Siglos sin actualizar aquí, como en FFL, creo que perdí mis lectores, ni modo.


Al iniciar la música se puede observar la fachada iluminada de la Mansión Gekkou, entonces se observa el cielo donde la luna ríe sin descanso, la sangre escurre por sus dientes. Un instante después aparece el logo de Soul Eater: Noire Moon.

Donten no daitoshi ni miminari gapachiri

La Mansión Gekkou vuelve a aparecer, esta vez deteriorada por el paso del tiempo, las nubes cubren el sol.

Negatta ri sata oboe nado naikedo

Kasumi sale por la puerta principal, el cabello cubre parte de su rostro únicamente se puede observar su ojo izquierdo que parece opaco.

Daiji hen konton no tateyakusha ensha, kioku tosa hata meiwaku no keishou

La imagen de Kasumi desaparece, dejando ver a Shinigami-sama en su apariencia antigua y a Eibon, parecen planear algo. Posteriormente entre ambos antiguos flota un instrumento, un violín.

Yogore teshimatta sekai de yama nai ame niwa rattari

Las imágenes anteriores desaparecen también, esta vez se puede apreciar Shibusen, en sus interminables escaleras hay una persona sentada mirando al cielo, es Kasumi nuevamente, en su rostro se forma una sonrisa demente.

Hai ni kawa tta sekai de tashika yuugen o yumemi tanda

La imagen se aleja hasta verse Death City desde sus afueras, una extraña bruja de ojos púrpura observa la ciudad, su rostro parece cansado y sus ropas están manchadas de negro.

Ankaa wa hashiru katsumatsu e to owari nishiyouka kokoradesa

Akari aparece en escena, parece estar en un extraño bosque; el viento agita su blanco cabello. De repente la imagen se torna negra y fugazmente es recorrida por cuatro colas de zorro de color blanco también.

Tatta ichido no iregyura shounen wa kanzen o ka banda

Lentamente se enfoca la copa del árbol de cerezo, el viento hace que los pétalos de las flores caigan, luego la imagen parece alejarse y se puede ver a Kid y Kasumi sentados bajo la sombra del árbol, están tomados de la mano.

Kiseki mo nanimo nai sekai de buraun kan no yume o mire tanara nante suteki na koto deshou

El joven Shinigami parece estar hablando, sus ojos brillan con ilusión, luce contento. La chica a su lado ríe de vez en cuando y escucha con atención. De repente la imagen se fragmenta como un vidrio roto y se torna oscura.

Kami wa ima hyouteki to naru

En los fragmentos de la imagen anterior aparece Medusa del lado derecho superior y Aiko del lado izquierdo, en la parte inferior aparecen Chrona con un semblante serio quien sostiene a Ragnarok que cruza parte de la imagen, y Noire Moon con sus ojos de su color real, en su rostro se forma una sonrisa enorme, llena de locura.


Capítulo veintidós: Asco

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El Sol rayaba a través de las cortinas de la pequeña habitación, sumidos en un profundo sueño estaban ambos, técnico y arma, bajo las mantas. Ya no había vuelta de hoja, el error ya se había cometido… ambos manejados por la locura, atraídos por un lazo hecho hace años entre los Saitō y los Shimizu, producto de la fuerte magia presente en los Instrumentos Demoníacos.

En lo profundo del alma de Hiroshi, algo sucedía, una especie de conversación con una entidad externa que le hacía una visita.

—Has visto el error que acaba de cometer, ¿no? —era una voz femenina, delicada, como se imaginaría la voz de un ángel. El lugar parecía una habitación bastante grande, sus paredes eran de un tono de azul profundo, un rincón era especialmente oscuro y de allí provenía la voz, Hiroshi estaba de pie en medio de aquella vacía habitación, que carecía de muebles.

—¿Error? —el joven miró hacia el oscuro rincón, sus ojos reflejaban una especie de confusión.

—Sí, cariño —continuó la voz — Has cometido un grave error, pero… no te arrepientes, se ve en tu alma —fue audible una leve risa.

—Ah… hablas de lo que pasó con la chica Saitō —murmuró el técnico de guadaña, se llevó una mano a la nuca y suspiró —. Sí, la hemos cagado.

—La llamas chica Saitō luego de intimar con ella… es un poco hipócrita de tu parte, querido, ¿no lo crees? —soltó sin cuidado la voz desde su rincón oscuro, volvió a reír antes de murmurar algo lo suficientemente audible —. Disfrutaste a la copia de Shinigami, la disfrutaste porque la deseabas desde hace años… y sabes que valió la pena la espera.

—Calla, ya es suficiente.

—En el fondo te sientes invencible, ¿no es así? Invencible, triunfador… fuiste capaz de ahogar a la muchacha que te estaba ahogando. Le arrebataste la chica al Señor de La Muerte —la risa fue audible de nuevo, esta vez incluso hizo eco; seguido por el sonido de pisadas, del oscuro rincón emergió una muchacha de cabello castaño ondulado, dos orbes grisáceos adornaban su rostro, llevaba ropas que parecían las de una bruja mas no parecía que hubiese un animal que representara su magia. Esta vez la risa que se escuchó brotó de la boca del muchacho.

