Parte II: La batalla del Santuario.

Capítulo 18: El diluvio divino.

Tras la caída de la diosa de la Luna y el encierro momentáneo de Apolo, las almas de los santos dorados lograron liberarse del obelisco de piedra, pero al instante el ejército de ángeles de Zeus se hizo presente, sin embargo lograron escapar directo a las doce casas, a sabiendas de que la liberación de Apolo era cuestión de segundo.

El Santuario.

Inmediatamente llegaron los santos dorados, rápidamente sienten el cosmos de Atenea llamándolos y todos se encaminan al templo del Patriarca.

El primero en llegar es Afrodita de Piscis, al entrar al recinto puede ver al Sumo Sacerdote, un hombre enmascarado sentado en el trono papal.

—Yo Afrodita de Piscis, quién he sido liberado por el antiguo Patriarca y por la victoria de mi diosa, ahora me encuentro con un desconocido comandando al Santuario, apenas han pasado unos pocos días desde que morí en el muro de los lamentos… ¿quién eres tú que gozas de la confianza de Atenea?

—Soy exactamente lo que describes, un hombre que se ha ganado la confianza de Atenea… —responde el misterioso Patriarca sin ahondar en detalles.

En medio de la conversación aparece Camus de Acuario.

—Afrodita… ¿Shion? —se pregunta Camus.

—Atenea llegará en cualquier momento, ella les explicará… —contesta el Patriarca.

Una luz dorada inunda el recinto desde arriba, la diosa de la sabiduría acaba de ingresar al templo del Pontífice.

—¡Atenea! —exclaman al unísono Camus y Afrodita mientras hacen una reverencia.

Tras unos segundos un tercer santo de oro entra al recinto, se trataba de Shura de Capricornio, quién avanza en silencio, hasta llegar a sus compañeros y se arrodilla frente a su diosa.

—¡Ese cosmos que siento…! El es… —Shura voltea.

Un santo dorado alado ingresa y se arrodilla frente a la diosa de la guerra, inmediatamente ésta se arrodilla ante él.

—¡Aioros! Gracias, gracias por todo…por ti el Santuario ha sido purgado, tu fuiste la piedra angular que evitó la destrucción del mundo… —exclama Atenea.

—¡Entregaría otra vez mi vida si ésta le sirve a alguien que pueda hacer más bien que yo! —responde Aioros con devoción.

Tras las palabras de Sagitario irrumpen en el recinto los santos de Libra y Escorpio.

—Aioros, el agradecimiento también es mío… —musita Dohko.

En ese instante Milo de Escorpio y los demás presentes se arrodillan ante Aioros, los santos agradecen su sacrificio. Las almas del resto de los santos de dorados aparecen en el lugar.

—¡Hermano Aioros! Ojalá puedas perdonarme por haber creído por algún tiempo que eras un traidor, es un pecado con el que voy a cargar toda mi vida… —dice un apenado Aioria.

—¡Lo importante es que descubriste la verdad, al final tú también te sacrificaste! —continúa Aioros. —¡Nos sacrificamos juntos…para darle esperanza al mundo!

—¡Yo seguiré en deuda eternamente con todos ustedes, especialmente contigo Atenea y también contigo Aioros…! —murmura Saga desolado. —Aprovecharé el tiempo que tenga para enmendar mi error…

Atenea se emociona ante las palabras de Saga de Géminis, quién cargaba una pesada cruz, su arrepentimiento le causaba tristeza a la diosa.

—¿Cuál es la situación diosa Atenea? —interrumpe Milo.

—Me apena pedirles que combatan nuevamente junto a mí, para proteger esta Tierra que ha sido juzgada por los dioses y cuyo destino es su destrucción. De verdad me entristece pedirles que vuelvan a sacrificarse por mí…no lo haría si para ello tuvieran que exponerles su existencia misma…

—¿Qué quieres decir? —pregunta Máscara de la Muerte.

