Arráncame la vida
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Cae
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Disclaimer: El mundo tanto como los personajes no me pertenecen. Todos son personajes de JK Rowling. Solo los utilizo para mi historia y mi pareja favorita.
-¿Qué hacemos?...-dijo un alumno entrecortadamente. Se formó un silencio en la sala común de Gryffindor, aquellos que te helaban el cuerpo en un instante, lo que acababa de suceder había sorprendido a todos.
Todos los alumnos de su casa estaban reunidos en la sala, todos estaban impactados por la noticia. No había pasado mucho del funeral de Alicia, la que jugaba junto al equipo de Gryffindor. Todavía la recordaban hace unas horas reírse junto con sus amigas bajando las escaleras en dirección al gran comedor.
A lado del fuego sentadas en el sofá estaban Katie Bell junto con Angelina Johnson no paraban de llorar, estaban muy angustiadas por el incidente de su amiga Alicia. Sus amigos cercanos iban a consolarlas pero todo el mundo se hacía demasiadas preguntas "¿Qué cosa hizo eso?" "¿Estamos a salvo en el colegio?" Todo el mundo estaba muy preocupado que no sabían que hacer.
Dumbledore había dado la orden a todos los prefectos que regresarán los alumnos a su sala común y que no salgan hasta mañana, y así lo habían hecho. El director había dicho que probablemente por ese acontecimiento terrible cierren el colegio, así que los días que restaban tenían dado la orden de que los alumnos se retirarían más temprano a sus salas antes de que anochezca. Pero para Harry no le iba muy bien, todo el mundo incluso hasta sus compañeros de casa lo veían como si fuera el culpable, ellos de verdad creían que él era el heredero. Él de alguna manera se sentía culpable tanto que sentía que cada vez pensaba que de verdad él era el heredero y estaba atacando a los demás.
Pero tanto como Hermione y Ron lo consolaban y le daban ánimos diciéndole que sus compañeros eran unos estúpidos y crédulos, era imposible que fuera él. En esos momentos era cuando de verdad agradecía que estuvieran Herms y Ron a su lado.
Cada que amanecía e iban al gran comedor a desayunar, cuando pasaban por los pasillos y estaban los alumnos pasando, lo veían amenazadoramente y le gritaban cosas como "Púdrete heredero" "¿Cuántos más heredero? ¿Eh? ¡Eh!" "Deben llevárselo".
-No puedo más…-susurro tristemente.
-Ignóralos Harry, ellos no saben nada.-le tranquilizó Herms a su lado palmeándolo amistosamente.
-¿Tienes algún problema con Harry?-había preguntado Ron a un chico mientras lo agarraba por la túnica fuertemente enfrentándolo cara a abajo porque Ron era notablemente alto.
-Déjalo Ron, por dios cálmate.-dijo Hermione mientras lo agarraba de la oreja para apartarlo del chico que había insultado a Harry. Claro que ella no aprobaba que sus compañeros de casas echen la culpa a Harry pero tampoco aprobaba que Ron les ande pegando, eso solo traía más problemas al trio dorado.
Por fin llegaron al gran comedor a desayunar tranquilamente. Se sentaron donde solían hacerlo esos días, lejos de sus compañeros porque como ya sabíamos, todo el mundo les traía un extraño odio a ellos.
-Bueno, Harry nos habías dicho que aquel extraño diario te había revelado algo.- menciono Hermione mientras se servía lo que quería desayunar.
-Sí, quien abrió la cámara de los secretos hace cincuenta años fue Hagrid.-contesto Harry un poco cansado.
-Pero Harry eso no encaja… bueno para menos a mí no. Lo encuentro de verdad raro…- dijo Hermione extrañada.-No hemos podido ir a interrogarlo.
-No y la verdad no quiero ir.-dijo Ron asustado.
-Vamos Ron, no tengas miedo. Esta noche iremos a preguntarle a Hagrid.-dijo Harry.
-Pero, ¿Y qué le diremos?-dijo Hermione sin saber con certeza como iban a embaucarlo sin que se ofendiera.
-Pues no creo que sea algo como "Oye Hagrid fíjate que hoy es una día soleado por cierto ¿abriste la cámara secreta hace cincuenta años?"-dijo Ron con una voz burlona.
-¿De qué hablan? -preguntó una cuarta persona a espaldas de Ron y Hermione. Harry no lo había notado hasta que estaba enfrente de él y espaldas de Ron y Hermione. Los tres se sobresaltaron a ver que era precisamente Hagrid.
Tartamudearon los tres sin saber que decir o hacer.
-Ah… ah… Hagrid hola.-dijo Harry.
-Hola chicos, tengan cuidado, Hogwarts anda en crisis.-dijo Hagrid con voz triste.-Bueno los dejo tengo asuntos que hacer.
-¿Qué asuntos?-pregunto Ron entrometido.
-¡RON!-le gritaron al ver que su amigo se metía en donde no lo llamaban. Hermione le dio un librazo en la cabeza.
-¡Auch!-se quejó Ron mientras se acariciaba la cabeza.
-Mis pobres gallinas fueron estranguladas y decapitadas…-rompió en un lastimero sollozo.
-¿En serio? ¿Quién lo hizo Hagrid?-pregunto Herms preocupada.
-No lo sé, solo, ya van varias veces que está pasando eso…
-Es extraño.-dijo Harry.
-Lo sentimos Hagrid, sabíamos que querías muchos a tus gallinas.-dijo a modo de consolar Hermione.
-¿No las habrán querido cocinar?-pregunto Ron. Hermione volvió a darle otro golpe pero ahora con su mano.
-¡Claro que no! Simplemente por maldad las dejaron tiradas ahí.-dijo molesto Hagrid.-Ya me voy, tengan cuidado chicos.
Se fue Hagrid bajo las miradas atentas de Hermione, Ron y Harry. Siguieron desayunando platicando casualmente.
-El asunto con Hagrid es muy raro.-soltó Ron.
-Lo es, Ron.-le contesto la peli castaña haciendo ojos en blanco.
-Digo en verdad que lo es Herms, Harry dice que Hagrid abrió la cámara hace cincuenta años, y aparece aquí que sus gallinas fueron estranguladas y decapitadas muy raro ¿no?-Replico Ron con los ojos entrecerrados.
-La pregunta es ¿por qué? Lo que el diario me mostro fue que había un gran cofre donde según estaba el monstruo.-dio una pausa para aclarar su pregunta.- Entonces Hagrid debe saber dónde está el monstruo.
-Entonces ¿le crees al diario? Pero ¿tú crees que Hagrid no es de confiar? Pero Dumbledore confía en él- lo había dicho mirando a Harry directamente, volteo y miro ahora a Ron.- Sabemos que Hagrid ama a los animales, no creo que lo haya hecho él.
-Tienes razón Hermione.-contesto Harry.- Pero aun así vamos a ir esta noche a interrogarlo.
-Sí, eso nunca te lo contradije.-finalizo Herms.
Ya casi era la hora de ir a clases asi que levantaron sus cosas y fueron directo al salón de clases donde los esperaba su "profesor favorito" Gilderoy Lockhart. Pero apenas salieron del gran comedor vieron que estaba su profesor alegre.
-¡Feliz día de San Valentín! -gritó Lockhart-. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos ustedes... ¡y no acaba aquí la cosa!
Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo clase entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.
-¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! -sonrió Lockhart.- ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciendo felicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no le piden al profesor Snape que les enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.
-Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis - le dijo Ron, cuando abandonaban el vestíbulo para acudir a la primera clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en la bolsa, y no respondió.
Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a Harry.
-¡Eh, tú! ¡Harry Potter! -gritó un enano de aspecto particularmente malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Harry.
Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba Ginny Weasley, Harry intentó escabullirse. El enano, sin embargo, se abrió camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos pasos.
-Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona - dijo, rasgando el arpa de manera pavorosa.
-¡Aquí no! -dijo Harry enfadado, tratando de escapar.
-¡Párate! -gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.
-¡Suéltame! -gritó Harry, tirando fuerte.
Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se rompió encima de todas las demás cosas.
Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano comenzara a cantar ocasionando un atasco en el corredor.
-¿Qué pasa ahí? -Era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación musical de San Valentín.
-¿Por qué toda esta conmoción? -dijo otra voz familiar, la de Percy Weasley, que se acercaba.
