Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos.


"Haré que todos escuchen el preludio más oscuro, aquel que desgarra los oídos, que te hace vomitar de terror, que te hace derramar lágrimas de infelicidad. ¿Por qué lo haré? Debido a que será la única música que suene alegre en este mundo envuelto por las sombras"

Giacomo Lavona

La sensación de tierra en sus labios fue lo primero que sintió Ichika cuando recuperó la conciencia de nuevo, aunque también una fuerte arcada se hizo presente. Esto hizo que la niña pegara su cabeza al suelo, tratando de reprimirla. Lo logró, y respiró agitada por el esfuerzo, pero inmediatamente la invadió el pensamiento de no saber dónde se encontraba y, asustada, levantó la cabeza.

Estaba en medio de una superficie de tierra, iluminada por las últimas luces del crepúsculo, y rodeada de segadores de almas. Pero éstos eran distintos a los que conocía. Los de aquí tenían rasgos distintos a los asiáticos: los ojos más abiertos, el pelo predominantemente negro o castaño, los labios algo más gruesos, la piel más morena y sus rostros eran mucho más expresivos. Éstos últimos incomodaron mucho a Ichika, pues la miraban atentamente como si fuera un suculento pedazo de carne asada.

— Ichika Abarai —habló Bernardo, logrando acaparar su atención—. Has sido traída aquí para ver si eres digna de morir con nosotros, o para ver si te dejamos a tu suerte en el Mundo de los Vivos porque no vale el tiempo que perdamos contigo

A la niña se le aceleró la respiración. Ahora entendía porque la miraban así, ella iba a ser la presa de todo un contingente de segadores. Ella sola contra cerca de cuatrocientas espadas.

— Por lo pronto —continuó el capitán, dirigiéndose ahora a sus soldados—, abran los papeles que les di hace rato. El que tenga la palabra "Chingón" tiene el derecho de enfrentarse a la niña.

Hubo varios ruidos de papeles abriéndose. Los segadores tenían distintas reacciones, unos se palmearon la cara, otros tiraron el papel al suelo y dijeron muchas palabrotas. Algunos rodaron los ojos y unos pocos alzaron la ceja sorprendidos de que no saliera la dichosa palabra. Así pasaron varios minutos donde nadie salía sorteado para encarar a Ichika.

— ¡Yo voy, yo voy! ―gritó alguien en medio del contingente. Esto hizo que la decepción de los demás segadores aumentara ligeramente.

Unos minutos después, y abriéndose paso en medio de sus compañeros, un segador como de trece años, muy esmirriado y de pelo ralo, corto y pardo, pasó al frente a un lado de Bernardo.

— De acuerdo Gerardo. Tú vas a enfrentarte a nuestra invitada —concedió Bernardo —. A ver, muéstrame el papel para ver si es auténtico. Ya sabes, para asegurarme —agregó, cuando el chico puso una cara de indignado.

Mientras Bernardo revisaba que el chico no hubiera hecho trampa, Ichika aprovechó eso para escapar. Haciendo uso del shumpo, desapareció por unos instantes, pero unos segundos después la niña reapareció, sólo que con Miranda apretándole fuertemente el cuello con la mano derecha.

— ¿A dónde crees que vas, pinche escuincla? —preguntó la teniente, arrojándola al suelo—. Ni se te ocurra salir con otra pendejada de esas, ¿eh? Porque te despedazo igual que a un perro.

Ichika sólo atinó a sobarse el cuello, e impedir que las lágrimas, causada por el dolor físico y mental, salieran de sus ojos.

— Bueno, bueno Ichika. Tal parece que la paciencia no es algo que va contigo —comentó Bernardo, con una tenue sonrisa—. Así que haremos las cosas rápido. Gerardo —se dirigió al joven—, por favor enfréntala.

