Capítulo 1: Un cumpleaños infeliz
Julio de 2268
«Guerra. La guerra no cambia nunca.
Después de décadas de privatización globalizada, y de fuerte competencia internacional, la llamada «Guerra de recursos» comenzó en el año 2052. Los mayores conflictos se libraron entre las grandes potencias, por el control de los escasos suministros mundiales de petróleo. Las Naciones Unidas y la Comunidad Europea colapsaron. China invadió Alaska, y los Estados Unidos de Norteamérica anexaron a Canadá.
Para proteger a los ciudadanos, nuestro gran gobierno…»
—Aburrido — dijo Butch en tono cantarín, apoyando la barbilla en el pupitre. Alice puso los ojos en blanco. Detestaba cuando Butch y ella estaban de acuerdo en algo; afortunadamente, eso no sucedía muy a menudo.
Nunca le habían gustado las clases de historia. Tener que memorizar fechas y nombres de personas que habían muerto muchos años atrás, le parecía algo verdaderamente inútil. Su padre le aseguraba que era una materia importante, tan importante como las matemáticas, pero eso no le sonaba my convincente.
—¡Butch! —chilló Amata, sacándose del cabello una pequeña bola de papel con saliva.
Butch soltó una descarada y sonora carcajada pero el profesor Brotch, seguramente también aburrido hasta la muerte de la proyección de Vault-Tec, ni siquiera lo notó. Amata resopló, se cruzó de brazos, y luego volvió a enfocar su mirada en las diapositivas.
Alice se encogió en su pupitre, esforzándose por mantener los ojos abiertos, y fue entonces cuando sintió la bolita de papel ensalivado golpearle la nuca. Giró el rostro hacia Butch y lo fulminó con la mirada; en respuesta, él le sonrió con petulancia, mostrándole todos los dientes.
Dios, como lo odiaba.
Alice sabía que era mejor sentarse atrás, cerca de la entrada del salón—lejos, muy lejos de él y sus amigos—pero Amata prefería sentarse al frente, y ella no quería dejarla sola.
No era la primera vez que el tonto de DeLoria las molestaba; durante los últimos tres años, había tomado un especial interés en hacerles la vida imposible: les pegaba goma de mascar en el cabello, les ponía apodos, las esperaba en los pasillos después de clases, y aprovechaba cada oportunidad que tenía para intentar comenzar una pelea con ellas. Lo peor de todo era que Butch no estaba solo; Wally Mack e incluso el callado Paul Hannon también habían comenzado a molestarlas.
Con las clases del día finalizadas, todos los niños se disponían a dejar el salón tan pronto como les era posible. Alice esperaba, pacientemente, a que Amata terminara de recoger sus útiles escolares.
Amata era la hija de «El Supervisor», el hombre al mando del refugio, aquél cuya palabra era ley absoluta—y otro montón de tonterías que Alice estaba cansada de repetir—por lo que Alice conocía a la niña desde que ambas usaban pañales, siendo su padre quien las había presentado y alentado a que se hicieran amigas.
—¡Oye! ¿Qué te parece si estudiamos juntas? —preguntó Amata, terminando de colocar sus libros en su mochila de Vault-Tec.
—Está bien—respondió Alice con desánimo, encogiéndose de hombros. No podía dejar de pensar en Butch. Tenía que haber alguna forma de vengarse de Butch, alguna forma de borrarle esa estúpida sonrisa del rostro de una vez por todas.
—Bueno, si no quieres no.
—¿Eh? Ah, lo siento, estaba distraída… —se apresuró a decir Alice. —Sí, vamos a estudiar. ¿A tu casa o a la mía?
—Mejor a la tuya —respondió Amata, mientras se sujetaba del brazo de su amiga. —Mi padre está hoy en casa.
Llamarles «casa» a los pequeños apartamentos del refugio era una exageración, especialmente cuando se comparaban con aquellos inmensos hogares que existían antes de «La gran guerra». La guerra había arrasado con el mundo entero, y el único lugar habitable en lo que solían ser los Estados Unidos de Norteamérica—quizá en todo el mundo—era el Refugio 101.
Esos eran los hechos, al menos de acuerdo al Supervisor, y todos los habitantes del refugio los aceptaban como la única y gran verdad.
Las niñas no habían dado más que dos pasos fuera del salón, cuando escucharon una voz burlona llamándoles:
—¡Oye, mira! Ahí van la sebosa y la ladilla —exclamó Butch. Estaba parado junto al bebedero afuera del salón de clases.
