Disclaimer: Bleach es de Tite Kubo. Los personajes originales y la trama son míos.
"Poco a poco la esperanza se pierde en el mundo. No importa las acciones que hagas, sabes que jamás la vas a recuperar. Y sólo aquellos con el corazón negro van a hacer de esta tierra el paraíso"
Rotunslav Desmodov
Un individuo caminaba en medio de un pasillo de color blanco y fuertemente iluminado por lámparas del mismo color. Era bajo, de un metro y cincuenta centímetros de altura, delgado y tenía el pelo púrpura, liso y muy largo hasta la cintura, y con un pequeño fleco que le cubría los ojos, dejando ver su delgada mandíbula. Vestía una bata de laboratorio blanca, con un escudo bordado en el pectoral izquierdo, el cual consistía en un martillo con alas de murciélago junto con una luna menguante situada debajo de la cabeza.
El hombre siguió andando, hasta llega a una puerta de madera café oscuro. Se detuvo y llamó tres veces.
— Pase —respondió una voz femenina del otro lado de la puerta.
El hombre la abrió y ante él se reveló un cuarto, de cuatro por seis metros de superficie y tres de alto. Las cuatro paredes tenían estantes, los cuales contenían cientos y cientos de libros, de todos los tamaños y grosores. En medio de la habitación había un escritorio de tres por dos metros, el cual tenía una computadora sobre él. Y en el piso había muchas cajas de gran tamaño que contenían documentos y carpetas.
Una mujer estaba sentada detrás del escritorio, escribiendo frenéticamente en la máquina. Era delgadísima, al punto de estar caquéxica, de pelo gris bastante enmarañado y sujetado por una cola de caballo. Vestía una blusa blanca algo holgada y un suéter color verde oliva. Además tenía unos ojos enormes y de color verde fosforescente, los cuales se veían aún más grandes detrás de unas gruesas gafas, dándole un aire de demente.
— ¿En qué puedo ayudarte, Iosif? —preguntó la fémina con voz inusualmente rápida, sin apartar su vista de la computadora.
Iosif se aclaró la garganta: — La mujer japonesa falleció, doctora María —respondió.
— Que mal, que mal. Resistió menos que el hombre —comentó la fémina, aún mirando la computadora—. Y antes de que falleciera, ¿pudieron sacarle algo más de información? —inquirió.
El hombre asintió fervientemente: — Por supuesto. Complementan toda la información que obtuvimos de aquel segador —contestó—. Todo indica que Zatemenia nunca va a surgir, y que la Reina impondrá su dominio sobre todas las cosas mortales y espirituales.
María dirigió su mirada a Iosif: — Esas son buenas noticias, buenas noticias —dijo—. Te imaginas todos los individuos que hay que investigar, lo que hay que experimentar con ellos, todas las cosas que podemos sacar —se frotó las manos—. Eso me hace muy, muy, muy feliz Iosif. Tenemos toda la eternidad para adquirir conocimiento, ¿no te parece genial la idea?
— Por supuesto doctora María—respondió Iosif.
— Entonces hay que hacer nuevos experimentos —sugirió la mujer—. Por ejemplo, he estado pensando en ejecutar una nueva prueba en la cual evaluemos la resistencia de los huesos y músculos de un segador al ataque de una kilij. O podríamos también estudiar los genes que hacen diferente las presiones espirituales entre los psicopompos, con muestras de tejido nervioso y muscular frescas —pausó un poco, y respiró agitadamente—. Vamos, Iosif, hay tantas cosas por hacer. Ve y comunica a los demás que vayan empezando a hacer los respectivos protocolos.
— Muy bien doctora —afirmó el hombre—. Le diré a los demás que tenemos un nuevo proyecto en puerta. Con su permiso —y se dirigió hacia la puerta.
Una vez que se fue Iosif, María se agachó y buscó algo debajo de su escritorio. No tardó ni cinco segundos cuando se incorporó y dejó sobre el mueble algo bastante tétrico, y volvió a agacharse.
Lo que estaba sobre la superficie del mueble era una cabeza de un hombre. Su pelo era rubio y un poco largo, lucía una barba muy corta y algo desaliñada, y tenía los ojos abiertos, aunque sus orbes grises eran de vidrio. Además, tenía un gran boquete, como de diez centímetros de ancho, en el hueso occipital, en la parte posterior de su cráneo. Entonces la mujer se incorporó de nuevo, esta vez con un sombrero de rayas blancas y verdes.
— Sabes Urahara, tu mujer ya murió —dijo María, colocándole el sombrero—. Espero que la información que le sacaron pueda sernos útil, aunque debo decir que tú ya hiciste la mayor parte del trabajo —pasó su índice derecho por uno de los falsos ojos—. Brindarnos la forma de entrar a tu mundo, cómo llegar al Rey Espíritu y acabar con él. Eso nos traerá tantas cosas que estudiar, además de que tú y Yoruichi nos dieron una buena nueva en cuanto a nuestro porvenir. Podría decirse que tú y tu increíble sabiduría nos fueron útiles en la conquista de los mundos, y por eso estoy tan agradecida contigo —alzó la cabeza, para mirarla a sus inertes orbes—. Fue una lástima el que hayas muerto, pero por el bien de la ciencia no me arrepiento de haberte extraído hasta la última gota de tu saber y cordura. Así es esto, así es esto.
