Inku Majo: Gracias por el review :) es bueno saber que alguien lee y que se fija en lo que es la escritura del fic. Dejo tercer capítulo.
Capítulo tres: Recuerdos amados por el alma.
Actualmente con dieciséis años Kasumi ha logrado mantenerse en el Shibusen y sincronizar con alguien, una joven de su edad de cabello blanco y fríos ojos grisáceos, ¿su nombre? Akari Inoue. Su actitud es similar a la de la joven guadaña, por lo general distante pero más calmada, con gran afición por los libros mas no por el estudio.
Aunque suene como la compañera que sería fija para el Demonio de Rubí, no fue así, la cacería de huevos de kishin no continuó desde que, la última vez, no lograron sincronizar. Fue la tercera vez y la muchacha de ojos carmesí supo que debía irse, pues las cosas en su mente volvían a parecer sin retorno.
—Akari, debo irme —dijo Kasumi al tiempo que se levantaba del suelo pues Akari la había dejado caer al momento en que comenzó a quemar sus manos.
—¿Irte? —la joven de ojos grises alzó considerablemente la voz mientras frotaba sus manos debido al dolor de las quemaduras— ¿Por qué?
—Realmente dudo que quieras morir.
—¿Morir? —la mueca en su rostro se torció hasta parecer casi burlona—. Cállate y vamos a casa.
Caminaron en silencio, al llegar Akari se ahogó en comida pero Kasumi no pudo probar bocado. Su cabeza daba vueltas de un recuerdo al otro. La noche avanzó y la joven técnico decidió ir a dormir, momento que fue aprovechado por el Demonio de Rubí para salir de la casa sin ser atacada con preguntas, caminó sin rumbo fijo y de forma inconsciente llegó al árbol de cerezo, aquel que había visto su llegada a esa extraña ciudad que ahora era su hogar. En su forma de caminar se notaba el cansancio, miró que las ramas eran mecidas suavemente por el viento, se sentó y dejó salir un suspiro; una pequeña figura se deslizaba entre las sombras, su mirada rojiza era conocida para la muchacha.
—Sal, no pierdas el tiempo —habló con voz cansada. De las sombras salió un gato que parecía ser más grande que la figura que se movía en la oscuridad, había absorbido parte de las penumbras para aumentar su tamaño. Un maullido salió de su hocico y se acercó a Kasumi, se sentó frente a ella y le miró con su roja mirada, casi idéntica a la de la joven guadaña —¿Qué planeas hacer? Me largo de este sitio, gato torpe—la muchacha estiró su brazo y acarició el oscuro pelaje del felino.
—¿Qué se supone que haga que no sea seguirte? —soltó el animal junto con un bufido, su voz era la de un muchacho que no sería más que unos años mayor que Kasumi; el felino trepó ágilmente el cerezo y se materializó, efectivamente, en un muchacho de cabello castaño oscuro algo largo y ondulado, mas sus ojos pasaron a ser de un marrón algo claro y soltó una risa —De todas formas, no todos los días se puede salir de Death City con el famoso Demonio de Rubí, ¿no?
—Serás imbécil.
—Bueno, si piensas irte, ahora es un buen momento —señaló el horizonte, el sol comenzaba a salir, adormilado de su sueño. El tiempo había pasado rápido, aunque igual había salido casi a las tres de la madrugada. La muchacha se levantó y sacudió un poco el posible polvo o césped que tendría en sus pantalones y empezó a caminar. El extraño chico saltó del árbol y la siguió a paso lento, sin decir una palabra más.
Al salir de Death City Kasumi recordó lo que había olvidado, la razón por la que había ido al cerezo de forma inconsciente, había olvidado decirle a Kid… aunque no sería lo mejor que podría decirle. La relación del fragmento de Shinigami con el Demonio de Rubí había sido buena, eran buenos amigos, más que buenos amigos pero Kasumi sabía que si le decía que debía partir, no podría salir nunca.
Sin saber qué hacer realmente, ella se sentó cerca de una roca mirando la extraña ciudad que la había visto crecer y formarse con un arma, la ciudad que había visto nacer a los Saitō…
Las lágrimas habían empezado a resbalar por sus mejillas y su curioso acompañante había vuelto a ser un simple felino y había sido tragado por las últimas sombras presentes bajo unas grandes rocas.
—¿Qué demonios haces aquí? —se escuchó una voz a las espaldas de Kasumi, ella se volteó con una expresión de incredulidad en el rostro, conocía esa voz, la conocía bien. La joven se levantó de golpe, tropezó varias veces antes de conseguir mantenerse en pie.
—P-pero… no deberías estar aquí, Kid, tengo que irme
—¿Y tú crees que te puedes ir sola así como así? —la incredulidad también se dibujó en el rostro del joven Shinigami para luego continuar —. Mi padre ha dicho que no debemos dejarte salir de Death City.
—Kid, no iré a matar gente, dile eso a Shinigami-sama —de repente la actitud de Kasumi recuperó un estado defensivo y dio unos pasos al frente.
—Nadie ha dicho eso.
—¡¿Y por qué otra razón no me permitirían tú o tu padre salir de aquí?! —la voz de la joven alcanzó un tono inaceptable y la ira se dibujó en su mirada —. Si por eso fuiste a traerme, porque acabaría por continuar comiendo las almas de las personas y volverme un kishin ¡No me voy a quedar y ver como Akari se muere de la nada ni esperaré por otro técnico!
—Kasumi, basta —Kid alargó el brazo para sostenerla, mas ella no lo permitió pues segundos antes de que lo lograra, el brazo de la joven se transformó en la hoja de una guadaña la mayoría era de color negro mas desde la punta hasta casi la mitad tenía gravada, en lo que parecía ser cobre, la máscara del Shinigami; amenazó al fragmento y este la miró aún más incrédulo que antes—. No lo harías...
—Eso dices tú y, a pesar de lo que sienta por ti o el cariño que te tenga, debo partir aunque no pienses permitirlo —susurró Kasumi, su voz era vacía y el joven sabía lo que hacía, trataba de retaer sus sentimientos y con ello su humanidad, haría lo que fuese y así lo hizo. El Demonio de Rubí en un movimiento rápido clavó el filo de su guadaña en la tierra—. Tinieblas —bajo la mirada del hijo del dios de La Muerte, del filo de la guadaña se desprendió una oscura onda, una proyección del alma de su protegida. El muchacho fue a dar al suelo seguramente con su vista completamente borrosa aunque pronto su visión fue tomada por un espejismo que le mostró el día en que fue en busca de Kasumi y la llevó al Shibusen, el cerezo que años más tarde vio florecer su torpe amor adolescente pero que de una forma u otra no dejaba de ser un cariño protector hacia la niña que había salvado de sí misma, en la entrada al Infierno... o que creía haber salvado. Quizás, sólo quizás toda su historia estaba cubierta por tinieblas pero no dejaba de poseer recuerdos llenos de luz que las alojaban.
El efecto de la proyección del alma de Kasumi era nefasto, psicológico, brutal; y ella aprovechó el shock que provocó en Kid, tanto por el espejismo que había formado como por la decepción de que la que aún creía una niña había atentado contra él de forma directa, y huyó, huyó tragada por el propio efectos de sus tinieblas y nadie supo qué rumbo seguiría con seguridad.
Fin del capítulo tres.