El segador se colocó enfrente de Ichika con su espada preparada a una mano, y ella se puso en guardia. Y sólo dos segundos después Gerardo se le fue encima. Ichika alcanzó a esquivarlo saltando a la derecha, pero el chico fue rápido y, de una presta cuchillada, desarmó a la niña mandando la zampakuto por los aires. Ella hizo una mueca de dolor debido al corte, y esto fue aprovechado por el joven para propinarle una fuerte patada en el estómago y mandarla de cara al piso. Allí, Ichika se incorporó algo lenta, pero notó que Gerardo ya enfundaba su espada y la miraba con mucha decepción.

El público había estado atento y en silencio, pero cuando la zampakuto de Ichika cayó al suelo, la gente comenzó a murmurar.

― Yo no me voy a enfrentar a esa morra.

— ¡Parece un duende con una espada!

— Ni madres que me enfrento a la niña. Capaz que la mato antes de que ella reaccione.

— ¿Por esto nos reunió el capitán?

— No sacrifiqué mi mano derecha ni mi nariz ante Lajos Salminem para tener que matar a una niña que ni siquiera sabe limpiarse los mocos.

Y fue entonces que toda la legión estalló en comentarios de indignación, pues a juicio de ellos, Ichika no era un oponente digno de enfrentarse a su sed de sangre.

— Tal parece que no eres digna de morir aquí, Ichika Abarai —habló Bernardo, alzando la voz por encima de todos y provocó el silencio—. No me queda de otra que te lleven al Mundo de los Vivos para que sellen tu destino. Pueden retirarse, Mauricio, Jesús —se dirigió a su cuarto y tercer oficial—, déjenla en algún lugar de Guanajuato. A los cuetonalli les gustará su sabor.

Los legionarios comenzaron a abandonar el Ruedo, haciendo comentarios muy hirientes hacia la niña. E incluso hubo unos con respecto a su familia, diciendo que sus progenitores eran un par de patéticos, y ella sólo era producto de la mediocridad. Dos tuvieron la osadía de escupirle. Ichika se sintió bastante humillada, pero a la vez furiosa, por lo que se levantó rápidamente del suelo e intentó en. Pero algo se aferró fuertemente a su muñeca izquierda, y vio que era el segador de pelo muy largo acompañado de otro más alto y de pelo mucho más corto.

— Oye morra, ¿sabes lo que es un cuetonalli? —preguntó Mauricio.

— No, ¿acaso es un Hueco? —respondió dubitativa la niña.

El segador de pelo largo sonrió: — Entonces, vamos a que conozcas a uno —dijo—. Le dará tanto gusto verte que te hará su amiga en corto.

Y pasó su mano sobre el rostro de Ichika, dejándola inconsciente una vez más.


El capitán Filiberto se encontraba en la cubierta del Duquesa Isabela, el cual navegaba a unos cuarenta nudos, con todas sus lámparas apagadas, por el oscuro Océano Pacífico, sólo en compañía del timonel, el cual era un ser con cabeza de pardela. Tenía la vista en el negro horizonte, específicamente en un lugar donde los resplandores naranjas y amarillos titilaban a unos treinta kilómetros de distancia.

— César —llamó Buche Gordo a la nada—. Ven un momento por favor.

Tres segundos después llegó un marinero con la cabeza de un falaropo picofino. Era algo más bajo que Filiberto y un poco corpulento.

— ¿Ocurre algo capitán? —preguntó César.

― Diles a todos que se preparen para atacar —respondió el capitán.

El falaropo chasqueó su pico: — Pero capitán, vamos a una parte del puerto que está abandonada —rebatió—. Los humanos ya no trabajan ahí desde que…

— Creo que tenemos un comité de bienvenida —interrumpió Filiberto—. Despierta a los artilleros y diles que esperen mi señal para disparar. Los demás que preparen sus espadas, hoy nadie será capturado por la oscuridad.

César miró con aprehensión a su capitán, pero se dirigió a la parte inferior de la cubierta, para levantar a los demás miembros de la tripulación.

— ¡Manzanillo a la vista! —gritó el marinero que yacía en el carajo.

