Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos
"Alguna vez te has preguntado, ¿por qué se le teme la oscuridad? Date una idea de que ahí no puedes ver, escuchar o tocar todo aquello que te hace feliz. Y si no eres feliz, ¿sabes qué tan rápido pueden invadir las sombras tu corazón?"
Elena Contur
La planicie quedó en silencio, el cual sólo era cortado por las respiraciones de las tropas y el tintineo de las armaduras, y en el cielo aparecieron gruesos nubarrones. Ichigo y Rukia estaban agitados y se miraron entre sí. Sus ojos estaban totalmente abiertos, expectantes, como consecuencia del presentimiento de algo muy malo que estaba a punto de acontecer.
Y entonces se escucharon unos pasos. Unos pasos suaves y lejanos, como de unas botas de tacón alto. Los monstruos y criaturas del ejército que se encontraban al frente de Ichigo y Rukia se iban apartando poco a poco a medida que los pasos se escuchaban más y más cercanos, y les dirigían sonrisas maliciosas a los dos segadores. Y fue entonces que el hombre de pelo naranja y la mujer pelinegra vieron lo que se aproximaba, y se les encogió un poco el corazón.
Poco a poco, una mujer se iba acercando al círculo donde estaban los dos segadores. De más de veinte metros de alto, de rostro bastante huesudo y piel pálida como el mármol. Tenía el cabello negro, brillante y muy largo, hasta la espalda baja, con un fleco tapándole la frente. Sus brazos eran largos, de unos diez metros de largo, y sus manos terminaban en unas enormes y afiladas uñas negras de setenta centímetros de largo. Dos alas negras de murciélago, de más de treinta y cinco metros de envergadura, salían de su espalda. Portaba un vestido antiguo, de color rojo sangre brillante con holanes negros, con un gran cuello posterior de color negro, y una sencilla corona, con un rubí grande en el frente, se encontraba hasta arriba de su cabeza. Además, tenía empuñado un martillo de acero negro, de unos trece metros de mango y una cabeza redonda de más de ocho metros de largo por cuatro de diámetro.
La gigantesca fémina detuvo sus pasos a pocos metros de Ichigo y Rukia, dirigió su vista hacia ellos y sonrió. Ambos segadores notaron sus ojos, de un marrón muy oscuro, muy penetrantes, y sus caninos, más largos y gruesos que cualquier katana, detrás de unos delgados labios de color carmín brillante.
— Permítanme presentarme —habló la mujer y se llevó la mano derecha al pecho. Su suave y redondo tono les erizaba toda la piel y provocaba unos terribles escalofríos en su espalda—. Soy Carmilûte Tapiez, Reina del Imperio Oscuro, de raza vampírica y causante de todo lo negro que le ha pasado, pasa y pasará en el suelo del Mundo de los Vivos y los Mundos de las Almas.
Ambos segadores estaban paralizados. Había algo en esa monstruosa mujer que los hacía sentirse intimidados y con mucho miedo. Su imponente estatura, su abrumadora presencia, el color de su vestimenta, la energía que emanaba, todo ello se combinaba en una atmósfera bastante pesada y turbadora, que por poco les hace perder el equilibrio y tirarse de rodillas al piso.
— ¿Y a qué han venido ante mí, Ichigo Kurosaki y Rukia Abarai? —preguntó Carmilûte, observándolos detenidamente. Los dos segadores se sintieron profundamente analizados por sus ojos, e incluso tuvieron una inquietud perturbadora de que la vista les profanaba la mente—. El salvador de la Sociedad de Almas de Asia del Este y la segadora que le despertó su poder. Díganme, ¿qué es lo que esperan de mí?
Rukia dio un paso al frente, con mucho esfuerzo: — Devuélveme a mi hija —respondió, con toda la valentía que le fue posible, sin importarle que la vampiresa haya acertado en cuanto a su persona.
— ¿En serio la quieres de vuelta? —preguntó la Reina con tono irónico, y se agachó un poco—. No creo que sea tan fácil. Para empezar, tanto Ichika Abarai como Kazui Kurosaki tienen algo en su interior que he estado buscando durante milenios, algo que creí imposible de que se formara. Pero gracias a la cobardía de la luna blanca y el despecho del sol negro, lo pude encontrar. Además, debo darles las gracias, ya que sin sus estúpidas decisiones no estaría a un paso de dominar todas las dimensiones mortales y espirituales.
