Capítulo 19: El poder de los ángeles, el reloj de fuego arde de nuevo.

Luego de dar inicio el diluvio divino dispuesto por el emperador del Olimpo, Atenea con todo el poder de su cosmos intentó detener o al menos menguar las catástrofes que empezaron a azotar el mundo. Una nueva batalla estaba por dar inicio, era la hora del enfrentamiento entre ángeles y santos de oro.

Cerca de las doce casas.

Los cinco ángeles enviados por Zeus llegan a las proximidades de los doce templos, tras acabar con decenas de soldados y vencer fácilmente a algunos santos de bronce, con un solo destello de Egeo, el Sol brindaba calidez sobre el rocoso lugar.

—¡Parece que estamos cerca de llegar a los doce templos zodiacales! —asegura Ajax.

—Veremos el poder de nuestros verdaderos rivales… —musita Egeo.

—¡Los santos de oro…los más poderoso de las ochenta y ocho constelaciones! —murmura Ajax.

—Son los únicos que nos pueden hacer fuerza al parecer en este Santuario… —dice Diomedes aburrido de enemigos sencillos.

—Recuerden que nuestros adversarios no tienen cuerpo. —informa Egeo.

—¡Edipo! ¿Acaso son fantasmas? —exclama Ajax anonadado.

—¡Así es! Si les eliminamos, extinguiremos toda su existencia posible… —manifiesta Agamenón.

—¿Cuántos conocen que hayan pasado por ese trance? —se pregunta Egeo perplejo.

—Quizás es un mito…o alguna leyenda, tal cual la muerte lo es para los mortales… —contesta Edipo.

—Estamos perdiendo el tiempo ¡vamos! —expresó Diomedes.

—¡Tienes razón, no hay que impacientar a Zeus…! —sisea Ajax.

—Siento que alguien se aproxima… —Agamenón les advierte a los otros ángeles.

Los cinco guerreros celestiales se detienen abruptamente.

—Está arriba. —murmura Edipo mientras mira a lo alto de una enorme piedra dónde había una sombra.

De pronto un hombre misterioso encapuchado que portaba una misteriosa máscara de color gris opaco aparece enfrente de los ángeles, lanzándose hasta dónde estaban.

—¿Ustedes son los ángeles del cielo? —pregunta con tono diplomático.

—Sí… ¿quién eres tú? —interroga Agamenón.

—Soy mensajero del gran maestro, creo que vienen a las doce casas si no me equivoco… —exclamo con solemnidad un misterioso hombre encapuchado.

—¿El gran maestro? —pregunta Diomedes.

—¿No sabes quién es el gran maestro…? —se sorprende el mensajero del maestro.

—Es aquel que está por encima de los ochenta y ocho santos, el Sumo Pontífice, Diomedes creía que eras más listo… —explica Egeo a su camarada.

—¡Exacto! El máximo representante de Atenea en la Tierra, si quieren derrotar a nuestra diosa deben pasar por las doce casas… —explica el mensajero.

—¡Eso ya lo sabemos! —dice enojado Diomedes.

—¿Y esa enorme torre? —se pregunta Agamenón.

—¡Han aparecido llamas en el reloj, una por cada hora y por cada signo! —se sorprende Edipo.

—El reloj de fuego se ha prendido. Eso significa que el cosmos de Atenea está ardiendo en su máximo esplendor en estos momentos. —continúa el mensajero. —En doce horas, el diluvio de Zeus será recordado sólo como una extensa lluvia…

—¡Es imposible! —interrumpe Edipo. —Ni siquiera Atenea podrá detener el castigo de nuestro emperador Zeus…

—¿Y entonces porque piensan que Zeus los mandó a tomar la vida de Atenea? —pregunta el mensajero a los ángeles.

—¿A qué te refieres? —murmura Egeo.

—Nuestra diosa es la protectora de esta Tierra y mientras ella este aquí usando su poder, podrá protegerla de cualquiera cosa…

—¡Entonces nuestra misión es atravesar las doce casas en doce horas, lo que dura el reloj de Aries a Piscis! —concluye Ajax.

—¡Cuando la última llama se extinga…no debe haber un solo santo dorado vivo en el Santuario! —expresa Edipo con dureza.

