Capítulo 12: Io, la primera de las galileanas. La historia del enigmático guerrero, Cefeo.
La batalla en el bosque lunar cada vez se hacía más violenta y difícil, entre las satélites existían seis conocidas como las satélites gigantes, de las cuáles dos ya habían caído y las cuatro restantes, conocidas como las galileanas, eran las más cercanas a Artemisa, el ejército ateniense había sufridos bajas inesperadas ante el sorpresivo poder de estas satélites, sin embargo, los enviados del Santuario ya habían logrado introducirse hasta la cuarta órbita, la de Júpiter, anteúltima escala antes del templo de la diosa lunar…
Cuatro de los más fuertes santos de plata avanzaban a ritmo demoledor, venciendo a cuanto enemigo se cruzara sin mayores dificultades, mientras los demás se veían forzados a entablar batallas de inesperado resultado.
Orbita de Júpiter.
Daidalos de Cefeo se encontraba a mitad de la penúltima órbita, cuando repentinamente comenzó a percibir temblores en el suelo, lo cual parecía ser obra de un enorme cosmos.
—Siento que el suelo se mueve bajo mis pies, acaso podrá tratarse de un terremoto…
—No caballero, se trata de mi cosmos, cada vez que arde hace temblar al suelo…
—Una satélite…tiene un cosmos temible…
Una nueva enemiga había aparecido, la satélite tenía una cabellera muy larga en tono rojizo, ojos verdes, rostro jovial y su manto orbital era de color naranja con tonos celestes.
—Yo soy Io, luna de Júpiter. Te compadezco por cruzarte en mi camino…ya que no tienes oportunidad…
La satélite eleva su cosmos y un fuerte temblor sacude al suelo, el santo de plata comienza a preocuparse para no caerse en las grietas que pueden abrirse en el suelo.
—Te ha invadido el miedo… —dice Io con una sonrisa en su rostro.
—Veamos si tu cosmos es tan grande como tu boca… ¡PRECIPITACIÓN DE ESTRELLAS!
El santo de plata explotó su cosmos, abriendo sus brazos a los costados y hacia arriba, liberando un flujo de energía que toma la forma de una galaxia espiral en el cielo, luego baja sus brazos con violencia y las diminutas partículas de energía que reposaban emulando un cúmulo de estrellas se precipita a la velocidad de la luz contra su adversaria.
Ante semejante técnica, la satélite hace gala de su velocidad de la luz y evade ajustadamente los impactos de la técnica del guerrero que fuera el mentor de Shun.
Sin embargo algunas estrellas alcanzaron a la cazadora de Artemisa, la cual se percata sorpresivamente de sus daños.
—¡Es mejor de lo que esperaba! —reflexiona Io al tocarse algunas heridas en el torso.
—¡Es más rápida que las otras satélites a las que he enfrentado!
—No me compares con las demás satélites, yo soy una de las cuatro galileanas, las más fuertes en la orden de Artemisa, me sorprendes que hayas sido capaz de herirme…
—Eso es solo el comienzo, tengo que apresurar el final para llegar al templo de la Luna… ¡CORONA DE ESTRELLAS!
El argentino extiende los brazos, abriéndolos a los cielos, sobre sus dedos se generan algunos pequeños astros de luz que al bajar los brazos violentamente, son disparados contra la satélite, ésta da un poderoso salto, evitando milagrosamente la técnica.
—¡Mi técnica no ha funcionado!
—Así que tú poder es equivalente al mío, es admirable, ahora es mi turno… ¡ERUPCIÓN DE AZUFRE!
Daidalos hace arder su cosmos lo más alto que puede, sabía que éste ataque podría significar su fin si no lograba evadirlo y para eso tendría primero que verlo, sin embargo recibe de lleno el ataque, siendo muy herido, el azufre le corroe la armadura de plata.
—¡Ella posee el séptimo sentido, debo tener mucho cuidado o me matará…! —pensaba Daidalos al tiempo que se levantaba con gran dificultad.