-¿Qué pasa Potter?- dijo una tercera voz muy cerca, era la de Tom Riddle.
A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le echó a las rodillas y lo derribó.
-Bien -dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry-, ésta es tu canción de San Valentín:
Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche
y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.
Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,
el héroe que venció al Señor Tenebroso.
Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando de risa. Tom había prestado mucho atención a la canción, particularmente le había llamado las últimas palabras que dijo el enano Señor Tenebroso.
-¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo -decía, empujando a algunos de los más pequeños-. Ustedes también, Malfoy y Riddle.
Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido era el diario que había encontrado en el aseo de chicas.
-¡Devuélveme eso! -le dijo Harry en voz baja.
-¿Qué habrá escrito aquí Potter? -dijo Malfoy, que obviamente no había visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry. Los espectadores se quedaron en silencio. Ginny miraba alternativamente a Harry y al diario, aterrorizada.
Tom echo una pequeña risa discreta al ver que Malfoy tenía SU diario.
-Devuélvelo, Malfoy -dijo Percy con severidad.
-Cuando le haya echado un vistazo -dijo Malfoy, burlándose de Harry. Tom simplemente rodo los ojos y se cruzó de brazos, se sentía un poco aburrido ya.
Percy dijo:
-Como prefecto del colegio...
Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:
-¡Expelliarmus!
Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Malfoy vio que el diario se le escapaba de las manos y salía volando. Ron, sonriendo, lo atrapó. Tom profirió un pequeño grito de alegría pero rápidamente compuso su postura.
-¡Harry! -dijo Percy en voz alta-. No se puede hacer magia en los pasillos. ¡Tendré que informar de esto!
Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Malfoy, y eso bien valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy estaba furioso, y cuando Ginny pasó por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:
-¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San Valentín!
Ginny se tapé la cara con las manos y entró en clase corriendo. Solo hasta ese momento Tom se dio cuenta que Ginny también estaba presente, miro a la dirección donde Ginny había corrido. Si, le había sacado un poco de onda que Ginny le haya enviado una canción a Potter. Dando un gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Harry se la quitó de un tirón. Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando babosas.
-A parecer a la Weasley le gustan dos chicos.-soltó Malfoy.
-¿Qué dices de mi hermana? ¡Eh!.-Ron había optado por una pelea física. Harry lo agarró y lo detuvo.
-¿Qué no sabes comadreja? Tu pequeña hermana se trae algo con Riddle.-soltó maliciosamente Malfoy.
Harry y Ron quedaron boquiabiertos y estáticos unos segundos tratando de procesar lo que había dicho el malvado de Malfoy. Tom no se había ido de ahí asi que había escuchado lo que había dicho Malfoy claramente. Cerró sus ojos y suspiro.
-Cuidado Malfoy.-dijo finalmente mirando a los ojos fijamente a Malfoy.
Malfoy de repente sintió un profundo temor, trago saliva. En aquel momento Hermione por fin intervino después de haber observado silenciosamente la escena.
-Vamos chicos, es tarde, tenemos clase.-les dijo a sus amigos.
Riddle pasó a lado de Hermione y le susurro en su oído sin que nadie se diera cuenta:
-¿Cuál es la serpiente? ¿Cuál el sapo? ¿Cuál la gallina?
Hermione discretamente había mirado a Tom a los ojos. Él le había devuelto la mirada y desviado. Había pasado muy rápido que no le dio tiempo de agarrarle la túnica para hacer que se parará e interrogar sus preguntas disparatadas. Luego miro en busca de Malfoy por haber soltado semejante verdad y tal como Riddle él le había devuelto la mirada solo que una tipo cómplice y después la desvió y se fue.
Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario hasta que llegaron a la clase del profesor Flitwick. Todos los demás libros estaban empapados de tinta roja. El diario, sin embargo, estaba tan limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto. Intentó hacérselo ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más. Eso fue lo que más le había sorprendido, aunque bien él sabía que el diario tenía la extraña particularidad de absorber la tinta.
Después de clases el trio dorado salieron a las afueras del castillo un rato, todavía no había anochecido. Ron pateo por tercera vez la roca, se sentía adolorido. Harry y Hermione estaban un poco alejados de Ron pues él se había adelantado.
-¿Crees… que si hubieran llegado un poco antes...-preguntaba Hermione.- pudieron haberla salvado?
-Realmente no lo sé.-dijo tristemente Harry mirando el horizonte.
-Esto es una basura.-empezó a decir Ron a nada en particular.-Realmente esto es una basura.
-¿A qué te refieres?
-A todo Hermione.
-¿Por qué el monstruo está atacando? ¿Quién lo hace? ¿Quién la hizo eso a las gallinas?-lanzaba preguntas Harry impaciente.
-A…-Hermione estaba a punto de decir algo cuando de repente su cerebro empezó a trabajar a Match 20.
Empezó a moverse a todos lados pensativa. Tanto Harry como Ron se le quedaron mirando con cara de no entender lo que hacía su amiga pues hablaba sola. Se miraron entre si hasta que Harry decidió a preguntar el porqué de su actitud cuando Hermione se volteo asustada.
-¡Chicos me tengo que ir! -había murmurado y salió corriendo devuelta al castillo.- ¡Por merlín espero que no sea tarde!
Harry y Ron se miraron de nuevo confundidos.
Había sido muy ingenua y tonta al no darse cuenta antes de todo lo que pasaba. Pero esperaba que no sea demasiado tarde. Había regresado ya al castillo e iba corriendo muy deprisa a la sala común al dormitorio de las chicas.
Recordó lo que había sucedido hacia tan solo unas horas en el vestíbulo, el cómo Riddle le había hecho unas preguntas que en un principio no le dio importancia pero ahora hacía latir su corazón muy deprisa tanto que parecería que se quería ir de su cuerpo. Tenía un fuerte presentimiento con esas preguntas.
Por fin llego a la habitación de las chicas y fue directo a su cama. Abrió con deprisa el cofre, busco entre todas sus cosas el libro, si no se equivocaba y había sido él entonces el libro no estaría. Pero para su sorpresa encontró el libro en lo más profundo de su cofre. Solo se hizo más preguntas, ¿se equivocó en su presentimiento? Pensó que Riddle le había robado el libro. Riddle engañoso.
Lavender Brown entró a la habitación junto con sus amigas, Hermione no le dio importancia pues no se llevaba con ellas. Pero escucho algo que le hizo prestar atención.
-Sí, Neville fue a avisar a Potter.-dijo una de sus amigas de Brown.
-¡Que desastre!-había dicho Lavender.
-¿Qué paso?-se levantó Hermione y guardo el libro de nuevo en el cofre.
-Neville encontró la cama de Potter echa un desastre, creo que ya llegaron Potter y Weasley.-contesto Lavender rápido y se fue con sus amigas a otro lugar.
Hermione fue disparada ahí a ver.
Después de que Hermione se había ido ellos conversaron un momento y ya luego entraron al castillo. Al final de las escaleras que conducían al dormitorio se encontró con Neville Longbottom, que lo miraba desesperado.
-Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta. El contenido del baúl de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo, rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el colchón.
Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de Recorridos con los trols. No podía creer lo que había sucedido.
En el momento en que Neville, Ron y él hacían la cama, entraron Dean y Seamus.
Dean gritó:
-¿Qué ha sucedido, Harry?
-No tengo ni idea -contestó. Ron examinaba la túnica de Harry. Habían dado la vuelta a todos los bolsillos.
-Alguien ha estado buscando algo -dijo Ron-. ¿Qué te falta?
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.
-Y lo encontraron-dijo a Ron en voz baja.
-¿Qué?
-El diario.- Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y Ron lo siguió.
Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y encontraron a Hermione, esperando, sola.
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.
-Pero... sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la contraseña.
-En efecto -confirmó Harry.
Habían acordado que esta noche iban a salir a ver a Hagrid. Pero por azares de destino no pudieron hacerlo porque Snape vigilaba muy bien su salida. Por lo que esperaron hasta mañana.
Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
-¡Perfectas condiciones para jugar al Quidditch! -dijo Wood emocionado a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos-. ¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!
No entendía porque todavía realizaban el partido de Quidditch cuando hubo una muerte hace poco y que fue una jugadora en el equipo de Gryffindor. Harry había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor, preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario que había encontrado. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente al diario a algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a Hagrid hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la luz.