El barco siguió acercándose a la ciudad. Las titilantes luces de Manzanillo pronto se hicieron fijas y se pudieron apreciar mejor los edificios que las tenían. Las aguas más próximas a la costa tenían enormes buques cargueros, llenos con contenedores que transportaban mercancía asiática. Filiberto pudo apreciar estas naves y soltó un bufido. Si no fuera por la carga que llevaban, las habría bombardeado hasta hundirlas y disfrutaría haciendo llorar de miedo a los humanos que las manejaban. Pero ahora las prioridades eran otras.

La gigantesca fragata fue navegando silenciosamente entre los barcos cargueros, evitando por todos los medios chocar, hasta casi llegar a un muelle lleno de grúas y aparejos que servían para descargar los contenedores. Algunos humanos que estaban en tierra señalaban al oscuro barco con mucho asombro, pero eso no pareció importarle a Filiberto. La embarcación siguió a través de las zonas de descargas, haciendo profundos ruidos de crujidos, hasta que llegó a una parte del muelle que estaba totalmente destruida y sin ninguna clase de luz. Los edificios pertenecientes a las aduanas y capitanías de puerto estaban en ruinas, y las grandes grúas y los enormes aparejos yacían en el piso como un montón de fierros retorcidos.

El Duquesa Isabela se acomodó por el lado de babor a la orilla del muelle. Y no pasaron ni cinco segundos cuando la tripulación salió de la parte inferior de la cubierta, junto con las hermanas Mikoba junto con Kazui, quien tenía un grillete a su pierna derecha.

— Me sorprende que llegáramos tan pronto —comentó Gerlstina, estirándose—. No puedo esperar a que la ruca le saque los ojos, traigo una perra hambre.

Mibértola observó cómo los artilleros del barco ocupaban sus puestos en los cañones de cubierta y se agazapaban lo más que podían. Eso se le hizo muy extraño, y de inmediato tuvo un mal presentimiento.

— Pues bueno. Rajemos de aquí que la vieja nos ha de estar esperando —comentó Shihuoteoncho, y se dirigió al capitán—. Che, gracias por traernos, fue un buen viaje.

— No hay de que Mikobas —respondió Filiberto—. Sólo saquen ese maldito engendro de mi barco, por favor, antes de que yo le corte la cabeza.

Gerlstina y Shihuoteoncho rieron y saltaron por la borda para caer en el muelle. Mibértola tomó al niño de la muñeca derecha y también saltó hacia el muelle. Tan pronto como Kazui tocó tierra se escuchó el ruido de varias pisadas y metal chocando contra metal. Unas luces se encendieron, y revelaron a más de doscientos treinta monstruos y criaturas, todos vestidos con una armadura negra y brillante. Las mujeres inmediatamente prepararon sus respectivas armas y ocultaron a Kazui en medio de ellas.

Un hombre alto, de cerca de un metro y noventa centímetros, delgado, de pelo castaño y fríos ojos grises se abrió paso entre la multitud hasta quedar enfrente de las mujeres.

— Entréguenos al niño por orden de la Reina del Imperio Oscuro —exigió el hombre.

— Pero boludo, ¿sabés qué nosotros también buscábamos al pibe? —comentó la mujer del kimono.

— Entonces no me queda de otra que quitárselo por la fuerza —advirtió el individuo.

Gerlstina soltó una risa: — ¿Ah, sí? Pues si te crees tan pinche chucha cuerera ven por él, pendejo —retó.

Hubo un segundo de silencio, un segundo donde las hermanas Mikoba y las tropas se midieron, pensando cual sería el movimiento más adecuado para atacar. Pero ese segundo fue roto por los disparos de los cañones de cubierta y la primera tronera de babor del Duquesa Isabela.

La pelea comenzó. Gerlstina y Shiouteoncho atacaron a un duende y a un troll, respectivamente. Los monstruos respondieron, lanzándose todos contra las tres mujeres, pero eran difíciles de herir. La del sombrero atacaba con puñetazos y balazos derribando a criaturas grandes y pequeñas, mientras que la del kimono usaba su destreza con la katana para hacer caer a sus rivales. Mibértola apartaba a todo aquel que quisiera llevarse a Kazui, esquivaba lanzas y mazas, respondía con cuchilladas y reveses, e incluso llegó a usar al niño para aplastar a un gnomo.

