Capítulo 20: La embestida titánica, batalla en la casa de Tauro.

La invasión de los ángeles al Santuario había dado comienzo, en la primera casa, tras una gran batalla, el ángel Diomedes se había hecho con una trabajada victoria sobre Mu de Aries, quién de todas maneras sobrevivió a ese encuentro y ahora se encontraba reparando las armaduras de bronce de Andrómeda y Cisne. Alkes de Copa había sanado las heridas del santo dorado.

Los demás guerreros enviados por el Olimpo ya habían llegado al segundo templo.

Casa de Tauro.

Los ángeles entraban cuidadosamente al segundo templo zodiacal, mientras observaban a sus costados y al frente.

—El fuego de Aries está próximo a extinguirse… —murmura Edipo.

—¡Debemos darnos prisa! —aduce Ajax con ansiedad.

Los ángeles avanzan hasta la mitad del templo y su guardián sale a cortarles el paso, con su imponente físico que superaba los dos metros.

—¡Soy Aldebarán de Tauro, sean quienes sean…no puedo permitir que avancen más!

—¡El cosmos que sentía era el tuyo! —contesta Agamenón.

—¡Tauro, yo seré tu rival, ustedes marchen a la casa de Géminis! —tercia Egeo.

—No le permitiré el paso a nadie… —sisea el gigante santo de oro.

El suelo del templo empieza a retumbar repentinamente con la energía del toro dorado, provocando que se levanten las baldosas, cuando de repente muchas ráfagas doradas salen disparadas sin que nadie vea cuándo las ha lanzado, pero los ángeles seguían ilesos, pues habían escapado del ataque.

—¡El suelo está retumbando, tengan cuidado! —advierte Ajax.

Un nuevo temblor hace perder el equilibrio a los ángeles, los cuáles se desorientan y reciben una ráfaga dorada que los golpea contra la pared, a excepción de Ajax que bloquea el ataque del santo dorado con su enorme escudo, el cuál forma parte de su gloria y lo había sacado segundos antes de sus corazas.

—Diablos…es muy fuerte, siento que el impacto lastimó mi cuerpo por dentro… —dice Agamenón reincorporándose.

—¡Maldito, te mostraré mi poder, RELÁMPAGOS CELESTIALES INTERMITENTES!

Egeo lanza con su puño derecho extendido una enorme cantidad de relámpagos de color celeste, que se mezclan con una enorme cantidad de electricidad y truenos.

—Eso no funcionará… ¡GRAN CUERNO!

Aldebarán hace un movimiento imperceptible al ojo humano, el cual desencadena una ola de devastación dorada.

Ambos ataques colisionan y los otros tres ángeles aprovechan la colisión de los ataques para avanzar al siguiente templo, dejando a Aldebarán y Egeo en singular combate.

—¡Maldito, tus compañeros han logrado escapar! —se lamenta el santo de oro brasileño.

—No me gusta contar con la ayuda de nadie, pero dime…en cuanto a ti… ¿pelearás con los brazos cruzados?

—¡No tengo necesidad de cambiar de postura, así será suficiente!

—¡Estás subestimando el poder de nosotros, quienes somos los mensajeros de los dioses…eso te costará caro!

—No me intimida tu palabrerío… ¡GRAN CUERNO!

Los dos puños del toro van a la velocidad de la luz y logran golpear al ángel, que es embestido contra un pilar, termina con fuertes contusiones y escoriaciones en su cuerpo.

—¡Eres un idiota al pensar que no puedo luchar con los brazos cruzados…! —Aldebarán se ríe divertido.

El ángel se reincorpora de entre los escombros, con el casco destruido y la sangre que le gotea de la frente, aún encendiendo su cosmos.

—Te dije que no debes subestimarme… ¿o es que acaso todos los santos dorados son tan presumidos? —contesta sonriendo el ángel Egeo.

—¿Qué dices?

El santo del segundo templo zodiacal se queda pensando como su rival tenía energías para usar su cosmos de esa manera, después de haber recibido su poderoso gran cuerno.

—Tu gran cuerno es una técnica potente…pero no ha logrado dañar gravemente mi gloria, y he logrado ver en qué consiste, pero ahora veré que puedes hacer tú en contra de mí técnica… ¡RELÁMPAGOS CELESTIALES INTERMITENTES!

Del puño de Egeo salen grandes rayos celestiales en diversas direcciones, despidiendo una gran cantidad de voltios que lastiman al santo de oro y lo hacen caer al piso con la cabeza de frente, volando su casco del impacto.