Ichigo también dio un paso al frente: — ¿De qué rayos estás hablando? —cuestionó, aparentando toda la valentía que pudo.
Carmilûte volvió a sonreír: — ¿Qué acaso no han escuchado la leyenda del sol negro y la luna blanca? —preguntó— ¿Qué acaso nunca se dieron cuenta de que nunca debían estar separados? ¿Qué acaso no saben que ustedes estaban destinados a la gloria eterna? —comenzó a caminar en torno a los segadores. Ichigo y Rukia pegaron espalda con espalda, siempre con la vista en la mujer— ¿Qué acaso no se daban cuenta que el lazo que los unía contenía la más poderosa de las armas? ¿Qué acaso no saben que ustedes debían detener a la oscuridad? ¿Qué acaso nunca se dieron cuenta que no podían ser felices en estos diez años? ¿Qué acaso no se dieron cuenta del mísero amor que había con sus parejas? ¿Qué acaso nunca se dieron cuenta del error que cometieron al tener a sus respectivos hijos?
Ichigo y Rukia estaban algo enfadados pero a la vez sorprendidos. Las palabras de Carmilûte eran hirientes, pero todo lo dicho había sido verdad. En esos diez años que estuvieron separados fueron insípidos, si bien habían tenido pareja e hijos, eso no los hizo sentirse felices completamente, además de varias situaciones que realmente le mostraron que todo lo que habían hecho con sus familias fue realmente para nada.
— Y como tengo razón —continuó la Reina—, voy a hacerles una pequeña prueba —dio un par de pasos, haciendo retroceder a los dos segadores—. Si son capaces de hacerme un corte con sus armas y de noquearme con su poder más fuerte, les devolveré a sus hijos. Pero si no —esbozó una perversa sonrisa—, ya verán por las malas que sus hijos están malditos y guardan la perdición de los mundos en su interior.
— No tenemos armas, ¿cómo vamos a herirla sin ninguna? —cuestionó Rukia.
Carmilûte acentuó más su sonrisa: — Eso se puede arreglar —respondió. Todo el ejército guardó silencio, y los segadores dieron un paso hacia atrás.
La Reina dejó su martillo en el suelo y abrió su mano derecha en dirección a Ichigo y Rukia, y, de manera inverosímil, ambos levitaron hasta que los aprisionó. Con la otra mano encajó su enorme uña del dedo índice en el pecho de Rukia y la uña del dedo cordial en el pecho de Ichigo, abriéndoles un boquete. Éste era negro, sin provocarles algún daño físico como hemorragias. Cuando la mujer retiró sus dedos de los cuerpos, los dos segadores pudieron apreciar, con los ojos como platos, que en las uñas había algo enganchado.
Sus respectivas zampakutos.
La vampiresa abrió la mano que los aprisionaba y permitió que Ichigo y Rukia levitaran hasta el suelo. Las espadas se desprendieron de sus uñas y flotaron hasta ellos, quienes las tomaron con cierto desconcierto y les dieron un vistazo. Sus zampakutos las había confiscado Soi Fong y yacían en la Sociedad de Almas, pero las armas que tenían entre sus manos se sentían como las auténticas pues, además de la apariencia, su energía era inconfundible.
— Ya que tienen sus armas, atáquenme —ordenó Carmilûte, volviendo a empuñar su martillo con la mano izquierda—. Les doy oportunidad de asestar el primer golpe —y abrió sus brazos y alas en toda su amplitud.
Ambos segadores, con las piernas temblándoles un poco y algo de valor reunido, empuñaron sus armas. Los monstruos y criaturas dieron varios pasos atrás, abriendo el círculo cerca de unos trescientos metros. Entonces ambos guerreros pegaron un salto y, a la altura de los muslos de la mujer, le propinaron una cuchillada cada uno, con toda la fuerza que les fue posible. Pero descubrieron algo que les apretó el pecho y les secó de golpe la garganta.