Algunos vampiros intentaron abordar el Duquesa Isabela para inhabilitar a los artilleros, pero fueron repelidos fácilmente por el resto de la tripulación y su capitán, y seguían con el bombardeo. Entonces se escuchó un feroz rugido por encima del todo el barullo, y Lajos Salminem salió de la escotilla del barco para saltar en medio de la masa de monstruos y criaturas y usar su hacha contra todo el que estuviera cerca.

La mujer de pelo rosa se enfrentó contra un chaneque y un nagual, dándole tres tiros en la cabeza al primero y tres patadas en el cuello al segundo. Estaba muy emocionada, ya que habían pasado algunos años desde que tuvo una pelea. Pero alguien le sujetó la muñeca izquierda fuertemente, y volteó para ver quién se había ganado una rotura de dientes. Era Mibértola, quien la miraba con el ceño algo fruncido.

— ¡Pero qué pinches te pasa, carnala! —gritó la del sombrero.

― Vámonos —susurró la del vestido victoriano.

― No, yo me quedo a partir madres —reclamó Gerlstina.

― Filiberto y Lajos están creando la distracción perfecta. Tenemos que irnos ya —razonó Mibértola.

— La hermana tiene razón, che —dijo Shihuoteoncho, apareciendo a su lado derecho—. Hay que rajar de aquí lo más pronto posible con la vieja aquella.

A Gerlstina no le quedó de otra que asentir. Entonces las tres mujeres y el niño desaparecieron, mientras el Duquesa Isabela se alejaba de tierra defendiéndose a cañonazos, y Lajos Salminem arrojaba un potente torrente de fuego a los monstruos, que quedaban calcinados al segundo.


Ichika volvió a despertar, y esta vez no pudo reprimir las náuseas y vomitó. Pero lo único que pudo salir de su boca fue jugo gástrico, el cual fue a dar directamente a los pies del cuarto oficial de la Legión del Mictlán.

― ¡Pinche escuincla puerca! ―gritó Mauricio, pegando un salto hacia atrás― ¡Ya me manchaste mis huaraches de segador!

Jesús soltó una carcajada: — Pues ya te toca lavar güey —dijo—. Ándale, échale candela que ya me quiero ir de aquí.

Los tres se encontraban en medio de un tupido bosque de encinas y robles, donde la noche ya había caído y la pálida luz de la luna apenas se colaba entre el follaje de los árboles. Había una leve brisa que movía las ramas en leves crujidos, pero era el único ruido. No había otro más, ni siquiera los búhos o los insectos se escuchaban, lo que le daba un ambiente un poco sobrecogedor a la escena.

Mauricio le tomó la mano izquierda a la niña, sin que ésta hiciera algún esfuerzo. Estaba tan débil por los desmayos que ya había perdido la mayor parte de sus fuerzas. El hombre le descubrió el antebrazo y pasó su dedo índice a lo largo de él. Esto provocó un tremendo dolor en Ichika y que se liberara un fuerte pulso de su presión espiritual.

— Ya está, güey —dijo Mauricio—. Vámonos a la chingada antes de que también nos toque chingar a nuestra madre.

Y los dos segadores se esfumaron con shumpo, dejando a Ichika sola en el oscuro bosque. Débil y sin un arma para defenderse, lo único que pudo hacer la niña fue abrazarse de sus piernas e intentar contener inútilmente el llanto.

— ¿Por qué tan triste? —preguntó una voz femenina muy dulce.

Ichika alzó la vista y se encontró a tres individuos, dos mujeres y un hombre vestidos con holgados hábitos negros. Los tres tenían el rostro algo carcomido, y las manos resecas y marchitas como un cadáver. Una fémina tenía el pelo de un chillante amarillo y la otra de rojo morcilla, mientras que el hombre de un sólido negro mate. Y había una característica muy peculiar que compartían los tres.

