Capítulo 17: Muerte y resurrección.

La batalla de las órbitas entre los santos y las satélites finalmente terminó en la victoria de los primeros, tras feroces combates las seis satélites gigantes fueron también vencidas, el camino quedó allanado para que Atenea arribe al templo de la Luna, encontrándose cara a cara con Artemisa, la titánica batalla entre las diosas hermanas estaba por dar inicio.

Afueras del Templo de la Luna.

El santo de Buril se encontraba dormitando en un rincón de las afueras del Templo de la Luna, en ese momento se levantó exaltado.

—¡Me dormí! —grita entre asustado y avergonzado de sí mismo. —¡Ese cosmos es de Athena, ya entraron y ni me di cuenta! —se teletransporta en ese instante hacia el interior del salón.

Templo de la Luna. Salón principal.

Kiki aparece repentinamente por medio de la teletransportación, ganándose la sorpresa de Seiya y los otros, quiénes no tenían noticia del pequeño santo de bronce.

—¡Kiki! ¿Dónde estabas? —pregunta Shiryu intrigado.

—Me perdí… —responde Kiki mientras se ríe socarronamente.

—¡Kiki! ¡Regresa al Santuario! —ordena Atenea con autoridad.

—¡No puedo volver en un momento así…! —explica el pequeño Buril.

—Es tu decisión quedarte, solo te pediré que no te entrometas… —completa la diosa.

—¡Seré testigo de la caída de la diosa de la Luna! —dice Kiki entusiasta.

—¡Atestiguarás la muerte de Atenea miserable! Y después tendrás el honor de morir bajo las mismas manos…

Los ojos fríos de Artemisa se posan en el pequeño Kiki, quién siente un escalofrío súbito en su espíritu, ante semejante sensación no contesta nada.

—No habrá ninguna muerte más de mis amados santos…

Los cosmos de las dos diosas se encienden y se ponen en guardia, de pronto se produce un profundo silencio, el cuál se apodera de la escena, todos los santos miran expectantes a las deidades.

—Vamos Atenea, combate, ¿es que acaso no quieres herir a tu hermana…? ¡No debes ser dubitativa, estamos en una batalla a muerte…!

—¡Usaré todo mi poder en esta batalla! —exclama Atenea con fuerzas. —Si no logro acabar con ella el mar cubrirá gran parte de los continentes y el magma surgirá desatando desastres sísmicos…mientras más se acerque su campo gravitacional podría llegar a destruir la atmósfera y causar una nueva extinción masiva… —pensaba.

—¡El destino de la humanidad es la destrucción, todos los dioses crearemos enormes cataclismos para purgar a este mundo de los pecados de la humanidad! ¿Por qué estás a favor de los humanos? ¿Hay algo que quieras decirme que no hayas podido hacerlo en frente de los demás dioses? —pregunta una comprensiva Artemisa.

—No…lo diré como un estandarte de mi parte, yo no entregaré la Tierra para que los dioses hagan lo que quieran con ella… ¿qué tan distintos son los pecados de los mortales de los que hemos cometido nosotros los dioses…? Después de todo, ellos fueron creados a imagen y semejanza nuestra…heredaron nuestros pecados…

Las palabras de la diosa repercutían en los santos, quiénes estaban orgullosos de las palabras de su ama, por la que habían luchado hasta la muerte.

—¡No puedo creer que estés a favor de los humanos y des la espalda a los dioses…tus iguales…veo que no comprendes que los humanos son una imitación imperfecta de nosotros!

Una irritada Artemisa enciende su tremendo cosmos y levanta su cetro, expulsando del mismo una luz brillante de color plateado que cubría todo el recinto, Atenea utiliza su escudo, aquel que es capaz de bloquear cualquier ataque del mal, con el que consigue bloquear el amenazante brillo.

—¡Los humanos tienen algo que los dioses no entienden…! —manifiesta Atenea con seguridad.

—¡Ha logrado bloquear el poder de mi cetro…! —exclama una perpleja Artemisa.

