Bueno, hola de nuevo. Paso a dejar el quinto capítulo. El sexto tardará en verse por aquí D:
Capítulo cinco: Cada rumor tiene algo de verdad.
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—¿Una qué?
—Un alma fragmentada —repitió con tranquilidad—. Imagina un rompecabezas. Cada fragmento de tu alma encaja con el otro formando una imagen nítida de lo que eres. La sangre que corre por tus venas es producto de los lazos que se han formado en tu familia entre seres que han sido tanto enemigos como aliados.
—¿Y cómo sabes tanto de mi familia?
—He estado con ellos desde hace muchos años, los Saitō tuvieron una vida turbulenta hasta que luego de que el Shibusen tuviese que aniquilar a muchos, notaron en que los niños o adolescentes que aún no tomaban el camino erróneo podían tener un gran potencial en el futuro; fue cuando el Shinigami les acogió, con el tiempo no tuvo que seguir velando por ellos directamente, los enviaba con los parientes que ya habían rectificado su vida. Tu familia fue en muchas ocasiones similar al ahora extinto Clan de la Estrella —la bruja dejó la oración al aire y Kasumi comprendió el grado de la situación, con los ojos enrojecidos por las lágrimas anteriormente derramadas trató de contener el asombro que aquello le provocó. El Clan de la Estrella, el clan de Black Star, los que siguieron el camino del demonio—. Cometieron el error fatal de tomar almas humanas. Con el paso de las generaciones tendieron a presentar almas fragmentadas como la tuya, pues se relacionaron con seres diversos, desde brujas hasta técnicos y armas; algunos fueron dotados con las rarísimas almas Grigori —el asombro de la joven arma no hacía más que crecer, le hizo olvidar su motivo de estar allí. Aiko notó aquello y decidió que tal vez era hora de terminar con la historia familiar, pero no sin antes finalizar el último detalle, se encogió de hombros y continuó con voz algo divertida como si ni ella se lo creyese—. Hay quienes dicen que poseen características de Shinigami, que algunos tuvieron almas como las de los dioses de la muerte.
—¡¿Qué?! —sin casi notarlo Kasumi se había acercado rápidamente a la muchacha, la había tomado por los hombros y la agitaba—. ¡No puede ser posible!
—Oye, cálmate —Aiko movía las manos de un lado a otro—. No son tan malos, ¿o sí?
—¿No? ¡Pero si están desquiciados! —gritaba Kasumi sacudiendo a la bruja con violencia.
—Envió a su hijo a buscarte antes de que tu alma pasara a ser un huevo de kishin, ¿no es así? —Aiko se soltó del agarre de la muchacha y la miró con severidad—. El Shinigami es noble y su hijo también, tú misma lo has visto, se dieron el deber de protegerte directamente, no te enviaron con tus familiares como a otros Saitō… ¿no te deberías estar preguntando por qué? Y en todo caso es un rumor, ¿qué más da?
—Rumores, mi vida entera han sido rumores —masculló la joven guadaña al tiempo que se sentaba en el suelo de espaldas a la que era su única salida.
—Como el de tu piano, ¿no es así? —de esta forma la bruja volvió captar el interés de la muchacha, que la miraba con la vaga ilusión de que por algún motivo esta supiese el paradero del mítico instrumento—. Los Saitō han sido los guardianes de los Instrumentos Demoníacos desde la creación de estos, hay siempre un niño predilecto, el guardián de su respectivo instrumento hasta que muera... pero el gran poder que rodeaba los instrumentos los volvió deseables para brujas, hechiceros y demás seres. Muchos fueron robados e incluso destruidos, de igual forma las almas de sus guardianes fueron blanco de seres peligrosos. Luego un peligro para el Shibusen que terminó por destruir casi todos los Instrumentos Demoníacos pues de esta forma causaban la muerte de su guardián.
—¿Instrumentos Demoníacos?
—Fueron creados por el Shinigami con ayuda de Eibon hace mucho tiempo, gran parte de la primera generación de Saitō fueron grandes hechiceros y por ello se les encomendó la misión de proteger dichos objetos.
—Eibon... —Kasumi comprendió aquello. El gran mago, creador, junto con Archne, de las armas demoníacas como ella. Los famosos instrumentos tenían un gran poder, capaz de unir a hechiceros con el Shinigami—. ¿Por qué?
