Capítulo 16: Batalla entre hermanas olímpicas por el destino de la Tierra.

La batalla entre las satélites y los santos de bronce y plata estaba llegando a su fin, el santo de plata de Orión había tenido un titánico enfrentamiento contra Calisto, luego de una enorme colisión entre la nube estelar del primero y la fusión en frío de la segunda salía un gran cantidad de humo y gas, cuando el viento disipa la falta de visibilidad el polvo es removido, el campo de batalla había quedado petrificado en el hielo, podía apreciarse al santo en el suelo, quién se reincorporaba con muchas dificultades, la sangre brotaba de su cabeza, cuando atina ver al frente, la satélite galileana se encontraba ya en pie, con varias heridas a cuesta, pero con gran entereza.

Templo de la Luna.

El mortal enfrentamiento entre Pléyade y Calisto continuaba.

—Calisto…tú todavía… —susurra con desazón el santo de plata.

—Es hora de finiquitar éste asunto de una buena vez… —murmura Calisto.

—Resistió mejor la colisión que yo… —Pléyade piensa y mira su armadura de plata totalmente rasgada. —¡El victorioso seré yo!

—Así que eso piensas… —susurra Calisto mientras ríe.

—¡Así es!

El santo de plata se concentra para usar una de sus técnicas, pero pronto advierte que sus piernas están congeladas, el hielo le quema la piel, haciendo que grite del dolor.

—¡Ahora estás bajo mi merced, no puedes moverte…!

La satélite sostiene su báculo lunar con la punta de frente, y se dispone a arrojarlo como si de una jabalina se tratara, el santo de Orión luce indefenso.

—¡No puedo creer, voy a…! —exclama Pléyade, mientras intenta en vano liberarse encendiendo su cosmos. —¡Maldición!

La guerrera lunar arroja su poderoso báculo, éste toma una trayectoria recta, presto a atravesar al santo de Atenea, una inmensa cantidad de sangre sale volando.

—¿Qué? —se pregunta Pléyade mientras mira adelante suyo. —¡Lamec, tú…! —exclama desorbitado.

—Pléyade…tú no debes morir, tú eres el prodigio que limpiarás el nombre de los santos de plata, aquel que fue pisoteado durante la revuelta en la época en que éramos aprendices… —expresa Lamec agonizante.

—Éste hombre expuso su vida para salvar a su camarada…a pesar de estar en mejores condiciones, hay que confiar demasiado en una persona para entregarse en esas circunstancias… —reflexiona Calisto en silencio.

Lamec de la Cruz del Sur cae al suelo, su cosmos comienza a extinguirse, poco a poco su vida lo abandona, Orión sostiene al compañero que acababa de sacrificarse entre sus brazos.

—¡Lamec! ¡Tú no debes morir! —murmura Pléyade mientras derrama una lágrima. —Gracias Lamec, no te voy a defraudar…

El santo de Orión enciende su cosmos conmovido por el sacrificio de su camarada, su determinación es mayor que nunca, tensa los músculos de sus piernas, apenas puede sentirla, repentinamente explota su cosmos y libera las piernas del hielo, resquebrajándolo por doquier, sin embargo el daño es grande, sus piernas están heladas.

—¡Se ha liberado! —retrocede Calisto asombrada.

—¡Esto es culpa mía! —manifiesta Pléyade al tiempo que deja a su compañero en el suelo. —Si yo hubiera sido más fuerte esto no hubiese pasado, te prometo Lamec que tu muerte no será en vano, mataré a ésta zorra…

—No seas inmaduro, así son las guerras, veo que eres un niño…

—¡Cállate…ahora morirás!

—Estúpido…ésta vez no escaparás…

Los dos combatientes encienden sus cosmos, el clímax de la batalla había llegado a su límite.

—¡Muere, FUSIÓN EN FRÍO!

—¡NUBE ESTELAR!

El ateniense crea una enorme tormenta estelar, un universo lleno de estrellas, a diferencia de la primera vez, en el cuál el choque de las técnicas provocó una enorme explosión, en esta ocasión la brisa helada era retrasada y comprimida por la densidad, por el intenso ardor de la nebulosa estelar, Calisto recibe su propia técnica, la cual congela su manto orbital, seguida del ataque de su enemigo que destruye por completo su protección sagrada, finalmente la cazadora cae sin vida al suelo.