—Sólo una vez desde épocas inmemoriales se han atravesado los doce templos, en esa ocasión fueron cinco santos de bronce legendarios, ¿podrán cinco ángeles igualar la gesta? —informa el mensajero.

—¡Atravesaremos en menos de dos horas, un santo de bronce sería escoria a comparación nuestra! —retruca Diomedes.

—La primera hazaña de Seiya… —susurra Edipo.

—No tengo nada más que decirles… —susurra el misterioso hombre al tiempo que se retira entre una neblina.

—¡Deberíamos haberlo asesinado a ese maldito! —se queja Diomedes.

—Que hombre tan misterioso… —sisea Edipo. —Pero al menos ahora sabemos que tenemos que apresurarnos.

—¡Tenemos que ir el primer templo, Aries! —apura Ajax.

Los ángeles se miran y asienten, corren rápidamente hasta toparse con la entrada del primer templo del zodíaco, luego caminan hasta entrar al mismo.

Casa de Aries.

Los guerreros celestiales entran a la casa del carnero blanco con suma tranquilidad, listos para luchar.

—Siento que un poderoso cosmos se acerca lentamente… —dijo Edipo mientras observaba al primer santo dorado, con su largo cabello atado y el casco puesto. —Así que eres el guardián del templo del vellocino de oro…

—Yo soy Mu de Aries, el guardián del primer templo del zodiaco… —dice con un tono afable.

—¡Nosotros somos los guerreros del cielo, venimos por órdenes de Zeus! —exclama Egeo.

—Lo siento, pero no puedo dejar que ningún enemigo de Atenea pase por éste templo… —dijo Mu con tranquilidad.

—¡Muere Aries, RÁFAGA DE BÓLIDOS! —exclama Diomedes.

Del puño del ángel salen miles de meteoros que se vislumbraban cómo enormes bolas de fuego, amenazando al ateniense con fulminantes golpes.

—¡Espera, no seas impulsivo! —advierte Egeo.

Los miles de meteoros con cola de fuego se convierten en millones, pero para sorpresa del ángel, el terrible ataque es bloqueado por una barrera invisible, que al ser impactada refleja destellos dorados y posteriormente refleja los bólidos, lastimando al guerrero celestial, que cae al suelo herido por su propio poder.

—¡Diomedes! Ha reflejado la ráfaga de bólidos… ¿cómo lo hizo? —dice asombrado Ajax.

—Esa técnica…será posible… —pensaba Egeo recordaba sobre las habilidades de un camarada.

—Es el muro de cristal, quizás no lo noten, pero delante de ustedes hay una barrera que bloqueará cualquiera de sus intentos…nada ni nadie puede destruirla… —musita Mu.

—¡Veamos qué haces con mi técnica, LLUVIA DE METEOROIDES! —exclama Ajax.

El ángel colosal levanta sus dos manos hacia arriba, lanzando una enorme precipitación de meteoritos y restos de asteroides. El ataque del ángel es reflejado y éste es herido con su propio ataque, los demás guerreros celestiales miraban tratando de comprender como podían hacer para burlar semejante defensa, el ateniense tenía los ojos cerrados, era todo paciencia.

—¡Esperen! —advierte el pensativo Egeo. —¡Dejen de hacer intentos sin sentidos! Yo sé cómo hacerlo…

—¿Cómo piensas destruir su defensa? —pregunta desconcertado Diomedes.

—¡Ya sé cómo hacerlo! —sonríe Egeo listo para atacar.

El santo de oro de Aries mira a Egeo, su sonrisa era muestra de su confianza, pero el ateniense no comprendía a que se debía.

—¡RELÁMPAGOS CELESTIALES INTERMITENTES!

Egeo hace un ligero movimiento con su mano derecha y grandes rayos celestes salen despedidos en direcciones opuestas, despidiendo una gran cantidad de voltios, la técnica impacta en el muro, el cuál brilla intensamente y termina siendo destruido.

—¿Qué? ¿Cómo lo ha hecho? —dice Mu sorprendido, pese a su defensa destruida se mantenía en pie con algunas heridas.

—¡Lo ha logrado! —vitorea Ajax.

—Este santo, al parecer los santos de oro han vuelto a la vida en carne y huesos… —pensaba Edipo absorto. —¿Será esto obra de Prometeo?

