Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos.


"El capricho de amor del mono y la lluvia hizo que el lazo primordial del sol negro y la luna blanca desapareciera, provocando que el martillo se levante con todo su poder. Esto culminará con la perdición de todos los mundos, y el hundimiento de todos sus habitantes en la oscuridad"

Lentizzio Nostárdamos

La situación en la Sociedad de Almas no era del todo buena. Con las desapariciones de la capitana del Treceavo Escuadrón y del teniente del Sexto Escuadrón hace algunos días hubo una ligera desorganización en el Gotei. El Sexto Escuadrón se repuso rápidamente, pues Byakuya nombró teniente a su tercer oficial, pero el Treceavo estaba a dos pasos del caos, ya que las situaciones amargas por las que pasó Rukia en los años pasados le atrasaron un poco en el papeleo, y sumado a que no tenían teniente, ningún papel importante podía redactarse, ni las misiones autorizarse ni los nuevos reclutas integrarse a sus filas. Aunque no eran los únicos que se sumían en la incertidumbre.

Akon se encontraba algo desesperado. Iba y venía de un lado al otro en la sala de monitores, mientras los demás segadores del Doceavo Escuadrón tecleaban frenéticamente, con mucha concentración. Hace unos cinco minutos los sensores del Dangai le avisaron la presencia de alguien o algo, e intentaba rastrearlo. Pero tenía un gran problema con eso.

— Cámara cuatro perdida —avisó Hiyosu.

— Cámara cinco perdida —dijo Rin.

— Cámara seis perdida —habló una segadora de pelo morado y gafas.

La vista de Akon paseó por los monitores. Uno a uno, las pantallas iban perdiendo la señal del Dangai. No podía ver quién o qué se estaba moviendo a través de esa dimensión intermedia, y eso lo ponía un poco nervioso.

— Cámara veinticuatro perdida —anunció Hiyosu.

Y con la pérdida de la última cámara, los monitores explotaron, y los miembros del equipo se cubrieron de las esquirlas. Segundos después, toda la energía eléctrica se esfumó, dejando la sala casi en penumbras.

— ¿Qué es lo que pasa, Akon? —cuestionó el segador más cercano a él.

El jefe de científicos se llevó una mano al pecho: — Alguien o algo está en el Dangai y, por la velocidad a la que estamos perdiendo las cámaras —respiró—, llegará en cinco minutos al otro lado del seikaimon.

Rápidamente el segador se retiró por una puerta de emergencia, para avisar al resto de los Escuadrones de la posible amenaza, dejando a su equipo en la incertidumbre y la oscuridad.

Un muy mal presentimiento se instaló en la mente de Akon, y un punzante escalofrío le recorrió la espalda, señal de que esto iba a acabar peor que en la guerra contra los quincys.


No pasaron ni más de cinco minutos después de que el Doceavo Escuadrón diera la alarma. Más de quinientos segadores se encontraban en frente del seikaimon principal, con los capitanes y tenientes al frente. Los menos experimentados tenían cara de desconcierto, mientras que a los más veteranos se les notaba la determinación de combate en el rostro.

Todos estaban en silencio, salvo por algunas respiraciones agitadas, hasta que un golpe a las puertas hizo sobresaltar a los más jóvenes, mientras que los más experimentados sólo alzaron una ceja. Luego se escuchó otro golpe, más fuerte que el anterior. Y finalmente un golpe más, pero con una fuerza espeluznante, equivalente a la de un terremoto, que mandó a todos al suelo. Cuando todos se reincorporaron, hubo unos segundos de tensa calma e incómodo silencio, donde sólo se escuchaban las respiraciones de los sorprendidos guerreros.

Entonces las gigantescas puertas se abrieron de golpe, y una brisa de un impresionante olor pútrido salió de ellas. Todos sintieron unas terribles náuseas, e incluso los soldados novatos llegaron a vomitar. La blanca luz que proyectaba el seikaimon pronto se vio opacada por una gran figura que se aproximaba a toda velocidad, y los segadores intentaron descubrir de qué se trataba, pero pronto lo supieron.

El Limpiador, cuya forma y tamaño eran semejantes a una locomotora, salió despedido del seikaimon y fue a dar en medio de las filas de segadores, los cuales se apartaron antes del impacto. Pocos segundos después, un par de grandes manos, de seis metros de apertura y blancas como el mármol, surgieron a ambos lados de la puerta. Poco a poco, la sombra de un enorme cuerpo se iba acercando, hasta que una gran bota salió e impulsó al ser al cual pertenecía.

Todos quedaron impresionados al ver lo que salía del seikaimon. Una mujer. De más de veinte metros de alto, pelo negro y largo, y piel de albo color. Portaba un vestido occidental antiguo, de color rojo brillante con holanes y encajes negros, además de un gran cuello negro posterior y una pequeña corona en la parte superior de su cabeza. Tenía unos penetrantes ojos marrones y sonreía, mostrando sus grandes caninos, más imponentes que cualquier espada.

La Reina de las Sombras, Carmilûte Taipez, había llegado a la Sociedad de Almas.

