Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes son míos.
"Haz un último esfuerzo y lucha. Lucha por tus ideales, lucha por sobrevivir, lucha por ver sangre. Pero sobretodo, lucha por mejorar el mundo. Porque si pierdes, ten por seguro que la maldad ya no tendrá freno alguno en consumir todo lo que hemos logrado"
Bernardo García López
La única luz en la habitación era la proveniente de la bola de cristal que estaba en medio de una mesa redonda. Sentados alrededor había dos individuos. Uno de ellos era Madame Ridasaki, moviendo sus manos encima de la bola de cristal, observando varias escenas en ella, donde mostraban a Ichika, inconsciente en el hombro de Mauricio, a Kazui, empapado y sollozante, acurrucado en un oscuro rincón del Duquesa Isabela, a Ichigo discutiendo fuertemente con Rukia en la Sociedad de Almas, a Uryu llevado por los aires por Doru, a cientos de yokais armados, liderados por Horaga y Kyuke, invadir las calles de Karakura.
El otro era un hombre de alrededor de unos treinta años, atlético, de pelo negro, algo alborotado y corto, y piel muy tostada. Su rostro era alargado y de facciones algo duras, con unos ojos de un marrón muy oscuro. Vestía una simple playera tipo polo de color rojo un poco ajustada y unos pantalones de vestir color beige.
Madame Ridasaki lucía cansada. Su cadavérico rostro reflejaba el agotamiento, pues tenía los ojos más hundidos de lo normal, las ojeras más oscuras y su pelo estaba mucho más ralo y encrespado que antes. Antaño, sus clientes eran criaturas y monstruos que sólo querían saber los resultados de los deportes, como el fútbol, el béisbol o las carreras de centauros, y los finales de las telenovelas y series para apostar de manera segura. Pero eso cambió desde hace diez años, desde que ella vio como el hilo rojo que acabaría con el martillo se desvaneció de la faz de la tierra y todos los seres comenzaron a sentir un miedo antinatural. Fue a partir de entonces que las criaturas y los monstruos le pedían visiones del futuro, y ella se las mostraba. Lamentablemente, todos compartían el mismo sino, y la mujer ya estaba más que fatigada por ver la misma oscuridad en el destino de todos.
El hombre, por su parte, lucía muy divertido con el desgastado semblante de la anciana. Él disfrutaba ver cómo la pobre vieja pasaba las mismas imágenes sombrías una y otra vez en su bola de cristal, ver cómo retenía las lágrimas y ver su rostro de resignación ante el futuro que el mundo tenía adelante.
— ¿Y bien, Ridasaki? —preguntó el hombre, con burla y altanería— ¿Sigue siendo igual todo?
Madame Ridasaki apretó sus labios: — Sabes que sí, monstruo —respondió ente dientes—. Tú y tu raza van por buen camino, Ziña. Aunque —se enfocó en la bola de cristal—, a veces he visto un futuro donde tu monarca cae ante el eclipse y tú mueres por una espada de los legionarios.
— Escúchame bien, maldita bruja —le replicó Ziña, levantándose de su silla—. Más te vale que no veas nada fuera de lo normal, o sino yo mismo te corto la garganta.
— Me harías muy feliz matándome ahora, vampiro —replicó la anciana, con la mandíbula tensa—. Sabes que yo nunca me he equivocado en ver el pasado, el presente y el futuro en mis cuatro mil años de vida. Sólo era una pequeña broma, aunque —sonrió— si el destino hubiera sido otro no estarías tan tranquilo como luces ahora, ¿eh?
Ziña la miró fijamente: — Tienes un pésimo sentido del humor, Ridasaki —comentó de manera muy seca—. Tanto ver el futuro, el presente y el pasado hace que ya te imagines cosas, pinche vieja loca.
—Pues déjame decirte que me gusta plantear historias donde los héroes siempre toman las decisiones correctas —dijo la anciana—. Relatos donde siempre triunfan las buenas acciones, donde los romances se desarrollan hasta alcanzar el mejor cénit, donde haya un futuro sin sombras. Un futuro —señaló al hombre con su índice izquierdo—, donde los que se merezcan la felicidad la puedan tener entre sus manos.
— Entonces, ¿te gustaría hacer una historia desde las mazmorras del castillo? —preguntó el vampiro muy sonriente, luciendo sus grandes caninos—. Tienes toda la eternidad para formarla y tal vez publicarla.
Madame Ridasaki asintió lentamente: — Si eso es lo que quiere el destino, no puedo negarme a ello —respondió—. Sólo dame unos minutos antes de prepararme para pasar varias vidas en las húmedas penumbras de la guarida de tu monarca.
— En lo mientras, pon en tu aparatejo ese la imagen de cómo va a terminar todo, por favor —sugirió Ziña, cruzándose de brazos y acentuando su sonrisa.
La anciana soltó un suspiro de cansancio y movió sus manos sobre la bola de cristal, sólo para proyectar las imágenes de un panorama sumamente aterrador, donde la oscuridad y la desesperanza gobernaban todos los planos espirituales y mortales.
La pálida luz de la luna iluminaba las calles del Seireitei. A las diez de la noche, aún había gente transitándolas, sobretodo unos cuantos hombres y mujeres que salían de un magnífico portón, el cual pertenecía a la mansión de los Kuchiki.
Rukia apareció con shumpo frente a la puerta de la mansión, con Ichigo aferrado a su brazo derecho. La mujer dejó al hombre en el suelo, caminó con pasos fuertes hasta la entrada y llamó con brío tres veces. Una pareja que acababa de salir la miró como si estuviera loca y mejor siguió su camino. El hombre de pelo naranja se le unió pocos segundos después.
Una pequeña rendija, a unos cuantos centímetros por encima de la cabeza de Rukia, apareció en la puerta: — ¿Diga? —preguntó la voz de un hombre.