—Es muy sencillo. Tu técnica es mental, el poder de tu psiquis crea una gran muralla… —explica Egeo. —Sin embargo, solo tuve que golpear a la parte más endeble, si hubiera atacado la parte más sólida de seguro mi ataque se hubiera reflejado… ahora tendrás que dejarnos pasar, sin tu muro estás indefenso.

—No esperaba menos de los guerreros del cielo, pero aun así, no dejaré pasar a ningún enemigo… ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

El santo de oro levanta su mano hacia arriba, sobre su palma aparecen incontables puntos de luz que empiezan a revolotear de un lado a otro, violentamente sacude su brazo al frente, despidiendo una lluvia de polvo de estrellas sobre sus enemigos. Agamenón y Ajax fueron los primeros en recibir la violenta técnica a la velocidad de la luz, volando contra las paredes del templo, para luego, caer pesadamente al suelo, dejando unas grietas en el piso.

Edipo desapareció repentinamente, antes que el ataque lo alcanzara, apareciendo en otro extremo del templo, totalmente a salvo, Egeo y Diomedes lanzan cada uno un ken, repeliendo la poderosa técnica de Aries.

—No puede tratarse de una coincidencia… —pensaba Egeo.

—Insensato… ¿crees que puedes combatir tú solo a cinco ángeles? —pregunta Edipo.

—Mi deber es cortarle el paso, aunque tenga que morir… —sisea Mu.

—¡Espera Egeo, ustedes vayan a la casa de Tauro, yo me enfrentaré a éste hombre! —dice Diomedes a sus camaradas.

—¡Está bien! Pero debes saber que el muro de cristal… —susurra Egeo tratando de explicar pero es interrumpido.

—Ya sé cómo destruir su defensa, no tienes nada que explicarme. —dice el orgulloso Diomedes.

—¡No lo subestimes, este hombre conoce las técnicas de Jasón! —aconseja Egeo.

—¿Jasón? —pensaba Mu recordando ese nombre mitológico.

Los cuatro ángeles avanzan por el templo a toda velocidad con la intención de abandonar la primera casa.

—No permitiré que huyan… ¡REVOLUCIÓN ESTELAR! —grita Mu.

Los ángeles huyen velozmente como si fueran cuatro luces resplandecientes.

—¡Ahora sólo quedamos tú y yo para combatir! —aduce Diomedes.

—Todavía no… —sisea Mu.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta sin entender Diomedes.

. . .

Cuando los cuatro ángeles estaban a pocos pasos de salir del primer templo zodiacal, fueron alcanzados por el polvo estelar, el cuál los terminó arrojando varios metros fuera del templo, sus cuerpos denotaban algunas heridas.

. . .

—¡Maldito! —dijo Diomedes mientras aprieta el puño encolerizado.

El ángel que se había quedado a combatir al primer guardián, había caído en cuenta de que sus compañeros habían sido alcanzados por la técnica de Aries.

. . .

Los ángeles se reincorporaban tras recibir el golpe de Mu, la primera casa había sido superada y se encontraba a sus espaldas, el sendero al próximo templo comenzaba frente a ellos.

—Maldición, su técnica nos alcanzó sin que pudiéramos notarlo… —se queja Ajax.

—Por suerte parece que estamos bien… —sisea Edipo. —¡Quizás si nos alcanzaba a una distancia menor nos hubiera causado un mayor daño!

—Los santos son…no debemos subestimarlos… —comenta Egeo. —Son tan fuertes como se dice.

—Incluso nuestros poderes podrían estar igualados… —dice Agamenón.

Los ángeles marchan a la casa de Tauro. La segunda casa del zodíaco es el próximo obstáculo.

. . .

En el interior de la primera casa, el ángel y el santo de oro combatían con puños y patadas, ninguno de los dos podían alcanzarse.

—¡Te mostraré todo mi cosmos, RÁFAGA DE BÓLIDOS! —brama Diomedes.

—¡MURO DE CRISTAL! —exclama Mu mientras genera su defensa mental.

—¡Tonto, Egeo ya me mostró como destruir tu muro! —replica Diomedes mientras sigue ejecutando su técnica.

