Capítulo 21: Laberinto de luz y sombra. El retorno de Kanon al mar.

En la segunda casa del zodíaco se llevó a cabo un durísimo enfrentamiento, el ángel Egeo utilizó una terrible técnica denominada influencia hercolobus, creando con su cosmos un gigante planeta que crecía más y más, ante ello Aldebarán de Tauro hizo uso de la nova de titanes, tras el choque de las dos técnicas se generó una atroz explosión que dejó la casa de Tauro en ruinas, ambos guerreros murieron en su fulgor.

Salón del Patriarca

El Papa se encontraba en su trono, dialogando con el asistente, cuando un soldado entra al recinto.

—¡Su santidad…los ángeles enviados por el Olimpo han atravesado los templos de Aries y Tauro, ahora están camino a Géminis! —dijo hincado el soldado raso.

—¡Mu y Aldebarán no han podido detenerlos! —exclamó sorprendido el asistente.

—Tranquilo, este barco todavía no se ha hundido… —continúa el Patriarca. —Desgraciadamente era sabido que en un enfrentamiento como el actual, tendríamos tremendas bajas, pero el enemigo tampoco está invicto, el primer ángel ha caído…

—Señor, ¿que ocurriría si éste ángel escapara del Infierno y volviera al Santuario a luchar…? —preguntó el asistente apesadumbrado.

—Eso es imposible, por algo no han escapado los cinco sacerdotes oraculares de Apolo y las seis satélites gigantes de Artemisa, ambas castas de guerreros son tan poderosos como los ángeles, o como los santos dorados, o inclusive como los generales marinos, todos capaces de despertar el octavo sentido… —ilustra el Patriarca.

—¿Entonces que evita que hayan salido? —interroga el asistente.

—Atenea se encargó de ello, lo hizo el mismo día que me nombró Patriarca de éste Santuario…

Las puertas del recinto se abren ceremonialmente y entra con paso firme y calmado un hombre vestido con ropa civil, de cabellos largos.

—¡Así como los espectros están atrapados en el rosario de las 108 cuentas, aquellos que cayeron en los oráculos y en las órbitas lunares…se encuentran prisioneros en la arena de los espíritus! —dijo Saga de Géminis mientras avanza y culmina llegando frente al trono, arrodillándose respetuosamente.

—¿Cómo es eso posible? —dice el asistente mirando al Patriarca.

—Atenea ha levantado hace algunos días la barrera espiritual de la arena, una barrera que absorbe las almas de quiénes son asesinados por los portadores de las ochenta y ocho constelaciones…

—¡La arena de los espíritus es dónde se encuentran encerradas las almas de los berserker, los violentos y sanguinarios guerreros de Ares! —dice el asistente recordando.

Monte Olimpo.

Templo de Neptuno.

El ángel Belerofonte se encontraba en el palacio del señor de los mares, luego de regresar del Infierno hacía las veces de guardián. De pronto unos cristales de polvo de diamantes se generan mágicamente en la atmósfera del recinto.

—Zeus ordena que sigamos la batalla de los ángeles… —explica el ángel Ganímedes.

—¡De acuerdo! —contesta Belerofonte.

—Aparentemente ya ha caído uno de nosotros… —expresa con pesar Ganímedes.

Belerofonte camina hacia el interior del templo, en dónde se encuentra una enorme fuente, la cuál tenía la forma de un Tritón, siendo ésta una representación de las formas mitológicas del señor del mar, la fuente de gran tamaño tenía un agua cristalina y calma que daba la ilusión de un espejo.

—Tú conoces a los santos dorados, ¡Ganímedes!

—Sí, son capaces de hacernos frente a cualquiera de nosotros…

—Asómate a este espejo y además de tu reflejo verás lo que desees o lo que quieras ver… —enseña Belerofonte.

Los ángeles visualizaron el Santuario a través del espejo, luego las doce casas, la primera, dónde no encontraron ángeles, sólo había santos, la segunda no existía, había sido pulverizada, en la tercera encontraban a sus camaradas.

Entrada de la casa de Géminis.

Un cosmos descomunal y ambivalente se expandía, mezclando luz y sombra.

—Un extraño y poderoso cosmos parece estar actuando sobre esta casa… —musita Edipo.

—No es hora de detenerse... ¡no importa los obstáculos que nos esperen, somos los ángeles del Olimpo! —arenga Agamenón.

—¡Por la gloria de Zeus! —vitorea Ajax.

—¡Por la justicia en ésta Tierra venceremos! —levanta su puño Edipo con firmeza.