María soltó un suspiro, le dio algunas palmadas en las mejillas, dejó la cabeza en el escritorio y regresó a su escritura.
Una mujer mediana, como de un metro y sesenta centímetros, de pelo azul ondulado a los hombros y con un opulento vestido francés del siglo XVII bajaba apresuradamente unas escaleras de piedra alfombradas en rojo. Al terminarse éstas se encontró en un gran salón circular, sin muebles, con alfombra roja y algunas ventanas por donde entraba una luz muy débil. Siguió en línea recta hasta dar con las puertas, las cuales eran muy grandes, de quince metros de altura y hechas de obsidiana. Las abrió y las cruzó.
Y salió a un patio muy grande y cuadrado, de unos doscientos por doscientos metros, rodeado de caballerizas y lo que parecían ser casas y almacenes. A su espalda, se erguía una gigantesca torre del homenaje, como de ciento diez metros de altura y trescientos metros de base, iluminado por la luz de un crepúsculo densamente nublado. En frente de ella había un inmueble un poco más grande que los otros, y se dirigió hacia él.
Al llegar al edificio, abrió las puertas. Ahí se encontró ante un salón grande, de cincuenta metros de fondo por setenta de largo y quince de altura, con un piso de piedra gris muy lisa. Tenía varios candiles que funcionaban con bombillas eléctricas, lo cual le daba una excelente iluminación al lugar.
En el recinto había alrededor de cien criaturas y monstruos, de distintas especies como Huecos, vampiros, elfos, orcos, enanos, chaneques, naguales, cuetonalli, nagas, ebu gogos, licántropos, ogros, yetis, onis y trolls. Todos vistiendo una armadura negra, sin casco alguno que protegiera sus cabezas. Y del techo había dos hombres colgando por el tobillo derecho, uno vestido con un brillante traje blanco y el otro ataviado con ropas negras.
— ¿Y qué te dijo la reina, Mihaela? —preguntó un enano próximo a ella.
— Podemos deshacernos de las víctimas Kaspar, pero antes tengo que comunicarles su mensaje —respondió la mujer de pelo azul.
Kaspar se apartó, al igual que otros para darle paso. La fémina del vestido caminó hasta quedar debajo de los hombres. Los monstruos y criaturas guardaron silencio, expectantes.
— Isshin Kurosaki —habló Mihaela, mirando al hombre de ropas negras—, la Reina quiere darte las gracias por no haber interferido en las decisiones amorosas de tu hijo —pausó un poco—. Gracias a ello, la espada que tenía que acabar con el martillo jamás surgirá, además de que tu vástago es tremendamente infeliz con la mujer que tiene a su lado.
Isshin no dijo nada. Sabía que esa mujer tenía razón en cuanto a Ichigo, ya que él, por mucho que intentó razonar con su hijo, no logró convencerlo de que buscara la verdadera felicidad con la persona que realmente le complementaba.
Mihaela sonrió, dejando ver sus largos colmillos: — Ryuken Ishida —dijo, observando al hombre de traje blanco—, tengo que decirte que tus esfuerzos para derrotar a Ywach han sido en vano —los monstruos y criaturas rieron—. La Reina lo trajo de la Muerte Eterna, y en este instante están reviviendo a los Stern Ritter. Así que tengo que mencionar que profanaste el cuerpo de tu mujer en vano.
Los presentes rieron de una forma bastante cruel. Ryuken lo único que pudo hacer fue fruncir el ceño.
— ¿Y qué hacemos con ellos? —cuestionó un cuetonalli, algo ansioso.
— La Reina nos dio permiso de acabar con ellos —respondió la mujer de pelo azul—. Por lo tanto, hay que hacerlo. Sólo déjenme un pedazo de carne del quincy.
Un vampiro voló hasta el techo y cortó la soga que retenía a Ryuken, dejándolo caer. Éste azotó con fuerza en el piso, y no pasaron ni cinco segundos cuando espadas, hachas, dagas y mazos le llovieron por todos lados.
El mediodía deslumbraba en la Sociedad de Almas, y esto hacía que los jardines de los Kuchiki relucieran toda su belleza. Los arbustos, los macizos de flores, los árboles y los estanques sacaban lo máximo de la luz y mostraban todo su colorido. Algunos trabajadores se encontraban arreglando las plantas, mientras que otros descansaban a la sombra de los cerezos.
En un rincón sombrío de los jardines y lejos de la vista de todos, Zoshuwai Kuchiki estaba enfrente del seikaimon. Tenía ambas manos detrás de la espalda, y veía con expresión serena ambas puertas a la par que movía alternadamente los pies, señal de que estaba esperando a algo o alguien.
Finalmente se abrió el seikaimon, y salieron cinco mariposas infernales, seguidas de los legionarios. Zoshuwai vio con satisfacción a Ichika inconsciente en el hombro de Mauricio.
