero algo la aferró del cuello y arrojó a ambos al suelo.

— A donde crees que vas, desgraciada —le habló una voz masculina, con un japonés algo torpe.

Ichika y Kazui levantaron la mirada y notaron a un segador de pelo muy largo hasta la cintura y un adorno de plumas en el lado izquierdo de la cabeza.

Ambos niños desenfundaron su espada, listos para la contienda. Pero Mauricio atacó primero y los hizo retroceder.

— Yo digo que ya se los cargó el carajo —comentó el segador, y con un corte en diagonal desarmó a ambos niños.

Las espadas salieron volando muy lejos, y los infantes la siguieron con la mirada. Después Mauricio sólo movió su mano en frente de ellos, pero eso bastó para dejarlos inconscientes. Con una sonrisa de satisfacción, enfundó su zampakuto y cargó a Ichika, apoyándola en su hombro derecho.

Antes de que Mauricio pudiera echarse al hombro a Kazui, un ser con cabeza de petrel gigante apareció, y colocó una de sus palmeadas patas en la espalda del desmayado niño.

— Ni madres, güey —dijo el segador, sacando su arma y atacando al ser.

El petrel gigante bloqueó el ataque con su espada: — Quítate segador. Yo me llevaré a ambos —habló, y deshizo el cruce de armas pero sin bajar la guardia.

Mauricio retrocedió un poco y meditó sus palabras. Ellos venían por la niña, el niño era algo extra para ganar un poco más de dinero, pero no era obligatorio llevarlo ante Byakuya.

— ¡Pues ahí está cabrón! —gritó el segador, y pateó a Kazui en dirección al petrel gigante para alejarse unos cuantos metros de él.

El ser, algo desconcertado, tomó al niño entre sus patas y levantó vuelo hacia el mar.


Miranda y Rukia seguían en su combate. La capitana ya mostraba algo de agitación, y tenía varios cortes en sus manos, pecho y piernas. La teniente, por su parte, estaba sin herida alguna y en su rostro se reflejaba el placer que le provocaba atacar sin miramientos a la pelinegra.

Ambas se prepararon para embestirse, pero unos gritos, en un idioma desconocido, distrajeron a las dos y voltearon en la dirección. Para miedo de Rukia, ésta pudo notar cómo un segador tenía en su hombro derecho a un pequeño cuerpo con una llamativa cabellera roja.

— ¡Gutiérrez, es hora de desatar el infierno! —gritó Miranda en dirección al segador de ojos dispares, y rechazó una cuchillada de Rukia, para luego propinarle un revés a la pelinegra, el cual la mandó unos cinco metros hacia atrás.

Andrés, quien le había propinado una patada a Ichigo en el rostro, sólo asintió. Después formó una pequeña bola de hielo con ambas manos y, como si se tratara de un pitcher de béisbol, se la lanzó a la teniente legionaria. Ésta, usando su zampakuto como si fuera un bate, golpeó la bola y salió volando, y cayó justo en la nuca del dragón, haciéndose pedazos.

A todos los seres pájaro, menos al capitán Filiberto, y a las hermanas Mikoba se les fue la respiración. Lentamente, Lajos Salminem volteó su cabeza hacia la pelea. Respiraba muy pausadamente y tenía sus labios bastante apretados, consecuencia de la enorme ira que estaba invadiendo su ser.

Miranda gritaba algo en un idioma desconocido, y señalaba a Rukia repetidas veces. El dragón se dio la media vuelta, hundió sus garras en la madera del barco, encorvó su cuerpo y, para sorpresa de todos los presentes, arrojó el Duquesa Isabela unos quinientos metros mar adentro, el cual se hundió en las aguas. Después soltó un tremendo bramido de rabia y empuñó su hacha con la mano derecha.

La tripulación del barco inmediatamente huyó hacia el mar. La gran mayoría levantó vuelo, con un humano entre sus patas, otros corrieron en dirección al agua. Rukia volteó para enfrentar a Miranda, pero ella y los otros cuatro habían desaparecido de la escena, junto con Ichika. El dragón caminó rápidamente hacia ella, apartando con manotazos y hachazos a todo ser que se cruzara en su camino. Humanos y seres ornitológicos salían volando en todas direcciones, al igual que muchos brazos y piernas cercenados.

Rukia intentaba decidir si enfrentar al dragón o ir tras su hija, quien emitía un rastro de presión espiritual, pero un cuerpo se interpuso entre ella y Lajos.