—¡Este es el escudo de la justicia, el que puede desviar cualquier ataque del mal…!

—¡El mal está con los humanos que proteges…! —responde enfadada la diosa lunar.

—Los humanos son una especie joven que evoluciona rápido… ¿acaso temen los dioses su potencial?

—¡Blasfemas nuevamente…eres tan insolentes como los humanos, incluso por uno de ellos has sido capaz de ir al pasado, cómo puedes ser tan obstinada y estúpida…!

La diosa de la guerra crea una luz dorada mientras empuñaba a Nike hacia arriba, luego envía una poderosa descarga cortante, pero la diosa lunar la detiene con una barrera de cosmos que envuelve su cuerpo, resultando completamente ilesa, mientras sonríe desbordada de confianza.

—¡No lo creo, detuvo el enorme poder de Atenea! —pensaba un Shiryu absorto.

—¡Saori! —espeta preocupado Seiya.

—Es muy poderosa incluso entre los dioses olímpicos… —murmura Atenea. —Debo tener sumo cuidado con ella…

—¡Tu escudo no podrá detener mi poder…!

Artemisa enciende su enorme cosmos y mágicamente aparece frente suyo un hermoso arco de oro, el cuál desbordaba por sí sólo una luz magnífica y cegadora, a continuación la diosa agarra con sus manos el arco de oro y lo tensa, apuntando amenazadoramente hacia su rival.

—¡Mi escudo detiene cualquier ataque del mal…te lo dije antes…! —vitorea una confiada Atenea.

—¡Muere!

La diosa de la Luna lanza finalmente la flecha y ésta toma una trayectoria lineal, superando la velocidad de la luz, detrás de la flecha podía verse una luz blanca que cegaba a todos los presentes, la diosa de la guerra en su intento de defenderse pone de frente su escudo, dispuesta a detener la poderosa flecha, los santos intentan ver aunque están cegados, la flecha se destruye al tocar el escudo, pero en ese momento Artemisa se mueve de un lado a otro, lanzando una seguidilla de flechas mortales, por lo que Atenea gira sobre sí una y otra vez, intentando bloquear todas las flechas, lo cuál consigue con mucha dificultad y con su respiración agitada.

—¡Saori! —Seiya intenta interponerse, pero Shiryu lo detiene con su mano lo detiene. —¿Qué pasa Shiryu? ¡No ves la situación!

—Cree en Saori, es la única esperanza que tiene la humanidad… —responde con sabiduría el Dragón.

—¡Seiya, ésta batalla es mía, si no puedo vencer a mi hermana, no podremos derrotar al Olimpo! —exclama Atenea.

—No me subestimes hermana, habíamos prometido que lo daríamos todo en éste combate, ¡ahora te lo voy a demostrar!

Una imagen de la Luna se sitúa atrás de Artemisa, la cuál se balancea intercambiando las fases lunares, generando con esto distintos alcances de luminosidad en el salón y provocando breves momentos de oscuridad, en una temible ambivalencia.

—¡Está jugando con la luz y las tinieblas! —terció Hyoga.

—¡Es tu fin Atenea!

La diosa de la Luna se mueve de un lado a otro, alternando brillos y penumbra, lanzando sus flechas, Atenea intenta evadirla una a una, hasta que finalmente una flecha alcanza su pierna, destruyendo parte de su kamui y haciendo brotar un poco de sangre alrededor de la herida.

—¡Saori! —gritan al unísono todos los santos.

—¿Lo comprendes ahora…? ¡No tienes oportunidad ante mí! —proclama Artemisa.

—¡No he podido ver su flecha disparada desde la oscuridad…! —se lamenta Atenea con desazón.

—Vuelve a ser una diosa hermana…si esto sigue así serás rebajada a ser una simple humana….

—¡Yo soy una diosa…que usa su poder para defender a los débiles!

—¡Porque te obsesionas por esos muñecos de barro que Prometeo creo imitando a los dioses…esas copias imperfectas e impuras…!