Los ojos eran enormes, hundidos, acuosos, pálidos y muy atrayentes.

— ¿Dime, niña, acaso no quieres dejar de llorar? —cuestionó la mujer del pelo amarillo, la misma de la voz dulce.

Ichika no podía apartar la vista de los ojos de la mujer. A pesar de ser grotescos, le llamaban muchísimo la atención, y sentía que le estaban horadando sus pensamientos.

— ¿Quieres reunirte con tu mamá Rukia, Ichika Abarai? —preguntó la fémina nuevamente

La niña asintió fervientemente. La mujer fue acercándose poco a poco, rodeando con sus resecas manos la cintura de la niña y la alzó un poco, justo a la altura de sus labios para que le pegara su repugnante aliento de muerte. Pero Ichika no se dio cuenta de ello, estaba tan absorta con los ojos del espectro y el feliz pensamiento de volver a ver a su mamá otra vez.

— Entonces deja que nosotros lo hagamos por ti, ¿sí? —sugirió la mujer.

Ichika volvió a asentir con fervor. La cuetonalli bostezó profundamente, lo cual provocó que desencajara su mandíbula, como una serpiente, y la abriera tanto hasta tener el espacio adecuado para que la cabeza de Ichika cupiera fácilmente. Sus otros dos acompañantes la observaban con mucha expectación, relamiéndose los labios.

Pero el ruido del acero traspasando el aire a alta velocidad quebró la atmósfera y la niña fue a dar al suelo, junto con la cabeza de la cuetonalli. Ichika se echó hacia atrás todo lo que pudo, mientras los otros dos espectros salieron corriendo de la escena, dando unos escalofriantes gritos que le erizaron el vello de la nuca a la niña.

Ichika respiraba agitada, e intentó salir de allí usando shumpo, no le importaba el lugar al que fuera a parar. Pero fue frenada con un potente agarre en su mano derecha que por poco y se la rompe. Alzó la vista para ver de quien se trataba.

Una mujer esbelta, de piel trigueña y cabellos verde oliva estaba enfrente de ella. Traía un vestido azul claro y una kilij en su mano derecha.

— ¿Tú eres Ichika Abarai, cierto? —preguntó la mujer. La niña asintió lentamente—. Bueno, tú vienes conmigo. A la Reina le dará mucho gusto que te haya salvado.

Dos alas, semejantes a las de los murciélagos, surgieron abruptamente de la espalda de la mujer, y aumentaron el miedo en Ichika. Después alzó a la niña hasta tenerla a la altura de su rostro y le sopló, e Ichika inmediatamente cayó desmayada. La fémina abrazó a la menor, pegó un salto y salió volando hacia el oscuro cielo.


Las hermanas Mikoba aparecieron afuera de un pequeño local en un mercado, junto con Kazui. A su alrededor, muchos negocios estaban decadentes, pues yacían clausurados, no tenían nada en su interior y las ventanas estaban rotas. El ambiente era de pesimismo, pues los caminantes, criaturas como naguales, duendes y centauros, tenían el semblante muy serio, no saludaban a nadie y constantemente volteaban hacia atrás para verificar que nadie los seguía. Kazui inmediatamente sintió miedo al ver a los seres que pasaban enfrente de él, incluso algunos como unos chaneques le lanzaron miradas de molestia.

Las tres dieron unos pasos hacia el establecimiento. De puerta sólo tenía unas cortinas de satén púrpura, las cuales ondeaban débilmente.

― ¿Madame Ridasaki? —preguntó Mibértola en voz alta.

Hubo algunos segundos de silencio, en donde se escuchaba una cansada respiración y que alguien se sentaba apresuradamente.

― Pasen, pasen, sean bienvenidas Mikobas ―respondió la voz de Madame Ridasaki. Las tres pudieron notar que se oía agotada—. Y tú también, Kazui Kurosaki, pasa por favor.