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de nuevo aquella voz:
-Matar esta vez... Déjame desgarrar... Despedazar...
Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de él asustados.
-¡La voz! -dijo Harry, mirando a un lado-. Acabo de oírla de nuevo, ¿ustedes no?
Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza. Hermione, sin embargo, se llevó una mano a la frente.
"¿Cuál es la serpiente? ¿Cuál el sapo? ¿Cuál la gallina?"
-¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo que ir a mi recamara!
Y se fue corriendo por las escaleras. Por el suceso de Harry que le habían robado el diario se olvidó de ese fuerte presentimiento. Ahora estaba más que segura de que era.
-¿Qué habrá comprendido? -dijo Harry distraídamente, mirando alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.
-Muchas más cosas que yo -respondió Ron, negando con la cabeza.
-Pero ¿por qué habrá tenido que irse a su habitación?
-Porque eso es lo que Hermione hace siempre -contestó Ron, encogiéndose de hombros-. Cuando le entra alguna duda, ¡A la recamara en donde están sus libros comprados! O donde va más frecuentemente, ¡a la biblioteca!
Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar la voz, pero los alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta principal. Iban al campo de quidditch.
-Será mejor que te muevas -dijo Ron-. Son casi las once..., el partido.
Harry subió a la carrera la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2.000 y se mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio, y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era saber que todos estaban allí para ver el partido.
Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público. Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
-El partido acaba de ser suspendido -gritó por el megáfono la profesora, dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y silbidos. Oliver Wood, con aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora McGonagall sin desmontar de la escoba.
-¡Pero profesora! -gritó-. Tenemos que jugar... la Copa... Gryffindor...
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el megáfono:
-Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Ir lo más deprisa que puedan, por favor!
Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para que se acercara.
-Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.
Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella ocasión, Harry vio que Ron se separaba de la multitud descontenta y se unía a ellos corriendo para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora McGonagall no se opuso.
-Sí, quizá sea mejor que tú también vengas, Weasley.
Algunos de los estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la suspensión del partido y otros parecían preocupados. Harry y Ron siguieron a la profesora McGonagall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera de mármol. Pero esta vez no se dirigían a ningún despacho.
-Esto les resultará un poco sorprendente -dijo la profesora McGonagall con voz amable cuando se acercaban a la enfermería-. Ha habido otro ataque... Un ataque doble.
A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora McGonagall abrió la puerta y entraron en la enfermería.
La señora Pomfrey atendía a una muchacha de quinto curso con el pelo largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de Ravenclaw a la que por error habían preguntado cómo se iba a la sala común de Slytherin. Y en la cama de al lado estaba...
-¡Hermione! -gimió Ron.
Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos.
-Las encontraron junto a la biblioteca -dijo la profesora McGonagall-. Supongo que no pueden explicarlo. Esto estaba en el suelo, junto a ellas...
Levantó un pequeño espejo redondo. Harry y Ron negaron con la cabeza, mirando a Hermione.
-Les acompañaré a la torre de Gryffindor -dijo con seriedad la profesora McGonagall-. De cualquier manera, tengo que hablar a los estudiantes.
Harry le pidió unos minutos a la profesora, la profesora acepto y fue a hablar con la enfermera Pomfrey.
-Pero Herms había dicho que iba a su recámara.-replico Ron confundido.
-Quizás en la biblioteca había algo importante.-contesto Harry conmocionado.
Después de unos minutos siguieron a la profesora y salieron.
-Han caído tres de Gryffindor… Alicia murió entre esos tres, sin contar al fantasma, que también es de Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff —dijo Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, contando con los dedos—. ¿No se ha dado cuenta ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? —preguntó con fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.
Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista. Estaba pálido y parecía ausente.
—Percy está asustado —dijo George a Harry en voz baja—. Esa chica de Ravenclaw.., Penélope Clearwater..., es prefecta. Supongo que Percy creía que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.
Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder olvidar la imagen de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como esculpida en piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar el resto de su vida con los Dursley.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Ron a Harry al oído-. ¿Crees que sospechan de Hagrid?
-Tenemos que ir a hablar con él -dijo Harry, decidido-. No creo que esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez, también sabrá llegar hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.
-Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer en nuestras torres cuando no estemos en clase...
-Creo -dijo Harry, en voz todavía más baja- que ha llegado ya el momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.
Estaba encerrado en su sala común, él sentía que todo se le había escapado de las manos. Al principio creyó que sería divertido tener al basilisco rondando por ahí, pero desde la muerte de la Gryffindor sintió un pésame encima. Se sentía culpable a pesar de que él no lo hacía "directamente" porque en realidad todo lo hacía al diario ya que controlaba a Ginny Weasley. Más sin embargo se sentía extrañamente mal por todo. Cuando hizo todo eso no se paró a pensar en lo más importante de todo y ahora se arrepentía: Cerrarían el colegio. Si lo llegarán a cerrar porque era más que evidente con todo lo que pasaba que lo cerrarían pero ¿Y qué hacía él?
Si lo cerraban que era lo que haría, no tenía a donde ir y menos en esta época. Bueno, en su época si tenía a donde ir aunque lo detestaba, el orfanato, pero hoy era otro año por consiguiente no sentía provechoso ir al orfanato de Wool a donde estaba la señora Cole aunque de seguro ya estaba muerta. Por lo que no sabría donde quedarse. Con todos esos pensamientos rondando por su cabeza llego al estadio donde como siempre iba a ver partido de Quidditch.
Pero apenas llegó la profesora McGonagall había dado un aviso de que el partido se cancelaba, eso le extraño como a todos los alumnos. Su mente trabajó muy rápido que corrió a donde estaba la profesora McGonagall pero antes de llegar a donde estaba vio que se dirigía a Potter, se quedó ahí de pie cerca de ellos. Lo suficiente que pudo escuchar que había hecho un ataque doble. ¡Genial! Pensó en sus adentros a modo de sarcasmo, lo que la faltaba, no un ataque… si no ¡dos!
Con todo eso de seguro ya daban hecho que cerrarían el castillo.
Vio que tanto el pelirrojo hermano de Ginny y Potter seguían a la profesora. Le extrañó no ver a Granger. Los siguió sigilosamente procurando no mostrar su presencia. A mitad de camino su cerebro hizo clic, pensó que quizás Granger había sido una víctima y por eso McGonagall les había llamado. Llegando a la enfermería dudaba si entrar o no. Dio vueltas como un león enjaulado indeciso hasta que al final decidió no hacerlo y regresó a su sala común como habían dado instrucciones.
Más tarde la noticia le llegó a voz de Draco Malfoy y su sequito de amigos. Tom estaba sentado en el sofá leyendo el diario del profeta cuando Malfoy había entrado entre enojado y contento. Esa expresión no se le había pasado desapercibido a Tom. Dejo a un lado el diario y se paró. Siguió a Malfoy hasta su dormitorio, cuando estuvo muy cerca de él, le agarró de la túnica y lo hizo voltearse de un movimiento.
A Malfoy a primer instante le asustó.
-¿Q-Qué quieres Riddle?-tartamudeó Malfoy intentando zafarse de él.
-Nada. Solo me preguntaba si sabías que paso hace un rato sobre el ataque doble.-había respondido mientras lo soltaba y se acomodaba.
-¿Y qué te hace pensar que yo lo sé?-había preguntado despectivamente.
-Tu sonrisa.
Malfoy se calló un instante. Sus amigos, Nott, Zabini, Goyle, Crabbe y Parkinson lo veían esperando que respondiera Malfoy. Pero también veían retadoramente a Riddle, pero a Riddle no lo intimidaban ni un poco. Él siguió en su sitio sin preocupación esperando que Malfoy contestará.
-Fue la prefecta de Ravenclaw y la sangre sucia de Granger, las encontraron en la biblioteca.-contestó finalmente.
Así que si fue Granger, pensó.
-Bingo.-dijo para sí mismo. Nott lo vio con cara de ¿Y eso qué?
Tom se dio la vuelta para irse cuando Malfoy soltó una carcajada grande. Tom se volteó a ver que le sucedía al rubio.
-¡Mi padre se enterara de esto y cerraran el colegio!- dijo maliciosamente a sus amigos. Los ojos de Riddle se entrecerraron.