Su presencia era sofocante, y más de un segador, inclusive algunos capitanes y tenientes, dieron unos pasos hacia atrás. Esto hizo que Kempachi Zaraki se enfadara, pues le era inconcebible la idea de que alguien era superior a él en cuanto a fuerza y poder.

— ¡Ella es mía! —gritó el capitán del Onceavo Escuadrón, saltando justo a la altura de la cintura de la enorme mujer.

Con una velocidad y agilidad impresionante, Carmilûte capturó a Zaraki en el aire, como si se tratara de un mosquito, y lo aplastó hasta que se escucharon cerca de quince crujidos. Después, lo soltó como si fuera un trapo y el poderoso capitán fue a dar al suelo.

Ante la asombrada mirada de los segadores, Kempachi Zaraki yacía muerto ante los pies de la Reina.

Luego la enorme mujer se desató un grueso hilo negro, como de unos cincuenta metros, y lo arrojó al cielo. Hizo un movimiento circular con la mano derecha y el hilo se fragmentó en miles de millones de trozos, los cuales oscurecieron el cielo y bajaron con velocidad hacia los pechos de las almas, donde se incrustaron en un indoloro encuentro ante la asombrada mirada de todos.

Varios segadores intentaron quitárselo por sí mismos, pero el hilo, al momento de tocarlo, se hacía incorpóreo, como una sombra. Y por más esfuerzo que hicieron, nunca lo pudieron tomar, y eso provocó que el corazón de los guerreros comenzara a acelerarse.

Una vez encajados los hilos en todos los habitantes, la Reina alzó su mano derecha al cielo, y una gruesa hebra cayó de él, enrollándose en la extremidad, y tiró de ella. Los hilos comenzaron a moverse y algo muy inverosímil ocurrió.

Del pecho de las almas salió una pequeña esfera, del tamaño de una toronja y de un color salmón con reflejos nacarados, atada a la oscura hebra. A medida que la Reina tiraba del hilo, la esfera se alejaba y todos comenzaron a sentirse mal. Pero no de salud física, sino que la mente empezó a nublárseles, a algunos las piernas les temblaron y a un número importante se les hizo un nudo en la garganta. No pasaron ni dos segundos cuando comprendieron algo muy importante.

La esfera contenía todas sus emociones positivas, sus sentimientos más óptimos y, sobretodo, la vitalidad y las ganas de seguir existiendo.

Los miles de millones de esferas se reunieron en el cielo donde se desataron de los hilos y flotaron, pintando todos los alrededores de un ligero color rosa. Habría sido un panorama bastante llamativo, de no ser porque el pesimismo y la desesperanza comenzaron a invadir el ambiente. Carmilûte alzó ahora su mano izquierda y chasqueó los dedos. Esto hizo que todas las esferas se dirigieran hacia ella, a una vertiginosa velocidad y se ocultaran en su manga, permitiendo que la negrura pintara otra vez el ambiente.

Y antes de que la Reina sacara el hilo del pecho de todos, los segadores notaron algo horrible en ellos mismos. Una mano se aferraba al final del hilo. Carmilûte le dio un fuerte tirón a la hebra, y los miles de millones de hilos regresaron a ser uno en su muñeca, y el cielo volvió a ser de un resplandeciente azul. Pero esa acción también terminó por sacar de los segadores a los seres que se aferraban a los hilos, y pronto se dieron cuenta de qué era lo que había salido de sus cuerpos.

Era una copia de cada uno de los soldados. Pero estas copias no eran del todo fieles al original, pues, además de estar rodeados por un aura oscura, la sed de sangre, la crueldad y el deseo de poder se reflejaban en sus brillantes ojos lo cual, sumados a unas siniestras sonrisas, les daba a los "clones" una apariencia muy intimidante.

— Mátenlos a todos —ordenó Carmilûte, mientras hundía la mano derecha en las sombras de su vestido y sacaba de ellas su gigantesco martillo.

Los seres de sombra desenvainaron su arma con la velocidad del rayo y, sin previo aviso, comenzaron su ataque. Las copias tenían mucha fuerza y una ferocidad que rayaba en lo sobrenatural. Los más novatos murieron en pocos segundos, mientras que los más experimentados intentaban darles cara, pero les estaba resultando muy difícil.

Los segadores estaban tan enfrascados en su lucha, que no se percataron que una figura, muchísimo más pequeña que la Reina, cruzó el seikaimon y se posicionó al lado derecho de la gigantesca mujer. Era un hombre de piel azul y cabello negro, que vestía un kimono de un lúgubre color púrpura, una katana en su cintura y sostenía en su mano derecha una lámpara de papel que emitía una débil luz azul.

— Todo está listo, Horaga —habló Carmilûte.

— Muchas gracias, Su Alteza —dijo Horaga, y desenvainó su katana — ¡Al ataque! —gritó.

Inmediatamente, un torrente de monstruos, portando armaduras negras, salió corriendo del seikaimon, al cual se unió Horaga. Era un inmenso número de yokais, como onis, rokurokubis, aoandaones, takaonas, y yukionas, el cual rebasaba fácilmente las mil cien unidades y que vestían armaduras negras. Y al frente iban unos noventa cuetonalli, de aspecto frágil, quienes cargaron contra los capitanes y tenientes.