Los cuatro pasaron. El local estaba muy frío y en penumbras, salvo por el leve brillo que emitía la bola de cristal que estaba encima de la mesa, y que iluminaba levemente el cadavérico rostro de Madame Ridasaki. Tomaron asiento en las tres sillas que había enfrente de la vieja, y Mibértola sentó a un sollozante Kazui en sus piernas.

— ¿Qué es lo que se les ofrece, Mikobas? —preguntó la anciana.

— Hemos traído al pibe, vieja —respondió Shiouteoncho, señalando al infante.

—Ah el niño —dijo Madame Ridasaki, fijando sus hundidos ojos en él—. El niño que, junto con su compañera, cambiaron el destino de todos nosotros. Pero ahora deben mantenerlo a salvo. Recuerden que la pluma segura es la que se va con el viento.

Las tres mujeres se miraron entre sí, con cara de desconcierto.

— Hable en cristiano, ruca —dijo Mibértola

— ¡Qué huyan de aquí! ¡Es una trampa! —gritó Ridasaki, aporreando la mesa.

— Maldita bruja traidora —masculló una voz masculina en la oscuridad.

La bola de cristal fue a dar al suelo y se rompió, dejando todo en penumbras. El ruido de unas treinta espadas desenvainándose se escuchó, después el metal chocando contra el metal, los sordos impactos de los puñetazos, los crujidos de los muebles al destruirse, las respiraciones agitadas por la adrenalina, los chillidos cuando alguien era cortado, el llanto de Kazui y el múltiple detonar de unas armas de fuego.

Después de unos veinte segundos todo ruido se apagó y se encendieron las luces. Los únicos seres que había en el local de Madame Ridasaki eran las hermanas Mikoba, con sus armas en mano.

— Pinche ruca —se quejó Gerlstina, enfundando sus revólveres—. O nos tendió una trampa o los pinches vampiros ya sabían que veníamos, cabrón.

— Yo creo que los vampiros ya sabían que veníamos —opinó Mibértola, guardando su cimitarra—. Madame Ridasaki no tenía oportunidad alguna de avisarnos.

Las tres mujeres observaron el establecimiento. Las sillas estaban destruidas, al igual que la mesa, y las baratijas que tenía la anciana mujer, como una baraja de tarot, libros de los sueños y espejos, esparcidos por el suelo hechos añicos

— ¿Y el pibe? ¿Y la vieja? —preguntó la del kimono, envainando su katana y mirando a todos lados.

— Los vampiros se los llevaron —respondió la del vestido victoriano—. El viaje por el niño fue en vano, la Reina lo tiene. No sabemos nada de la niña, pero de algo si estoy segura al cien por ciento.

— ¿Qué cosa, carnala? —preguntó la del sombrero.

Mibértola miró a sus hermanas: — Sólo es cuestión de tiempo para que caigamos ante las sombras —dijo, esbozando una triste sonrisa.

Las otras dos bajaron la cabeza, con los ojos vidriosos, en señal de resignación con el oscuro futuro que tenían por delante.


Rukia abrió los ojos con mucha dificultad y vio la tenue luz que se filtraba a través de un denso follaje anaranjado. Se encontraba bocarriba, con algo de náuseas, respirando un poco agitada, y cubierta por un sudor frío en todo su cuerpo. Temblaba un poco y sentía la hojarasca quebrándose bajo su espalda. Se incorporó un poco, retuvo una arcada y observó a su alrededor.

Al frente de ella estaba Rotusnlav Desmodov, dándole la espalda. A su lado derecho, estaba Ichigo, un poco repuesto de la noche anterior, ya que no babeaba y tenía algo de lucidez en su mirada pero aun así se notaba que temblaba un poco.

— ¿Ichigo? —cuestionó Rukia, acercándose un poco a él.

— Bienvenidos a Rumania, mi patria —dijo Desmodov—. Tenemos que caminar para llegar con la mujer que les devolverá a sus familias y su felicidad, ¿o no quieren eso?