-¿Quién es tu padre? -preguntó.
-Lucius Malfoy.
-Más te vale que tu padre no se entere.-amenazó Riddle a Draco.
Malfoy se quedó sin habla, por un momento creyó ver unos grandes ojos rojos como una serpiente, rápidamente se retiró corriendo con sus amigos lejos de Tom.
-¿Acaso doy miedo?-se preguntó Tom mirando por si alguien lo había visto.
Como ya era de noche, no tenía permitido abandonar su casa. Fue directo a su dormitorio a darse una ducha. Busco su ropa y fue directo al baño. Mientras se bañaba empezó a recordar.
Recordar cuando le pidió a Ginny Weasley que robe el libro que tenía prestado Hermione, en donde por supuesto, descubrió que el monstruo era un basilisco. Pero no tuvo mucho tiempo aquel libro pues temía que Granger se enterará que le habían robado el libro, al día siguiente le pidió nuevamente a Ginny que lo devolviera y su plan había sido un éxito porque la chica ni cuenta se dio que le habían agarrado el libro.
Pero Tom era muy curioso. No se había resistido a lanzarle unas pistas a Granger, no sabía si porque quería lucirse de que él lo descubrió primero que ella o porque quería confundir a la chica.
Por supuesto, el diario había vuelto a él, había tenido muchos asuntos que él. Nuevamente a la pobre Ginny le pidió que robará el diario de Harry. Cuando llegó el diario y le hizo preguntas de por qué tanto interés en el chico Potter, el diario le había respondido con otras preguntas que él no lograba entender y le frustraba mucho. Lo que logro conseguir fue que el diario no fue estúpido, cuando le mostro a Potter una escena algo imaginaria, el Riddle mayor se había hecho borroso para que no lo culparan a él. El diario culpo a un tal Hagrid, no sabía quién era y le daba igual.
Lo único que le importaba era saber dónde estaba la cámara de los secretos, de muy buena gana le hubiera preguntado a Ginny donde era, pero ella lo olvidaba todo porque Riddle la controlaba. Esa noche había amenazado con destruir al diario si no le decía dónde estaba la cámara de los secretos. A pesar de que era él, sentía un odio hacía el diario por el simple hecho de que hacía lo que se le daba la gana, él no quería ser una marioneta y menos si de él mismo. Sí, él había sido partido en dos, él solo era una mitad, tenía una mitad faltante, pero de alguna manera se sentía completo. No iba a permitir que su otra mitad lo controlara. No le importaba destruirlo… destruirse.
Salió de la ducha, fresco. Se asomó a la ventana, diviso a las arañas huir hacia el bosque. Se sentó junto a la ventana y luego miro el horizonte. Su mente rondaba en que hacía él en esta época. ¿Por qué precisamente este año?
Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a la cama a la hora habitual, esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron, volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta.
Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.
-¡Ah! -dijo, bajando el arma y mirándolos-. ¿Qué hacen aquí los dos?
-¿Para qué es eso? -preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.
-Nada, nada... -susurró Hagrid-. Estaba esperando... No importa... Sientence, prepararé té.
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al golpearla con la mano.
-¿Estás bien, Hagrid? -dijo Harry-. ¿Has oído lo de Hermione?
-¡Ah, sí, claro que lo he oído! -dijo Hagrid con la voz entrecortada.- Igual lo de la chica Alicia.
-Si fue muy triste y preocupante.-contestó Harry.
-Conocen al nuevo chico, ¿no?-pregunto Hagrid nervioso.
-¿A quién? ¿Riddle?-preguntó confundido Harry.
-Sí, él, ¿se llevan con él?
-No, es una serpiente. ¿Por qué?-pregunto Harry confundido.
Hagrid miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.
Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron miradas de pánico, se echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.
-Buenas noches, Hagrid.
Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas: traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
-¡Es el jefe de mi padre! -musitó Ron-. ¡Cornelius Fudge, el ministro de Magia!
Harry dio un codazo a Ron para que se callara. Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
-¡Feo asunto, Hagrid! -dijo Fudge, telegráficamente-. Muy feo. He tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles y un…asesinato a un sangre pura. El Ministerio tiene que intervenir.
-Yo nunca... -dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore-. Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...él
-Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena confianza -dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.
-Mira, Albus -dijo Fudge, incómodo-. Hagrid tiene antecedentes. El Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha puesto en contacto...
-Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar nada -dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry no había visto nunca.
-Míralo desde mi punto de vista -dijo Fudge, cogiendo el sombrero y haciéndolo girar entre las manos-. Me están presionando. Tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no estaría cumpliendo con mi deber...
-¿Llevarme? -dijo Hagrid, temblando-. ¿Llevarme adónde?
-Sólo por poco tiempo -dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid-. No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.
-¿No será a Azkaban? -preguntó Hagrid con voz ronca.
Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta.
Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.
El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción. Fang se puso a aullar.
-¡Ah, ya está aquí, Fudge! -dijo complacido al entrar-. Bien, bien...
-¿Qué hace usted aquí? -le dijo Hagrid furioso-. ¡Salga de mi casa!
-Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en esta... ¿la ha llamado casa? -repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña con desprecio-. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director estaba aquí.
-¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius? -dijo Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.
-Es lamentable, Dumbledore -dijo perezosamente el señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino-, pero el consejo escolar ha pensado que es hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio. Y ni decir, que hubo un asesinato a una de sangre pura.
-¿Qué? ¡Vaya, Lucius! -dijo Fudge, alarmado-, Dumbledore cesado... No, no..., lo último que querría, precisamente ahora...
-El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo escolar, Fudge -dijo con suavidad el señor Malfoy-. Y como Dumbledore no ha logrado detener las agresiones...
-Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas -dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor-, ¿quién va a poder?
-Ya se verá —respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa-. Pero como los doce hemos votado...
Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.
-¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran, eh, Malfoy? -preguntó.
-Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de éstos -dijo Malfoy-. Me permito aconsejarle que no grite de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo tomen a bien.
-¡Puede quitar a Dumbledore! -chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta-. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!
-Cálmate, Hagrid -le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a Lucius Malfoy-. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré.
-Pero... -tartamudeó Fudge.
-¡No! -gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y grises de Malfoy.
-Sin embargo -dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras-, sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.
Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Ron y él estaban ocultos.
-Admirables sentimientos -dijo Malfoy, haciendo una inclinación-. Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus, y sólo espero que su sucesor consiga evitar los... asesinatos.
Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:
-Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que decir. -Fudge lo miró extrañado-. De acuerdo, ya voy -añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo en voz alta-: Y alguien tendrá que darle de comer a Fang mientras estoy fuera.
La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la capa invisible.
-En menudo embrollo estamos metidos -dijo con voz ronca-. Sin Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él, habrá un ataque cada día.
Fang se puso a aullar, arañando la puerta.
El verano estaba a punto de llegar a los campos que rodeaban el castillo. El cielo y el lago se volvieron del mismo azul claro y en los invernaderos brotaron flores como repollos. Pero sin poder ver a Hagrid desde las ventanas del castillo, cruzando el campo a grandes zancadas con Fang detrás, a Harry aquel paisaje no le gustaba; y lo mismo podía decirse del interior del castillo, donde las cosas iban de mal en peor.
Harry y Ron habían intentado visitar a Hermione, pero incluso las visitas a la enfermería estaban prohibidas.
—No podemos correr más riesgos —les dijo severamente la señora Pomfrey a través de la puerta entreabierta—. No, lo siento, hay demasiado peligro de que pueda volver el agresor para acabar con esta gente.
Ahora que Dumbledore no estaba, el miedo se había extendido más aún, y el sol que calentaba los muros del castillo parecía detenerse en las ventanas con parteluz. Apenas se veía en el colegio un rostro que no expresara tensión y preocupación, y si sonaba alguna risa en los corredores, parecía estridente y antinatural, y enseguida era reprimida.
Harry se repetía constantemente las últimas palabras de Dumbledore: «Sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.» Pero ¿con qué finalidad había dicho aquellas palabras? ¿A quién iban a pedir ayuda, cuando todo el mundo estaba tan confundido y asustado como ellos?