El muro de cristal intenta contener las esferas ardientes que caían de los cielos, pero estas empezaron a centrarse todas en un mismo punto, cuya ubicación era absurda, repentinamente el cristal es destruido y las ráfagas de bólidos golpean a Aries, quién se estampa contra una de las columnas, un hilo de sangre recorre su frente, antes de caer al suelo.

—Eres muy fuerte, ¿quién eres sirviente de Zeus? —pregunta herido Mu.

—Soy el guerrero invicto, aquel que no ha perdido un combate desde Troya, mi nombre es Diomedes…

—¿Diomedes? ¿Aquel humano que fue capaz de golpear a Ares, el dios de la guerra?

—Por tu cara veo que has escuchado las leyendas, puedo leer tu miedo… —Diomedes se ríe con tono despiadado, mientras esboza una macabra sonrisa.

—¡Vamos a poner a prueba las leyendas! —desafía Mu.

—¡Ya he visto a través de tu defensa y de tu revolución estelar! Estás acabado… ¡arrodíllate ante mí y tendré compasión! —vitorea Diomedes.

—Aunque hayas visto mi técnica, éste vez será distinto, ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

El tibetano alza su brazo y cientos de millones de partículas de polvo de estrellas comienzan a convulsionar, luego las arroja a la velocidad de la luz, en forma de lluvia estelar a su adversario.

—¡Te dije que no funcionará! —contesta furioso Diomedes.

El polvo estelar era bloqueado por los puños del ángel, sin embargo éstos cada vez eran más, hasta que finalmente rompen la defensa del ángel que es abatido por la lluvia de estrellas, el cuál vuela varios metros hacia atrás, hasta caer duramente al suelo.

—Ya veo, has incrementado tu cosmos para hacer un ataque aún más poderoso, pero he comprendido algo de tu técnica… —expresó Diomedes con sangre corriéndose por sus labios.

—No debo vacilar… ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

—¡Tu técnica tiene un defecto que ignoro si lo sabes…! —esboza una sonrisa de confianza y salta hábilmente, evadiendo el ataque.

—¿Qué? —se pregunta Mu cuando había perdido la ubicación de su enemigo.

—Muere, ¡BÓLIDO INCANDECENTES! —gritó Diomedes sobre su adversario.

El ángel lleva sus manos a su frente, mostrando ambas palmas al enemigo, entre ellas aparece un flujo incandescente, que en el momento que éste extiende sus brazos, en dirección a su enemigo, la materia incandescente explota, liberando millones de estrellas fugaces en estado de explosión, que alcanzan a quemarropa a un Aries desprevenido que cae al suelo, con gran cantidad de sangre derramada y grietas en su armadura.

—¡Tu técnica tiene un agujero cada cien millonésima de segundo, cuando ataco en ése momento tu defensa está baja, por eso el grado de tus heridas…! —exclama un triunfante Diomedes.

—Ni siquiera yo lo sabía, mi armadura está con varias grietas, sus golpes son temibles…

—¡Es hora de que llegues a tu fin, BÓLIDOS INCANDECENTES!

—¡No lo creas así, EXTINCIÓN DE LA LUZ DE LAS ESTRELLAS!

Mu de Aries abre sus brazos generando una fusión de átomos, que desintegran la lluvia incandescente de material ardiente de su enemigo, una enorme luz dorada termina por succionar el poder del ángel y se extiende hasta rozarlo en el brazo, el cuál tras un movimiento brusco, logra escapar, su gloria había evitado que perdiese el brazo, pero ésta se encontraba totalmente trisada, por doquier.

—No me subestimes, has podido ver a través de la revolución estelar pero no es la única que tengo… —musita el santo de oro.

El ángel se toma su brazo herido y repentinamente se lanza en una carrera cósmica para golpearlo con su puño, pero el santo dorado se teletransporta hacia atrás y contragolpea con un destello dorado que sale de su palma, que arrastra a su enemigo hacia atrás, aunque éste se conserva en pie.

—Que fuerza tiene, los santos de oro están al nivel de los ángeles… —elogia Diomedes a su adversario.

—No dejaremos que asesinen a Atenea, ella es la única que puede proteger nuestro planeta…

—¡Tengo que derrotarte a como dé lugar, BÓLIDOS INCANDECENTES!

—¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!

Las dos técnicas colisionan creando poderosa una energía en el medio de ambos, pero la del santo de oro contrarresta finalmente a la de su oponente, el ángel cae al suelo nuevamente con algunas heridas.

