Capítulo 6: Los corceles de fuego.
En el templo de Dodona Hyoga vence al sacerdote Lino en un duro combate, tras su victoria acude a la pitonisa, la cual le brinda la revelación del oráculo, una revelación impactante. Las oportunidades de vencer dependían en gran medida del renacimiento de Poseidón, señor de los mares, el cual tenía su alma sellada en el ánfora de Atenea. Cuando Hyoga escuchaba perplejo la revelación, un rayo cayó del cielo fulminando a la pitonisa antes de que pudiera seguir hablando, producto del estruendoso ataque, el santo de oro de Acuario cayó al suelo inconsciente. Todavía quedaba una revelación más, la del oráculo de Olimpia…
Península griega del Peloponeso, región de Elide.
El nuevo portador de la armadura dorada de Leo, Ikki, atraviesa un enorme valle, el cual estaba formado por el río Alfeo, llegando a Olimpia, la antigua ciudad en dónde se ha celebrado desde tiempos remotos los juegos olímpicos. Tras correr con prisa, Ikki llega a un arcaico santuario, el cuál fue antiguamente un recinto de adoración a Zeus, al igual que Dodona. Finalmente llega a las puertas del templo, el cual era de enormes dimensiones, en la entrada había refinadas esculturas de Heracles, el héroe de la mitología griega y sus doce trabajos.
—Es hora de que derrote al sacerdote oracular y tener acceso así a la revelación del Olimpo…
Templo del oráculo de Olimpia.
Finalmente Ikki irrumpe en el templo y se encuentra con una enorme estatua de Zeus, el cual estaba sentado con un cetro en su mano derecha, sus doce metros de tamaño hacia que esté a centímetros de rozar el techo, en un instante un enorme cosmos comienza a manifestarse.
—El guardián del oráculo… —balbucea Ikki.
—¡Mi nombre es Faetón de Olimpia!
El guardián de la luz de la verdad llevaba puesto su manto solar, sus cabellos alborotados de color rubio cenizas revoloteaban con el viento y sus ojos grises miraban al santo dorado con suma rigidez.
—He venido a darle un vistazo al oráculo… —dice Ikki con rudeza.
—Así que Atenea ha enviado a sus mejores guerreros, los santos de oro… —expresa con tranquilidad Faetón.
—¡Soy Ikki de Leo! Y a mí no me ha enviado nadie, yo no recibo órdenes, simplemente tengo curiosidad…
—Así que tú eres Ikki…
—Así que sabes mi nombre…
—Tú, uno de los cinco sobrevivientes del Hades, que tantas molestias has causado al Olimpo, ¿cómo podría no conocerte? Yo te haré pagar tus desagravios… —expone con vehemencia Faetón.
—Nada detendré mi paso, ¡tengo curiosidad por conocer tus límites!
—Voy a hacer que te tragues tus palabras, mis límites serán inalcanzables para ti…
—¡Demuéstramelo entonces! —manifiesta un desafiante Ikki.
Los guerreros sagrados se embisten con gran velocidad, Ikki lanza varios puñetazos que Faetón elude con gran agilidad, éste último contragolpea con una patada pero el santo de oro se cubre con sus brazos, no obstante la onda de choque lo hace retroceder.
—Es hora de usar mis técnicas especiales… ¡VIENTO SOLAR DE LA CORONA!
Faetón lanza con las dos manos una gigante esfera de fuego que avanza a la velocidad de la luz.
—Eso no será suficiente, ¡ALAS LLAMEANTES DEL FÉNIX!
Ikki extiende su brazo derecho al frente, liberando el vuelo de un ave de fuego cósmica.
Las técnicas de los contendientes se cruzan entre sí, siendo ambos alcanzados por la técnica del enemigo, el sacerdote presentaba heridas superficiales, el casco fue destruido pero sorprendentemente su cuerpo no presenta quemadura alguna, mientras que el ateniense presenta la hombrera de su armadura resquebrajada, así como otras pequeñas fisuras en su manto.
—¡Es increíble que haya conseguido alcanzarme! —exclama Faetón con sorpresa.