La indicación de Hagrid sobre las arañas era bastante más fácil de comprender. El problema era que no parecía haber quedado en el castillo ni una sola araña a la que seguir. Harry las buscaba adondequiera que iba, y Ron lo ayudaba a regañadientes. Además se añadía la dificultad de que no les dejaban ir solos a ningún lado, sino que tenían que desplazarse siempre en grupo con los alumnos de Gryffindor. La mayoría de los estudiantes parecían agradecer que los profesores los acompañaran siempre de clase en clase, pero a Harry le resultaba muy fastidioso.
Había una persona, sin embargo, que parecía disfrutar plenamente de aquella atmósfera de terror y recelo. Draco Malfoy se pavoneaba por el colegio como si acabaran de darle el Premio Anual. Harry no comprendió por qué Malfoy se sentía tan a gusto hasta que, unos quince días después de que se hubieran ido Dumbledore y Hagrid, estando sentado detrás de él en clase de Pociones, le oyó regodearse de la situación ante Crabbe y Goyle:
—Siempre pensé que mi padre sería el que echara a Dumbledore —dijo, sin preocuparse de hablar en voz baja—. Ya os dije que él opina que Dumbledore ha sido el peor director que ha tenido nunca el colegio. Quizá ahora tengamos un director decente, alguien que no quiera que se cierre la Cámara de los Secretos. McGonagall no durará mucho, sólo está de forma provisional...
Snape pasó al lado de Harry sin hacer ningún comentario sobre el asiento y el caldero solitarios de Hermione.
—Señor —dijo Malfoy en voz alta—, señor, ¿por qué no solicita usted el puesto de director?
—Venga, venga, Malfoy —dijo Snape, aunque no pudo evitar sonreír con sus finos labios—. El profesor Dumbledore sólo ha sido suspendido de sus funciones por el consejo escolar. Me atrevería a decir que volverá a estar con nosotros muy pronto.
—Ya —dijo Malfoy, con una sonrisa de complicidad—. Espero que mi padre le vote a usted, señor, si solicita el puesto. Le diré que usted es el mejor profesor del colegio, señor.
Snape paseaba sonriente por la mazmorra, afortunadamente sin ver a Seamus Finnigan, que hacía como que vomitaba sobre el caldero.
—Me sorprende que los sangre sucia no hayan hecho ya todos el equipaje —prosiguió Malfoy—. Apuesto cinco galeones a que el próximo muere como Alicia, esa Gryffindor. Qué pena que no sea Granger...
La campana sonó en aquel momento, y fue una suerte, porque al oír las últimas palabras, Ron había saltado del asiento para abalanzarse sobre Malfoy, aunque con el barullo de recoger libros y bolsas, su intento pasó inadvertido.
—Déjenme —protestó Ron cuando lo sujetaron entre Harry y Dean—. No me preocupa, no necesito mi varita mágica, lo voy a matar con las manos...
-Cálmate Weasley, el tendrá su merecido.-había dicho Tom cuando estaba cerca de Harry y Ron.
-¿Por qué me hablas serpiente rastrera?-soltó de golpe Ron enojado.
-Él no nos ha hecho nada Ron, como dice Riddle… Malfoy tendrá su merecido.-intervino Harry antes de que empiecen a pelear.
Tom estaba aburrido, odiaba tener a un guardia para todo. Odiaba toda esa maldita situación, pero tenía que fingir, siempre fingir.
Al acabar la clase, siguió Herbología, luego el profesor Snape acompañó a los alumnos al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry y Ron se rezagaron un poco para hablar sin que los oyeran.
—Tenemos que recurrir otra vez a la capa para hacernos invisibles —dijo Harry a Ron—. Podemos llevar con nosotros a Fang. Hagrid lo lleva con él al bosque, así que podría sernos de ayuda.
—De acuerdo —dijo Ron, que movía su varita mágica nerviosamente entre los dedos—. Pero... ¿no hay..., no hay hombres lobo en el bosque? —añadió, mientras ocupaban sus puestos habituales al final del aula de Lockhart.
Prefiriendo no responder a aquella pregunta, Harry dijo:
—También hay allí cosas buenas. Los centauros son buenos, y los unicornios también. Ron no había estado nunca en el bosque prohibido. Harry había penetrado en él en una ocasión, y deseaba no tener que volver a hacerlo. Lockhart entró en el aula dando un salto, y la clase se lo quedó mirando.
Todos los demás profesores del colegio parecían más serios de lo habitual, pero Lockhart estaba tan alegre como siempre.
-¡Venga ya! —Exclamó, sonriéndoles a todos—, ¿por qué ponen esas caras tan largas?
Los alumnos intercambiaron miradas de exasperación, pero no contestó nadie.
—¿Es que no comprenden —les decía Lockhart, hablándoles muy despacio, como si fueran tontos— que el peligro ya ha pasado? Se han llevado al culpable.
—¿A quién dice? —preguntó Dean Thomas en voz alta.
—Mi querido muchacho, el ministro de Magia no se habría llevado a Hagrid si no hubiera estado completamente seguro de que era el culpable —dijo Lockhart, en el tono que emplearía cualquiera para explicar que uno y uno son dos.
Tom soltó una pequeña risa discreta.
—Ya lo creo que se lo llevaría —dijo Ron, alzando la voz más que Dean.
—Me atrevería a suponer que sé más sobre el arresto de Hagrid que usted, señor Weasley —dijo Lockhart empleando un tono de satisfacción.
Ron comenzó a decir que él no era de la misma opinión, pero se paró en mitad de la frase cuando Harry le arreó una patada por debajo del pupitre.
—Nosotros no estábamos allí, ¿recuerdas? —le susurró Harry.
Pero la desagradable alegría de Lockhart, las sospechas que siempre había tenido de que Hagrid no era bueno, su confianza en que todo el asunto ya había tocado a su fin, irritaron tanto a Harry, que sintió deseos de tirarle Una vuelta con los espíritus malignos a su cara de idiota. Pero en lugar de eso, se conformó con garabatearle a Ron una nota: «Lo haremos esta noche.»
Ron leyó el mensaje, tragó saliva con esfuerzo y miró a su lado, al asiento habitualmente ocupado por Hermione. Entonces parecieron disiparse sus dudas, y asintió con la cabeza.
Aquellos días, la sala común de Gryffindor estaba siempre abarrotada, porque a partir de las seis, los de Gryffindor no tenían otro lugar adonde ir. También tenían mucho de que hablar, así que la sala no se vaciaba hasta pasada la medianoche.
Después de cenar, Harry sacó del baúl su capa para hacerse invisible y pasó la noche sentado encima de ella, esperando que la sala se despejara. Fred y George los retaron a jugar al snap explosivo y Ginny se sentó a contemplarlos, muy retraída y ocupando el asiento habitual de Hermione. Harry y Ron perdieron a propósito, intentando acabar pronto, pero incluso así, era bien pasada la medianoche cuando Fred, George y Ginny se marcharon por fin a la cama.
Harry y Ron esperaron a oír cerrarse las puertas de los dos dormitorios antes de coger la capa, echársela encima y salir por el agujero del retrato.
Este recorrido por el castillo también fue difícil, porque tenían que ir esquivando a los profesores. Al fin llegaron al vestíbulo, descorrieron el pasador de la puerta principal y se colaron por ella, intentando evitar que hiciera ruido, y salieron a los campos iluminados por la luz de la luna.
—Naturalmente —dijo Ron de pronto, mientras cruzaban a grandes zancadas el negro césped—, cuando lleguemos al bosque podría ser que no tuviéramos nada que seguir. A lo mejor las arañas no iban en aquella dirección.
Parecía que sí, pero...
Su voz se fue apagando, pero conservaba un aire de esperanza.
Llegaron a la cabaña de Hagrid, que parecía muy triste con sus ventanas tapadas. Cuando Harry abrió la puerta, Fang enloqueció de alegría al verlos. Temiendo que despertara a todo el castillo con sus potentes ladridos, se apresuraron a darle de comer caramelos de café con leche que había en una lata sobre la chimenea, de tal manera que consiguieron pegarle los dientes de arriba a los de abajo.
Harry dejó la capa sobre la mesa de Hagrid. No la necesitarían en el bosque completamente oscuro.
—Venga, Fang, vamos a dar una vuelta —le dijo Harry, dándole unas palmaditas en la pata, y Fang salió de la cabaña detrás de ellos, muy contento, fue corriendo hasta el bosque y levantó la pata al pie de un gran árbol. Harry sacó la varita, murmuró: «¡Lumos!», y en su extremo apareció una lucecita diminuta, suficiente para permitirles buscar indicios de las arañas por el camino.
