Capítulo 13: La dulce melodía del último adiós.

La primera de las poderosas galileanas había sido derrotada luego de un duro combate contra Daidalos de Cefeo, metros más adelante, Orfeo de Lira no había encontrado una rival digna para su poder y avanzaba, durmiendo todo a su paso. La violenta batalla contra las satélites estaba llegando a su última etapa.

Orbita de Júpiter.

Orfeo corría a gran velocidad, era una de las principales esperanzas del Santuario, las satélites galileanas estaban esperando su turno.

—A pesar de mis heridas con Tritón, me vengo recuperando…la temperatura ha empezado a bajar bruscamente, me pregunto a que se deberá esto…

El santo de plata divisa un árbol que se encontraba a cuatro metros, estaba totalmente congelado, siendo su primera reacción asomarse cuidadosamente, una satélite aparece dispuesta a detener el paso al invasor.

—Ya quedan pocos santos, alégrate, has llegado muy lejos…

La satélite galileana lucía una hermosa cabellera rubia ondulada, sus ojos eran azules profundos, su manto orbital era celeste con detalles en blanco, el cuál parecía estar congelado.

—No he concluido mi camino aún. Me espera un largo trecho, te venceré para salvar al mundo que amó Eurídice…

—Mi nombre es Europa, yo le daré fin a tu camino así como lo hice con varios de tus compañeros hace unos momentos…

—Así que eras tú el verdugo de los jóvenes santos… yo vengaré la muerte de mis compañeros…

El ateniense toca pacientemente su lira y su música se expande rápidamente por todo el lugar, su cosmos brilla con fuerza.

—Me causa gracia tu confianza, no tienes idea de con quién te has encontrado. —dice Europa mientras ríe moderadamente.

—¡Probemos tu vanidad satélite! ¡REQUIEM DE CUERDAS!

Los hilos cortantes sujetan a la satélite, pero ésta inmediatamente los congela, rompiéndolos después con su gran cosmos.

—¡Atenea pierde el tiempo con ustedes, si en verdad desea llegar donde nuestra señora Artemisa, debería haber enviado a sus famosos santos dorados!

—Así que conoces algo de nosotros los santos…

—Por supuesto, se dice que los santos dorados son los guerreros más fuertes entre todas las órdenes… ¡pero yo creo que ninguno tendría oportunidad contra mí, una de las cuatro galileanas!

—¿Galileanas? —pregunta Orfeo.

—Nuestra orden está dividida en seis órbitas, somos cientos de satélites, todas bajo el mando de nuestra señora Artemisa, dentro de cada órbita hay satélites de diferentes rango…nosotras, las cuatro galileanas de Júpiter no sólo somos las más fuertes de nuestra órbita, sino de toda nuestra orden, hemos alcanzado el poder infinito…

—Así que no sólo Tritón tiene tal poder… —manifiesta Orfeo recordando su mortal combate.

—Te admiro por vencer a Tritón, sin embargo yo seré la que te derrote…

—Tengo que ver para creer, vamos, muéstrame el poder que te jactas tener…

—¡Está bien, pero déjame decirte que me acabas de pedir que te mate… RADIACIÓN DE JÚPITER!

La satélite dispara un rayo de luz con su arco, la trayectoria del rayo de luz se abalanzaba amenazante, directo a la humanidad del santo de plata, el cuál atina a mover velozmente su cuerpo, la flecha impacta en su hombrera, ésta estalla segundos más tarde, perforando la armadura de plata.

—¡Me ha dado, mi armadura ha reducido los efectos del daño gracias a Dios…!

—La radiación ya se está diseminando y cubriendo todo el campo de batalla…

—¡Es extremadamente rápida, no pude ver su ataque! —piensa Orfeo.

—Con tu derrota concluirá esta dura batalla… —amenaza Europa.

—Puede que tu velocidad sea comparable a la de un santo de oro, pero tu ataque apenas me ha lastimado, es decepcionante, esperaba más de una de las famosas galileanas…solo has conseguido destruir una parte de mi armadura.

—Es que aún no lo entiendes, la radiación que recibiste ha alterado tu cuerpo, en poco tiempo sentirás los efectos…

El santo de plata comienza a tocar su hermosa y delicada melodía nuevamente.

—Si lo que dices es verdad significa que al menos tengo tiempo para una última melodía…

—Toca tu propio réquiem si quieres…

—De acuerdo, pero tocaré para ambos…

—Que hermosa melodía…no puedo evitar dejarme llevar por ella, es atraparte… —poco a poco Europa estaba cayendo en el hechizo de Lira —¡Está tratando de adormecer mi cuerpo!

—Mi arpa tiene grandes efectos somníferos, así haré que tu cosmos no pueda producir esa poderosa radiación.

—¡No vencerás mi voluntad de esa manera…!