—Es hora de que pruebe la resistencia de los dioses, iré por Artemisa…

Templo de Júpiter.

El templo del rey de los dioses estaba sostenida sobre una base de nubes, paredes y columnas traslucidas de algún material desconocido, un gran salón decorado en el centro con una estatua de Zeus y Hera, tomados con sus manos, con sus puños al cielo.

El ángel Belerofonte cruzaba el salón hasta llegar a los pies de dos majestuosos tronos, dónde yacían sentado los reyes del Olimpo.

—¿Cuáles son sus deseos? —pregunta cordial y arrodillado Belerofonte.

—Helios, nos ha informado que algunos santos muertos en las batallas santas de Atenea han escapado del Infierno y están usando un cuerpo humano… —informa Zeus.

—¿Helios? ¿Aquel titán que tuvo el título de dios del sol, sucediendo a Hiperión, titán de la luz y antecediendo a Apolo?

—El mismo, aquel que usa el carruaje del Sol para brindar luz al mundo, aquel que todo lo ve, no importa dónde… —murmura Zeus.

—Tengo entendido que el único capaz de traer a los muertos en cuerpo y alma es Hades… —contesta Belerofonte.

—Hades necesitaría de un cuerpo para realizar tal hazaña, en estos momentos no es más que un ánima que ronda su reino sin poder gobernarlo… —explica el dios de los dioses.

—¡Belerofonte, tu misión es justamente averiguar cómo los santos de Atenea han regresado del sueño eterno! —ordena Hera.

—Comprendo, empezaré en los infiernos…

—Aguarda, aún tengo un recado más…el más importante punto de tu misión, te entregaré la caja de los truenos… —manifiesta el supremo Zeus.

—Aquella reliquia que es capaz de encerrar las almas de los titanes en el Tártaro…

—¡Debes depositar este objeto…! —dice Hera mientras saca del trono el cofre sagrado. —Tienes que entregar esto a manos de Perséfone…

—Entonces Perséfone está en el Hades…

—Ella está supliendo las funciones del dios del Inframundo, dando control al Infierno, sin embargo algunos humanos han alcanzado el octavo sentido, como ustedes los ángeles que pueden moverse a voluntad en el mundo de los muertos…

—Si cumples con tu misión todo muerto de ésta guerra irá derecho al Tártaro, por toda la eternidad… —enseña Hera.

El ángel queda descolocado tras las palabras de su reina, sabiéndose mortal y sabiendo que muchos mortales que custodian a los dioses podrían sufrir un destino eterno espeluznante, de su gloria emergen dos alas y sale volando hacia abajo.

Órbita de Saturno.

El santo de Copa estaba inconsciente, esperando la muerte, sus signos vitales y su cosmos casi habían desaparecido, de pronto un gigantesco cosmos rodeo su cuerpo, era cálido, acogedor y absoluto. Pronto aparecieron cerca de él aquellos que venían desde el Santuario, los cuatro santos legendarios acompañaban a la diosa.

—Alkes…Alkes… —susurra Atenea.

—¡No siento su cosmos! —murmura Seiya.

—Puedo sentir algo de vida en él… —expresa Shiryu.

—Rápido, ayúdenme a quitarle la armadura… —espeta Shun preocupado.

—No, no lo hagas, acaso quieres… —se pregunta Hyoga.

—Cuando viajé al pasado conocí uno de los secretos de la armadura de Copa, conformemos el tótem y el agua brotará en la copa, démosle de beber el agua a Alkes y sus heridas sanaran… —explica Shun recordando su travesía por el pasado, cuando conoció a Suikyo de Copa.

—¡No perdamos el tiempo entonces! —contesta Seiya animado.

La diosa Atenea colabora con sus santos y pronto conforman la armadura de Copa, inclinan sobre los labios de Alkes el agua mágica, éste pronto reacciona, volviendo poco a poco en sí.