—Bien pensado —dijo Ron—. Yo haría lo mismo con la mía, pero ya sabes..., seguramente estallaría o algo parecido...
Harry le puso una mano en el hombro y le señaló la hierba. Dos arañas solitarias huían de la luz de la varita para protegerse en la sombra de los árboles.
—Vale —suspiró Ron, como resignándose a lo peor—. Estoy dispuesto. Vamos.
De esta forma penetraron en el bosque, con Fang correteando a su lado, olfateando las hojas y las raíces de los árboles. A la luz de la varita mágica de
Harry, siguieron la hilera ininterrumpida de arañas que circulaban por el camino. Caminaron unos veinte minutos, sin hablar, con el oído atento a otros ruidos que no fueran los de ramas al romperse o el susurro de las hojas. Más adelante, cuando el bosque se volvió tan espeso que ya no se veían las estrellas del cielo y la única luz provenía de la varita de Harry, vieron que las arañas se salían del camino.
Harry se detuvo y miró hacia donde se dirigían las arañas, pero, fuera del pequeño círculo de luz de la varita, todo era oscuridad impenetrable. Nunca se había internado tanto en el bosque. Podía recordar vívidamente que Hagrid, una vez que había entrado con él, le advirtió que no se saliera del camino. Pero ahora Hagrid se hallaba a kilómetros de distancia, probablemente en una celda en Azkaban, y les había indicado que siguieran a las arañas.
Harry notó en la mano el contacto de algo húmedo, dio un salto hacia atrás y pisó a Ron en el pie, pero sólo había sido el hocico de Fang.
—¿Qué te parece? —preguntó Harry a Ron, de quien sólo veía los ojos, que reflejaban la luz de la varita mágica.
—Ya que hemos llegado hasta aquí... —dijo Ron.
De forma que siguieron a las arañas que se internaban en la espesura. No podían avanzar muy rápido, porque había tocones y raíces de árboles en su ruta, apenas visibles en la oscuridad. Harry notaba en la mano el cálido aliento de Fang. Tuvieron que detenerse más de una vez para que, en cuclillas, a la luz de la varita, Harry pudiera volver a encontrar el rastro de las arañas.
Caminaron durante una media hora por lo menos. Las túnicas se les enganchaban en las ramas bajas y en las zarzas. Al cabo de un rato notaron que el terreno descendía, aunque el bosque seguía igual de espeso.
De repente, Fang dejó escapar un ladrido potente, resonante, dándoles un susto tremendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron en voz alta, mirando en la oscuridad y agarrándose con fuerza al hombro de Harry.
—Algo se mueve por ahí —musitó Harry—. Escucha... Parece de gran tamaño.
Escucharon. A cierta distancia, a su derecha, aquella cosa de gran tamaño se abría camino entre los árboles quebrando las ramas a su paso.
—¡Ah no! —exclamó Ron—, ¡ah no, no, no...!
—Calla —dijo Harry, desesperado—. Te oirá.
—¿Oírme? —dijo Ron en un tono elevado y poco natural—. Yo sí lo he oído. ¡Fang!
La oscuridad parecía presionarles los ojos mientras aguardaban aterrorizados. Oyeron un extraño ruido sordo, y luego, silencio.
—¿Qué crees que está haciendo? —preguntó Harry
—Seguramente, se está preparando para saltar —contestó Ron.
Aguardaron, temblando, sin atreverse apenas a moverse.
—¿Crees que se ha ido? —susurró Harry.
—No sé...
Entonces vieron a su derecha un resplandor que brilló tanto en la oscuridad que los dos tuvieron que protegerse los ojos con las manos. Fang soltó un aullido y echó a correr, pero se enredó en unos espinos y volvió a aullar aún más fuerte.
—¡Harry! —gritó Ron, tan aliviado que la voz apenas le salía—. ¡Harry, es nuestro coche!
—¿Qué?
—¡Vamos!
Harry siguió a Ron en dirección a la luz, dando tumbos y traspiés, y al cabo de un instante salieron a un claro.
El coche del padre de Ron estaba abandonado en medio de un círculo de gruesos árboles y bajo un espeso tejido de ramas, con los faros encendidos.
Ron caminó hacia él, boquiabierto, y el coche se le acercó despacio, como si fuera un perro que saludase a su amo. Un perro de color turquesa.
—¡Ha estado aquí todo el tiempo! —dijo Ron emocionado, contemplando el coche—. Míralo: el bosque lo ha vuelto salvaje...
Los guardabarros del coche estaban arañados y embadurnados de barro. Daba la impresión de que el coche había conseguido llegar hasta allí él solo. A Fang no parecía hacerle ninguna gracia, y se mantenía pegado a Harry, temblando.
Mientras su respiración se acompasaba, guardó la varita bajo la túnica.
—¡Y creíamos que era un monstruo que nos iba a atacar! —dijo Ron, inclinándose sobre el coche y dándole unas palmadas—. ¡Me preguntaba adónde habría ido!
Harry aguzó la vista en busca de arañas en el suelo iluminado, pero todas habían huido de la luz de los faros.
—Hemos perdido el rastro —dijo—. Tendremos que buscarlo de nuevo.
Ron no habló ni se movió. Tenía los ojos clavados en un punto que se hallaba a unos tres metros del suelo, justo detrás de Harry. Estaba pálido de terror.
Harry ni siquiera tuvo tiempo de volverse. Se oyó un fuerte chasquido, y de repente sintió que algo largo y peludo lo agarraba por la cintura y lo levantaba en el aire, de cara al suelo. Mientras forcejeaba, aterrorizado, oyó más chasquidos, y vio que las piernas de Ron se despegaban del suelo, y oyó a Fang aullar y gimotear... y sintió que lo arrastraban por entre los negros árboles.
Levantando como pudo la cabeza, Harry vio que la bestia que lo sujetaba caminaba sobre seis patas inmensamente largas y peludas, y que encima de las dos delanteras que lo aferraban, tenía unas pinzas también negras. Tras él podía oír a otro animal similar, que sin duda era el que había cogido a Ron. Se encaminaban hacia el corazón del bosque. Harry pudo ver a Fang que forcejeaba intentando liberarse de un tercer monstruo, aullando con fuerza, pero Harry no habría podido gritar aunque hubiera querido: parecía como si la voz se le hubiese quedado junto al coche, en el claro.
Nunca supo cuánto tiempo pasó en las garras del animal, sólo que de repente hubo la suficiente claridad para ver que el suelo, antes cubierto de hojas, estaba infestado de arañas. Estaban en el borde de una vasta hondonada en la que los árboles habían sido talados y las estrellas brillaban iluminando el paisaje más terrorífico que se pueda imaginar. Arañas. No arañas diminutas como aquellas a las que habían seguido por el camino de hojarasca, sino arañas del tamaño de caballos, con ocho ojos y ocho patas negras, peludas y gigantescas. El ejemplar que transportaba a
Harry se abría camino, bajando por la brusca pendiente, hacia una telaraña nebulosa en forma de cúpula que había en el centro de la hondonada, mientras sus compañeras se acercaban por todas partes chasqueando sus pinzas, emocionadas a la vista de su presa.
La araña soltó a Harry, y éste cayó al suelo de cuatro patas. A su lado, con un ruido sordo, cayeron Ron y Fang. El perro ya no aullaba; se quedó encogido y en silencio en el mismo punto en que había caído. Ron parecía encontrarse tan mal como Harry había supuesto. Su boca se había alargado en una especie de grito mudo y los ojos se le salían de las órbitas.
De pronto Harry se dio cuenta de que la araña que lo había dejado caer estaba hablando. No era fácil darse cuenta de ello, porque chascaba sus pinzas a cada palabra que decía.
—¡Aragog! —llamaba—, ¡Aragog!
Y del medio de la gran tela de araña salió, muy despacio, una araña del tamaño de un elefante pequeño. El negro de su cuerpo y sus piernas estaba manchado de gris, y los ocho ojos que tenía en su cabeza horrenda y llena de pinzas eran de un blanco lechoso. Era ciega.
—¿Qué hay? —dijo, chascando muy deprisa sus pinzas.