—No podrás usar más los bólidos incandescentes, he descubierto como neutralizarlo, si lo golpeo con mi polvo estelar los desarmo y eres tú quien sale herido, ya no tienes oportunidad contra mí… —dice Mu con una sonrisa.

—¡No puede ser, ahora es el quién tiene la ventaja!

Diomedes lanza con su puño un ken con muchos golpes a la velocidad de la luz, Mu se teletransporta evadiendo la amenaza.

—Así que te has teletransportado de nuevo… ¡no podrás seguir evadiendo mis ataques por mucho tiempo!

Diomedes lanza un ken con varios ataques, el santo de Aries se teletransporta evadiendo varios ataques, pero inesperadamente el ángel celestial se sitúa justo enfrente.

—¡Te dije que no ibas a evadirme mucho tiempo! —lanza un puñetazo de abajo hacia arriba que golpea al santo de oro con dureza.

El guardián del templo del carnero choca duramente contra el techo, para luego caer fuertemente al suelo, su casco había sido destruido y de su cabeza emergía un charco de sangre, sin embargo logra levantarse con un enorme esfuerzo.

—Debo ser cuidadoso, está muy reñido éste combate, no puedo atacar con la revolución estelar, sabe cómo contragolpearme, pero él tampoco puede hacerlo con sus bólidos incandescentes y mi extinción funciona mejor como contragolpe… —reflexionaba Mu en silencio.

—¡Lo venceré de un golpe…así no se podrá levantar más!

—Lo detendré como sea…

El ángel está expectante, el santo de oro cierra los ojos, detrás suyo aparecen una gran cantidad piedras y dos columnas que están levitando en los aires.

—¡Mis bólidos acabarán con tus rocas maldito! —desafía Diomedes.

—Eso quiero verlo… —sisea Mu.

—¡Ataca!

El santo de oro lanza las rocas con su telekinesia, las mismas se dirigen a la velocidad de la luz, mostrando un gran peligro.

—¡RÁFAGAS DE BÓLIDOS! —grita el ángel.

Las ráfagas de bólidos acaban con las rocas, logrando explotarlas al roce.

—¿Esa es tu aclamada telekinesia? —pregunta el guerrero del cielo.

—Cuando un guerrero está confiado comete un gran error… —susurra Mu.

De pronto una columna impacta en la espalda del ángel, sin que éste se haya percatado de la amenaza, hasta caer al suelo tras recibir el duro golpe.

—¡Maldito…te acabaré con mi técnica más poderosa! —ruge Diomedes mientras se incorpora.

—¡Eso si aún puedes moverte!

—¿Qué? Tengo el cuerpo paralizado, de qué diablos se trata esto… —se lamenta desconcertado Diomedes.

—Mis poderes mentales no son sólo para mover cosas con la mente, también puedo paralizar el sistema nervioso de mi enemigo…lamentarás cometer la osadía de invadir las doce casas. ¡EXTINCIÓN DE LA LUZ DE LAS ESTRELLAS!

—Ingenuo, has desaprovechado la oportunidad de vencerme. —Diomedes se libera de la parálisis sorpresivamente. —Recibe mi mejor técnica, ¡CINTURÓN DE ASTEROIDES!

—¿Qué? Cómo puede liberarse de la psicoquinesia a la que estaba afectando… ¿de qué se trata ésta técnica?

La técnica del ángel desencadena una poderosa nebulosa de asteroides que giran entre sí y se proyectan a la velocidad de la luz, impactando con gran poder en el ateniense, que cae al suelo moribundo y fuera de combate, de su cuerpo sale una copiosa cantidad de sangre.

—¡Tonto desde el primer momento tu restricción a mi sistema nervioso no fue efectiva…!

—Eso quiere decir que te dejaste inmovilizar a propósito para poder contragolpearme… —dice el santo de oro entrecortado.

—¡Al fin lo comprendes, fuiste muy descuidado, muy pronto morirás por las heridas, esa fue mi máxima técnica…el cinturón de asteroides, tú me habías mostrado la extinción estelar, pero no habías visto mi última técnica!

El ángel continúa su carrera ante la imposibilidad del guardián de detenerlo, hasta que el guerrero del cielo atraviesa el templo, dirigiéndose al sendero a de Tauro.