Tanto Ichigo y Rukia se pusieron de pie, pese a que a ambos les temblaban las piernas. Los tres estaban en medio de un bosque de árboles muy altos, como de veinte metros, de hoja caduca. Éstos tenían las hojas de color anaranjado y rojo, además de la corteza de un oscuro rojo, con relieves en ella que vagamente recordaban rostros humanos. Y al lado de uno de los árboles, había un letrero que decía:

Padure Teapa

— El camino es por aquí —habló el vampiro, señalando a su derecha—. Así que andando.

Los tres comenzaron a andar. Era un sendero de tierra rojiza, muy incómodo pues tenía bastantes piedrecillas. A los lados había arbustos y plantas de color rojo oscuro, e incluso de unos goteaba una sustancia viscosa de los tallos y de un peculiar olor rancio.

A los diez minutos de andar por el bosque, Rukia sintió una pequeña punzada y escuchó una risa. Una risa infantil que conocía muy bien, y una voz, que jamás olvidaría, habló en sus pensamientos.

"Mamá, por aquí"

— ¿Ichika? —preguntó Rukia a la nada, mirando varias veces a su alrededor.

Y antes de que pudiera razonar si fue cierto o no, sintió nuevamente la misma punzada en la cabeza y la voz de su hija habló una vez más.

"No te tardes, mamá. Ya vamos a jugar con Chappy y sus amigos"

— ¡Espérame, hija! —gritó la mujer, saliendo disparada por la izquierda hacia el bosque y con una sonrisa algo extraña.

― ¡Enana, no te vayas! —exclamó Ichigo, pero una fuerte punzada en su cabeza le hizo agacharse y escuchó el llanto de un niño y una voz perfectamente conocida le habló en su mente.

"Papá, ayúdeme, por favor"

— ¿Kazui? —preguntó Ichigo. La desesperación comenzó a aflorar en él, y no le importó sentir otra punzada en su cabeza y escuchar a su hijo.

"Por favor papá, no puedo salir de aquí"

Un deje de demencia también apareció en el rostro del hombre. Olvidándose de todo lo que pasó y de lo débil que se sentía en el momento, se paró firme y dejó que una insana determinación se apoderara de él.

— ¡Voy por ti, hijo¡ ¡No te muevas! —gritó Ichigo, fuera de sí. Y, al igual que Rukia, se internó en el bosque, sólo que por el camino de la derecha.

Un par de metros adelante, Rotunslav había estado observando la escena y lo único que pudo hacer fue sonreír. El plan estaba dando magníficos resultados, ya sólo era cuestión de tiempo para que el mundo pagara caro el haber roto el hilo rojo que una vez unió a esos dos.


Rukia corría a toda velocidad por el bosque. Atravesaba arbustos, zarzas y hiedras. Tropezaba algunas veces, pero se incorporaba enseguida. La voz de su hija le daba energía para seguir a través de ese horrendo camino, sin importarle las heridas que se causara en el transcurso.

"Ya no falta nada, mamá. Ya casi llegas"

— ¡Lo sé, hija! ¡Lo sé! —gritó Rukia.

A unos cuantos metros, Rukia vio que el bosque terminaba, pues los árboles ya dejaban de verse muy unidos, y la luz penetraba más. Apuró el paso y en menos de cinco minutos llegó a los linderos del bosque. Con la respiración agitada y los ojos totalmente abiertos por la sorpresa, contempló el panorama que tenía enfrente.

Era una llanura, y a unos dos kilómetros un enorme castillo de granito se erigía. Y etre el castillo y ella había un ejército.

Pero no un ejército común, era uno de cientos de miles de monstruos y criaturas mitológicas, de todos los tamaños, desde pequeños gnomos de no más de treinta centímetros hasta gigantes de más de diecisiete metros y criaturas sobrevolando en lo alto, todos vestidos en armadura negra y brillante. Y cuando apareció la capitana, el ejército se alborotó. Rompió en aullidos, gritos y rugidos de júbilo, y golpearon sus armaduras y armas con gran estruendo. Estos escabrosos ruidos lograron intimidar un poco a Rukia, incluso dio algunos pasos hacia atrás.