—Esperen… ¿piensan ir sin mí? —una voz resuena como eco en el templo.

De entre las sombras se puede observar una silueta, se trataba de otro de los ángeles, quién mostraba varias heridas, su gloria estaba rasgada en varios puntos.

—Esa voz…será… —sisea Edipo.

—¡Diomedes! —exclama Ajax.

El ángel aparece sorpresivamente, mostrando su gloria agrietada en diversos puntos y algunas heridas en su cuerpo.

—¡Has podido vencer a Aries! —espeta Edipo.

—La casa de Tauro ha quedado reducida a escombros en una terrible batalla…—comenta Diomedes hablando sobre la suerte de Egeo tras el combate contra Aldebarán.

—¡Hemos sentido el cosmos de Egeo desaparecer junto con el del santo de oro de Tauro! —contesta Agamenón.

—Es momento de continuar… —murmura Ajax, el resto de los ángeles asienten.

Los mensajeros de los dioses del Olimpo comienzan a atravesar al templo, corriendo a toda velocidad, la tercera casa empieza a aumentar la poderosa energía, que reflejaban la ambivalencia, entre luz y oscuridad.

—¿Qué es esto? —pregunta desconcertado Ajax.

—¡Es como si la luz y las sombras se combinaran, puedo sentir un cosmos muy misterioso! —aduce Diomedes.

—De que se tratará… ¡penetremos el templo! —ordena Agamenón.

—No hay ningún guardián en el templo de los gemelos, vamos a Cáncer. —sisea Diomedes.

Los cuatro ángeles salen del templo y Diomedes es frenado abruptamente por Ajax antes de que siga.

—Volverás a Tauro si tomas ese camino… —alerta Ajax.

—Estamos de nuevo en la entrada… ¿pero qué ha sucedido? —expresa confundido Diomedes.

—¡Hay un cosmos que parece estar creando una poderosa ilusión! —dice Agamenón apretando sus dientes.

—Miren… ¡la casa de Géminis, ahora son dos casas, de que se tratará! —la perplejidad se apoderaba de Edipo.

—Nos separemos, perderemos el tiempo si vamos todos juntos. —manifiesta el gigante Ajax.

—Esto no es más que una ilusión… —explica Edipo.

—Sí, ahora atravesaremos esta casa y nos dirigiremos a Cáncer. —afirma Diomedes.

Los ángeles se separan finalmente, Diomedes y Edipo toman un camino, mientras que Ajax y Agamenón hacen lo mismo con la otra casa de Géminis que apareció repentinamente.

—Otra vez se siente ese extraño cosmos… —continúa Edipo. —Estoy seguro que alguien lo está enviando desde una casa muy lejana, no, mejor dicho…mi sentido de la percepción me dice que está siendo enviado de más allá…

De repente el santo dorado de Géminis aparece en la escena, no se podía ver su rostro, el cuál estaba cubierto por galaxias y extrañas dimensiones, finalmente detiene su paso, sin emitir ningún sonido.

—¡Por fin apareció el guardián del tercer templo!

—¡Qué hombre tan misterioso, no se puede ver su rostro! —sisea Edipo. —¿Es realmente un humano? ¡Parece un fantasma…!

—¡Dime cuál es tu nombre, me gusta saber el nombre de mis víctimas! —alardea con soberbia Diomedes.

El santo dorado no responde, no se escucha un solo sonido, la casa de Géminis está más oscura y profunda que nunca, sus pasillos parecen derivar al espacio exterior.

—¿El miedo te ha dejado mudo maldito? —reprende Diomedes enfadado.

—¡Siento algo extraño, es como si él no estuviera aquí…! —alerta Edipo percibiendo la treta.

—¿Dices que él no existe? ¡Pero si puedo verlo! —contesta Diomedes.

—¡Existe pero no está aquí! —explica Edipo.

—¡Ya lo veremos, RÁFAGA DE BÓLIDOS! —grita Diomedes.

—¡No, espera! —advierte del peligro Edipo.

Las advertencias sabias de Edipo no son escuchadas por Diomedes, quién ataca con fulminantes bólidos que son acompañadas por una cola de fuego, centésimas de segundos después la técnica se refleja en el presunto guardián del templo y regresa, golpeando a los dos ángeles, llevándolos hacia atrás, dejando grietas en el suelo.

—¡Probaré con algo mejor! —exclama enfadado Diomedes.

—¡Detente estúpido, solo conseguirás matarnos! —Edipo trata de hacer entender a su necio camarada.