—Seré piadosa y te matare rápidamente… ¡ERUPCION DE AZUFRE!
La guerrera extendió sus brazos al frente enfrentando sus palmas al tiempo que entre ellas empieza a condensarse el aire y mutar los átomos hasta conseguir a formarse una extraña sustancia de color marrón, la cual bulle repentinamente y sale disparada en la dirección en la que han apuntado sus brazos.
El santo de plata ha logrado ver el ataque. Cuando el disparo del ataque de la satélite se disponía a impactar en el santo de plata, éste repentinamente se precipitó al suelo, quemando la tierra y la vegetación del lugar, liberando una gran cantidad de humor seguida por una llama y un olor penetrante.
—¿Qué mierda paso?
—Es mi colapso gravitacional…
—¿Cómo?
—He aumentado la gravedad a mí alrededor al diez mil por ciento…
—¡Has conseguido neutralizar mi técnica!
—Neutralizar técnicas del enemigo es mi especialidad…
—A pesar de ser un santo de plata tu poder se sitúa en el nivel de las galileanas…
—Ya he visto a través de tu técnica…aparentemente eres capaz de modificar los elementos del aire, para crear algún compuesto químico similar al azufre. Y lo disparas calentándolo con tus cosmos, luego usas tus brazos como un cañón para dirigirlo…
—Estoy impresionada, me has sorprendido… —susurra Io.
—Es natural que no lo sepas pero yo he escapado del mismo Infierno…
—Así que escapaste del Infierno de Perséfone, ¡no me impresionas, te venceré!
—¡No podrás usar tu técnica nuevamente!
—Pero apenas has visto la más básica de mis técnicas… —dijo Io mientras su cosmos se eleva súbitamente. —¡FLECHA VOLCÁNICA!
La satélite dispara una flecha al santo plateado, pero la misma es atraída por el colapso gravitacional y se estrella en el suelo a varios metros del ateniense.
—Has fallado, la que no tiene oportunidad eres tú… —musita Daidalos esbozando una sonrisa.
—¿Realmente crees que fallé?
—¿A qué te refieres?
En ese momento un poderoso temblor estremeció el suelo, el temblor se convirtió en terremoto, abriendo grietas en la tierra y emergiendo rocas desde adentro. La flecha había creado un pequeño volcán de dónde emergía magma, el cual empezaba a arrasar con todo.
—Mis flechas rasgan las placas tectónicas, permitiendo la liberación de magma, ahora dime santo de plata. ¿Cuántos volcanes necesitaré para quemarte? —dijo Io preparando otra flecha.
—No te dejaré disparar ni una flecha más… ¡PRECIPITACIÓN DE ESTRELLAS!
Las diminutas y súper densas estrellas cósmicas del sudamericano llovieron sobre la galileana, pero está moviéndose a la velocidad de la luz las evita con gran destreza.
—Parece que ya no puedes moverte tan rápido, ahora muere… ¡FELCHAS VOLCÁNICAS!
Io disparo una flecha tras otras, las cuáles todas eran atrapadas por el colapso gravitacional y se enterraban en el suelo a metros del santo de plata. Pero entonces un grave terremoto despedazó el suelo mientras cerca de una decena de volcanes aparecían entrando en erupción.
—¡Maldición! —dijo entre lamentos Io.
El río de lava quemaba todo a su paso, acercándose al santo plateado.
—¡Mi única oportunidad es darlo todo! ¡COLAPSO GRAVITACIONAL!
—¿Qué está pasando? Ha inmovilizado la lava, las llamas, incluso el humo está totalmente quieto y a ras del suelo…
—He aumentado la gravedad cien mil veces. Si te acercas un poco quedarás atrapada en mi campo magnético y tu cuerpo se aplastará a sí mismo…
—Pero tú apenas puedes hablar, imagino que la presión de tu campo magnético es inferior en su centro, justo donde estás parado, de lo contrario ya habrías sido aplastado por tu propia técnica.