—Maldición, sentí como si millones de volteos hubieran electrocutado mi cuerpo, es un rival de temer… —sisea Aldebarán mientras se reincorpora con dificultad. —Escucha ángel tomaré esta batalla en serio… ¡lamentarás conocer mi verdadero poder!

—Eres un estúpido, es un gran error no pelear contra un ángel con tu máximo poder desde un inicio, pronto comprenderás tu grave insensatez…

—Quiero que me muestres tu velocidad…

Aldebarán de Tauro usa su poder mental y empieza a hacer que las baldosas del suelo se levanten y las lajas arremetan contra su enemigo, pero éste esquiva todos éstos objetos y aparece a espaldas del toro, quién se ve sorprendido e indefenso.

—Ahora tiembla ante mi poderoso trueno, ¡RELÁMPAGO CELESTIALES INTERMITENTES!

El santo de oro termina electrocutado por la irradiación de voltios y su armadura de oro termina rezumbando fuertemente, presentando varias grietas en diversas partes.

—¿Que se siente ser fulminado por mis rayos? La verdad que eres un estúpido.

El santo de oro se levanta lentamente ante la sorpresa de Egeo, su armadura está invadida por la electricidad de los rayos, los que revolotean mostrando chispazos.

—¿Qué? Habías pensado que con esto me derrotarías… —musita Aldebarán. —¿Sabes porque a los guerreros de Atenea se nos ha llamado santos?

—Con que todavía puedes hablar, pese a recibir mi técnica en dos ocasiones, tu cuerpo ha recibido gran daño…

—Yo no siento que haya recibido tantos daños, a nosotros los guerreros de Atenea nos llaman santos porque siempre conseguimos milagros, no nos importa si estamos heridos, si moriremos o que, nosotros siempre logramos la victoria, para proteger a nuestros semejantes…

—Eso está por verse… ya he visto tu ataque, y lo he comprendido, cruzas los brazos para hacer un movimiento rápido que es casi imperceptible, ese movimiento es similar a cuando una espada es desenfundada y ataca sorpresivamente, pero si puedo bloquear tu técnica tu postura defensiva ofensiva será rota… —explica el ángel Egeo.

—Impresionante, no por nada eres ángel, has comprendido mi ataque, ahora quiero ver si tienes suficiente poder para bloquearlo. ¡GRAN CUERNO!

Aldebarán despide una gran ola de devastación, pero el ángel logra bloquear el gran cuerno con sus dos puños y lo regresa hacia Tauro, quien queda estampado contra un pilar, estallando por el impacto parte de la hombrera.

—Increíble, has podido ver a través de mi técnica, y no solo eso, sino que me la ha devuelto.

—Tu técnica no será efectiva contra mí, ya lo has visto con tus propios ojos…

—Elevaré más mi cosmos y el efecto de mi técnica se multiplicará… ¡GRAN CUERNO!

—¡Así que no aceptarás la derrota!

El ángel intenta bloquear el ataque con sus brazos, pero momentos después de estar conteniéndolo, empieza a perder el control sobre el ken, que lo golpea violentamente, destruyendo tres de los pilares del templo en forma consecutiva.

—¡Lo has visto, nunca debes subestimar a un santo de oro!

—Increíble…ha podido ir más allá de sus límites, siento como si mis huesos estuvieran rotos, así que este es el verdadero poder de un santo de oro. —expresó Egeo reincorporándose con dolor y varias heridas, después de escupir sangre.

—¡Ahora verás el verdadero poder de Tauro!

—Tengo que cumplir la voluntad de nuestros dioses, no puedo perecer aquí…

—¿Con qué objetivo están penetrando las doce casas? No cualquiera tiene las agallas de tratar de atravesar esta fortaleza tan temida…

—Nosotros los ángeles, cumpliremos la voluntad del Olimpo de matar a Atenea, para que así la humanidad reciba el castigo que merece y luego la Tierra será purificada, será un lugar donde finalmente reine la justicia…

—¡Te parece justo destruir toda humanidad, haciendo perecer a mucha gente inocente, yo he sido un habitante de éste Tierra y tengo la posibilidad de defenderla nuevamente, aunque hayan personas malvadas no puedo permitir que todos reciban la muerte, incluyendo a los inocentes, hemos vuelto a la vida para volver a defender a este hermoso planeta!

—Ustedes no deberían estar con vida, solo la soberbia de Atenea ha podido hacer esto…

—¿Qué dices? —Aldebarán dice mientras frunce el ceño.

—¡Nadie puede escapar a su destino, incluso aunque hayas revivido morirás, es inevitable!