Tras la partida de Diomedes, unos segundos después el mensajero del Patriarca aparece con una caja de Pandora en sus espaldas, ante el vencido Aries.

—¿Quién eres tú? —pregunta Mu al desconocido encapuchado a duras penas y observa el emblema de la caja… —La armadura de plata de la Copa, entonces eres un santo…

—Así es, soy un camarada que peleó en batalla de la Luna, para poder liberarlo a ustedes, soy Alkes de Copa, te ayudaré Aries…

El santo de plata abre la caja de Pandora y del agua que brota del tótem le da de beber a su malherido compañero, quien bebe la copa y empieza a recuperarse de las heridas.

—Ya estoy mucho mejor, esta armadura tiene poderes milagrosos tal y como había escuchado…

—Esta copa es de la que bebía Atenea misma en el mito, en sus guerras santas, pero no es la única habilidad que tiene mi armadura sagrada de plata.

—¿Qué dices? —exclamó el dorado sorprendido.

—Tiene además la habilidad de ver el futuro…éste se refleja en el agua vertida en la armadura.

—Ver el futuro…

El santo de Aries se acerca y observa su reflejo en el espejo de agua que se encontraba sobre el tótem con forma de copa, tras mirar profundamente empieza a advertir visiones en el interior de un volcán, una forja de hierro, en dónde se hacían armaduras dignas de los dioses, allí observa a un dios imponente y se ve a él mismo luchando, impotente, junto a algunos de sus camaradas que no logra distinguir quiénes son, de repente una gran explosión se produce, ve su muerte, pero ve esperanza, nuevamente el espejo muestra su reflejo.

—¡La batalla en el Olimpo será muy difícil! —exclama Mu.

—Se aproxima la más cruenta batalla de Atenea… —susurra Alkes.

—Aquella que decidirá el destino de la humanidad, pero no pude detener a los ángeles…

—¡Descuida, tendrás tu oportunidad para redimirte…solo espero que Tauro esté bien!

—Aún con el poder de Aldebarán, deberá tener cuidado con esos temibles ángeles…

En ese instante irrumpen en el primer templo Shun y Hyoga, quiénes regresaban de brindar ayuda a algunos pueblos circundantes por las terribles lluvias, llevaban en sus espaldas las cajas de Pandora de sus armaduras de bronce.

—¡Mu! —murmura Hyoga.

—Hyoga, Shun… —sisea Mu.

—¡Unos poderosos cosmos han invadido el Santuario, lo hemos sentido…! —expresa un preocupado Shun.

—No puedo creer que hayan podido vencer a un hombre como tú Mu… —susurra Hyoga.

—En verdad que son una amenaza… —manifiesta Shun.

—Me gustaría ver el estado de sus armaduras de bronce… —tercia el santo dorado.

A pedido de Mu, los dos santos de bronce abren sus cajas, mostrando el tótem de la armadura de bronce de Andrómeda y del Cisne, los cuales estaban agrietados por doquier.

—Lo único que mantiene viva a sus armaduras es la sangre de Atenea, déjenme repararlas para que no dependan de un milagro para sobrevivir en una batalla contra éstos enemigos… —sisea Mu.

—¡Pero no hay tiempo! —replica Hyoga apurado.

—Ustedes que nos han regresado los mantos dorados se han visto seriamente perjudicados… —continúa Mu. —El enemigo es realmente muy fuerte, déjenme reparar sus armaduras y éstas serán tan fuertes como las armaduras de oro.

—De acuerdo Mu… —asiente Shun.

De pronto el santo de oro extiende el brazo y repentinamente aparece Kiki, quién no parece comprender la situación.

—¡Maestro Mu! ¿Para qué me teletransportaste? ¡Hyoga, Shun! —pregunta el pequeño discípulo.

—Kiki, necesito que me prestes tu armadura… —explica Mu.

—¿Eh? —el pequeño santo de Buril observa las armaduras de bronce. —¡Ha…ya veo!

Tras entregar Kiki las herramientas de su armadura de bronce de Buril, Mu comienza a trabajar con ellas, al tiempo que su discípulo intenta bromear con Shun y Hyoga.

Mientras tanto, unos metros más adelante los ángeles se aproximaban rápidamente a la segunda casa…