—Aunque te moleste ellos conocen el amor, algo que los dioses como tú ya han olvidado…

—¡El amor dices! Los humanos solo degradan el planeta, ellos se contaminan entre sí, en poco tiempo no quedará un solo humano que merezca la vida…

Artemisa enciende su cosmos nuevamente con furia y lanza con su báculo una soberbia cantidad de rayos lunares que impactan contra la diosa de la guerra de manera violenta, la cuál choca su espalda contra la pared, cayendo en la inconsciencia.

—¡Ahora te remataré!

—¡Ni lo pienses Artemisa! —se interpone Seiya elevando su cosmos.

Los demás santos hacen lo mismo que Seiya y se interponen, dispuestos a luchar por su diosa una vez más, aunque tengan que enfrentarse a una divinidad.

—¿Piensan que puedes oponerme resistencia? —preguntó con una soberbia mirada Artemisa.

—¡Ahora verás…METEOROS DE PEGASO!

Seiya extiende su puño derecho, lanzando estrellas fugaces a la velocidad de la luz, pero éstas quedan paralizadas repentinamente y seguidamente regresan, hiriendo a su ejecutante, el cuál cae al suelo con golpes en todo su cuerpo.

—¡Seiya! —grita Shiryu preocupado y luego mira con rabia a la diosa lunar. —¡Artemisa, no te saldrás con la tuya…LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!

El ateniense extiende sus dos brazos creando un haz de energía que emula la embestida de cien enormes dragones que atacan con sus colmillos, la técnica regresa rápidamente hacia su ejecutante. El santo de Andrómeda se interpone delante del Dragón para protegerlo.

—¡DEFENSA RODANTE! —exclama Shun.

El furor de los cien dragones termina chocando con la defensa rodante, que comienza a bloquearlo rápidamente, sin embargo algunos dragones se filtran entre los espacios que deja la cadena y atacan vorazmente a Andrómeda y Dragón, al impactar sobre el primero los demás los alcanzan, arrojándolos por el aire.

—¡Shun, Shiryu! – mira Hyoga con angustia a sus compañeros. —¡Lo daré todo por penetrar la barrera de los dioses, así muera en el intento, usaré mi técnica más poderosa, EJECUCIÓN AURORA!

—Pareces no comprender que los ataques en contra de los dioses se regresan… —musita Artemisa.

Hyoga junta sus dos manos y las levanta hacia arriba, al instante las baja bruscamente, despidiendo un potente viento helado que alcanza el cero absoluto, sin embargo cuando estaba por impactar en Artemisa, el viento se detiene y a continuación es reflejado hacia Hyoga, golpeándolo duramente y congelando su armadura, al cabo de unos segundos su protección sagrada estalla, su cuerpo está frío, finalmente se desploma en el suelo.

—Santos, han venido a la boca del lobo…cambié de opinión Atenea, os daré muerte a todos tus esbirros, luego te mataré a ti…

Artemisa observa a Kiki con una dura mirada, quién era el último que había quedado en pie, el cuerpo del pequeño santo de bronce estaba paralizado, preso de un miedo inocultable.

—No podrás Artemisa… —murmura Atenea mientras se levanta con grandes dificultades y hablando entrecortado.

—Tú…sigues en pie… ¿qué hace que llegues a ese punto aún con ánimos de luchar?

—Es por los humanos que no conoces, Artemisa, no podrás vencerme, mis razones y motivos son muchos más fuertes en esta lucha que lo que tú y los olímpicos tienen… —argumenta Atenea. —Están cegados de soberbia, los motivos de la lucha determina el poder del cosmos, no podrás alcanzar mi cosmos hasta que no encuentres la verdad, y para tú desgracia, veo que ni siquiera estás dispuesta a buscarla… ¡si continuas, perderás!

La diosa de la guerra hace crecer su cosmos de forma exuberante, una enorme luz dorada empieza a cubrir todo el templo de la Luna, tras unos segundos todos los alrededores del templo también eran cubiertos con su poderosa aura.