— La hemos traído señor Kuchiki —habló Miranda, algo agitada—. Fue un poco más fácil de lo planeado, aunque tuvimos un pequeño percance.
El hombre del monóculo sonrió: — Muy bien hecho —comentó—. Ahora síganme por favor. Les pagaré, no se preocupen, y quiero que vean lo que va a pasar —y comenzó a caminar detrás de unos frondosos arbustos.
Los otros cinco lo siguieron. Zoshuwai parecía seguir un camino que lo ocultara de las miradas de los jardineros, pues andaba detrás de los árboles y arbustos, y se detenía de vez en cuando para ver si no los estaban siguiendo.
Finalmente se acercaron a la mansión, y el hombre del monóculo se dirigió hacia la pared y empujó un poco una parte de ésta. Así reveló una puerta oculta, y al abrirla se toparon con el líder de los Kuchiki en medio del pasillo.
— Parece ser que cumplieron con su objetivo —comentó Byakuya, mirando a la inconsciente niña.
— Por supuesto, señor —dijo Miranda, con algo de satisfacción.
— ¿Y Renji Abarai? —inquirió Zoshuwai.
— A él lo capturó el capitán Filiberto, podría decirse que ya está más que muerto —respondió la teniente.
— Muy bien. Síganme —habló Byakuya, dándose la media vuelta y echó a andar por el pasillo.
Anduvieron por una serie de pasadizos y corredores muy intrincada, hasta que se detuvieron frente a una simple puerta. Byuakuya la abrió y los siete individuos entraron en una habitación escasamente iluminada por algunas velas. Ésta era de seis por seis metros, y sólo había una mesa en el centro.
Mauricio arrojó a Ichika bruscamente en la mesa. Los legionarios se apartaron un poco, mientras que los dos hombres nobles se acercaron a la niña dormida.
— Despiértenla —indicó Byakuya. Miranda le tradujo la orden a Mauricio y éste simplemente pasó su mano enfrente del rostro de la niña.
Ichika despertó sobresaltada: — ¿Mamá? ¿Papá? ¿Kazui? —cuestionó, mirando a su alrededor.
— Ichika Abarai —habló Zoshuwai. Su voz grave asustó un poco a la infante—, la bastarda de Rukia, y la deshonra y vergüenza de los Kuchiki. Producto de una niña miedosa y un perro arrastrado que simplemente se juntaron por puro despecho.
— ¡No hable así de mis padres! —exclamó la niña, frunciendo el ceño. Durante toda su existencia sólo había oído esa clase de cosas contra sus progenitores en esa casa.
— Tu padre deshonró a tu madre mucho antes de que se casaran —intervino Byakuya con un tono muy autoritario. Esto hizo que Ichika se encogiera de miedo, pues nunca le agradó el líder de los Kuchiki, por mucho que su madre le contara que era una magnífica persona—. Técnicamente eres una bastarda que ha manchado nuestro apellido. Hiciste que nos rebajaran el prestigio entre los nobles al saber de tu existencia, que nos señalaran por tenerte entre nosotros. Incluso —pausó un poco— hiciste a tu madre pasar vergüenza, que le llovieran insultos y hacer un poco más amarga su vida. Y eso es algo de lo cual no pude protegerla, de verla triste, de sentirse miserable pese a ser una extraordinaria segadora…
— Y es por eso que nosotros te devolveremos el favor, niña —secundó el hombre del monóculo con un tono muy amenazante—. Tú hiciste pasar malos ratos a Rukia, ahora nosotros haremos lo mismo.
Ichika dio un brinco al suelo, pero Zoshuwai la tomó por la nuca y la azotó en la mesa, poniéndola en posición ventral. Le tomó ambas muñecas con la mano derecha y con la izquierda sacó un objeto de su haori, el cual le arrancó una sonrisa maligna.
Era un punzón, de cerca de quince centímetros de largo y hecho de metal, con una punta muy fina y muy afilada.
— Espera hermano —le detuvo el líder de los Kuchiki, cuando Zoshuwai acercó el punzón a Ichika—, déjame hacer esto yo.
— Pero si yo me he encargado muchas veces de esto —replicó el hombre del monóculo.
— Esta niña fue el producto de una grave falta efectuada en mi casa y bajo mis narices —razonó Byakuya—. Por eso yo debo arreglar esto.
Zoshuwai sonrió y le pasó el punzón, sin soltar a la menor. Byakuya le tomó el rostro a Ichika. La niña pudo apreciar el desprecio en su mirada, y entonces clavó muy tenazmente el objeto en su frente y lo deslizó hacia la derecha.
Esto hizo que Ichika soltara un grito de dolor puro y comenzara a patalear y a retorcerse, pero era contenida por Zoshuwai. El líder de los Kuchiki ni se inmuto por eso y le hizo un segundo corte, pequeño e igual de profundo. Y luego otra herida, y otra y otra, y siguió con su tarea pese a los desgarradores sonidos y los desesperantes pataleos.