—¡Aún se conserva en pie y hasta enciende su cosmos pese a los efectos de mi música! —piensa Orfeo sorprendido.

La galilea saca su arco y una flecha extraña, de la cuál emanaba un gran cosmos.

—¡Así que tratabas de llevarme contigo al otro mundo con tu musiquita! Se ve que ustedes no se rinden ni aún condenados… ¡PRISIÓN DE HIELO!

La satélite dispara una flecha que acierta en su rival con gran precisión, exactamente en el abdomen, a la altura de estómago, la armadura es perforada, de la flecha empieza a disiparse una prisión de hielo, cubriendo el cuerpo de Orfeo, quién trata de resistir.

—No me entregaré a la muerte sin rebelarme primero…

—¡La batalla contra Tritón causó una gran merma en tus energías, has llegado a este combate con un pie en el otro mundo!

El santo de plata con el calor de su cosmos derrite el hielo que afectaba a sus cuerdas, las mismas empiezan enredarse en el hielo que cubría su cuerpo.

—¡La voluntad de un santo no es tan fácil de quebrantar! —exclama Orfeo al tiempo que una herida se abre.

—Cuando recibas mi rayo de luz, a través de la prisión de hielo los efectos se concentrarán sobre ti y te fulminaran, RADIAC…

Las cuerdas se extienden repentinamente agrietando el hielo para después volverlo añicos, la galileana quedó perpleja del enorme poder desplegado por Orfeo de Lira.

—¿Cómo es posible que haya roto la prisión de hielo?

. . .

El joven santo de plata de nombre Épsilon de Escudo, caminaba en el enorme bosque, estaba a la espera de un nuevo combate tras vencer a algunas satélites en su camino.

—¡Detente, no podrás huir de las garras de muerte! —la voz retumba sin poder ver quién era.

—¿Dónde estás…? ¡Muéstrate! —se queja Épsilon.

—Ni siquiera puedes encontrarme… ¡soy Ganimedes, galileana de Júpiter!

La satélite se lanza desde un árbol, cayendo frente a su rival, lucía un manto orbital que combinaba colores celestes, verdes y blancos, su cabello era lacio, de color castaño claro.

—¡Que bella es…! —pensaba Épsilon.

—¿Qué estas mirando? —pregunta fastidiosa la satélite Ganimedes.

—No, nada…. ¡es momento de combatir…ROMPEHUESOS!

El santo de plata da un poderoso salto y cae girando sobre sí mismo hacia su enemiga, pero ésta lo rechaza con un escudo magnético que el ateniense ni siquiera podía notar.

—Con tu poder no podrías preocupar a ninguna de las galileanas, eres ridículo…

—Mis poderes no funcionan…

—Te mostraré que tengo más cosmos en un dedo que tú en todo el cuerpo…

La galileanas concentra su cosmos en su dedo índice, lanzando repentinamente un destello que tumba al suelo violentamente al santo de Escudo, pero éste se levante malherido, dispuesto a seguir combatiendo.

—¡No puedo ver sus ataques, es demasiado rápida!

—¡Un santo de plata no tiene ninguna posibilidad ante nosotras, las galileanas!

—¡No me voy a rendir sin intentarlo al menos…!

—¡Eres un hombre valiente!

—¡Y tú una mujer hermosa! —el santo devuelve el elogio con una sonrisa socarrona.

La satélite se sonroja ante el halago del enemigo, no esperaba tal comentario en medio de una batalla, por lo cuál la agarró de sorpresa.

—No me importa cuánto me halagues, no tendré piedad con los santos, han matado a muchas satélites… —manifiesta Ganimedes con frialdad.

—¡No creo en la piedad de las satélites. Eres mi enemiga…ROMPEHUESOS!

—Aunque eleves tu cosmos no superas tus propios límites…y eso no se compara con mi cosmos.

La satélite concentra el impacto de su oponente en sus manos y se lo regresa, derribándolo de forma violenta, la sangre salta en el pastizal del bosque.

—Es una pérdida de tiempo enfrentar a alguien como tú, cómo es que Atenea tiene guerreros tan débiles, ¡ella es la diosa de la guerra!

—¡Superaré mis límites para derrotarte y salvar al mundo!

—Deliras, parece que te has golpeado muy fuerte la cabeza…

—¡Guardo las esperanzas hasta el final!

Ganimedes concentra un gran cosmos en su mano y lanza un poderoso ataque de luz al extender su extremidad.

—¡Te mostraré el escudo más poderoso!

El santo plateado intenta bloquear el ataque, pero es tumbado y su escudo es totalmente destruido en miles de pedazos, precedido por un gran sonido metálico al estallar.

—¡Mi escudo me había protegido siempre…cómo es posible que haya sido destruido tan fácilmente! —se lamenta Épsilon con desazón, pronto siente una profunda herida en su cabeza y cierra los ojos, entregándose a la muerte.