—Tienes razón, pero aun así es imposible que llegues donde estoy…
—Pero a ti también te es imposible llegar hasta a mí, además si intentas atacarme con tus técnicas éstas te caerán encima debido a tu campo magnético, ya que eso fue la que las frenó la última vez, por eso tu ataque no alcanzó la velocidad de la luz, tu propia técnica la frenó, en realidad estás condenado…
—¡Me basta con levantar mi colapso gravitacional para poder atacarte libremente!
—Mientes, si lo haces la lava y el fuego volverán fluir con libertad y te alcanzarán. No tienes escapatoria, tú solo te has atrapado…
—Aun así no puedes atacarme…
—¡LOS CUATROCIENTOS VOLCANES DE IO!
La satélite Io presiona sus brazos junto a las costillas, mientras concentra entre sus manos su más poderosa técnica, entonces levanta los brazos al cielo cuan erupción y el suelo empieza a estremecerse.
—¡Quiero ver si eres capaz de frenar la fuerza volcánica de mi satélite regente!
La lava empieza a fluir por todo el suelo, un mar de magma parece emerger desde las entrañas del suelo. El santo de plata no puede contenerla, el campo magnético del plateado se rompe y la lava lo cubre por completo.
—Por fin, un digno adversario, aunque no logró hacerme ni un rasguño…
Un capullo de roca fundida y fuego cubría al ateniense, que en su interior sostenía este ardiente capullo con su técnica colapso gravitacional, sin embargo la presión ejercida en su propio cuerpo lo había dejado en un estado entre lo consciente y lo inconsciente, así lograba mantenerse en pie, ejecutando y soportando su propio poder para salvarse de una muerte horrible, al tiempo que su mente divagaba en recuerdos de su pasado.
—Esta sensación, ya la había sentido antes…
Recuerdos de la isla Andrómeda.
Hace algunos años, Daidalos de Cefeo se encontraba entrenando, fortaleciendo su cosmos, cuando irrumpe June, su discípula.
—¡Maestro Daidalos!
—¿Qué sucede June?
—Es una carta del Santuario…
La discípula entrega la misiva a su honorable maestro. El santo de plata lee con detenimiento lo que decía la carta.
—Me convoca el Patriarca…
—¿El Patriarca? ¿Entonces irá a Grecia?
—No…
—¿Por qué no irá? ¡Las órdenes del Patriarca son irrevocables…!
—Me han llamado para que explique sobre la presunta traición de Shun…
—¿Shun un traidor? ¡Es imposible!
—Tienes razón, es imposible que él sea un traidor…
—¿Entonces por qué no va a limpiar su buen nombre?
—Si Shun está peleando contra el Santuario, entonces es más posible que el Santuario haya traicionado sus propios códigos antes que un chico como él haya levantado su puño en contra de la justicia…
—¡Debería explicarle como es Shun al Patriarca!
—El antiguo maestro siempre ha sido considerado un hombre de gran sabiduría y amor, es como un dios para nosotros, sospecho que algo ha cambiado en el Santuario…temo que el llamado sea para pedirme la cabeza de mi discípulo…
—¡No puede ser! —dijo June con su rostro tenso.
—No lo sé con exactitud…pero no me arriesgaré a que se me asigne tal tarea…
—Maestro… ¿qué hará entonces?
—Voy a mantenerme neutral en éste conflicto…
Otros recuerdos…
El santo de Cefeo se encontraba en la playa de la infernal isla, mirando el horizonte, preocupado por su discípulo en el lejano oriente, su cabello negro se menea con el viento, cuando de repente un escalofrío recorre su cuerpo.
—Tengo una extraña sensación…es como si… —dice Daidalos para sí.
El viento circula sobre la rocosa Isla Andrómeda, el aroma de una rosa se percibe en el ambiente, el santo plateado advierte un cierto peligro. Repentinamente algo es arrojado a la velocidad de la luz contra el santo de plata, éste en un rápido movimiento atrapa el objeto, que resulta ser una rosa roja.
—¿Una rosa? —la agarra con su mano derecha.