Los legionarios observaban con bastante expectación la escena, y se inquietaron un poco. No por lo ocurrido, sino que ellos también querían participar.
Después de tres agónicos minutos, el líder de los Kuchiki se detuvo y miró lo que había hecho. La frente de Ichika tenía algunos caracteres, de más de cinco centímetros de diámetro, en los cuales se podía leer "Traidora a los Kuchiki"
— Esto te enseñará que el honor de los Kuchiki jamás perdona, bastarda —dijo Byakuya, y afirmó con la cabeza. Zoshuwai soltó a Ichika, quien se cubrió el rostro sólo para seguir llorando más fuerte, y sacó un paño blanco y una botella de no más de un cuarto de litro. Abrió la botella y mojó un poco el lienzo.
El hombre del monóculo tomó las muñecas de la niña, descubriendo su cara, y le estampó el paño húmedo en la cabeza. Ichika profirió otro desgarrador grito mientras el líquido del trapo le escocía las heridas. Luego Zoshuwai tomó a Ichika por el cuello y la arrojó a los pies de los legionarios.
— Pueden llevársela a su mundo —ordenó Byakuya. Miranda se acercó a la sollozante niña y le pasó la mano derecha por el rostro, dejándola inconsciente.
— Aquí está la paga —habló Zoshuwai, aproximándose a Miranda y tendiéndole una bolsa—. Cien millones de yenes, lo que en su mundo equivale a quinientos mil pesos.
— Fue un gusto hacer negocios con ustedes, señores Kuchiki —dijo la teniente legionaria, tomando la bolsa—. Si requieren que efectuemos otro trabajo de esta naturaleza, no duden en llamarnos —y le hizo una seña a Mauricio para que volviera a cargar a la niña.
— Será un placer —comentó el hermano de Byakuya—. Permítanme acompañarlos a la salida.
Los legionarios fueron saliendo de uno en uno, comentando cosas en su idioma, bastante entusiasmados, con Zoshuwai detrás.
Byakuya se quedó en la sala y respiro un poco. Finalmente se había deshecho de una de las mayores cargas que aquejaban a su familia, y por el día de hoy podía conciliar el sueño por primera vez en diez años.
En medio del soleado Océano Pacífico, el Duquesa Isabela navegaba de forma tranquila, a unos treinta nudos. Sus rojas velas se dilataban y contraían, siguiendo el apacible ritmo del viento. Sin embargo, la aparente tranquilidad se vio interrumpida por un aterrado grito infantil.
Kazui Kurosaki caía de la cubierta del barco y dio contra el agua con un fuerte golpe. El niño apenas y sabía nadar, pero el pánico hacía que manoteara desesperadamente contra el agua.
Apenas pasaron unos segundos en el agua, algo lo sumergió por unos segundos. Luego, cuando estaba dando señas de ahogarse, un par de palmeados pies negros lo sacó del agua. Kazui, en medio de fuertes arranques de tos, veía como era elevado rápidamente por los aires por un ser con cabeza de arao, y al alcanzar los cincuenta metros de altura fue soltado por este. El niño profirió otro grito de puro miedo.
Pero una enorme mano escamosa lo atrapó a los pocos segundos. Kazui observó aterrado el sonriente rostro de Lajos Salminem, quien no dudó en arrojarlo con fuerza contra el agua. Pero antes de que se estrellara, otro ser con cabeza de águila pescadora lo tomó por el rostro, hundiéndole sus garras en las mejillas y subió unos setenta metros antes de dejarlo caer y permitir que esta vez sí diera contra el mar.
Y mientras Lajos Salminem y algunos seres se divertían atormentando al niño, el capitán Filiberto se encontraba en la cubierta, junto con el resto de la tripulación y las hermanas Mikoba, formando un círculo en torno a Renji Abarai y Orihime Kurosaki, los cuales estaban atados de manos y con varias cicatrices en la cara.
Orihime obsevaba con mucha angustia cómo su hijo era tratado como una simple pelota por aquellos seres, cómo lo intentaban ahogar y cómo le hacían heridas en su cara. Escuchaba sus gritos desgarradores, sus lloriqueos acompañados con las risas del dragón y esos monstruos. Y ella también gritaba, gritaba que dejaran en paz a su hijo. Pero a veces no podía emitir sonido alguno, ya que dos grandes nudo en la garganta y el estómago, productos de su propia desesperación, le bloqueaban el habla por momentos. Incluso intentaba levantarse para arrojarse de la cubierta del Duquesa Isabela e ir por Kazui, pero cada vez que se movía, uno de los tripulantes la volvía a inmovilizar.
Renji, por su parte, intentaba que la situación no le doblegara su espíritu pero era una tarea titánica. No sabía donde estaba su mujer y no podía sentir a su hija ni a su zampakuto. Se sentía desarmado, impotente, un cero a la izquierda. Intentaba que ese cúmulo de emociones no aflorara, pero Orihime con sus gritos no ayudaba mucho, pues imaginaba a Ichika siendo maltratada por esos seres con cabeza de pájaro.