—Atenea se refiere a nuestra presencia etérea… —explica Shaka. —Nosotros estamos aquí por haber despertado el octavo sentido. No poseemos un cuerpo, por lo que si exponemos nuestra alma en combate, corremos el riesgo de darles fin a nuestra vida…

—¡Yo expondré mi existencia y así terminaré de pagar mi eterna deuda! —exclama con culpa Saga.

—Es que no entiendes Saga. No podría pedirles eso… —contesta Atenea. —Por eso he invitado a un amigo de la humanidad, y está dispuesto a ayudarnos…

—¿Te refieres a quién ha engañado dos veces a los dioses para beneficiar a los humanos…? —adivina Dohko con su gran cultura.

Entre las columnas, en sus sombras, sale un hombre que vestía una armadura sagrada, llamada Soma y que pertenece a los antiguos dioses, tenía la piel trigueña y un largo cabello blanco.

—Santos dorados, yo soy vuestro creador, padre de la humanidad, soy Prometeo y puedo otorgarles nuevos cuerpos…

—¡Así que por ti tiene esperanza la Tierra! —musita Aldebarán.

—La esperanza de la Tierra es que todos trabajemos juntos y tengamos un poco de suerte… ¡ahora santos dorados volverán a caminar entre los vivos!

Entre las manos de la deidad salen figuras de barro, imitando a lo cuerpos que tenían los santos dorados al morir en el muro de los lamentos. El titán explota su cosmos y un gran brillo se produce en la sala, el barro se funde con las almas, adquiriendo el tamaño humano y resquebrajándose, para dar nacimiento a un cuerpo de carne y hueso.

Zonas circundantes del Coliseo.

Marín de Águila, Shaina de Ofiuco, Alkes de Copa y Pléyade de Orión se encontraban mirando el firmamento, la noche estaba llena de estrellas, la Luna tenía su luz tenue y empezaba a volverse rojiza poco a poco.

—Ahora tendremos las consecuencias de la caída de Artemisa…

—¿A que te refieres Marín? —pregunta Pléyade.

—La Luna se está tornando roja, eso no es buena señal. —contesta Marín.

—La Luna ha quedado sin protección…y corre el riesgo de desaparecer. —completa Alkes.

—¡Si eso ocurriera sería una catástrofe para las personas de todo el mundo! —sentencia Shaina.

Templo del Patriarca.

Los doce santos de oro estaban arrodillados, atentos a las palabras de su diosa.

—¡Escuchen santos! Los dioses que mueren bajo el influjo de Nike son heridos en sus espíritus y los mismos son llevados al Limbo, de dónde tardarán siglos en regresar…

Monte Olimpo.

Salón del juicio ecuménico.

En el majestuoso recinto de mármol blanco en donde los dioses se reunían, alrededor de los doce asientos se encontraban Zeus, Hera, Hestia, Deméter, Apolo, Hermes, Afrodita y Hefesto.

—La muerte de mi hermana debe ser vengada de inmediato… ¡exijo la cabeza de Atenea! —manifestó Apolo con vehemencia.

—Paciencia Apolo…ya te lo dije antes, en unas horas los ángeles invadirán el Santuario… —contesta Hermes pacientemente.

—Esta noche comenzará el diluvio de Deucalión…será una ofrenda para mi hija Artemisa y un castigo a los hombres por haber desafiado a nuestra voluntad, eso quería informarles, la reunión a terminado… —sentencia con autoridad Zeus.

Los reyes del Olimpo se levantan y se retiran a su recámara, los demás dioses hacen lo mismo.

. . .

Tal cuál lo había anunciado el dios de los cielos, nubarrones cubrieron el firmamento, la Luna y el resto de la noche, la humedad en ella se condensaba y comenzaba a precipitar, a pocos minutos se había convertido en una lluvia a cántaros, desencadenándose así un enorme diluvio en varias regiones del planeta, las costas de los países se rebalsaron con el pasar de las horas, los ríos crecían arrasando poblados y una danza de rayos se manifestaba en toda la bóveda celestial.

