Capítulo 7: Las cazadoras de la Luna.

Tras largos épicos combates, los cinco sacerdotes solares de Apolo fueron vencidos, no obstante los santos de oro arriesgaron sus vidas, las cuáles ahora pendían de un hilo.

Ikki de Leo había triunfado sobre Faetón, después de su victoria el santo consultó a la pitonisa, quién le advirtió sobre los peligros que podría traer una posible liberación de los titanes del Tártaro, el infierno más temible al que fueron confinados por Zeus. El japonés escuchó atentamente la predicción del oráculo y presenció la muerte de la pitonisa, pero cuando estaba por volver al Santuario se encontró con la sorpresa de que el cosmos Apolo ayudó a Faetón, quién se levantó nuevamente, usando su técnica final, llamada los corceles de fuego, tras finalizar dicha técnica ambos guerreros desaparecieron sin dejar rastros.

Shion de Aries, Kanon de Géminis, Orfeo de Lira y Daidalos de Cefeo regresaron de los infiernos después de despertar el octavo sentido. Los santos de plata que se encontraban en el Santuario escoltaron a sus camaradas que escaparon del Infierno, atravesando las doce casas mientras explicaban lo acontecido, una vez en el templo del Patriarca, dadas las explicaciones y presentaciones pertinentes, Marín de Águila, Alkes de Copa y Pléyade de Orión se retiraron.

El Santuario.

Templo del Patriarca.

Shion, Kanon, Orfeo y Daidalos se encontraban hincados ante el misterioso líder de los ochenta y ocho santos.

—Sus presencias son un gran augurio para nuestra esperanza, sin embargo me temo que no debemos perder el tiempo, es menester liberar las almas de los santos dorados, para lo cual los oráculos han revelado que es necesario bloquear los cosmos de los gemelos astrales, Apolo y Artemisa… —enseña el Patriarca.

—Hemos pensado enviar a lo que queda de nuestro ejército al templo de la Luna, para intentar derrocar a Artemisa. Sin embargo el templo del Sol es prácticamente inaccesible para santos de un rango de bronce y plata…en algún momento pensamos que Seiya y los demás podrían ayudarlos, pero me temo que sus vidas penden de un hilo… —explica el asistente.

—Podríamos ir nosotros… —expresa Shion.

—Sí, estoy contemplando esa posibilidad…después de todo puedo decirles cómo llegar hasta el templo del Sol, pero me temo que podría resultar en vano una travesía semejante para ustedes… —dice con preocupación el Patriarca.

—Puede que no sea necesario derrocar a Apolo, existe una técnica que puede encerrar a un dios… —contesta Shion.

—Ya lo sé Shion, pero creo que podría no ser suficiente para aprisionar a un dios como Apolo… —dijo el recóndito Sumo Pontífice.

—De todas maneras creo que no hay otra alternativa… —menciona Kanon.

—Nosotros cuatro podríamos lograrlo… —acota Orfeo.

—Orfeo de Lira, tu poder y tu sabiduría serán de gran utilidad en la guerra santa, pero sin un manto dorado no tendrían oportunidad frente al dios del Sol… —esboza el asistente.

—Es cierto, ustedes santos de plata encabezarán las tropas y se dirigirán a los territorios de la diosa de la Luna… —continúa el Patriarca. —Shion, Kanon, ¿creen poder lograr la odisea de atrapar a Apolo?

—Haremos lo que esté a nuestro alcance… —aduce Shion con paciencia.

—No se expongan innecesariamente, cuando lleguen a los dominios del Sol esperen el momento preciso para mostrarse, yo les enseñaré como pasar inadvertido… —ilustra el Patriarca.

Templo de la Luna.

Artemisa se encontraba sentada en el trono de su imponente palacio junto a una de sus satélites más devotas, Calisto, las antorchas encendidas adornaban las paredes, el templo no tenía techo, la Luna se mostraba en todo su esplendor, mostrando un brillo excelso.

—Atenea está logrando controlar el castigo que mi hermano ha preparado para los mortales, deteniendo las tormentas solares…es hora de que el mundo conozca la ira de la diosa de la Luna…

—Mi señora… ¿Zeus ha aprobado tal cosa? —pregunta hincada Calisto.