—Quizás tengas razón, pero aún así moriremos protegiendo a nuestra diosa Atenea…

—La verdad está con Zeus, los humanos están degradando esta Tierra, contaminándola continuamente, no solo eso…han vivido un centenar de guerras por motivos egoístas y triviales, que pueden saber de la justicia ustedes los mortales que cargan con tanta impureza…

—Los dioses también tienen conflictos que han terminado en guerras desde la era del mito… ¿porque deben juzgar lo que hacen los humanos, si sus comportamientos son similares?

—¡Los humanos no tienen derecho a hacer esos cuestionamiento… las providencias divinas son sabias porque los dioses son la omnisciencia…además el Olimpo siempre ha conservado el orden del cosmos!

Aldebarán esboza una mueca de decepción ante las palabras del ángel Egeo.

—Nosotros protegemos a Atenea y creemos en ella, ella es la diosa del verdadero amor y de la justicia, los demás dioses no me interesan…puedes comprobarlo con sólo apreciar como defiende al planeta del catastrófico diluvio aún a riesgo de su vida, ella es diferente a tus dioses…

—Ella ha errado el camino, y ahora está equivocada, se está volviendo tan impura como los humanos…es ella quien ha levantado el puño contra sus semejantes, con la ayuda de ustedes han estado desequilibrando el orden cósmico…el Hades está bajo los efectos de la calamidad que ustedes han sembrado, ustedes son el caos.

—¡Hades solo ha querido sembrar un mundo de sombras, bajo las tinieblas, él no es la verdadera justicia!

—Nunca lo comprenderás con tu limitada mente de humano…

—Basta de plática, muere en nombre de la justicia. ¡GRAN CUERNO!

La poderosa técnica del gigante santo de oro es lanzada al mismo nivel cósmico que la anterior vez, desplegando un poder impecable, sin embargo el ángel eleva su cosmos más alto y la detiene por completo.

—¿Qué? ¡Esta vez lo ha bloqueado, pero lo he lanzado con todo mi cosmos! —expresa Aldebarán desahuciado.

—Al haber visto tu técnica, solo me basta elevar el cosmos un poco más alto de lo que tú lo haces…no sé porque te sorprendes tanto, la postura defensiva ofensiva ha sido rota, ya no tienes que hacer contra mí…además lo que sucedió hace un rato fue una coincidencia…

—¡Si el gran cuerno no funciona, entonces te derrotaré con la fuerza!

El santo de oro hace una corrida cósmica y empieza a lanzar golpes a la velocidad de la luz que son esquivados por el ángel, hasta que los golpes aumentan y el brasileño lanza una fuerte embestida con uno de sus hombros, con lo cuál rompe la guardia de su enemigo y le da un fuerte golpe de puño que lastima el estómago de Egeo.

—Que fuerza tiene, esto es una mezcla de fuerza bruta con cosmos, ha agrietado una parte de mi gloria, la cual ha sido forjada por las manos de Hefesto, las vestimentas que se suponen solo son superadas por las vestimentas de los dioses… ¿cómo ha sido capaz de hacerlo?

—Los santos somos capaces de destruir cualquier cosa a nivel atómico, sea una sapuris, unas escamas o una…como la llamaste… ¿gloria…? —se ríe Aldebarán.

—¡Maldito! no volverás a sorprenderme. —exclama Egeo.

—No debiste subestimarme, eres un tonto si crees que sólo me valgo del gran cuerno…

—Era de esperarse de semejante mastodonte, tienes una verdadera fuerza titánica, pero no me subestimes santo dorado…ya te dije que no puedo decepcionar a mis deidades, soportaste mi relámpago celestial intermitente pero esta técnica que te mostraré es aún mayor… ¡IRA DIVINA RELAMPAEGUEANTE!

Unos truenos empiezan a caer desde el cielo, haciendo unos grandes agujeros que penetran el techo de la casa de Tauro.

—¿Qué es esto? —se pregunta Aldebarán.

—¡Ahora desaparece entre los truenos, muere Tauro!

Los rayos, truenos y relámpagos se diseminan por toda la casa, creando una gran tormenta, la cuál alcanza y luego derriba a Tauro al suelo, quién luego es apresado por los escombros del techo del templo que se desplomaron.

—Has sido un gran rival, has hecho grandes fisuras a mi gloria, pero con razones tan triviales nunca elevarás tú cosmos para lograr la victoria… —sisea Egeo y se dispone a marcharse victorioso, cuando camina algunos pasos y reflexiona. —Me has demostrado que los santos dorados deben ser tomados en serio, te has ganado mi respeto santo dorado, bienaventurado tú quién mereces descansar en los Elíseos, ya que aunque estabas equivocado, luchabas por lo que considerabas justo…

Templo del Patriarca.

