Capítulo 4

Rumores

Regina llegó al hospital temprano. Tenía que decirle a Robin que se iba a Storybrooke. Por qué la decisión estaba tomada. Sus maletas le estaban esperando en casa, pero antes de partir quería hablar con Robin en persona.

No quería irse así. No era una cobarde, al menos, no por completo. Le devolvería el anillo a Robin, y haría que le diera tiempo. No estaba preparada para algo así. Aunque no sabía que más excusas ponerse. Un semáforo la detuvo. Había sido tan pronto, además, ella tenía que saber que sentía por él.

― ¡No tengo miedo! Es sólo que no quiero salir herida otra vez. ¡¿Es mucho pedir?! ― gritó tan fuerte, que los conductores que estaban en el auto de al lado, se la quedaron mirando boquiabiertos. Regina se puso colorada al momento, y dejó caer su cabello para ocultar su rostro.

Llegó al hospital más pronto de lo deseado. Sentía que su corazón se aceleraba a cada paso que dada. Dado que todo mundo la conocía en la clínica, no fue necesario ir a recepción y la dejaron pasar sin ninguna queja. Iba doblando por el pasillo cuando una voz atrás de ella la detuvo.

―Regi, ¿Qué haces por acá? ¿No estas ya de vacaciones?

Era Linda Hunt, una compañera de la carrera, y amiga cercana. Era menuda y de baja estatura, de piel aceitunada y un cabello precioso. De un castaño claro, como sus ojos, que le llagaba a los hombros. Siempre le tomaban en pelo al decir que parecí amas bien una niña que toda una enfermera hecha, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba con carácter y decisión. Regina sonrió.

― Linda, ¡Hola! ― Se saludaron con un beso en la mejilla ― Pues si, pero estoy buscando a Robin.

― Oh ― le dio un par de codazos en la costilla ― Pues está dando rondas. Con los internos, creo.

― Oh, la masacre ha comenzado. ― Ambas se rieron. Robin a veces era muy duro con los internos que tenía a su cargo.

― Así lo creo.

― Bueno, gracias Linda. ― Ya se iba, pero Linda la detuvo.

― Espera, ¿es cierto? ― le preguntó en un susurro.

― ¿Qué cosa?

― ¿Lo de que el Dr. Hood y tú se van a casar?

― ¿Qué? ¿Cómo te enteraste de eso?

― ¡Entonces es cierto! ― Chilló la morena ― ¿Y no pensabas decirle nada a tu mejor amiga? ― hizo pucheros.

― ¡Espera, espera! Tengo que aclarar algunos puntos.

Pero Linda se empezó a mover frenéticamente, buscando el busca. Lo checó y dijo.

― Maldición.

Regina sonrió tanto por la actitud de su amiga, como por estar infinitamente agradecida con el busca.

― Creo que los buscas se están convirtiendo en mis mejores amigos ― Linda la miró sin entender.

― Me tengo que ir, pero me tienes que contar a detalle que pasó. Antes de irme, ¿Cuándo es la boda? Tengo que ver traje y regalo.

Regina miró a todos lados, verificando si alguien la había oído, y para que nadie escuchara su respuesta.

― Aquí entre nos, me voy a Storybrooke. Un familiar está enfermo y tengo que ir a cuidarlo. Y sobre Robin, no hay boda. Al menos no por ahora. Necesito tiempo.

― Dos cosas. La primera. ¿Tiempo? ¿Para qué? ¿Para dejar ir a ese bombón? ¿Qué tienes en la cabeza?

― Eso quiero saber yo.

― Segunda. ¿Storybrooke? ¿Qué rayos vas a hacer a Storybrooke? ― Pero Linda sumó dos mas dos, dado que conocía un poco la historia de Regina y gritó ― ¡Oh mi dios! ― Después bajó la voz, avergonzada y habló susurrando. Sus ojos brillaban de lujuria ― ¿Es acerca de ese guapo chico, el hijo de Sebastian Swan, tu tutor, cierto? ¡Dios! Aun lo recuerdo, y es tan…

Regina alzó la mano, para frenar el discurso erótico que venía a continuación. Ese día no lo necesitaba.