—Zeus ha condenado a los humanos y nos ha pedido que nosotros efectuemos el castigo, quizá fue un acto de soberbia por parte del dios Sol creer que el sólo podría doblegar la protección de Atenea…pero estoy seguro que juntos podremos implementar el castigo divino…

—¿Qué va a hacer mi señora?

—A partir de ahora, iré a la cúspide del templo y concentraré mi poder para alterar la órbita lunar, las mareas crecerán en todo el mundo y los maremotos azotarán las costas…

—Si ésa es su voluntad, que así sea… —contesta Calisto haciendo una reverencia.

El Santuario.

Templo del Patriarca.

El jefe absoluto del refugio tras Atenea, había reunido a treinta y ocho santos de bronce y once santos de plata.

—¡Santos! Finalmente la hora de invadir el monte sagrado ha llegado… —avisa el Patriarca.

—Es hora de detener las calamidades que nuestro planeta…en estos momentos además de las tormentas solares y de las plagas, nos ha llegado información de que las mareas están creciendo y en poco tiempo, tremendos tsunamis azotarán a los países costeros, y a las islas del mundo… —completa el asistente.

Los santos de bronce y plata asienten con gran concentración.

—Su santidad… ¿cuál es el camino al Olimpo? —pregunta Alkes de Copa.

—El camino es a través de la Colina de las Estrellas…

—¿Se refiere al lugar donde se puede leer los cielos? —interroga Pléyade de Orión.

—Así es…Kiki por favor llévanos ahí… —ordena el Patriarca.

Kiki de Buril teletransporta a sus camaradas hacia el lugar más alto del Santuario de Atenea, en unos segundos ya se encontraban presentes en dicho sitio.

Colina de las Estrellas

—Este el legendario lugar donde los Patriarcas anticipan los movimientos de los dioses… —explica el asistente.

—Bajo aquellas columnas el tiempo y el espacio se distorsiona, se abre la puerta de los dioses… —enseña el Patriarca. —Si uno de nosotros entra sin la protección de un dios morirá inmediatamente…

—¡Iremos al Olimpo! —menciona con ánimos Marín.

—¿Cómo haremos para ir? —pregunta Rotanev del Delfín, un joven santo de bronce, que tenía un alborotado cabello rubio platinado hasta sus hombros y ojos verdes.

—¡Con los sagrados sellos de nuestra diosa Atenea! —contesta el Patriarca y con un giro veloz, abruptamente abre sus brazos arrojando varios sellos con la inscripción sagrada de Atenea en griego.

Los sellos se quedaron flotando en el aire frente a los santos, que los agarraron inmediatamente, una gran energía resplandece mientras envuelve sus cuerpos.

—¡Vamos a las columnas! —exclamó Daidalos de Cefeo con mesura.

Los santos van entrando al portal y desaparecen bajo las columnas que separan el tiempo y el espacio. La gran mayoría de los guerreros entraron al Olimpo, quedando sólo en la Colina de las Estrellas el Patriarca, su asistente y Kiki de Buril, éste último se disponía a seguir al resto de sus compañeros.

—¿Ahora es mi turno? —dice un animado Kiki.

—Me temo que no, tú los alcanzarás más tarde, te asignaré otra misión… —ordena el Patriarca.

—¿Una misión? —pregunta el pequeño santo de bronce de Buril.

—Seiya y los demás han conseguido las profecías, los he seguido a través de la omnisciencia, pero me temo que si no los ayudamos morirán irremediablemente… —explica la situación el Sumo Pontífice.

—¿Qué? Los traeré de inmediato… —dice Kiki al tiempo que se teletransporta.

—Ahora es tu turno… —murmura el Patriarca a su asistente.

El asistente asiente con la cabeza, se quita las vestimentas papales y se dirige también al Olimpo, al igual que los santos.

Pie del monte Olimpo.

La base del monte sagrado era un lugar imponente, una montaña de estratosféricas dimensiones se levantaban ante ello, cientos de nubes atravesaban el gigantesco monte en diversos puntos, a la lejanía podía verse un palacio majestuoso, pero antes se apreciaba una extensa arboleda escalonada en diferentes niveles.

—¡Este es el mundo celestial…! —dice sorprendido Gliese de Altar.

—No había visto a Gliese en la Colina de las Estrellas… —le murmura Jabu a su amigo Ichi.

—El Patriarca Gliese ha venido con nosotros… —susurra por lo bajo el joven Épsilon del Escudo, quién tenía largos cabellos negros y ojos grises.