— Ustedes dos —habló Buche Gordo, poniendo desprecio en sus palabras y con la espada preparada. Entonces se hizo el silencio—, el mono y la lluvia que se aprovecharon del despecho del sol negro y la luna blanca, los precursores del hilo negro que azota los destinos, los tristes perros que sólo se conforman con migajas de cariño en lugar de buscarse algo mejor para ustedes mismo—y los presentes se echaron a reír.
— ¿Qué rayos estás intentando decir? —preguntó Renji.
— Que ustees fueron los que tienen la mitad de la culpa de todo lo que ha pasado en estos diez años —intervino Mibértola.
— Son unos pinches huercos que nos condenaron a todos —comentó Gerlstina.
— Fueron bastante rastreros en las cosas del amor —secundó Kihuoteoncho.
— Siempre he amado a Rukia —se defendió Renji—. Hemos vivido juntos durante varios años, sé cómo es ella.
— Pero si Ichigo me ama —argumentó Orihime—. Tiene una familia conmigo, me protege de...
Pero un tiro, apuntado a las rodillas de la mujer, la silenció. Orihime gritó aterrada, y comenzó a sollozar de miedo. Renji sólo trago saliva.
— Yo no me trago ese cuento que él te amara, desgraciada —dijo el capitán, guardándose su pistola—. Sé de buenas fuentes que te has comportado de manera muy patética, a tal punto de arrastrar tu integridad con tal de obtener unas migas de cariño —le escupió en la cara—. Y tampoco me trago tu historia, infeliz —se dirigió hacia Renji—. Tuviste como sesenta años para remediar las cosas pero no lo hiciste, en lugar de ello te lamentabas en silencio porque no te hablaba ni te correspondía. Eso también es patético —y también le escupió en la cara.
Orihime y Renji se quedaron en silencio. Lamentablemente, Domínguez tenía razón, por mucho que quisieran ocultar esos pequeños y penosos detalles.
— Pero como están en una situación desfavorable —prosiguió Filiberto, suavizando su tono—, les voy a dar una oportunidad de salir de aquí. Sino la consiguen, ambos serán la cena. Así que, las damas primero.
Uno de los miembros de la tripulación, con cabeza de arao, se acercó a Orihime y le cortó las sogas. Otro ser, con rostro de frailecillo, le puso una sartén en las manos.
— Te doy la oportunidad de dar el primer movimiento —dijo Filiberto—. Adelante, da tu mejor golpe.
Con las manos temblorosas, Orihime empuño el sartén y, con un grito de desesperación, cargó contra el capitán. Pero éste simplemente se apartó hacia la derecha y la mujer casi cae de bruces, provocando las risas de los presentes. Unos emplumados brazos la devolvieron a la afrenta.
— Vamos, sé que puedes hacerlo mucho mejor —animó el capitán con un deje de burla.
Varias memorias llegaron a la mujer de pelo naranja con esas palabras. Los entrenamientos con Yoruichi, las prácticas con Rukia y las conversaciones con Tatsuki pasaron rápidamente. Aquellas personas siempre le apoyaron, siempre le dieron palabras de aliento, y que siempre creyeron que ella iba a mejorar. Y de todas ellas siempre oía las mismas palabras, esas que la estimulaban a hacer las cosas un poco mejor, a que se esforzara en salir adelante. Pero casi siempre pasaba algo en donde esas revitalizantes palabras quedaban inútiles y ella como una estúpida, y esta vez no iba a ser la excepción.
Con otro grito, Orihime empuñó el sartén y se dirigió hacia el rostro de Filiberto. Pero una vez más, éste la esquivo con mucha facilidad. La mujer intentaba golpearlo pero la desesperación le estaba ganando, y sus intentos eran cada vez más erráticos. A la quinta vez que ella atacó, el capitán, con un fluido movimiento de su brazo derecho, desarmó a la mujer. El utensilio cayó a seis metros de donde estaba, con un estrepitoso ruido.
— Dicen que la mejor comida es la casera —habló Buche Gordo, y sonrió—. Y yo opino que un ama de casa puede hacer un delicioso estofado en medio del mar.
Un tripulante, que medía más de un metro y noventa centímetros, bastante corpulento y con cabeza de pingüino emperador, se abrió paso hasta donde estaba Orihime y la tomó de los tobillos, provocando que gritara de terror. Los demás comenzaron a agitarse, aullaban, trinaban y chillaban sonidos propios de las aves marinas, pero todos se oían sumamente emocionados por lo que seguramente iba a acontecer. El pingüino arrastró a la mujer hacia el piso inferior, y los gritos aún se escuchaban. Entonces se escuchó un golpe sordo, con lo cual todos los tripulantes dejaron de hacer ruido, pero Orihime seguía gritando, sólo que más ahogado. Y otro golpe se hizo oír, y los gritos de la mujer se escucharon más apagados. Y un golpe más acalló a la fémina.
Una vez que reinó el silencio, el capitán Filiberto se dirigió hacia Renji. El resto de los presentes comenzó a mostrar señales de impaciencia, como si deseara participar en la siguiente acción.
— Para ti la tarea será más simple —comentó Domínguez—. Sólo libera tu shikai y podrás ser libre.