— Soy Rukia Kuchiki, y quiero… —habló la mujer.
— Lo siento, Rukia Kuchiki no existe —le cortó el guardia—. El señor Byakuya me ha dicho que sólo existe Rukia Abarai...
— Bueno, esa soy yo —dijo Rukia, con exasperación—, y quiero hablar con Byakuya en este mismo instante.
— No se puede, el señor Byakuya se encuentra ocupado —negó el guardia.
— ¡Me tiene sin un puto cuidado lo que esté haciendo Byakuya! —exclamó Ichigo, dándole un fuerte golpe al portón— ¡Dile al cobarde que de la maldita cara!
— Usted no puede hablar así… —rebatió el guardia pero pausó por unos momentos. Ichigo y Rukia se quedaron expectantes, pues se escuchaban voces al otro lado de la puerta—. Muy bien, pueden pasar a ver al señor.
El guardia abrió la gran puerta. Ichigo y Rukia pudieron apreciar los grandes y bien cuidados jardines, los cuales resplandecían con la pálida luz de la luna. Los jardines tenían un gran sendero de piedra, que conducía a la entrada principal de la mansión, y en medio del camino de rocas, Zoshuwai Kuchiki los miraba atentamente.
Su aspecto sorprendió a los jóvenes por un momento, pero su asombro no duró mucho. El parecido con el líder de los Kuchiki sólo hacía que la ira y la incertidumbre de ambos creciera a pasos agigantados.
— ¿Con qué derecho vienen a mi casa a hacer escándalo y a insultar a mi hermano? —interrogó Zoshuwai—. Sobretodo ustedes que son los menos indicados para molestarnos.
— ¿Dónde está mi hija? —cuestionó Rukia, con los sentimientos agolpándose dolorosamente en su pecho—. Demando saberlo, y sobretodo si la tienen en esta casa. Porque si no está aquí tengo toda la autoridad de arrestarte a ti y a toda la familia. Recuerda que estás ante una capitana del Gotei 13.
— ¿!Dónde está Kazui!? —exigió Ichigo, a punto de perder los estribos— ¿¡Y dónde está Byakuya!? ¡Dile que dé la cara ahora mismo para que pueda partírsela!
Zoshuwai soltó una risa: — ¿Arrestarme a mí? ¿Sólo por tu hija? ¿Te refieres a la bastarda que manchó el nombre de los Kuchiki?—cuestionó, dirigiéndose a Rukia. Esto hizo que la respiración de la mujer se acelerara—. Ella fue presentada ante Byakuya, y él se encargó de ella, haciéndole pasar todo el dolor posible. Y los legionarios se la llevaron, y me dieron una muestra de que ya nunca la volvería a ver en mi existencia ya que la van a descuartizar como la cerda que es para nosotros.
El pelinegro llevó la mano derecha al interior de su haori y sacó una bolsa de tela. Luego se la arrojó a la capitana. Ella la capturó y la abrió, y lo que vio la dejó algo pasmada.
Era un grueso mechón de cabellos rojos, manchados de sangre.
Si la incertidumbre y desesperación de Rukia eran grandes, ahora se potencializaron con ese manojo de cabellos. En ese momento sintío un tremendo dolor en el pecho además de los nudos en su garganta y estómago, finas gotas de sudor frío surgieron en su abdomen, las manos le comenzaron a temblar, la respiración se le entrecortó y los ojos se le anegaron de lágrimas. Los Kuchiki habían entregado a su hija a gente muy sanguinaria, y Zoshuwai le había dado una muestra de ello, además de haberla insultado.
Y en medio de todo ese agónico dolor algo surgió. Un sentimiento nada natural en ella, algo que le exigía vengar la muerte de Ichika, algo que le pedía cortar la garganta de aquel hombre, algo que reclamaba la sangre de cada uno de los Kuchiki.
— No tienes ningún derecho a exigir la presencia de mi hermano, Kurosaki —prosiguió Zoshuwai, sin alterarse—. En cuanto a tu hijo, tengo que decirte que no lo tenemos aquí. Debo decir que ofrecí una recompensa extra por capturarlo, pero los legionarios no se arriesgaron por un niño tan patético que ni siquiera hizo algún intento de defenderse.
— ¡Eres un maldito! ¡Un cabrón mentiroso!—gritó el hombre de pelo naranja, totalmente fuera de sí— ¡Ustedes tienen aquí a Kazui! ¡Y voy a sacarlo!
El noble frunció el ceño: — Nunca me vuelvas a decir mentiroso, Kurosaki —dijo en voz alta. Su timbre grave le ayudaba a sonar autoritario—. Podré ser todo lo que quieras, pero jamás he mentido. Aunque —sonrió—, si piensas que tenemos a tu hijo, por qué no lo compruebas por ti mismo.
Ichigo pegó un grito de rabia, y con eso su presión espiritual explotó. Empuñó a Zangetsu y, olvidándose del shumpo, pegó una carrera para atacar a Zoshuwai y dio un salto de más de cinco metros, con la espada preparada para cortar.
La histeria invadió a Rukia totalmente. Ella también dejó que su presión espiritual se desbordara y, por puro instinto, desenvainó a Sode no Shirayuki y también dio un grito de ira pura antes de desaparecer con shumpo.
Por pura coincidencia, los dos llegaron al mismo tiempo y descargaron sus ataques contra el noble. Pero el hombre del monóculo esquivó muy fácil a ambos segadores y se apartó un poco, justo en un prado. Aún sonriendo, llevó su mano derecha hasta su espada. La desenvainó y acercó el lado plano de la hoja a sus labios.
— Complácelos, Hofunasakura —murmuró Zoshuwai a su zampakuto.