—¡Has conseguido rasgar la armadura dorada, puede que esto sea interesante después de todo, ahora prepárate para conocer verdadero poder del ave inmortal, ALAS LLAMEANTES DEL FÉNIX!
La potente técnica que vislumbraba tras su paso una ardiente ave de energía que viajaba la velocidad de la luz, se dirige a su enemigo pero al llegar al sacerdote las alas del Fénix son absorbidas.
—¿Qué ha ocurrido? Mi gran técnica ha desaparecido… —dice Ikki atónito.
—Un ataque de fuego no podrá vencerme…solo alimentas mi propia energía… —explica Faetón sobre sus cualidades de guerrero.
El sacerdote solar enciende su cosmos y de sus manos lanza un ataque violento, se trataba de las mismas alas llameantes del Fénix.
—¡Esa es mi propia técnica!
—Muere… —dice el sacerdote solar riéndose.
El santo de Leo bloquea su propia técnica con sus manos, sin ninguna dificultad.
—Impresionante Ikki, eres tan fuerte como se dice…
—Si no pudiera detener mi propia técnica sería una vergüenza, no me subestimes…
—Está bien, entonces no lo haré, recibe mi ken… ¡VIENTO SOLAR DE LA CORONA!
Un viento solar se arremolina contra el ateniense, el fuego desborda por todos los sectores, no hay ningún rastro de Ikki.
—Ha muerto… —balbucea Faetón.
—¡Espera! —la voz de Ikki retumba en el templo.
—¿Dónde está?
—El legendario ave Fénix resurge del mismo Infierno, tus llamas solo alimentan su inmortalidad…
Del fuego sale el aura del ave inmortal, mostrando la silueta del ateniense, quién tenía un cosmos aún más poderoso que hace unos momentos.
—¿De veras? Vamos a comprobarlo…. —dice Faetón sonriendo con malicia.
El sacerdote solar se abalanza contra el santo de oro y lanza un puñetazo con fuego, pero éste último se agacha y contragolpea con un gancho en el mentón, pero su enemigo se mantiene en pie pese al impacto.
—¡Todavía puedes usar tu cosmos con gran poder, sorprendente…! —dice Faetón mientras se toma la barbilla herida.
—Es increíble que no lo haya podido derribar…
—No te daré el gusto de verme en el suelo Leo…
—¡Duplicaré el poder de mis alas ardientes y te llevarán al infierno…ALAS LLAMEANTES!
—¡Idiota, el vencedor seré yo!
La poderosa técnica del ave Fénix es absorbida nuevamente por el cosmos del guardián del oráculo.
—¡Demonios, ha vuelto a suceder…!
—¡Así es, así como tú eres invulnerable a mi fuego solar, yo soy inmune a tus alas llameantes!
—¡Su cosmos está elevándose…!
—¡Muere, RÁFAGA DEL VIENTO SOLAR!
Faetón de Olimpia genera un ataque que desencadena un poderoso viento ardiente que envuelve al santo de oro en un huracán de fuego, éste impacta en el techo y cae violentamente al suelo, cayendo de cabeza, perdiendo su casco.
—Apolo…puedes quedarte tranquilo, yo me encargaré del último santo dorado…
—¡Esta vez su técnica ha resultado! Éste hombre, recuerdo el nombre de éste hombre en la mitología, Faetón…el hijo de Helios, el dios Sol…si ha reencarnado en esta era, debe tratarse de uno de los más poderosos entre los guardianes de los oráculos… —pensaba Ikki tirado en el suelo.
—Aunque seas inmune a mi fuego solar, el poderoso viento que acompaña a mi fuego solar también puede dañarte. Como lo has podido comprobar… —dice Faetón vanagloriándose.
—¡Esto recién comienza! —dijo Ikki mientras se pone de pie con gran dificultad.
—¡Estás perdido…RÁFAGA DEL VIENTO SOLAR!
—¡Yo también puedo desencadenar vientos…AVE FÉNIX!