—Pero, ¿cuál es cuál? Digo, las dos son unas bolas de sebo —replicó Wally con una sonrisa burlona en el rostro.
Sus carcajadas llenaron los pasillos. Alice sintió la mano de su amiga apretar su brazo con más fuerza de la necesaria.
—Es mejor no hacerles caso. Vámonos —dijo Alice, intentando mantener una expresión neutral en su rostro.
Su padre le había dicho que era mejor ignorar a los abusones, demostrarles que no te afectaban y, que tarde o temprano, estos se cansarían; así que había estado practicando como ignorarles, como demostrarles que ellos no eran nada para ella.
El plan no parecía estar funcionado en lo absoluto pero, si su padre le había dicho eso, entonces tenía que ser verdad.
—¡Déjennos en paz! —gritó Amata, girándose para plantarle cara a Butch. Sus mejillas estaban rojas
—¿O qué? ¿Vas a acusarnos con tu papi, sebosa?
—¡Ya cállate, Butch! —gritó Amata, con lagrimas asomándose por sus ojos.
Alice se interpuso entre Butch y Amata; a sus diez años, era mucho más alta que él, y también mucho más pesada. Aun no había perdido su «grasa infantil».
—Déjanos en paz, Butch.
—No me asustas, fenómeno. ¿Qué vas a hacer? ¿Aplastarme con tu enorme trasero?
Wally soltó otra carcajada. Se acercó a Butch y comenzó a gruñir como un puerco. Alice apretó la mandíbula, aguantando las ganas de echarse a llorar.
—¡Eh! ¿Qué están haciendo, niños?
Los cuatro niños buscaron con la mirada de dónde provenía aquella voz.
—Es el Agente Gómez. Vámonos antes de que venga para acá —musitó Wally, sujetando a Butch por la manga de su mono.
—¡Bah! No le tengo miedo.
—¡Pues yo tampoco! ¡Pero no quiero que mi papá me regañe! —exclamó Wally con voz chillona.
—Está bien, como quieras —farfulló Butch, poniendo los ojos en blanco—, pero no hemos terminado aquí, ladilla.
Alice los observó marcharse por el pasillo. Quería vengarse de Butch y Wally, quería hacerlos llorar, que suplicaran por su mami, pero no tenía idea de cómo lograrlo. No todavía.
—Lo odio — dijo Alice, mientras terminaba de sacarle punta a uno de sus lápices.
Como cada tarde, después de finalizadas las clases, Alice y Amata se encontraban en el apartamento del Doctor Whitaker, plácidamente acomodadas alrededor de la pequeña mesa de café que adornada la estrecha sala.
—Lo sé. —Amata sonrió—. Es un tonto.
—Sí, es un tarado, un inútil bueno para nada.
Alice no pudo evitar, inconscientemente, llevarse una mano a su corto cabello castaño claro. Solía llevarlo largo y sujeto en una trenza; sin embargo, dos meses atrás, Butch le había lanzado una gigantesca bola de goma de mascar, asegurándose de que se pegara en su cuero cabelludo. Alice hizo un berrinche, devastada por la pérdida de su cabellera; para una niña de diez años, un suceso como ese era simplemente una tragedia.
—Bueno yo… casi siento pena por él. Su padre murió hace un par de años, ¿recuerdas? —dijo Amata, revolviéndose nerviosamente en su asiento—. Es algo muy triste.
Alice frunció el ceño. Su madre estaba muerta, al igual que la de su amiga; si bien Amata tuvo la oportunidad de convivir con su madre, era muy pequeña como para recodarlo. Que Butch no tuviera un padre no excusaba su comportamiento; incluso el padre de Alice estaba de acuerdo con esto.
No podía sentir lástima por él, mucho menos simpatía.
Los recuerdos del día del funeral de Phillip DeLoria eran algo para Alice: fue uno de esos raros días en los que, el Supervisor, permitía el uso de atuendos distintos al acostumbrado mono azul del refugio. Entre gritos y protestas, su padre logró que se pusiera un vestido negro que le llegaba debajo de las rodillas. Alice había odiado ese vestido; era cómodo, mucho más cómodo que los monos azules del refugio pero, cuando lo usaba, no se sentía como ella misma.