Renji alzó ambas cejas, algo asombrado. Sin embargo tenía un pequeño malestar de que no podría salir de allí.
Un ser con cabeza de pelícano le cortó las sogas, y otro con cabeza de alca le dio su zampakuto. Otro con cabeza de zarapito lo empujó al centro del círculo.
— ¡Aúlla, Zabimaru! —gritó el pelirrojo, sin alterarse.
Nada pasó, y los ornitológicos seres comenzaron a reír. Las hermanas Mikoba sonrieron de manera marcada. El capitán Filiberto lo miraba serio y expectante.
— ¡Aúlla Zabimaru! —invocó por segunda vez, un poco preocupado.
Y nada volvió a ocurrir. Las risas pasaron a ser carcajadas. Las tres mujeres empezaron a soltar risas y el capitán Buche Gordo sonrió marcadamente.
— ¡Aúlla Zabumaru! —gritó por tercera vez. La incertidumbre comenzaba a salir de él.
Su espada temblaba, pero no liberó el shikai. Toda la tripulación se convulsionaba con la risa. Las hermanas Mikoba soltaron tremendas carcajadas. Filiberto abría y cerraba el pico repetidas veces.
— ¡Aúlla Zabimaru! —intentó por cuarta vez, con la voz un poco más aguda debido a la preocupación.
Todo siguió igual. Zabimaru no cooperó. Los presentes se morían de la risa, e incluso Buche Gordo se les unió.
— ¡Aúlla Zabimaru! —invocó una quinta vez, totalmente desesperado.
Y no pasó nada. Pero las risas pararon y el capitán Filiberto se le fue encima. Con un brutal ataque transversal desarmó a Renji, e hizo volar la zampakuto varios metros hasta que cayó en el mar. Renji la siguió con la vista, pero uno de los largos brazos de Domínguez se le enroscó en el cuello y lo atrajo hacia él.
— Te voy a decir un pequeño secreto, segador —habló el capitán—. Ustedes creen que las zampakuto son las armas ideales, espadas que reflejan el espíritu guerrero de un segador y le ayudan en combate de manera incondicional—añadió con burla— pero no es así. De hecho, yo soy la causa principal de que tengan esas cosas. Esos pedazos de acero —endureció el tono— fueron creados en base a la desesperación y venganza de un hombre que vencí hace dos mil años cuando invadí Japón por primera vez. Cada zampakuto que nace contiene esos sentimientos, y cuando están ante mí se frustran tanto que el pánico las domina y son incapaces de actuar —soltó una gutural risa—. Y es por eso que nunca ibas a liberar tu shikai, ni salir vivo de este barco.
Renji quedó paralizado. Esa pequeña oportunidad había sido una trampa, ese monstruoso pájaro había timado a Orihime y a él en cuanto a su libertad. Además, los había humillado con hirientes palabras y los empujó a hacer acciones que iban a resultar en nada.
Buche Gordo se arrodilló en medio del grupo, sin aflojar el agarre. El pelirrojo se estaba asfixiando, pero escuchó el arrastrar de algo muy pesado. Entonces los tripulantes hicieron espacio y uno de los cañones de cubierta se abrió paso, quedando a unos cuatro metros de ellos, y apuntando directamente a la cabeza de Renji.
— ¡Dile hola a la cámara, Renji Abarai! —exclamó Filiberto de manera burlona. Renji intentó zafarse, pero el monstruo era demasiado fuerte. El resto comenzó a gritar y trinar por lo que iba a pasar, y uno de ellos, que tenía la cabeza de un cormorán, acercó un botafuego(1) al oído(2) del arma.
Y el cañón se disparó.
Ichigo abrió lentamente los ojos y se incorporó despacio. Estaba a la orilla del río, a la sombra de un fresno. Miró a su alrededor y notó que la noche ya se había apoderado de la ciudad, además de que había alguien dormido a su lado derecho.
— ¿Enana? —inquirió el hombre de pelo naranja, al ver mejor quien era.
La pelinegra despertó bruscamente: — ¿Ichigo? —preguntó, frotándose los ojos y mirando a su acompañante— ¿Dónde estamos? ¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Kazui? —inquirió un poco desesperada, dirigiendo su vista hacia todos los lados.
Ichigo abrió mucho los ojos. El corazón se le aceleró, al igual que la respiración. Un sudor frío comenzó en sus manos, un nudo se le formó en la boca del estómago y una sensación desagradable le recorrió la espina dorsal. La última vez que había visto a Kazui fue antes de que los emplumados seres atacaran.
— Mi hijo —murmuró para sí mismo—, mi hijo —elevó la voz, y se llevó ambas manos al pelo—, ¿dónde está mi hijo? —observó a Rukia, con una mirada que indicaba el preludio de la deseperación— ¿¡Dónde está mi hijo, enana!? —gritó, tomando a la mujer de los hombros.