—Tú, ya estás contaminada, deliras con una grandeza mortal inexistente, lo único que trae la humanidad es destrucción, ahora verás como mi cosmos superará al tuyo… ¡sentirás en lo más profundo de tu ser mi poder!

La diosa lunar tensa su arco, su cosmos muestra la grandiosa ambivalencia de la luz y la oscuridad, muchas flechas salen disparadas, prestas a quitar la vida de Atenea.

—¡Nunca me vencerás…aunque dañes mi cuerpo…jamás podrás conmigo!

La diosa de la sabiduría alumbra los momentos de sombra y regula los destellos de luz para poder equilibrar una misma luminosidad en todo momento, haciendo visible las flechas y logrando bloquearlas a todas con un ágil movimiento de su escudo.

—¡Fue una ingenuidad haberte querido medir conmigo…detén las mareas devastadoras y te perdonaré la vida…! —acota vehementemente Atenea, mostrando misericordia.

—¡No estás en condiciones de decirme que tengo que hacer, ni darme ninguna recomendación…! Aunque hayas detenido mis flechas puedo llamar la voluntad de mi hermano Apolo para hacer el más temible ataque del universo… —amenaza Artemisa.

—Su cosmos está creciendo… ¿dices acaso que puedes lanzar un ataque combinado con Apolo?

La diosa de la Luna sonríe llena de confianza, Atenea yace preocupada.

Puertas del templo del Sol.

El santo de Aries, Shion, estaba llegando a las puertas de la cámara principal del templo solar, el cuál tenía una entrada imponente, las paredes brillaban intercalando adornos de oro y plata, estaba revestidos de diamantes y tenía un símbolo del Sol en parte de arriba de la puerta.

—Una confrontación directa con Apolo sería algo imposible, sin embargo, los conocimientos de haber sido Patriarca puede engañar a los dioses… ¡LABERINTO DE LOS DIOSES! —Shion se arrodilla y toca el suelo, creando una distorsión en el lugar, luego apunta con la palma de su mano hacia adelante, enviando la técnica directo a Apolo, quién se encontraba en su trono, sin embargo, algo no funciona. —¡No puede ser…ha bloqueado el ataque!

Templo del Sol. Salón principal.

La deidad solar había detenido la técnica que intentó Shion de Aries.

—Cómo pueden creer los santos que podrán encerrarme…—Apolo hace unos pasos tras levantarse de su majestuoso sillón, estaba enfurecido y con deseos de aniquilar a todos los santos, pero pronto advierte que los caminos se cruzan entre sí, enormes laberintos se distorsionan dificultando su salida. —¿Qué demonios es esto?

Afueras del templo del Sol.

—¡Lo he conseguido…tuve que lanzar mi técnica dos veces pero al fin funcionó! —balbucea para sí Shion. —Si Artemisa es vencida el milagro es posible…

Templo de la Luna.

La diosa lunar estaba absorta, no podía invocar la voluntad de su hermano para lanzar la terrible técnica conjunta.

—¿Qué sucede? No puedo llamar a la voluntad de mi hermano Apolo… —se pregunta así misma Artemisa.

—Nuestro todopoderoso Apolo ha sido encerrado por humanos, más precisamente por uno de mis santos dorados…

—¡Puedo derrotarte con o sin él! ¿Cuánto tiempo piensan que podrán mantener cautivo a Apolo unos simples humanos?

—¡El suficiente para que te derrote!

Las dos diosas atacan con todo su cosmos, lanzando sus báculos la una contra la otra, dispuestas a atravesarse y terminar la pelea en ése instante, Nike, la diosa de la victoria se abalanza contra su objetivo, finalmente termina decapitando a la diosa de la Luna, y Atenea recibe el báculo de la luna entre el hombro y el pecho.

—¡Al fin he vencido…! —dice la diosa de la sabiduría mientras se arrodilla por la profunda herida que sangra a borbotones. —Hermana…no me has dejado otra opción…jamás hubiese elegido esto… —expresa mientras una lágrima se derrama.