La niña permaneció la mayor parte de funeral sentada en una pequeña silla de madera, lo más alejada del ataúd que le fue posible; su padre dio sus condolencias, y pasó los siguientes minutos intercambiando cortesías con Ellen DeLoria. Alice no alcanzaba a escuchar su conversación y, francamente, no le interesaba; la muerte no era un concepto que figurara en su vida diaria, aun cuando su padre fuera el médico de cabecera del refugio.
Pensó en su madre, y en aquellas desdibujadas fotografías que su padre guardaba bajo llave y que, en contadas ocasiones, le permitía mirar. Fue en ese momento cuando lo vio: de pie, en la esquina más alejada de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, y con la cabeza baja, se encontraba Butch DeLoria.
Alice sintió una punzada de compasión.
Se acercó hasta él y, con voz dulzona, le dijo:
—H-hola Butch, ¿cómo estás? —La niña colocó sus brazos detrás de la espalda y fijó su mirada en el suelo—. S-siento mucho lo de tu papá. ¿Sabes? Mi papi dice que ahora está con Dios. —Levantó la vista y le dedicó la sonrisa más grande que pudo encontrar—. No estés triste.
—Vete de aquí, ladilla —respondió el niño, con nula amabilidad.
Alice no estaba dispuesta a dejarse amedrentar. Después de todo, el pobre niño acababa de perder a su padre, por lo que tenía una buena razón para actuar de forma tan descortés.
—Butch, ¿quieres venir a mi fiesta de cumpleaños? Será el próxi-
Antes de que pudiera terminar su frase, sintió como dos manos la sujetaban por lo hombros y la empujaban. Alice cayó al piso de un sentón; su hermoso vestido negro se rasgó por la bastilla.
—Te dije que te fueras, sebosa. ¡Déjame en paz!
—Y-yo solo… es que yo…
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero la niña se esforzó por contener el llanto.
—Ay, ahora la bebita va a llorar por su mami. Ah, cierto, no tienes mami, porque ni siquiera ella te quiso. ¡Por eso te dejó!
Sin poder soportarlo más, la pequeña niña estalló en un estridente llanto. Butch se cubrió los oídos con sus manos, y se alejó corriendo de aquella patética escena. Moviéndose con la rapidez de un padre consternado, el Dr. Whitaker se acercó a su hija, quien seguía desparramada en el suelo.
—¿Cariño, qué pasó? —le preguntó en un tono suave, ayudándola a ponerse de pie.
—Lo odio. ¡Lo odio! —dijo entre sollozos.
Alice se prometió a si misma que, a partir de ese momento, nunca más dejaría que alguien la viera llorar.
—¡No puedo creer que todavía tengas eso!
Alice parpadeó rápidamente. Los gritos horrorizados de su amiga la habían sacado de sus ensoñaciones.
—¿Qué cosa? —La niña giró la cabeza, y contempló aquello que Amata señalaba con su dedo índice. —Ah, eso. Bueno, yo creo que es muy interesante. ¿Sabías que las mutarachas antes eran llamadas «cucarachas» y que, generalmente, solo alcanzaban el tamaño de un pulgar? ¡Imagínate! ¿Qué clase de mutaciones habrán tenido que sufrir para terminar así?
Amata se mordió el labio inferior. Era obvio que ella no compartía el interés que sentía su amiga por aquella mutaracha conservada en formaldehído.
—Por eso luego dicen que eres rara —murmuró Amata, y Alice pretendió no escucharla.
Continuaron con sus deberes en silencio, hasta que Amata preguntó:
—Entonces, ¿qué quieres para tu cumpleaños?
—Oh, no sé. ¿Qué tal una cita con Freddie Gómez?
El rostro de Amata se deformó por completo con una mueca de disgusto. Alice, por su parte, se le quedó mirando fijamente, sin decir palabra alguna.
—¿Freddie «El raro» Gómez? ¿Enserio? ¡Te va a pegar los piojos!
—Amata… era una broma —mintió Alice. Las citas le parecían algo ridículo, pero Freddie le agradaba.
—Oh, qué bueno, porque si no lo era, tendríamos que terminar nuestra amistad.
Alice no lograba comprenderlo. No tenía sentido alguno.
Se suponía que su padre era un hombre listo, y sin embargo había decido invitar a su peor enemigo a su fiesta de cumpleaños.
Lo único que Alice sabía con certeza, era que odiaba, por sobre todas las cosas, a Butch DeLoria. Por supuesto que odiaba a Wally Mack también, pero Butch eran quien solía buscarla solo para molestarla.