El Sumo Pontífice se encontraba en su trono, cuando de repente entran, luego de pedir permiso, Kanon y Shion, con ropas civiles.

—¡Patriarca! ¿Por qué nos has llamado? —pregunta Kanon.

—Tengo una misión que asignaros…Kanon, tú irás a los restos de la Atlantis, en busca del ánfora dónde está encerrado el espíritu de Poseidón…

—¡La ciudad mítica que se ha perdido en la antigüedad! ¿Esto esta relacionado con el oráculo? —interroga el griego.

—Al parecer nuestras esperanzas residen en alguna alianza inesperada por quién ha sido siempre nuestro enemigo… —explica el sacerdote.

—¿Podría Poseidón llegar a ser aliado de Atenea? —continúa Shion. —Aunque el oráculo haya dicho que es necesaria su liberación para tener alguna oportunidad en ésta guerra, nunca dijo que se aliaría con nosotros…

—Sería una gran fortuna que Poseidón decidiese hacer una alianza con nosotros, pero vamos en busca de imposibles… —dice entre lamentos el Patriarca.

—Entonces un tercer frente… —murmura Shion.

El Sumo Pontífice asiente con su cabeza.

—Quizá yo no sea el más indicado para ésta misión, mi sola presencia podría decantar en que nos haremos un nuevo enemigo innecesario… —musita Kanon.

—Al contrario, tú tienes que purgar algunas deudas con la gente del mar… —continúa el Patriarca. —Liberar a su dios podría ser la manera de obtener su perdón y al mismo tiempo el aliciente para una tregua nunca vista entre los reinos de Atenea y Poseidón…

—De acuerdo Patriarca, aunque parezca una acción desesperada se supone que los oráculos nunca fallan en sus predicciones… —sisea Kanon.

—Y Shion en cuanto a ti, debes ir a las puertas del Tártaro, ya lo dijo el oráculo… —aduce el Sumo Pontífice. —El Inframundo se encuentre desequilibrado y el Tártaro ya no es la prisión que solía ser cuando Hades regía los infiernos…motivo por el cuál te otorgaré innumerables cantidad de sellos de nuestra diosa, para evitar que un frente mucho más poderoso que cualquiera de los actuales termine por devorarse ésta guerra y éste mundo…

—El Tártaro, allí reposan las almas de los enemigos del Olimpo… —susurra Shion.

—Son enemigos del Olimpo y de toda la vida en la Tierra, si llegaran a liberarse, el mundo estaría condenado… —advierte del peligro el Patriarca.

—¡Es cierto, con la batalla entre el Santuario y el Olimpo…el ejército victorioso incluso se vería diezmado…! —exclama Kanon con un rostro tenso.

—Solo los titanes más peligrosos se encuentran encerrados en el Tártaro. Jápeto, Ceo e Hyperión, el mismo cuerpo de Cronos descansa allí, aunque sabemos que se encuentra en forma etérea en el Olimpo, en la denominada Laguna de Cronos…

—Tampoco hay que olvidarse de Atlas, quién tuvo otro castigo… —continúa el Patriarca. —Y no se encuentra en el Tártaro, él está en el Jardín de las Hespérides, sosteniendo un peso semejante al del planeta Tierra…

—¡Si Océano y las titánides se les unieran sería catastrófico!

—No hay que pensar en eso, yo me encargaré de reforzar la puerta del Tártaro… —aduce Shion tratando de despreocupar a sus interlocutores.

Templo de Tauro.

El ángel comienza a retirarse victorioso tras un duro combate, pero de entre los escombros se siente un cosmos dorado, la figura de un toro se vislumbra.

—Este cosmos, no puede ser…

Los escombros que hacían de sepultura al santo dorado empezaron a irradiar una luz que venía de su interior, repentinamente salieron expulsados con violencia en todas las direcciones, producto de la fuerza titánica ejercida por el toro de oro, el cuál se levantaba imponente, mostrando grietas en su manto, pero con su rostro decidido a continuar el combate.

—Todavía no es mi fin, no puedo morir así sin más, todavía no he contribuido en nada… —sisea Aldebarán.

—Pero como has podido sobrevivir, tu armadura de oro está prácticamente destruida… —contesta Egeo.

—Puedes destruir mi armadura, mi cuerpo, pero aún así lanzaré mis últimos ataques para detenerte…

El ateniense lanza varias ráfagas doradas a la velocidad de la luz, el ángel evita todos los ataques pero finalmente es embestido con el gran cuerno que lanza Aldebarán, Egeo termina volando a lo lejos del impacto, para luego estamparse contra una pared.

—Ha ejecutado el gran cuerno de otra manera… ¡no puede ser! —exclama Egeo.

