Capítulo 2
Complot
Regina iba sumida en sus pensamientos. No sabía que hacer. Se sentía contrariada. Robin era tan encantador, pero ella no quería casarse sin amor. Quizás fuera una tonta al pedir tiempo, y debería de estar agradecida de que un hombre como él, se fijara en ella, pero necesitaba tiempo. Tan absorta estaba, que no se dio cuenta que había llegado a casa. Ella se bajó agradeciendo al taxista, y le sonrió al ver que no se movía.
― El caballero me dio una propina ― contestó el conductor, encogiéndose de hombros ― por esperar hasta que esté dentro de su casa. Y por lo visto, creo que la esperan.
Regina miró, y vio las luces prendidas. Era extraño. Sonrió al taxista, y abrió tanto la reja, como la puerta, y ya desde el umbral de la casa, le dio un saludo al conductor y entró. Sebastian nunca la esperaba cuando salía con Robin, aunque ella había regresado temprano. Cuando se acercó a la sala, el eco de unas voces conocidas llegó hasta ella. ¿Qué harían Mary Margareth y Abigail en su casa?
Se acercó y vio a sus mejores amigas, paradas en la cocina. Mary Margareth era la hija mayor de Sebastian, y aunque habían estado separados muchos años debido a malos entendidos pero desde la boda de Mary Margareth, tres años atrás, se habían vuelto muy unidos. No cabía la menor duda de que era hija de Sebastian, de los tres hijos, ella era la que más se parecía a Sebastian. Con su corta cabellera negra, y sus ojos azules y su tez blanquecina, era una Swan de los pies a la cabeza. Aunque ahora era Nolan. Se le hacía raro verla ahí, ya que ella y toda su familia vivían en San Francisco. Si bien la conocía de poco tiempo, habían entablado una gran amistad, y ella junto al otro hermano de Mary Margareth, eran padrinos de Neal, su hermoso bebé quien próximamente cumpliría tres años. Y ahora estaba embarazada por segunda vez, y la excusa que había puesto Mary Margareth ante el comentario de Abigail sobre la sobrepoblación mundial había sido que estaba recuperando el tiempo perdido.
Abigail, por el contrario, tenía años de conocerla. Era una rubia descomunal. Alta, de ojos casi dorados, era una belleza despampanante. No había duda de porque James se había enamorado de ella. Desde que se había mudado a la casa de Sebastian estaba felizmente enamorada de su hijo menor, James. Vivian cerca de la casa de él, junto con su pequeña, Anny.
Se acercó para escuchar que tanto hablaban. Aunque al parecer, ellas llevaban la conversación, entre gritos. Mary Margareth, que estaba con su prominente panza de embarazada de siete meses y caminaba de un lado a otro con su andar de pato.
― Es una tonta testaruda― gritó Mary Margareth, moviendo la mano.
― Es mayorcita, puede cuidarse sola ― contraatacó Sebastian.
― Casi se mata, papá. ― gimió Mary Margareth, girando para quedar frente a él.
― Casi ― recalcó Sebastian ― Está viva.
― Alguien tiene que cuidarla pero la muy cabezota no quiere a nadie. ― Dijo Abigail, entrando en la conversación.
Regina frunció el ceño. ¿Qué habría pasado? Un accidente, pero la pregunta era ¿quién?
― ¿Qué ha pasado? ― preguntó Regina, revelando su presencia en la habitación. Se acercó hacia ellas. Pero no caminó mucho, ya que ambas se abalanzaron sobre ella.
― Regii, tienes que ayudarnos ― exigió Mary Margareth.
― Tú eres nuestra salvación. ― suspiró Abigal.
― ¿Chicas, qué tienen? ― preguntó rápidamente.
― No nos hace caso ― Mary Margareth la soltó y empezó a caminar alrededor de la estancia. Miró a Sebastian, pero este sólo alzó los hombros y un gesto con las manos, como restándole importancia ― Es una testaruda, Le hemos dicho que esas cosas no se hacen. Y mira con que nos paga, ¿Qué nos importa? ― dijo Mary Margareth mientras imitaba una voz, y un gesto, así como cierto acento. Regina sintió que el alma se le iba del cuerpo. Mary Margareth se giró a ella y gritó ― ¡¿Qué nos importa?!