—Aquellas son la puerta del templo de la Luna, debemos tener cuidado, pueden haber satélites acechando… —advierte Marín.

—¿Quiénes son las satélites? —pregunta June de Camaleón.

—Son las cazadoras de Artemisa…son muchas pero no sabemos el número exacto… —contesta Marín.

—Existe una innumerable cantidad de satélites alrededor de los planetas del sistema solar. Suponemos que puede haber una guerrera por cada satélite de nuestro sistema solar… —ilustra Gliese de Altar.

—¡Solo alrededor de Júpiter hay sesenta y siete…podría ser una guerra demasiado desequilibrada! —concluye Alkes de Copa.

—¿Qué? Tiene un ejército enorme… —acota Shaina de Ofiuco.

—Suponemos que la gran mayoría son solamente buenas con el arco, grandes tiradoras… —menciona Gliese de Altar.

—Lascomoune y Calisto son dos guerreras de las que deberíamos cuidarnos me comentó Shun… —analiza Marín de Águila. —Lo mejor sería entrar sigilosamente, sino podemos ser asaeteados con las flechas de las satélites…

—¡Vamos de inmediato! —dijo Pléyade de Orión.

Los santos de bronce y plata avanzan y repentinamente anochece, como por arte de magia, ante las atónitas miradas de los presentes, quiénes no comprendían el cambio sucedido.

—¿Qué ha ocurrido? Se ha hecho de noche súbitamente… —expresa un temeroso Ban de León Menor.

—Hemos entrado al territorio de Artemisa, se dice que en esta parte del Olimpo el día no existe… —ilustra Gliese de Altar.

—El poder de Artemisa, la diosa que ilumina la noche… —afirma Alkes de Copa.

—¡Miren! —Marín de Águila señala al cielo.

Una enorme Luna llena resplandecía en toda su majestuosa intensidad, la cual se mostraba más vigorosa que nunca, alumbrando con gran potencia.

—No es momento de mirar el paisaje… ¡vamos! —comenta un malhumorado Pléyade.

En el momento en que Orión guía a los santos, unas flechas atacan rápidamente desde los costados.

—¡Estos esbirros no me detendrán…CACERÍA DE ESTRELLAS!

El santo de Orión eleva su cosmos, sus cabellos negros revolotean a la altura de su cuello, su brazo izquierdo hace un movimiento agitándolo como estuviera cazando estrellas, luego las sostiene en su puño cerrado, para soltarlas violentamente hacia adelante, entonces de su palma emergen diminutas estrellas que brillaban como un poderoso astro, todas se concentran en un punto, una incontable cantidad de estrellas relucientes se incrustan en las satélites rasas, quienes son vencidas en el acto.

—¿Fue ese un golpe a la velocidad de la luz? —balbuceó para sí Jabu de Unicornio, quién sólo observó un resplandor antes de que las satélites caigan al suelo vencidas.

—¡El camino se ha convertido en un enorme bosque! —exclama sorprendido Nachi de Lobo.

Repentinamente un cosmos se manifiesta, se trataba de una mujer de presencia imponente, la cual llevaba una armadura sagrada y un cetro con forma de media luna.

—Una satélite…tiene un cosmos poderoso… —reflexionaba Marín para sí.

—¡Santos! Han venido a las órbitas, son valientes. Mi nombre es Calisto, satélite de Júpiter…

—Hemos venido desde el Santuario para impedir sus actos devastadores en nuestro planeta… —dice rudamente Shaina de Ofiuco.

—Este es el bosque de las cazadoras, este es el cosmos de mi señora Artemisa, así bajo la luz de la Luna tendrán que atravesar las órbitas de nuestro sistema solar… —explica Calisto.

—Eso quiere decir que… ¿tenemos que atravesar este bosque para llegar con Artemisa? —pregunta Pléyade de Orión.

—Algo que nunca podrán hacer… —contesta a cortapisas Calisto.

—¡Cállate miserable! —grita Pléyade y lanza un puñetazo de luz.

Tras el veloz ataque de luz, la satélite esquiva el ataque haciéndose invisible y apareciendo en otro punto, mostrando su enorme poder.

—¡Qué velocidad! —pensó Pléyade.