Solo porque su madre gastaba los cupones de alimento en vodka o cerveza, y en ocasiones le gritaba (Alice podía escucharlos desde su habitación), no significaba que iba a hacerse su amiga. ¿Es que su padre no lo entendía?
Todo había comenzado esa mañana, cuando se dio cuenta de que ni su padre, ni Amata, ni Jonas parecían recordar que era su cumpleaños. Se quedó en casa la mayor parte del día, sintiéndose demasiado decepcionada como para levantarse. Llegada la tarde, Amata irrumpió su habitación, con una gran sonrisa en su rostro y vistiendo un ridículo gorro de fiesta.
Se sintió tan avergonzada de no haberse dado cuenta antes. Era algo tan obvio.
El Pip-boy fue el mejor regalo del día —se trataba de un modelo 3000A, pero continuaba siendo una asombrosa pieza tecnológica, con la que Alice estaba segura que podría experimentar—, no obstante, el cómic de Grognak que le había regalado Amata, y la gorra de béisbol procedente de Stanley, el mecánico, también fueron una grata sorpresa. Ciertamente, la fiesta estaba siendo todo un éxito, a pesar de aquél incidente con el pastel de cumpleaños.
Su padre la observaba. ¿Es que no iba a ayudarla?
Alice no quería pelear de nuevo, al menos no frente a su padre.
—¿Quieres la mitad? —preguntó. Le pareció justo, aunque no tenía muchos deseos de compartir con Butch.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
—Quizá tienes tanta hambre porque tu mamá se bebe todos los cupones en lugar de darte de comer.
Todo ocurrió tan rápido. Su chistecito le ganó un puñetazo directo a la nariz, cortesía de Butch. Antes de que ella pudiera reaccionar, el niño se encontraba encima de ella, usando todo su peso para mantenerla en el suelo. Alice estiró los brazos e intentó quitárselo de encima, pero la furia de Butch parecía haberle dado fuerza sobrehumana
—¡No digas cosas de mi mamá! ¡Imbécil cara-culo!
Cuando Alice pensó que todo estaba perdido, fue el Agente Gómez quien vino a su rescate. Tomó a Butch por el cuello de su mono y, con extrema facilidad, lo obligó a que retirara las manos del cuello de la niña.
—¿Qué haces? ¿Cómo se te ocurre golpear a una niña?
—¡Esa cara-culo no es una niña! ¡Es una rara! ¿No oyó lo que dijo de mi mamá?
—Silencio, Butch. No esperes que crea una sola palabra de lo que dices. Compórtate o llamo a tu madre.
Las amenazas del Agente Gómez parecieron calmar a Butch; derrotado, regresó a su asiento junto a Wally y Paul, aunque murmurando entre dientes.
—¿Estás bien, linda? ¿No te lastimó, verdad?
Alice se cubrió la nariz con ambas y vio, horrorizada, como la sangre comenzaba a salirle a borbotones.
Sin duda, este era el peor día de su vida.
Y todo era culpa de Butch DeLor ia.
La niña se encontraba ahora en el consultorio de su padre, encorvada en una de las sillas metálicas, sangrando copiosamente por su larga y ligeramente respingada nariz.
«Maldito Butch, pedazo de…», pensó Alice, mientras esperaba a que su padre regresara con el botiquín de primeros auxilios.
—Déjame ver. —James colocó las gasas y el antiséptico en el escritorio, luego se arrodilló frente a su hija y, con la ayuda de un algodón húmedo, comenzó a limpiar la sangre coagulada que se había juntando alrededor de sus narinas. —Tienes mucha suerte, no está rota, pero es muy probable que se hinche. ¿En qué pensabas, querida?
—Él empezó. Intentó quitarme mi bollo dulce.
—Sí, lo vi, y también vi cuando le escupiste en la cara y le arrojaste el bollo.
Alice se encogió de hombros; su padre era mucho más observador de lo que ella imaginaba.
—¿Qué se supone que tenía que hacer, dejar que me quitara mis cosas?
—No, pero responder con violencia no es la solución. Pudiste simplemente decirle, de forma asertiva, que ese era tu bollo.
—Claro papá, porque todos saben que Butch DeLoria siempre escuchar lo que yo tengo que decir —replicó Alice, y luego resopló enfadada.
—De todos modos, lo que hiciste no estuvo bien.