—No la ahogué, mucho menos se la arrebaté a ese Shinigami tan humano… —una sombra de tristeza fue visible en su rostro.

—¿Cómo funciona entonces? Vuelves loca a la chica, sin importarte en lo más mínimo que esté con él —la joven se llevó una de sus delgadas manos al mentón, parecía pensar en algo —. No, por desgracia no entiendo tu punto.

—Es un súcubo, simplemente es parte de su naturaleza —explicó Hiroshi sin demasiados ánimos — Y no dejará a Death the Kid por nada del mundo.

—Sé lo que es. Arma, técnico, súcubo, imitadora de Shinigami y banshee —añadió la muchacha —. Puede que ella no quiera dejarlo, puede que se ahogue en sus lágrimas pidiendo perdón, pero es sólo un amor juvenil que ha durado demasiado… ama a quien la protegió y él ama la niña que cuidó, cosas que pasan. La cuestión, ¿la perdonará?

—¿Lo dudas acaso?

—Ya viste lo humano que puede llegar a ser, a pesar de ser un Shinigami completo… y ella lo ha traicionado —detrás de la joven apareció un sofá de color rojo, ella se dejó caer y cruzó las piernas. Hiroshi se tensó, aquello era cierto… y no sólo eso; los rumores corren, corren y que ella hubiera engañado al Dios de La Muerte no sería un secreto demasiado tiempo. Se volvería un monstruo para todos, como si no lo fuese ya.

—Le he arruinado la vida, ¿cierto? —murmuró el castaño, su voz tembló y su mirada lucía algo perdida.

—Oh, Hiroshi-kun… sólo espera y verás —una sonrisa apareció en los labios de la joven, una sonrisa triste. Se levantó del sofá, permaneció de pie mirando al muchacho de ojos verdes, momentos después dos alas blancas como la nieve brotaron de su espalda.

—Debes partir, ¿no? —preguntó el técnico, la castaña asintió; el par enorme de alas rodeó su cuerpo y pronto se desvaneció, dejando al joven solo.

Los Instrumentos Demoníacos tenían una conciencia, eso estaba claro ya… pero más que una conciencia era casi un alma a parte, aunque se mantenían más que todo por el alma de su guardián. Habían roto el vínculo de Hiroshi con el violín, sí, pero eso sólo significó que no podía ser más su guardián y que otro se le asignaría a la fuerza. El joven tenía una percepción de almas excepcional, desde su nacimiento, aquello le había permitido ver en su instrumento algo más que un simple artefacto, había una entidad en él que necesitaba de un alma poderosa para seguir existiendo y había creado un lazo con esa entidad; y aunque rompieron el vínculo guardián-instrumento, aquella joven que habitaba en el violín demoníaco lo visitaba de vez en cuando, aunque no podía permanecer con él demasiado tiempo, involucraba un uso excesivo de la magia que el violín poseía.

La creación de los Instrumentos Demoníacos había sido un proceso más oscuro de lo que al anterior Shinigami le hubiese gustado admitir; los objetos habían sido dotados de una conciencia, almas con alas de ángel se habían usado para ese proceso. Más de cuarenta personas con almas Grigori habían sido fusionadas con los que eran instrumentos comunes, luego se les había expuesto a la magia del Gran Mago para sellarlas en ellos. Era un sacrificio para poder mantener el equilibrio del mundo… pero había resultado fatal.

El castaño abrió los ojos, tardó un rato en acostumbrarse a la claridad que entraba a través de las cortinas, fue cuando notó la calidez junto a él; el Demonio de Rubí permanecía allí. Por un momento se odió a sí mismo. Extendió la mano y con delicadeza apartó el cabello que caía sobre el rostro de la muchacha.

—No me toques —murmuró la joven abriendo los ojos de golpe, el brillo que delataba su lado súcubo no estaba presente; el muchacho apartó la mano.

—Lo siento —soltó Hiroshi casi de inmediato.

—No sientes nada, Shimizu —la muchacha se levantó, pasando por encima de él, había arrastrado la sábana consigo para cubrirse —. Absolutamente nada —Kasumi salió de la habitación, no la siguió, sabía que era inútil. La escuchó caminar por el apartamento unos minutos, probablemente vistiéndose hasta que finalmente escuchó que daba un portazo al salir.

Los días pasaron, no había noticias del piano demoníaco y Shabriri, tampoco de Aiko o de Noire; los estudiantes continuaban como siempre en la cacería de huevos de kishin. Y claro, los rumores empezaban a correr ya, sobre lo que pasaba entre Kasumi y Hiroshi, no porque a los chismosos les importaran ellos, sino porque esperaban por la reacción del Dios de La Muerte.

