Capítulo 14: Ganímedes, el satélite más grande del sistema solar. El poder del líder de los santos de plata.
La satélite Ganímedes había dado muerte a Ichi de Hidra, Nachi de Lobo, Geki de Oso y Ban de León Menor. Jabu de Unicornio se había salvado por la intromisión del caballero de plata de Altar, Gliese, quién para su fortuna interrumpió el desenlace inevitable, la poderosa chica, que representa al satélite más grande del sistema solar, dejó escapar al santo de bronce, tras percibir que el nuevo rival no era un oponente ordinario.
El santo de Altar tenía una amargura infinita en su corazón, al observar a cuatro de los santos más antiguos de éste orden que habían muerto, una orden forjada por jóvenes aprendices de los tiempos de la revuelta en el Santuario. La furia del joven plateado agitaba su corazón.
Orbita de Júpiter.
En el frondoso bosque y bajo la Luna llena, un duro combate se avecinaba.
—Te mandaré al Infierno en un segundo. —dice Gliese mientras con su dedo índice señala a la satélite, su cosmos se expande, un agujero negro empieza a arrastrar a la satélite.
—¿Qué es esa misteriosa energía que despide este hombre? Pareciera que me está por mostrar el infierno…
—¡Diste en la tecla!
—¿Qué…? —expresó Ganímedes mientras se sorprende con solo pensar que este hombre tenga la habilidad de enviar al Infierno a sus oponentes.
—¡ONDAS DEL INFIERNO!
Unos espirales blancos que eran acompañados por una extraña y misteriosa energía intentan engullir a la satélite Ganímedes, pero cuando Gliese lanza la técnica, ésta regresa siendo su alma atraída por el agujero negro, su cuerpo cae inerte al suelo.
—Parece que era cierto lo que decía, su alma parece haber sido absorbida por ese espacio oscuro… —murmura sorprendida Ganímedes.
Inesperadamente el oscuro portal se vuelve a abrir y el alma de Gliese vuelve nuevamente a su cuerpo, finalmente se levanta con algo de esfuerzo, con sus músculos algo entumecidos.
—¿Puedes ir y volver al Infierno…? —pregunta Ganímedes estupefacta.
—Así es…sin embargo tienes la suficiente fuerza para no ser atraída hacia las ondas del Hades, incluso pudiste rebotar mi ataque…en ese caso… —musita Gliese y sorpresivamente lanza un puñetazo a la velocidad de la luz.
— Es inútil… —dice entre risas Ganímedes.
Del puño del santo plateado salen múltiples rayos celestes que se disponía a impactar en la bella muchacha, pero a pocos centímetros de tocarla el ataque regresa hacia su ejecutante, impactando en éste último, causándole una herida menor en brazo.
—¿No lo entiendes…?
—¡Estás usando un escudo invisible!
—Tengo la habilidad de manejar la magnetosfera…
—El satélite de Ganímedes es el único que tiene magnetosfera entre todas las lunas… —en silencio Gliese reflexionaba sobre su conocimiento de los astros.
—Mi técnica es una barrera protectora que bloquea y desvía los ataques del enemigo… —masculla con orgullo Ganímedes.
—¡Debo deshacerme de su defensa para salir victorioso, sino será imposible…!
—Pero sería muy aburrido si yo, una de las satélites más poderosas, no, la más poderosa…sólo me dedicara a defenderme… ¡ahora te mostraré mis técnicas, saborea tus últimos momentos de vida! —exclama Ganímedes levantando la voz, al tiempo que eleva su poderoso cosmos.
—¡Su cosmos está elevándose, es muy poderosa! ¿Superará el poder de los santos de oro? —se pregunta un Gliese abrumado.
—¡CINTURÓN DE RADIACIÓN!
La satélite expande sus brazos y de sus manos surge una luz que paraliza a su oponente, en un instante, todos los músculos de su cuerpo se paralizan y son recorridos por una extraña y poderosa energía.
—¡No puedo moverme…estoy atado de pies y manos! —se lamenta un frustrado Gliese.
—Pero eso es sólo una parte del ataque…falta la otra parte…
La satélite genera con su energía una fuerte sacudida de electricidad en el cuerpo ateniense, el cuál cae al suelo muy herido, la corriente ha quemado parte de sus nervios, su piel ha sido herida por la radiación.
—¡Es increíble su poder, pero sé que puedo vencerla! —murmura Gliese mientras se levanta lentamente.
—Te has puesto de pie…no te esfuerces en vano, todo será inútil…
—Yo no lo creería así… ¡sólo tengo unos rasguños!
—Estás tan herido que pierdes la noción de lo que dices… —dice Ganímedes entre risas.
