Capítulo 3

Recuerdos

Regina le dio las buenas noches a Sebastian, y entró en su habitación. Se recostó unos momentos en la puerta, jugando con el magnífico anillo y se perdió unos segundos en sus pensamientos.

Una parte de ella había aceptado la proposición de Mary Margareth y Abigail porque eso le ofrecía la salida para la propuesta de Robin. Era una cobarde, lo sabía, pero no estaba preparada para ello. ¿Segura? La voz de la conciencia le habló. Cerró la puerta, se dejó caer sobre la cama y agarró una almohada.

― ¡Esta bien! ¡Está bien! También la quiero ver ― gritó

Se giró para quedar boca arriba, con los ojos cerrados.

Y los recuerdos la inundaron como una gran marea, no había escapatoria. Solo dejarlos fluir.

Emma Swan la había flechado desde la primera vez que la había visto en casa de su padre. Con tan sólo dieciocho años, Regina se enamoró por segunda vez, aunque repasando, fue en realidad, por primera vez. Recordar a Leopold era doloroso. Todo un episodio que quisiera borrar de su mente. Había sido el mayor error de su vida, y precisamente por eso, había guardado en un lugar muy profundo sus sentimientos hacia Emma.

Además, las cosas con Emma no había ido como lo había esperado. Por dos cosas. Había pensado tontamente que presentarse con Emma iba a ser lo mismo que con James, pero no había estado preparada para el temblor que todo su cuerpo había sentido con tan solo estrechar su mano. Pero Emma no era James. Y ahí estaba la segunda cosa. Mientras que James estaba feliz con su presencia, y la hacía sentir bienvenida, Emma Swan le había dejado bien claro desde el primer momento su opinión sobre ella. Y no había dejado pasar demasiado tiempo para haber dejado su punto aún mas claro.

Regina se giró sobre la cama, para colocarse de lado, tomando una almohada, y ponerla debajo de su pecho, y acomodarse. El revoleteo que sintió en su estómago hizo apretar con fuerza el cojín. Siempre que recordaba aquella discusión con Emma sentía un dolor indescriptible, como un enorme vacío, y a la vez, miles de sensaciones por todo su cuerpo. Le había dicho cosas tan hirientes, y la había sumido en una fuerte depresión. Pero no se había dejado vencer. Después ella había venido a pedirle disculpas, pero ya era demasiado tarde. Desde entonces, siempre la trataba como ella le había pedido. Con suma cortesía.

― ¡Idiota! ― gimió Regina. Y se tapó el rostro con la almohadilla.

Sin embargo, cuando Sebastian había caído enfermo, y durante la operación mayor, ella sólo había encontrado consuelo con Emma.

Primero había ido a casa de Abigail y James, para hablar con Mary Margareth y le había dejado aquel sobre que había aclarado tantas cosas entre toda la familia Swan para después haber salido corriendo hecha un mar de lágrimas, pues había recordado aquél episodio que había guardado para sí, pero que por amor a Sebastian había compartido con Mary Margareth, para hacerle ver cosas de su padre que ignoraba por completo. Sin embargo, recordarlo le había abierto una vieja herida que jamás había cerrado por completo. Emma la había interceptado en la entrada de la casa, y habían discutido, como siempre. Había llegado a casa, para encontrarla en un silencio sepulcral. Y de repente tuvo esa sensación, algo que le dijo que fuera a ver a Sebastian. Subió corriendo las escaleras, y había entrado en su habitación, para encontrarlo mortalmente pálido y desfallecido. Llamó al 911 y pidió una ambulancia. Mientras estos llegaban, ella aplicó masajes a su corazón. Colocó su mano derecha sobre su clavícula. Siempre que recordaba esos momentos, todo su cuerpo se retorcía. Era algo doloroso, que siempre llevaría en su corazón. Había estado a punto de fallarle al hombre que le había ayudado y tendido una mano cuando nadie más lo había hecho.

Una pequeña lágrima se deslizó.

Durante el trayecto al hospital en la ambulancia, había llamado a Robin, quien al llegar al hospital, ya lo estaban esperando. Mientras atendían a Sebastian, ella había hablado a casa de Abigail. Y sólo le tocó esperar. Cada segundo, cada minuto y su cabeza trabajaba sin parar, pensando en aquél momento, en lo que habría hecho si a Sebastian le hubiese pasado algo. Abi, James, MM, David y Emma habían llegado y esa vez, había dejado caer sus barreras. Solo una vez, había pensado, y se refugió en sus brazos. Había gritado que había sido su culpa el que Sebastian estuviera hospitalizado, pero Emma la había tomado de los hombros y le había gritado que no dijera eso.

"― Nadie te esta echando la culpa de nada, Regii. Pasó en el momento menos oportuno, pero tú estuviste ahí, y ahora lo están tratando de salvar, gracias a que tú actuaste rápidamente."

Se había sentido consolada. Inmensamente. Pero había durado poco, debido a la aparición de Robin. Emma había regresado a su vieja actitud y ella se había puesto a la defensiva otra vez. Tantas cosas habían pasado en ese día. Muchos favores. Se empezó a reír. Para empezar, le había pedido a Robin que cuidara a Sebastian, y que les permitiese pasar en horas fuera de visita. Aquel favor con Robin, le había costado la cena que lo comenzó todo. Desde aquella vez, había cenado con él al menos una vez por semana, y al cabo de un año, estaban saliendo a pasear, al teatro, a caminar por la playa. En fin.