—Pensé que había… —dice Alkes entrecortado. —Estoy vivo, mi señora me ha salvado…

—Vamos a buscar a los otros, he sentido varios cosmos débiles, ahora que tenemos la coraza de Crateris, podemos salvar la vida de nuestros amigos heridos… —dice Shun con una sonrisa.

—He sentido el cosmos de Marín y Shaina más adelante… —murmura Seiya. —¡Vamos!

Templo del Sol.

Entrada de la ciudad del Sol

En los confines del tiempo espacio, viajando a través de diversas dimensiones, Shion de Aries y Kanon de Géminis llegaban a una ciudadela de enormes murallas de oro, el Sol ardía en gran intensidad, dando una luz sobrenatural.

—Esto parece ser la mítica ciudad del Olimpo, el Sol se muestra vigoroso…eso solo puede significar que estamos en los dominios de Apolo… —dijo Shion en voz baja. —Hay que esconder nuestro cosmos…

—Debemos cumplir nuestro plan sigilosamente… —musita Kanon.

Los santos de oro avanzan viendo a sus costados varias casas de un estilo griego antiguo, eran construcciones que estaban inspiradas en antiguas ciudades, épocas en las que se adoraban a los olímpicos.

—Debemos llegar al templo del Sol. —expresa Kanon.

—Si logramos atrapar a Apolo seguramente las almas de Mu y los demás serán liberadas… ¡mira eso Kanon!

Los ojos de los santos alcanzan a observar una estatua de piedra, la cuál estaba tallada con cuerpos y rostros humanos, se trataba de los mismísimos santos dorados que derribaron el muro de los lamentos.

—¡Increíble…Saga…! —se lamenta Kanon.

—Ellos son los santos dorados…

—¡Invasores! ¿Qué hacen en éste lugar sagrado? —pregunta un hombre que se acerca.

—¿Quién eres? —pregunta el santo de Géminis

La silueta de un ángel es descubierta por la luz, tenía una cabellera blanca alborotada hasta la altura de los hombros, ojos violetas, estaba protegido por una gloria, la cuál en la parte de los hombros tenía la piel de un carnero de oro.

—Soy Jasón, un ángel, soy el custodio de la entrada del templo del Sol…

—¿Jasón? —pensaba Shion acerca del origen del nombre de su enemigo.

—Así que tú eres el santo de Aries… —susurra el ángel.

—Así es, ese es seguramente el vellocino de oro, no hay duda, así que eres Jasón, uno de los santos legendarios… —expresó Shion.

—En efecto, en épocas mitológicas fui el santo dorado de Aries, en otra reencarnación…

—Me gustaría hablar de muchas cosas pero tenemos una misión importante que cumplir, ¡quítate del camino! —responde Shion sin vacilar.

—Mi misión es que nadie interrumpa a Apolo, ustedes que sirven a la traidora Atenea, acompañan su revuelta contra el juicio de los dioses…

—No puedo creer que un hombre que dice tanta sandeces haya sido alguna vez portador del manto de Aries. —dice Shion decepcionado.

—Ustedes no podrían comprenderlo, la mente de los dioses es incomprensible para ustedes, ellos son la evolución de los que rigen la justicia.

—Basta de plática, nos vas a dar la audiencia con Apolo, ¿o tendremos que matarte primero? —pregunta con frialdad Kanon.

—Puedes esperar tu turno santo de Géminis, primero he de verificar que éste hombre sea un digno portador de la armadura que lleva…

—Que así sea, permíteme abrir la contienda, ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

Shion levanta su mano derecha con su palma en paralelo al cielo, sobre ella comienzan a revolotear partículas de polvo, generando una gran cantidad de estrellas cósmicas, éstas atacan al ángel de forma amenazante, pero éste extiende su mano derecha en línea recta y luego hace un ligero movimiento hacia la derecha repeliendo por completo la técnica del santo de oro.

—¡No lo creo! —se lamenta Shion.

—¡Detuvo la revolución de polvo estelar con una sola mano! —reflexionaba Kanon sorprendido por lo acontecido.

—Yo soy el que originó la revolución estelar que ha pasado de generación en generación desde tiempos inmemoriales hasta hoy…si quieren tener alguna oportunidad deberían atacarme los dos a la vez, y aún así creo que están en desventaja…

—¡Insensato, no podrás con dos santos de oro! —dice un Kanon amenazante.