La piel de la vampiresa se sentía como claras de huevo a punto de turrón, y ni una gota de sangre brotó de las heridas. Y con esta incertidumbre, ambos tocaron el suelo.
Inmediatamente que Ichigo y Rukia atacaron, la Reina respondió e intentó aplastarlos con su puño derecho. Pese a su enorme constitución, tenía la misma velocidad y agilidad de un guerrero profesional de tamaño promedio, dejando un poco sorprendidos a ambos.
Los dos segadores esquivaron el puñetazo de Carmilûte, el cual hizo retumbar el suelo. Ichigo se fue a la derecha y Rukia a la izquierda. La mente de ambos intentó ver una brecha en las defensas de la vampiresa, pero ella empuñó su martillo con la mano derecha y, alzándolo todo lo que pudo, lo dirigió contra Rukia.
— ¡Rukia! —gritó Ichigo. La segadora esquivó el martillazo por un pelo, y esto hizo que el corazón del segador sustituto se paralizara de angustia.
El golpe del martillo fue tremendo, ya que sacudió la tierra con una fuerza equiparable a la de un terremoto de magnitud considerable, e incluso una onda expansiva, algo opaca como humo, salió del arma. Los soldados en tierra, Ichigo y Rukia cayeron al piso, los monstruos y criaturas en el aire se desorientaron y estuvieron a punto de dar contra el suelo. Los monstruos terrestres se incorporaron rápidamente, a la segadora le costó levantarse y empuñó a Sode no Shirayuki, pero Ichigo estaba paralizado en el suelo, con los ojos bien abiertos.
La Reina aprovechó que Ichigo se encontraba estático y, de un presto movimiento, le dio una patada. El golpe fue tal que el hombre de pelo naranja sintió que la enorme bota le destrozó las entrañas, y lo arrojó unos trescientos metros dentro del ejército. Cuando a punto de aterrizar, un gigante lo interceptó como si fuera una pelota de béisbol, y lo arrojó de nuevo al aire, donde fue capturado por un guiverno, el cual lo regresó al ruedo con la Reina.
Mientras Ichigo era mandado a volar, Rukia pegó otro salto y, usando uno de los pliegues del vestido, se impulsó hacia la enorme mano que empuñaba el martillo. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de atacar la extremidad, todo se volvió negro, pues, en un despliegue de velocidad, Carmilûte atrapó a la capitana como si se tratara de una mosca y la arrojó con fuerza al suelo.
El reptil alado tiró al hombre al lado de Rukia. No tuvieron tiempo en preguntarse si se encontraban bien, pues Carmilûte dio otro tremendo martillazo contra ellos. Ichigo tomó a Rukia de la muñeca derecha y esquivó el golpe, el cual hizo temblar todo.
— ¿En qué habíamos quedado? —inquirió la Reina, descargando otro martillazo que fue esquivado por los segadores y mandaba a todos en tierra al suelo—. Debían atacarme en serio. Pero parece que no les importa la libertad de sus hijos.
— ¡Esto es imposible! —gritó Ichigo. El miedo y el dolor físico le atenazaban cada parte de su cuerpo.
— ¡Usted nos engañó! —exclamó Rukia, una vez tomó un poco de aire.
Carmilûte arqueó una ceja: — Bueno, si no atacan con todo su poder me veré obligada a hacer esto —comentó y chasqueó los dedos de la mano derecha.
Rotunslav Desmodov se movió y fue hasta el troll que mantenía cautivos a Kazui e Ichika. El monstruo les quitó las cadenas y el vampiro tomó la mano derecha de la niña y la mano izquierda del niño y, de un mordisco, le arrancó los dedos meñiques a ambos. El grito de dolor y miedo de ambos niños fue bastante insoportable para sus padres.
— ¡Pero qué mierda está pasando! —gritó Ichigo, olvidando momentáneamente el miedo y volviendo a sentir ira.
— ¡Pensé que no les iba a hacer nada! —vociferó Rukia, quien dejó de lado el cansancio para percibir angustia.