—Si quieren llegar al templo de la Luna deberán atravesar las cinco órbitas que custodian todas las satélites, Neptuno, Urano, Saturno, Júpiter y Marte. Los esperaré en la órbita de Júpiter, si es que logran llegar… —exclama Calisto con autoridad y desaparece en la oscuridad.

—Se ha ido… —completa Alkes de Copa.

—¡Nos dividiremos en varios grupos! —menciona Gliese de Altar.

Los santos de bronce se distribuyen en pequeños grupos de entre cuatro y cinco, los santos de plata van cada uno por su lado.

Orbita de Neptuno.

Marín de Águila deambulaba en el bosque, se encontraba algo confundida, sin saber cuál podía ser el camino, guiándose con cierta intuición.

—Me pregunto si estaré perdida… ¡este bosque es increíblemente inmenso! —murmuró mirando asombrada como la luz de la Luna se filtraba en el bosque.

Una enemiga entre las sombras lanza varias flechas repentinamente, pero Marín las esquiva con gran destreza, saltando de un lado hacia el otro.

—Ha esquivado mis flechas, es suficiente para que sea nuestra enemiga… —dijo una voz proveniente de la arboleda.

—¿Quién eres cobarde que atacas desde la oscuridad? —dijo Marín apretando su puño.

Tres satélites salen de entre los árboles, mirando de manera desafiante a su enemiga, todas vestían ropajes sagrados.

—¿Cobarde? Soy Despina, satélite de Neptuno, sólo estaba probando si estás calificada para ser nuestra rival…

—Mi nombre es Halimede, ¡estás en aprietos mujer…! —da un paso hacia adelante y la ateniense retrocede dos pasos dispuesta a luchar.

—Soy Talasa, cómo te adentras sólo al bosque… ¡eres una suicida!

—Son tres… ¡no importa la cantidad, las derrotaré a todas juntas si es necesario…! —exclama Marín encendiendo su cosmos.

—Conmigo será suficiente… —Halimede lanza un flecha hacia los el oscuro cielo.

Marín observa la situación confundida y presta a defenderse. Desde cielo empieza a caer una nauseabunda lluvia, la cual tenía un olor penetrante, que descomponía rápidamente la armadura de plata.

—¡Que horrible olor! Pero no será suficiente para que me derrotes… —dice Marín con dificultad.

—¡Pareces no comprender…este es mi poder…LLUVIA DE FLECHAS!

Halimede lanza su flecha hacia arriba y del cielo cae una lluvia de amoniaco.

—¡Diablos, ésta lluvia es tóxica…!

Marín cae al suelo con la precipitación feroz que pronto se convierte en agujas, las cuáles acuchillan su cuerpo.

—Es tu fin intento de santo… —dice con soberbia Halimede.

—Es un buen intento, pero está lejos de acabarme… —contesta Marín.

—¡Tu destino es tener un edema pulmonar ya mismo…! —dice Halimede entre carcajadas, confiada de su victoria.

—¡Mira abajo!

—¿Qué…?

Halimede se encontraba confiada, pero ante las palabras de su enemiga ésta se preocupa e instantáneamente observa hacia abajo, logrando ver que su rival aparece repentinamente.

—¡Una verdadera técnica debe ser de este tipo…ESTRELLAS FUGACES!

Miles de meteoros celestes golpean una y otra vez el cuerpo de Halimede, su armadura yace destruida, mostrando su cuerpo severas heridas.

—Entonces ha sido todo una ilusión… —dice Halimede en su última agonía y sus ojos se cierran, la respiración finalmente la abandona.

—Nunca sufrí su técnica, siempre me mantuve fuera del campo de acción de tu lluvia tóxica… —explica Marín lo sucedido.

—Ha matado a Halimede… ¡no te lo perdonaremos…! —dice una enfurecida Despina.

Ambas satélites sobrevivientes lanzan sus flechas al unísono, pero Marín las esquiva una a una con gran velocidad.

—¡EL DESTELLO DEL ÁGUILA!

Marín salta evitando las flechas con gran agilidad, encajando primero una patada contra Despina y luego contra Talasa, derrotando a ambas en cuestión de segundos.

—Estas satélites tienen individualmente el poder de un santo de bronce ordinario, seguramente hay otras como Calisto que tienen otro nivel cósmico, esta batalla no será fácil…

. . .

Alkes de Copa corría rápidamente a través del bosque, mirando a sus costados atentamente, hasta que se detiene al sentir una amenaza.