—Finalmente se ha rendido, he sentido unos cosmos acercarse a los inicios de la órbita, iré a darles muerte inmediatamente…

. . .

Los santos de bronce del Unicornio y sus amigos avanzaban cuando un excelso cosmos los envuelve, éstos atemorizados por el enorme poder miran a todos lados, hasta que de un árbol baja una de las galileanas, la cual marca un límite con su dedo.

—¿Qué hace? —se pregunta Jabu.

—Soy Ganimedes, una de las galileanas, las satélites de mayor jerarquía en éste reino, esa línea es el límite, si lo atraviesan pueden ir despidiéndose de éste mundo…

—¡No me dan miedo tus alardes…GALOPE DEL UNICORNIO!

Jabu se abalanza con un poderoso golpe de patada, pero la satélite detiene la técnica con una sola mano y la regresa sin dificultad, haciendo que su enemigo sea tumbado al suelo, terminando muy herido.

—¡Jabu! —grita Nachi.

La satélite se acerca, dispuesta a arrebatarle la vida al santo del Unicornio inmediatamente.

—¡No tomarás la vida de mi amigo! —espeta Geki, quien se pone en guardia y embiste con su hombro contra la satélite.

—¡Tu fuerza es insignificante para alguien como yo!

La satélite despide un gran destello con la palma de su mano que estalla en el cuerpo del gigante, su armadura es destruida, su cosmos se extingue por completo en cuestión de segundos, la sangre brota por doquier.

—¡Geki! —dice Jabu en el suelo, tratando de levantarse.

Los santos de Lobo, León Menor e Hidra enfadados por la muerte de su compañero arremeten contra su victimaria sin pensarlo dos veces, invadidos por la ira.

—¡AULLIDO MORTAL! —grita Nachi.

—¡BOMBARDERO DEL LEÓN MENOR! —pronuncia Ban.

—¡COLMILLOS ENVENENADOS DE LA HIDRA! —exclama Ichi.

—¡CADENAS DE CRÁTERES!

De los ojos de la satélite surge una poderosa energía que arroja sobre su enemigo una seguidilla de cometas en línea recta, golpeando letalmente a los tres atenienses, quiénes caen con sus armaduras destruidas por completo y sus cuerpos ensangrentados.

—¡No te lo perdonaré maldita hija de puta! —insulta Jabu sumergido en la ira.

—¡Como te atreves a insultarme de esa forma! —responde enfadada Ganimedes, en seguida se dispone a asesinar a su último oponente, junta un destello cósmico en su mano, pero algo la golpea interrumpiendo su concentración. —¡Entrometido! ¿Quién eres tú? —dijo mirando a un nuevo enemigo.

—Soy Gliese de Altar, uno de los santos plateados… ¡Jabu, tomaré venganza por ellos! —mira en dirección a los cadáveres de sus camaradas de bronce.

—¡Estoy muy enfurecido, no se lo perdonaré! —protesta Jabu.

—¡Jabu! —dice Gliese mientras se pone delante de su camarada. —¡No pierdas los estribos, quizá todos perdamos la vida en esta guerra santa, pero no hay que desperdiciarla…!

—Está bien… —masculla Jabu secándose sus lágrimas.

Un nuevo y terrible combate se avecina, Jabu avanza, Gliese de Altar se enfrentará a Ganimedes de Júpiter en singular combate.

. . .

El combate entre Orfeo y Europa se encontraba en curso, las cuerdas del griego habían anulado la técnica de su enemiga.

—Este es el poder de los santos… —se jacta Orfeo.

—Esto recién comienza… ¡DEVASTACIÓN DE TEMPANOS!

La satélite crea dos témpanos flotantes de hielo a ambos lados del santo plateado, lanzándolos uno contra el otro, el ateniense toca una música inaudible.

—¡MÁXIMOS DECIBELES!

Tras tocar su música inaudible, Orfeo consigue destruir los témpanos, que estallan en cientos de pedazos.

—Ha destruido los témpanos con una melodía inaudita, pero mi técnica iba a la velocidad de la luz y él nunca había visto mi ataque… —pronuncia con desesperanza Europa.

—Mi técnica es capaz de destruir cualquier técnica del enemigo, es por ello que se me considera el santo de plata más poderoso…

—¡Yo también soy una de las satélites más poderosas y te demostraré que no eres rival para mí…PRISIÓN DE HIELO!

La flecha disparada se clava en una rama a mitad de camino en su viaje hacia el santo de plata, una enorme esfera de hielo decora al árbol.

—Parece ser que mi música te ha dejado un poco aturdida, ni siquiera has podido alcanzarme a pesar de que ni me he movido…

—¡Eres un insolente… ahora muere de una vez! ¡RADIACIÓN DE JÚPITER!

