Capítulo 5
Hasta luego
Llegó a la habitación que la Dra. Green le había dicho, y efectivamente Robin estaba ahí, pero sin los internos y enfermeros alrededor. Estaba sentado en la cama del paciente, tomándole de la mano. Era una mujer, y Regina observó cómo estaba al borde de las lágrimas. Al parecer las noticias que Robin le estaba dando no eran tan buenas. Esa era la parte difícil del trabajo, y la que más odiaba. Entonces Robin hizo algo completamente inesperado, tomó a la mujer entre sus brazos, y ella se aferró a él de una manera, que le daba a entender a Regina que eran más que médico-paciente. De repente, la mujer se alejó del abrazo de Robin, y miró en la dirección de Regina. Robin la soltó, y se viró para ver quien estaba en la puerta.
― ¡Regina! ― gritó sorprendido
― Oh, no. No es… ― la mujer habló mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
Regina no sabía si eran celos o que, pero no le había gustado ver a Robin abrazado de esa mujer.
― Quiero hablar contigo, pero si es un mal momento, regreso después. ― Salió disparada fuera de la habitación
― Regina, ¡espera!
― Robin, no quería… ― se disculpó la mujer por segunda vez.
― Calla, loca. Al contrario, ahora te daré un gran regalo. ― con una sonrisa en los labios agregó ― Esta celosa. Eso es bueno.
― Loco tú ― le gritó cuando salió corriendo, pero no pudo evitar reírse.
Robin no dijo nada, y fue por Regina, que la encontró en la entrada del elevador
― Regina, espera.
― Robin, si quieres regreso más tarde, o te hablo. No tenías que venir por mí.
― ¿Son celos eso que oigo?
¡Celos! ¿Acaso lo son? Regina respondió rápidamente.
― ¿Celos? No, para nada. Simplemente, que creo que estas ocupado, y pensé que te podría dar espacio.
― Si, gracias.
― Sí, bueno ― Regina dejó pasar unos segundos, pero no pudo aguantar mucho, pues la curiosidad era grande, así que como que no quiere la cosa, preguntó ― ¿Y quién es?
― ¿Segura que no son celos?
― No, es simple curiosidad.
― Bueno, en ese caso acompáñame. ― Tomándola de los hombros, empezaron a caminar hacia la habitación de la paciente. Regina vio que recibían varias miradas.
― Espera, quiero decirte algo.
― Primero vamos a saludarla y después me lo dices.
Regresaron a la habitación 228-B, y la mujer se quedó en impactada al verlos entrar juntos. Enseguida empezó a disculparse.
― Lamento mucho lo que viste. Pero quiero aclarar que entre Robin y yo no hay nada.
― Tranquila ― le dijo Robin tomándola de la mano, y después miró a Regina ― Regina, te presentó a Sa…
― Sara Matthew ― interrumpió la mujer, mientras extendía su mano.
― Mucho gusto. Regina Mills ― contestó mientras estrechaba su mano.
Robin se rió, y Regina se percató de que ellos se aventaron una mirada un tanto rara, como si compartieran un secreto. Regina suspiró. Debería de dejar de leer tantas historias de suspense. Robin siguió hablando.
― Bueno, ya que se conocen, he de decirte que Sara es una paciente que lleva un par de años bajo mi cuidado, y la he llegado a considerar una gran amiga. Además, de que es una gran escritora de novelas románticas.
Regina abrió los ojos desorbitadamente. Primero por que no se le había pasado por alto el énfasis que Robin había hecho al decir el nombre de Sandra, y segundo… abrió los ojos tanto como pudo.
― Espera, ¿usted es S. L. Matthew? ¿La S.L Matthew? ― preguntó con mucho énfasis, haciendo que Sara se riese.
― Parece que eres famosa, Sara― dijo Robin.
Sara le dio una mirada cruda, y Regina se extrañó por el modo en que Robin decía el nombre de Sandra, pero no prestó demasiada atención ya que completamente extasiada de conocer a una de sus heroínas.
― Es una de mis autoras favoritas. Su novela de "Más allá de la pasión" es mi favorita. ¡Dios! Es un placer conocerla. Jamás pensé que fuera usted tan… ― Regina se arrepentid de lo que dijo, y trató de corregirlo ― Quiero decir, es que yo esperaba a una señora de edad avanzada, como la de "Crimen", y bueno, como no hay ninguna foto de usted. Y bueno, es tan… ― ¡Hay Regina, cállate, antes de que la riegues toda! Regina sintió como por su espina dorsal se iba deslizando un escalofrío. Conocía a una de sus autoras favoritas y acaba de meter la pata hasta el fondo. Pero Sara solo se rió de la situación y completó la frase de Regina.
― ¿Tan común?
Regina la miró de arriba a abajo. Común no sería la palabra con la que la describiría, pero desde luego, no era lo que esperaba. No tenía un acento marcado, por lo que no sabía de qué parte del país era, pero definitivamente era americana. Su cabellera tenía un color castaño claro, no tan rubio como el de Elizabeth, pero si precioso, y unos ojos de un café muy claros. Dado que estaba sentada, Regina calculó que era más o menos de su estatura. Su complexión era delgada, pero sin llegar al grado de anémica. Le calculó que estaba pasando de los veintitantos, pero su rostro mostraba la evidencia de una vida de dolor. En especial, sus ojos. Sospechó que había tenido tiempos malos, pues tenía un par de ojeras. Pero a pesar de todo, tenía algo, quizás su porte, que le daba presencia, aún cuando estaba enferma y sentada en una cama de hospital con una simple bata. Eso, desde luego, no la hacía para nada común.