— No sé, no sé, Ichigo —rebatió Rukia, zafándose del agarre y moviendo las manos, temblorosas. Ella también estaba agitada, con dos nudos oprimiéndole el cuerpo, uno en la garganta y otro en la boca del estómago. Y en medio de su angustia, recordó unas pocas palabras que le había dicho Miranda—. Byakuya
El hombre de pelo naranja miró a la mujer: — ¿¡Byakuya!? —exclamó, con la respiración entrecortada— ¿¡Qué demonios tiene que ver Byakuya en esto!? —argumentó, con la voz aguda debido a la incertidumbre y coraje que sentía.
— ¡Que Byakuya mandó segadores a matar a mi hija! —gritó la mujer, tan desesperada como él—. Una mujer me dijo que Byakuya los había contratado para desaparecer a Ichika. Y yo le dije a mi hija que se llevara a Kazui de la pelea, y después vi como se llevaban a Ichika a la Sociedad de Almas.
Entonces, en medio del caos que se estaba formando en su cabeza, Ichigo comprendió. Si el líder de los Kuchiki había enviado matones para acabar con Ichika, y Kazui estaba con la hija de su amiga, es muy probable que ambos niños estuvieran compartiendo el mismo y oscuro destino.
— Abre el portal —murmuró Ichigo.
— ¿Qué? —cuestinó Rukia, alzando la ceja derecha.
— ¡¿Que abras el maldito portal con un carajo?! —bramó el segador sustituto, con un tono que ya rayaba en la histeria— ¡¿Tengo que ir a destrozar al cabrón de tu hermano?! —la señaló con el índice derecho— ¡Tú tienes la culpa de que mi hijo y tu hija estén muertos!
— ¡Yo no tengo la culpa de que los niños hayan muerto! —respondió la pelinegra, sumamente indignada y a punto de desenfundar su arma—. Jamás, escúchame, jamás vuelvas a decir eso, grandísimo estúpido. Aquí el único culpable es Byakuya, y créeme que yo también...
— Veo que ya despertaron —interrumpió una voz suave y masculina. Los dos se observaron fijamente entre sí y un agudo escalofrío les recorrió la espalda—. Ahora les recomiendo que se tranquilicen antes de hablar con ustedes.
Ambos se dieron la media vuelta y había un hombre de pie. De más de un metro y ochenta centímetros de alto, delgado, de piel pálida, pelinegro y vistiendo un elegante smoking negro. Pero el rasgo más inquietante de él eran sus ojos, amarillos y sumamente penetrantes, los cuales les aplacaban la desesperación e ira que afloraron hace rato.
— Permítanme presentarme —habló el hombre, con un japonés muy fluido—. Mi nombre es Rotunslav Desmodov —se inclinó un poco—, y yo puedo ayudarlos con sus problemas del momento.
Ichigo y Rukia miraron al individuo con sumo escepticismo. Al hombre de pelo naranja le recordó a Kugo cuando lo conoció.
Rotunslav rió, y esto le erizó a ambos el vello de la nuca: — ¿Por qué la desconfianza, eh? —inquirió—. Sé que a sus respectivas parejas y a un niño de pelo naranja los capturo el capitán Filiberto y que algunos segadores legionarios se llevaron a tu hija.
— ¿Sabes de Kazui? —cuestionó Ichigo, retomando su histeria y caminando hacia el vampiro.
— ¿Y sabes a dónde llevaron a mi hija? —preguntó Rukia, tan alterada como el hombre.
El pelinegro sonrió: — Lamento decirte que el capitán Filiberto le tiene un desprecio muy grande a los japoneses —respondió, mirando a Ichigo—. Es probable que a estas alturas tu mujer y tu hijo estén muertos, y reposen en los estómagos de la tripulación del Duquesa Isabela.
Ichigo abrió mucho los ojos, apretó los dientes y tragó aire, intentando no quebrarse. Saber que su hijo y su esposa estuvieran sin vida en algún rincón del mundo lo hacía sentirse aún más inútil de lo que ya pensaba que era.
— Tu esposo corrió con la misma suerte que su esposa e hijo —continuó Desmodov, dirigiéndose hacia Rukia—. Y en cuanto a tu hija, las noticias no son buenas. Los segadores legionarios son guerreros sedientos de sangre, y en estos momentos es posible que ella esté despedazada en alguna dimensión ajena a la Sociedad de Almas.
Rukia cayó de rodillas y se tapó el rostro con las manos, intentando retener los sollozos. Pensar que Renji ya no estaba vivo se sentía mal, pero imaginarse a Ichika muerta le partía el alma.
La escena de ambos segadores sufriendo era bastante complaciente para Desmodov. Sentir su dolor era algo tan grato como estar saboreando el helado perfecto en un agradable día de verano.
— Sin embargo —prosiguió el hombre, logrando acaparar la atención de ambos—, yo les tengo una solución. Hay alguien en el Mundo de los Vivos capaz de regresar de la muerte a quien sea. Sólo que no vive en este país.
— ¿Y puedes llevarnos con él? —inquirió el segador sustituto, tomando a Rotunslav de las solapas de su smoking.
— Es ella, Kurosaki —corrigió el vampiro, soltandose sutilmente del agarre.