Los segadores, concentrados en la lucha contra sus copias oscuras, no se percataron del ataque de los espectros. Un cuetonalli se subió a espaldas del capitán comandante y le rebanó la garganta con las manos, haciéndole caer al suelo. Esto provocó una pequeña desmoralización de los segadores, aunque no lo lamentaron por mucho tiempo. En cuestión de segundos, las criaturas cercenaban manos, perforaban abdómenes, arrancaban corazones y destrozaban gargantas. Pocos guerreros, como Hisagi, Kira, Momo, Byakuya y Hitsugaya, contraatacaron, pero fue inútil. Las espadas se derretían en un líquido espeso y negro cuando tocaban un cuetonalli, los Kidohs se deshacían cuando los impactaban, y los shikais desaparecían al percibir el repugnante aliento de esas criaturas. Pronto, un espectro le arrancó la cabeza a Shuuhei, otro le destrozó la garganta a Momo, uno le abrió el abdomen a Kira, uno de esos monstruos, como si fuera una pitón, se estaba tragando a Hitsugaya entero, otro devoró todo el shikai de Byakuya mientras un compañero le mordía la cara al noble segador.

Los cuetonalli diezmaron fácilmente a los segadores, y los pocos que quedaron fueron exterminados por las armas de los yokais. Después se fueron internando entre las calles y edificios del Seireitei, destruyendo los edificios y buscando con ahínco gente para que sucumbiera ante sus armas. Y del seikaimon seguían apareciendo más y más yokais, como si fuera un río de acero negro que sólo dejaba muerte y destrucción a su paso.

Unos minutos después de entre la marea de monstruos, un grupo de humanos, de extravagante estampa blanca, llegó a paso tranquilo. El líder de ellos, un hombre alto de larga cabellera y barba y bigote negros y muy tupidos, se colocó enfrente de Carmilûte.

— Ya estoy aquí —habló el hombre de bigote—. Cumple con el trato.

— Cumplo mi palabra Ywach —dijo la Reina con suavidad, pese al tono del hombre—. Sólo no te olvides que —le señaló con el índice izquierdo—, pese a que gobiernes aquí, me debes tu vida y tu alma.

La Reina movió dos veces su muñeca izquierda, la que no sostenía el martillo, y en la palma de su mano apareció una gruesa llave, de color azul y oro. Luego la arrojó al piso, donde la llave se incrustó de forma vertical, y le dio un martillazo. Esto provocó un terremoto y, justo donde estaba la llave, cayó una luz muy brillante la cual formó un resplandeciente pilar.

La entrada a la Dimensión del Rey Espiritual.

Ywach miró el pilar con mucha ambición, y una pronunciada sonrisa se dibujó en su cara.

— Así será —dijo el hombre.

— Llévate unos cuantos cuetonalli —sugirió Carmilûte—. Ellos acabarán con la Guardia Real en cuestión de segundos. Así no arriesgas a tus soldados y matas de una vez al Rey de este lugar.

— Bien —habló Ywach, sin apartar su vista del pilar.

— De acuerdo. Yo me retiro —comentó la Reina—. Tengo otros mundos que profanar y enemigos que destruir.

Carmilûte desapareció por el seikaimon, mientras que Ywach, sus quincys y quince cuetonalli subían al pilar de luz que los llevaría a la dimensión del Rey Espíritu.

Los monstruos y criaturas no dejaban de salir, el torrente de acero negro no tenía freno. Ahora eran seres claramente extranjeros, como los enanos, los trolls, los duendes, los naguales, los mapinguaris y los elfos, que se unían al ataque. También salieron treinta guivernos, de quince metros de largo y protegidos por armadura negra, quienes desplegaron sus alas, echaron a volar y comenzaron a esparcir su ígneo aliento por todos los edificios que se toparan.

En cuestión de minutos, el Seireitei estaba en medio de la destrucción. La lluvia de fuego de los guivernos obligaba a las almas a salir a las calles, donde se encontraban con los monstruos que les daban muerte en un abrir y cerrar de ojos. Y media hora después, los cuetonalli destruyeron la muralla de roca seki-seki y el domo protector de energía espiritual, permitiendo a los monstruos y criaturas entrar en los distritos del Rukongai para seguir con su horrendo y destructivo paso. Poco a poco, la Sociedad de Almas se convertía en un desolado y quemado páramo, plagado con los cuerpos de sus habitantes.

Pero no iba a ser el único lugar en caer. Sólo era cuestión de tiempo para que las sombras devoraran todos los mundos, hundiendo a todos sus habitantes y el orden en la oscuridad.

Fin


Notas del autor:

*Y he aquí la conclusión de esta historia. Una donde expreso mi desacuerdo con el final de Bleach, una donde se muestra que las cosas sí pueden volverse de peor manera.

*Me imagino que durante la lectura les surgieron dudas acerca de los OC. Como he mencionado, más adelante les aclararé sus orígenes. Esto será cuando continue la saga que le hice a Bleach hace algunos años.

*Sus comentarios siempre son bien recibidos.

Muchas gracias por leer y nos vemos pronto.