—¿Qué? —pregunta desconcertado Diomedes, quién no comprende la situación.

—Tu ataque va al vació…delante nuestro no hay ningún enemigo, es solo la armadura… ¡mira esto!

Edipo lanzo un puñetazo al casco de Géminis haciéndolo desaparecer repentinamente.

—¿Ves? Es todo tan solo una ilusión, ni siquiera ésta armadura dorada es real, podemos continuar. —explica Edipo.

Los guerreros celestiales se disponen a pasar, pero de repente se escucha una voz proveniente en un ensordecedor eco, envuelto en una risa.

—¿Dónde creen que van? Yo soy su oponente. —susurra el misterioso ser que llevaba la armadura dorada de Géminis.

Los ángeles miran a la armadura que estaba sin el casco y sin cuerpo físico.

—¿Qué mierda está pasando? —se queja Diomedes.

—¡Ahora conocerán los límites del universo, el viaje eterno del limbo de la OTRA DIMENSION!

El espacio tiempo comenzó a distorsionarse arrasando con ello a los ángeles, quiénes son engullidos por fuerza magnética de la otra dimensión.

—¡Estabas equivocado, nuestro enemigo nos está atacando! —reprende Diomedes.

—¡Si somos arrastrados por esta dimensión extraña no volveremos…! —contesta Edipo.

La otra dimensión se desvanece de golpe, los ángeles caen al suelo, la salida puede vislumbrarse sorprendentemente, los olímpicos estaban perplejos, tratando de comprender que había pasado.

—Pero… ¿Qué ha sucedido? —Diomedes sigue pidiendo explicaciones.

—¡Este cosmos que nos ha salvado…así que has sido tú…! —manifiesta Edipo.

—¿Te refieres ha…?

—¡Pólux nos ha salvado…!

Los otros dos ángeles aparecen al lado, luego de estar distanciados un tiempo.

—¡Diomedes, Edipo, ahí están, así que todo era una ilusión, vamos a Cáncer! —espeta Ajax.

Los ángeles marchan al templo del Cangrejo en una veloz carrera cósmica.

Templo del Patriarca.

El Papa, su asistente y Saga de Géminis se encontraban en el recinto, el santo de la tercera casa meditaba hasta que repentinamente algo rompió su trance.

—Algo está interviniendo en la casa de Géminis…ha hecho desaparecer mis ilusiones… —musitó Saga absorto.

—Sólo dos hombres podrían hacer eso además de tu hermano Kanon, quién por cierto ya debe de haber llegado a la Atlántida… —explica el Patriarca.

—¿Quiénes son esos hombres? —pregunta Saga.

—¡Cástor y Pólux, uno de ellos debe haber intervenido con tus ilusiones en el templo de Géminis, ambos alguna vez han sabido defender esa casa, en tiempos remotos a la memoria!

—Saga, al menos los has retenido durante más de media hora. —elogia el asistente.

Reino Unido, Gibraltar.

Las Columnas de Hércules.

Portando la armadura de Géminis, Kanon llega al lugar del límite de la cuenca del mediterráneo, listo para cumplir el encargo del Sumo Pontífice.

—Es aquí, localizaré el sitio dónde se encuentra el pasadizo al mundo marino… —murmura y rápidamente logra sentir un sonido imperceptible, lugar al cuál se acerca inmediatamente, se encuentra con una enorme tapa circular de bronce, que aparentaba ser parte de una fortaleza infranqueable, los sonidos del mar provenían tras de ella y el símbolo de Poseidón estaba grabado al frente. —¡Esto no servirá contra un santo de oro! —exclama mientras enciende su cosmos y golpea hacia abajo.

Luego de un poderoso golpe, su luz dorada destruye por completo la protección divina, un enorme vacío podía apreciarse, aunque no se podía ver su interior, todo se distorsionaba, dificultando la visión.

El santo de Géminis se arroja rumbo a la Atlántida, tras una caída de varios kilómetros, va directo a la ciudad perdida.

La Atlántida.

Se trataba de una enorme metrópolis de construcciones antiguas que estaba conformada por viejos templos, el mar se encontraba en la superficie como si del cielo se tratara, sin embargo para el griego esto no será nada nuevo.

—Puedo sentir tu cosmos… —dice Kanon fríamente a un enemigo que se encontraba cerca.

—Has sentido mi presencia…soy Anfítrite de Caribdis, una de las nereidas, marinas de Poseidón. ¿Qué hace un santo dorado en la Atlántida?