—Entonces, ¿es mejor que deje que esos… esos abusones hagan lo que les dé la gana? Tú me dijiste que tenía que aprender a defenderme, ¿o acaso no lo recuerdas?
James se pasó una temblorosa mano por su cabello.
—La violencia no siempre es la respuesta, querida. —Antes de que Alice pudiera protestar de nuevo, James levantó una mano y añadió—: Lo que quiero decir es que, no tiene nada de malo que te defiendas si alguien llega a atacarte, pero solo debes usar la violencia como último recurso.
—Si tú lo dices —dijo Alice, restallando sus dientes.
Quizá su padre no era tan valiente como ella creía.
—Alice, estoy orgulloso de ti, me alegra que te hayas defendido, pero debes tener más cuidado. Debes saber escoger tus peleas.
—S-sí, papá.
James terminó de limpiar la sangre coagulada del rostro de su hija; después colocó sobre el lugar de la herida un trozo de hielo envuelto en tela, indicándole a su hija que lo presionara con fuerza sobre su nariz.
Padre e hija levantaron la vista cuando escucharon el sonido de la puerta automática.
—¡Hola! Me dijeron que hubo un problema en la fiesta. ¿Butch y Alice volvieron a pelear? ¿Qué sucedió? —Jonas entró a la oficina casi corriendo y, al ver los pañuelos y el suelo manchado de gotas de sangre, agregó—: ¡Vaya! Es peor de lo que pensé.
—No te preocupes Jonas, solo se trata de un ligero trauma fácil, no hay fractura nasal.
—Tuviste suerte, ¿eh, pequeña? —dijo Jonas, dándole una palmadita en la cabeza a Alice. —Espero que le hayas dado su merecido a Butch.
—Jonas, no la alientes.
—¡Vamos! Ese abusón se lo estaba buscando.
—¿Verdad que sí? —preguntó Alice, sonriendo. Jonas podría ser el asistente de su padre, pero no era tan serio o severo como él. A estas alturas, el joven asistente se había convertido en parte de la familia—. Mmm. Pero no alcancé a pegarle ni una sola vez, el Agente Gómez nos separó.
—Muy bien ustedes dos, ya fue suficiente —interrumpió James —. Jonas, ¿está lista la sorpresa?
—¿Sorpresa? —cuestionó Alice, procurando no mostrar emoción alguna ni en su rostro y en su tono de voz. —¿Qué sorpresa?
—Ya lo verás, pequeña. —Jonas sonrió. —Ya está todo listo Doc.
—Pero… ¿qué es?
—Es algo muy especial, que preparamos tu papá y yo; no todos los días se cumplen diez años, ¿no crees?
—No me gustan las sorpresas.
James y Jonas se voltearon a ver, escépticos.
—¿Desde cuándo? —Cuestionó James—. En fin, parece que ya dejó de sangrarte la nariz. Ven conmigo.
La pequeña caminó detrás de su padre y Jonas, procurando igualarles el paso.
—¿Qué tal se ajusta ese Pip-boy, señorita? —preguntó Jonas.
—Se siente un poco pesado, y raro, pero creo que me acostumbraré. ¿Es cierto que los Pip-boy nunca se pueden quitar?
Jonas sacudió la cabeza.
—Para nada, eso solamente es una leyenda urbana. Por supuesto, necesitas tener especial cuidado al removerlos y debe hacerlo un especialista o se corre el riesgo de que se apaguen como medida de seguridad, pero no es imposible quitarlos. ¿Te imaginas si no se pudieran quitar? ¿Cómo los limpiarías o les darías mantenimiento?
Continuaron la charla mientras caminaban por los pasillos, en dirección al nivel del reactor. Alice se mostró reacia a bajar por las escaleras, hasta que su padre le aseguró que el Supervisor no tenía cámaras de seguridad instaladas en la habitación contigua a la del reactor, ya que esta solo funcionaba como almacén.
—Es por eso que es el lugar perfecto. Espera aquí un momento, por favor —dijo James antes de desaparecer tras la puerta del almacén.
Cuando regresó, traía consigo lo que parecía ser un fusil, el cual tenía con la culata y la cantonera hechas de madera laminada; el cañón estaba desgastado, aunque no mostraba rastros de óxido. Alice lo había visto antes, mientras escrutaba entre las cosas de su padre.
¿Qué hacía su padre con un arma? ¿Para qué la quería?
—¿Te gusta? Esta es la sorpresa de la que te hablaba. ¡Tu propio fusil de balines! Puede que sea de gas comprimido, pero eso no lo convierte en un juguete, ¿entiendes?