Ésta expelió miles de pétalos de cerezo, los cuales se dispersaron en el ambiente. Ichigo y Rukia detuvieron sus ataques y los observaron muy detenidamente, y, a diferencia de la zampakuto de Byakuya, la atmósfera adquirió un aire diferente. No uno de peligro como cuando el líder de los Kuchiki despliega su arma, sino uno de completo placer y satisfacción para el alma.
Y toda sensación de incertidumbre, ira y venganza desapareció, al igual que el pensamiento clave de encontrar y salvar a sus respectivos hijos.
Ichika se despertó abruptamente y miró a su alrededor. Se encontraba en lo que parecía ser una oficina, con dos escritorios y un librero, y ella sentada en un gran sillón de cuero negro. Observó con más detalle, y alcanzó a distinguir unas fotografías en la pared. Pero un sonido semejante a un carraspeo detrás de ella hizo que girara su cabeza, e inmediatamente se dio cuenta de que no estaba sola.
Diez segadores, entre ellos seis hombres y cuatro mujeres, la observaban detenidamente. Allí estaba la teniente que peleó contra su madre de un modo muy sucio y los cuatro hombres que la acompañaron a Karakura. El resto no los conocía, pero los observaba con desconfianza gracias a las perturbadoras sonrisas que lucían. Y pudo distinguir al que era el capitán, por su haori blanco.
A la par que intentaba grabar sus rostros en su mente, uno de ellos, un joven de pelo café claro, se acercó y le tocó la frente. Esto hizo que Ichika profiriera un grito de dolor, y el resto de los segadores rieron, y no perdieron el tiempo en tocar y abrir las cicatrices de la niña, ya que parecían disfrutar el hacerla sufrir.
El capitán, quien había permanecido estático, dijo algo en un idioma desconocido, deteniendo toda acción y una de las mujeres, una morena pelirroja, se acercó a ella. Ichika quiso escapar, pero la fémina la tomó firmemente por la muñeca izquierda y la sentó de nuevo en el sofá. Después colocó su mano derecha en la frente de la niña y su mano izquierda en la garganta. La infante pelirroja tenía la respiración acelerada, y se incrementó más cuando una débil luz azul salió de ambas palmas e hizo contacto con esas zonas por algunos segundos. La mujer retiró sus manos de Ichika e hizo una señal de afirmación al capitán.
— ¿Ahora si me entiendes, verdad? —preguntó el capitán. Ichika asintió dos veces—. Qué bien, esto facilitará las cosas. En primer lugar, déjame presentarme —llevó la mano derecha a su pecho y se inclinó un poco—. Yo soy Bernardo García López, capitán de la Legión de Apoyo del Mictlán.
— Miranda Martínez León, teniente de la Legión —habló la mujer del parche.
— Jesús Fernández Báez, tercer oficial —se presentó el hombre de cabello corto y negro.
— Mauricio Hernández Ramírez, cuarto oficial —dijo el tipo de pelo muy largo.
— Enrique Soto Montes, quinto oficial —habló el hombre de gran estatura.
— Verónica Navarro Arredondo, sexta oficial —se presentó una mujer rubia.
— Rocío Estrada Roca, séptima oficial —dijo la morena pelirroja.
— Cristina Ortiz Caldrerón —habló una mujer baja y pelinegra, muy parecida a su madre.
— Armando Almanza Suarez —se presentó el joven de pelo café muy claro, de no más de trece o catorce años.
Bernardo se acercó a ella y le tendió la mano derecha: Y tú te llamas Ichika Abarai, ¿no es así? —cuestionó. La pequeña asintió, mientras estrechaba con duda la mano del hombre— Muy bien Ichika, ahora que nos hemos presentado vas a venir con nosotros al Ruedo de Entrenamiento —agregó, con un tono que no le gustó mucho a la niña—. Soy un hombre de palabra, y le prometí al señor Kuchiki que haríamos todo lo que se dijo.
— Ahí se va a decidir tu suerte, mocosa —intervino Miranda, y se acercó a Ichika. Ella se hizo un poco hacia atrás por la expresión de la teniente, pues su único ojo le daba aspecto de loca—. Verás si eres digna de morir con nuestras espadas o sólo eres alimento para los cuetonalli.
Y pasó su mano sobre el rostro de la niña, dejándola inconsciente una vez más.
El ambiente que la espada de Zoshuwai Kuchiki había creado dejó atolondrados a Ichigo y a Rukia. Se sentían tranquilos, con la mente despejada y contemplaban maravillados los cientos de pétalos que pululaban alrededor, como si fueran un festival de primavera más, sólo que se esto era mil veces mejor que lo que habían presenciado.
Unos cuantos pétalos cayeron en la hoja de Sode no Shirayuki, y Rukia sintió algo muy grato dentro de sí. Su mente le decía que todo estaba bien, que todo estaba en paz. Y observó como algunas cerezas comenzaban a crecer en su zampakuto, con lo cual provocó que soltara una débil risa.
Pero una sensación de ardor en la punta de los dedos la sacó de esa placentera ensoñación. Miró al lugar afectado y notó que las puntas de sus dedos estaban congeladas. Y a medida que crecían más cerezas en la espada, más se helaba su mano. Por lo que, moviendo la cabeza múltiples veces, intentó concentrarse y dejar de sentir esa rara felicidad.
— ¡Baila, Sode no Shirayuki! —invocó Rukia.
Lo que a continuación pasó fue que la zampakuto brilló y le arrojó un torrente de nieve a su portadora, pero ella se negó a soltar la espada. Luego una fina capa de hielo creció por toda el arma, y envolvió las manos de Rukia. Ella sintió como el frió le penetraba la carne y llegaba hasta los huesos, incluso la piel se le amorató, por lo que no lo pensó dos veces y soltó su arma. Afortunadamente, todo dolor y cambio desapareció.