De ente sus dedos escapan unos hilos de sangre, causados por las espinas de dicha rosa.
—Esto solo puede ser obra de una persona… ¡Afrodita!
—Eres el artífice de tu propio destino funesto… —rezumba una voz. —Tu reputación es verdadera, has podido alcanzar la velocidad de la luz…
Una brillante luz dorada resplandece, mostrando al más bello de los ochenta y ocho santos de la orden de Atenea.
—¡Las estrellas forjan nuestro destino!
—Así es, soy Afrodita de Piscis…uno de los doce santos de oro.
—¿Es el maestro quien te ha enviado…?
—Naturalmente, fue el maestro, quién está por encima de los ochenta y ocho santos…es la máxima autoridad en el Santuario, me ha enviado a castigar a los desertores. ¿Tenías la orden de venir a Grecia…porque osas contradecir la autoridad de su excelentísima?
—Santo de Piscis, no soy ningún desertor, soy fiel a la diosa Atenea, no obedeceré ciegamente a quién se aleja del camino correcto…
—¿Cómo te has atrevido? Te castigaré en ese caso en nombre del Santuario…
—Esto me confirma que el Santuario ha sido corrompido… —se pone su casco plateado, dispuesto a luchar.
—¡El maestro es el único que puede mantener la paz en el mundo…!
—Era natural que si Shun estaba dispuesto combatir era por una causa tan noble, jamás podría dudar de su corazón, Afrodita, yo… ¡sólo serviré a mi diosa Atenea! —se pone en guardia.
—¿Qué podría hacer esa niña para mantener la paz en el mundo?
—¿Es que no crees en Atenea?
—Solo creeré en aquel que pueda proteger el mundo de la invasión de los dioses malignos, que podría hacer una niña para detener a Poseidón, Hades y Zeus, santo de plata no seas insensato…
—¡Maldito traidor, la vida de los santos son para proteger a nuestra diosa, no te temo…PRECIPITACIÓN DE ESTRELLAS!
El santo dorado esquiva fácilmente cada golpe del santo de plata, con agilidad y gran elegancia.
—¡Ha esquivado todos mis golpes!
—Sabía que junto con Orfeo eres el santo de plata más poderoso, sí, tal cual un santo de oro, pero haber recibido esa rosa demoníaca tan ingenuamente ha sido tu perdición…
—¿Cómo has sido capaz de eludir tan fácilmente mi técnica?
—Mis rosas demoníacas reales son capaces de quitar los cinco sentido poco a poco, tu velocidad ha sido reducida de gran forma…
Repentinamente, el santo de plata ve doble a su rival, pronto siente sus movimientos pesados, ya no puede moverse.
—¡No puede ser, siento que he sido completamente envenenado!
—Yo, el guerrero de la belleza, siempre cumplo los encargos del maestro, adiós Cefeo… ¡ROSAS DEMONÍACAS REALES!
El santo dorado envía una gran cantidad de rosas que giran alrededor de su enemigo, éste poco a poco empieza a sentir que su energía se desvanece, su conciencia se apaga para aferrarse a un poderoso hechizo.
—Saga…tu misión ha sido cumplida, que descanses en paz, Daidalos de Cefeo… —dijo Afrodita mirando a lo lejos el mar.
Tiempo presente.
El santo de plata toma conciencia nuevamente en su batalla. Su técnica colapso gravitacional aplicado sobre sí mismo lo había mantenido activo, mientras divagaba por su inconsciente. El magma lo envolvía pero no lo tocaba, entonces el argentino eleva aún más su cosmos, finalmente el volcán fluye a sus alrededores.
—¿Cómo mierda es que sobreviste? —exclama una perpleja Io.
—En el último momento concentré el colapso gravitacional sobre mí, para evitar que la lava me alcance, pensé que moriría aplastado por la presión de mi propia técnica… —explicó Daidalos.
—¡Esta vez voy a mandarte al Infierno! ¡LOS CUATROCIENTOS VOLCANES DE IO!