—Es el gran cuerno embestida… ¡todavía puedo luchar te dije!

—El gran cuerno no te dará la victoria, eso puedo garantizártelo.

—Te venceré cueste lo que cueste…

—Eres valiente pero es inútil, aunque resistas a todos mis ataques, todavía no me has hecho un daño de gravedad, la batalla depende del poder, no de la voluntad, una gran voluntad sin poder no tiene la fuerza para lograr la victoria, humanos acepten sus destinos… ¡INFLUENCIA HERCOLOBUS! es tu fin…

Egeo levanta los brazos con las palmas apuntando al cielo, un metro y medio arriba de sus palmas empieza a aparecer un planeta que crece más y más.

—Estoy sintiendo mi cuerpo muy pesado… ¡de su cuerpo puedo sentir un cosmos increíble! —dijo anonadado Aldebarán.

—Las antiguas civilizaciones creían que cada cientos de eones un planeta gigantesco… —se explaya Egeo mientras sus ojos brillan. —Dicho planeta es aún más grande que Júpiter, pasaba cerca del sistema solar, creando con su campo magnético las que se han conocido como exterminaciones masivas…

—¡Estas fanfarroneando, no puedes tener un poder semejante!

El poder gravitacional aumenta más y más, en ese momento el planeta invocado por el cosmos del ángel empieza a brillar, despidiendo radiaciones que quemarían el cuerpo del santo dorado, siempre y cuando la gravedad no lo aplaste primero.

—Ahora te mostraré el verdadero poder de un santo de oro….cosmos elévate al máximo, ahora verás mi más grande técnica, nadie sobrevive a esto… ¡NOVA DE LOS TITANES!

Aldebarán se eleva y lanza un golpe a mano abierta contra el planeta monstruo, la energía de la nova de titanes y el colosal poder del ángel colapsan, generando una gran explosión que consume todo el templo de Tauro y a los dos guerreros, convirtiendo sus cuerpos en polvo cósmico, sus armaduras resultan reducidas a añicos.

Unos segundos después de la enorme explosión que dejó destruida la casa de Tauro, el santo de Copa llega a las ruinas del segundo templo zodiacal, sorprendido llega buscando el rastro del guardián de Tauro, para tratar de sanarlo en caso de que esté herido.

—¿Qué evento podría haber desatado una explosión de esta magnitud? —musita Alkes. —Desde la explosión cósmica que he sentido, he dejado de percibir el cosmos del santo de oro…

Templo de Aries.

En la primera casa zodiacal Mu de Aries, Shun de Andrómeda y Hyoga de Cisne acaban de percibir la muerte de Aldebarán de Tauro y el ángel Egeo.

—El cosmos de Aldebarán… —sisea Shun mientras una lágrima se asoma en su rostro. —Tu sacrificio es un culto a tu bondad y poder… ¡ahora serás una estrella que nos guía hacia el cielo!

—Aldebarán se ha convertido nuevamente en un mártir de la guerra. —continúa Mu. —Un ejemplo para todos nosotros, él ha detenido a uno de los temibles ángeles…

—Debes darte prisa Mu… —apresura Hyoga.

—Paciencia, no queda mucho… —contesta el tibetano.

Los santos de bronce salen del templo para ver el reloj de fuego, de pronto irrumpen en el lugar Seiya de Pegaso y Shiryu de Dragón.

—¡El cosmos de Aldebarán…! —se lamenta con tristeza Seiya.

—Aldebarán, tu sacrifico no será en vano, Seiya, Shiryu dadme sus mantos, voy a repararlos para que estén en condiciones de entrar en batalla… —dijo Mu tras salir al encuentro con los santos de bronce.

Los santos de Pegaso y Dragón liberan sus armaduras de sus cajas de Pandora, las cuáles mostraban grandes daños después de tantos enfrentamientos.

—¡No hay tiempo Mu, pelearemos con nuestras armaduras como estén, de todas maneras tienen la sangre de Atenea! —contesta Seiya.

—Ya lo sé, Kiki me lo ha contado…pero con sus armaduras en el estado que están, no durarían mucho en el campo de batalla, a menos que lograran explotar sus cosmos como en los Campos Elíseos… —explica el santo dorado.

—Seiya, Mu tiene razón… —murmura Shiryu.

El santo de Pegaso asiente la cabeza.

—Otra triste batalla de avecina…me pregunto hasta cuándo vamos a tener que soportar tantos sacrificios, cuando llegará la paz a éste mundo… —susurra Shun mientras miraba al horizonte con lágrimas en sus ojos. —El fuego de Tauro ya se ha extinguido, solo tenemos que soportar diez horas más…