—Vine a liberar el alma de Poseidón, por orden expresa de Atenea…

—¿Qué? ¿Ahora Atenea quiere liberar a nuestro señor? —pregunta Anfítrite con ironía. —El volverá cuando lo desee, si yo no mal recuerdo un santo de esa maldita diosa ha utilizado de la voluntad de Poseidón a su propio beneficio… —expresa levantando el tono.

—Ese no es otro que yo, Kanon de Géminis, soy yo quién he vestido las escamas del Dragón Marino…

—¡Maldito…! ¿Como osas volver? ¡Eres un traidor, toma esto…REMOLINO DE CARIBDIS!

La nereida levanta su índice hacia arriba y repentinamente un violento remolino parece surgir de un inmenso mar, dirigiéndose hacia el santo, atrás de la marina se vislumbra la figura del monstruo de la mitología, Caribdis.

—¿Piensas vencerme con eso?

El santo de oro detiene el ataque con su mano derecha, todo el cosmos de su enemiga es neutralizado en su palma, mostrando una evidente diferencia de poderes entre ambos.

—¡No puede ser! —exclama la nereida mientras retrocede presa de la sorpresa.

—Algo así no te servirá en mi contra, solo un ataque a la velocidad de la luz podría vencerme… —musita Kanon y lanza un destello dorado con su dedo índice, que tumba al suelo a la marina.

—¡No he visto su ataque! —se pone de pie con fuerzas la marina de Caribdis.

—No tengo la misión de dar muerte a nadie en éste sitio, pero no permitiré que me opongan resistencia…

—¡No dejaré que tu diosa se aproveche de la voluntad de nuestro señor Poseidón!

—Es hora de terminar con esto… ¡TRIÁNGULO DORADO!

Kanon dibuja un triángulo con su mano derecha, trazando el recorrido de sus ángulos y sus rectas, luego toca el piso con su dedo índice y repentinamente un triángulo dorado se dibuja bajo los pies de la nereida, la cuál es succionada por la intensa luz dorada, para desaparecer luego, de repente se escucha una voz de alguien conocido.

—¡Kanon como has podido! —una voz reprende mientras una silueta puede apreciarse, unas escamas doradas brillan.

—Sorrento…eres tú…

—Tienes la osadía de regresar después de tu traición, la cuál ha terminado no solo por sellar a nuestro señor, sino por hundir el templo de Poseidón, corazón de ésta metrópolis, el lugar más sagrado de la Atlántida. Y ahora regresas y tomas la vida de otro guerrero de Poseidón…es imperdonable Kanon…

—No Sorrento, no he tomado su vida, solo la he quitado del camino, mi misión es otra, vengo son de paz…

—¡Jamás habrá paz contigo…SINFONÍA DE LA MUERTE!

El general marino comienza a entonar su bella melodía, una ilusión de sirenas aparece rodeando al santo, el que se toma los oídos, siente que su cabeza va a explotar, cayendo de rodillas al suelo, sintiendo que pronto morirá.

—Discúlpame Sorrento, pero todavía no puedo darte mi vida hasta que no cumpla con mi misión, te prometo que luego expiaré mis culpas contigo…

Kanon camina hacia el general marino, soportando el dolor producido por la melodía, que no se detenía, Sorrento le habla con su mente, mientras seguía tocando su flauta.

—¿Cuál es tu misión?

—Es una ofrenda de paz…

—Ya te dije que no habrá paz para contigo…

—¡No es para mí, es para Atenea!

—¿Qué ofrenda trae ella? Aceptaría tu vida por un día de tregua…

—¡Le quitaré el sello y te daré el ánfora de Poseidón, en nombre de Atenea! Sorrento, ¡deja de tocar la flauta inmediatamente!

El general marino deja de tocar su instrumento, el santo dorado logra relajarse un poco pero se encuentra abatido, la sangre surgía de su nariz y sus oídos.

—¿Acaso es otro truco para volver a manipularnos? ¿O piensa Atenea que Poseidón peleará a su lado?

—Atenea solo quiere darle la libertad a Poseidón para el juicio final, para que haga su voluntad…

—De acuerdo…vivirás hasta que retires el sello de Atenea del ánfora que encierra a Poseidón.

El santo dorado asiente y empieza a caminar con una dirección fija, seguido de cerca por Sorrento, quién va tocando en su flauta una melodía corriente.

Monte Olimpo

Templo de Neptuno.