Mansión Kido, Japón.

En la residencia Kido se encontraba Tatsumi Tokumaru, el mayordomo de Saori Kido, quien se encontraba reunido con los asistentes de la Fundación Graud, con los cuáles hablaban de la torrencial lluvia, llegando a la conclusión de que sin duda la Tierra afrontaba el último de los juicios, el del Olimpo, mientras miraban por la ventana el agua caer, tal cuál la mitología narraba al diluvio de Deucalión.

—¡Señorita Saori, detenga esto por favor, Seiya protege a la señorita Saori! —dijo Tatsumi después de sentir un fuerte trueno.

El Santuario, Salón del Patriarca.

Cerca del mediodía los santos dorados ya lucían sus armaduras y custodiaban sus templos, los santos de bronce legendarios se encontraban brindando ayuda a los civiles de los pueblos cercanos, sólo los primeros se encontraban en el Santuario en la compañía de Atenea, el Patriarca y su asistente.

—Su santidad, el planeta empieza a acusar la furia de Zeus, enormes lluvias torrenciales empezaron a azotar los distintos puntos del orbe… —murmura el asistente.

—Eso lo sé, pero Atenea en estos momentos está expandiendo su cosmos lleno de misericordia a través de todo el globo para detener las lluvias… —contesta el Patriarca esperanzado.

—Sí, pude sentir hace unos minutos su sagrado cosmos, pero ella está débil luego de su batalla contra Artemisa…

—Tienes razón, pero está dispuesta a entregar su vida para intentar detener a Zeus.

—¡Nosotros seremos las murallas de Atenea, las doce casas del zodiaco serán infranqueables!

—Pronto vendrán los representantes de los dioses olímpicos, los poderosos ángeles… —advierte el Sumo Pontífice.

Un poderoso cosmos dorado empieza a expandirse y el Patriarca se mira con su asistente mostrando preocupación por el enorme esfuerzo de su diosa, las lluvias empiezan a ceder en varios puntos del mundo repentinamente.

—Este cosmos de amor es tan diferente al de los otros dioses, no hay uno en el Olimpo que se le asemeje… —susurra el misterioso Patriarca.

—El poder de Atenea es algo increíble, la lluvia no ha podido penetrar en el Santuario.

—El Santuario está protegido por el cosmos de Atenea. Este es el único lugar en el mundo en el que brilla el Sol.

Trono del Monte Olimpo

En el majestuoso templo se encontraba el emperador de los cielos, Zeus, junto con la emperatriz Hera.

—¡Con su permiso, los cinco ya hemos llegado! —exclama uno de los ángeles mientras se arrodilla.

—¡Tengo que encomendarles una misión! —explica Zeus.

—¿Qué podemos hacer por usted su majestad? —pregunta Edipo respetuosamente, con su cabeza gacha, sus largos y blancos cabellos no dejan ver su rostro.

—Como ustedes saben, la guerra contra Atenea se ha cobrado la vida de Artemisa…por eso he desatado el castigo a la humanidad, quiero que vosotros se encarguéis de castigar al Santuario y a Atenea… ¡no se confíen de la voluntad de los santos! —dijo Zeus entristecido.

—Las satélites galileanas y los sacerdotes de Apolo han sido vencidos, son un enemigo a tomar en serio… —contesta Ajax, quién tenía el cabello negro y corto, el cuál estaba revoloteando, tenía ojos verdes y una barba candado, tenía una altura impresionante, alcanzaba los dos metros y medio, era puro músculo.

—¿Cómo guerreros tan fuertes como ellos han sido vencidos? —pregunta Agamenón, quién tenía largos cabellos negros y ojos marrones.

—Tomen eso como una advertencia… —dice con frialdad Hera.

—En estos momentos el diluvio divino que he creado está juzgando a la humanidad, seguramente Atenea está intentando detenerlo… —dijo Zeus mientras sus ojos brillaban con cosmos.