— Sí, sí, con ella —dijo Ichigo, restándole importancia a que el pelinegro lo hubiera llamado por su apellido.
Rotunslav sonrió marcadamente, dejando ver sus enormes caninos: — Claro que lo haré —afirmó—. Sin embargo hay un asunto que ustedes tienen que arreglar. Así que nos vemos mañana a las once de la noche en este mismo espacio. Si no llegan, está demás decirles que ya no volverán a ver a sus respectivas familias.
— ¿A qué te refieres con algo que tenemos que arreglar? —interrogó Rukia, con desconfianza.
— Eso es algo muy obvio, capitana Kuchiki —respondió el vampiro—. Por lo pronto me despido. Nos vemos mañana —y de golpe extendió sus alas, sorprendiendo a ambos. Entonces dio un salto, agitó sus alas y echó a volar.
Tanto Ichigo como Rukia observaron como Rotunslav se alejaba. Entonces comenzaron a cuestionarse, de forma mental, si había sido una buena idea haberlo conocido. Sin embargo, la desesperación, la ira y la incertidumbre del momento, sumadas a lo tenso que sentían su cuerpo, les decían que sí confiaran en él.
— ¿Tomarás su palabra? —preguntó el hombre de pelo naranja, dudando un poco mientras el hombre alado se perdía en la noche.
— No lo sé, no lo sé —respondió la pelinegra, limpiándose las lágrimas y respirando profundamente—. Sin embargo, sí hay algo que tengo que hacer.
— ¿Qué cosa? —cuestionó Ichigo.
— Debo ir a hablar con Byakuya —contestó Rukia, llena de determinación gracias a la desesperación—. Si Ichika no está con él, me las va a pagar.
— Te acompaño —dijo él, con la furia dándole seguridad—. Si ese desgraciado se atrevió a hacerle algo a Kazui, juro que lo voy a matar.
Y entonces Rukia sacó su zampakuto y abrió el seikaimon. Sin pensarlo dos veces, se introdujo en él, con Ichigo pisándole los talones.
Rotunslav Desmodov volaba por entre los edificios del centro de Karakura. Iba en silencio, batiendo un poco sus alas, hasta que observó el hospital Ishida, algo más alto que sus aledaños. Agitó sus alas para ganar altura y voló hasta la azotea del nosocomio, donde Doru Divaremus y Horaga Monotari lo estaban esperando.
— ¿Y cómo le fue, capitán? —preguntó Horaga— ¿Le sirvió toda la información que le di?
— Por supuesto que sirvió —respondió Rotunslav con una sonrisa—. Ambos se encuentran desesperados por encontrar a su familia, e incluso parece ser que se aproxima una buena pelea familiar. Pero, como mencionó Su Alteza, el fracaso les es inminente y van a recurrir a ella.
— Entonces, ¿piensa llevarlos ante la Reina? —inquirió Doru.
Desmodov afirmó lentamente con la cabeza: — Así es. Hay que sellar su destino, así se cumplirá nuestra suerte y finalmente todos los mundos y dimensiones pertenecerán a la oscuridad —razonó, y comenzó a observar los departamentos aledaños—. Doru, llévate a Uryu al castillo, el banquete está muy próximo y los chefs deben verificar con que condimentos es compatible el chico.
— Sí, capitán —respondió el joven, dirigiéndose hacia las escaleras que daban a los pisos inferiores.
— Horaga —habló Rotunslav—, dile a tus yokais que Karakura está lista para ser tomada. Y que no se preocupen, en un día vendrán los refuerzos para asegurarla.
— Sí, capitán —dijo el aoandaon, y chasqueó los dedos de la mano derecha. Esto provocó que desapareciera en medio de un humo negro y denso.
Rotunslav, una vez solo, miró el estrellado cielo de Karakura y sonrió levemente. Con todo lo que estaba pasando, no había duda alguna de que el porvenir le estaba planteando un buen escenario para que todos aquellos que se aliaron con el peor mal del mundo disfrutaran una enorme recompensa en un futuro no muy distante.
Notas del autor:
*Hola. Aquí les traigo un nuevo capítulo, algo retrasado debido a las obligaciones escolares.
*Tengo que aclarar que Renji y Orihime no me desagradan, incluso les tengo buenos momentos en las historias de aventuras, donde podrán lucirse, e incluso en un futuro un fic donde ellos sean los protagonistas. Lo que si tengo que decir es que como quedaron emparejados en el manga no me gusta, me recuerdan a algunos amigos que estimo mucho y vivieron situaciones similares, las cuales me desagradaron profundamente.
*Algunos monstruos puede que les sean desconocidos. En mis otras historias aparecerán al final del glosario conforme vayan apreciendo, no se preocupen. Por cierto, el siguiente capítulo de "2. Die arbeit der drachen" me está costando mucho, pero ya no va a tardar en salir.
*Recuerden que me es muy grato saber de su opinión.
Glosario:
(1) Botafuego: Artefacto que sirve para encender la mecha de un cañón
(2) Oído: Parte del cañón en donde se introduce la mecha
Muchas gracias por leer