El santo de plata se resiente repentinamente de una herida en su abdomen y se sujeta, dificultando su equilibro, pero consigue mantenerse en pie a duras penas, la satélite ríe estruendosamente.
—¡Ni siquiera puedes estar parado, como vas a vencerme!
—¡Ahora he visto tu defensa, debo ser capaz!
Gliese vuelve a lanzar un puñetazo que genera varios rayos celestes a la velocidad de la luz, los cuáles arremeten contra Ganímedes, pero al entrar en la magnetosfera se desvían hacia arriba, la satélite resulta ilesa.
—Te lo dije…no funcionará nada de lo que hagas, eres un hombre testarudo…
—Esta vez sólo has podido desviar los ataques, pero no han vuelto, además…no todo lo adviertes rápidamente presumida…
—¿Qué dices? —pregunta Ganímedes cuando mira su armadura y advierte una rasgadura. —¿Pero en qué momento?
—¡Aunque seas fuerte no debes subestimar a los santos atenienses…tu insolencia será la causa de tu muerte, lo recordarás en tu lecho de tu muerte!
—Cierra tu bocota… ¡CADENAS DE CRÁTERES!
De los ojos de la satélite surge una poderosa energía que arroja sobre su enemigo una seguidilla de cometas en línea recta, golpeando de forma imponente en Gliese una y otra vez, hasta hacerlo caer duramente al suelo, sumamente herido, la sangre se expande sobre los pastizales del suelo.
—Hablaré bien de tu poder cuando me lo pregunten, adiós Altar…
—Todavía no… —masculla Gliese mientras se levanta nuevamente.
—¿Qué? ¿Cómo puedes levantarte nuevamente? Deberías estar muerto…
—Eso no, yo no moriré acá, no he venido a darte un buen combate sino a sobrevivir todo lo que sea necesario para salvar el mundo, para luchar por Atenea, a luchar por el amor y la justicia…
—¡Eres valiente! —reconoce Ganímedes mientras se abalanza contra su enemigo.
—¡Eso no te resultará! —advierte Gliese mientras también arremete contra su adversaria.
Ambos enemigos se lanzan puñetazos que expulsaban rayos a la velocidad de la luz, tras una gran colisión de golpes, el cosmos de Gliese se impone, golpeando a la satélite que cae de espaldas al suelo, con varias heridas en su cuerpo.
—¡Cómo puede tener todavía tanta energía! —dice Ganímedes en el suelo mientras se levanta lentamente.
—¡Vete al infierno de una buena vez…ONDAS DEL HADES!
En el dedo índice de Gliese se acumula un espiral blanco, tras bajar el brazo y señalar a su adversario los círculos espectrales blancos arremeten contra Ganímedes, pero el ataque queda suspendido por la barrera invisible formada por la satélite, pero el ateniense no se rinde y sigue elevando su cosmos, haciendo retroceder la barrera. Finalmente la satélite ante la inminencia del ataque levanta sus manos, elevando las ondas de Hades hacia arriba.
—¡Increíble, aún con todo mi poder no ha resultado! —retrocede Gliese abrumado. —Es tan fuerte, nunca me había enfrentado a un enemigo como ella…
—Un ataque así no servirá, además ya lo he visto en dos oportunidades… ¡CADENA DE CRÁTERES!
—¡Yo también he visto todas tus técnica!
El ateniense eleva su cosmos y pone las dos manos de frente para detener el primer cometa, sin embargo este lo hace retroceder por la fuerza de choque, los otros cometas se aproximaban.
—¡Es imposible detenerlos a todos! —alardea Ganímedes con una mueca de confianza.
—¡Nada es imposible para un santo! —responde Gliese mientras sus ojos se encienden de cosmos.
El santo de Altar detiene otro cometa, hasta que consigue detener todos los ataques de su rival, haciendo gala de un enorme cosmos y una gran capacidad de contrarrestar técnicas enemigas.
—¿Cómo ha podido?
—Ya te dije que para un santo no hay imposible…
La satélite saca su arco y un inmenso cosmos se concentra en la flecha que tensa, el santo de plata se sorprende de la abrumadora energía que despide el arma de la satélite.
—¡Su flecha está absorbiendo una gran cantidad de cosmos!
—El poder de mis flechas es el más destructivo entre las satélites, incluso entre las galileanas, quien es alcanzado por una de estas muere sin remedio, sin importar donde reciba la flecha…
—¡Diablos si me alcanza moriré!
—¡Afronta tu muerte caballero! —expresa Ganímedes mientras ejecuta el movimiento para lanzar la flecha.
La flecha finalmente es disparada, en su trayectoria arrasaba una poderosa energía, cuándo estaba llegando a las inmediaciones del santo de plata, este la esquiva milagrosamente, el impacto contra el suelo deja un enorme cráter en el bosque.