Alice asintió.
—Gracias, papá —dijo la niña, tomando del fusil de las manos de su padre y examinándolo.
—De nada cariño, asegúrate de también agradecerle a Jonas, él me ayudó a repararlo.
—Muchas gracias, Jonas.
—Bueno, Butch también contribuyó. —Al escuchar la aseveración de Jonas, Alice abrió los ojos de par en par. —Sí, fue una suerte que «perdiera» su navaja automática. Es muy difícil encontrar un resorte compatible con el cargador del fusil de balines —dijo entre risas.
—Ahora, vamos a que veas la otra sorpresa. —James condujo a su hija hasta el almacén. Al llegar, Alice tuvo que entrecerrar los ojos un par de veces para acostumbrarse al cambio de iluminación; la habitación era mucho más oscura que la del reactor y olía a humedad.
—¿Qué es esto? —preguntó Alice señalando el artilugio, el cual consistía en tres grandes y redondos blancos de tiro, que conectaban con unos largos tubos de metal.
—Un campo de tiro improvisado, Jonas y yo lo construimos para ti. Puedes venir a practicar aquí todo el tiempo que quieras.
—Entonces, ¿puedo usar el fusil de balines? ¿Puedo dispararlo?
—Sí, siempre que lo hagas aquí abajo. Este será nuestro pequeño secreto, ¿de acuerdo? —James tomó a su hija por los hombros. —Escucha, es importante que aprendas esto; yo no voy a estar siempre para protegerte.
Alice no comprendía a qué se refería su padre o el porqué, de pronto, su semblante se tornaba triste. Tal vez estaba teniendo lo que algunos adultos llamaban la «crisis de la mediana edad» o, simplemente, estaba siendo precavido. Sea cual fuese la razón, el fusil de balines era algo nuevo, algo desconocido, y ella adoraba aprender sobre cosas nuevas.
James le mostró cómo cargar los balines en el fusil, la postura que debía tomar al disparar el fusil de balines, y pacientemente le explicó las reglas de seguridad que debía seguir cuando manejara cualquier tipo de arma de fuego: siempre asume que el arma está cargada; nunca le apuntes a algo que no estás dispuesto a disparar; a menos que tengas a tu blanco en la mira, mantén siempre tus dedos lejos del gatillo.
El primer disparo, como era de esperarse, no dio en el blanco; en lugar de eso, fue a impactarse en el grueso trozo de madera que colgaba detrás del blanco de tiro.
—Oh. ¿Para qué es eso papá?
—Una barrera para detener los balines, querida, es sólo por precaución. Siempre debes estar consciente de la existencia de una barrera al disparar, o podrías herir a alguien.
—Pero… solo son balines, además, dijiste que nadie viene por aquí.
—Los balines siguen siendo peligrosos, como te dije, el fusil no es un juguete. Ahora, inténtalo de nuevo.
Los siguientes tres tiros tampoco dieron en el blanco, aunque se acercaron mucho más que antes.
—Todo es cuestión de la postura. —James se acercó a su hija y acomodó la culata del fusil en el hombro derecho de la pequeña. —Ahora, respira profundo, sostén firmemente tu arma, e intenta alinear el alza y el punto de la mira.
Después de diez intentos, Alice por fin logró atinarle a la periferia del blanco de tiro.
—¡Bien hecho! —vitoreó Jonas.
—Pero… no le di al centro —dijo la niña cabizbaja.
—Está bien querida, solo es cuestión de práctica. Verás que pronto te convertirás en un tirador de primera. —James le entregó otra caja de munición, indicándole que continuara disparando.
—Entonces, ¿te gusta tu regalo, pequeña? —preguntó Jonas con una sonrisa en los labios.
—¡Sí! ¡Muchas gracias! ¡Me encanta!—La emoción proveniente de su voz ocasionó que ambos científicos alzaran las cejas. Alice no era propensa a expresarse de manera tan fragorosa, pero este regalo había despertado algo en su interior.
Una vez que se agotaron las municiones para el fusil de balines, James le pidió a Jonas que tomara una foto para «recordar el momento», mientras padre e hija posaban frente al campo del tiro. Ignorando las protestas de su padre, Alice se colocó la gorra del béisbol roja que le había obsequiado Stanley.
—Muy bien, ¡sonrián!
Quizá este no era el peor cumpleaños de su vida después de todo.