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Aiko estaba sentada en una rama, mecía las piernas. En ocasiones así, parecía casi una niña pequeña. Su vaporoso vestido era mecido por leve brisa.

—¿Qué pasó contigo, camaleón? —preguntó al aire.

—¿De qué hablas? —la voz provenía detrás del grueso tronco de un árbol.

—Sabes de qué hablo, Renge. ¿Cómo lograste sumir a Noire Moon en tu poder tan fácilmente? —dijo la bruja de la vida, impaciente. Escuchó reír a la ilusionista.

—Noire siempre fue débil; pero sabes, Yamamoto, no es ningún secreto. Cuando amenazas a los seres queridos de otros, todo lo demás pierde importancia. La gente comete imprudencias por amor, cuando sus seres amados son lastimados… aquellos que son demasiado humanos, pierden su brújula moral, hacen todo por mantener a salvo a quien adoran, sin importar si es correcto o no —explicó Renge, saliendo de detrás del árbol. Ahora era físicamente visible que Noire Moon no estaba allí, mechones de cabello castaño podían distinguirse a través del negro, y las escamas, anteriormente verdes azuladas, eran rojizas. La joven miró sus manos, mientras dejaba escapar una risa —. Los humanos son un asco, sobre todo estos exageradamente nobles. Se les puede engañar tan fácilmente…

—¿Cuál es tu plan entonces, reptil inútil?

—Digamos, loro estúpido, que a Láquesis Shabriri no le queda mucho tiempo de vida… ni tampoco a la adorada hermanita de Noire. Cuando ese piano esté en mi poder, conmigo como su nueva guardiana, la luna negra desaparecerá y el mundo estará sumido en la locura nuevamente… por toda la eternidad —en el rostro de la bruja camaleón se formó una sonrisa enorme, digna de un psicópata. En la rama, Aiko empezó a reír a carcajadas.

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El día había pasado sin noticias de mayor importancia, Kid había acudido a la aniquilación de algunos de kishin de nivel considerable, había enviado a Liz y Patty a casa, se había reunido con Mabaa en su intento de reubicar a Shabriri pero, como días atrás, fue imposible. Ya era bastante tarde, sólo quedarían algunos alumnos o profesores, se retiró de la Death Room y, al pasar cerca de una de las clases, pudo escuchar a Jacqueline hablando y se detuvo antes de llegar a la puerta, evitando revelar su presencia.

—¿Has escuchado lo que dicen? —hablaba casi en susurros, pero era audible de todas formas, el silencio en Shibusen era casi sepulcral. Nadie respondió y ella siguió hablando —. Hiroshi y Kasumi, algo ha pasado… ya sabes.

—¿Alguien se lo ha dicho a Kid? —preguntó, el joven Shinigami reconoció la voz de Kim.

—Es sólo un rumor, Kim… la verdad, dudo mucho que sea cierto, quiero creer que Kasumi no es capaz de algo como eso —Jacqueline hacía un esfuerzo por convencerse a sí misma, su meister soltó una leve risa.

—¿De tirarse a otro chico en las narices de Death the Kid? —la muchacha suspiró —. Realmente parece algo impropio de ella, debo admitirlo, pero también es demasiado impredecible por lo que sé. Además, el chico ya había sido su técnico y al parecer sentía algo por ella… —la joven bruja dejó de hablar, suspiró y su compañera también. Death the Kid continuó su camino, al pasar frente a la puerta ambas muchachas lo saludaron, pero pudo notar el nerviosismo en ellas. Algo extraño ocurría, eso era evidente, pero no deseaba enterarse de cómo estaban las cosas realmente, no de momento; en el fondo, sabía que aquella posibilidad era alta.

Pudo notar que el sol empezaba a ponerse, adormilado para pronto dar paso a la luna negra. Kasumi permanecía en una de las azoteas, pudo sentir su alma, la había sentido allí durante gran parte del día y, aunque horas antes había pensado en ir a verla, ahora no le apetecía en lo absoluto. Iría a casa, a tratar de olvidar las ideas absurdas que había escuchado.

En la azotea, el Demonio de Rubí tenía sus dedos convertidos en cuchillas, y deslizaba el filo en los ladrillos, produciendo un ruido bastante irritante. Pensaba en Hiroshi y aquello le producía una rabia terrible, asquerosa, había caído en el ridículo juego, luego de tantos años. Su maldita alma fragmentada tenía la culpa, ese asqueroso lado súcubo. Entonces pensó en Kid, llevaba por lo menos una semana evitándolo, y la rabia asquerosa pasó a ser asco hacia sí misma, las lágrimas brotaron como cascadas y de sus dedos convertidos en cuchillas, se desprendió una oscura onda que provocó una gran fisura en la pared de ladrillos.

—Soy una maldita basura —se dijo a sí misma, entre sollozos. Pasó la noche allí, llorando, pensando en Kid y en Akari, y en todo lo que había perdido por esa maldita alma que tenía.


Fin del capítulo veintidós.