Ikki de Leo desencadena una poderosa tormenta con fuego, mientras que Faetón expulsa con su cosmos violentas ráfagas de viento solar, la colisión de ambas técnicas tumba a los enemigos tras una gran explosión, los adversarios se levantan inmediatamente dispuestos a sorprender a su rival.
—¡MIRADA LUMÍNICA DE HELIOS!
Faetón de Olimpia envía rayos de Sol sumamente luminoso que encandilan, ciegan y dañan a su enemigo, sin embargo éste reacciona antes de caer al suelo para también liberar su golpe.
—¡PUÑO FANTASMA!
El ataque diabólico es encajado en el sacerdote, quién abre sus ojos asombrado.
—¿Puño fantasma? Que ridículo…. ¡elevaré mi cosmos al máximo, ésta vez mi luz hará arder tu cuerpo y morirás! ¡MIRADA LUMÍNICA DE HELIOS!
El sacerdote oracular lanza de sus ojos una poderosa luz, quemando a continuación el cuerpo de su enemigo en bravas llamas.
—Es tu final Leo…
—¿Mi final dices? Eso ni siquiera me ha tocado… —la voz de Ikki se escucha provenir de su cuerpo incendiado.
—¿Qué dices? Pero si estoy viendo tu cuerpo arder en este momento… —dice un Faetón confundido, retrocediendo ante tamaña sorpresa.
—Tu técnica solo va dirigida a ti… —dice el santo en estado cadavérico.
De repente el sacerdote solar empieza a arder en llamas con la proyección de su propia luz, quemándose en carne y huesos.
—¡No puede ser, no puede estar pasando esto, soy inmune a todo tipo de fuego!
—Es fue el puño fantasma… —manifestó Ikki mientras su cuerpo calcinado vuelve a la normalidad.
Faetón se toma la cabeza y grita de dolor, sintiendo su cuerpo estremeciéndose por el fuego, repentinamente sus ojos desorbitados vuelven en sí, tras darse cuenta que había sido engañado.
—Así que fue una ilusión…pero esto no me detendrá.
El guardián del oráculo hace estallar su cosmos, liberando el mismo por todo el lugar, convirtiendo el sitio en un infierno, en todos los alrededores el fuego se extendía intensamente.
—Es suficiente Ikki, ésta vez sí voy a incinerarte… —tras sus palabras Faetón lanza un violento ken que desintegra el cuerpo de su enemigo. —Lo he conseguido…
—¡No funcionará, ya te lo dije antes!
De pronto aparece un guerrero usando el manto solar de la corona, no se trataba de nadie más que del mismo Faetón, éste al verse a sí mismo retrocede perplejo.
—Debes rendirte, tu sistema nervioso será pronto destruido… —dice su doble.
—Sigo preso de esa ilusión, demonios…despojaré todas las dudas que hay en mi mente… —se tranquiliza el verdadero Faetón.
—¡Su cosmos crece! ¿Qué planea hacer?
—Así que me golpearé a mí mismo si ataco ahora… —dice desafiante Faetón.
—¡Es una pena, con tu psiquis en tan lamentable estado no serás capaz de defenderte!
El santo de oro lanza un enorme ken dirigido a su corazón, pero el sacerdote solar detiene la técnica.
—No me abruma tu ilusión fantasma…
Faetón de Olimpia enciende su cosmos, su mente logra concentrarse, sus dudas comienzan a despojarse.
—¡Se ha puesto a meditar! ¡No tengo tiempo para que hagas tus estupideces, muere…!
Ikki de Leo lanza un poderoso golpe pero éste no surte efecto, una defensa de rayos solares protegen a Faetón, acto seguido éste último eleva aún más su cosmos y el daño recibido por el puño diabólico desaparece.
—Ahora que he sido iluminado por la verdad, no seré engañado más por tus ilusiones, finalmente soy inmune a todos tus trucos, pide clemencia y te daré una muerte sin dolor… —exclama Faetón.
—¿Finalmente piensas que eres inmune a mi puño fantasma? Comprobémoslo… —Ikki se prepara para ejecutar el puño fantasma nuevamente.