Luego de sus palabras, la diosa se desploma en el suelo sin energías, completamente exhausta tras el titánico enfrentamiento.

—¡Saori! —dice Kiki corriendo hacia ella.

Mientras la socorre visualiza dónde se encuentran los demás y de un momento a otro, todos sus compañeros son tele transporta al Santuario.

Templo del Sol.

El ángel Jasón se dirigía hacia dónde se encontraba el santo de Aries, pero de pronto siente que un portal dimensional se abre, mostrando la silueta de un hombre con armadura dorada resplandeciente.

—¡Has vuelto!

—Es lógico, ¿no te parece? Puedo ir y venir por la dimensión que sea… —explica Kanon acerca de sus habilidades.

—¡En ese caso toma esto…REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

—¡Te aplastaré maldito…EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!

Una gran colisión se produce entre la explosión de planetas y restos de asteroides y la lluvia de polvo estelar, tras unos segundos la técnica de Kanon se incrementa en poder, contrarrestando a la de Jasón, quién cae duramente al suelo con varias heridas y un hilo de sangre se vislumbra en el suelo en su rostro.

—Punto final…iré con Shion…

—¡Espera! —Jasón se pone tambaleante de pie.

—Tú…sigues…

—¡Ésta vez verás una técnica que estoy seguro que nunca has presenciado…VIENTO DE POLVO ESTELAR!

—¡Su cosmos ha crecido…!

Alrededor del santo de Géminis un remolino de cosmos se manifiesta, las estrellas giran arrastrando fuertes vientos, los cuáles atacan violentamente al ateniense, que resulta herido en varios puntos de su armadura dorada, la cual yace agrietada y rasgada.

—No debes subestimarme…

Inesperadamente para el ángel que creía ciegamente en su triunfo, el santo dorado se reincorpora con muchas dificultades, dispuesto a seguir combatiendo.

—¡Tendré que esforzarme más parece…! —murmura Jasón sorprendido.

—¡Terminaré esto ahora mismo! —responde Kanon.

El ángel corre velozmente, situándose al lado del santo de oro, al instante lanza un golpe de puño, pero el ateniense lo elude y contragolpea con un gancho que lo eleva por los aires, finalmente termina cayendo al suelo, haciendo un cráter.

—Me pregunto si Shion lo habrá conseguido…

El ángel se levanta enfurecido, su cosmos comienza a crecer repentinamente, superando al cosmos que tenía al comienzo.

—¡Que temible poder!

—¡No dejaré que esto termine así! —exclama Jasón cuando de pronto un ráfaga dorada golpea su mano. —Tú…

—¡Vamos Kanon! – manifiesta Shion, que recién había llegado.

—No dejaré que vayan… —musita Jasón.

El santo de Aries intenta tele transportarse pero el ángel de sus ojos emite una fuerte psicoquinesis que los inmoviliza.

—¡Algo así no funcionará! —Shion se libera con dificultad. —¡Tenemos que huir!

De pronto unos cosmos se acercan al sitio, otros miembros de la casta de los ángeles se hacían presentes, tras escuchar los ruidos de las explosiones y el choque de cosmos.

—¡Demonios! —se lamenta Kanon.

—¡Malditos! ¡Ahora no tienen salida! —brama Aquiles.

—Pagarán su insolencia… —espeta sonriendo Diomedes.

—Ahora se encuentran perdidos… —acota Eneas.

—¡Ni siquiera Atenea los podrá salvar! —manifiesta el gigante Ajax.

Finalmente aparecen los restantes ángeles del Olimpo, a excepción de Belerofonte, a quién se le había otorgado otra misión.

—¡Ustedes han aprisionado al dios del Sol! —reprende Eneas. —¡Ese es un pecado imperdonable, no les dejaremos huir, afrontarán las consecuencias de sus acciones!

Repentinamente un nuevo ángel aparece, se trataba de Cástor, de quién sus camaradas no tenían noticias de hace días.