—Ya detuve tu técnica una vez, ¿qué te hace pensar que no podría hacerlo de nuevo? ¡COLAPSO GRAVITACIONAL!
Esta vez el río volcánico se convierte en una creciente de lava intensa, generando más y más peso sobre la técnica del enemigo, hasta que finalmente ingresa en la esfera gravitacional que lo envolvía, las piernas del santo son envueltas en llamas provocadas por la lava, su piel comienza a quemarse poco a poco.
—¡Voy a morir… no, tengo que terminar ésta pelea ya mismo, ya he muerto una vez sin aportar nada en la guerra santa, ésta vez tiene que ser diferente!
El santo plateado explota su cosmos y la lava se separa de su cuerpo, las llamas se apagan, junta sus manos al centro de su pecho, las cuáles empiezan a brillar como soles, repentinamente entre sus palmas se genera una esfera de energía que brilla con la intensidad de una estrella, la arroja con su mano derecha, a la velocidad de la luz, en dirección a la guerrera de la Luna.
—¡FUSIÓN DE NOVAS!
La técnica del santo desintegra la lava y toda materia que se cruza en su trayecto.
—¡Por todos los demonios!
La esfera generada por Cefeo impacta en el pecho de la satélite, desintegrando por completo su manto orbital y parte de sus extremidades.
El santo de plata mira las quemaduras de sus piernas, el dolor es agobiante, sabe que cada paso será una odisea a partir de ahora, caminar se ha vuelto su principal obstáculo, pero no está dispuesto a dejarse rendir, avanza como puede agarrándose de árboles y plantas.
El Santuario.
Fuente de Atenea.
El Sumo Pontífice se encontraba mirando lentamente la evolución de Seiya, Shun, Shiryu y Hyoga, los cuales estaban en una situación delicada y yacían desvanecidos en una cama, aún en su condición evolucionaban favorablemente.
—Pronto se recuperarán… —musita el Patriarca.
—Estos jóvenes santos han enfrentado diversos juicios…y siempre han salido victoriosos de ellos…ellos son los legendarios caballeros de la esperanza… —exclama Atenea.
Orbita de Júpiter.
June de Camaleón avanzaba en los inicios de la anteúltima órbita, había sentido el cosmos de su maestro explotar metros más adelante.
—Ese enorme cosmos, mi maestro está combatiendo con gran poder…
Una satélite sale al paso de la santa de bronce, dispuesta a detener su marcha, lista para entrar en combate.
—Yo soy Yocasta, luna de Júpiter, no dejaré que sigan profanando éste bosque sagrado…
—¡Sal del camino…!
—¡Muere y ve al Infierno! —tensa el arco y lanza una flecha.
La ateniense hace un rápido movimiento con su látigo, rechazando la flecha.
—¡¿Qué?! —retrocede Yocasta anonadada.
—¡Dije que estorbas…LATIGAZO DEL CAMALEÓN!
June golpea a su enemiga con un potente latigazo que irradia una gran cantidad de volteos, ésta resulta completamente derrotada.
—Te he subestimado al parecer… —murmura en su última hora Yocasta, mientras sus ojos se cierran.
—¡El camino es largo, ésta guerra no tiene tregua, debo apresurarme! ¡Shun me pregunto cómo estarás!
El Santuario.
Fuente de Atenea.
Los santos de bronce ascendidos a santos de oro se encontraban en un estado convaleciente pero en mejoría, cuando de pronto Shun reacciona inesperadamente y despierta de su inconsciencia, sentándose.
—¡Shun! —se sorprende el Patriarca.
—¡Esa sensación…ese cosmos que sentí es de…! —murmura Shun mientras observa a su alrededor y se sorprende. —¿Qué? ¿Patriarca? ¡Saori! ¿Dónde me encuentro?
—Estás en la fuente de Atenea… —explica el Patriarca.
—¡Sentí el cosmos de mi maestro Daidalos! Pero es imposible…que se trate de él…
—Tu maestro y otros pocos santos han escapado del Hades y ahora se encuentran combatiendo en el templo de la Luna. —explica Atenea.