― Estás…
― Es Emma ― Abigail le confirmó sus más temidas sospechas.
― ¿Qué le paso? ― Regina exigía saberlo.
― Nada salvo que es una cabezota ― dijo Sebastian ― Mi hija es en verdad testaruda como una mula.
― Una cabezota con unas costillas rotas y una pierna enyesada. Así como otras lesiones más ― Mary Margareth se paró enfrente de ella, con la mano en la cadera.
― ¿Pero, como? ― Necesitaba saber más.
― Tratando de domar a un caballo. En el rancho.
― ¡¿QUEEE?! ― Su grito hizo que todos la miraran ― ¡Está loca!
― Con razón me caes tan bien Regii ― le dijo Abigail mientras palmeaba su espalda.
― Si, a mí también. ― Mary Margareth suspiró y después de tocarse su abultado vientre habló ― Al parecer era uno salvaje, y a la chica se le hizo algo emocionante tratar de domarlo. La cuestión es que el animal no se dejó, lanzando a Emma millas a lo lejos. Y ahora mira.
― Exageras, princesa ― Sebastian estaba tratando de hacerla que se sentara, pero cada vez que lo hacía se paraba de un brinco, para gritar lo tonta que era su hermana.
― Papá, es la verdad. Dado el tamaño de sus heridas, así es.
― Bueno, si tú lo dices…
― Y queremos que alguien la cuide ― continuó MM.
Oh, oh.
― Tú. ― dijo Abi.
Regina se lo quería tomar a broma, pero dada la cara de seriedad de las dos, optó por no reírse. Se señaló a si misma con la mano.
― ¿Yo? Deben de estar…
Pero el gritó de Abigail, la exclamación de Mary Margareth y la cara de asombro de Sebastian no dejaron terminar lo que iba a decir. ¿Qué les pasa?, pensó. Entonces vio que se había señalado, con la mano equivocada. Estúpido anillo. ¿Por qué no me lo quité antes? Abigail se acercó a ella, y la tomó de la mano, acariciando la piedra.
― ¿Tenemos algo que festejar? ― preguntó mirándola directamente a los ojos.
― ¡Oh no! ¡No! ― se apresuró a contestar ― No, es sólo que…
― ¡Te lo ha propuesto! ¡Oh cielos! ― MM se había sentado… por fin.
Sebastian no decía nada. Entonces se paró y la abrazó fuertemente. Y ahí fue cuando Regina pensó ¡Suficiente!
― ¡Esperen! ¡Cálmense! ¡Detenga sus cerebros! No he dicho nada. Sí, Robin se me acaba de proponer, pero no le he dado la respuesta.
― Pero tienes el anillo ― señaló Abigail.
Acto seguido, Regina tomó su mano, y sacó el objeto de discusión y lo colocó en la mesa.
― Haré la versión resumida. El me lo propuso. Yo no di respuesta.
― Eso si que es resumido ― exclamó Abi. Regina le tiró una mirada asesina, pero sabía que no le haría nada. Abigail no tenía miedo a nada. Miró a todos, y quiso aclarar las cosas.
― Surgió una emergencia, y Robin tuvo que ir al hospital, pero no hay respuesta. Además, creo que necesito tiempo. Para pensarlo ― dudó por un segundo que decir. No sabía como expresarlo, jugó con sus manos, un gesto que hacía siempre que estaba nerviosa, y después tomó su cadena y jugó con ella. Su voz dejaba ver lo nerviosa que estaba ― Es sólo que…
Mary Margareth y Abigail se miraron. Abigail se adelantó, y la tomó por el codo.
― Si, cariño, te entiendo. Entonces esto es ideal. Necesitas tiempo y cuidar a Emma te lo dará. Además, acabas de terminar la estancia social en el hospital. Estas libre. Es casi una señal.