― ¡Oh, no! Desde luego que no. Yo soy común, usted es… ― Regina se puso roja como la grana. Bien Regina, cada vez la vas arruinando más. Mejor cállate.
― Oh Robin, es tímida. Mira como se puso ― Regina se puso aún más roja si es que era posible, y después Sara se echó a reír ― Esta bien. No te preocupes, y háblame de ti. Los amigos de Robin son mis amigos. Y a decir verdad, quisiera pedirte que por favor no le digas a nadie. Aprecio mucho mi vida privada, y bueno, nadie sabe quién soy o que hago aquí, así que apreciaría mucho tu discreción.
― Claro. Por supuesto ― contestó automáticamente.
― Bueno, ya vez. Te dije que es un encanto ― dijo Robin, hinchando su pecho de orgullo.
― Si, lo es ― Al oír los comentarios, Regina una vez más, se puso colorada ― Mira, la hemos apenado otra vez.
― Bueno, te dejamos descansar ― dijo Robin mientras tomaba a Regina del brazo y la guiaba fuera de la habitación ― Te veo al rato.
― Encantada de conocerla… conocerte. ― corrigió rápidamente Regina.
― Igualmente Regina. Espero verte pronto.
Se despidieron y acto seguido, Robin la llevó a su oficina. El trayecto lo hicieron en silencio, y Regina se percató de que varias miradas estaban sobre ellos. Robin la hizo pasar y cerro detrás de sí, después se acomodó de espaldas al escritorio y tomó de las manos a Regina. No hizo ningún intento de besarla.
― Ya sé por qué estás aquí ― declaró Robin.
― Créeme, no creo que sepas el por qué.
― Sí, lo sé. Estas aquí para dar respuesta a mi propuesta de matrimonio.
Regina respiró hondamente, y lo soltó de golpe.
― Me voy a Storybrooke ― Robin le soltó las manos súbitamente. Se quedó callado por unos segundos y entonces habló.
― Eso no era lo que me esperaba. Y definitivamente, no es lo que quería oír. ¿A Storybrooke?
― Si. La hija de Sebastian tuvo un accidente, y las chicas quieren que sea yo la que la vaya a cuidar.
― ¡Qué casualidad! ― dijo alzando las manos al aire.
― ¿Qué?
― Mary Margareth y Elizabeth tienen que ver. ― Dado los años que llevaban conociéndose, Robin había tratado con sus amigas, y las tuteaba por igual. ― Es obvio que quieren que vayas tú. Esa chica no te quita los ojos de encima. ― la mirada de Robin era ahora de fuego.
― Oh, vamos. ― Regina no podía creer lo que estaba oyendo.
― Es la verdad. Quizás tú no lo quiera ver, pero ella te desea. ― Regina empezó a negar con su cabeza, pero Robin la tomó y la hizo mirarlo ― Te niegas a verlo, pero es tan obvio para los demás. Pero no te dejaré ir sin antes luchar.
― Mira Robin, esto es un error. ― Regina tomó sus manos y las bajó lentamente ― Y es mi culpa, porque siento que deje que las cosas fueran más allá de lo que en verdad era.
― Oh, no. Eso no.
Regina se sacó algo del pantalón y Robin parpadeó al ver que le tendía en anillo que él le había puesto ayer.
― No te puedo dar una respuesta ahora. No sé, no…
― Espera. Toma tu tiempo, siempre que sea considerable. Deseo que seas mi esposa. Pero solo si tú también lo deseas, así que despeja tu mente, y si para cuando regreses sigues en la misma posición, lo aceptó.
― Robin…
― Quédatelo. Consérvalo por mí.
― No puedo.
― Por favor.
Regina se sentía una arpía, al hacer que aquél hombre maravilloso que tenía frente a ella le rogara por usar su anillo. Bajó la mirada unos segundos,
― Esta bien. Bueno, me tengo que marchar. Quiero hacer un viaje corto.
― ¿En cuál vuelo sales?
― Voy a manejar hasta Storybrooke.
― ¡Qué! ¡Estás loca! ¡Son más de doce horas!
― Dieciséis por autopista, y casi un día entero por carretera. Por eso salgo ahora mismo para allá.
― ¿De nada serviría que te pidiese que te fueras en avión, verdad?
― No ― sonrió Regina ― Pero para que todo mundo esté tranquilo, dormiré en un motel. Quiero llegar temprano mañana.
― Bueno, entonces, creo que esto es todo.
― Si.
Regina no sabía que más agregar, y el silencio era en verdad incómodo. Tenía que salir de ahí, antes de que su bocota dijera algo que arruinara el momento.
― Bueno, pues me voy ― Regina se dio la vuelta, pero Robin la tomó del brazo.
― Regina.
Fue un suave murmullo, como una brisa. Él se acercó lentamente hacía ella para tomar su rostro entre sus grandes manos. El contacto fue cálido, suave, e inocente. Robin fue descendiendo hasta posar sus labios sobre los de ella. Un simple y casto beso. Un beso en el que Regina no había sentido nada. Sintió su corazón encogerse de dolor, y tragó un poco de saliva, para quitarse el nudo de la garganta. Una vez más, no había sentido las mariposas. Le dio una sonrisa tenue.
― Adiós, Robin.
Robin la miró directo a los ojos.
― Es un hasta luego. Cuando regreses, veremos si es el adiós.