—El Shinigami sabía del poder que poseían los Saitō incluso antes de que sus almas se fragmentaran... quería ese poder para proteger al mundo tanto de las brujas como posteriormente de Asura. Pero estos se descarrilaron siguiendo el camino del enemigo, en busca de poder para eliminar el miedo, eliminar el peso de su responsabilidad ante el Señor de la Muerte y el Gran Mago. Con los Instrumentos Demoníacos en su poder se ofrecían en tributo a estos para hacerlos más poderosos, tanto al instrumento como a su guardián, el cual luego consumía almas humanas. Poder, querían poder y por él quienes poseían humanidad la perdieron para siempre —Aiko hizo una pausa para tomar algo de aliento pues hablaba rápido —. Actualmente permanecen en manos ajenas cinco de esos instrumentos y únicamente siguen con vida tres de los guardianes de los cuales dos fueron protegidos por el Shinigami... el otro ya había decidido su camino antes pues era un ser antiguo, maestro del escondite, miembro del Clan de los Inmortales. Y si comprendes lo que digo, habrás entendido lo primordial...
—Soy la guardiana del piano.
—Precisamente, querida. Eres la guardiana más joven ahora... tu poder no ha terminado siquiera de crecer y por eso te buscan —Aiko levantó su mano izquierda, esta desprendía un tenue brillo. De la palma de su mano brotó el oscuro pétalo de una flor que dejó caer a sus pies, cayó con la fuerza de una pesada roca rompiendo las baldosas del suelo o dando esa ilusión pues de las grietas se desprendía una luz rojiza. La bruja se desplazó hacia el lado derecho de la habitación y esperó.
Los ojos del Demonio de Rubí se abrieron como platos. No cabía en su asombro, en las baldosas se formó la silueta de un piano que más tarde se elevó... su piano, allí estaba y a la vez no, balbuceó cosas incomprensibles mientras se ponía de pie con torpeza, acercándose a la imagen de su preciado tesoro; mas la bruja hizo un gesto con la mano para que guardara silencio y luego con un sólo movimiento hizo que el piano se colocara de forma vertical, mostrando con claridad sus detalles superiores—. Como ya sabes posee gravada la máscara del Shinigami en oro, la marca del Señor de la Muerte en estos instrumentos —la muchacha hizo otro movimiento de mano haciendo que el piano girase mostrando su parte inferior. Líneas plateadas empezaron a trazarse en él, letras, dibujos... la página de un libro, la creación de los Instrumentos Demoníacos escrita por Eibon.
Poco después de que la bruja terminó de hablar se escuchó como la puerta se abría de golpe tras Kasumi, la imagen del piano desapareció de repente rompiéndose en fragmentos brillantes, la guardiana del piano se volteó confusa y fue cuando lo vio, con ambas pistolas en mano apuntando hacia la bruja, en su mirada ámbar se veía el cansancio y posiblemente el hartazgo de aquella situación. Sin decir una palabra presionó ambos gatillos, se escuchó un ruido metálico y el humo cubrió el lugar donde se encontraba Aiko, en cuanto se disipó los ojos del muchacho de las armas gemelas mostraron una mezcla de confusión y enojo. Frente a la bruja estaba Kasumi con el gran filo de la guadaña saliendo de su brazo derecho, había bloqueados los disparos antes de que impactaran contra el objetivo.
—Yo creo que no estás midiendo lo que haces… Shinigami —murmuró Kasumi lo suficientemente audible para ser escuchada. Su mirada había cambiado de forma drástica, había retraído sus emociones nuevamente pero ahora dejando una única cosa para poder tratar con Kid: locura. En su rostro se formó una sonrisa burlona y demente que hizo que la bruja tras ella se estremeciera, la joven guadaña al notarlo habló dirigiéndose a ella—. ¿Ahora tienes miedo, brujita? Así no podrás hablarme más sobre los instrumentos.
—¿Qué pretendes, Saitō? —dijo Kid por fin. No bajó las armas en ningún momento, la aludida soltó una carcajada y su sonrisa se extendió más en su rostro.
—¿Que qué pretendo? Pretendo enfrentarte hasta que pueda saber la verdad, no como aquella vez cuando fuiste por mí cuando éramos niños. Esos ojos dorados —el brazo de Kasumi volvió a la normalidad, pero señaló al joven con un dedo transformado en una delgada cuchilla —, no me van a manejar nunca más, niño Shinigami. Nunca más.
Fin del capítulo cinco.
