Inku Majo: vuelvo a agradecer tu review, creo que nadie había dicho eso de este fic nunca xD o al menos no de esa forma tan precisa. Espero siga siendo de tu agrado, el capítulo cinco estará en unos días, llevo como la mitad apenas.


Capítulo cuatro: Alma buscada por el mal.

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Los días pasaron y de Kasumi no había rastro pero tampoco lo había de muerte detrás de su invisible camino, al menos de momento. Akari había dejado Death City con el fin de buscarla, mas no tuvo éxito. Kid había hablado con su padre quien, a pesar de decir que no la dejaran irse, aconsejó que lo mejor sería dejarla seguir su camino y esperar, volvería... o eso le aseguraba a todos el dios de La Muerte, pero de una forma u otra, dudaba pero no de la muchacha, sino de los que la buscaban y quizás de la cordura de su propio hijo...

El Demonio de Rubí se movilizaba de noche, en compañía del curioso felino de las sombras que era realmente un muchacho y le hacía sentir relativamente tranquila; los días para ella no pasaban todo era un enorme e infinito día, quería volver pero sabía que no debía hacerlo por el bien de quienes apreciaba.

La joven guadaña estaba decidida a ir en busca de algo, algo que la mantenía atada a su pasado y a su niñez de una manera incomprensible, y con esa idea se dispuso a ir a una calle conocida como la Entrada al Infierno, en búsqueda de lo que le pertenecía por derecho. Ya no se encontraba muy lejos y la noche estaba por caer, ella estaba ansiosa, demasiado y caminó lo poco que faltaba cuando apenas empezaba a oscurecer. No fue difícil llegar, su viejo hogar se alzaba imponente casi al final de la tenebrosa calle, una gran mansión abandonada y con una historia más que nefasta. Kasumi debió esperar la noche, habría podido evitar o quizás empeorar muchas cosas, realmente no era posible saberlo.

—Mira... esa chica, ¿no es la niña de la Mansión de los Demonios? —murmuró un muchacho a otro, al ver pasar a la joven.

—No podría no serlo, mira el color de sus ojos —respondió el otro chico.

La muchacha escuchó tal comentario; de la palma de su mano salió lentamente la hoja de una guadaña y, como en Death City, repitió su ofensiva pero esta vez de forma desinteresada. Se volteó hacia los muchachos y en un movimiento rápido clavó la guadaña en el suelo y murmuró sin piedad alguna sus extrañas tinieblas que se colocaron en los ojos de aquellos desconocidos como una enorme nube rojiza, cayeron al suelo, la sangre salía de sus bocas y a Kasumi le dio igual, y siguió su camino. Se deslizó por una de las ventanas rotas de la mansión. Se detuvo en la inmensa penumbra del lugar y suspiró con pesadez, la tensión de aquella casa no desapareció con el pasar de los años.

—¿Por qué les has matado? —la voz de su acompañante se escuchó entre las sombras.

—Me reconocieron.

—Eran muchachos... lo más probable es que supieran de ti por alguna leyenda urbana entorno este lugar —respondió cansado y, en el fondo, decepcionado —. No merecían una muerte de ese tipo.

—O quizás sí me recuerdan por haber visto mi desastroso inicio como arma. Y en todo caso, muerte es muerte, te vas a morir, yo me voy a morir y todos vamos a morir —contestó Kasumi mientras subía al segundo piso.

—Pero tengo siete vidas, soy un gato —comentó él, olvidando el tema.

—Te morirás siete veces, querido, no son infinitas —añadió ella con voz melosa para hacerlo callar.

El felino calló como estaba planeado y se materializó en un rincón del oscuro lugar, suspiró con pesadez y decidió no seguir a la chica en su recorrido por el resto de esa casa de los infiernos. Kasumi comenzó a subir las escaleras hacia el segundo piso, caminaba como si llevase una tonelada de acero sobre sus débiles hombros, miraba nerviosa cada esquina, se deslizaba entre algunos escombros con la agilidad de un delgado leopardo, caminó hasta dar a un pasillo y la vio, la máscara del Shinigami gravada en la puerta. Sus sangrientos ojos brillaron con cierta ilusión y caminó el pequeño trayecto con el nerviosismo de un conejo, y al estar frente a la puerta la empujó con delicadeza; ahí estaba el detalle, el detalle que ella no vio. La puerta no estaba cerrada y los lados parecían haber sido forzados por algún arma, pero ella necesitaba verlo, saber que estaba allí y no vio nada más que la puerta como hace años.

Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad del cuarto y que los candelabros se encendieran, en cuanto lo hicieron la ilusión de sus ojos desapareció y su rostro palideció.

—No... —la muchacha se dejó caer de rodillas, su mirada era opaca y estaba perdida—. ¡No está! —un grito desgarrador salió de su garganta, tocó torpemente el suelo como buscando algo que se le hubiese caído y las lágrimas empezaron a salir de sus ojos, mojando las polvorientas baldozas. Su llanto era incontrolable, había dejado todo en Death City y esperaba poder al menos rescatar algo de lo que quedaba bueno en su vida, para mantener la cordura, para poder desaparecer—. ¡No está! ¡No está! —repetía casi ahogada por el llanto, la presión de su infinito día le explotó justo en la cara y ahora, era imposible tratar de curar la herida.

Su extraño acompañante al escuchar los gritos había vuelto a su forma felina, trató de llegar hasta la habitación pero no la encontraba y, cuando al fin dio con ella, vio como la puerta se cerraba de golpe. Algo ahí adentro no quería que la muchacha saliera... y no permitiría que un torpe gato lo impidiese.

Kasumi escuchó el portazo tras ella y aun con las gruesas lágrimas que salían de sus ojos, se levantó con torpeza y con el filo de la guadaña saliendo de las palmas de sus manos arremetió contra la pesada puerta mas no logró hacerle ni un rasguño.

—¡Sácame de aquí, Ghost! —la desesperación tomó posesión de su voz al llamar a su compañero felino.

El gato había vuelto a materializarse al llegar a la puerta y, al igual que Kasumi, arremetía contra ella pero era imposible moverla siquiera, aquella habitación carecía de ventanas... era imposible entrar, quien fuese que hubiese encerrado a la guadaña pensaba dejarla allí de forma indefinida.

Kasumi había dejado de arremeter contra la puerta y continuaba llorando, apoyada débilmente en la que era su única vía de salida.

—¿Qué ya no está? —se escuchó una voz femenina en la oscuridad.

—¿Q-qué? —el Demonio de Rubí titubeó al preguntarlo.

—¿Qué cosa no está? —la voz preguntó nuevamente, era una voz delicada y dulce. La muchacha de ojos carmesí se volteó y entonces la vio, justo donde debía estar su más preciado tesoro; una muchacha delgada y alta, sus ropas eran de color naranja y negro. Llevaba un vestido de tela delgada y opaca, que al llegar a las caderas asemejaba los pétalos de una extraña flor o quizás una calabaza, parte de sus delgadas piernas eran cubiertas por unas medias de color negro y usaba unas botas algo altas de color negro también; sus brazos y hombros estaban descubiertos, tenía una piel muy clara. El rostro de la desconocida era de facciones finas, rodeado por un hermoso velo de cabello castaño oscuro y ondulado que llegaba hasta su cintura; sus ojos eran de un azul profundo e hipnotizaban incluso en la penumbra del cuarto; la chica cubría su cabeza con un sombrero negro y puntiagudo que tenía una pluma gris en un costado.

—Mi... mi piano —habló Kasumi, sus facciones mostraban confusión.

—Oh, entonces sí eres tú, pequeño Demonio de Rubí —en los labios de la castaña apareció una sonrisa tranquila —. Estuve esperando por ti.

—¿Quién demonios eres? —soltó Kasumi mientras limpiaba sus lágrimas con sus manos.

—Soy Aiko, bruja de la vida. Fiel amiga de tu familia —se presentó la joven bruja mientras hacía una reverencia—. Y por tu reacción... dudo que sepas mucho de quién o qué eres realmente.

—Sólo sé que se han llevado mi tesoro —murmuró la joven guadaña.

—Creo que te interesaría saber que eres un alma buscada por brujas y demonios.

—¿Qué? —Kasumi deformó sus facciones hasta formar una expresión de duda.

—Tienes un alma fragmentada, Kasumi —Aiko habló como si fuese lo más normal del mundo y aún así Kasumi no sabía de qué le hablaba aquella loca.


Fin del capítulo cuatro.