—¡Tienen que ir a las doce casas de inmediato! —ordena la terrible Hera.

—¡Su misión es tomar la cabeza de Atenea, para así poder llevar a cabo la purificación! —expresa Zeus con cólera.

—Tengan la certeza de que ejecutaremos el castigo. —exclamó Diomedes confiado, el cuál tenía largos cabellos negros, con una expresión violenta en su rostro.

—¡Es hora de darle a esa chiquilla un castigo ejemplar! —completa Hera.

—¡Tres dioses olímpicos han sido vencidos por Atenea! —se lamenta Zeus con tristeza.

—¿Creerá Atenea que realmente tienes posibilidades de vencer a todo el Olimpo? —pensaba Egeo, sus ondulados y largos cabellos rubios se meneaban con el viento, sus ojos eran amarillos.

—¡Nuestras órdenes son irrefutables y deben ser observadas con absoluta fidelidad! —recuerda Zeus a sus súbditos.

—¡Pueden quedarse tranquilas vuestras divinidades de que sus órdenes serán cumplidas en el plazo que ustedes dispongan! —contesta Diomedes.

—Eso no lo dudo, ustedes son los guerreros legendarios elegidos de la época del mito… —dice Zeus con una sonrisa.

—Los santos se estremecerán al sentir vuestros cosmos. —completa Hera.

—¡Conseguiremos arrebatarle la vida a la diosa corrompida en menos de un parpadeo! —manifestó Diomedes con una macabra sonrisa.

—¡No seas descuidados, sino serán vencidos como los guerreros de Apolo! —advierte el dios de dioses.

—¡No se preocupen, tomaremos esta batalla con total responsabilidad! —contesta Edipo.

—Pueden retirarse… ¡justo al mediodía los quiero en la primera de las casas zodiacales! —manifiesta el soberano de los cielos.

—No lo dude emperador, cumpliremos su voluntad al pie de la letra… —susurra Egeo.

Los ángeles se marcharon del templo y expandieron las alas de sus armaduras llamadas glorias.

—¡Alguien muy poderoso está llegando al trono! —exclama Hera.

—¿Quién eres? —pregunta un imponente Zeus.

—¡Tranquilízate un poco, soy yo!

—Ha eres tú, Hermes... —susurra la emperatriz aliviada.

—¿A qué has venido desde el templo de Mercurio? —pregunta el soberano de los cielos.

—La guerra santa no va bien… ¿podrán los ángeles destruir el Santuario de Atenea? —se pregunta Hermes.

—Seguramente, con la destrucción de las casas zodiacales, todo terminará, incluso Atenea puede ser vencida, su cosmos ha sufrido una gran merma, está próximo a perecer… —sentencia Hera.

Perímetro del Santuario

Los ángeles llegaron volando desde los cielos y bajaron abruptamente en el Santuario, el Sol resplandecía, era un día típico de verano.

—Este es el Santuario, el único lugar en el que brilla el Sol en estos momentos…en este sitio se encuentran Atenea y sus guerreros sagrados, los santos. —susurra Egeo.

—Los santos se dividen en tres rangos, el oro, la plata y el bronce… —explica Edipo, uno de los más cultos entre los ángeles.

—Con nuestro poder solo podrían rivalizar los llamados santos de oro… —dice el orgulloso Agamenón.

—Tenemos que llegar a las doce casas cuanto antes. —expresa caminando Ajax.

La diosa de la guerra había decretado alerta máxima en todo el refugio, los ángeles recorrieron montañas rocosas hasta que se encontraron con veinte soldados del Santuario, los cuáles hacían guardia.

—¡No permitiremos a los intrusos que tomen la vida de nuestra diosa! —dijo un soldado abalanzándose sobre los ángeles, todos sus compañeros lo secundaron.

—Que ilusos… —susurra Agamenón.