La Reina soltó una suave y escalofriante risa: — Yo no especifiqué que se los iba a devolver enteros —dijo—. Yo sólo dije que iban a regresar a sus hijos, mas no indiqué si vivos, muertos o enteros —y chasqueó los dedos de nuevo.
Desmodov les arrancó ahora los dedos anulares a Kazui e Ichika. Los lastimeros y horribles gritos de los niños activaron la furia de Ichigo y Rukia, quienes se vieron envueltos en un aura de presión espiritual, que se fue engrosando poco a poco. Los soldados más cercanos a los segadores incluso dieron algunos pasos hacia atrás.
— ¡Bankai! —gritaron los dos al mismo tiempo, y una explosión de presión espiritual, acompañado de una fuerte luz blanca. Los monstruos y criaturas del ejército de cubrieron, pero Carmilûte tenía los ojos bien abiertos y respiraba pausadamente como si hubiera esperado ese momento desde hace varios siglos.
Cuando se disipó la luz, las tropas se descubrieron y pudieron apreciar a los dos segadores en la máxima forma de su poder. Rukia con ese majestuoso vestido blanco e Ichigo con la media máscara de Hueco y sus ropas algo desgarradas. Los dos lucían rostros serios, como si estuvieran concentrando toda su energía.
— ¡Qué esperan! —gritó la Reina, sonriendo a más no poder— ¡Si quieren de vuelta a sus hijos, atáquenme con todo el poder que tengan!
Apretando los dientes, Ichigo dio una gran carrera y pegó un salto tan fuerte que llegó al pecho de la mujer. Carmilûte lo interceptó de un manotazo, mandándolo al suelo. Pero el segador se recuperó rápidamente y nuevamente saltó hacia la vampiresa, con el objetivo de atacar la mano que empuñaba el martillo. Pero la Reina movió la mano libre, y de ésta salió una onda de energía negra, que dio contra Ichigo y lo mando de nuevo al suelo. Esta vez Carmilûte descargó otro martillazo, pero el segador de pelo naranja lo esquivó y saltó hacia sus muslos, propinándole un corte, el cual tampoco sangró ni molestó a la gigantesca mujer.
Rukia, en cambio, daba pequeños pero decididos pasos hacia la monstruosa mujer, debido a la poca movilidad que le otorgaba su bankai. Además, blandía su espada en amplios círculos y los movimientos emitían ondas de hielo que iban a dar a los monstruos y criaturas cercanos. Éstos sacudían las partículas de hielo de sus armaduras y escudos, con una cara de total desconcierto.
A medida que la segadora avanzaba y trazaba movimientos, su espada brillaba más y más, y las ondas que producía aumentaban su poder de congelación, llegando a encerrar a uno que otro monstruo en bloques de hielo. Hasta que llegó un punto en el cual estuvo tan iluminada que ya no se distinguían los detalles del arma, e incluso los ojos de Rukia brillaron en un cerúleo resplandor.
— ¡Ichigo, apártate! —gritó Rukia. El segador sustituto, quien estaba en el suelo, saltó hacia donde estaba ella. A las tropas se les fue la respiración, y la Reina esbozó una ligera sonrisa.
La segadora dio un grito y Sode no Shirayuki emitió una potente onda de energía, blanca, brillante y fría. Los monstruos y criaturas se cubrieron, pero Carmilûte abrió sus brazos y sus alas. Al momento de recibir el impacto, hubo un gran ruido sordo, como el de una avalancha, y todo se iluminó con una potente luz de albo color. Cuando la luz desapareció, todos se descubrieron y parpadearon para ver qué había pasado.
La Reina quedó congelada en una gigantesca estructura de hielo, con una sonrisa en su cara. Los monstruos y criaturas del ejército estaban bastante sorprendidos, a excepción de Rotunslav, quien lucía muy tranquilo y con una sonrisa ligera.
Ichigo y Rukia se dieron la media vuelta y miraron a los monstruos. Ellos se echaron un poco para atrás, pues estaban asombrados de que dos segadores vencieron a su monarca. La capitana y el segador sustituto se dirigieron hacia el troll que mantenía cautivos a sus hijos, el cual aflojó un poco las cadenas. Los niños, por primera vez en mucho tiempo, sonrieron.