—Si me atacas devolveré tu técnica y encontrarás la locura…
—Veamos quien alcanza primero la locura… ¡PUÑO FANTASMA!
El guardián del oráculo desprende una luz con sus ojos que detiene la energía del puño fantasma, regresándolo a su ejecutante, el cual queda paralizado.
—Ahora estás acabado, tu psiquis debe estar destruida… —se ríe Faetón a carcajadas.
—¡Parece que solo tendré una opción…! —pensaba Ikki.
—¡Este será tu fin…estás a mi merced, VIENTO DE LA CORONA SOLAR!
—¡No puedo moverme!
El guardián del oráculo lanza un enorme viento tempestuoso rodeado de llamas, que amenaza con destruir a su enemigo, sin embargo el santo de Leo reacciona rápidamente evitando cada uno de las llamas y corre rápidamente envuelto en fuego, con el objetivo de no ser arrastrado por los vientos, hasta que se sitúa frente a su enemigo y con un violento puñetazo atraviesa el corazón de Faetón.
—Entonces tú…no, no es posible… —dice Faetón escupiendo sangre y ahogándose en gemidos de dolor.
—Así es…mis alas llameantes y el puño fantasma eran inútiles contigo, éste último no me hizo ningún daño cuando me lo has reflejado en mí, ya lo he recibido en batallas pasadas, mi técnica no tiene ningún efecto en mí, si bien pudiste escapar de mis ilusiones fuiste preso de mi actuación, en otras palabras sólo fue un señuelo… —explico Ikki y luego quitó su puño del corazón de su enemigo, que cae al suelo desplomado.
A continuación Ikki atraviesa el templo en dirección de la pitonisa, sin ninguna herida mortal, finalmente llega a lahabitación de la mujer encargada de revelar las profecías oraculares.
—Así que el último de los sacerdotes solares ha sido vencido por el último de los santos dorados…
—¿A qué te refieres con el último?
—Tus otros cuatro compañeros, en este momento se debaten entre la vida y la muerte…
—Si ellos no sobreviven será porque no están calificados para luchar en ésta guerra…
—Pese a que tus puños son ardientes, tu corazón es muy frío…
—Basta de plática, quiero conocer el futuro de la guerra…
—El futuro es siempre incierto, pero puedo decirte luego de una larga meditación, que ésta guerra podría terminar solo con perdedores, el Cielo, el Infierno, el Mar y la Tierra podrían ser destruidos si el enemigo de antaño del Olimpo escapa del Tártaro… —dice enigmáticamente la pitonisa.
—¿El Tártaro? Te refieres acaso a…
—Cronos y sus hermanos no tardarán en escapar ahora que el Infierno no es regido por el rey Hades, el poder de la nueva regente, Perséfone, no es suficiente para contener a los titanes, el sello de los olímpicos terminará por romperse y cuando esto pase, una segunda Titanomaquia terminará por destruirlo todo…
—Que malas noticias, entonces ésta guerra no tiene sentido, todo está perdido… —se lamenta fríamente Ikki.
—La esperanza es lo último que se pierde…el dios del Inframundo tarde o temprano resurgirá, hay que mantener a los titanes en el Tártaro hasta que eso ocurra…es la única posibilidad que esta guerra tenga un vencedor…
—¿Cómo puedo hacer para contener a los titanes?
De repente el cuerpo de la pitonisa empieza a levitar, mientras ésta esboza una cara de pánico, repentinamente la mujer es desmembrada por una fuerza invisible.
—¿Qué carajo? ¿Qué pudo haber pasado esto? Cargaré con tu rencor…
Ikki regresa con gran cólera tras presenciar la violenta muerte, pero en ese instante siente un cosmos tremendo.
—¡Este cosmos, es comparable al de Atenea!
De pronto el sacerdote oracular, Faetón, se levanta tambaleante, con un gran boquete en el pecho, del cual escapaba sangre a borbotones.
—¡Pero si te atravesé el corazón! —dice Ikki sorprendido.
—No dejaré que esto termine así, aunque muera te llevaré conmigo… —contesta Faetón.
—¡No lo creo, deberías estar muerto!