Cuando los soldados se aproximaron a los ángeles fueron asesinados por un solo destello del cosmos de Agamenón.

—¿Qué haces Agamenón? —pregunta Egeo. —Esos tipos no tenían la menor oportunidad, no deberías asesinar por simple placer, eso es un pecado…

—¡Tenemos que cumplir las órdenes de Zeus sin importar el precio! —Agamenón se jacta de su fidelidad.

—Las órdenes de Zeus fueron derrotar a los santos dorados, no matar soldados rasos… —espetó Ajax interpretando las providencias divinas.

—Déjense de joder… —se molesta Diomedes.

—Que fastidio, que enemigos tan fáciles, nos hacen perder el tiempo… —musita Edipo.

—Ni cientos de ellos podrían enfrentarnos. —dice el insolente Diomedes.

Un grupo soldados que aparecen repentinamente en el campo de acción, atacando con flechas y otro grupo arremeten con sus látigos, pero no podían lastimar a los ángeles, Diomedes mata a treinta de ellos de un solo puñetazo que expulso grandes líneas de rayos de luz.

—¡Basta, no derramemos sangre innecesaria! —tercia Ajax. —Sólo corresponde a los dioses juzgar a los humanos…

—Me dan pena…vienen a perder su vida de tal manera. —dice un misericordioso Egeo, mientras cierra sus ojos apenado.

—Sus vidas no significan nada para mí. —sisea con frialdad Diomedes.

Los ángeles siguieron su periplo hacia las doce casas, corriendo en una veloz y potente carrera cósmica, pero se detienen abruptamente.

—Siento unos cosmos… —percibe Ajax. —¿Quiénes son ustedes?

Se trataba de los jóvenes santos de bronce de Delfín, Lince, Coma Berenice y Quilla, con ellos también estaban otros dos santos más antiguos, Jabu de Unicornio y June de Camaleón.

—Basta de preguntas. —manifiesta fastidiado Diomedes. —¡Eliminémoslos de una vez!

—Alto Diomedes, no nos expongamos a ser acusados de crueles asesinos. —explica Egeo.

—¡Nosotros deberíamos preguntarles quienes son, siendo que ustedes son los que han invadido dominios de Atenea! —exclama Rotanev de Delfín.

—¡Somos los ángeles de Zeus! —contesta Diomedes recuperando la tranquilidad. —Hemos venido a tomar la vida de Atenea…

—No dejaré que nadie tome la vida de Atenea. —dice Rotanev encendiendo su cosmos.

—Ustedes santos de bronce… —susurra Ajax. —¿Que podrían hacer contra nosotros?

—Somos guardianes de Atenea y de este lugar sagrado. —contesta el temerario Rotanev.

—¿Tienen la intención de enfrentarnos? —Edipo se ríe a carcajadas. —No sean tan estúpidos, desperdiciarán la vida inútilmente, en estos minutos mi corazón se siente piadoso, aprovechen mi misericordia para huir…

Los santos de bronce se ponen en guardia, dispuestos a dar la vida por su diosa.

—¡Desistan! Les aseguro que no podrán causarnos el menor daño… —advierte Egeo —Nuestra intención es combatir sólo contra los santos de oro y tomar la vida de Atenea.

—¡No nos subestimes…toma el IMPACTO SÓNICO DEL DELFÍN!

Rotanev lanza unas poderosas ondas sónicas de alto impacto, pero es detenido con un solo dedo de Egeo, ante la sorpresa de todos los santos, que contemplaban perplejos y atemorizados el poder del enemigo.

—¡Increíble, es muy fuerte! —dice anonadado Jabu.

—Salgan de nuestro camino… —vuelve a advertir Egeo. —Ya se los advertimos, morirán en vano…

—¡Eliminemos a estos idiotas…! —brama Agamenón.

—¡Espera, yo me haré cargo! —exclama Egeo mientras emite una descarga eléctrica con la palma de su mano.