Pero un profundo crujido hizo que su respiración se cortara y detuvieran sus pasos, y las sonrisas de sus hijos se borraran de golpe. Luego otro crujido y otro, y otro, hasta que la enorme masa de hielo se rompió, liberando fragmentos hacia todos lados. El ejército se cubrió, y un aire de optimismo lo invadió, mientras que a Ichigo, Rukia, Kazui e Ichika se les heló la sangre, y todo rastro de esperanza fue eliminado de su mente.
Soltando una fría carcajada, la Reina salió del hielo, esbozando una terrible sonrisa y con una determinación diabólica que se reflejaba en sus penetrantes ojos.
Carmilûte le propinó un tremendo martillazo al suelo, del cual se desprendió una onda de energía poderosa y de alta temperatura, la cual impactó contra todos. Los monstruos se cubrieron, pero Ichigo y Rukia no, y les afectó mucho. En especial a la capitana, quien yacía en el suelo, con las manos en el cuello, pues el golpe de calor la estaba sofocando lenta y dolorosamente.
— ¡Rukia! —gritó Ichigo, corriendo hacia la capitana pero una fuerza tremenda lo paralizó, pegando sus brazos al cuerpo y juntando los pies, haciéndolo caer al piso y contemplando a la causante.
La Reina le estaba apuntando con su índice izquierdo. Luego, abrió su mano y movió todos los dedos, como si manipulara un títere. Y, con una gran sorpresa, Ichigo comenzó a bailar algo sin sentido, pero sin duda doloroso, pues los pies y brazos se le doblaban en ángulos sumamente dolorosos, hasta que un horrible chasquido le indicó que sus extremidades se habían partido. Esto hizo que cayera al suelo, y Carmilûte se acercó, blandió su martillo y lo dejó caer con fuerza en las piernas del hombre de pelo naranja. El grito que profirió fue desgarrador, pues además del dolor que le produjo las toneladas del martillo, había otra sorpresa que ocultaba el arma.
El acero del martillo le quemaba la piel de una manera terriblemente dolorosa. Sentía como si un papel de lija incandescente le abrasaba la piel, y el dolor aumentaba con cada segundo.
— ¡Lo sabía! —exclamó Carmilûte. El ejército lanzó gritos de apoyo— ¡Lo sabía! ¡Sus poderes no pueden matarme! ¡Ahora ya nada me impedirá que conquiste a todos los seres de todas las dimensiones! —y chasqueó los dedos de la mano izquierda.
Esto hizo que los bankais de ambos desaparecieran y algunos monstruos se descongelaran, pero no sanó las heridas. Rukia aún seguía batallando por respirar, y las piernas de Ichigo ya se no regeneraron.
— El lazo que ustedes crearon y fortalecieron hace mucho tiempo fue destruido —continuó Carmilûte—. Ese lazo era tan temido por mí porque, estando él presente, ustedes podían herirme, además de invocar la espada más poderosa de todas, la espada que acabaría conmigo y todas las sombras. Pero gracias a sus decisiones, el lazo se rompió, la espada desapareció y yo conquistaré a todos. Pero no se preocupen, nunca van a lamentar su decisión.
El troll que tenía a Ichika y a Kazui prisioneros se acercó a la enorme vampiresa y puso a los niños a sus pies. La Reina dejó su martillo en el suelo y movió su índice derecho. Las cadenas cayeron y los dos infantes comenzaron a flotar.
— ¡Mamá!
— ¡Papá!
Ambos padres observaron, impotentes, como sus hijos se situaron cada uno al lado de la Reina, justo a la altura de los hombros de ella, con los brazos extendidos en forma de cruz.
— Ya verán como estos dos niños guardan un valioso objeto para mí —dijo Carmilûte, con una enorme sonrisa—. Sólo es cuestión de que lo saque de sus patéticos cuerpos.