Rukia miró a su alrededor y notó a Ichigo. Éste lucía una cara de auténtico estúpido, ya no parecía preocupado en lo absoluto por Kazui sino que estaba embobado con los pétalos de cerezo que flotaban en torno a él. Estaba tan absorto que no se percató que Zoshuwai Kuchiki apareció delante de él con shumpo.
— ¡Ichigo, reacciona! —gritó Rukia.
Pero su advertencia no sirvió de nada. El hombre de pelo naranja lucía muy contento con los pétalos a su alrededor, y parecía que el noble era alguien invisible. Entonces Rukia se movió con shumpo, dispuesta a hacerle frente a Zoshuwai, pero un tremendo golpe en el estómago la detuvo en seco y la mandó a volar algunos metros, estrellándose de cara en el piso. Luego de algunos segundos, Rukia levantó su cabeza y vio algo muy sorprendente.
El hombre del monóculo extendió su mano izquierda y capturó un pétalo de cerezo, y éste se transformó en una cereza mediana. Luego, con la otra mano, abrió la boca de Ichigo y la introdujo. Esto provocó que Ichigo cayera al piso y comenzara a reír de manera muy tonta mientras se acariciaba el rostro con ambas manos. Luego Zoshuwai caminó hacia Rukia, la tomó del cuello de su hakama, y la alzó hasta que sus ojos hicieron contacto.
— No, no, no, Rukia —dijo el noble, negando con la cabeza—. Te dije que nunca vas a poder cortarme. Yo he hecho muchas cosas por esta familia, de las cuales Byakuya sí está orgulloso de mí, y por consiguiente tú también deberías agradecerme.
— ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Rukia. Todos aquellos sentimientos de ira, desesperación y venganza nuevamente carcomieron su interior—. Yo nunca te agradeceré nada, tú y Byakuya mataron a mi hija y a mi esposo, y yo haré que paguen —y de nuevo dejó que su presión espiritual flueyera sin control.
Como producto de la acción anterior, la mano de Zoshuwai comenzó a congerlarse. Pero unos pétalos de cerezo cayeron en la extremidad y la sanaron, mientras que los pies de Rukia se empezaron a cubrir de hielo, y esto la asustó un poco.
— Pues deberías. Byakuya siempre quiso promoverte a teniente, y después a capitana —respondió el hombre del monóculo, sin soltarla—. Aunque debo decirte un secretito —se acercó a su oído derecho—: no pasaste ninguna de las dos pruebas, no debiste haber ocupado esos lugares —habló y sonrió marcadamente.
A Rukia se le cortó la respiración, y nuevamente los dolorosos nudos de la garganta y el estómago aparecieron. Ukitake siempre había comentado cosas muy buenas de ella, incluso sus compañeros de escuadrón la tenían en alta estima. Aunque, por otro lado, ese hombre tenía razón, nunca supo el puntaje que obtuvo en la prueba, y cada vez que le preguntaba al capitán de pelo blanco, éste simplemente le sonreía y cambiaba sutilmente de tema.
— Así es, Rukia —continuó Zoshuwai, muy complacido por la reacción de la mujer—. Byakuya supo que tu evaluación de teniente fue un fracaso, así que me pidió que le diera un pequeño incentivo a Yamamoto de cerca de —movió sus dos cejas— treinta mil millones de yenes, además de mencionar que si no los aceptaba mi hermano no participaría en la recuperación de los poderes de Ichigo.
La pelinegra se quedó más absorta, y nuevamente el sudor frío apareció en su frente. De acuerdo a las palabras de Zoshuwai, su puesto de teniente había estado condicionado por Byakuya, además del retorno de los poderes de Ichigo. Esto la hizo sentirse una verdadera inútil, un instrumento que Byakuya tenía para cumplir sus objetivos, una segadora que nunca llegó a avanzar por sus méritos, alguien que progresaba gracias a las influencias.
— Y cuando se llegó el tiempo de tu capitanía —prosiguió el hombre del monóculo—, pasó lo mismo. Tu evaluación fue de las peores, así que Byakuya nuevamente me solicitó que le diera a Kyoraku unos —pausó un poco— cuarenta mil millones de yenes, además de cerca de diez litros de licor de las cavas de los Kuchiki. El comandante aceptó sin rechistar, pero teníamos un pequeño inconveniente: Ukitake estaba vivo. En estado de coma, pero vivo. Y entonces Byakuya me pidió hacer otro favor para que él viera a nuestra hermana adoptiva en el honorífico puesto del Treceavo Escuadrón, por lo cual te diré otro secretito.
Rukia comenzó a respirar agitadamente y sus manos y pies congelados iniciaron unos horribles temblores. En su mente estaba formulando una posible respuesta, aunque esperaba que no fuera cierta, que no saliera de los labios de ese hombre.
— Yo maté a Juushiro Ukitake para que tú subieras de puesto, querida —continuó Zoshuwai. El nudo que tenía Rukia en la garganta se apretó tanto que le sacó unas cuantas lágrimas—. Fue una muerte limpia, simplemente una daga enterrada en una de sus heridas del pecho, y el noble hombre murió desangrado. En el Cuarto Escuadrón le atribuyeron su deceso a la rotura de una vena del corazón, y entonces el camino de la capitanía del Treceavo Escuadrón estaba despejado. Todo salió a pedir de boca, pero gracias a tus estupideces amorosas —y arrojó a la mujer al suelo, a tres metros de él— echaste todo a perder. Decepcionaste al clan y decepcionaste a Byakuya.