Después, en ese mismo día, Mary Margareth le había pedido que le transmitiera un mensaje a Sebastian que ya se había estabilizado, pero que se había negado a recibirla y en cambio, había pedido hablar primero con Regina. Otra lágrima brotó, y fue corriéndose por el perfil de sus ojos. Había tratado de mostrarse fuerte, pero al verlo postrado en esa cama, tan blanco como las sabanas mismas, no había podido aguantarlo, y se había puesto a llorar. Arreglando las cosas, Sebastian había mandado a hablar a Mary Margareth, y al fin todo se había arreglado. Pero ahí no acababa la crónica de ese día, recordó. David le había pedido matrimonio a Mary Margareth, y ella había dicho que sí. Y el momento cumbre del día, había sido que Abigail se había puesto de parto, y aquella misma noche, había nacido Anny Swan.

¿Y lo que pasó después?

― ¡Maldita conciencia, lárgate! ¡Esfúmate! ¡Shuu! ― gimió poniéndose la almohada sobre su rostro. La voz de la conciencia, a veces era un grano en el trasero.

Pero tenía razón. Lo que hacía inolvidable ese día, había sido que había recibido el primer beso de Emma. Sebastian había insistido en que ella durmiese en casa de James, y a regañadientes y con Margot encima, había tenido que acceder.

A la mañana siguiente, había despertado temprano y se había arreglado un poco para irse a su casa y cambiarse. Pero más que nada, para no encontrarse a Emma. Pero había fallado. Porque no sólo la había encontrado despierta, sino prácticamente desnuda. Cerró los ojos y se perdió en su mente.

¿Y a donde vas pequeña Regii?

¿Qué pretendes con darme un susto así?Se tapó la boca, para no soltar un grito. Después se colocó una mano sobre el corazón.

Yo no pretendía nada. Sólo te pregunte que hacía donde ibas –se acercó a ella, pero con cada paso que ella daba, ella retrocedía uno.

Aléjate.

¿De que tienes miedo? No muerdo –una sonrisa lobuna apareció en el rostro de Emma.

Sí, eso le dijo el lobo a Caperucita Roja, y ve como acabó –dijo Regina.

Pero el espacio se le acabó a Regina, quedando acorralada. Emma colocó sus manos a un costado de su rostro, y se acercó a ella.

Repito, ¿A dónde ibas?

Pues voy a casa. Me quedé, como tu padre quiso, y ahora me voy.

Tú no te vas a ningún lado –dijo seriamente Emma.

Yo no tengo porque pedirte permiso para nada.

Sólo digo gentilmente que tú no te vas a ningún lado.

Regina bufó.

Si, que gentil lo pides –dijo sarcásticamente.

Puedo pedirlo más gentil, ― acercó su rostro hasta el de ella ― ¿Te gustaría?

Aléjate. –Aunque su yo interior le decía que se acercará más, un poco más. Un beso, pensó Regina, Sólo uno. Su mirada estaba posada en los labios de Emma. Y en su esplendoroso cuerpo, que estaba bien trabajado y que Regina estaba viendo por completo. Era como un imán, no podía apartar la mirada de ella.

¿En verdad quieres que me aleje?

Yo… yo… ― pero no podía decir nada más.

Yo creo que esto es lo que quieres.

Y muy suavemente, tomó posesión de esos labios carnosos. Fueron simplemente ligeros besos, que conforme iba degustando cada una, el ansia iba en aumento. Regina abrió la boca, buscando más, necesitando más. Era como una droga, necesitaba más. Pasó una mano por los cabellos de Emma, acercándola hacia ella. Sus lenguas danzaron al unísono, y Regina sintió que sus piernas estaban a punto de fallarles.

¡Dios Regina! –Susurró entre besos ― Cuan equivocada estaba. ¿Cómo pude decir que eras fría?

Y Regina abrió los ojos súbitamente, al mismo tiempo, que los recuerdos atosigaban su mente. ¿Qué estaba haciendo? Empujó a Emma fuertemente y salió de sus garras.

Regina…

No, calla –Alzó la mano, y se alejó de ella

Regi…

¡He dicho que calles! –Gritó, sin importarle que Mary Margareth o David la oyesen ― ¿Qué no soy fría, eh? Pues no, no lo soy, pero contigo, lo seré. Gracias por recordármelo.

¿Qué te pasa?― demandó Emma. ¿Qué rayos había hecho para que se pusiera así?

Nada. –Se dirigió hacia la puerta, pero Emma la tomó del brazo ― Suéltame

No hasta que me digas que te pasa

He dicho que me sueltes. –Y luchando contra ella, logro librarse.

Vas a regresar. Mi padre dio órdenes de que te quedaras con nosotros. Y si no haces por nosotros hazlo por él.

Regina bajo la mirada, escondiéndola de Emma.

Voy a la casa a cambiarme, y luego regresaré.

¿Te llevo? –preguntó Emma.

Abrió los ojos. Un recuerdo agridulce.

Su beso había sido tan hermoso, había sido dulce, suave, pero sus palabras habían roto el encanto por completo.

Se levantó de la cama, y se fue hacia el clóset, prendió la pequeña lámpara, y sacó las maletas. En el último segundo, algo la detuvo para apagar la luz. Una caja rosada de raso, y sonrió al recordar que contenía. La sacó de su estancia y se fue con ella hacia su cama, y la abrió lentamente. El ramo de novias de Mary Margareth brillaba dentro. Las hermosas flores blancas y toda esa naturaleza verde, aunque desgastada por el tiempo, aun conservaba su porte y deslumbrante belleza. El destino había jugado una mala carta con ella en esa ocasión. Primero, con aquél ramo cayendo en sus manos. Y después, darle alas para después ver la realidad, no estaba preparada para el matrimonio.

Miró el anillo de Alex y suspiró.

― ¡Oh, Alex! Si tan sólo estuviera segura de que el tiempo me daría la respuesta que tú esperas…