—¡Espera Kanon! En ese caso elevaré aún más mi cosmos… ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

—¡Veamos si puedes darme combate…REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

Las dos técnicas chocan generando una intensa colisión de lluvia estelar, la cuál se mantiene en igualdad, despidiendo gran energía.

—¡El cosmos de Shion se ha incrementado! —exclama Kanon.

—¡En ese caso…EXTINCIÓN DE LA LUZ DE LAS ESTRELLAS!

El santo de Aries intenta succionar la colisión estelar, absorbiendo su poder la luz se dirige hacia el ángel.

—¡MURO DE CRISTAL!

El ángel usando su habilidad mental crea una pared de cristal, la cuál es destruida por el fuerte impacto de la energía de las dos revoluciones estelares, pero a último momento se teletransporta evitando todo daño.

—¡Éste hombre…su poder es enorme! —musita Shion.

Los ojos del ángel brillan, de pronto el cuerpo de Aries es levantado por los aires, cayendo finalmente al suelo.

—¡Shion! —murmura Kanon.

—Esto recién comienza… —susurra Shion poniéndose de pie.

—¡Vamos Aries, demuestra con acciones tus dichos! —reta Jasón a su adversario.

—¡Eso haré!

El santo de Aries y el ángel lanzan un ken con sus puños, ambos salen despedidos por la potente energía, rápidamente los dos se ponen de pie.

—Detente Shion, té eres quién sabe cómo encerrar a Apolo…yo combatiré con éste hombre. —manifiesta Kanon de Géminis.

—Está bien Kanon, ten cuidado, pronto regresaré…

—No dejaré que vayas… —musita Jasón.

—¡Tu rival seré yo a partir de ahora!

El santo de Géminis se lanza sobre el ángel usando un poderoso ken dorado a la velocidad de la luz, Jasón se ve obligado a evitar el ataque, lo que permite que Shion escape.

—¡Maldito! Tú también eres muy fuerte…

—¿Pensabas que el santo dorado de Géminis sería débil? Es muy inocente de tu parte…

—El santo de la constelación de Géminis está destinado a ser de la elite dorada, pero mi experiencia en combate me da una ventaja, no podrás compararte con un santo legendario…

—¿Los santos legendarios?

—Somos aquellos que peleamos en la primera guerra santa vistiendo los mantos dorados…los sobrevivientes fuimos escogidos por Zeus junto a otros grandes guerreros de aquella época que no pelearon para Atenea…

—¿Me estás diciendo que hay dos tipos de ángeles?

—Existen doce ángeles escogidos por Zeus para ser sus guerreros, los otros cuatro fuimos escogidos luego de salir victorioso en la contienda en la que se hundió la Atlántida, de aquellos doce santos…los cuatro que tuvimos la dicha de entrar al Olimpo fuimos Ganimedes de Acuario, Cástor y Pólux de Géminis y yo…Jasón de Aries.

—Entonces tenemos cuatro desertores legendarios… —dice Kanon con una decepción en su rostro.

—¡Tú no comprendes, Zeus es la máxima justicia, fue Atenea quién en ése momento estuvo de acuerdo, la alianza entre Atenea y Zeus era más fuerte que nunca!

—Tú eres el que no comprendes nada, me aburres… ¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!

—¡MURO DE CRISTAL!

El santo de oro genera un enorme estallido de galaxias y planetas que destruye el muro de cristal al instante, el ángel bloquea parte del ataque, aunque no puede evitar ser dañado, de sus ojos caen unas gotas de sangre.

—¿Cómo? Ha resistido en pie la explosión de galaxias…

—Es sorprendente, ¿cómo has sido capaz de destruir mi muro de cristal?

—Shion me ha dicho que debo localizar los puntos más endebles y atacar estratégicamente en esos puntos, sabíamos que habían unos contados ángeles que fueron alguna vez santos de Atenea…

—Como podían saberlo…

—Mi compañero, aquel joven tiene más de doscientos cuarenta años…mientras estuvo vivo fue Patriarca del Santuario, lo ha visto en las estrellas.

—¿Mientras estuvo vivo?