La Reina colocó ambas manos al frente, las movió en círculos y recitó:
Eu, ca am inima mea in umbra,
am invoca firul negru, nascut de sfidare a sortii
si se leaga-le pe toate intr-un intuneric etern
Ichika y Kazui profirieron desgarradores gritos, que le sacó algunas lágrimas a Rukia y muchos gritos de desesperación a Ichigo. Entonces a los dos niños les dieron unas convulsiones espantosas, sus ojos perdieron brillo y abrieron la boca de forma floja. Después ocurrió algo que le provocó a ambos segadores unas horribles náuseas.
De las bocas de los niños, comenzó a salir algo negro y grueso, del ancho de una cuerda. Poco a poco, esa cosa se enredaba en los dedos de Carmilûte, quien veía con ansias el objeto. Kazui e Ichika iban desvaneciéndose más y más, sus ojos se iban apagando y su cabeza iba cayendo sobre su pecho a medida que esa cosa salía de sus cuerpos.
Ichigo y Rukia no podían hacer nada, ya que el primero tenía las piernas rotas y la segunda la garganta casi colapsada por aquella tórrida onda. Sólo observaban impotentes como la vida se les iba a sus hijos con cada metro de ese objeto.
Y finalmente llegó el final de aquella cuerda, cuando ya llevaba cincuenta metros de cada niño, y se enredó entre los dedos de Carmilûte. Cuando el último cabo se ató a sus dedos, Ichika y Kazui cayeron, sin gritar ni dar señal de algún movimiento.
— El hilo negro —dijo la Reina, y se pasó la lengua por los dientes mientras miraba la larga hebra en sus manos, la cual se iba enredando en sus muñecas a manera de pulsera—. Por fin tengo el hilo negro. Por fin tengo la suerte de todos los mortales y espíritus —respiró profundamente— ¡Por fin gobernaré a todos! ¡Por fin los hundiré a todos en las sombras!
El ejército profirió un grito de triunfo, golpeando sus armaduras y escudos. Ichigo y Rukia se quedaron pasmados mientras sus hijos daban contra el suelo, a unos seis metros de ellos. Pudieron notar la piel pálida de los niños, además de sus ojos apagados y un fino hilo de sangre saliendo por la comisura derecha de la boca.
— Tienen dos segundos para levantar sus cuerpos —habló Carmilûte—. Uno, dos —y chasqueó los dedos de la mano izquierda.
De entre las tropas surgieron cincuenta hombres y mujeres. Vestían un holgado hábito negro, además de la correspondiente armadura. Tenían las manos resecas, como un cadáver y los ojos eran hundidos, pálidos y acuosos, además de resultar muy perturbadores para Ichigo y Rukia.
Los cuetonalli se aproximaron corriendo a los cuerpos de Ichika y Kazui. Para horror de sus padres, uno de ellos tomó con brusquedad la cabeza del niño y empezó a tirar de ella, mientras que otro mordió el brazo izquierdo de la niña. Ichigo y Rukia cerraron los ojos, pero los repulsivos sonidos que escucharon les dieron una idea de la horrenda actividad que tenían ante ellos.
Dos minutos después los asquerosos ruidos cesaron y ambos adultos abrieron los ojos. Ante ellos, los espectros tomaban su lugar entre las filas, dejando atrás dos grandes manchas rojas en el suelo.
— ¡Eres una desgraciada! —gritó Ichigo.
Carmilûte rio: — Les di dos segundos para que recogieran a sus hijos pero al parecer no pudieron —dijo—. Pero no importa, ahora vamos al mejor momento de la tarde. El momento que hará que mi eternidad esté llena de paz.
Las gruesas y oscuras nubes comenzaron a lanzar truenos y relámpagos, y una densa lluvia comenzó a caer, acompañada de un fuerte vendaval. Y la Reina levantó su índice derecho, en dirección al hombre de pelo naranja.
A Ichigo se le pusieron los ojos negros y agarró su cabeza, sólo para proferir espantosos alaridos. Tenía convulsiones y las piernas se le regeneraron, solo que no eran las suyas. Éstas eran blancas y terminaban en garras de Hueco. Además, el cabello le creció y la piel se estaba despigmentando, dejándola blanca como el mármol.
Rukia, quien se había recuperado un poco, miró por lo que estaba pasando, se incorporó y se encaminó a ayudarle. Pero una barrera invisible le impidió acercarse más.
