La cena
Boston
Días atrás
El restaurante "Charonte", ubicado en el centro de Chicago, es uno de los más famosos y exclusivos de la ciudad. Además de lujoso, en dónde antes de admitirte te miraban de arriba abajo. Cosa que Regina odiaba. Pero Robin había insistido en que fueran a ese lugar. Volteó a ver a Robin. Se veía deslumbrante, en una sola palabra, guapo. A sus treinta y siete años, era de uno de los jefes de piso más jóvenes del Hospital de Chicago, nadie esperaría que fuera uno de los mejores cardiocirujanos de la costa. Su cabello rubio, lo llevaba un poco largo, peinado hacía atrás. Cuando la había ido a recoger a su casa, Regina había podido oler su aftershave y una colonia muy varonil. Vestía un traje de marca, con corbata, lo que daba el realce formal de la cena.
Robin la tomó del codo, y casi adivinando el rumbo de sus pensamientos, le susurró al oído.
― Para mí, estas hermosa.
Regina le sonrió tímidamente.
― Relájate, esta es nuestra noche ― volvió a decir Robin.
Por el modo en que había dicho la palabra nuestra, Regina se contuvo en preguntar. Habían estado saliendo desde hacía tres años, justo después de la boda de su amiga Mary Margareth, aunque el cambio drástico en su "amistad" se había dado apenas un año atrás, cuando habían compartido su primer beso. Regina lo volvió a mirar.
¿Qué rayos está mal en mí? ¿Por qué no puedo sentir que el cielo se abre y todas esas cosas que leo en los libros?
El primer beso de Robin, Regina esperó sentir todas esas sensaciones que describían tan detalladamente en sus novelas de romance. Y aunque sólo sintió un leve cosquilleo, ciertamente, no era lo que decían. Pensó que con el tiempo mejoraría. Y había mejorado, pero no tanto como ella había supuesto. Su mente recordó, sin embargo, un simple beso que había hecho que sus más ardientes pensamientos se le vinieran a la cabeza. Un beso, hacía tres años.
"Detente, estás con Robin. Deja a Emma en paz. Robin, Emma. Emma. Robin".
― ¿Sucede algo? ― Robin miraba fijamente a Regina
― ¿Perdón? ― Se sonrojó al pensar que Robin le estaba hablando y ella no estuviera prestando atención.
― Te he preguntado que si sucede algo, estabas sacudiendo tu cabeza, como negando algo.
― Ah, no. Nada. Ya sabes, pensando. ― movió las manos, como quitándole valor.
― Como siempre ― dijo Robin con una sonrisa.
El mesero trajo la carta, y ambos pidieron. Regina se quedó mirando los precios del menú. Abrió los ojos. "Dios, con esto podría comprarme todo el contenido de un carrito de pie de manzanas".
El mesero regresó al cabo de unos minutos para tomar su orden, y retirar las cartas, mientras les dejaba sus copas con agua.
― Un poco de vino ― sugirió Robin, más para Regina que para el mesero.
― Oh, no. Sabes que yo no tomo.
― Es sólo para festejar.
Regina se tensó. Esas palabras. Las había escuchado mucho tiempo atrás. "Sólo una copa. Es para festejar" Pero Robin no era Leopoldo. Nadie era cómo él. Le dio una sonrisa, y asintió.
― Sólo una.
― Excelente. Por favor, dos vasos de champagne del 89. ― Miró a Regina ― La mejor cosecha.
― Excelente elección, caballero ― comentó el mesero y se retiró.
Durante toda la cena, estuvieron hablando sobre la familia, los bebés de sus amigas, Sebastian y su seguimiento de control, pues Robin había sido el doctor a cargo de la operación, y sus trabajos. Un año atrás, Regina se había recibido de enfermera, y acababa de terminar su estancia de servicio en el área de pediatría y obstetricia del hospital donde Robin trabajaba. Se sentía realizada, y todo gracias a Sebastian. Le debía tantas cosas a él.
― Regina, estás otra vez perdida
― Lo siento ― se sonrojó. Ese día estaba más distraída que de costumbre.
Robin se había acercado en algún momento, porque nunca lo vio llegar, y ahora estaba sentado a su lado, muy cerca y no al frente de ella.
― Te decía que hace cinco años que te conozco. Primero fue como tu profesor. Después como tu amigo, y este último, bueno, como algo más espero.
Oh, mierda. Regina se quedó de piedra, la plática iba por mal rumbo. "Hay Dios, no, por favor, no" rogaba, mientras que otra voz decía "¿Qué te esperabas? Le has estado dando alas todo este tiempo. El pobre en verdad no se lo merece."Robin prosiguió con su discurso, tomando la mano de Regina, acariciándola suavemente. ¡No, no, NO!
―… y además me pareces la mujer más cálida, hermosa y bella del mundo.
Regina quería decir algo como "Detente", pero su cerebro no reaccionaba. Robin se le estaba declarando Ahí, en ese momento. Sacó una pequeña caja de terciopelo rojo. Y la abrió. ¡Oh mi dios! Una sortija hermosa estaba incrustada dentro de la caja. Era hermoso, deslumbrante. Perfecto. Pero no para ella.
― Yo… yo… ― tartamudeó inútilmente.
― Déjame acabar. Solo una frase más.
¡Dios, un milagro, por favor!
― Regina Mills, ― levantó su mano, y mientras deslizaba el anillo en su dedo anular, hizo la pregunta ― ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?
Lo había dicho, Robin respiró otra vez. Por fin lo había soltado, se había pasado media cena pensando en el momento oportuno ahora sólo tenía que esperar la respuesta. Sabía que la estaba presionando, pero no se estaba haciendo joven. Y Regina era una buena opción para la idea que él tenía de esposa. Quizás no había mencionado amor, pero bueno, podría surgir, con el tiempo.
Regina sabía que su cara de shock no era lo que esperaba Robin, pero no podía moverse, pensar, decir nada. Era una estatua viviente. Tenía que dar una respuesta, algo.
Y el milagro sucedió.
― Maldición ― exclamó Robin mientras sacaba su busca del pantalón.
¡Gracias Dios! ¡GRACIAS! ¿Aunque, no podría haber sido diez segundos antes?
― ¿Sucede algo malo, Robin?
― Tengo un 911 del hospital. ― susurró mientras con un gesto hablaba al mesero, y después de pedir la cuenta, la miró ― En verdad es una emergencia Regina. Tengo que ir. Te paso a dejar a tu casa.
― No, no te preocupes ― se apresuró a contestar ― tomaré un taxi.
― Odio que tomes uno, pero en verdad tengo que ir.
Pagó y después de cerciorarse de que Regina estaba en un taxi, le pidió que le llamara al llegar a casa, le dio un fugaz beso y se despidieron.
Robin ni siquiera observó a Regina irse, sino que se apresuró a entrar en su carro, y manejar rumbo al hospital. Durante el trayecto cayó en cuanta de algo.
― ¡Maldición, no me dijo nada!
De todas las noches de su vida, precisamente, esa noche, tenía que sonar su busca. Y en ese justo momento. Robin maldijo por lo bajo. Se estacionó y entró rápidamente. En el busca habían puesto "S.A.M-911". Cada segundo contaba.