― Yo no creo en señales ― señaló lo evidente Regina.
― Bueno, lo que sea. Te puedes tomar un descanso. Este es el momento oportuno. Además, la tonta de mi cuñada, no quiere a nadie cerca. Sólo a la familia, eso dijo. Y bueno, eso tiene remedio ― la señaló como cuando señalan un gran premio ― Tú eres de la familia.
― Están locas, ella y yo…
― Por favor, Regii, ― Mary Margareth se acercó. Su tono de voz bajó una octava, y ahora estaba sonando suave y melódica ― Por favor, mi salud depende de ello. Si algo le pasara a Emma no podría soportarlo. Mi embarazo depende de saber que las personas que amo estén bien.
Regina miró a Sebastian, pero este no hizo ningún gesto de hacerle ver que tenía que ir. A Abigail le brillaban los ojos, esperando su respuesta. Y Mary Margareth. Bueno, Mary Margareth era Mary Margareth. Suspiró derrotada.
― Acepto.
Después no supo que pasó. Mary Margareth y Abigail se pusieron a parlotear acerca del viaje, y su ropa. El clima era todo lo opuesto a Boston, había dicho Abigail. Así que tenía que ir preparada. Según ellas se encargarían de tener todo listo. Eso sí, había insistido en ir en su propio carro. Ellas estaban reacias a dejarla ir en esa "chatarra", pero ella amaba su mercedes. Había sido una ganga cuando la había comprado. Una mercedes benz de diez años, pero bien cuidada. Así que esa había sido su condición.
― ¿Lo toman o lo dejan? ― había preguntado con voz de ultimátum.
― Lo tomamos ― sonrieron de oreja a oreja ambas mujeres, que casi pudieron pasar por hermanas gemelas.
De camino a casa, Abigail había ayudado a su cuñada a subir, y después de miles de quejas de Sebastian pro llevarlas, habían partido. Se volteó a ver a Mary Margareth. Estaba feliz, y radiante.
― ¿Tu embarazo pende de un hilo? Eso fue cruel.
― Oye, claro que mi embarazo pende de un hilo. ― y después agregó con una sonrisa pícara ― Si David no tiene las manos quietas, no sé que haré.
Abigail alzó los ojos al cielo.
― Dios, mujer, estás embarazada.
― ¿Y eso qué? ― dijo con aire de indignidad ― ¿Crees que los encontremos vivos?
Abigail supo que se refería a sus maridos, que les habían tocado hacer de niñeros por esa noche. Sonrió.
― Si Anny y Neal están despiertos, lo dudo mucho. Si de por si, solos son unos diablillos. Juntos. ¡Ufff! ¿Yo no sé como lo vas a hacer con dos? ¡Yo con una estoy agitada!
Se rieron a carcajadas por un rato, y después de tranquilizarse, Abi miró a MM con gesto de seriedad. Mary Margareth frunció el ceño.
― ¿Qué?
― ¿No crees que hayamos forzado mucho las cosas?
Mary Margareth palmeó su pierna, y después reposó su mano en su vientre.
― Para nada. Esas dos han tenido demasiado tiempo. Tienen que aprender a resolver sus diferencias. Aunque no sé que pasó para que se odien tanto. Y lo que es más, Robin ya se nos adelantó. Sin embargo, es mi sexto sentido que me dice que ella tiene que ir. Lo demás depende de ellas. Regina merece tanto ser feliz.
― Tú sabes algo que yo no sé ― Afirmó Abi. No era una pregunta.
― Sí, y así se quedará Abi. Esto no puedo compartirlo con nadie. Al menos, no ahora. No es mi secreto.
Abigail asintió. No quería presionar mas las cosas.
― Esta bien. Pero insisto, acerca de si no estamos obligando las cosas.
― Cariño, esas dos tenían que poner sus diferencias en claro, y quien sabe… ― Alzó sus cejas, dejando el resto de su oración al aire.
― Eres incorregible.
― Bueno, solo le hemos dado una ayudadita al destino.
Abigail suspiró.
― Sólo espero no haberlo tentado demasiado.