Los ángeles Belerofonte y Ganímedes habían observado todos los templos, ahora la visión del espejo se encontraba en el templo del Patriarca, en dónde había tres personas, dos vestidas igual, como si se tratara de dos Patriarcas, el otro era un hombre vestido de civil, de atuendo imponente.

—¡Dos Patriarcas, que es esto! —se pregunta confundido Belerofonte.

—Uno solo es el Patriarca, el otro es el asistente, quién se hace pasar por él…es para confundir al enemigo… —explica Ganímedes.

—Tú que has sido uno los fundadores de la orden ateniense, has de saber muy bien como funciona la burocracia interna… ¿quién es el Patriarca?

—Aparentemente un santo de plata, su nombre es Gliese, aunque sospecho que quizá éste sea el asistente…

—¿Y quién el otro hombre?

—No lo sé, aunque podría quizá…él ser el Patriarca y los otros dos sus asistentes, según supe el tercer sujeto alguna vez fue el Patriarca, Saga de Géminis…

—Que embrollo… —dijo Belerofonte desconcertado.

—En realidad, esto es adivinar, hace siglos que no se cómo se maneja el Santuario…

La Atlántida.

Kanon de Géminis y Sorrento de Sirena llegan a dónde se le había indicado al ateniense que se encontraría el ánfora. Se trataba de un lugar muy alejado de la ciudad principal, en las profundidades se sentía una débil energía.

El templo del señor de los océanos yacía semienterrado y seminundado, incrustado en el risco de una bahía. Azotado por las mareas cuando subían, fusionado con la tierra por la petrificación y los derrumbes.

—¡Este es el sitio! Dónde las aguas depositaron el ánfora tras el hundimiento del templo de Poseidón… —manifiesta Kanon.

El santo dorado y el marino se dirigían sin perder tiempo a un lugar entre las rocas, haciendo surcos en la tierra, rápidamente se abren paso entre el lodo formado. Kanon remueve con fuerza el lodo, descubriendo la olla sagrada de Atenea. La toma en sus brazos y luego se dirige hacia Sorrento paso a paso, retira el sello sin romperlo, para reciclarlo y que pueda ser reutilizado, para finalmente darle la urna.

—Solo un Patriarca puede sacar el sello sin romperlo…

—Me lo ha enseñado el actual Patriarca, fue el quién me ha asignado esta misión, como prueba irrefutable de que ésta decisión es de Atenea… —el santo dorado dijo mientras estira sus brazos, estirando la olla hacia el marino. —Ahora es decisión de ustedes que hacen con esto, el Santuario ha cumplido…

Templo de Cáncer.

Tras un duro camino por la casa de Géminis, los ángeles arriban al cuarto templo, el cuál era el más parecido al mundo de la muerte entre los doce templos.

—Este es el templo de Cáncer, yo seré el que pelee acá. —espeta Diomedes.

—¡Acabas de luchar en Aries, déjame combatir a mí! —contesta Ajax.

—Dije que lucharía yo. —dijo Diomedes mirando desafiante a los demás ángeles.

Los demás ángeles no dijeron nada, pues dudaban de la bondad del corazón de Diomedes, a quienes veían como un duro guerrero que solo quería combatir por su gloria personal.

—Desde que entré a este templo puedo sentir un olor nauseabundo, es como si se tratara de los muertos. —sisea el gigante Ajax.

—No se puede ver bien por la niebla, todo está muy oscuro… —musita Edipo.

—Se puede percibir varias sensaciones en el ambiente, está lleno de sufrimiento, muerte, oscuridad y putrefacción, que horrible olor… —concluye Agamenón.

—¡Miren, hay sombras, no, mejor dicho, parece que son espíritus que se encuentran por un camino errante…! —dice Edipo señalando al frente.

—¿Qué? ¿Qué es esto que he pisado? —el ángel Ajax mira abajo perplejo.

—¡Un rostro humano! —dice Edipo preso del espanto.

—¡Estos son aquellos que han sido castigados por mi poder…puedes ver en su expresión que aún sufren incluso después de muertos! —se ríe a carcajadas el guardián del templo, mostrando su silueta, que era protegida por una brillante armadura de oro.

—¡Maldito…con que eres el guardián de éste templo! —ataca verbalmente Edipo.

—Así es, yo soy Máscara de la Muerte de Cáncer…

El guardián del cuarto templo aparecía frente a los cuatro ángeles, que aún intentaban cruzar las doce casas, el próximo combate estaba por dar inicio y el fuego de Géminis comenzaba a extinguirse.