—Shion y yo, Kanon de Géminis escapamos del Infierno…

—Así que tú eres Kanon… —expresa Jasón riendo.

—Así es, ¿qué te causa tanta gracia? —pregunta Kanon seriamente.

—He escuchado de ti, has sido capaz de engañar a Poseidón y ahora tienes el descaro de proteger la Tierra… —espeta Jasón señalándolo.

—¡La redención Jasón, he purgado mis pecados!

—¿Piensas que tus pecados serán borrados solo porque ahora proteges el corrupto mundo?

—¡Recibiré el castigo divino luego de salvar al mundo!

—Ya veo, después de todos los seres humanos pueden cambiar…

—¡No me importa la opinión de un ángel como tú que está traicionando a la misma Atenea, te enviaré a los confines de la oscuridad…TRIÁNGULO DORADO!

—¡Idiota, eso no funcionará, conozco todas las técnicas de Géminis!

El ángel se teletransporta a espaldas del ateniense y le da un rápido golpe de espada con su brazo, haciendo que éste sea absorbido por su propia técnica, siendo enviado a los confines del mar atlántico.

—Volverás cuando sea muy tarde, iré con el santo de Aries…

El ángel fue directo a la cámara de Apolo esforzándose por alcanzar al santo de Aries.

Órbita de Marte.

Los santos legendarios junto a Atenea habían traído de la línea entre la vida y la muerte a Gliese de Altar y se encontraban cerca de tres cosmos conocidos, uno de ellos muy débil, luego divisan tres siluetas.

—¡Son Marín y Shaina! —exclama Seiya.

—¿Quién será el santo al que cargan? —se pregunta Hyoga.

—¿Acaso podría tratarse de…? —pregunta Shun para sí.

El grupo llega a dónde están las guerreras atenienses y antes de que alguien puede decir unas palabras Shun explota de júbilo.

—¡Entonces tenía razón, ese cosmos que sentí era el tuyo…querido maestro!

Shun llora de la emoción mientras toma las manos de Daidalos de Cefeo, su maestro en la isla Andrómeda, quién le había enseñado todo en la vida.

—Shun... —susurra Daidalos entrecortado. —Que alegría verte, estoy muy orgulloso de ti…

—Démosle de beber rápido el agua de Crateris… —murmura un atento Shiryu.

Mientras Daidalos tomaba el agua y se recuperaba, los santos de bronce sobrevivientes llegaban.

—Saori… —susurra Jabu.

—¡Qué bueno verlos con vida! Escúchenme santos, les agradezco profundamente los sacrificios que han hecho por mi…el próximo combate me pertenece a mí, el Santuario está ahora desprotegido y solo, ustedes ya han hecho muchísimas cosas aquí, vuelvan a la Tierra y protejan el Santuario…yo me encargaré de frenar las catástrofes que azotan a nuestra tierra… —ordena con dulzura Atenea.

—¡Pero usted no debe ir usted sola! —responde Jabu.

—Nosotros iremos con ella, es nuestro turno ahora… —espeta Seiya.

—Entonces queda en sus manos, valerosos santos de la esperanza… —elogia June.

Los santos de bronce y plata se retiran rumbo al refugio, dejando en manos de Atenea y de los santos legendarios el desenlace de la batalla contra Artemisa…

Templo de la Luna.

El santo de Orión sigue su camino a gran velocidad, rápidamente recorre el pasadizo del palacio hasta llegar al trono, en donde se encontraba la diosa, que estaba sentada en el imponente sillón.

—Humano, tu presencia es indigna para éste sitio sagrado, ¡vete! —amonesta Artemisa de mal modo.

—¡Los dioses son indignos, ustedes son peores que los humanos! —contesta con atrevimiento Pléyade.

—¡Cómo te has atrevido!

—¡Vine a éste sitio dispuesto a tomar tu vida Artemisa…CACERÍAS DE ESTRELLAS!

El ateniense con su cosmos a su más alto nivel hace unos movimientos que parecen cazar estrellas al tiempo que el escenario muestra el tiritar de millones de estrellas, con un rápido movimiento de su brazo lanza un increíble ataque, pero éste es reflejado, levantando por el aire a su ejecutante, quién cae luego al suelo totalmente vencido.