—Hombres —dijo la araña que había llevado a Harry.
—¿Es Hagrid? —Aragog se acercó, moviendo vagamente sus múltiples ojos lechosos.
—Desconocidos —respondió la araña que había llevado a Ron.
—Matenlos —ordenó Aragog con fastidio—. Estaba durmiendo...
—Somos amigos de Hagrid —gritó Harry. Sentía como si el corazón se le hubiera escapado del pecho y estuviera retumbando en su garganta.
—Clic, clic, clic —hicieron las pinzas de todas las arañas en la hondonada. Aragog se detuvo.
—Hagrid nunca ha enviado hombres a nuestra hondonada —dijo despacio.
—Hagrid está metido en un grave problema —dijo Harry, respirando muy deprisa—. Por eso hemos venido nosotros.
—¿En un grave problema? —dijo la vieja araña, en un tono que a Harry se le antojó de preocupación—. Pero ¿por qué les ha enviado?
Harry quiso levantarse, pero decidió no hacerlo; no creía que las piernas lo pudieran sostener. Así que habló desde el suelo, lo más tranquilamente que pudo.
—En el colegio piensan que Hagrid se ha metido en... en... algo con los estudiantes. Se lo han llevado a Azkaban.
Aragog chascó sus pinzas enojado, y el resto de las arañas de la hondonada hizo lo mismo: era como si aplaudiesen, sólo que los aplausos no solían aterrorizar a Harry.
—Pero aquello fue hace años —dijo Aragog con fastidio—. Hace un montón de años. Lo recuerdo bien. Por eso lo echaron del colegio. Creyeron que yo era el monstruo que vivía en lo que ellos llaman la Cámara de los Secretos. Creyeron que Hagrid había abierto la cámara y me había liberado.
—Y tú... ¿tú no saliste de la Cámara de los Secretos? —dijo Harry, notando un sudor frío en la frente.
—¡Yo! —dijo Aragog, chascando de enfado—. Yo no nací en el castillo. Vine de una tierra lejana. Un viajero me regaló a Hagrid cuando yo estaba en el huevo. Hagrid sólo era un niño, pero me cuidó, me escondió en un armario del castillo, me alimentó con sobras de la mesa. Hagrid es un gran amigo mío, y un gran hombre. Cuando me descubrieron y me culparon de la muerte de una muchacha, él me protegió. Desde entonces, he vivido siempre en el bosque, donde Hagrid aún viene a verme. Hasta me encontró una esposa, Mosag, y ya ven cómo ha crecido mi familia, gracias a la bondad de Hagrid...
Harry reunió todo el valor que le quedaba.
—¿Así que tú nunca... nunca atacaste a nadie?
—Nunca —dijo la vieja araña con voz ronca—. Mi instinto me habría empujado a ello, pero, por consideración a Hagrid, nunca hice daño a un ser humano. El cuerpo de la muchacha asesinada fue descubierto en los aseos. Yo nunca vi nada del castillo salvo el armario en que crecí. A nuestra especie le gusta la oscuridad y el silencio.
—Pero entonces... ¿sabes qué es lo que mató a la chica? —preguntó Harry—. Porque, sea lo que sea, ha vuelto a atacar a la gente...
Los chasquidos y el ruido de muchas patas que se movían de enojo ahogaron sus palabras. Al mismo tiempo, grandes figuras negras parecían crecer a su alrededor.
—Lo que habita en el castillo —dijo Aragog— es una antigua criatura a la que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa. Recuerdo bien que le rogué a Hagrid que me dejara marchar cuando me di cuenta de que la bestia rondaba por el castillo.
—¿Qué es? —dijo Harry enseguida.
Las pinzas chascaron más fuerte. Parecía que las arañas se acercaban.
—¡No hablamos de eso! —dijo con furia Aragog—. ¡No lo nombramos! Ni siquiera a Hagrid le dije nunca el nombre de esa horrible criatura, aunque me preguntó varias veces.
Harry no quiso insistir, y menos con las arañas que se acercaban cada vez más por todos lados. Aragog parecía cansada de hablar. Iba retrocediendo despacio hacia su tela, pero las demás arañas seguían acercándose, poco a poco, a Harry y Ron.
—En ese caso, ya nos vamos —dijo Harry desesperadamente a Aragog, al oír los crujidos muy cerca.
—¿Irse? —dijo Aragog despacio—. Creo que no...
—Pero, pero...
-¡Aragog!-se acercó uno de sus tantos hijos.-Encontramos uno más.
Harry y Ron miraron asustados y sorprendidos por quien estaba ahí. Frente a sus ojos estaba Tom Riddle.
-¿Y tú quién eres?-pregunto cansado Aragog.
-Soy…soy T...-paro en seco.-soy igual amigo de Hagrid señor Aragog-hizo una reverencia.
-¡Que modales!-dijo Aragog.-Mátenlos.
Los tres se asustaron, Riddle hablo:
-Oh Señor Aragog, no creo provechoso que nos coman sus hijos e hijas…
-Mis hijos e hijas no hacen daño a Hagrid, ésa es mi orden. Pero no puedo negarles un poco de carne fresca cuando se nos pone delante voluntariamente. Adiós, amigo de Hagrid.
Tom con una gran valentía, se acero lentamente a Aragog. Se aseguró que Harry y Ron no podía escucharle.
-Sé que puedes entenderme, después de toda esa es la voz de la criatura a la que le tienes miedo. Puede venir por ti si nos matas.
Aragog retrocedió un poco. Observo detenidamente al chico, cabello castaño, medio alto, ojos cafés. Algo sentía que le hacía recordar a alguien.
-Teme haces conocido. ¿Cómo te llamas?-le había hecho esa pregunta.
Tom retrocedió. Miro a Harry preocupado, Harry miró a todos lados. A muy poca distancia, mucho más alto que él, había un frente de arañas, como un muro macizo, chascando sus pinzas y con sus múltiples ojos brillando en las horribles cabezas negras.
Al coger su varita, Harry sabía que no le iba a servir, que había demasiadas arañas, pero estaba decidido a hacerles frente, dispuesto a morir luchando. Pero en aquel instante se oyó un ruido fuerte, y un destello de luz iluminó la hondonada.
El coche del padre de Ron rugía bajando la hondonada, con los faros encendidos, tocando la bocina, apartando a las arañas al chocar con ellas. Algunas caían del revés y se quedaban agitando sus largas patas en el aire. El coche se detuvo con un chirrido delante de Harry, Ron y Tom y abrió las puertas.
-¡Agarra a Fang! —gritó Harry, metiéndose por la puerta delantera.
Ron cogió al perro, que no paraba de aullar, por la barriga y lo metió en los asientos de atrás. Tom entro rápidamente a la puerta de atrás con Fang. Las puertas se cerraron de un portazo. Ni Ron puso el pie en el acelerador ni falta que hizo. El motor dio un rugido, y el coche salió atropellando arañas. Subieron la cuesta a toda velocidad, salieron de la hondonada y enseguida se internaron en el bosque chocando contra todo lo que se les ponía por delante, con las ramas golpeando las ventanillas, mientras el coche se abría camino hábilmente a través de los espacios más amplios, siguiendo un camino que obviamente conocía.
Harry miró a Ron. En la boca aún conservaba la mueca del grito mudo, pero sus ojos ya no estaban desorbitados.
-¿Estás bien?
Ron miraba fijamente hacia delante, incapaz de hablar. Así que Harry miro a Tom confundido.
-¿Qué hacías ahí?-le pregunto.
-Quería saber por qué seguían a las arañas.-eso era en parte verdad.
Se abrieron camino a través de la maleza, con Fang aullando sonoramente en el asiento de atrás. Harry vio cómo al rozar un árbol arrancaba de cuajo el retrovisor exterior.
Después de diez minutos de ruido y tambaleo, el bosque se aclaró y Harry vio de nuevo algunos trozos de cielo. El coche frenó tan bruscamente que casi salen por el parabrisas. Habían llegado al final del bosque. Fang se abalanzó contra la ventanilla en su impaciencia por salir, y cuando Harry le abrió la puerta, corrió por entre los árboles, con la cola entre las piernas, hasta la cabaña de Hagrid. Harry también salió y, al cabo de un rato, Ron lo siguió, recuperado ya el movimiento en sus miembros, pero aún con el cuello rígido y los ojos fijos. De ultimo salio Tom quien miraba por todas partes, se arregló su túnica y estaba dispuesto a marcharse cuando Harry le agarro de la túnica.