Los santos de bronce se encontraban en guardia, pero no pueden ver los rayos enviados por el enemigo y caen devastados al suelo, completamente fuera de combate.

—Eres piadoso… —murmura Agamenón. —No los atacaste con todo tu poder.

—Me gusta tener piedad para con los débiles, igual, que podrían hacer… —contesta Egeo.

—¡Lo siento pero yo no seré piadoso, eliminaré a cualquier enemigo, sea soldado o santo dorado! —comenta de mal modo Diomedes.

—¿Por qué combates? —pregunta Egeo. —¿Qué te impulsa a hacerlo….?

—Contestaré con otra pregunta… ¿y a ti que te importa?

—Tú no pareces luchar por la justicia… —acota Egeo tras la desconsiderada respuesta de Diomedes.

—¿La justicia? —se pregunta Diomedes haciendo una mueca de decepción. —Pelearé por lo que desee, no tengo porque contestar a tu pregunta. —su cosmos se pone agresivo.

—¿Cuál es el problema si no lucha por justicia si lo hace por el Olimpo? —dice Agamenón. —Lucha para nosotros…

—La plática duro demasiado, no tiene sentido que discutamos, lo único que importa es acabar con la traidora de Atenea… —expresa Edipo con concordia.

—Ella ha traicionado al Olimpo poniéndose del lado de los humanos impuros…—se lamenta Ajax.

Los ángeles se miran y asienten con sus cabezas, finalmente caminan hacia adelante en busca de las casas zodiacales.

Inframundo.

Cocytos.

El alma de Orfeo de Lira se encontraba en la región helada de los infiernos, todavía con ánimos de luchar por la justicia y cumplir con la promesa hecha a Eurídice de luchar como un verdadero santo ateniense.

—Debo regresar así tenga que exponer mi existencia, tengo la esperanza de encontrar a Prometeo…

Mientras el santo plateado deambulaba en la tormenta helada, un poderoso cosmos se manifestaba en otro lugar del infierno.

Guidecca

Un ángel irrumpe en la cámara frente al trono del rey del Inframundo, una mujer hermosa de larga cabellera negra, piel blanca y ojos verdes yacía sentada en el asiento que siempre había pertenecido a Hades, el emperador del Inframundo.

—Señora Perséfone… —continúa Belerofonte. —Los dioses del Olimpo me han enviado para saber porque cuatro almas del ejército de Atenea, caídas en las anteriores guerras santas, han logrado escapar del Infierno…

—Yo soy la diosa de la vida y la vegetación, no gobierno a los muertos, si un humano adquiere la octava conciencia puede moverse con libertad después de la muerte, lo único que impedía que salieran a mezclarse en el mundo de los vivos era el poder del señor Hades…

—Te traigo buenas noticias, Zeus me ha entregado la caja de los truenos…la abriré sobre Cocytos, de esa forma toda alma que llegue a la prisión sin excepción alguna, será atrapada por ésta caja…yendo a parar directamente al Tártaro, así todo humano que muera por revelarse contra los dioses será encerrado en dónde no podrá escapar jamás… ¡quiero hacerte una última pregunta! ¿Sabes porque quienes han escapado del Infierno lo han hecho con cuerpos de carne y huesos?

—Solo se me ocurre un solo ser capaz de hacer algo así además de mi señor Hades, el hijo de Japeto…Prometeo, creador de la humanidad… —explica Perséfone sus pensamientos.

—Ya veo… —contesta Belerofonte mientras siente un cosmos poderoso, pero sabe que no se trata de un dios. —Me retiro señora Perséfone, andaré husmeando por su territorio en busca de Prometeo.

El ángel se retira en busca del cosmos que llamó su atención.

Cocytos.

El desierto de hielo era infinito, no obstante Orfeo ha pasado años en el Infierno y sabe que logrará salir del lugar, repentinamente un poderoso cosmos se manifiesta y un ángel aparece volando en dirección a él, el guerrero olímpico desciende a pocos metros, quedando frente a frente.