—¡Cástor! Has decidido aparecer…temía que cometieras una estupidez… —expresa aliviado Pólux.

—¡En signo de mi lealtad al Olimpo yo seré quién acabe con éstos humanos…EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!

Cástor enfrenta sus palmas a la altura de su pecho, generando una galaxia entre sus manos, repentinamente arroja el poderoso ataque contra Shion y Kanon, sin embargo el ataque hace una parábola extraña y termina por impactar en el obelisco de piedra, que mantenía encerradas las almas de los caballeros dorados. De pronto unas resplandecientes luces doradas brillan en toda su intensidad, cegando a los ángeles y tumbándolos posteriormente con su emisión.

—¿Qué fue eso? —pregunta Diomedes cegado.

—¡Entonces Atenea venció a Artemisa! —espeta Kanon.

Cuando la luz dorada se diluye puede verse a los doce santos dorados que derribaron el muro de los lamentos.

—¡Son los santos dorados que estaban atrapados en el obelisco de piedra! —exclama sorprendido Aquiles.

—¡En ése caso…! —Shion cierra sus ojos y usa su telekinesia.

—Shion está… —Kanon acaba de entender la acción de su camarada.

Las armaduras doradas de Tauro, Cáncer, Escorpio, Capricornio y Piscis se hacen presentes, vistiendo a sus legítimos portadores, éstos se ponen delante de los santos que no llevaban puesta sus armaduras, puesto que éstas habían sido destruidas en la batalla contra los sacerdotes solares de Apolo, además de proteger también a Mu y Saga, quiénes no portaban sus armaduras, puesto que las estaban usando Shion y Kanon.

—¡Cástor, maldito traidor! —dice Aquiles apretando su puño.

—¡Quería una batalla más justa! —contesta Cástor.

—¿Dices que la justicia está con ellos? ¡No seas irreverente! —reprende su hermano Pólux.

—No digo eso, solo digo que la justicia es justicia, no tiene que estar con nadie… —trata de aclarar Cástor. —Ahora serán catorce contra catorce… —bate sus alas y desaparece.

—¡Cástor…de qué lado estás…! —se pregunta Ícaro.

—¡Lucharemos por Atenea una vez más! —exclama Shura.

—¡No les tememos en absoluto! —advierte Edipo.

De pronto una luz roja empieza a emitirse con gran fulgor, cubriendo todo la ciudadela, un cosmos inconmensurablemente infinito.

—¡No es el momento de batallar, hay que regresar con Atenea de inmediato! —concluye Shion ante la inminente amenaza.

Los santos de oro se convierten en luz y se dirigen a sus respectivos templos utilizando el lazo cósmico y espiritual que los une con aquellos recintos.

—¡Malditos, han huido! —espeta un enfurecido Ajax.

El dios del Sol aparece enfurecido ante la atenta mirada de los ángeles, los cuáles se hincan de inmediato.

—¡Malditos santos de Atenea, como osan burlarse de mí! ¡No dejaré que blasfemen de ésta forma! —exclama con voz grave Apolo.

—¡Espera Apolo! —resuena como eco una voz.

—Hermes… —musita Apolo.

—No tiene sentido… —dice Hermes.

—¡Atenea mató a Artemisa y ahora los santos de oro han escapado del castigo que tenían por derrumbar el muro de los lamentos! ¡Es necesario terminar todas sus insolencias ahora mismo! —aduce Apolo.

—Atenea y sus santos no podrán vencer a todos los dioses…es cuestión de tiempo para atraparlos… —contesta Hermes pacientemente.

—Es cierto, tus palabras son capaces de calmarme… —dice con calmado tono Apolo.

—Mañana al mediodía los ángeles serán enviados al Santuario… —informa Hermes.

—Así que ese es el plan de Zeus…

Los dos dioses del Olimpo contemplan el horizonte en la montaña sagrada, los ángeles hacen una reverencia y abandonan el lugar volando…