— Eso no es cierto, nada de eso es cierto —dijo Rukia débilmente, y reprimió un sollozo—. Byakuya me dijo... que estaba orgulloso de mi...que al fin me había ganado...su respeto
Zoshuwai seguía sonriendo y caminó hacia ella: — Hermana, ya tenías todo hecho — habló, y parecía disfrutar cómo la pelinegra se desesperaba—. Tan sólo debías esperar a que Kurosaki regresara a la Sociedad de Almas, y Byakuya no habría dudado en darles la bendición. Pero tu pequeño y estúpido corazón helado no lo entendió, y por eso arruinaste todo un brillante futuro. Habrías tenido un prestigio enorme, tu familia alabada y sobretodo habrías ganado la admiración de Byakuya —y colocó su mano derecha en el hombro izquierdo de ella.
— ¡Nada es cierto! ¡Nada! —gritó Rukia histérica, apartando la mano del hombre con un brusco movimiento— ¡Yo sé que estás mintiendo! ¡Nada es cierto! ¡Nada!
— Por supuesto que lo es —habló otra voz masculina y la mujer giró su cabeza en dirección a ésta. Byakuya se estaba aproximando, con pasos muy lentos—. Todo lo que te contó mi hermano es cierto. No pasaste ninguna de las pruebas, yo puse las condiciones a Yamamoto para que subieras a teniente, yo persuadí a Kyoraku de que te diera la capitanía, yo mandé a Zoshuwai de que eliminara a Ukitake. Pero tenías que meterte con el perro que fue tu esposo y tener a tu bastarda. Hiciste caer al clan Kuchiki en el desprestigio, y eso es algo del cual nunca podré recuperarlo y tú fuiste, eres y serás la única culpable.
Rukia se acercó de rodillas a Byakuya. Los ojos le ardían por las lágrimas, tenía la boca seca, las manos le temblaban al igual que los pies, sentía una piedra en el estómago y respiraba entre sollozos debido a la opresión que le apretaba la garganta.
— ¿Por qué, hermano? —interrogó la joven, con voz quedrada—. Ichika... ella no tenía la culpa... Sólo era...una niña...yo... —tomó la parte baja de su haori— no quise deshonrar... a nadie... yo... yo... pensé...que...
— Tú ya no eres una Kuchiki, mujer —dijo Byakuya fríamente, apartando de una patada la mano de Rukia—. Yo no soy tu hermano y jamás perteneciste a esta familia. Ahora abandona mi casa, y no vuelvas jamás.
La pelinegra miró a los ojos a su hermano. Antaño, pudo notar el orgullo en ellos cada vez que la veían, y eso la hacía sentirse muy feliz. Ahora, Byakuya la miraba como si fuera una segadora común y corriente, alguien desconocido y ajeno. Entonces Rukia sintió que su pecho se rompió y ya no pudo soportarlo más. Agachó su cabeza, la tomó con ambas manos y comenzó a llorar de forma desgarradora. Ya no le importaba nada, ni el lugar donde estaba ni las personas que la acompañaban. Sólo quería deshacerse en llanto.
Zoshuwai envainó su espada, y los pétalos de cerezo desaparecieron. La agradable atmósfera desapareció, para dar paso a la incertidumbre en los jóvenes.
— ¿Pero qué demonios pasó? —preguntó el hombre de pelo naranja, parpadeando muchas veces y moviendo la cabeza. Se levantó del suelo y miró a Byakuya, y su ira volvió de golpe, haciéndole hervir la sangre— ¿Dónde está Kazui, Byakuya? —preguntó muy alterado.
El líder de los Kuchiki vio a Ichigo de manera indiferente: — Tu hijo no está aquí, Kurosaki —habló—. Además, nunca me interesó ese patético vástago que tuviste con aquella humana.
Ichigo volvió a pegar un grito de rabia, pero antes de que atacara alguien lo tomó de la cintura y lo levantó del suelo. El joven se dio cuenta que el robusto teniente del Segundo Escuadrón, Omaeda, había sido el responsable. Por su parte, dos sujetos, totalmente cubiertos de negro, sometieron a Rukia del cuello y las manos.
El Escuadrón de Castigo, liderados por su capitana, había llegado.
Soi Fong miró la escena. Primero a los dos Kuchiki, luego a Ichigo, que forcejeaba mucho con Omaeda, y luego a Rukia, que lloraba a lágrima viva y no le daba pelea a los elementos que la retenían.
— Así que ellos dos atacaron a un miembro de tu familia, ¿eh? —comentó la mujer.
— Efectivamente —respondió el noble—. Supongo que notaste sus presiones espirituales, ¿no es así?
Soi Fong sonrió de medio lado: — Por supuesto. Por eso no perdí el tiempo y. Aunque debo decir que tu aviso fue muy oportuno, Kuchiki.
Hubo un momento de calma, sólo rota por los forcejeos de Ichigo con Omaeda.
— ¡Byakuya tiene a mi hijo! —gritó Ichigo a todo pulmón, en un momento que tuvo la boca libre— ¡Los Kuchiki tienen a mi hijo! ¡Byakuya secuestró a mi hijo!
— ¿Qué tanto grita, Kurosaki, Byakuya? —interrogó la capitana— ¿Acaso lo provocaste para que te atacara?
— En lo absoluto Fong —contestó el líder de los Kuchiki—. Doy toda autorización que registren la mansión.
La mujer soltó un bufido: — Vendré en la mañana —dijo, y desapareció de la escena con shumpo.
El Escuadrón de Castigo se esfumó, junto con Ichigo y Rukia. Al encontrarse los dos hombres solos, dirigieron su vista al claro cielo nocturno.
— ¿Qué crees que pase con ellos, Byakuya? —cuestionó el hombre del monóculo.
— Si no los ejecutan en dos días, elíminalos —respondió el líder de los Kuchiki, dándose la media vuelta y caminado hacia la vivienda.
Zoshuwai se alzó de hombros, se dio la media vuelta y partió hacia la mansión.