—El templo de la diosa Artemisa… —repentinamente Shun voltea hacia alrededor y observa a sus compañeros. —¡Seiya, Shiryu, Hyoga!
Oeste de la órbita de Júpiter.
Los jóvenes santos de bronce de Retículo, Octante, Fornax y Eridanus venían avanzando a buen paso, se habían encargado de diez satélites y aunque con heridas, seguían el duro camino, fortaleciendo sus cosmos.
—¡Vamos, a éste paso llegaremos al templo de la Luna! —dice arengando Antíloco de Fornax.
—Así que unos pequeños insectos se han escabullido en éste sitio. Yo, Europa de Júpiter no tengo otra opción que ensuciarme las manos…
Entre las sombra de los árboles puede sentirse una voz y un gran cosmos.
—Yo Pandión de Eridanus y todos mis camaradas no le tememos a tus palabras, los guerreros que se alaban a sí mismo suelen ser rivales decepcionantes…
—No sabes lo que dices…
Los cuatro santo de bronce se abalanzan contra la satélite con el objetivo de usar sus mejores técnicas, pero la galileana con su cosmos los hace levitar abruptamente.
—¿Qué pasa? —se pregunta Antíloco de Fornax abrumado.
—¡Estamos levitando, es imposible! —se lamenta Pandión de Eridanus.
—¡RADIACIÓN DE JÚPITER!
La satélite dispara un rayo de luz con su arco, el cuál impacta en el santo del Octante, pronto una temible radiación empieza a diseminarse por todo el campo de acción, los santos empiezan a sentir como sus pieles se queman, sus cuerpos terminan en un estado irreconocible.
Monte Olimpo.
En el reino celestial había una ciudadela llamada Olimpia, el lugar en donde habitaban todos los seres del reino celestial, sean mortales o divinos, allí se encontraban cuatro ángeles reunidos, los cuáles portaban sus glorias.
—Espero que los santos aplasten a las satélites, así tengo el placer de destruirlos yo mismo… —dice Diomedes rudamente, tenía largos cabellos negros, con una expresión violenta en su rostro.
—Las satélites no son rivales sencillas, aun así creo que la batalla del Santuario es inminente, sin embargo, ¿qué te hace pensar que te elegirán a ti para exterminar a los santos de Atenea? —contesta con calma Edipo, quién tenía cabellera blanca y ojos negros.
—¡Imagino que enviarán a alguno de los doce ángeles originales! —contesta con fastidio Diomedes.
—¡Es cierto, no creo que envíen a los cuatro ángeles que alguna vez sirvieron a la orden ateniense! —dice Ajax, quién tenía un cuerpo de dimensiones enormes, llevaba una barba tipo candado.
—Podrían tomarlo como una prueba de absoluta lealtad el que lo escogieran a ellos, en vez de uno de los doce ángeles… —reflexiona Eneas.
—Se están adelantando a los hechos, cualquiera de los dieciséis puede ser enviado, aun así, las galileanas aún no perdido, créanme cuando les digo que tienen el poder suficiente para terminar con los santos… —finaliza Edipo.
Salón del juicio ecuménico, palacio del Olimpo.
Los hermanos hijos de Cronos, es decir, Zeus, Hera, Deméter y Hestia se encontraban reunidos en el hermoso recinto en el cuál se debatían los principales problemas olímpicos.
—Atenea ha decidido declararle la guerra al Olimpo…sus tropas están próximas al palacio de Artemisa…y aunque tienen una leve posibilidad de llegar hasta el templo de la Luna, su ejército se ha visto sumamente diezmado, en el peor de los casos bastará con un puñado de ángeles para terminar ésta infantil guerra… —expresa un decepcionado Zeus.
—Sería una imprudencia subestimar a la diosa de la guerra… —comenta Hera.
—Tonterías…Atenea se ha lanzado en una misión imposible… —responde Zeus.
El dios del cielo sonríe y las diosas le devuelven el gesto. El rey de los olímpicos tiene una mirada de confianza total…