— Rukia Abarai, si quieres salir viva de aquí hay una tarea que debes hacer —dictó Carmilûte, haciéndose sonar por encima de la lluvia. Ichigo seguía retorciéndose, mientras los rasgos de Hueco seguían apareciendo—. Tienes que matar a Ichigo Kurosaki delante de mí. Si lo haces, te perdonaré la vida, y la Sociedad de Almas de Asia del Este no será invadida. Pero si te niegas, yo misma aplastaré tu cabeza y tu mundo sufrirá con las mejores tropas del Ejército Oscuro.
La cabeza de Rukia estaba algo revuelta, gracias a la sofocante presencia de la mujer y los gritos del segador sustituto, pero lo que le pedía la Reina era algo imposible: matar a Ichigo sólo por el bien propio y el de la Sociedad de Almas.
— ¿Qué no una de las funciones de un segador de almas es derrotar Huecos? —preguntó Carmilûte con una enorme sonrisa. Rukia sólo seguía viendo la transformación de Ichigo—. Ese de ahí ya no es alguien conocido, es un Hueco más y tienes que eliminarlo, te guste o no, Rukia Abarai.
Finalmente Ichigo dejó de gritar y Rukia lo miró con bastante aprehensión. Se había transformado en Hueco, aquel ser que una vez combatió con el Arrancar Ulquiorra Cifer, aquel ser que lo único que buscaba era el poder.
― Si no te decides entonces dejaré que Ichigo decida por ti —dijo la vampiresa, y miró al Hueco de largo pelo naranja—. Mátala.
El feroz ser pegó un rugido y cargó directamente contra Rukia. Ella lo interceptó, pero el golpe fue tal que ambos fueron arrastrados bastantes metros dentro de las filas del ejército. Los monstruos y criaturas reaccionaron con golpes de sus espadas, hachas y mazas contra Rukia. Ella hacia todo lo posible por defenderse, pero los ataques le llovían por todos lados, y algunos le hicieron cortes leves. Pero no duró mucho tiempo, ya que una mano blanca y con garras la tomó del cuello y la lanzó al aire, aterrizando en el ruedo junto a la Reina.
La segadora se incorporó de inmediato, sólo para ver a Ichigo salir de entre las filas del ejército. Un trueno muy feroz sonó en el cielo, la lluvia arreció y esto pareció incentivar al Hueco, que volvió a atacar a Rukia, esta vez con un corte diagonal que la capitana apenas pudo esquivar. Ella se apartó varios metros y puso amabas manos al frente.
— ¡Shakkaho! —invocó la capitana, formando una gran esfera roja al frente de ella y disparándola contra el Hueco.
La potente esfera cruzó el ruedo a gran velocidad, pero Ichigo la esquivó con facilidad y se fue de nuevo contra Rukia. Y antes de que la masa de energía se estrellara contra el ejército, un cuetonalli salió de entre las filas, la atrapó y la absorbió como si fuera una uva.
La lluvia seguía cayendo con intensidad, y los ataques de Ichigo contra Rukia no cesaban. Hasta que después de un rato pararon. La segadora respiraba algo agitada, pero el Hueco no mostraba ni un ápice de cansancio.
— ¡Ichigo, reacciona! —gritó Rukia, una vez que se puso de pie—. Recuerda que tienes que luchar ¡Hazlo por Kazui! ¡Hazlo por ti mismo!
— ¿Crees que te va a hacer caso? —cuestionó la Reina con burla. El ejército rió—. Los Huecos son criaturas que puedo manipular a voluntad. Su alma corrompida es fácil de conquistar y su turbada mente sencilla de controlar. Y todo ser que tenga algo de Hueco en su interior, no puede hacer nada ante mí.
Rukia abrió mucho los ojos ante ese argumento. De manera que no podía hacer nada para que el segador de pelo naranja reaccionara, sólo aguantar sus brutales ataques hasta que la atravesara.
El Hueco nuevamente arremetió contra ella, y esta vez la capitana lo interceptó y trabaron sus espadas por algunos segundos. Luego Ichigo se separó, dio un salto hacia atrás y una bola de energía comenzó a formarse rápidamente en la parte frontal de sus cuernos. Rukia observó detenidamente a su rival, esperando el momento.