La mañana se asomaba en Karakura, pero a diferencia de otros días esta empezó muy diferente, ya que, en vez del tranquilo inicio de rutina, un ritmo agitado, marcado por el miedo, despertó a sus habitantes.
Y es que los yokais estaban invadiendo las casas y calles, sacando a las familias de sus viviendas y desplazándolas hacia la colina que se ubicaba en el norte, donde les esperaba un cruel final.
Un oni, de más de tres metros de alto, destrozó la pared de una casa amarilla con su enorme kanabo(1). Tres kyoshis, una yukiona y tres takaonas entraron por el hueco. Entonces se escucharon varios gritos y segundos después sacaron de allí a dos mujeres, una de prominentes curvas y de pelo negro, y otra más menuda y de cabello castaño.
— Esperen, esperen —ordenó una voz pausada y ronca. Los yokais se detuvieron, pues ya se dirigían hacia la colina y observaron a su líder, Horaga Monotari, dirigirse hacia ellos—, ¿acaso no saben quienes son estas jovencitas? —preguntó con cierta burla.
— No, jefe —respondió la yukiona.
Horaga sonrió, mostrando su afilada dentadura: — Ellas son las mellizas Kurosaki, Karin —señaló a la mujer de pelo negro— y Yuzu. Hijas de Isshin, un segador, y Masaki, una quincy, y hermanas de Ichigo Kurosaki, el legendario segador sustituto.
— Entonces su carne tiene que tener un buen sabor —dijo una de las takaonas.
El aoandaon rió: — No lo dudo, Karui —respondió—. Pero antes de llevar sus cabezas a la Reina, déjenme facilitarles a ustedes su trabajo —los yokais sonrieron perversamente, y arrojaron a Karin a los pies del aoandaon.
Horaga abrió su lámpara de papel y sopló. Un humo gris y espeso salió del artefacto y envolvió a Karin. Ella notó como el humo comenzaba a reflejar imágenes, y se acercó un poco, pero se apartó al saber que eran.
Eran pesadillas, todas las pesadillas que había tenido desde que tenía uso de razón. Y ahora, habían regresado para hacerla sufrir una vez más.
Kazui se encontraba en un oscuro rincón del Duquesa Isabela, abrazándose a sí mismo y sollozando en bajo volumen. Estaba encadenado, empapado, y tenía muchos moretones, producto de los múltiples impactos contra el agua.
Unos fuertes pasos lo hicieron callar, y se acurrucó lo más que pudo, esperando no ser encontrado.
—…Y yo te digo que ya valió madres este asunto —dijo la voz de una mujer.
— ¡Por favor, ché! —exclamó otra voz femenina— ¿Qué acaso vos no viste a los legionarios? Echarán a la niña de su mundo en cuanto sepan que no sabe luchar.
— Yo opino que hasta que no lo llevemos ante Madame Ridasaki estaremos tranquilas —habló una tercera voz femenina.
— Bueno, vamos a ver si le gusta nuestro regalo —dijo la primera voz—. Ven morrito, morrito, morrito.
Kazui se agazapó más. Pero dos minutos después de que entraron las mujeres, el barril que lo cubría fue apartado hacia un lado, dejándolo a merced de las hermanas Mikoba.
— Ah, así que aquí estás cabroncito —dijo Gerlstina, con una sonrisa perversa y ambas manos detrás de la espalda, como si ocultara algo.
A Kazui se le aguaron los ojos ante tal gesto.
— Míralo, parece que extraña a su mamá —secundó Mibértola, con burla
— Pero no tenés que preocuparte, pibe —intervino Kihuoteoncho—. Mirá a quien hemos traído.
Y Gerlstina mostró lo que traía detrás de ella. Era la cabeza de Orihime Kurosaki. Tenía su pelo embarrado con sangre y una expresión de sumo dolor en la cara.
Kazui dio un grito aterrador, y la mujer de pelo rosa le acercó la cabeza, con lo cual aumentó en intensidad sus gritos
— ¡Andale, huerco! —gritó la fémina de sombrero—. Dale un besito a tu jefa. Mira que ella si te extraña —y soltó una carcajada mientras el pobre niño esquivaba la cabeza de la mujer que fue su madre.
Un segador menudo y de pelo verde, de no más de quince años, apareció en frente de las oficinas del periódico del Seireitei a la mañana siguiente. Abrió las puertas de golpe y, sorteando los escritorios, computadoras y personal, fue directo a la oficina del editor en jefe y nuevamente abrió las puertas de un porrazo. Esto hizo que Shuuhei Hisagi soltara su taza de café y éste fuera a dar encima de los papeles del día.
— ¡Pero qué demonios te pasa! —exclamó el teniente de la Novena División, quitándose el líquido y mirando el desastre en su escritorio.
— Disculpe, señor —habló el segador, y tomó aire—. Pero tiene que saber lo que pasó anoche, cuando se sintieron esas dos presiones espirituales descontrolarse.
— Claro, todo el Seireitei de dio cuenta de ello, Hotaro —dijo Shuuhei—. No creo que eso fuera algo muy...
— Pero es que me enteré que esas presiones fueron de la capitana Kuchiki y del segador sustituto Kurosaki —comentó Hotaro, conteniendo su emoción.
Shuuhei arqueó la ceja derecha: — ¿Está seguro? —inquirió.
— Mi hermano y mi madre trabajan en la mansión de los Kuchiki, señor —respondió el chico—. Toda la servidumbre presencio el combate. Primero el hermano de Byakuya...
— ¿Byakuya tiene un hermano? —interrumpió Shuuhei dubitativamente.
Hotaro asintió: — Sí, señor. Y él solo pudo contra Kurosaki y Kuchiki sin recibir ni un rasguño —contestó—. Es alguien bastante siniestro, dicen que es la mano derecha de Byakuya.