—Así que tú eres uno de los humanos capaces transitar a voluntad en el mundo de los muertos. —expresa Belerofonte. —Dime guerrero… ¿quién eres? ¿Y hace cuanto has caído?

—Yo soy Orfeo de Lira, mi objetivo es salir de éste infierno por segunda vez para unirme a la causa de Atenea…para salvar a la Tierra de las manos del Olimpo.

—¿Sabes que si te enfrentas a mí y eres derrotado…tu alma se extinguirá?

—Soy consciente… ¿pero que es mi existencia comparada con la de toda mi especie?

—Veamos que puedes hacer…expones tu existencia en vano, la humanidad está condenada, ahora desaparece para siempre. ¡RAYOS CÓSMICOS!

El ángel genera una pequeña estrella en su mano, aplastándola luego, para liberar así un potente rayo radioactivo disparado a la velocidad a la luz, comparable con los rayos cósmicos emitidos al explotar una supernova, capaces de arrasar con planetas enteros, el ateniense observa el ataque y logra hacer un rápido movimiento con su cuerpo espiritual, pero siendo alcanzado en su brazo derecho.

Orfeo sostiene su instrumento con su brazo herido y usa su miembro sano para tocar su melodía.

—¡NOCTURNO DE CUERDAS!

El ateniense genera una fuerte corriente eléctrica que el ángel intenta bloquear con sus brazos, pero la potencia del ataque lo voltea al suelo violentamente.

—Eres muy fuerte, has de ser la excepción de tu rango… —susurra Belerofonte.

—¿Por qué luchas por los dioses? —pregunta desconcertado Orfeo. —¿Qué te impulsa a pelear en contra de la humanidad?

—Es menester acabar con la maldad del hombre, un nuevo mundo debe ser forjado sobre la decadencia del viejo.

Belerofonte muestra en sus manos la divina reliquia, la cuál emana un cosmos abrumador y perturbador.

—¿Qué es eso? —musita Orfeo con su rostro tenso.

—Pronto comprenderás…

El ángel abre la caja de los truenos y repentinamente un torbellino celeste se forma en los oscuros cielos del infierno de hielo.

—¿De que se trata esto…?

—A partir de ahora te empujaré a aquel torbellino, el cual absorberá las almas de aquellos que a partir de ahora mueran por revelarse en contra de los dioses, irán a parar al Tártaro, de dónde no podrán escapar. Sin embargo, el señor Zeus es muy benévolo y por eso las almas que ya se encuentran en el Cocytos cumplirán su sentencia, la cuál está establecido con una sola excepción, tú…que ya te has atrevido una vez a revelarte contra el Olimpo.

Un cosmos poderoso pero familiar puede sentirse, el santo plateado mira asombrado.

—¡Prometeo!

—¿Eres tu acaso quién estás traicionando al Olimpo? —dice Belerofonte dirigiéndose al recién llegado.

—Claro que no… —sisea Prometeo.

—Acaso él… ¿de qué lado está este hombre? —piensa Orfeo desconcertado.

—Permítame desconfiar de sus palabras… —arguye el ángel.

—Voy a darles pruebas de mi lealtad… ¡TRANSPOSICIÓN DE ALMAS!

El titán extiende su mano hacia adelante apuntando a Orfeo, quién desaparece repentinamente, para aparecer justo sobre el torbellino liberado por la caja de los truenos, e irremediablemente cae en el ojo del huracán, que lo lleva al Tártaro, lanzando un grito de desesperación.

—Me has convencido, ¿quién podría haberles dado cuerpos a quiénes escaparon del Infierno?

—Muchos dioses tienen habilidades ocultas y desconocidas para todos…

El ángel mira confundido, pensando cuáles son las verdaderas intenciones de aquel sujeto, en el Santuario el Sol se alzaba en el cenital del cielo, evidenciando que la hora del enfrentamiento entre los ángeles y los renacidos santos de oro estaba por comenzar…