— ¡Ichigo! —exclamó Rukia, al darse cuenta de quién era el sujeto y mirarlo detenidamente— ¡Qué demonios haces! ¡¿Y qué te pasó en la cara?!

— ¡Salvándote, maldita sea! —gritó el hombre de pelo naranja, quien tenía el rostro cubierto de sangre— ¡Por primera vez en diez años quiero sentirme útil! ¡Así que sálvate y salva a los demás! ¡No me importa lo que pienses y digas, sólo vete de aquí!

Rukia sólo afirmó y desapareció con shumpo. Ichigo sonrió al verla irse, pero al volcar su vista al frente ya tenía al dragón encima. El hombre de pelo naranja se puso en guardia, pero un manotazo del monstruo lo mandó a volar hasta el estacionamiento, dónde aterrizó sobre su destrozado vehículo. Parpadeó un poco y, con una sonrisa, se sumió en el estado de la inconsciencia.


Lajos Salminem, al ver que no tenía a nadie enfrente, tomó una gran bocanada de aire y exhaló una llamarada sobre la arena. El fuego era tan intenso que fundió la arena y atacó el incandescente líquido a hachazos, pero algo nuevamente le había golpeado en la nuca. Furioso, se dio la media vuelta.

El capitán Buche Gordo le había arrojado una bala de cañón, la cual se había partido en dos al golpearlo. Inmediatamente se dirigió hacia el ser, sólo que éste se mantuvo firme en su lugar y evadió el primer y feroz ataque de Lajos.

— ¡Ya, ya, ya! —gritó Filiberto, esquivando un hachazo—. La mujer huyó hacia el mar, ven, sígueme — y abrió sus largos brazos, los batió y levantó el vuelo, justo hacia donde el Duquesa Isabela surgía de entre las aguas, totalmente restaurado de los daños anteriores.

Y Lajos Salminem abrió sus alas, echo a correr agitándolas y emprendió el vuelo, con las hermanas Mikoba aferradas a su cola, hacia el mar y con dirección al barco recién emergido del fondo.


Rukia llegó al río lo más rápido que sus heridas le permitieron. Afortunadamente, los segadores apenas estaban abriendo el seikaimon. Y vio su oportunidad para rescatar a su hija, quien yacía desmayada en el hombro derecho del segador de pelo largo. Al ver llegar a la capitana, los hombres no perdieron el tiempo y se internaron en la puerta.

La pelinegra corrió lo más rápido que pudo, pero la teniente se interpuso en su camino y, sin usar palabras, invocó una enorme llamarada de diez metros de largo por seis de ancho. La capitana la esquivó, pero Miranda estaba girando en círculos, esparciendo el fuego por todos lados. Parecía más decidida a calentar la atmósfera que en calcinarla a ella.

Rukia se sentía bastante incómoda en ese sofocante ambiente, así que no le quedó de otra que enfrentar a la mujer del parche aumentando un poco la intensidad de su fuerza.

— Baila, Sode no… —invocó la pelinegra.

— ¡Xolotl Tzajtzi! —gritó Miranda de manera rápida, desapareciendo el fuego y juntando ambas manos al frente.

Unas ondas de energía de color negro y morado surgieron de sus palmas, y salieron disparadas, sin darle tiempo a la capitana de cancelar su shikai y dieron de lleno contra ella. Cuando impactaron, Rukia sintió como si el ladrido de un perro enorme le destrozara los tímpanos y le encogiera el estómago, después pudo percibir como la sangre se le iba de la cabeza y el equilibrio la abandonaba. Dio un par de pasos para intentar mantenerse de pie, pero éstos le fallaron y cayó de espaldas, con la vista puesta en el claro cielo de Karakura.

La teniente legionario rió ante su cometido, y sin perder el tiempo, se metió en el seikaimon.


Notas del autor:

*Hola. Aquí les traigo otro capítulo de esta historia. Me tarde un poco debido a las obligaciones escolares.

*Hay un detalle importante en la pelea, el cual se explicará un poco en el siguiente capítulo.

*Muchas gracias a los que siguen la historia. Si quieren ver el universo de donde saco los personajes originales, les invito a darse una vuelta por mis historias de aventuras, y verán que este fic resulta un poco más comprensible.

*Y además, siempre se agradece su opinión.

Muchas gracias por leer.