― Demasiada información, Linda. ¡Ahora lárgate!

― Contéstame. ― insistió Linda, poniendo una cara de perrito faldero. Regina no sabía si ponerse a reír o sentirse ofendida. Suspiró y sólo le contestó.

― Después.

Pero Linda no se iba a quedar, así como así. Linda, después de todo, era la reina de las excusas.

― Pero te vas, y no sé cuando termine mi turno, y cuando te vayas, no me podrás contar nada, y que tal si sale una emergencia, o muero hoy. O…

― Lo siento Linda ― cantó con voz irónica y de burla. Por ese día, Regina no iba a caer en sus redes ― pero no más. Vete, antes de que la Jefa te llame la atención, por floja.

― Me las pagarás.

Regina sonrió y vio a Linda marcharse. Se recargó en la pared unos segundos. Si Linda lo sabía, era probable que otras personas más lo supieran también. No quería dejar a Robin en vergüenza. Se masajeó las sienes.

― ¿Qué voy a hacer? ― susurró.

Iba girando para entrar en la siguiente sala, cuando chocó contra alguien. Iba a dar su automático "Lo siento", pero alzó la mirada. ¡Hay, no!

― Vaya, vaya, vaya, pero si es la linda Regi.

― Dr. Green, ¿Cómo está? ― la cortesía no era algo que Regina dejara pasar muy fácilmente. Aún cuando se tratase de la Dr. Zelena Green. Si no fuera porque había atendido el parto de sus casi sobrinos y ahijados, le arrancaría los ojos. Eso, y que además, tenía envidia de ella. En definitiva era todo lo opuesto a ella. Alta, rubia, delgada, esbelta, de ojos marrones, nariz perfecta, ni respingona ni aguileña, y unos pómulos de envidia, seguidos de un cuello casi de cisne, pasando por su delgado torso, y su estrecha cintura, y unas piernas largas que parecían nunca acabar. El autoestima de Regina cayó por los suelos. Siempre le pasaba cuando estaba cerca de la Dra. Green. Había trabajado con ella desde su estancia y servicio, ya que ella era la encargada de la Sala de Obstetricia.

― Excelente. ¿Pero no es eso lo que quieres saber, verdad?

Regina no supo que la animó a contestarle. Desde que se habían conocido, siempre se había mantenido callada ante sus comentarios e indirectas, pero en ese preciso momento, algo, no supo que, la impulsó a contestarle.

― No, la verdad no.

Zelena alzó una ceja y un gesto de burla apareció en sus labios.

― Vaya, la pequeña gatita ha sacado sus garras.

― En estos momentos, no estoy para sus juegos ― ¡Que rayos estoy haciendo! Gimió para sus adentros. Pero una vez que había empezado, no pudo parar. Total, ya no trabajaba en el hospital. Le dio la espalda, pero la doctora se interpuso en su camino.

― Espera. ¿Es verdad? ― Zelena tomó a Regina del brazo, casi hundiéndole las uñas.

― ¿Qué? ― gritó alzando los ojos al cielo.

― No te hagas la tonta. ¿La boda? ¿El anillo?

― ¿Y que si es verdad? ― Regina, ¿Qué estás haciendo? Pero ya estaba harta del genio de Zelena, y tenía que aprovechar ese arrebato de coraje. Aunque después se muriera de la vergüenza al verla.

― Entonces lo es ― Regina observó como su mirada perdía el fuego y la chispa que había mantenido durante la plática. Su agarre se volvió flojo, hasta soltarla por completo.

― Mire, ahora mismo no tengo tiempo para mantener esta placentera plática. Tengo que encontrar a Robin. Es urgente.

― Esta en la habitación 228-B ― contestó Zelena de manera casi robótica.

― Gra… gracias. ― Regina tartamudeó al dar las gracias. No sabía a que se debía su cambio de actitud. No sabía si moverse, o que hacer, pero Zelena le ahorró la decisión, y habló.

― ¿Sabes? Una mujer tiene que aceptar la derrota con dignidad.

Regina casi pudo asegurar que vio dolor en su mirada, pero no pudo estar segura, ya que Zelena se había ido. Ella hizo lo mismo, y fue en busca de Robin.