—¡Su flecha es inconmensurablemente poderosa! Quizá ésta flecha podría compararse con la flecha de Sagitario…
—¡Te lo dije antes…mi flecha lo destruye todo, no importa que sea!
—¡Entonces no me alcanzará!
—¡Qué mal perdedor eres…! —señala Ganímedes meneando la cabeza en señal de disgusto, seguidamente lanza una nueva flecha.
Gliese la vuelve a esquivar y lanza un golpe de luz, pero la satélite crea su barrera, que bloquea el ataque por completo, resultando el esfuerzo en vano.
—¡Estás perdido…! —dijo Ganímedes mientras tensa una nueva flecha.
—Tú eres la que estás perdida…
—¿Qué dices?
—Tu barrera ha resistido, pero he golpeado a sus puntos vitales, donde se encuentra acumulado el mayor cosmos… ¡ONDA INFERNALES!
—¡El que morirás serás tú…! —lanza su flecha.
Los círculos espectrales de color blanco destruyen por completo la barrera, reduciéndola a añicos y absorbe a lo más profundo de las tinieblas infernales a la satélite junto con su flecha, su cuerpo cae sin alma al suelo. Sin embargo la flecha disparada por la galileana impactaría de seguro al santo de plata, quién a último momento, decidió irse al infierno por las capas espirituales, para salvarse de aquel ataque que significaría una muerte segura.
Monte Yomotsu.
Los dos contendientes de la batalla mortal en la órbita de Júpiter se encontraban ahora en las puertas del Infierno, los seres que habían muerto desfilaban uno detrás de los otros, listos para lanzarse en el pozo que lleva al mundo de los muertos, para ser juzgados por sus pecados en el mundo de los vivos.
—Aunque has logrado enviarme al Infierno, tú has terminado corriendo la misma suerte, mi flecha ha de haberte alcanzado, por eso debes estar aquí… —manifiesta Ganímedes.
—No te confundas, tú simplemente eres un alma más…entre las tantas que aquí llegan buscando sus castigos…yo he venido por cuenta propia, en cuerpo presente, para evitar tu flecha…
—¡Entonces te mataré aquí y ahora! —dice con dureza Ganímedes mientras busca su arco entre sus corazas pero no lo encuentra. —¿Qué? ¿Dónde se encuentra mi arco?
Su carcaj y sus flechas también han desaparecido, no forman parte del mundo espiritual, el cuál está disociado del mundo físico.
—Estás en un plan espiritual, aquí no podrás usar tus armas físicas, has de valerte solo de tu cosmos, sólo si has de ser capaz de invocarlo… —explica Gliese.
—De acuerdo, de una forma u otra te haré entrar al Infierno primero…
—Yo seré el que te haga entrar al Infierno, voy a tirarte a la Colina del Yomotsu…
—¡Destruiré tu cuerpo, verás mi verdadero cosmos…CADENA DE CRATERES!
La cazadora invoca su cosmos que crece de forma exuberante, tras un ligero movimiento de sus manos lanza un cometa tras de otro, el santo plateado detiene el primero de los cuerpos celestes pero el segundo no puede ser contenido, el tercero y el cuarto también dan en el blanco, la armadura de plata resulta parcialmente destruida, sin embargo el ateniense se levanta con dificultad.
—Una vez que te derrote encontraré la forma de volver al Olimpo, no puedo fallarle a mi señora Artemisa y caer ante un santo de tan bajo rango, sin embargo pensaba que los hombres cómo tú lucían armaduras doradas en el Santuario…
—Yo aspiraba a convertirme en un santo de oro, pero fui vencido por Máscara de la Muerte, quién finalmente vistió la armadura de Cáncer…
—Así que estuviste a punto de ser un caballero dorado, eso lo explica todo…
—No deberías dejarte llevar tanto por el poder de una armadura, entre los santos de plata hay algunos que pueden medirse a los santos de oro…
—Ya veo, tú eres uno de ellos… ahora te mataré, ¡CINTURÓN DE RADIACIÓN!
La luz irradiada por la satélite trata de inmovilizar al santo plateado, el cuál intentaba resistirse, pero termina siendo paralizado, inmediatamente se empieza a electrocutar, pero resiste el ataque con su cuerpo humeante.
—¡Eres demasiado resistente, pero ya estás condenado, en esas condiciones no tienes oportunidad!
—¡Aunque acabes conmigo puedo asegurarte que voy a condenar tu espíritu, para que no puedas regresar!
—¿Me estás diciendo que si no logras encerrarme y yo te mato, podría volver inmediatamente al Olimpo?
—Despreocúpate, eso no va a pasar… ¡FUEGO DEMONÍACO!
—¡Muere de una maldita vez…CINTURON DE RADIACIÓN!