—Tengo que estar precavido…puedo percibirlas, ellas están escondidas… ¡muestren sus caras…! —gritó fastidiado.

Dos satélites aparecen frente al ateniense.

—¡Es un santo de plata…! —menciona Psámate.

—Así es, soy el santo de la Copa, mi nombre es Alkes…

—¡Te castigaremos por oponerte a la voluntad de la excelentísima Artemisa…! —acota Sao.

—Ustedes no tienen el poder para darme un castigo… —contesta un seguro Alkes...

—Vaya confianza… —reprende fastidiada Sao.

—¡Dejen que siga mi camino o no me dejarán otra opción que aniquilarlas!

—¡Estás en el territorio sagrado de Artemisa, tomaremos la cabeza de cualquier santo que ose invadir este lugar! —contesta vehementemente Psámate.

—Ustedes no son rivales para mí…

—¡Presumido! —Psámate eleva su cosmos.

—¡Te mataremos en un segundo! —completa Sao.

—Tienen cosmos, no son simples satélites rasas. —pensaba Alkes sin preocuparse.

—¡Muere! —grita Psámate.

Las dos satélites lanzan sus flechas a gran velocidad, pero estas caen como si hubieran chocado duramente contra algo.

—¿Qué? —dice presa de la sorpresa Sao.

—¿Qué es lo que ha sucedido? Es humedad… —concluye Psámate.

—Estás en lo cierto, esta humedad condensada del ambiente repele cualquier ataque…no hay forma siquiera de que me toquen con sus flechas. —se vanagloria Alkes.

—¡Psámate…juntemos nuestros cosmos! —añade Sao.

—¡Vamos!

Las dos satélites lanzan sus flechas, el santo de plata avanza con sus manos extendidas y las flechas caen al suelo.

—¡Es demasiado poderoso! —se lamenta Psámate.

—Estoy tardando mucho… ¡LANZAS DE HIELO DEL LOTO BLANCO!

Alkes de Copa atraviesa a las satélites con sus lanzas de hielo sin más, las guerreras de Artemisa caen al suelo sin poder decir una palabra.

—Debían estar soñando si pensaban en derrotarme con esa fuerza que tienen… —pensaba Alkes.

. . .

Jabu de Unicornio, Geki de Oso, Ichi de Hidra, Nachi de Lobo y Ban de León Menor se internaban por el bosque con sumo cuidado, sabían que algunas batallas se estaban desencadenando al sentir los cosmos de sus camaradas.

—Es hora luchar por Saori… —anima Jabu.

—¡Silencio! Escucho a alguien entre los árboles… —advierte Nachi.

—¿En dónde? —se pregunta Jabu.

Repentinamente una flecha vuela por los aires, precipitándose sobre los santos de bronce de forma traidora y amenazante.

—¡Cuidado! —grita Nachi mientras empuja a Ichi.

El proyectil que tenía como destino el corazón del santo de Hidra termina impactando en el brazo del santo del Lobo, que grita con dolor.

—¡Nachi! —exclama Geki de Oso.

—¡Me has salvado la vida! —agradece Ichi de Hidra a su camarada.

Nachi de Lobo se saca la flecha del brazo y un chorro de sangre sale tras ella.

—¡Muéstrate cobarde! —grita Jabu.

—¡AULLIDO MORTAL!

Nachi de Lobo extiende su brazo sano, lanzando un ataque cortante en forma de lámina luminosa, que golpea a la satélite que se encontraba oculta en uno de los árboles.

—Así que tú eres la satélite que disparaba a traición… —expresa Nachi de Lobo.

—Así es. Soy Larisa de Neptuno…

De pronto Nachi de Lobo se resiente de su herida, la cual sangraba.

—¡Entrega tu arma y ríndete, de esa te perdonaremos la vida…! —dice enojado Jabu.

La satélite saca una nueva flecha y apunta al Unicornio.

—¡Estoy preparada para morir por mi señora Artemisa, pero me llevaré a uno de ustedes conmigo! —exclama Larisa.

Aprovechando la diferencia numérica, Ban ejecuta su técnica del bombardeo del León Menor sorpresivamente, tirándose hacia adelante, atacando con una tijera, quebrando el cuello de su adversaria al finalizar la técnica.