El rayo atraviesa la prisión de hielo que se posaba en el árbol y como una lupa que centra los rayos solares, el rayo concentrado por el hielo incinera al santo de plata, que grita cubiertos en las llamas. Pero entonces el cosmos de Atenea lo envuelve, para que pueda seguir luchando.

—Gracias por tus bendiciones diosa Atenea… —piensa Orfeo al tiempo que lleva su lira a su pecho y se dispone a tocar, su rostro muestra una mirada perdida, pero soporta el dolor que todas las células de su cuerpo experimentan, en su mente hay una idea, un objetivo y está dispuesto a alcanzarlo.

—Esto está terminado, fuiste muy lejos al hacerme pelear en serio, siento lastima de ti, ha de ser horrible morir así. —exclama Europa y luego reflexiona —¿Por qué ha dejado de gritar? ¡Su postura es la de un guerrero, pero esta incinerado!

El santo de Lira toca envuelto en llamas, estas poco a poco se desvanecen, se puede ver su rostro con graves quemaduras pero aún con fuerzas de seguir combatiendo por el amor y la justicia.

—¡Es increíble, aún ardiendo en el Infierno no ha abandonado la idea de pelear por Atenea! —piensa una anonadada Europa.

El santo de plata finalmente lanza su réquiem de cuerdas, tocando con su cosmos.

—¡Te dije que esto no iba a funcionar! —dijo Europa intentando congelar las cuerdas de lira.

Las cuerdas repentinamente comienzan a arder en llamas por el fuego.

—¡No puedo congelar las cuerdas, será mi fin!

El heleno toca el réquiem de ambos, Europa experimenta una sensación hermosa, una dulce música la invita a dormir eternamente, no hay dolor, pero en su cabeza la atormenta la idea de ver a quién le ofrece tanta piedad para encarar la muerte, como su cuerpo se transforma en cenizas, aunque la música no cesa y el cosmos del Lira tampoco, al terminar la música, el cosmos de Orfeo de Lira se apagó y su promesa había sido cumplida, había tocado el réquiem de los dos hasta el final…

. . .

Una de las jóvenes promesas atenienses, el santo de plata de Orión, corría velozmente por el bosque, haciendo surcos con su cosmos, cuando siente el cosmos de Orfeo extinguirse, una última tonada de despedida de pocos segundos se siente en el bosque.

—Orfeo, no puedo creer que una satélite lo haya matado. Déjalo en nuestras manos santo legendario…

El Santuario.

Fuente de Atenea.

El Sumo Pontífice vigilaba la recuperación de los santos, Shun ya se había recuperado. Una melodía hermosísima se empieza a escuchar en todas partes, como un susurro en el aire, Atenea, Shun y el Patriarca advierten que Orfeo había muerto, pero no dicen nada, las lágrimas se escapan de sus rostros.

Repentinamente Shiryu, Hyoga y Seiya despiertan de su inconsciencia, gritando el nombre de Orfeo.

—¡El cosmos de Orfeo nos ha despertado! —musita Seiya.

—¡Pero es imposible, él está muerto! —comenta Shiryu.

—Esa fue una melodía de despedida… —murmura Hyoga.

—Orfeo había regresado del Hades, pero ahora parece que se ha vuelto a ir, pero con su partida ha logrado despertarlos… —explica el Patriarca.

—Los santos de plata y bronce han ido al Olimpo, están enfrentando a las satélites… —informa Shun.

—¡Tenemos que ir de inmediato…! —espeta Seiya.

El santo de Sagitario se levanta, pero pronto siente un dolor que lo hace retraerse.

—Tienen que descansar…no te preocupes Seiya, los santos están a punto de terminar su misión, pronto las satélites galileanas, las más poderosas entre las súbitas de Artemisa, serán derrotadas por los santos de plata… —ilustra el Patriarca la situación.

—¿Cómo pudo Orfeo venir de la muerte? —se pregunta Seiya.

—No solamente Orfeo, mi maestro Daidalos, Shion y Kanon han regresado del más allá…

—¡Pero es ridículo, no se puede volver de la muerte! —dijo un confundido Seiya.

—Entonces lo que decía el oráculo era verdad… —aduce Shiryu.

—Tras la muerte de Hades, aquellos guerreros que han adquirido el octavo sentido pueden escapar del Infierno… —explica Atenea.

—¿Han resucitado los santos dorados que derribaron el muro de los lamentos? —se pregunta Seiya entre el desconcierto.

—¡Ellos no se encuentran en el Infierno, según el oráculo sus almas han sido encerradas por Artemisa y Apolo! —manifiesta Shiryu.

—¡Por eso es imprescindibles vencer a mis hermanos, los príncipes olímpicos! —manifiesta Atenea.

Finalmente los santos de la esperanza han despertado nuevamente y retomarán sus filas en la guerra olímpica…