— ¿Y en dónde están ahora Ichigo y Rukia? —preguntó el teniente
— En la Torre de los Condenados, según sé —contestó el segador—. Lo raro es que están permitiendo visitas. Hikari ya fue, y dijo que no es algo muy bonito de ver.
Ambos se quedaron en silencio. Shuuhei analizaba sus opciones. Ya le habían dado un tema para su periódico, y tenía a Ichigo y Rukia como protagonistas. Pero también tenía que investigar cómo es que habían llegado a ese punto, y tal vez si ahondara en el tema tocaría algunos asuntos personales y delicados.
— Puedes retirarte —ordenó el teniente. Hotaro abrió la puerta—. Pero antes, quiero pedirte una cosa más —y sonrió de manera extraña.
— ¿Cuál es, señor? —preguntó el chico, algo temeroso.
— Traéme otro café —respondió Shuuhei—. El que tenía era el último de la cafetera. Así que te toca poner más.
Hotaro hizo una reverencia y salió de la oficina, dejando al teniente en un debate mental.
Treinta minutos después, y luego de un buen café, Shuuhei se encontraba en la Torre de los Condenados, en compañía de Momo e Izuru. Los tres estaban asombrados por la cantidad de gente que había en el lugar, y la que estaba llegando. Segadores y nobles acudían como si los estuvieran convocando a un espectáculo.
— Esto es algo muy raro —comentó Izuru—. Normalmente no se permiten visitas por respeto a los prisioneros
— Me contaron que Ichigo y Rukia están encerrados, y quiero comprobarlo —habló Shuuhei.
— Son ellos —dijo Momo, con el semblante triste—. Pude sentir anoche que no estaban bien, como si les hubieran arrebatado a un ser querido.
— Hay que averiguarlo. Vamos —apuro el pelinegro, dispuesto a satisfacer su curiosidad.
Se unieron a la gente que esperaba. Pudieron notar que, pese a la cantidad de personas, éstas avanzaban a buen paso. No pasaron más de diez minutos cuando por fin les tocó pasar a las puertas de las celdas.
Primero Momo observó el interior de las celdas e inmediatamente se tapó la boca y los ojos se le aguaron un poco, y no lo pensó dos veces para retirarse. Luego fue el turno de Izuru, y su expresión fue de un ligero horror, y, como Momo, no tardó en irse. El teniente de la Novena División se extrañó por la reacción de sus amigos
Entonces Shuuhei le dio un vistazo a la primera celda y el estómago se le revolvió un poco. Allí estaba Ichigo, con el uniforme de un prisionero. Su rostro reflejaba demencia, pues tenía los ojos muy abiertos, unas marcada ojeras y su pelo estaba muy desordenado. Iba y venía en el área de la celda y sólo gritaba "Byakuya mató a mi hijo" "Los Kuchiki mataron a mi hijo" con todas las fuerzas que tenía.
El teniente apartó su vista de la celda. Eso había sido bastante perturbador, pues él había visto en todo su poder a Ichigo Kurosaki, y el verlo encerrado, desesperado y con aspecto de loco le producía mucha intranquilidad. Si Ichigo, uno de los segadores más poderosos, terminó así, ¿qué le esperaba a él cuando cayera en la desgracia?
Entonces vio la segunda celda y el pecho se le oprimió. Acurrucada en el rincón izquierdo de la celda, estaba Rukia. Ella también vestía el uniforme de prisionera. No podía ver su rostro, pero ella lloraba escandalosa y dolorosamente, y lo único que decía era "Perdóname, Ichika" "Mamá te falló, mamá te falló" una y otra vez.
Shuuhei apartó la vista y sintió muchas naúseas y escalofríos. Él también había conocido el lado poderoso de Rukia Kuchiki, pero ahora lucía tan patética como una vagabunda del Rukongai. Eso le dio muy mala espina al teniente, y pensó que el futuro no le traería cosas buenas a la Sociedad de Almas con la desgracia de dos de sus más emblemáticos segadores.
Y, como Momo e Izuru, él también se apresuró a abandonar la Torre de los Condenados.
En la noche, cuando los guardias anunciaron que las visitas terminaron y echaron a los últimos curiosos, Ichigo y Rukia intentaron conciliar el sueño pero jamás lo iban a lograr pues estaban en situaciones diferentes en las cuales la histeria y la desesperación eran los comunes denominadores.
Ichigo no dejaba de gritar ni de ir y venir por toda la habitación ni de golpear las paredes de su celda. Seguía gritando las mismas cosas, echándole la culpa a Byakuya y a los Kuchiki. De vez en cuando se detenía y tenía unas pequeñas convulsiones, producto de un intento por reprimir el llanto. Pero respiraba profundamente, se limpiaba las lágrimas y volvía a gritar y patear las paredes.
Rukia por su parte, estaba acurrucada en un rincón, abrazando sus piernas y llorando amargamente mientras repetía como mantra que le falló a Ichika, que era una mala madre y que se arrepentía de haberse unido a los Kuchiki.
— Una bella dama como tú no debería derramar lágrimas —habló una suave voz masculina que turbó un poco a Rukia—, sobre todo si el causante fue un desgraciado que te ha mentido por toda la existencia.
La mujer paró su lacrimoso actuar y alzó la vista para encontrarse a Rontuslav Desmodov sentado en el piso, con ambas piernas cruzadas. Tenía una sonrisa ladeada, y sus penetrantes ojos la miraban con algo de burla.
— ¿Sabías que son ya las once de la noche? —preguntó el vampiro. Rukia abrió mucho los ojos, acordándose de las palabras del día anterior—. Eso quiere decir que tú y Kurosaki han perdido la oportunidad de recuperar a sus respectivas familias.