—Mi señor Apolo está iluminándome, ha extendiendo mi vida por unos momentos, no voy a fallarle…
—¡Está incendiando su cosmos a un nivel inimaginable!
—Ahora usaré… ¡mi técnica suicida, la más poderosa, aquella que se compara al carruaje de fuego de Helios, el cuál cruzaba los horizontes de un extremo a otro! —grita Faetón.
—¡Está haciendo estallar su energía, este hombre quiere llevarme consigo! —dijo Ikki asustado.
—¡LOS CORCELES DE FUEGO!
El cosmos Faetón estalla y se convierte en caballos de fuego que arremeten contra el santo de oro, representando un gran peligro.
—¡Maldito! —brama Ikki.
El guardián del oráculo desaparece repentinamente, para luego aparecer detrás de su enemigo, tomándolo de sus espaldas.
—¡A cambio de mi vida te llevaré conmigo, como sacrificio para mi señor Apolo!
—¡Suéltame maldito!
Los dos guerreros suben rápidamente, destrozando el techo del lugar, ascendiendo a los cielos, tomando la forma de unos corceles de fuego, expandiendo luz por todo la tierra, tal cual lo hace Helios cuando brinda de luz al mundo, precedido de Eos, la aurora, los dos combatientes finalmente desaparecen en la luz.
Monte Olimpo.
Tres de los ángeles dialogaban sobre los acontecimientos devenidos.
—Los guardianes de los oráculos finalmente han sido vencidos, uno a uno… —comenta Jasón.
—Es increíble, guerreros como ellos vencidos… —continúa Pólux
—No deben olvidar que ellos cuentan con la protección de Atenea… —recuerda Ganimedes.
—¡Igual es una utopía pensar que pueden vencer al Olimpo entero…! —dice Pólux con gran seguridad.
—No estoy tan seguro… —contesta Jasón.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Pólux.
—No me adelantaría a dar un resultado de la guerra santa… —concluye Jasón.
—Jasón tiene razón, es demasiado pronto para sentenciar… —menciona Ganimedes.
—¡Pero…! —se interroga así mismo Pólux.
—Aunque tus dichos sean lógicos y solo un milagro podría hacer que venzan al Olimpo entero. —continúa Ganimedes… —Ustedes lo saben bien, los santos son capaces de hacer milagros…
Templo del Sol.
El dios solar se encontraba en el trono de su palacio, en el monte sagrado, hasta que pronto es interrumpido en su meditación por su hermana.
—Hermano, ¿qué es lo que ha sucedido? ¿Cómo pueden haber sido vencido tus guerreros sagrados?
—Nunca pensé que ellos…malditos, como pueden haber fracasado así… —se lamenta Apolo.
—Debemos mantener la cautela, aunque sea improbable una victoria de Atenea…
—Deja de decir sandeces… —frunce el ceño. —Es imposible que los dioses olímpicos sean vencidos, sus niveles y los nuestros son incomparables… —concluye con soberbia Apolo.
Mar Mediterráneo.
En las costas se encontraban el magnate Julián Solo junto con su acompañante, Sorrento de Sirena, ambos usaban ropa formal.
—Finalmente podemos decir que hemos ayudado a numerosas familias que sufrieron las torrenciales lluvias… —menciona Julián.
—Así es, todo gracias a su puro corazón, señor Julián… —contesta afablemente Sorrento.
—No es para que me dediques semejantes palabras Sorrento… —ríe Julián. —Además sé que si tú pudieras, harías lo mismo con mi fortuna, además de que me acompañas y tocas la flauta, lo cual maravilla a tantos niños carenciados…
—Nada me hace mejor que hacer feliz a los niños… —sonríe Sorrento.
De pronto se siente un pequeño resplandor, Sorrento mira asombrado, el semblante de Julián cambia repentinamente como aquella vez en la guerra santa contra Hades, en donde Poseidón despertó momentáneamente para brindar ayuda a los santos.
—¡¿Julián?! —de pronto Sorrento siente la energía de su dios y se hinca.