-No nos delates Riddle, igual tu caerás.-le lanzó una advertencia.
Riddle asintió y los dejo, obviamente no lo haría.
Harry entró en la cabaña de Hagrid a recoger la capa invisible. Fang se había acurrucado en su cesta, temblando debajo de la manta. Cuando Harry volvió a salir, vio a Ron vomitando en el bancal de las calabazas.
—Sigan a las arañas —dijo Ron sin fuerzas, limpiándose la boca con la manga—. Nunca perdonaré a Hagrid. Estamos vivos de milagro.
—Apuesto a que no pensaba que Aragog pudiera hacer daño a sus amigos —dijo Harry.
—¡Ése es exactamente el problema de Hagrid! —dijo Ron, aporreando la pared de la cabaña—. ¡Siempre se cree que los monstruos no son tan malos como parecen, y mira adónde lo ha llevado esa creencia: a una celda en Azkaban!
—No podía dejar de temblar—. ¿Qué pretendía enviándonos allá? Me gustaría saber qué es lo que hemos averiguado.
—Que Hagrid no abrió nunca la Cámara de los Secretos —contestó Harry, echando la capa sobre Ron y empujándole por el brazo para hacerle andar—. Es inocente.
Ron dio un fuerte resoplido. Evidentemente, criar a Aragog en un armario no era su idea de la inocencia.
-Pero estaba Tom ahí, ese entrometido.-dijo Ron.
-Ya, le advertí que no le dijera a nadie.
Al aproximarse al castillo, Harry enderezó la capa para asegurarse de que no se les veían los pies, luego empujó despacio la puerta principal, para que no chirriara, sólo hasta dejarla entreabierta. Cruzaron con cuidado el vestíbulo y subieron la escalera de mármol, conteniendo la respiración al encontrarse con los centinelas que vigilaban los corredores. Por fin llegaron a la sala común de Gryffindor, donde el fuego se había convertido en cenizas y unas pocas brasas.
Al hallarse en lugar seguro, se desprendieron de la capa y ascendieron por la escalera circular hasta el dormitorio.
Ron cayó en la cama sin preocuparse de desvestirse. Harry, por el contrario, no tenía mucho sueño. Se sentó en el borde de la cama, pensando en todo lo que había dicho Aragog.
La criatura que merodeaba por algún lugar del castillo, pensó, se parecía a Voldemort, incluso en el hecho de que otros monstruos no quisieran mencionar su nombre. Pero Ron y él no se encontraban más cerca de averiguar qué era aquello ni cómo había petrificado a sus víctimas. Ni siquiera Hagrid había sabido nunca qué se escondía en la cámara de los Secretos.
Harry subió las piernas a la cama y se reclinó contra las almohadas, contemplando la luna que destellaba para él a través de la ventana de la torre. No comprendía qué otra cosa podía hacer. Nada de lo que habían intentado hasta el momento les había llevado a ninguna parte. Ryddle había atrapado al que no era, el heredero de Slytherin había escapado y nadie sabía si sería o no la misma persona que había vuelto a abrir la cámara. No quedaba nadie a quien preguntar. Harry se tumbó, sin dejar de pensar en lo que había dicho Aragog.
Estaba adormeciéndose cuando se le ocurrió algo que podía ser su última esperanza, y se incorporó de repente.
—Ron —susurró en la oscuridad—, ¡Ron!
Ron despertó con un aullido como los de Fang, abrió unos ojos desorbitados y miró a Harry. —Ron: la chica que murió. Aragog dijo que fue hallada en unos aseos — dijo Harry, sin hacer caso de los ronquidos de Neville que venían del rincón—. ¿Y si no hubiera abandonado nunca los aseos? ¿Y si todavía estuviera allí?
Bajo la luz de la luna, Ron se frotó los ojos y arrugó la frente. Y entonces comprendió.
-¿No pensarás... en Myrtle la Llorona?
Después de haberse aventurado siguiendo a Potter y Weasley al bosque prohibido no había vuelto a su dormitorio, iría a hablar con Myrtle. Había admitido que creyó que no sobreviviría a las arañas, no estaba lejos y no pudo escaparse cuando una de las arañas la atrapo y lo llevo a Aragog. Pero en parte agradeció ese hecho porque si no, iba a hacer su estúpida tumba ahí. Lo que averiguo de eso, es que en definitiva Hogwarts tenía criaturas asombrosas.
Al principio no quería que descubrieran el basilisco pero ahora, él quería que la descubrieran. No quería que cerraran el colegio, ya vería otra forma de explotar su poder. Hermione ya lo debió haber averiguado, la criatura que estaba ahí, pero fue petrificada. Ahora les tocaba a sus amigos de ella, el famoso san Potter y Weasley. Pero por supuesto, hoy tenía que ver donde estaba la cámara de los secretos. Y quien mejor que el diario, hoy sería su última amenaza.
Llegó al aseo de las chicas, entro cautelosamente. Él no tenía miedo, eso no, él también se creía capaz de controlar al monstruo.
Myrtle estaba asomada a la ventana cantando un canto lastimero. Riddle se aclaró la garganta lo que hizo llamar la atención de Myrtle quien volteo a ver dónde provenía ese ruido. Myrtle soltó un grito.
-¿Qué haces aquí?-pregunto llorando.
-No te he hecho nada, llorona.-le reclamo Tom.-Myrtle, ¿tu moriste aquí? ¿En este aseo?
-Obvio, tú debes saberlo muy bien.
-¿Hace cincuenta años, no?
-Por supuesto.-soltó una pequeña risita.
Entonces era fácil de deducir quien era esa chica. No faltaba mucho que Potter y Weasley si tenían cerebro en averiguar que era Myrtle. Tenía que planear todo para salir ileso y sin ser descubierto, ni implicado en algo.
-Myrtle, ¿tú no sabes dónde está la cámara de los secretos?
-Claro que lo sé.
-¿en serio?
-Sí, está ahí.-señalo el lavabo.
Pero que buena oportunidad le habían presentado. Se dirigió a los lavabos a inspeccionarlo. Se la pasó por lo menos unos 30 minutos antes de por fin divisar que en uno de los lavabos había una marca de una serpiente. Intento de muchas maneras de intentar a abrirla hasta que Myrtle le dijo:
-Háblale…-observa curiosa lo que hacía Tom.
Tom enarco la ceja.
-Así hace la pelirroja que viene.-dijo y lanzo un gritito y salió volando por ahí.
Se levantó y observo atentamente así que probó:
-Ábrete.-dijo. Pero nada sucedió.
Empezó a golpear su cerebro hasta que capto.
-Ábrete.-había dicho en Parsel, sorprendente mente ahora sí que se abría. Los lavabos empezaron a dispersarse y se iban metiendo en una especie de cárcel profunda, se divisaba un gran agujero. Demasiado oscuro, del tamaño de una torre. Soltó un grito para ver su resonancia. Sí, demasiado profunda.
Ahí estaba la cámara de los secretos. Conto hasta tres:
Uno… Dos… ¡Tres!
Se lanzó al vacío, a lo profundo del agujero directo a la cámara de los secretos donde se encontraba la guarida del basilisco.
Hola a todos!
Ya esta por terminar el segundo año y con ello el secreto de la cámara :)
Espero que les guste, y recuerden, estoy abierta a opiniones n.n
Como siempre agradezco a mis lectores frecuente :DDD
Lity, susan-black7, seremoon y mi nueva seguidora MariiBravo
Gracias por darme sus hermosos reviews 3 las quiero!
¡Que esto va para mas! Pues al final de cuentas no se han fijado Herms y Tom /3 Pero no falta mucho para que empiece :D
Pues a Tom solo le importa tener poder xD Si quieren un pequeño spoiler, así de los raros, escuchence Honest de The Neighbourhood, esa canción me inspira para un posible "final" para Tomione.
A los que me dejen review les regalo una paletita y a un Tom mayor 3
Nos vemos en otro capitulo n.n Para las fans de Dramione estoy haciendo otra historia en donde ellos son los protagonistas, es de comedia en donde esta el sexy Nott con Zabini y sus travesuras xD
Bueno ya ya, hasta pronto :D