Esto hizo que Rukia bajara su cabeza y avivara su llanto. Recordar a su hija sólo la hacía sentirse peor.
Rotunslav rió suavemente, provocando escalofríos en Rukia: — No te preocupes —dijo—. Su Majestad ya sabía que tenías que encarar a tu hermano adoptivo, pero no tendrías éxito alguno. Así que he venido personalmente a sacarlos de aquí.
La pelinegra alzó su vista: — ¿Cómo vas a sacarme de aquí? —cuestionó, y sorbió algunos mocos—. Ya no tiene...caso. Ichika —comenzó a hiperventilar—...Ichika está muerta...no hay nada que...hacer...Sólo espero...unirme a ella...
— Yo te daré una oportunidad de ver a tu hija, Rukia Abarai —susurró Desmodov, muy cerca de su oído, lo cual provocó que se girara rápidamente, sumamente incómoda y asustada. Y vio algo que la sorprendió muchísimo.
Enfrente de ella, Rotunslav Desmodov se estaba hundiendo poco a poco en una de las sombras, como si ésta última fuera agua. En pocos segundos, el hombre de smoking desapareció. La celda quedó en silencio, sólo con Rukia respirando agitadamente, incluso los gritos de Ichigo se apagaron.
Y entonces, después de dos minutos, la cabellera del vampiro se asomó por las penumbras. Poco a poco, Desmodov emergió. Sólo que ahora traía cargado a Ichigo, a quien arrojó al suelo. Rukia se preguntó cómo demonios había logrado burlar toda la seguridad del Seireitei y entrar en la prisión.
El joven, una vez que tocó el suelo, se encorvó y se abrazó a sí mismo. Rukia se acercó y pudo ver que Ichigo estaba temblando y castañeaba los dientes. Tenía los ojos algo desorbitados, babeaba ligeramente y su frente estaba cubierta por una fina capa de sudor.
— ¿Ichigo? —cuestionó la pelinegra, asombrada por el semblante del hombre de pelo naranja.
Rotunslav rió, haciendo temblar más a Ichigo y que Rukia sintiera esclofríos: — Sólo fue un pequeño viaje por el Mundo de las Sombras —respondió—. Nada de qué preocuparse.
Rukia, pese a que tenía en mente a su hija, se preocupó un poco por el hombre de pelo naranja. No se veía nada bien, y ella temía que ese hombre de smoking la hiciera pasar por lo mismo.
— Ahora, Rukia —dijo el pelinegro—. Mira en las sombras y me vas a decir que futuro prefieres —y extendió ambas manos.
Dos bolas oscuras se formaron en sus palmas y Rukia les prestó atención. Se acercó un poco y vio que ambas bolas brillaron un poco. Entonces les apareció una mancha blanca, y notó que en esa mancha había imágenes. La bola de la mano derecha mostraba a Ichika y a ella jugando a la hora del té con muchos Chappys. Mientras que la de la mano derecha proyectaba a ella recostada en las piernas de Ichigo, con una expresión de absoluta paz, mientras dos infantes, un varón de alborotado pelo negro y una niña de pelo naranja, jugaban a su alrededor.
— Yo te ofrezco dos posibles futuros —habló Desmodov—. Uno —movió su mano izquierda— donde te reunes con tu familia y otro donde te fugas de la Sociedad de Almas con Kurosaki. En el primero recuperas a tu hija, pero en el otro alcanzas la felicidad plena al lado del hombre que siempre te amó. Así que, ¿cuál eliges? —cuestionó, sonriendo de manera burlona.
Rukia estaba prácticamente embobada con la imagen de Ichika, y eso hizo que Rotunslav cambiara su sonrisa a una muy malvada. Le gustaba jugar con los sentimientos y pensamientos de otros, ver hasta que punto llegaban por alcanzar lo que quieren, usar seres queridos para aumentar el sufrimiento y disfrutar de todo el dolor y la frustración cuando ven que ya no pueden conseguir lo que desean.
— ¡Yo quiero recuperar a mi hija! —gritó Rukia, volviendo al llanto— ¡Quiero tener a Ichika de nuevo en mis brazos! ¡Quiero verla viva, por favor, por favor, por favor! —y sollozó más fuerte que antes.
— Muy bien, muy bien —habló el vampiro—. Tendrá a tu hija más pronto de lo que imaginas. Pero a cambio tendrás que probar todo tu valor en un lugar que siempre reta a la mente y corazón.
A la mujer no le importaron las últimas palabras del hombre, ella sólo quería a su hija, por lo que alzó la vista. Desmodov vio en sus ojos la esperanza, e hizo un esfuerzo por no reír a carcajadas, ya que la excapitana no tenía idea de todo lo que le esperaba.
— Y ahora —continuó Rotunslav—, es hora de que se reúnan con Su Alteza. Ella sacará a sus familias de la Muerte Eterna, y de que paguen un alto precio por sus acciones.
Y tomó a Rukia de la mano derecha y a Ichigo de la muñeca izquierda. Abrió sus alas y dio un salto hacia una de las sombras del techo, sumergiéndose en ella como si fuera agua y llevándose a los dos jóvenes con él.
Fue entonces que Rukia comprendió el por qué Ichigo había estado tan tembloroso y patético durante todo el rato.
Notas del autor:
*Hola. Aquí nuevamente dejándoles una actualización de esta historia. Cabe decir que ya nada más le quedan dos o tres capítulos para darla por finalizada. Los otros fics están en un muy lento proceso de escritura.
*Por cierto, abrí una cuenta de Face, me encuentran como "Cocono Cocono".
*Y como siempre, espero saber su opinión.
Glosario:
(1) Kanabo: Garrote con pinchos usado en el Japón feudal.
Gracias por leer