—¡Sorrento! —su voz cambia. —Pronto la peor de las guerras santas comenzará…
—¡Señor Poseidón…! ¿Es que usted ha vuelto a despertar?
—Solo puedo manifestar una pequeña voluntad desde el ánfora de Atenea… —dice Poseidón mientras se resiente de pronto el cuerpo de Julián.
—¡Señor Poseidón! ¡¿Qué le está sucediendo?!
—¡La pequeña proyección que estoy enviando está desapareciendo…pero antes de eso…pronto despertaré, lo sé, eso está escrito en el oráculo!
—¿El oráculo?
—¡La guerra santa entre Atenea y el Olimpo se aproxima! —informa Poseidón.
—¿Qué? —se pregunta Sorrento desconcertado.
De pronto la energía divina del emperador de los mares se esfuma y Julián Solo, recipiente del dios, se desploma en el suelo, el general marino lo auxilia rápidamente, tomándolo de su espalda.
—Sus signos vitales están bien, pronto se recuperará, la guerra santa contra el Olimpo, acaso el emperador volverá de su letargo…dijo algo del oráculo, ¿pero lucharemos para el Olimpo…? Seguramente, Poseidón es uno de los olímpicos…todo esto debe estar relacionado con esas poderosas tormentas solares que se han desencadenado en la Tierra…nunca pensé que fueran algo normal. Así que el Olimpo estaba detrás de todo esto… —reflexionaba el general de los mares con gran preocupación.
EL Santuario.
Ruinas cercanas al coliseo.
Pléyade de Orión y Alkes de Copa se encontraban conversando, era pleno atardecer, una tarde soleada de verano, de pronto son interrumpidos por un grupo de soldados.
—¡Señor Pléyade, señor Alkes! —dice un soldado exaltado.
—¿Qué ocurre? —pregunta Pléyade de Orión.
—¡Unos sujetos extraños irrumpieron en el Santuario, tienen un gran cosmos, intentamos detenerlos pero nos desarmaron…! —dice el soldado asustado.
—¿Dónde se encuentras? —pregunta Alkes de Copa.
—¡Ya están aquí! —menciona Pléyade y a continuación lanza un ken de su puño.
Repentinamente unos sujetos evaden el ataque de Orión.
—¿Quiénes son ustedes? —Alkes de Copa interroga.
—Esa no es forma de recibirnos en el Santuario… —dice un sujeto de cabello rubio verdoso.
—¡Preséntense en éste momento! —exige Pléyade de Orión.
—Somos santos, igual que ustedes, mi nombre es Kanon de Géminis…
—¿Un santo dorado? Eso es imposible…
—Si son santos… ¿por qué no visten sus armaduras en estos momentos de alerta? —pregunta un desconcertado Alkes de Copa.
—Yo soy Daidalos de Cefeo, nosotros hemos escapado del Infierno, solicitamos ver a Atenea…
—¡No verán a nadie, en éstos momentos cualquier desconocido puede ser un potencial enemigo! —brama Pléyade de Orión.
—No queremos lastimarlos, no nos obliguen a hacerlo… —dice Shion con espíritu conciliador. —Llévenos con Atenea, es una orden mía, del antiguo Patriarca del Santuario…
—¡Calla, no te tomes atribuciones! —dijo Pléyade mientras lanza un puñetazo de luz.
El ataque es detenido por la palma de la mano de Shion con gran destreza.
—¡Debe ser un santo dorado realmente!
En ese instante sobre una columna de las ruinas aparece Marín de Águila, que camina hacia los visitantes, los santos de plata observan confusos la escena.
—Deténganse…increíble, tú eres Daidalos…ustedes, ¿cómo es posible que estén aquí?
—Entonces es cierto…dicen la verdad. —murmura Alkes de Copa.
—Marín… ¿tú conoces a estas personas? —pregunta Pléyade de Orión.
—Son algunos de los guerreros que murieron en las últimas batallas… —explica Marín.
—Es una larga historia, ya se las contaré, pero ahora nos urge ver a Atenea… —manifiesta Shion.
Marín junto con los demás santos escolta a los cuatro sujetos hacia las doce casas.