Mientras el cinturón lumínico abrazaba el cuerpo del santo de plata, paralizando su cuerpo, las llamas azules que habían sido lanzadas por éste envolvieron a la satélite, que lanzó un grito desgarrador, mientras su alma era consumida, en pocos segundo desapareció, la parálisis del atenienses cesó, aunque lo daños recibidos por el combate eran grave y su armadura presentaba importantes daños.
Gliese regreso a la órbita de Júpiter, con sus heridas a cuesta.
—El poder de ésta satélite era sorprendente, espero no haya ninguna más tan terrible…—murmura Gliese mientras se dispone a continuar su camino, pero tras dar dos pasos se desvanece y cae duramente al suelo, a causa de los tremendos daños.
. . .
Una cruenta batalla se desarrollaba entre un gran número de satélites y los santos de bronce de las constelaciones de Casiopea, Corona Boreal, Ave del Paraíso, Paloma y Escuadra, entre el medio de un intercambio de golpes cósmicos y flechas, aparecen repentinamente otros cinco santos que habían sido traídos por el barullo de la contienda, los santos de bronce de Vela, Tucán, Brújula, Mesa e Indio hacen su aparición, pero en ese momento una lluvias de flechas repentinas caen sobre todos ellos, dándoles muerte. A lo lejos aparece un gran número de satélites, quiénes habían sido las autoras de éste hecho.
. . .
En otro lugar de la misma órbita el caballero del Unicornio corría aún con lágrimas en sus ojos, aún apenado por la muerte de sus queridos amigo, en ese momento escucha un ruido entre una arboleda, lo cuál lo pone tenso.
—¿Quién anda ahí? —pregunta en voz alta Jabu.
De entre la maleza aparece una guerrera portando una armadura y un látigo, la muchacha portaba una máscara, se trataba de June de Camaleón.
—Tranquilo Unicornio, no soy una satélite de Artemisa, al parecer quedamos pocos sobrevivientes…
—Así es, no debemos desperdiciar los sacrificios hechos hasta aquí, tenemos que cumplir la misión que nos encomendó Saori…
El Santuario.
La colina de las estrellas.
La diosa Atenea y el Patriarca se encontraban a la espera de los caballeros sobrevivientes de la batalla contra los oráculos, hasta que finalmente se presentan los cuatro, aparentemente recuperados por completo de sus heridas, todos están tristes, una lágrima se escapa de los ojos de Shun, ninguno porta manto algunos, los ropajes sagrados de oro estaban en condiciones deplorables.
—Shun, nunca debes dejar de creer en tu hermano, tienes que recordar que él es el Fénix… —anima Atenea.
—Lo sé Saori, pelearé por los ideales de mi hermano y de todos nosotros, nunca estuve tan convencido de afrontar una batalla como ahora… —contesta un triste Shun.
—¡Debemos ir a ayudar a los demás cuanto antes! —dice enfáticamente Seiya.
—Sus armaduras doradas ya no sirven, ¿acaso piensas combatir sin ella?
—¡Por supuesto, no puedo quedarme aquí mientras los sacrifican sus vidas! —contesta apasionadamente Seiya.
—Seiya tiene razón… —asiente Shiryu.
—¡Vamos! —dice Hyoga.
—¡Esperen! Las armaduras que han sido bañada con la sangre de Atenea les serán regresadas…con ellas tendrán más oportunidad de sobrevivir… —dijo el Patriarca.
El jefe máximo del Santuario concentra su cosmos y tele transporta las cuatro armaduras de bronce, que hace algunos días habían alcanzado la divinidad en los Campos Eliseo.
—Con Pegaso podré volar hasta el fin del Olimpo…
—De todas maneras estas armaduras están seriamente averiadas… —aduce Shiryu.
—Pero si logran elevar sus cosmos al mismo nivel que lo hicieron contra los dioses de los infiernos, tendrán la herramienta para golpear a las deidades… —explica el Patriarca.
—Entonces no perdamos más tiempo y volemos juntos al Olimpo… —exclama Hyoga.
—Esperen, aún nos está faltando gente… —contesta el Patriarca.
Repentinamente aparecen Shion y Kanon, aquellos que habían escapado del infierno, lucían sus armaduras doradas.
—Los gemelos olímpicos deben caer cuanto antes, es la única forma en la que tendremos una oportunidad… —afirma Shion.
—¡Shion, Kanon, una vez que lleguen al monte Olimpo deberán infiltrarse en el templo de Sol, ya saben que deben hacer allí! ¡Jóvenes guerreros, ustedes serán guiados por Atenea al templo de Artemisa, finalmente detendremos la ola de destrucción que ha creado el acercamiento de la Luna! —ilustra el Sumo Pontífice.
Los caballeros atenienses finalmente marchan al portal dimensional, para lucha en el Olimpo…