Ichigo apareció corriendo a su lado derecho, lleno de esa enferma determinación, pero al ver a los monstruos gritar con éxtasis el desconcierto se apoderó de él, y también retrocedió un poco debido a que se sintió algo intimidado.

— ¿Pero qué demonios está pasando? —cuestionó el hombre de pelo naranja.

— Yo te diré que pasa aquí —habló Desmodov a sus espladas, y se dieron la media vuelta para encarar al vampiro—. El Ejército Oscuro ya presiente la hora en que vamos a invadir todos los mundos espirituales para someterlos a la oscuridad.

— ¿E Ichika? ¿Dónde está Ichika? —cuestionó Rukia, avanzando hacia Rotunslav y aferrándose a las solapas de su traje.

— ¿Dónde está Kazui? —preguntó amenazante Ichigo, aferrándose a la solapa derecha del traje de Desmodov.

El vampiro soltó una fría carcajada: — Aquí están —respondió—. Les aseguro que los verán, aunque no en el estado que ustedes quieren.

Antes de que Ichigo y Rukia pudieran procesar esas palabras, algo los tomó de la cintura, y se dieron cuenta de que eran un par de enormes manos, pertenecientes a un Hueco con cráneo de morena. Intentaron liberarse, pero la criatura los apretaba muy fuerte, además de una fuerza invisible que les impedía la liberación de su poder.

El monstruo se dirigió hacia el ejército y caminaba a través de las filas, y las múltiples criaturas, pertenecientes a todos los folklores, les decían varias cosas, se reían de ellos e incluso les arrojaban piedras. Ambos adultos se sentían de lo peor, humillados, destrozados anímicamente y con parte de su alma desgarrada por haber perdido a sus hijos.

El Hueco se detuvo cuando llegó al centro del ejército, y los soldados formaron un gran círculo, de unos cincuenta metros de diámetro. El ser arrojó a Ichigo y a Rukia al centro del círculo, y al mismo tiempo escucharon que algo muy pesado se movía hacia donde estaban ellos.

Un enorme troll, de más de tres metros de alto y muy corpulento, se abría paso entre las filas, con una cadena empuñada en cada mano. Cuando llegó al centro, movió las cadenas con brusquedad y éstas hicieron un amplio movimiento circular alrededor de las cabezas de todos. Entonces los segadores observaron que había dos pequeños cuerpos en los extremos de las cadenas, y cuando azotaron en el piso pudieron reconocerlos.

Sus respectivos hijos, con cadenas alrededor de si cintura

— ¡Ichika!

— ¡Kazui

— ¡Mamá!

— ¡Papá!

Ambos padres corrieron con todas las fuerzas que tenían, pero antes de alcanzarlos, el troll tiró de las cadenas y ambos niños fueron ocultados entre el ejército de monstruos, y le dedicó una burlona y grave carcajada a ambos. Todas las tropas también comenzaron a reír.

— ¡Son unos malditos! —gritó Ichigo, fuera de sí. Su presión espiritual explotó, aunque no pareció turbar a los monstruos— ¡Los voy a destrozar! ¡Voy a acabar con cada uno de ustedes!

— ¡Denme a mi hija! —exclamó Rukia, y su presión espiritual comenzó a desbordarse— ¡Denme a mi hija o juro que los venceré a todos para que la dejen en paz!

— Dime, Rukia Abarai —habló una voz femenina que le heló la sangre y los pensamientos a Rukia, e hizo callar las risas de todos—, ¿crees que la determinación de un par de padres desesperados pueda contra todo el poder de las sombras?


Notas del autor:

* Hola, aquí reportándome con un capítulo más de esta historia. Ya está por concluir, y nada más le quedan dos capítulos (ya hice bien las cuentas).

* También tengo algo más ligero por si quieren darse una vuelta. Se titula "Corazón de cristal"

*Como siempre, espero su opinión.

Gracias por leer.