Pegando un rugido, el Hueco descargó el Cero. La capitana logró esquivarlo y otro cuetonalli lo anuló. Un trueno bastante feroz cayó, e Ichigo pegó un salto de gran longitud en dirección a Rukia. Esto removió un profundo y desagradable recuerdo en la mente de la pelinegra.
La noche en que Kaien Shiba había muerto.
No quería recordarlo, no quería hacer lo mismo que hace bastante tiempo. Pero las circunstancias la estaban obligando a revivirlo, con otro ser querido, uno que siempre está en su corazón. Con todo el dolor de su alma, tomó la decisión más difícil, por ella, por él y por el honor de ambos.
Rukia se preparó. Retrajo su espada todo lo que pudo y saltó, justó en la trayectoria del Hueco. Éste colocó su mano derecha al frente y dispuesta a destrozar. La segadora contuvo el aliento, mientras que Ichigo dio otro rugido. Entonces los dos cuerpos chocaron y el sonido de la carne siendo atravesada se escuchó. Luego se quedaron suspendidos unos segundos y comenzaron a precipitarse al suelo.
La Reina abrió su mano izquierda, y los dos ralentizaron su caída hasta quedar de pie en el pasto. La imagen que daban era inquietante, pero muy complaciente para la Emperatriz de la Oscuridad.
Ichigo tenía encajada su mano derecha en el pecho de la segadora, mientras que Rukia le atravesaba justo por donde está el corazón.
Ambos se quedaron quietos por unos segundos y la máscara de Hueco se empezó a resquebrajar hasta partirse, revelando a un Ichigo muy sorprendido. Entonces una gruesa capa de hielo surgió de la herida que le había infringido Rukia, y rápidamente comenzó a envolver a los dos.
— Ichigo…
— Rukia, yo…
— ¡Damas y caballeros! ¡El fin del sol negro y la luna blanca! —gritó Carmilûte y alzó su martillo. Su ejército la apoyó gritando también.
La mano izquierda de Ichigo se dirigió hacia la mejilla izquierda. Y así, quedaron congelados en ese gesto de afecto, el cual debió expresarse hace más de diez años para que el mundo lograra salvarse de las sombras.
El martillo bajó con una fuerza tremenda, y destrozó a Ichigo y a Rukia como si fueran un terrón. Una onda expansiva blanca y negra surgió del centro del impacto, y arremetió contra todos los soldados. Fragmentos de hielo salieron volando en todas direcciones, mezclándose con el barro, el aire y la lluvia. Y una vez que todo pasó, los monstruos y criaturas se quedaron viendo su entorno, un poco aturdidos.
— ¡Victoria! —gritó alguien en medio del mar de monstruos, y todos estallaron en feroces rugidos de alegría.
— ¿Y ahora que procede, Alteza? —cuestionó Desmodov, una vez que alcanzó, volando, el rostro de la Reina.
Carmilûte sonrió: — En una hora estará el banquete —respondió—. Haz que todos ingresen al castillo. Y dentro de dos días, consumaremos la caída de todos los mundos.
— Muy bien Majestad —habló Desmodov, y voló por encima de las tropas dando la orden de resguardarse.
Los monstruos y criaturas alzaron sus armas y gritaron emocionados, opacando el ruido de la lluvia contra sus armaduras y el suelo. Ya que la principal amenaza hacia su mundo se había ido, tenían un motivo para celebrar en grande, y que mejor que con la carne más deliciosa sobre la faz de la tierra, la perteneciente a Uryu Ishida.
Y encima de ellos, los pequeños y brillantes fragmentos de hielo se dispersaban en el cielo y se perdían con la lluvia, una clara señal de que el destino había perdido a sus salvadores y ahora lloraba por el oscuro porvenir que le deparaba.
Notas del autor:
*Hola. He aquí otro capítulo más, el penúltimo, de esta historia. En pocos días este trabajo quedará completo.
*Ya conocieron a la principal antagonista del mundo que he creado: la Reina Carmilûte Taipez.
*Su opinión siempre es bienvenida
Gracias por leer.