—Pobre estúpido, con ese poder tan inferior no harás que siquiera nos esforcemos en matarte…

Un cosmos dorado inmaculado y puro invade el templo repentinamente.

—¡Este cosmos, no hay dudas! —musita Artemisa.

La diosa de la guerra aparece junto con los santos de Pegaso, Dragón, Cisne y Andrómeda, éste último asiste al santo de plata herido.

—¡Shun! ¿Cómo está Pléyade? —pregunta Shiryu.

—A pesar de sus heridas está bien, sus signos vitales aún responden, sobrevivirá…

La diosa de la sabiduría, Atenea, da cuatro pasos hacia adelante y se dirige a la olímpica con parsimonia.

—Hermana, tus satélites han sido vencidas…solo quedas tú, aunque dime ¿en serio crees que podrás llevar a cabo el plan macabro de Zeus?

—El mundo será purificado…desde la era del mito nunca tuve conflictos contigo hermana, pero tus actos son inaceptables…no podemos permitir que hagas lo que quieras. —espeta Artemisa con rencor.

—¡Te ordeno que restablezcas la órbita de la Luna!

—Jamás… ¡no tengo otra opción que hacerte desaparecer!

La diosa de la luna da dos pasos hacia adelante encendiendo su cosmos.

—¡No dejaremos que atentes con la vida de nuestra diosa! —dice Seiya mientras se interpone entre las diosas.

—¡No intervengas Seiya! —ordena Atenea.

—¡Pero Saori, su cosmos es demasiado grande! —se justifica Seiya.

—¡Pegaso, tu insolencia es tan grande como se dice, los humanos no tienen permitido intervenir en asunto de los dioses! —reprende Artemisa.

—¡Seiya…Artemisa tiene razón, soy la diosa de la guerra y lo demostraré en este combate!

La diosa guardiana de la Tierra mira con autoridad a su santo más fiel y éste se aparta obedientemente.

—Artemisa, ¡no te das cuenta de que mientras más se acerque que la Luna a la Tierra, más desastres causará, rasgando los mares y la atmósfera! A este paso en sólo unas horas, la tercera parte del mundo podría morir… —expresa con pesar Atenea.

—Hermana, el destino de esta Tierra yace en manos del Olimpo. —continúa Artemisa. —La voluntad del Olimpo es indiscutible y quienes se opongan a ella… …perecerán...

Tras decir sus últimas palabras, la diosa de la Luna enciende su majestuoso cosmos.

—¡Su cosmos se ha vuelto más hostil! —piensa Shun.

La diosa lunar lanza con su báculo una incontable cantidad de rayos crepusculares, mientras que la diosa de la guerra lanza una inconmensurable cantidad de rayos luminosos de color dorado con Nike, el templo empieza a sentir los efectos de la poderosa colisión.

—¡Que poder tiene, te arrepentirás de tus acciones…! —dijo una enfadada Artemisa.

—¡Nunca me arrepentiré de proteger a los humanos, ni aunque me enfrente a los otros dioses!

—¡Estúpida, lamentarás descubrir mi verdadero poder!

—¡Lo siento hermana, debo tomar tu vida!

La diosa de la guerra lanza su poderosa luz, pero Artemisa crea una atmósfera de oscuridad que apacigua la luz.

—¡No seas tan tonta, con sólo arder más mi cosmos no podrás bloquear más mi ataque, ahora recibe esto…!

La luz de la diosa de la guerra emanada por Nike se incrementa infinitamente, ésta vez golpea a Artemisa, quien cae al piso, volando el casco de su kamui.

—¿No me digas que ese es todo tu poder, hermana? —se levanta Artemisa sin mucha dificultad.

—¿Cómo puedes levantarte sin dificultad luego de recibir mi poder…?

—¡No conseguirás vencerme mientras use mi kamui sagrado, un ataque de ése tipo no conseguirá rasgar su magnífica protección…!

—¡Eso nunca, intentaré hasta que lo logre…además todavía no he usado todo mi poder!

—Entonces usaremos todo nuestro poder, no nos guardaremos nada…

Las dos diosas elevan sus cosmos superando sus propios límites y se preparan para un titánico enfrentamiento de poder.