—La has cogido desprevenida… —comenta Geki de Oso.

—Podría haber matado a Jabu, después de todo es el enemigo. —contesta Ban del León Menor.

. . .

Rotanev de Delfín, Nihal de Liebre y Steven de la Máquina Neumática corrían rápidamente con prisa, éste último venía atrás de los demás, cuando una flecha inesperadamente se incrustó en su yugular, causándole la muerte instantánea.

—¿Escuchaste eso? —pregunta Nihal de Liebre volteándose.

—¡Steven! —grita Rotanev de Delfín.

—¡Hija de puta, mataron a Steven! —exclama encolerizado Nihal de Liebre.

—¡Ya sé dónde estás maldita asesina! —dice Rotanev de Delfín enfurecido, mirando a donde se encontraba la satélite.

—Me han descubierto, soy Neso… ¡pronto los reuniré con su amigo en el infierno!

La satélite se disponía a lanzar su flecha, pero la cólera de los santos de bronce al perder a su camarada era demasiada.

—¡CARRERA MORTAL! —exclama Nihal de Liebre mientras abanica la palma de su mano, enviando una proyección cósmica de sí mismo

—¡IMPACTO SÓNICO! —grita Rotanev de Delfín mientras junta sus dos puños, generando una onda de choques sónicos

Las dos técnicas de los santos de bronce impactan antes de que la satélite pueda lanzar una flecha, finalmente el manto orbital de la guerrera es destruido y cae al suelo con su cuerpo ensangrentado.

—¡Steven! Has sido vengado… —dice Rotanev de Delfín con voz temblorosa.

. . .

Épsilon de Escudo miraba cautelosamente atrás de los árboles, siempre presto a usar su escudo ante cualquier adversidad, se decía que su defensa era una de las más fuertes entre las ochenta y ocho constelaciones.

—Allí estás, es inútil que te escondas, ya te he visto…

Del bosque sale una cazadora, lista para comenzar un nuevo combate.

—Santo de Atenea, espero que estés preparado. —menciona fríamente Náyade.

—¡Encaja mis ROMPEHUESOS!

Épsilon se eleva poderosamente por los aires y baja girando sobre sí mismo, extendiendo uno de sus pies en punta, dándole efecto de taladro al golpe.

—No creas que será tan sencillo, ¡DESACELERACIÓN ORBITAL!

Náyade enciende su cosmos y tras unos segundos la técnica del santo plateado es detenida en su marcha.

—¿Qué? —se pregunta sorprendido Épsilon.

—¿Sorprendido? Tengo la habilidad de detener la velocidad que las cosas adquieren pero también puedo hacer un efecto inverso… —expone Náyade.

—Ha desacelerado mi movimiento frenético…

—Pero no sólo me defenderé… ¡ROTACIÓN ORBITAL!

Detrás de Náyade empieza a girar materia espacial y repentinamente ésta adquiere una gran velocidad, atacando al santo de plata.

—No eres tan fuerte, esperaba más…

Épsilon bloquea con su escudo la técnica por completa, saliendo ileso, mostrando su gran poder defensivo.

—¡Su escudo es muy sólido! —dice preocupada Náyade.

—¡Es la mejor defensa que tienen las armaduras plateadas, nunca me podrás derrotar!

—¡El combate recién comienza!

—¡Lo terminaré ahora mismo…ROMPEHUESOS!

—Esa técnica no funciona en mí, deberías saberlo… ¡DESACELERACIÓN ORBITAL!

—¡Ve al otro mundo!

Épsilon de Escudo eleva su cosmos y finalmente atraviesa la defensa de la satélite en cuestión de segundos, ésta recibe el poderoso y letal impacto en su cabeza, de la cual emerge una copiosa cantidad de sangre.

—No puedo entenderlo…ha burlado mi defensa. Los santos son fuertes…

—Sólo hacía falta imprimirle más velocidad a mi patada, de esa forma aunque desacelerabas un poco mis movimientos, mi velocidad seguía siendo alta para alcanzarte…los santos de plata superamos por mucho la velocidad del sonido…

—No te confíes de tus habilidades, hay satélites que te vencerían en tan solo un parpadeo… —dice Náyade con su último suspiro.

Los santos de Atenea continuaban avanzando a través del bosque lunar, sin saber a ciencia cierta qué tan grande era la amenaza de las guerreras de Artemisa…